Lestat XXIV
Selva tropical de Sudamérica. Una profunda maraña de bosque y jungla a través de kilómetros y kilómetros de continente; que cubre con su manto laderas de montañas y se congrega en los valles; que sólo se interrumpe para dar paso a ríos rutilantes y lagos resplandecientes; suave, y lozana, y frondosa, y aparentemente inofensiva cuando se la ve desde muy arriba, por entre las nubes.
La penumbra es total cuando uno se detiene sobre la tierra blanda, mojada. Tan altos son los árboles, que el cielo no se ve sobre sus copas. Allí la creación no es nada más que lucha y peligro en medio de esas profundas sombras húmedas. Es el triunfo final del Jardín Salvaje, y jamás los científicos del mundo podrán clasificar todas las especies de mariposas, de leopardos, de peces carnívoros y serpientes gigantes que habitan el lugar.
Pájaros con alas color del cielo estival o del sol ardiente pasan raudos entre las ramas. Chillan los monos al tiempo que estiran sus manecitas inteligentes para aferrarse de enredaderas gruesas como maromas. Mamíferos lustrosos y siniestros, de mil tamaños y formas, se buscan unos a otros sin piedad sobre raíces monstruosas y tubérculos semienterrados, bajo hojas enormes y susurrantes, se trepan por los troncos retorcidos de árboles jóvenes que mueren en la fétida tiniebla, mientras absorben su último alimento del suelo pestilente.
Insensato e infinitamente vigoroso es el ciclo de hambre y saciedad, de muerte violenta y dolorosa. Reptiles de ojos implacables y brillantes como ópalos se alimentan eternamente con el serpenteante universo de insectos duros y crujientes, como lo han hecho desde las épocas en que aún no había criaturas de sangre caliente sobre la tierra. Y los insectos —con alas, con aguijones, colmados de letal veneno, deslumbrantes por su belleza horrenda y atrozmente sagaces— a la larga se hacen un festín con todos.
No hay piedad en ese bosque. No hay misericordia, justicia, veneración por su belleza ni admiración por la hermosura de sus lluvias. Hasta el astuto mono es en el fondo un idiota moral.
Es decir, no había tal cosa hasta que llegó el hombre.
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de años atrás ocurrió. La jungla devora los huesos. Calladamente se traga manuscritos sagrados, corroe las piedras más obstinadas del templo. Productos textiles, cestas tejidas, cacharros decorados y hasta adornos de oro terminan disueltos en sus fauces.
Pero los pobladores de cuerpo pequeño y tez oscura están allí desde hace siglos —sobre eso no hay duda—, creando sus frágiles aldeas de chozas construidas con hojas de palmera y humeantes fogones, cazando los animales abundantes y letales con sus toscas lanzas y sus dardos mortíferos. En algunos lugares levantan, como lo han hecho siempre, granjas pequeñas donde cultivan gruesas batatas, enormes paltas, pimientos colorados y maíz. Mucho maíz amarillo, dulce y tierno. Gallinas de reducido tamaño picotean el exterior de las viviendas, hechas con esmero. Amontonados en sus chiqueros, resoplan, cerdos gordos y lustrosos.
¿Son estos humanos, que desde siempre han luchado unos contra otros, lo mejor del Jardín Salvaje? ¿O acaso tan sólo una parte no diferenciada de él, no más compleja que el ciempiés, que el furtivo jaguar de piel arrasada o la silenciosa rana de ojos saltones, tan tóxica que sólo tocar su piel moteada acarrea la muerte?
¿Qué tienen que ver las innúmeras torres de la gran Caracas con ese mundo que se extiende y llega hasta tan cerca de ella? ¿De dónde salió esa metrópolis sudamericana, con sus cielos contaminados y sus arrabales superpoblados en las laderas de las sierras? La belleza es belleza dondequiera se encuentre. Por la noche, hasta esos ranchitos, como les dicen —miles y miles de chozas que cubren las laderas en pendiente, a ambos lados de las modernas autopistas— son hermosos, porque, si bien no tienen agua ni desagües cloacales y allí la gente vive apiñada transgrediendo todo concepto moderno de salud y confort, igualmente ostentan festones de brillantes lucecitas eléctricas.
