Lestat XXVI
Entonces tomé conciencia de cuánto quería hablarle de Gretchen, que ésa era la razón por la que estaba yo ahí, no sólo porque él me preocupara. Me sentí avergonzado, y sin embargo no pude dejar de decírselo. Giré para mirar hacia la playa, con el codo aún apoyado sobre la mesa, y se me nubló la vista, de modo que los colores de la noche me parecieron más luminosos que antes. Le conté que había ido a ver a Gretchen porque se lo había prometido, aunque en lo profundo del corazón tenía la esperanza de poder traerla a mi mundo. Luego le expliqué lo del hospital, lo peculiar que era, el parecido del médico con el otro, el de siglos atrás, el pequeño pabellón mismo, la idea loca de que Claudia se encontraba ahí.
—Quedé desconcertado —murmuré—. Jamás imaginé que Gretchen pudiera rechazarme. ¿Sabes lo que pensé? Ahora me parece una tontería. ¡Que yo le resultaría irresistible! Pensé que las cosas tenían que ser así, que no podían ser de otra manera, que cuando me mirara a los ojos —¡los de ahora, no aquellos ojos mortales!— vería el alma verdadera que ella amó. Nunca pensé que fuera a sentir asco, una repulsión tan total —en lo físico como en lo moral—, que en el mismo instante de comprender lo que somos fuera a echarse atrás tan por completo. ¡No entiendo cómo pude ser tan tonto, por qué todavía insisto con mis ilusiones! ¿Será por vanidad? ¿O acaso estoy loco? A ti nunca te di asco, ¿verdad, David? ¿O en eso también me engaño?
—Eres hermoso —respondió en voz baja, con palabras cargadas de emoción—. Pero también eres monstruoso, y eso fue lo que vio ella. —Qué perturbado lo noté. Jamás lo había visto tan solícito en sus pacientes charlas conmigo. De hecho, parecía sentir el mismo sufrimiento que yo, de una manera aguda y total. —No era una compañera adecuada para ti, ¿no te das cuenta? —agregó serenamente.
—Sí, me doy cuenta, claro que sí. —Apoyé la frente en la mano. Qué pena que no estuviéramos en el silencio de mis habitaciones, pero no quise forzarlo. Volvía a ser mi amigo, como no lo había sido nunca ningún otro ser de la tierra, y me propuse darle el gusto. —Sabes que tú eres el único —exclamé de repente, y a mis propios oídos mi voz sonó discordante, cansada—. El único que no me da vuelta la cara cuando fracaso.
—¿Por qué lo dices?
—Mis compañeros me condenan por mi temperamento, por mi impetuosidad. Lo disfrutan, pero cuando muestro alguna debilidad, me cierran la puerta. —Pensé en el rechazo de Louis, en que muy pronto volvería a verlo, y me inundó una malsana satisfacción. Oh, se iba a sorprender tanto. Luego se apoderó de mí cierto temor. ¿Cómo haría para perdonarlo? ¿Cómo podría dominar mi temperamento y no explotar?
—Nosotros volveríamos superficiales a nuestros héroes —respondió lentamente, casi con pesar—. Los volveríamos frágiles. Son ellos quienes deben recordarnos el verdadero significado de la fortaleza.
—¿Tú crees? —Me di vuelta, crucé los brazos sobre la mesa y clavé la mirada en la fina copa de vino blanco. —¿Soy realmente tan fuerte?
—Sí, claro, siempre lo has sido. Por eso te envidian, te desprecian y se enojan tanto contigo. Pero no hace falta que te diga todas estas cosas. Olvida a esa mujer. Habría sido un error, un error muy grande.
—Hazme ingresar, Lestat —pidió en susurros; luego se hizo hacia atrás, transformado en distinguido caballero inglés que censura sus propias emociones y miró, tras la multitud, el mar lejano.
—¿Lo dices en serio, David? ¿Estás seguro? —Honestamente, no quería preguntarlo. No quería hablar ni una palabra más. Pero, ¿por qué? ¿Qué lo había hecho tomar la decisión? ¿Qué le había producido yo con mi absurda escapada? Si no fuera por él, yo no habría vuelto a ser el vampiro Lestat. Pero qué precio debió haber pagado.
El corazón me latía de emoción. David, David en mis brazos. Su sangre que se mezclaría con la mía, la mía con la de él. Luego iríamos juntos a la orilla del mar, cual misteriosos hermanos inmortales. Me costaba hablar, y hasta pensar.
