Lestat XXX
Debo haber pasado una semana entera recorriendo el mundo. Primero fui a la nevosa Georgetown y busqué a esa muchacha joven, frágil y patética a quien, en mi experiencia de humano, había violado imperdonablemente. Como pájaro exótico me miró, haciendo un esfuerzo por ver bien en la olorosa penumbra del pequeño restaurante de mortales, y no quiso reconocer que había vivido ese episodio con "mi amigo francés"; luego la desconcerté cuando puse en su mano un antiquísimo rosario de brillantes y esmeraldas. "Véndelo, si quieres, chérie", le dije. "Él me pidió que te lo entregara para que lo emplees como quieras. Pero dime una cosa: ¿concebiste un hijo?".
Sacudió la cabeza al tiempo que murmuraba un "no". Me dieron ganas de besarla pues volvía a verla hermosa, pero no me atreví, no sólo porque la habría asustado, sino porque el deseo de matarla era demasiado intenso. Cierto instinto feroz puramente masculino me hacía desearla tan sólo porque antes la había deseado de otra manera.
A las pocas horas ya me había marchado del nuevo mundo, y noche tras noche vagabundeé, conseguí presas en los desbordantes arrabales de Asia —en Bangkok, en Hong Kong, en Singapur— y luego en la congelada ciudad de Moscú, como también en Viena y Praga, preciosas ciudades antiguas. Pasé un breve período en París, pero a Londres no fui. Avanzaba al máximo de mi velocidad; me elevaba y zambullía en la penumbra, y a veces bajaba en ciudades que ni sabía cómo se llamaban. Me alimenté sin cesar de malvados, y de vez en cuando, de los locos o los puramente inocentes que caían bajo mi mirada.
Trataba de no matar. Trataba. Salvo cuando la persona me resultaba irresistible, cuando era un delincuente de lo peor. Entonces le provocaba una muerte lenta y salvaje y, transcurrido el momento, quedaba con tanta hambre como antes, y ahí nomás partía a saciarla antes de que saliera el sol.
Jamás me había sentido tan satisfecho con mis poderes. Nunca me había elevado tan por encima de las nubes, ni viajado a tanta velocidad.
Caminé durante horas, mezclado entre los mortales, por las viejas callecitas de Heidelberg, de Lisboa y de Madrid. Pasé por Atenas, El Cairo y Marruecos. Recorrí las costas del Golfo Pérsico, del Mediterráneo y el Adriático.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pensaba? Sentía verdadera la tan trillada frase: el mundo era mío.
Y adondequiera que fuese, hacía sentir mi presencia. Dejaba emanar mis pensamientos de mi interior, como si fueran notas interpretadas por una lira.
Aquí está el vampiro Lestat. Aquí viene el vampiro Lestat. Abran paso.
No quería ver a mis compañeros. En realidad no los busqué, no abrí mi mente ni mis oídos para ver si los sentía. No tenía nada que decirles. Sólo quería hacerles saber que había andado por ahí.
En algunos lugares capté los sonidos de algunos compañeros, vagabundos desconocidos, seres de la noche sobrevivientes de la última masacre con los de nuestra especie. A veces era apenas un pantallazo mental de un ser poderoso, que en el acto ocultaba sus pensamientos. En otras ocasiones me llegaban los pasos nítidos de algún monstruo que caminaba por la eternidad sin artificios, sin historia ni propósito. ¡A lo mejor eso siempre va a existir!
Tenía toda la eternidad para encontrarme con tales criaturas, si alguna vez llegaba a necesitarlo. El único nombre que pronunciaban mis labios era el de Louis.
Louis.
A él no pude olvidarlo ni por un instante. Era como si otra persona murmurara todo el tiempo su nombre en mi oído. ¿Qué haría si lo volvía a encontrar? ¿Podría dominar mi reacción? ¿Lo intentaría siquiera?
Por último, me sentí cansado. Tenía la ropa hecha jirones. No podía seguir deambulando más. Quería volver a casa.












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