Lestat XXXI
Me encontraba sentado en la catedral a oscuras. Aunque la habían cerrado horas antes, pude entrar subrepticiamente por uno de los accesos del frente y anulé las alarmas. Además, dejé la puerta abierta para él.
Cinco noches habían pasado desde mi regreso. El trabajo avanzaba estupendamente en el departamento de la calle Royale y él por supuesto lo sabía, ya que lo había visto parado en el porche de enfrente, mirando hacia arriba; por eso me asomé al balcón apenas un instante, un tiempo que al ojo mortal no le alcanzaba para ver.
Puede decirse que estábamos jugando al gato y el ratón.
Hoy a la noche dejé que me viera cerca del antiguo mercado francés. Y qué susto se llevó al posar sus ojos en mí, al ver a Mojo y comprobar, por el guiño que le hice, que realmente era Lestat a quien veía.
¿Qué pensó en ese instante? ¿Que era Raglan James dentro de mi cuerpo que había venido a aniquilarlo? ¿Que James se estaba haciendo una casa en la calle Royale? No: desde el primer momento supo que era Lestat.
Luego me encaminé lentamente hacia la iglesia, con Mojo siempre a mi lado. Mojo, mi cable a tierra.
Yo quería que me siguiera, pero no iba a darme vuelta para comprobar si venía o no.
Era una noche tibia. La lluvia de un rato antes había oscurecido las paredes rosadas de las casas del viejo barrio francés, había hecho más intenso el marrón de los ladrillos y dejado una fina y brillante pátina sobre baldosas y adoquines. Una noche perfecta para caminar por Nueva Orleáns. Húmedas y fragantes, las flores relucían tras los tapiales de los jardines.
Pero para volver a encontrarme con él, necesitaba el sosiego de la iglesia en penumbras.
Me temblaban un poco las manos, como me sucedía de tanto en tanto desde que había recuperado mi antigua forma. No había una causa física que lo explicara, sino sólo los accesos de enojo que me acometían, seguidos por períodos de satisfacción, y luego un vacío terrible a mi alrededor; por último recobraba una alegría total, aunque frágil, una suerte de barniz superficial. ¿Podía decir que no conocía el estado real de mi espíritu? Recordé cómo la furia incontrolada me llevó a destrozarle la cabeza al cuerpo de David, y no pude sino estremecerme. ¿Aún me afectaba el miedo?
Hmmm. Mira esos dedos bronceados por el sol, con sus uñas lustrosas. Sentí su temblor cuando apoyé las yemas contra mis labios.
Me hallaba sentado varios bancos más atrás del primero, contemplando las estatuas oscuras, los cuadros, los adornos dorados.
Ya era más de medianoche. El ruido de la calle Bourbon era el mismo de siempre. Cuánta carne mortal por allí. Me había alimentado temprano, y volvería a hacerlo después.
Pero los sonidos de la noche eran sedantes. En las callejuelas del barrio francés, en sus pequeños departamentos, en sus tabernas de clima misterioso, en sus elegantes salones de cóctel y sus restaurantes, mortales felices charlaban y reían, besaban y abrazaban.
Me puse cómodo en el banco y hasta estiré los brazos sobre el respaldo como si se tratara de un banco de plaza. Mojo ya se había echado a dormir por ahí cerca, en el pasillo.
Por qué no puedo ser tú, amigo mío, un ser que parece el mismísimo demonio pero de una gran bondad. Oh, sí, bondad. Bondad fue precisamente lo que capté cuando lo abracé y hundí mi cara en su pelo.
En ese instante sentí que él entraba en la iglesia.
Percibí su presencia aunque no pude leerle el más mínimo pensamiento o sentimiento, ni siquiera logré oír sus pasos. No había oído abrirse ni cerrarse la puerta de la calle pero igualmente supe que estaba ahí. Luego vi una sombra por el rabillo del ojo. Llegó y se sentó a mi lado, aunque a una pequeña distancia.
Largo rato permanecimos callados, hasta que por fin él habló.
—Incendiaste mi casa, ¿verdad? —preguntó con voz vibrante.
—¿Acaso me culpas? —repuse con una sonrisa, sin quitar los ojos del altar—. Además, en el momento en que lo hice yo era humano. Fue una debilidad humana. ¿Quieres venir a vivir conmigo?
—¿Eso significa que me perdonaste?
—No; significa que estoy jugando contigo. Quizás hasta te destruya en castigo. Todavía no lo decidí. ¿No te da miedo?