¡A veces parece que la luz puede transformar cualquier cosa! Que es una innegable e irreductible metáfora de la gracia. Pero la gente de los ranchitos, ¿sabe esto? ¿Lo hacen así porque es más bello? ¿O acaso sólo buscan una iluminación cómoda en sus pequeñas viviendas?
No importa.
No podemos dejar de crear belleza. No podemos detener el mundo.
Miro desde arriba el río que pasa por St. Laurent, una cinta de luz que de tanto en tanto se entrevé en medio de las copas de los árboles, mientras se interna cada vez más en la jungla hasta llegar por fin a la pequeña misión de Santa Margarita María, un puñado de viviendas en un claro a cuyo alrededor aguarda pacientemente la selva. ¿No es bonito ese racimo de edificaciones con techos de lata, con paredes pintadas a la cal y toscas cruces, con ventanitas iluminadas y el sonido de una única radio por la que se oye una melodía de letra india y alegre ritmo de tambores?
Qué hermosos los porches anchos de las casas, donde se ven hamacas, sillas y sillones de madera pintada. Las telas metálicas de las ventanas confieren a las habitaciones una belleza amodorrada al dibujar diminutos enrejados de líneas finas sobre los numerosos colores y formas, con lo cual consiguen acentuarlos, volverlos más visibles y vibrantes, hacer que parezcan más premeditados, como los interiores de una pintura de Edward Hopper o las ilustraciones de un colorido libro de figuras infantiles.
Por supuesto, no hay manera de detener la desenfrenada propagación de la belleza. Eso es cuestión de reglas, de la concordancia, la estética de la composición y el triunfo de lo funcional sobre lo impensado.
¡Pero allí tampoco hay mucho de eso!
Este es el destino de Gretchen, del cual todas las sutilezas del mundo moderno han desaparecido: un laboratorio para un único y reiterativo experimento moral: hacer el bien.
En vano entona la noche su canto de caos, hambre y destrucción alrededor del reducido campamento. Lo que allí importa es el cuidado de un número limitado de humanos que han venido en busca de vacunas y antibióticos, a que se le practiquen cirugías. Como dijo la misma Gretchen, pensar en un panorama más amplio es mentir.
Durante horas me paseé describiendo un gran círculo en medio de la jungla densa, despreocupado, abriéndome paso entre el follaje infranqueable. Trepé por las fantásticas raíces altas de los árboles, me detuve aquí y allá para escuchar el coro profundo y enmarañado de la noche salvaje. Muy tiernas eran las flores húmedas que crecen en las ramas más altas y lujuriantes y dormitan en la promesa de la luz matinal.
Una vez más, no sentí el más mínimo temor ante la fealdad mojada y corrompida del proceso natural. El hedor de la podredumbre en el cenagal. Las cosas resbaladizas no pueden hacerme daño, y por ende no me disgustan. Ah, que venga hacia mí la anaconda; me encantaría sentir ese abrazo estrecho, de rápido movimiento. Cuánto me agradó el grito agudo de los pájaros, cuya intención era sin duda causar terror a un corazón más simple. Qué pena que los pequeños monos de brazos peludos estuvieran durmiendo en ese instante, pues me habría gustado cazarlos, tenerlos un rato conmigo para besarlos en sus frentes fruncidas, en sus parlanchinas bocas sin labios.
Y esos pobres mortales que dormían dentro de las numerosas casuchas, junto a sus campos prolijamente labrados, en la escuela, el hospital y la capilla, parecían un milagro divino de creación hasta en sus detalles más nimios.
Hmmm. Extrañaba a Mojo. ¿Por qué no estaba allí, merodeando conmigo por la selva? Tenía que entrenarlo para que se convirtiera en perro de vampiro. De hecho, lo imaginaba custodiando mi ataúd durante las horas del día, centinela al estilo egipcio, con orden de despedazar a cualquier intruso mortal que lograra descender las escalinatas del santuario.
