Una silueta oscura había aparecido frente a mí, del otro lado del vidrio. Mis ojos la miraron sin interés, dispuestos a ignorarla —después de todo, ¿qué me importaba que un mortal pretendiera apurarme para cortar?—, pero entonces vi que el que estaba ahí era mi ex cuerpo humano, joven y moreno, el mismo en el cual había habitado el tiempo suficiente como para conocerlo al dedillo. ¡Estaba contemplando la misma cara que apenas dos días antes había visto al mirarme en el espejo! Sólo que ahora era unos cinco centímetros más alto que yo. Estaba contemplando esos ojos tan conocidos.

El cuerpo vestía el mismo traje que le había puesto yo la última vez. Es más, incluso la misma remera blanca. Y una de esas manos se levantó en un gesto, sereno como la expresión del rostro, para darme la orden inconfundible de que cortara.

Dejé el tubo en su soporte.

Con un fluido movimiento, el cuerpo dio la vuelta hasta el frente de la cabina y abrió la puerta. La mano izquierda aferró mi brazo y, con mi total colaboración, me sacó a la acera, al viento suave.

—David —dije—, ¿sabes lo que he hecho?

—Creo que sí —repuso, enarcando las cejas. De la boca joven salía el conocido acento británico. —Vi la ambulancia en el hotel.

—¡Fue un error, David! ¡Un error horrible, espantoso!

—Vamos, vámonos de aquí. —Esa sí, era la voz que yo recordaba, tranquilizadora en extremo, gentil, convincente.

—Pero, David, no entiendes. Tu cuerpo...

—Ven, ya me contarás todo.

—Se está muriendo, David.

—Entonces no es mucho lo que podemos hacer.

Y ante mi total asombro, me rodeó con su brazo, se inclinó hacia mí con su consabido estilo perentorio, y me urgió para que fuera con él hasta la esquina a buscar un taxi.

—No sé en qué hospital —confesé. Seguía temblando como una hoja. No podía aquietar mis manos. Y el hecho de que me mirara con tanto aplomo me conmovió sobremanera, sobre todo cuando de ese rostro bronceado partió la misma voz de siempre.

—No vamos al hospital —dijo, como si intentara calmar a un niño histérico. Le hizo una seña a un taxi. —Vamos, sube.

Se sentó a mi lado y dio al chofer la dirección del hotel Grand Bay, de Coconut Grove.

Me hallaba todavía en un estado de shock como el que sufren los mortales, cuando entramos al amplio hall de pisos de mármol. En medio de una especie de bruma reparé en el mobiliario suntuoso, en los inmensos jarrones con flores, en los turistas de atuendo elegante que circulaban por allí. Con toda paciencia, el hombre alto de piel morena que antes había albergado a mi antiguo yo me condujo al ascensor, y juntos subimos en silencio hasta el piso alto.

No podía apartar mis ojos de él, pero el corazón seguía latiéndome con fuerza debido a lo sucedido un rato antes. ¡Si hasta sentía aún en la boca el gusto a la sangre del cuerpo herido!

Entramos en una suite amplia, decorada en tonos apagados, con amplios ventanales del piso al techo que daban a la noche, a las iluminadas torres de la apacible Biscayne Bay.

—No entiendes lo que he estado tratando de decirte —sostuve, contento por fin de estar a solas con él. Lo miré ubicarse frente a mí, ante la mesita redonda de madera. —Lo lastimé mucho, David. Presa de furia, lo herí. Lo... aplasté contra la pared.

—Siempre el mismo temperamento, ¿eh, Lestat? —dijo, pero con la voz que uno usa para tranquilizar a un niño sobreexcitado.

Una sonrisa cariñosa encendió el rostro de finas líneas, bellamente cincelado, y la boca ancha, serena: la inconfundible sonrisa de David.

No pude reaccionar. Lentamente bajé los ojos, los aparté de su cara radiante para posarlos en sus hombros recios que en ese momento se apoyaban contra el respaldo de la silla, en toda su figura distendida.

—¡Me hizo creer que eras tú! —clamé, tratando de volver a concentrarme—. Se hizo pasar por ti. Y yo le conté todas mis desventuras. Me prestó atención, me tiró de la lengua. Después pidió el Don Misterioso. Dijo que había cambiado de opinión. ¡Hasta me engatusó para que subiera a las habitaciones y se lo diera! ¡Fue espeluznante, David! Era lo que siempre quise y, sin embargo, ¡había algo raro! Algo de siniestro que él tenía. Hubo ciertos indicios, sí, pero no los vi. Qué tonto he sido.

