Lestat XXV
Debí haberme ido a Miami esa misma noche. David podía necesitarme... Y por supuesto, no tenía ni idea de dónde podría estar James.
Pero no fui capaz —estaba demasiado conmovido—, y antes de la mañana me encontré a gran distancia de la pequeña Guyana Francesa, aunque todavía en la jungla voraz, sediento y sin posibilidades de saciarme.
Una hora antes del amanecer llegué a un antiguo templo —un gran rectángulo de piedra gastada— tan cubierto de enredaderas y otros retorcidos follajes, que quizá resultara invisible hasta para los mortales que acertaran a pasar a escasos centímetros de allí. Pero como no había camino, ni siquiera una senda que atravesara ese sector de la jungla, supuse que hacía siglos que no era transitado por nadie. Ese lugar era mi secreto.
Con excepción de los monos, claro, que se habían despertado con la luz del alba. Una verdadera tribu de ellos había sitiado el tosco edificio en medio de chillidos, reunidos en enjambres por todo el techo plano y los costados en declive. Con desgano y un esbozo de sonrisa en mi rostro los observé retozar. En toda la selva se había iniciado un renacimiento. El coro de los pájaros tenía mucho más volumen que en las horas de penumbra total y, a medida que aclaraba, fui percibiendo en derredor innumerables tonalidades de verde. Anonadado, tomé conciencia de que no iba a ver el sol.
Mi estupidez en cuanto a ese tema me sorprendió un poco. Cuán cierto es que somos hijos de la costumbre. Ah, ¿pero no era suficiente esa luz temprana? Qué placer volver a estar en mi viejo cuerpo...
...salvo si recordaba la expresión de asco total que puso Gretchen.
Una bruma espesa se elevaba del suelo, captaba esa bellísima iluminación y la difundía hasta las grietas y recodos más minúsculos, debajo de hojas y flores.
Miré en torno y mi tristeza aumentó, o mejor dicho, me sentí en carne viva, como si me hubieran despellejado. La palabra "tristeza" es demasiado suave y dulce. Pensé muchas veces en Gretchen, pero sólo en imágenes sin palabras. Y cuando evocaba a Claudia sentía un embotamiento, un recuerdo silencioso e inexorable de las palabras que le dije en mi sueño febril.
Como una pesadilla, el viejo médico de patillas entrecanas. La niña-muñeca en su sillita. No, ahí no. Ahí no. Ahí no.
¿Y qué importaba si hubiesen estado allí? No importaba en absoluto.
Bajo esas profundas emociones, no me sentía desdichado; y tomar conciencia de ello, saberlo a ciencia cierta fue quizá lo más maravilloso. Oh, sí, volvía a ser el de siempre.
¡Tenía que contarle a David lo de esa selva! David tenía que viajar a Río antes de regresar a Inglaterra. Yo lo acompañaría, quizás.
Quizás.
En el templo encontré dos puertas. La primera estaba trabada con pesadas piedras irregulares, pero la otra no, ya que hacía tiempo que las piedras se habían caído y yacían amontonadas en una pila informe. Trepé por ellas, encontré una empinada escalera por la que bajé, recorrí varios pasajes hasta llegar a recintos donde no entraba la luz. Fue en uno de esos ámbitos, frío, totalmente aislado de los ruidos de la selva, donde me tendí a dormir.
Habitaban allí diminutos seres resbaladizos. Cuando apoyé la cara contra el piso, frío y húmedo, sentí que esas criaturas me caminaban por las yemas de los dedos. Luego el peso sedoso de una serpiente cruzó por mi tobillo. Todo eso me arrancó una sonrisa.
Cómo se habría erizado mi antiguo cuerpo mortal. Pero también es cierto que mis ojos humanos no habrían podido ver dentro de ese lugar recóndito.
De pronto comencé a temblar, a llorar una vez más, muy quedo, pensando en Gretchen. Sabía que jamás volvería a soñar con Claudia.
—¿Qué pretendías de mí? —murmuré—. ¿Sinceramente creías que podía salvar mi alma? —La vi tal como en mi delirio, en ese viejo hospital de Nueva Orleáns donde la tomé de los hombros. ¿O acaso habíamos estado en el viejo hotel? —Te dije que lo volvería a hacer. Te lo advertí.
Algo se había salvado en aquel momento. La siniestra condena de Lestat se había salvado, y se mantendría intacta para siempre.
—Adiós, mis seres queridos —musité.
Después me dormí.
Miami, ah, mi bella metrópolis sureña que yace bajo el cielo brillante del Caribe, ¡digan lo que digan los mapas! El aire me pareció más dulce aún que en las islas y soplaba, suave, sobre las multitudes de rigor del bulevar Ocean.
A medida que trasponía rápidamente el hall art déco del Park Central camino a las habitaciones que allí tengo, iba sacándome la ropa que usé en la selva. Saqué de mi placard una remera blanca, chaqueta color caqui con cinturón, pantalón y un par de finas botas marrones de cuero. Me agradó la sensación de no tener que usar más la ropa del Ladrón de Cuerpos, por bien que me quedara.