Pero ya pronto lo iba a ver. El mundo entero esperaba tras esos bosques. Cuando cerraba los ojos y convertía mi cuerpo en agudo receptor, alcanzaba a oír a través de los kilómetros el ruido intenso del tránsito de Caracas, sus voces amplificadas, el pulso de la música en esas cuevas con aire acondicionado hacia donde atraigo a los asesinos, como mariposas a la luz de la vela, para poder alimentarme.
En la selva, en cambio reinaba la paz mientras iban pasando las horas de ronroneante silencio tropical. Un resplandor de lluvia caía desde el cielo nuboso con golpecitos suaves sobre los techos de metal, apisonando el polvo y moteando los escalones ya barridos de la escuela.
Se apagaron las luces en los pequeños dormitorios y en las casitas distantes. Sólo siguió titilando una luminosidad roja en el interior de la capilla a oscuras, con su torre baja y su enorme campana reluciente y silenciosa. Lucecitas amarillas con minúsculas pantallas metálicas alumbraban los senderos despejados, las paredes blanqueadas a la cal.
Se apagaron las luces en la primera de las construcciones del hospital, donde Gretchen trabajaba sola.
De vez en cuando alcanzaba a ver su perfil contra las ventanas. Vi que estaba del lado de adentro de la puerta, que llevaba el pelo recogido en la nuca y se sentaba unos instantes a un escritorio para escribir unas notas inclinando la cabeza.
Por último me aproximé en silencio a la puerta, entré en la oficina reducida, desordenada, iluminada por una única lámpara, y enfilé hacia la entrada del pabellón.
¡Hospital de niños! Ubicadas en dos hileras, las camas eran diminutas, sencillas, toscas. ¿Estaba viendo visiones en esa semipenumbra profunda? ¿O es que las camas estaban hechas de madera ordinaria, atadas en las uniones, y tenían mosquiteros? Y sobre la mesa descolorida, ¿no había un resto de vela en un platito?
De pronto me sentí mareado; me abandonó la gran claridad de la visión. ¡Este hospital, no! Parpadeé, tratando de separar los elementos eternos de aquellos que tenían sentido. ¡Bolsitas plásticas de suero endovenoso que brillaban colgadas de sus soportes junto a las camas, ingrávidos tubos de nylon que descendían hasta las agujas clavadas en bracitos delgados, frágiles!
Eso no era Nueva Orleáns. ¡No era aquel pequeño hospital! ¡Y sin embargo, miren las paredes! ¿No son de piedra? Me enjugué la pátina de sudor sanguinolento de la frente y miré la mancha que quedó en el pañuelo. La que estaba allá, en la camita del fondo, ¿no era una niñita rubia? Una vez más me dominaron las náuseas. Me pareció oír una risa aguda, burlona pero llena de felicidad. No, no, debía ser un pájaro afuera, en la gran penumbra. No había una mujer de edad, de batón casero hasta los tobillos y pañoleta alrededor de los hombros. Hacía siglos que no existía más; había desaparecido junto con aquel edificio pequeño.
Pero la criatura gemía; la luz brillaba sobre su cabecita. Vi su mano regordeta contra la manta. Traté de aclarar nuevamente mi visión. Una sombra larga cayó en el piso, a mi lado. Sí, miren el indicador de apnea con sus diminutos números luminosos y los botiquines de remedios con puertitas de vidrio. No aquel hospital, sino éste.
¿Así que has venido a buscarme, papá? Cierto que dijiste que lo volverías a hacer.
—No, ¡no le voy a hacer daño! No quiero hacerle daño. —¿Estaba yo susurrando en voz alta?
La vi a lo lejos, al final de la angosta habitación, sentadita en su silla alta. Zarandeaba los pies y los bucles le llegaban hasta las mangas abullonadas.
¡Has venido a buscarla! ¡Sabes que es así!