—Genio y figura —dijo el aplomado joven que tenía delante. Se quitó el saco, lo arrojó sobre un sillón cercano, volvió a sentarse y cruzó los brazos sobre el pecho. La tela de la remera destacaba sus músculos, y el hecho de que fuera blanca hacía resaltar el color intenso de su piel, de un marrón casi dorado.

—Sí, ya sé —agregó, con fluido acento británico—. Es muy chocante. ¡Yo viví la misma experiencia hace unos días en Nueva Orleáns, cuando el único amigo que tengo en el mundo se me presentó dentro de este cuerpo! Te comprendo perfectamente. Y también entiendo, no necesitas repetírmelo, que mi antiguo cuerpo está por morir. Lo que pasa es que no sé qué podemos hacer ninguno de los dos.

—Bueno, lo que no puedes hacer de ninguna manera es acercarte, porque James podría advertir tu presencia y realizar un esfuerzo de concentración para salir de este cuerpo.

—¿Te parece que todavía está adentro? —preguntó, volviendo a enarcar las cejas como hacía siempre David al hablar, inclinando apenas la cabeza hacia adelante y con un asomo de sonrisa en los labios.

¡David tras esa cara! El timbre de su voz era casi exactamente el mismo.

—Ah... qué..., ah, sí, James. ¡Sí, James está en el cuerpo! ¡David, el golpe se lo asesté en la cabeza! ¿Recuerdas aquella vez que hablamos y me dijiste que si quería matarlo tenía que darle un golpe rápido en la cabeza? Quedó tartamudeando... dijo algo sobre la madre. Pidió por ella. No hacía más que repetir: "Díganle que Raglan la necesita." Cuando salí de la habitación seguía dentro de ese cuerpo.

—Entiendo. Eso significa que el cerebro le funciona, pero está muy deteriorado.

—¡Exacto! ¿No ves? Pensó que yo no lo iba a agredir porque el cuerpo donde mora es el tuyo. ¡Se refugió allí! ¡Ah, pero calculó mal! ¡Muy mal! ¡Y querer seducirme para que ejecutara el Truco Misterioso! ¡Qué vanidad! Tendría que haberse dado cuenta. Tendría que haberme confesado su ardid apenas me vio. Maldito sea. David, si no maté tu cuerpo, seguro que le produje daños irreparables.

Se había quedado abstraído, tal como solía hacerlo en medio de una conversación; sus ojos, muy abiertos, miraban a la distancia por los ventanales.

—Tengo que ir al hospital, ¿no te parece? —preguntó en un susurro.

—Por Dios, no. ¿Te arriesgarás a que vuelva a meterte dentro del otro cuerpo justo cuando está por morir? Supongo que no lo dices en serio.

Se puso de pie con movimiento ágil y se aproximó a la ventana. Allí se paró a contemplar la noche, y vi la inconfundible expresión reflexiva de David en el nuevo rostro.

Qué milagro total era ver a ese ser con todo su tino y sabiduría brillando dentro del físico joven. Ver su apacible inteligencia tras los ojos juveniles que me volvían a mirar.

—Me está esperando la muerte, ¿verdad? —preguntó con voz queda.

—Que espere. Fue un accidente, David. No es una muerte inevitable. Por supuesto, existe otra posibilidad, y ambos sabemos cuál es.

—¿Cuál?

—Que vayamos juntos. Buscamos la forma de entrar en la habitación, por ejemplo embrujando a varias personas de rangos diversos del ambiente médico. Tú lo obligas a salir del cuerpo y te metes adentro, y luego yo te doy la sangre. No hay herida ni daño imaginable que no se pueda sanar con una infusión total de sangre.

—No, amigo. Ya deberías saber que no debes ni sugerirlo. No lo puedo hacer.

—Sabía que ibas a contestar eso. Entonces no te acerques al hospital. ¡No hagas nada que pueda hacerlo salir de su embotamiento!

Nos quedamos callados, mirándonos. Rápidamente se me estaba yendo el miedo. Por lo pronto ya no temblaba, y de golpe me di cuenta de que él nunca había sentido temor.

No lo sentía tampoco en ese momento. Ni siquiera se lo notaba triste. Me miraba como pidiéndome sin palabras que comprendiera. O a lo mejor no pensaba en mí en absoluto.

¡Tenía setenta y cuatro años! Y había pasado de un cuerpo lleno de achaques seniles a ese otro físico joven, bello, resistente.