—No. Si tuvieras intención de eliminarme, ya lo habrías hecho.
—No estés tan seguro. No soy el de siempre, y sin embargo lo soy, y luego vuelvo a no serlo.
Largo silencio, sólo quebrado por la pesada respiración de Mojo, que dormía profundamente.
—Me alegro de verte —dijo—. Sabía que ibas a ganar, pero no sabía cómo.
No le respondí porque de pronto sentí que hervía por dentro. ¿Por qué se usaban mis virtudes y defectos contra mí?
Pero, ¿realmente tenía sentido hacer acusaciones, agarrarlo del cuello y sacudirlo, exigirle respuestas? Tal vez lo mejor era no saber.
—Cuéntame qué pasó, Lestat.
—No lo haré. ¿Además, qué es lo que quieres saber?
Nuestras voces apagadas producían suaves ecos en la nave de la iglesia. La luz titilante de las velas bailoteaba sobre los capiteles dorados de las columnas, sobre los rostros de las estatuas. Ah, cómo me gustaba ese silencio y ese frío. Y desde el fondo de mi corazón debía reconocer que estaba muy contento de que él hubiera venido. A veces el amor y el odio sirven exactamente para el mismo propósito.
Giré y lo miré. Él se había puesto de cara a mí, con una rodilla flexionada sobre el banco y un brazo apoyado en el respaldo. Lo vi blanquecino como siempre, como un brillo sagaz en la penumbra.
—Tenías razón en lo del experimento —dije, creo que con voz firme.
—¿A qué te refieres? —Nada de maldad ni desafío en su tono; sólo el sutil deseo de saber. Y qué reconfortante era ver su cara, sentir el tenue olor a polvo de su ropa gastada, el hálito de lluvia aún fresca adherido a su pelo oscuro.
—A lo que me dijiste, mi viejo y querido amigo : que yo en realidad no deseaba ser humano, que no era más que un sueño asentado en la mentira, en la fatua ilusión, en el orgullo.
—Es que no lo entendía. Tampoco lo entiendo ahora.
—Claro que lo entendiste muy bien; siempre lo has hecho. A lo mejor has vivido lo necesario o quizá hayas sido siempre el más fuerte, pero lo cierto es que lo sabías. Yo no quería la debilidad, las limitaciones, no quería las necesidades repugnantes ni la eterna vulnerabilidad; no quería empaparme de sudor ni morirme de frío. No quería la oscuridad enceguecedora, los ruidos que me impedían oír ni la culminación rápida, frenética, de la pasión erótica. No quería las banalidades, la fealdad. No quería el aislamiento, la fatiga constante.
—Eso me lo explicaste antes. Tiene que haber habido algo... aunque sea pequeño... que te gustara.
—¿Qué supones tú?
—La luz solar.
—Exacto. La luz del sol sobre la nieve, sobre el agua... la luz del sol sobre la cara, sobre las manos, descubriendo los pliegues recónditos del mundo entero como si se tratara de una flor, como si todos formáramos parte de un gran organismo anhelante. La luz del sol sobre la nieve...
Me interrumpí. Lo cierto era que no deseaba decírselo; hasta sentía que me había traicionado a mí mismo.
—Hubo otras cosas —proseguí—. Sí, hubo muchas. Sólo un tonto no las habría notado. Alguna noche, cuando de nuevo nos sintamos cómodos como si nada hubiera pasado, te las contaré.
—Pero no te bastaron.
—No. A mí no.
Silencio.
—Quizás esa parte, la del descubrimiento, haya sido lo mejor. Y el hecho de que ya no vivo engañado... Ahora sé que me encanta ser el pequeño diablo que soy.
Me volví y le obsequié la más hermosa y maligna de mis sonrisas.
Pero él era tan listo que no cayó en la trampa. Lanzó un largo suspiro casi silencioso, entornó un instante los párpados y volvió a mirarme.
—Nadie más que tú podría haber ido allí... y regresado.
Quise decirle que no era cierto, pero ¿Quién se habría lanzado a la aventura con semejante grado de audacia? Y cuanto más lo pensaba, más me percataba de algo que ya debería haber descubierto: que yo sabía el riesgo que iba a correr, pero consideré que era el precio. El ser vil me advirtió que era mentiroso y tramposo. Pero yo igualmente me embarqué porque no vi otro camino.
Sin duda, no era eso lo que quería decir Louis con sus palabras, o quizás, en cierto sentido, sí. Era la verdad más profunda.