—Shh, va a despertar a los niños. Váyase. ¡Está loco!
—¿Señor? ¿Qué desea?
Levanté la mirada y vi al médico que tenía ante mis ojos, un hombre de edad, de patillas descoloridas y minúsculos anteojitos. ¡No, ese doctor no! ¿De dónde había salido? Le miré la cartela del nombre. Estábamos en la Guyana Francesa; por eso él hablaba en francés. Y no hay una niña sentada en una sillita alta, al final del pabellón.
—Ver a Gretchen. La hermana Marguerite. —Me había parecido verla ahí adentro, a través de las ventanas. Sabía que estaba ahí.
Ruidos apagados en el extremo más distante de la sala. Él no puede oírlos, pero yo sí. Gretchen viene para acá. De pronto percibí su aroma, mezclado con el de los niños y el del anciano.
Pero ni siquiera con esos ojos míos pude ver en semejante penumbra. ¿De dónde venía la luz de este lugar? Ella acababa de apagar la lamparita del fondo; recorrió la sala entera, fue dejando atrás cama tras cama, con andar rápido y la cabeza agachada. El médico hizo un gesto de cansancio y se alejó.
No le mires las patillas desteñidas, los anteojitos ni la giba de su espalda redondeada. Ya le viste el cartelito plástico con el nombre. ¡No es un fantasma!
La puerta con tela metálica golpeó suavemente detrás del hombre, cuando él ya se alejaba.
Gretchen se hallaba parada en la leve penumbra. Qué hermoso el pelo ondulado, que llevaba hacia atrás de la tersa frente, y sus grandes ojos de mirada firme. Me vio los zapatos antes de verme a mí. De pronto, tomó conciencia del extraño, de su silueta blanquecina, callada —no dejé escapar ni un suspiro— en la quietud total de la noche, en un lugar al que no pertenecía.
El médico se había esfumado. Parecían habérselo tragado las sombras, pero sin duda andaba por ahí afuera, en las tinieblas.
Yo estaba parado contra la luz que venía de la oficina. Me abrumaba el olor femenino, en el que se mezclaba la sangre con el perfume limpio de un ser vivo. Dios mío, verla con esa visión, ver la belleza resplandeciente de sus mejillas. Pero yo tapaba la luz, ¿verdad?, porque la puerta era muy pequeña. ¿Veía ella mis facciones con suficiente nitidez? ¿Notaba el color fantasmal de mis ojos?
—¿Quién es usted? —Fue un susurro bajo, cauteloso. Estaba lejos de mí, desamparada, contemplándome con expresión recelosa.
—Gretchen, soy Lestat. Vine a verte, como te prometí.
Nada se agitó en el pabellón largo y angosto. Las camitas parecían congeladas tras el tul de los mosquiteros. Empero, la luz se movía en las rutilantes bolsitas de líquido, a la manera de infinitas lamparitas plateadas cuando brillan en la penumbra opaca. Alcancé a oír la respiración leve, regular, de los cuerpos dormidos. Y un sonido ahogado, rítmico, como el de un niño que juega a golpetear una y otra vez la pata de una silla con el taco del zapato.
Gretchen alzó lentamente su mano derecha y con instintivo aire protector la apoyó sobre su pecho, bajo el cuello. Se le aceleró el pulso. Noté que sus dedos se cerraban como aferrando un relicario, y luego vi la luz que se reflejaba en la delgada cadenita de oro.
—¿Qué es eso que llevas al cuello?
—¿Quién es usted? —volvió a preguntar con labios temblorosos. Su murmullo puede decirse que tocó fondo. La luz tenue de la oficina, a mis espaldas, resaltaba en sus ojos. Me miró la cara, las manos.
—Soy yo, Gretchen. No te haré daño. Ni se me ocurriría hacerte el menor daño. Vine porque te lo había prometido.
—No... no le creo. —Retrocedió unos pasos; sus suelas de goma apenas rasparon el piso de madera.