¡En realidad, yo podía no tener ni idea de lo que estaba sintiendo! Para estar ahí adentro, yo había tenido que entregar el cuerpo de un dios. Él, en cambio, entregó el cuerpo de un viejo a un paso de la muerte, vale decir el de un hombre para quien la juventud era una colección de recuerdos dolorosos, un hombre tan conmovido por esos recuerdos que su paz de espíritu se deterioraba rápidamente, amenazando con dejarlo amargado en los pocos años que le quedaban.

¡Y había recuperado la juventud! ¡Podría vivir otra vida entera! Además, ese cuerpo le agradaba, le parecía bello, hasta magnífico. Un cuerpo que había despertado en él deseos carnales.

Y yo había estado llorando por un cuerpo anciano, todo golpeado, que perdía su vida gota a gota en una cama de hospital.

—Sí —dijo—. Pienso que ésa es exactamente la situación. ¡Y sin embargo creo que yo debería ir a ese cuerpo! Sé que es el templo indicado para esta alma. Sé que cada minuto de demora significa un riesgo inimaginable... que el cuerpo muera, que deba quedarme dentro de éste. Pero fui yo el que te trajo aquí. Y aquí es donde pienso permanecer.

Me estremecí todo, y tuve que parpadear como para despertar de un sueño. Por último dejé escapar una risita y lo invité:

—Siéntate, sírvete uno de esos asquerosos whiskies y cuéntame cómo ocurrió todo.

Aún no tenía ánimo para reírse. Parecía desconcertado, o simplemente en un gran estado de apatía al tiempo que me miraba y analizaba el problema desde el interior de ese físico maravilloso.

Permaneció un instante más ante el ventanal, recorriendo con la mirada los altos edificios, tan blancos, de aspecto tan limpio con sus cientos de balconcitos, y luego el agua que se extendía hasta el cielo.

Se dirigió al bar, que estaba en un rincón, sin un dejo de torpeza en el andar; tomó la botella de whisky un vaso, y los trajo a la mesa. Se sirvió una medida doble del brebaje, bebió la mitad, hizo la simpática mueca de siempre pero con ese cutis nuevo, de piel fresca, tal como antes lo hacía con el otro, y por último volvió a posar en mí sus ojos irresistibles.

—Es verdad: lo hizo, tal como dices, para buscar refugio —comenzó—. ¡Yo tendría que haberlo imaginado! Pero no se me ocurrió, maldito sea. Nos dedicamos por entero al problema de la transmutación y nunca pensé que fuera a seducirte para que ejecutaras el Truco Misterioso. ¿Cómo pudo creer que podía engañarte una vez que comenzara a fluir la sangre?

Hice un gesto de desaliento.

—Cuéntame todo —le pedí—. ¿Te obligó a salir de tu cuerpo?

—Totalmente. ¡Y al principio no capté lo que había pasado! ¡No te imaginas el poder que tiene! ¡Por supuesto, está desesperado, como estamos todos! ¡Traté de recuperar mi cuerpo pero me repelió, y luego empezó a dispararte a ti con el revólver!

—¿A mí? ¡A mí no podría haberme hecho daño, David!

—Pero eso yo no lo sabía con certeza. ¿Y si se te hubiera incrustado una bala en el ojo? ¡Pensé en la posibilidad de que un disparo hiciera impacto en tu cuerpo, cosa que le permitiría volver a meterse adentro! Además, no soy un experto en viajes incorpóreos; por cierto, no estoy a la misma altura que él. Me hallaba totalmente dominado por el pánico. Después te fuiste, yo seguía sin poder recuperar mi cuerpo, y para colmo él apuntó con su arma al otro, que estaba tendido en el piso.

"Yo ni sabía si podía tomar posesión de ese cuerpo; jamás lo había hecho. Ni siquiera quise intentar hacerlo cuando tú me lo propusiste. La idea de apoderarme de otro cuerpo me resulta moralmente repulsiva, tanto como quitarle la vida a alguien. Pero él estaba a punto de volarle la tapa de los sesos a ese cuerpo... si es que lograba dominar el arma. ¿Y dónde quedaba yo? ¿Qué me iba a pasar? Ese cuerpo era mi última posibilidad de reingresar en el mundo físico.

"Entré en él tal como te había hecho practicar a ti. Y enseguida conseguí ponerme de pie, de un golpe lo mandé al piso y casi le quito el arma. A esa altura el pasillo de afuera estaba lleno de atemorizados viajeros y miembros del personal. Disparó otra bala cuando yo ya huía por la terraza y me lanzaba a la cubierta inferior.