Me levanté sin mirarlo, crucé el patio, bajé la escalinata. Sabía que él me seguía. Me sentí como Orfeo: bastaría una mirada atrás para que me quedara sin él. Tal vez las luces intensas de algún auto iluminarían de tal manera mi pelo, mis ojos, que de pronto él quedaría paralizado de terror.
Recorrí el camino de regreso, dejé atrás el desfile de mortales con atuendo playero, las mesitas al aire libre de los bares. Fui derecho al Park Central, crucé el hall de pomposa elegancia, y subí a mis habitaciones.
Oí que entraba y cerraba la puerta tras de mí.
Me paré ante los ventanales y de nuevo me puse a mirar el reluciente sol del anochecer. ¡Quieto, corazón mío! No apresures las cosas. Es importante poder dar cada paso con cuidado.
Mira las nubes, cómo corren alejándose del paraíso. Las estrellas, meros puntitos resplandecientes luchando bajo el torrente de la clara luz crepuscular.
Tenía que decirle algunas cosas, explicarle otras. Dado que él iba a conservar eternamente el aspecto que tenía en ese momento, le pregunté si quería realizar algún cambio físico, como por ejemplo, afeitarse mejor, recortarse el pelo.
—Nada de eso me importa —repuso con su típico acento de británico culto—. ¿Qué te pasa? —Muy amable, como si fuese yo el que necesitaba que lo tranquilizaran. —¿No era lo que querías?
—Sí, claro que sí. Pero tú también tienes que estar seguro de quererlo —le contesté, y sólo entonces me volví.
Estaba de pie en las sombras, muy sereno, vestido con su traje de hilo blanco y corbata de seda correctamente anudada. La luz de la calle brillaba sobre sus ojos, y en un momento dado se reflejó sobre el minúsculo alfiler de su corbata.
—No puedo explicarlo —murmuré—. Todo ha sido tan rápido, tan repentino, y justo cuando ya creía que tú no lo deseabas. Tengo miedo por ti, miedo de que cometas un error.
—Yo quiero hacerlo —reconoció, pero qué forzada su voz, qué carente de su habitual matiz lírico—. Lo quiero más de lo que imaginas. Hazlo ahora, por favor. No prolongues mi agonía. Ven a mí. ¿Qué puedo hacer para invitarte, para que estés seguro? He tenido más tiempo que tú para meditarlo. Recuerda cuánto hace que conozco tus secretos, sin excepción.
Qué extraño me pareció su rostro, qué dura su mirada, qué agrio el rictus de su boca.
—David, algo anda mal. Lo sé. Escúchame. Debemos hablarlo. Quizá sea la conversación más importante que tengamos jamás. ¿Qué sucedió como para que tuvieras deseos de hacerlo? ¿Qué fue? ¿El tiempo que estuvimos juntos en la isla? Dímelo, porque tengo que comprenderlo.
—Estás perdiendo tiempo, Lestat.
—Oh, para esto hay que tomarse todo el que sea necesario. Será la última vez que el tiempo importe.
Me acerqué deliberadamente a él para impregnarme de su aroma, para que despertara en mí ese deseo que no reparaba en quién era él ni qué era yo, el apetito voraz que sólo podía saciarse con su muerte.
Retrocedió unos pasos y vi miedo en sus ojos.
—No, no te asustes. ¿Crees que te haría daño? ¡Jamás podría haber derrotado a ese estúpido James, de no haber sido por ti!
Su rostro se puso tieso, los ojos quedaron más pequeños, la boca formó una especie de mueca. Qué horrible lo vi, qué distinto a lo que era siempre. Dios santo, ¿qué es lo que cruzaba por su mente? ¡Esa decisión, ese momento, estaba saliendo todo mal! No había alegría, intimidad. Así no debía ser.
—¡Ábrete a mí! —clamé.
Hizo gestos de negación, y sus ojos volvieron a entrecerrarse.
—¿No se va a producir cuando fluya la sangre? —Qué frágil su voz. —¡Dame una imagen para guardar en mi mente, Lestat! Una imagen que me proteja del miedo.
Yo estaba desconcertado. No sabía qué quería decir.
—¿Te parece que piense en ti, en lo bello que eres —propuso con ternura—, en que vamos a ser compañeros para siempre?
—Piensa en la India. Piensa en el bosque de mangos, en la época en que más feliz has sido...