—No me tengas miedo, Gretchen. Quería que supieras que es verdad todo lo que te dije. —Hablaba yo con suma suavidad. ¿Ella me estaría oyendo?
Me di cuenta de que trataba de aclarar su vista, como segundos antes yo también había tenido que hacerlo. El corazón le latía con fuerza, los senos se le movían delicadamente bajo la rígida tela de algodón mientras la exquisita sangre subía de pronto a su rostro.
—Estoy aquí, Gretchen. Vine a darte las gracias. Toma, esto es para la misión.
Como un estúpido metí la mano en el bolsillo, saqué un montón de billetes y se los tendí. Mis dedos temblaban; los de ella también. El dinero parecía sucio y absurdo, como una pila de basura.
—Tómalo, Gretchen; servirá para los niños. —Me di vuelta y otra vez vi la vela... ¡la misma vela! ¿Por qué ésa? Dejé el dinero a su lado y oí crujir las maderas del piso bajo mi peso cuando me adelanté hasta la mesita.
Cuando me volví para mirarla, ella se me acercó, temerosa, con los ojos muy abiertos.
—¿Quién es usted? —murmuró por tercera vez. Qué grandes su ojos, qué oscuras sus pupilas cuando recorrieron mi figura como dedos que se retiran de algo que los puede quemar. —¡Le pido que me diga la verdad!
—Lestat, a quien curaste en tu propia casa, Gretchen. He podido recuperar mi forma verdadera, y vine porque te lo había prometido.
Ya me estaba resultando arduo soportar el resurgimiento de mi vieja ira, a medida que en ella se intensificaba el miedo, que sus hombros se ponían rígidos, que sus brazos se juntaban y la mano que aferraba la cadenita del cuello comenzaba a temblar.
—No le creo —me espetó con el mismo susurro estrangulado, echándose atrás con todo el cuerpo aunque, en realidad, no se había movido ni un paso.
—No, Gretchen. No me mires con desprecio. ¿Qué te hice para que me mires así? Conoces mi voz. Sabes lo que hiciste por mí. Vine a darte las gracias.
—¡Mentiroso!
—Eso no es cierto. Vine porque... porque quería verte de nuevo.
Dios santo, ¿se me estaban escapando unas lágrimas? ¿Eran ahora mis emociones tan volátiles como mi poder? Y ella vería surcar por mi rostro las lágrimas de sangre, lo cual la atemorizaría más aún. No me atreví a mirarla a los ojos.
Me di vuelta y contemplé la velita. Dirigí mi voluntad al pabilo y comprobé que la llama, una lengüita amarilla, aumentaba de tamaño. Mon Dieu, el mismo juego de sombras en la pared. Ella contuvo el aliento al mirarla; luego me miró de nuevo a mí, al tiempo que aumentaba la iluminación que nos rodeaba, y por vez primera pudo ver clara e inconfundiblemente los ojos que estaban fijos sobre ella, el marco de pelo del rostro que la miraba, las uñas brillosas de mis manos, los dientes blancos, visibles apenas, quizá, entre mis labios entreabiertos.
—Gretchen, no me tengas miedo. En nombre de la verdad, mírame. Me hiciste prometer que iba a venir. No te mentí, Gretchen. Tú me salvaste. Estoy aquí, y no existe Dios, me dijiste. Viniendo de cualquier otra persona no me habría importado, pero tú misma lo dijiste.
Se llevó las manos a los labios, en el mismo instante retrocedió, y a la luz de la vela pude ver entonces que lo que colgaba de la cadenita era una cruz de oro. ¡Oh, Dios, gracias por ser una cruz y no un relicario! Retrocedió de nuevo, al parecer sin poder evitar un movimiento impulsivo.
Sus palabras fueron un susurro vacilante.
—¡Aléjate de mí, espíritu maligno! ¡Sal de esta casa de Dios!
—¡No te voy a hacer daño!
—¡Aléjate de estos pequeños!
—Gretchen, no voy a hacer ningún mal a los niños.