"Creo que no tomé conciencia de lo sucedido hasta que choqué con la madera del piso. Si hubiera seguido dentro de mi viejo cuerpo, la caída me habría hecho quebrar el tobillo, quizás hasta la pierna. Me apronté para sentir un dolor intolerable, pero me di cuenta de que no me había hecho nada. Me levanté casi sin esfuerzo, recorrí todo el largo de la cubierta y entré en el Bar de la Reina.

"Por supuesto, no debí haber ido allí. Los funcionarios de seguridad pasaban justo en ese momento rumbo a la escalera de la Cubierta Insigne. No tuve dudas de que lo iban a apresar. Y él actuó con tanta torpeza con ese revólver, Lestat. Es como tú dijiste: no sabe moverse dentro de los cuerpos que roba. ¡Sigue siendo siempre el mismo!

Hizo silencio, bebió otro whisky y volvió a llenar el vaso. Yo lo miraba como hechizado, escuchando esa voz, viendo esos modales perentorios unidos a una cara inocente. De hecho, ese físico joven acababa de terminar la última etapa de la adolescencia, pero antes nunca había reparado en ello. Era, en todo sentido, algo recién terminado, como la moneda recién grabada, sin el más mínimo rasponcito por el uso.

—En este cuerpo no te emborrachas tanto, ¿no?

—Es verdad —respondió—. Nada es lo mismo. Nada. Pero déjame seguir. Yo no quería dejarte en el barco. Me ponía loco pensar en tu seguridad. Pero no me quedó más remedio.

—Ya te dije que por mí no te preocuparas. Dios mío, casi las mismas palabras que le dije a él... cuando pensaba que eras tú. Bueno, prosigue. ¿Qué pasó después?

—Volví al hall que hay detrás del Bar de la Reina, desde donde podía ver el interior por la ventanita. Supuse que tendrían que traerlo por ese camino; además, no conocía otro. Y tenía que saber si lo habían detenido. Compréndeme, yo aún no había decidido qué hacer. A los pocos segundos apareció un contingente completo de oficiales, conmigo —David Talbot— en el medio, y rápidamente lo llevaron —a mi antiguo yo— hacia la parte delantera del buque. Oh, lo que fue verlo luchar para conservar la dignidad, cómo les hablaba animadamente, casi con alegría, como si fuera un caballero de gran fortuna e influencia sorprendido en algún asuntito sórdido.

—Me imagino.

—Pero qué es lo que pretende, me decía para mis adentros. No me daba cuenta, por supuesto, de que él pensaba en el futuro, en cómo refugiarse de ti. Luego se me ocurrió que los iba a enviar tras de mi pista. Y que me echaría toda la culpa del incidente, por supuesto.

"En el acto revisé mis bolsillos y encontré el pasaporte a nombre de Sheridan Blackwood, el dinero que habías puesto tú para ayudarlo a huir del barco y la llave de tu camarote. Pensé qué me convenía hacer. Si me iba al camarote, irían allí a buscarme. Él no sabía el nombre que figuraba en el pasaporte, pero los camareros sacarían conclusiones, sin duda.

"Seguía indeciso cuando de pronto oí que mencionaban su nombre por los altoparlantes. Una voz pedía que el señor Raglan James se presentara de inmediato ante cualquier oficial de a bordo. Eso quería decir que me había implicado, creyendo que yo tenía el pasaporte que te había dado a ti. Y no iba a pasar mucho hasta que relacionaran el nombre de Sheridan Blackwood con el asunto. Probablemente James ya estuviera dándoles una descripción física mía.

"No me atreví a bajar a la Cubierta Cinco para constatar si habías logrado llegar sano y salvo a tu escondite, ya que corría el riesgo de conducirlos a ellos hasta ahí. Podía hacer una sola cosa: esconderme en alguna parte hasta que supiera con certeza que él ya no estaba en el buque.

"Lo lógico era que lo detuvieran en Barbados por el asunto del arma. Además, probablemente no supiera qué nombre figuraba en su pasaporte, y las autoridades lo controlarían antes de que él pudiera retirarlo.

"Bajé a la Cubierta Lido, donde la mayoría de les pasajeros estaba desayunando, bebí una taza de café, me quedé en un rincón, y a los pocos minutos comprendí que eso no iba a funcionar. Aparecieron dos oficiales en actitud de estar buscando a alguien, y por poco me descubren. Me puse a hablar con dos mujeres muy amables que tenía al lado, y más o menos logré disimularme en el grupito.