Quise decir más, quise decir no, en eso no, pero no sabía por qué. Y dentro de mí surgió el hambre, mezclada con una ardiente soledad, y una vez más vi a Gretchen, vi su expresión de horror. Me acerqué más. David, David por fin... ¡Hazlo! y deja ya de hablar, qué importan las imágenes, ¡hazlo! ¿Qué te pasa? ¿Acaso tienes miedo?
Esta vez lo abracé con fuerza.
De nuevo vi miedo en él, fue algo súbito, y por un instante saboreé la exuberante intimidad física, el cuerpo alto y majestuoso entre mis brazos. Mis labios recorrieron su pelo gris oscuro, aspiraron la conocida fragancia, mis dedos sostuvieron su cabeza, la acunaron. Luego, mis dientes quebraron la superficie de su piel incluso antes de que me propusiera hacerlo, y la sangre caliente, salada, fluyó sobre mi lengua, me llenó la boca.
David, David por fin.
Las imágenes me vinieron como una avalancha, los grandes bosques de la India, los elefantes grises que pasaban, las rodillas levantadas torpemente, las gigantescas cabezas que se movían, las orejas muy pequeñas golpeteando como hojas sueltas. La luz del sol que caía sobre el bosque. ¿Dónde está el tigre? Oh, Dios, ¡Lestat, el tigre eres tú! ¡Finalmente se lo hiciste! ¡Con razón no querías que pensara en eso! Tuve una visión fugaz de él observándome en el claro del bosque, el David de años atrás, espléndido, juvenil, sonriente, y de golpe, durante una fracción de segundo, apareció otra figura, la imagen superpuesta de otro hombre, o bien surgiendo desde adentro como una flor que se abre. Era un ser delgado, demacrado, canoso, de ojos sagaces. Y antes de que se esfumara una vez más dentro de la imagen inerte de David, ¡supe que había sido James!
¡El hombre que tenía en mis brazos era James!
Lo eché hacia atrás, y con la mano me limpié la sangre que me chorreaba de los labios.
—¡James! —grité.
Cayó contra el costado de la cama, aturdido, con gotas de sangre en el cuello de la camisa y una mano en alto.
—¡No seas atropellado! —clamó, con la vieja entonación propia, sudoroso su rostro.
—¡Que te pudras en el infierno! —vociferé, mirando esos ojos frenéticos que habitaban en la cara de David.
Me abalancé sobre él, que en la desesperación dejó escapar risas de loco y más palabras, presurosas, farfulladas.
—¡Idiota! ¡Es el cuerpo de Talbot! ¡Cómo vas a hacerle daño al cuerpo de Talbot!
Lamentablemente, fue demasiado tarde. Traté de contenerme, pero lo aferré del cuello y lo arrojé contra la pared.
Horrorizado, vi que se estrellaba contra el yeso. Vi que le salía sangre de la nuca, oí el crujido espantoso de la pared rota y, cuando me estiré para abarajarlo, cayó directamente en mis brazos. Me miró con ojos bovinos, al tiempo que su boca luchaba con frenesí tratando de articular alguna palabra.
—Mira lo que hiciste, imbécil. Mira... lo que...
—¡Quédate dentro de ese cuerpo, monstruo! —dije, apretando los dientes—. ¡Mantenlo con vida!
Boqueaba. Un hilillo de sangre le salía de la nariz y entraba en su boca. Se le dieron vuelta los ojos. Lo sostuve, pero le colgaban los pies, como si estuviera paralítico.
—Idiota, llama a mi madre, llámala... mamá, mamá... Raglan te necesita... No llames a Sarah. No se lo digas a Sarah. Llama a mi madre... —Luego perdió el conocimiento, la cabeza le cayó hacia un lado, y entonces lo tendí sobre la cama.
Me puse frenético. ¡Qué iba a hacer! ¿Podía curarle las heridas con mi sangre? No, el daño era interno, dentro de la cabeza, ¡del cerebro! ¡Dios mío! ¡El cerebro de David!
Manoteé el teléfono, tartamudeé el número de la habitación diciendo que era una emergencia. Había un hombre muy malherido producto de una caída. ¡Había tenido un accidente cerebral! Debían llamar de inmediato una ambulancia.
Corté y volví a donde él estaba. ¡El cuerpo y el rostro de David seguían ahí, inertes! Pestañeó, abrió y cerró la mano izquierda.