—¿Sufriste en mi ausencia? —le pregunté, volviendo a posar mis ojos en el altar.
Con la mayor tranquilidad me contestó:
—Fue un infierno.
No le respondí.
—Sufro cada vez que corres esos riesgos, pero eso es una falla mía.
—¿Por qué me amas? —pregunté.
—Eso lo sabes; siempre lo has sabido. Ojalá pudiera ser como tú, vivir la felicidad que vives constantemente.
—Y el sufrimiento... ¿también quieres vivirlo?
—¿Tu sufrimiento? —Sonrió. —Por cierto. Esa clase de dolor, en cualquier momento.
—Hijo de puta presumido, cínico y mentiroso —murmuré, sintiendo que de repente crecía mi indignación, tanto que hasta me subió la sangre a la cara—. ¡Te necesitaba y me volviste la espalda! Me cerraste la puerta en medio de la noche mortal. ¡Me abandonaste!
Se sobresaltó ante mi apasionamiento. Me sobresalté yo también. Pero fue algo sincero, y una vez más empezaron a temblarme las manos, las mismas manos que se descontrolaron y atacaron al falso David, pese a que pude dominar todo el restante poder letal que llevo dentro.
No pronunció ni una palabra. Su rostro registró esos pequeños cambios que produce el shock: el ínfimo temblor de un párpado, la boca que se estira y luego se afloja, una sutil expresión ácida que se borra no bien aparece. Todo el tiempo me sostuvo la mirada, hasta que lentamente la fue desviando.
—Fue David Talbot, tu amigo mortal, quien te ayudó, ¿verdad?
Le contesté que sí sin palabras.
Pero a la sola mención del nombre fue como si me hubieran tocado los nervios con un alambre caliente. Demasiado sufría ya. No pude hablar más sobre David. Tampoco quería hablar de Gretchen. Y de pronto tomé conciencia de que lo que más quería hacer en la vida era darme vuelta, rodearlo con mis brazos y llorar en su hombro como no lo había hecho nunca.
Qué vergüenza. ¡Qué predecible! Qué insípido. Y qué tierno.
No lo hice.
Permanecimos en silencio. La suave cacofonía de la ciudad subió y cayó tras los vitraux que captaban el brillo tenue de los faroles callejeros. Había vuelto a llover, esa lluvia tibia de Nueva Orleáns que permite seguir caminando tranquilamente como si no fuera más que una bruma.
—Quiero que me perdones, Lestat. Quiero que comprendas que no fue por cobardía, no fue flaqueza. Lo que te dije en aquel momento era cierto: no podía hacerlo. ¡No podía arrastrar a alguien a esta vida! Ni aunque ese alguien fuera un mortal contigo en su interior. Sencillamente no podía.
—Ya lo sé.
Traté de poner punto final al asunto, pero no pude. No se calmaba mi ánimo, mi prodigioso temperamento, el mismo que me había llevado a aplastarle la cabeza a David Talbot contra la pared.
Volvió a hablar:
—Cualquier cosa que me digas, me la merezco.
—¡Oh, más que eso! —exclamé—. Pero lo que quiero saber es esto. —Giré para mirarlo a la cara y hablé apretando los dientes. —¿Te habrías negado eternamente? Si los demás —Marius, o quienquiera que se haya enterado— hubieran destruido mi cuerpo dejándome atrapado dentro de ese físico mortal, y yo te hubiera seguido implorando, ¿te habrías negado eternamente? ¿Te habrías mantenido en tus trece?
—No lo sé.
—No me respondas tan deprisa. Busca la verdad en tu interior. Claro que lo sabes. Usa tu asquerosa imaginación. Claro que lo sabes. ¿Me habrías rechazado?
—¡No sé la respuesta!
—¡Te desprecio! —reaccioné con un murmullo áspero—. Tendría que destruirte... terminar eso que empecé cuando te hice. Reducirte a cenizas y zarandearlas entre mis dedos. ¡Sabes que lo podría hacer! ¡Así de fácil! ¡Como chasquear los dedos para los humanos! Quemarte como te quemé la casa. Y nada te podría salvar, nada.
Miré con ojos furibundos los planos agraciados de su rostro imperturbable que resaltaba, con algo de fosforescencia, contra las sombras más oscuras de la iglesia. Qué hermosa la forma de sus ojos, con sus espesas pestañas negras. Qué perfecta la curva de su labio superior.