"A los pocos segundos de haberse marchado, pasaron otro anuncio por los parlantes. Esa vez ya dijeron correctamente el nombre. Que el señor Sheridan Blackwood por favor se presentara de inmediato ante cualquier oficial. Entonces tomé conciencia de otra cosa terrible: me hallaba dentro del cuerpo del mecánico londinense que había asesinado a toda su familia y huido de un psiquiátrico. Las huellas digitales de ese cuerpo estarían sin duda archivadas. James era capaz de hacer saber eso a las autoridades. ¡Y justo estábamos por atracar en Barbados británica! Si me detenían, ni la Talamasca iba a poder hacer que liberaran a este cuerpo. Por mucho que temiera dejarte solo, tenía que tratar de desembarcar.

—Tú sabías que yo no iba a tener problemas... Pero, ¿cómo fue que no te detuvieron en la planchada?

—Oh, casi me detienen, pero fue por pura confusión. El puerto de Bridgetown es bastante grande y habíamos atracado como corresponde, contra el muelle, o sea que no hubo necesidad de usar la lanchita. Y como los funcionarios de la aduana demoraron mucho en autorizar el desembarco, había centenares de personas aguardando en los pasillos de la cubierta inferior para bajar a tierra.

"Los funcionarios controlaban las tarjetas de embarque lo mejor que podían, pero yo me mezclé de nuevo con un grupo de señoras inglesas, empecé a hablar en voz muy alta sobre los lugares de interés que hay en Barbados y su clima maravilloso, y así conseguí pasar.

"Bajé directamente al muelle de cemento y de allí al edificio de aduanas. Luego empecé a sentir miedo de que allí me revisaran el pasaporte y no me permitieran seguir.

"¡Además, no olvides que no hacía ni una hora que yo estaba dentro de este cuerpo! Cada paso que daba me resultaba extraño. A cada instante me veía las manos y me asustaba... ¿Quién soy?, me preguntaba. Espiaba las caras de la gente y era como estar mirando por dos agujeritos de una pared ciega. ¡No podía imaginar lo que ellos veían!

—No sabes cómo te comprendo.

—Ah, pero la fuerza, Lestat... Eso no puedes saberlo. Fue como si hubiera ingerido un poderosísimo estimulante. Y estos ojos jóvenes, oh, qué lejos ven, con qué claridad.

Asentí.

—Bueno, para serte sincero, en ese momento ya no razonaba bien. El edificio de aduanas estaba repleto. Había varios cruceros fondeados. El Wind Song, el Rotterdam y creo que también el Royal Viking Sun, que amarró justo frente al Queen Elizabeth II. Lo cierto es que había turistas por todas partes, y pronto caí en la cuenta de que les revisaban los pasaportes sólo a quienes regresaban a los barcos.

"Entré en una de esas boutiques... ya sabes cómo son... llenas de mercaderías horribles, y me compré un par de anteojos para sol espejados, como los que usabas tú cuando tenías la piel tan clara, y una camiseta espantosa, con el dibujo de un loro.

"Me saqué la remera y el saco, me puse la camiseta espantosa, los anteojos, y me ubiqué en un lugar desde donde podía ver todo el largo del muelle a través de las puertas abiertas. No sabía qué otra cosa hacer. ¡Me aterraba que pudieran empezar a revisar los camarotes! ¿Qué iban a hacer cuando no pudieran abrir la puertita de la Cubierta Cinco? ¿O si llegaban a encontrar tu cuerpo en el baúl? Pero, por otra parte, ¿cómo iban a poder efectuar ese registro? ¿Y qué podía impulsarlos a hacerlo, puesto que ya tenían al hombre con el arma?

Hizo una nueva pausa para beber otro sorbo de whisky. En su aflicción, al hacer el relato parecía inocente, de una manera que nunca podría haberlo logrado con su antiguo físico.

—Estaba loco, absolutamente loco. Traté de usar mis viejos poderes telepáticos, y me llevó un tiempo descubrirlos. Además, eso tenía más relación con el cuerpo de lo que hubiera pensado.

—No me sorprende.

—Lo único que pude recoger fueron diversas imágenes y pensamientos de los pasajeros que tenía más cerca. No me sirvió de nada. Pero por suerte mis padecimientos terminaron de improviso.

"Hicieron desembarcar a James. Lo acompañaba el mismo contingente de oficiales que lo había rodeado. Deben haberlo considerado el criminal más peligroso del mundo occidental. Y se había quedado con mi equipaje. Ostentaba una magnífica imagen de decoro británico, de dignidad, conversando con una alegre sonrisita, aunque era obvio que los oficiales desconfiaban enormemente y se sintieron muy incómodos cuando tuvieron que acompañarlo a la oficina de migraciones y presentar su pasaporte.