—Mamá... —murmuró—. Avísale a mamá. Dile que Raglan la necesita... Mamá.
—Ya viene. ¡Tienes que esperarla! —Suavemente le hice girar la cabeza a un lado. Pero, en verdad, ¿qué importaba? ¡Que saliera de allí si podía! ¡Ese cuerpo no se iba a curar! ¡Ese cuerpo nunca más sería apto para albergar a David! '
¿Y dónde diablos estaba David?
La sangre se desparramaba por toda la sobrecama. Me mordí la muñeca. Dejé caer las gotitas en las mordeduras de su cuello. A lo mejor venía bien ponerle además otras gotitas en los labios. ¡Pero qué podía hacer por el cerebro! Dios mío, por qué lo hice...
—¡Idiota! —murmuró—. Mamá.
Su mano izquierda comenzó a agitarse de lado a lado sobre la cama. Luego vi que todo el brazo se sacudía y, más aún, que también el costado izquierdo de la boca se le iba a un lado una y otra vez. Los ojos miraban hacia arriba con fijeza, y las pupilas dejaron de moverse. Siguió saliéndole sangre de la nariz, entrándole en la boca, ensuciándole los blancos dientes.
—Oh, David, no quise hacerte esto. ¡Dios mío, se va a morir!
Creo que él articuló una vez más la palabra "mamá". Pero ya se oían las sirenas por el bulevar Ocean. Alguien golpeaba la puerta. Me coloqué a un costado cuando la abrieron, de modo que pude huir sin que me vieran. Otros mortales subían presurosos por la escalera. Cuando pasé al lado de ellos, no vieron más que una sombra fugaz. Me detuve un instante en el hall y, aturdido, miré a los empleados que corrían por doquier. El espantoso ulular de la sirena se oía cada vez más fuerte. Giré sobre mis talones y salí a la calle a los tumbos.
—Dios mío, David, ¿qué he hecho?
Una bocina de auto me sobresaltó; luego otra me sacó de mi estupor. Estaba parado en medio del tráfico. Retrocedí y me alejé en dirección a la arena.
De repente se detuvo frente al hotel una ambulancia de grandes dimensiones. Un muchacho robusto bajó del asiento delantero e ingresó en el hall, mientras el otro iba a abrir las puertas de atrás. Alguien gritó algo en el interior del edificio. Vi una silueta arriba, en la ventana de mi habitación.
Me alejé más aún. Las piernas me temblaban como si yo fuera mortal; con las manos me aferraba tontamente la cabeza, mientras contemplaba la tremenda escena a través de los anteojos ahumados, mientras veía congregarse la inevitable multitud, mientras muchos se levantaban de las mesas de restaurantes próximos para dirigirse a la entrada del hotel.
Ya no podía ver nada de manera normal, pero de todos modos reconstruí el espectáculo sacando imágenes de las mentes humanas: la camilla que cruzaba por el hall llevando atado el cuerpo inerte de David, los ayudantes apartando a los curiosos.
Se cerraron las puertas de la ambulancia y la sirena reinició su amenazante ulular. Y partió a toda velocidad, portando el cuerpo dé David quién sabe adónde.
Tenía que hacer algo, pero, ¿qué? ¡Entrar en el hospital y realizar el cambio con ese cuerpo! ¿Qué otra cosa lo puede salvar? ¿Y después tener a James dentro de él? ¿Dónde está David? Dios mío, ayúdame. Pero, ¿por qué habrías de hacerlo?
Por último, entré en acción. Corrí velozmente por la calle aprovechando que los mortales casi no podían verme, encontré una cabina telefónica de vidrio, me metí en ella y cerré la puerta.
Le indiqué a la operadora que quería hablar con Londres, al número de la Talamasca, con cobro revertido. ¿Por qué demoraba tanto? Impaciente, golpeé el vidrio con el puño, sin quitar el auricular de la oreja. Por fin, una de las gentiles voces de la Talamasca aceptó el llamado.
—Escúcheme —dije, deletreando primero mi nombre completo—. Esto quizá le resulte raro, pero es muy importante. El cuerpo de David Talbot acaba de ser llevado de urgencia a un hospital de la ciudad de Miami. ¡Ni siquiera sé a cuál! Pero sé que ese cuerpo está muy malherido y puede morir. Le pido que comprenda que David no se halla dentro de ese cuerpo... ¿Me escucha? Está en otra parte...
Dejé de hablar.












Escribe un comentario