—En nombre de Dios, aléjate de mí... Vete. —Con la mano derecha volvió a aferrar la cruz y la levantó en dirección a mí, con el rostro encendido, los labios húmedos, flojos y temblorosos en su histeria, sus ojos privados de razón cuando volvió a hablar. Advertí que se trataba de un crucifijo con el diminuto cuerpo retorcido del Cristo muerto.
—Sal de esta casa, que está protegida por Dios. Él vela por estos niños. Vete.
—En nombre de la verdad, Gretchen —respondí en voz baja como la de ella, preñada de sentimiento como era la suya también. —¡Me acosté contigo! Y vine.
—¡Mentiroso! —sentenció—. ¡Mentiroso! —Su cuerpo se estremecía con tanto ímpetu, que parecía a punto de perder el equilibrio y caer.
—No, es verdad, totalmente verdad. Gretchen, no voy a hacer nada de malo a los niños. No te haré daño a ti.
Un instante más y seguramente iba a perder la razón por completo, lanzaría alaridos de impotencia, y la noche toda la oiría. Todos los habitantes del complejo saldrían a atenderla, aunándose tal vez en el mismo grito.
Pero permaneció ahí, temblando con todo el cuerpo, y de su boca abierta sólo escapó un llanto seco.
—Me voy, Gretchen. Te dejo, si eso es lo que quieres. ¡Pero he cumplido mi promesa! ¿Hay algo más que pueda hacer?
De una de las camitas partió un rezongo, luego, un quejido de la otra, y ella miró ansiosa hacia uno y otro lado.
Echó a correr y atravesó la pequeña oficina, mientras a su paso salieron volando unos papeles del escritorio. Cuando se internó en la noche, la puerta de tela metálica golpeó tras ella.
Oí sus sollozos lejanos y, aturdido, giré en redondo.
Vi caer la lluvia en callada llovizna. Vi que, del otro lado del claro, Gretchen corría hacia las puertas de la capilla.
Te dije que le ibas a hacer daño.
Di media vuelta y recorrí todo el pabellón con la mirada.
—No estás aquí. ¡Ya he terminado contigo! —musité.
A la luz de la vela vi con toda claridad a la niña pese a que permanecía en el otro extremo de la sala. Seguía zarandeando la pierna, golpeando con el taco la pata de la silla.
—Vete —dije lo más suavemente que pude—. Todo ha terminado.
En efecto, me caían lágrimas, lágrimas de sangre por la cara. ¿Las habría visto Gretchen?
—Vete —repetí—. Todo acabó, y yo también me voy.
Me pareció que sonreía, pero no sonreía. Su rostro se convirtió en la imagen de la inocencia, la cara del relicario del sueño. Y en la quietud, mientras yo me quedaba paralizado mirándola, toda la imagen se mantuvo en su totalidad, pero dejó de moverse. Luego se disolvió.
Y sólo vi una silla vacía.
Muy despacio, me volví hacia la puerta. Una vez más me enjugué las lágrimas, con desagrado, y guardé el pañuelo.
Las moscas zumbaban contra la tela metálica de la puerta. Qué clara era la lluvia, que seguía cayendo, persistente. Luego llegó el suave ruido del chaparrón más intenso, como si el cielo hubiera abierto lentamente la boca para suspirar. De algo me olvidaba. ¿Qué era? Ah, la vela; de apagar la vela, no fuera que provocara un incendio e hiciera daño a esos chiquitos.
Y fíjate allá en el fondo, la niñita rubia bajo la carpa de oxígeno, la envoltura de plástico crujiente lanzando destellos como si estuviera hecha con trocitos de luz. ¿Cómo pudiste ser tan tonto y encender una llama en esa habitación?
Apagué la luz haciendo chasquear los dedos. Saqué todo lo que tenía en los bolsillos y dejé ahí los billetes arrugados y sucios, cientos y más cientos de dólares, e incluso algunas monedas.