"Me di cuenta de que lo obligaban a abandonar el buque para siempre. Incluso le revisaron el equipaje antes de dejar pasar a todo el grupo.

"Y todo ese tiempo me mantuve pegado a la pared del edificio. Con el saco y la camiseta en el brazo, parecía un vagabundo que miraba con esas gafas espantosas mi noble cuerpo viejo. ¿Qué intenciones tendrá?, pensé. ¿Para qué quiere ese cuerpo? Te repito: no comprendía aún lo astuta que había sido su decisión.

"Salí tras el pequeño batallón. Afuera esperaba un patrullero, donde pusieron todo el equipaje mientras él seguía charlando y estrechando la mano a los oficiales, ahora que no lo habrían de acompañar.

"Me acerqué lo suficiente y pude escucharle profusión de agradecimientos y disculpas, atroces eufemismos, frases vacías y comentarios entusiastas sobre lo mucho que había disfrutado del breve viaje. Parecía gozar lo indecible con toda esa fantochada.

—Sí —convine, con aire lúgubre—. No cabe duda de que es él.

—Después hubo un momento extrañísimo. Cuando le sostenían la puerta del auto para que subiera, se volvió y me miró fijo como si supiera que yo había estado ahí todo el tiempo. Pero lo disimuló con mucha inteligencia paseando la mirada por el gentío que entraba y salía por los enormes portones, me miró de nuevo muy fugazmente y sonrió.

"Sólo cuando el vehículo se marchó, me di cuenta de lo que había pasado. Se había llevado mi viejo cuerpo con toda premeditación, dejándome con este otro, de veintiséis años.

Levantó su vaso una vez más, bebió un sorbo y me observó.

—Puede que hubiera sido imposible realizar la transformación en ese momento —prosiguió—. Sinceramente, no lo sé. Pero lo cierto es que él quería ese cuerpo y que yo quedé ahí, frente al edificio de aduanas, y que ¡había vuelto a ser un hombre joven!

Tenía la mirada clavada en el vaso aunque era evidente que no lo veía; luego volvió a posarla sobre mí.

—Se cumplió lo del "Fausto", Lestat. Había comprado juventud, pero lo raro era que... ¡no había vendido mi alma!

Guardó silencio, meneó un tanto la cabeza, dio la impresión de que estaba por retomar el relato. Por último, dijo:

—¿Me perdonas que te haya abandonado? No tenía forma de volver al barco. Y desde luego, James iba camino a la cárcel, o al menos eso creía yo.

—Claro que te perdono. David, ambos sabíamos que esto podía suceder. ¡Calculamos que te iban a arrestar, y eso hicieron con él! No tiene la menor importancia. ¿Al final qué hiciste? ¿Adónde fuiste?

—A Bridgetown. En realidad no fue ni siquiera una decisión. Se me acercó un taxista negro muy simpático, pensando que yo era pasajero del barco, y efectivamente lo era. Me ofreció hacerme buen precio para dar un paseo por la ciudad. Había vivido muchos años en Inglaterra. Tenía una voz agradable. Creo que ni le contesté. Me limité a afirmar con la cabeza y subí al autito. Recorrimos la isla durante horas. Debe haberme considerado un tipo muy raro.

"Recuerdo que atravesamos unas bellísimas plantaciones de caña de azúcar. Él me contó que el caminito se había construido para carros y caballos. Yo pensaba que probablemente esos campos tenían el mismo aspecto que hace doscientos años. Lestat me lo podrá decir; él debe saberlo, pensaba. Después me miraba las manos, movía un pie, flexionaba los brazos, hacía cualquier movimiento ¡y sentía la fuerza, el vigor de este cuerpo! Entonces empezaba de nuevo a maravillarme y no prestaba atención a la voz del hombre ni a los lugares que íbamos pasando.

"Por último, llegamos a un jardín botánico. El afable conductor estacionó y me invitó a conocerlo. A mí, ¿qué más me daba? Compré la entrada con el dinero que con tanta gentileza habías dejado en los bolsillos para James, entré y me encontré con uno de los lugares más hermosos del mundo.

"Aquello era un sueño, Lestat. Tengo que llevarte a ese lugar, tienes que verlo... tú, que tanto disfrutas de las islas. En realidad, ¡no podía pensar en otra cosa que en ti!

"Y debo explicarte algo. Desde la primera vez que nos vimos, jamás te miré a los ojos ni oí tu voz, jamás pensé siquiera en ti sin sentir pena. Es la pena que se relaciona con la mortalidad, con el hecho de tomar conciencia de la edad que uno tiene, de los propios límites, de todo lo que no volveremos a ser nunca más. ¿Me entiendes?