La furia era un ácido que corroía las mismas venas por las que fluía, que consumía mi sangre preternatural.
Sin embargo, no podía hacerle daño. No podía siquiera concebir la idea de cumplir tan terribles y cobardes amenazas. Jamás podría haberle hecho daño a Claudia. Oh, hacer toda una cuestión por algo sin importancia, sí. Pero pensar en venganza... ¿qué es para mí la venganza repugnante y árida?
—Medítalo —dijo—. ¿Podrías crear otro, después de todo lo que pasó? —Con serenidad ahondó más en el tema: —¿Volverías a ejecutar el Truco Misterioso? Tómate tú el tiempo antes de responder. Busca las verdades en tu interior, como me dijiste a mí. Y cuando las encuentres, no necesitas decírmelas.
Luego se inclinó hacia adelante acortando la distancia entre ambos, y apretó sus labios sedosos contra el costado de mi cara. Mi intención fue retroceder, pero él usó toda su fuerza para sujetarme y yo lo permití, permití ese beso frío, desapasionado, hasta que fue él quien por fin se apartó, como una cantidad de sombras que caen una dentro de la otra. Sólo dejó su mano en mi hombro, y yo seguía con la mirada puesta en el altar.
Al final me levanté sin prisa, pasé a su lado, desperté a Mojo y le hice señas de que me siguiera.
Caminé por el pasillo central en dirección a las puertas del frente. Encontré el rinconcito oscuro donde arden las velas votivas bajo la estatua de la Virgen, un sitio lleno de bella luz titilante.
Me vinieron a la memoria el aroma y el sonido de la selva tropical, la oscuridad impenetrable de esos árboles imponentes. Luego la imagen de la capillita blanca en el claro del bosque con sus puertas abiertas, el sonido fantasmal de la campana en la brisa vagabunda. Y el olor a sangre que partía de las manos heridas de Gretchen.
Tomé la larga mecha que había para encender las velas, la acerqué a una llamita, di vida a otra, amarilla y movediza, que finalmente se estabilizó al tiempo que despedía un fuerte olor a cera quemada.
Estuve a punto de decir: "Por Gretchen", cuando me percaté de que no era por ella que la había encendido. Levanté mi rostro hacia la Virgen. Recordé el crucifijo que había sobre el altar de Gretchen. Una vez más me sentí inundado por la paz de la selva tropical y vi ese pequeño pabellón con cainitas. ¿Por Claudia, mi preciosa Claudia? No, tampoco por ella, por mucho que la amara...
Sabía que esa vela era por mí.
Era por el hombre de pelo castaño que había amado a Gretchen en Georgetown. Era por el triste demonio de ojos azules que fui antes de transformarme en aquel hombre. Era por el muchacho mortal de siglos atrás, que huyó a París con las alhajas de su madre en el bolsillo y sólo la ropa que llevaba puesta. Era por el ser impulsivo y malvado que había sostenido en sus brazos a la Claudia agonizante.
Era por todos esos seres y por el demonio que en esos instantes estaba allí, porque a él le gustaban las velas, y le gustaba crear lumbre a partir de la lumbre. Porque no había un Dios en quien creyera, no había santos ni Reina del Cielo.
Porque pudo dominar su mal genio y no aniquiló al amigo.
Porque estaba solo, pese a lo cercano que pudiera ser ese amigo. También porque le había vuelto la felicidad como si fuera una dolencia que nunca pudo vencer del todo, porque la sonrisa traviesa ya se le dibujaba en los labios, porque el corazón brincaba dentro de su pecho, porque surgía en su interior el deseo de volver a salir, de pasear por las refulgentes calles de la ciudad.
Sí, la velita prodigiosa y minúscula, que aumenta en esa misma cantidad la luz existente en el universo, es por Lestat. Y quedará encendida toda la noche junto a las demás. Continuaría encendida a la mañana siguiente, cuando llegaran los fieles, cuando entrara la luz del sol por esas puertas.
Mantén tu vigilia, pequeña vela, en las tinieblas y a la luz del día.
Por mí, sí.
FIN











12 nov 2007 | 10:59 AM
Luis querido..que lindo leerte!!!!!!
Me encantó que rescataras a Lestast_no_vampiro. Y que aunque sea por un ratito, reviva las sensaciones de su etapa humana. Sabés que lo amo como "persona", asi que fue doble gozo...
Graciasssssssssssssss... Que tengas un bonito lunes. Abrazote y bESITOtransparente