Después me marché, pasé muy despacio ante las puertas abiertas de la capilla. En medio de la lluvia que arreciaba oí sus rezos, sus murmullos rápidos, la vi arrodillada ante el altar; y tras sus brazos extendidos en cruz, divisé el fuego enrojecido de una vela que titilaba.
Sentí deseos de irme. En lo más profundo de mi alma herida, me dio la sensación de que era eso lo que quería. Pero, una vez más, algo me retuvo. Había percibido el inconfundible aroma de la sangre.
Provenía de la capilla, y no era la sangre que corría por las venas de Gretchen, sino sangre que manaba de una nueva herida.
Me acerqué más, tratando de no hacer ni el menor ruido, hasta que quedé junto a la puerta del templo. El olor se volvió más intenso. Entonces vi la sangre que le goteaba de sus manos extendidas. La vi en el piso, corriendo en delgados hilos que partían de sus pies.
—Líbrame del mal, oh Dios, llévame contigo, Sagrado Corazón de Jesús, estréchame en tus brazos...
No me vio ni oyó aproximarme. Un suave brillo afluyó a sus mejillas, brillo hecho de la luz palpitante de la vela y el resplandor que provenía de su interior, el gran arrobamiento que en ese instante la embargaba, separándola de todo el entorno, incluso de la silueta oscura que había a su lado.
Miré el altar. Vi en lo alto el enorme crucifijo y, debajo, el brillante sagrario y la vela encendida en su vasito rojo, lo cual indicaba que allí estaba el Santísimo Sacramento. Una ráfaga de aire entró por las puertas abiertas, llegó hasta la campanilla y le arrancó un leve tañido, apenas audible por sobre el sonido de la brisa misma.
Volví a mirar a Gretchen, su rostro erguido, los ojos entrecerrados, la boca muy laxa pese a que aún desgranaba palabras.
—Jesucristo, mi amado Jesucristo, tómame en tus brazos.
Y en medio de la bruma de mis lágrimas, vi la sangre roja, espesa, que fluía copiosa de sus palmas abiertas.
En el complejo se oyeron voces sosegadas. Puertas que se abrían y cerraban. Ruido de gente que corría sobre la tierra. Cuando giré, vi siluetas oscuras reunidas en la entrada, un racimo de ansiosas figuras femeninas. Oí una palabra susurrada en francés, que quería decir "desconocido". Y luego un grito ahogado:
—¡El demonio!
Por el pasillo central enfilé hacia ellos, obligándolos quizás a dispersarse, por más que en ningún momento los toqué ni los miré; pasé rápidamente a su lado y salí a la lluvia.
Luego me detuve y giré en redondo. Ella seguía de rodillas y los demás la rodeaban. Hubo exclamaciones reverentes de "¡Milagro!" y "¡Estigma!". Todos se hacían la señal de la cruz y caían de hinojos mientras, como en trance, Gretchen continuaba articulando monótonas plegarias.
—Y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios, y el Verbo se hizo carne.
—Adiós, Gretchen —murmuré. Después ingresé, libre y solo, en el tibio abrazo de la noche salvaje.











8 sep 2007 | 03:54 AM
HOLA QUE MILAGRO., YO ULTIMAMENTE POCO ENTRO PERO TU ME GANAS..... BUENO TU RELATO EXELSO COMO SIEMPRE Y BUENO TE DEJO UN BESO Y ESTAMOS EN CONTACTO CUIDATE .........
8 sep 2007 | 12:23 PM
Luis.... me dejaste sin palabrassssssssssssssss
Por Dios!!!!!!!!!!!!! este es el más bello relato de amor que he leído..!!!!!!!! De amor y sacrificio y renuncia y dolor...y no sé cuánto más...
Porqué no lo dejaste convertido en Hombre a Lestast??? Porque lo hiciste renunciar a sentirrrrrrrrrrrrrrrrr....??????
Ufa, Luis....Condenarlo al dolor eterno de no poder expresar su amor es...demasiado castigo!
Igual..repito...B E L L OOOOOOOOOOOOOO relato....
Besito, Luis...TRANSPARENTISIMO