—Sí. Cuando recorrías el jardín botánico pensabas en mí. Y no sentiste la pena.

—Así es. No la sentí.

Esperé. David bebió con avidez otro sorbo de whisky; luego alejó el vaso. Su cuerpo alto, fornido, reflejaba su elegancia de espíritu, se movía con gestos moderados, y una vez más pude oír el tono llano, mesurado, de su voz.

—Tenemos que ir ahí —dijo—, pararnos en esa colina sobre el mar. ¿Recuerdas el sonido de las ramas de los cocoteros en Grenada, esa especie de crujido que producían al mecerse en el viento? Jamás has oído una música como la que se oye en aquel jardín de Barbados. Y las flores... qué flores alocadas, impetuosas. ¡Es tu Jardín Salvaje, pero al mismo tiempo tan apacible, tan poco peligroso! ¡Vi la gigantesca palmera de los pordioseros, con sus ramas que se trenzan no bien salen del tronco! Y la "tenaza de langosta", una cosa blanda, monstruosa; y las azucenas... ah, tienes que verlas. También debe ser bellísimo a la luz de la luna, bello para tus ojos.

"Por mí, me habría quedado ahí para siempre. Pero un contingente de turistas me sacó de mi ensoñación. ¿Y sabes una cosa? Eran de nuestro barco. Pasajeros del Queen Elizabeth. —Soltó una risa alegre. Todo su cuerpo se estremeció con sus risitas. —Entonces me marché de inmediato.

"Salí, encontré a mi chofer y le pedí que me llevara a la costa oeste de la isla, pasando la zona de los hoteles suntuosos. Muchos ingleses de vacaciones. Lujo, soledad... canchas de golf. Pero después encontré un sitio... un hotel que da al mar y es exactamente lo que siempre anhelo cuando quiero alejarme de Londres, cruzar el mundo y llegar a algún lugar cálido, encantador.

. "Le pedí que subiéramos por ese caminito para ir a mirar. Se trataba de una construcción irregular revestida en yeso, de color rosado, con un precioso comedor techado de paja y abierto al frente, sobre la playa blanca. Mientras paseaba por allí reflexioné sobre todo lo ocurrido, o al menos lo intenté, y resolví quedarme por el momento en ese hotel.

"Le pagué al taxista, lo despedí y me alojé en una pequeña habitación que da al mar. Para llegar a ella tuve que atravesar jardines y entrar en una construcción cuyas puertas daban a un porche cubierto. Desde allí, un senderito bajaba directamente a la playa. No había nada entre mí y el caribe azul más que cocoteros y algunas matas de hibiscos, cubiertas de hermosísimos pimpollos rojos.

"¡Lestat, empecé a preguntarme si no me habría muerto, si todo aquello no sería más que el espejismo que uno ve cuando está por caer el telón!

Le indiqué con un gesto que comprendía.

—Me tiré en la cama y, ¿sabes qué pasó? Me quedé dormido. Me acosté con este cuerpo y me dormí.

—No me extraña —repuse con una sonrisita.

—Bueno, a mí, sinceramente, sí. ¡Pero cómo te encantaría esa habitación! Cuando me desperté a media tarde, lo primero que vi fue el mar.

"¡Luego vino el shock de comprobar que seguía dentro de este cuerpo! Descubrí que en el fondo siempre pensaba que James me iba a encontrar y obligar a salir de él, que iba a terminar vagabundeando, invisible, incapaz de encontrar un físico donde alojarme. Estaba seguro de que iba a ser más o menos así. Hasta se me ocurrió que quedaría suelto, desprendido de mí mismo.

"Sin embargo, ahí estaba yo, y eran más de las tres según este horrible reloj tuyo. Llamé en el acto a Londres. Por supuesto, cuando horas antes James les había hablado haciéndose pasar por mí, le creyeron, y sólo al escuchar atentamente el relato que ellos me hicieron pude atar cabos y saber lo que había pasado: que nuestros abogados se habían dirigido de inmediato a la sede central de la línea naviera Cunard y le allanaron el camino a James, y que él en esos momentos se hallaba viajando rumbo a los Estados Unidos. En realidad, los de la Casa Matriz pensaron que yo hablaba desde el hotel Park Central, de Miami Beach, para avisarles que había llegado bien y recibido los fondos por ellos girados.

—Tendríamos que haber previsto que él iba a pensar en eso.