Acto seguido llamé a conserjería; me enteré así de que David Talbot se hallaba desde el día anterior en el hotel y en esos momentos me aguardaba no lejos de allí, en el patio delantero del restaurante Bailey.
No tenía ánimo para estar en lugares muy concurridos. Trataría de convencerlo de que volviéramos a mis aposentos. Con toda seguridad él debía estar agotado por todo lo vivido. La mesa y sillones que había frente a las ventanas serían un ambiente ideal para conversar, como ciertamente íbamos a hacer.
Salí a la atestada acera, tomé hacia el norte y divisé Bailey y su inevitable letrero de neón sobre bellos toldos blancos. Ataviadas con manteles rosados y velas, las mesitas ya estaban ocupadas por los primeros contingentes nocturnos. En el rincón más apartado del patio vi la elegante figura de David, vestido con el mismo traje de hilo que había usado en el barco. Aguardaba mi llegada con su habitual expresión alerta.
Pese al alivio que sentí, a propósito lo tomé por sorpresa: me senté con tanta velocidad en la silla de al lado, que lo sobresalté.
—Ah, demonio —susurró. Vi un duro rictus como si realmente estuviera fastidiado en su boca, pero luego sonrió. —Gracias a Dios estás bien.
—¿Te parece?
Cuando apareció el camarero le pedí una copa de vino, para que no siguiera insistiéndome si dejaba pasar el tiempo. A David ya le habían servido una bebida exótica, de aspecto asqueroso.
—¿Qué diablos pasó? —pregunté, acercándome un poco más para poder tapar el ruido del ambiente.
—Fue un caos total. Él trató de atacarme y a mí no me quedó más remedio que usar el arma. Se fugó por la terraza porque yo no pude sostener firmemente el maldito revólver. Era demasiado grande para estas manos viejas. —Suspiró. Se lo veía exhausto, desmejorado. —Después, sólo tuve que comunicarme con la Casa Matriz y pedir que pagaran mi fianza. Llamadas que iban y venían a la sede de Cunard, de Liverpool. —Restó importancia al asunto con un gesto. —Al mediodía abordé un avión para Miami. No quería dejarte desprotegido en el buque, pero no pude hacer otra cosa.
—No corrí el menor peligro. Más bien temía por ti. Te dije que por mí no te preocuparas.
—Sí, eso fue lo que pensé. Los envié tras James, desde luego, con la esperanza de desalojarlo del barco. Era evidente que no podían emprender una búsqueda cuarto por cuarto. Por eso supuse que no te molestarían. Estoy casi seguro de que James bajó a tierra luego del jaleo. De lo contrario, lo habrían aprehendido. Les di una descripción fiel, por supuesto.
Se interrumpió, bebió cautelosamente un trago de su extraña bebida y la dejó.
—Se ve que eso no te gusta —le dije—. ¿Por qué no pediste el horrible whisky de siempre?
—Es la bebida de las islas y tienes razón, no me gusta, pero no importa. ¿Cómo te fue a ti?
No le respondí. Puesto que, desde luego, lo veía con mi antigua capacidad visual, su piel aparecía más translúcida y quedaban en evidencia todos sus pequeños achaques. Sin embargo, poseía ese halo de lo maravilloso que los vampiros ven en todos los mortales.
Lo noté cansado, abrumado por la tensión. Hasta tenía los ojos enrojecidos, y una vez más advertí cierta rigidez en su boca. ¿Lo habría avejentado más el suplicio vivido? No soportaba ver eso en él. Pero, cuando me miró, distinguí preocupación en su rostro.
—Te ha pasado algo malo —dijo, al tiempo que estiraba un brazo y apoyaba una mano sobre la mía. Qué tibia sentí. —Lo noto en tus ojos.
—No quiero hablar aquí. ¿Por qué no vamos a mi habitación del hotel?
—No, prefiero quedarme —me pidió con suavidad—. Estoy muy ansioso después de todo lo que pasó. Sinceramente fue una pesadilla para un hombre de mi edad. Me siento agotado. Supuse que ibas a llegar anoche.
—Perdóname; tendría que haber venido. Me imagino lo difícil que debe resultarte, pese a lo mucho que lo disfrutabas mientras sucedía.
—¿Eso te pareció? —Me dirigió una sonrisita cansada. —Necesito otro trago. ¿Qué dijiste? ¿Whisky?
—¿Qué dije yo? Pensé que era tu bebida preferida.
—De vez en cuando. —Hizo señas al camarero. —A veces me resulta demasiado aburrido. —Preguntó por una única marca, que no tenían; entonces aceptó un Chivas Regal. —Gracias por darme el gusto. Me agrada este lugar, el ambiente agitado, el estar a la intemperie.
Hasta su voz sonaba cansada, carecía de una chispa que le diera vida. No era, en absoluto, el momento para proponerle un viaje a Río. Y la culpa era mía.
—Como gustes —acepté.
—Ahora cuéntame lo que pasó. Veo que lo vives como una gran carga en tu interior.












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