—¡Sí, claro, y qué suma! Además, se la enviaron en el acto porque David Talbot sigue siendo el Superior General. Bueno, yo escuché pacientemente y luego pedí hablar con mi secretario, un hombre de suma confianza, y le conté más o menos lo que estaba ocurriendo: que un hombre de mi mismo aspecto y capaz de imitar mi voz me estaba personificando. Ese monstruo era Raglan James, y si por casualidad volvía a llamar, no debían decirle que ya estaban al tanto de la verdad sino más bien fingir que hacían todo lo que él les indicaba.

"No creo que exista en el mundo entero otra organización donde se aceptara semejante historia, ni siquiera viniendo del Superior General. Debo decir que, si bien me costó bastante convencerlos, fue mucho más sencillo de lo que podría suponerse. Había muchos detalles mínimos que sólo conocíamos mi secretario y yo, o sea que la identificación no fue problema. No le dije, desde luego, que estoy muy bien resguardado dentro del cuerpo de un hombre de veintiséis años.

"Lo que sí le dije fue que necesitaba de inmediato un pasaporte nuevo. No iba a hacer la prueba de salir de Barbados con el nombre de Sheridan Blackwood estampado sobre mi foto. Mi secretario debía comunicarse con nuestro viejo amigo Jake, de México, y éste me haría saber el nombre de alguien que pudiera realizarme el trabajito en Bridgetown esa misma tarde. También me hacía falta algo de dinero.

"Estaba a punto de cortar cuando mi asistente me contó que el impostor había dejado un mensaje para Lestat de Lioncourt: que debía reunirse cuanto antes con él en el Park Central de Miami. El impostor había dicho que Lestat de Lioncourt iba a llamar para preguntar por el mensaje, que se lo dieran sin falta.

Nuevamente se interrumpió, pero esta vez con un suspiro.

—Sé que yo tendría que haber viajado a Miami; que tendría que haberte advertido que James estaba ahí, pero se me ocurrió cuando recibí esa información. Yo sabía que, si me ponía en movimiento sin demora, podía llegar al Park Central y enfrentarme con él quizá antes que tú.

—Pero no quisiste hacerlo.

—No, no quise.

—Es perfectamente comprensible, David.

—¿Te parece? —Me estudió con la mirada.

—¿A un pequeño demonio como yo se lo preguntas?

Esbozó una pálida sonrisa, volvió a sacudir la cabeza y prosiguió.

—Pasé la noche en Barbados, y medio día de hoy. El pasaporte estuvo listo ayer, de modo que nada me impedía tomar el último vuelo a Miami. Pero no lo hice. Me quedé en ese precioso hotel, cené ahí, paseé por Bridgetown. Y hoy al mediodía me marché.

—Ya te dije que te comprendo.

—¿Sí? ¿Y si el ser vil te hubiera atacado de nuevo?

—¡Imposible! Ambos lo sabemos. Si hubiera podido hacerlo por la fuerza, lo habría logrado también la primera vez. Deja de atormentarte, David. Yo tampoco vine anoche, y eso que pensé que podías necesitarme. Estuve con Gretchen. Bueno, deja de preocuparte por cosas sin importancia. Tú sabes qué es lo que importa: lo que le está pasando a tu antiguo cuerpo en este preciso momento. No has registrado la idea, amigo. ¡Le asesté un golpe de muerte! No, veo que no lo captas. Crees que sí, pero sigues aturdido. Mis palabras deben haber constituido un duro golpe.

Me partió el corazón ver la expresión de dolor de sus ojos, y las arrugas de preocupación en esa piel nueva, tersa. Pero una vez más, esa mezcla de alma antigua y físico joven me pareció tan seductora, que me quedé mirándolo, recordando tal vez la manera en que él me había mirado en Nueva Orleáns y lo impaciente que eso me había puesto a mí.

—Tengo que ir a ese hospital, Lestat. Tengo que ver qué pasó.

—Yo también voy. Puedes acompañarme. Pero en la habitación del hospital entraré nada más que yo. Bueno, ¿dónde está el teléfono? ¡Quiero llamar al Park Central y averiguar adónde llevaron al señor Talbot! Y te repito: es muy probable que me estén buscando, porque el episodio se produjo en mi cuarto. A lo mejor me convendría llamar directamente al hospital.

—¡No! —Me tocó la mano. —No llames. Es preferible ir. Tendríamos que... ver... con nuestros propios ojos. Yo tengo que verlo. Tengo... cierto presentimiento.

—Yo también. —Pero era algo más que un presentimiento. Después de todo, yo había visto a ese viejo de pelo gris acerado sacudirse con silenciosas convulsiones sobre la cama manchada de sangre.