Lestat XXIII
No lo vimos más hasta pasada la una. Sabía que me convenía evitar el pequeño Club Lido pues era el mejor lugar para bailar, cosa que a él le gustaba, y el ambiente era bastante oscuro. Preferí deambular por los salones más grandes, siempre con anteojos oscuros y el pelo engominado con un fijador que un joven camarero me consiguió. No me molestaba haber arruinado así mi apariencia, pero ello me daba un aspecto anónimo, y en consecuencia ganaba en tranquilidad. Cuando volvimos a divisarlo se hallaba en uno de los pasillos externos, a punto de entrar en el casino. Esa vez fue David el que no aguantó y fue tras él para mirarlo de cerca. Me dieron ganas de recordarle que no debíamos seguir a ese monstruo. Lo único que teníamos que hacer era dirigirnos a la suite Reina Victoria a la hora adecuada. El pequeño diario de a bordo, que ya había sacado la edición del día siguiente, traía la hora exacta en que saldría el sol: las 6,21. Me reí al verla, pero también es verdad que ya no podía determinar esas cosas tan fácilmente como antes. Bueno, a las 6,21 de la mañana volvería a ser el que siempre fui. Por último David regresó a su sillón y tomó el diario que había estado leyendo sin cesar. —Se encuentra en la ruleta, y está ganando. ¡El muy tonto usa sus poderes parapsicológicos para jugar! —Sí, sigue diciendo eso. ¿Por qué no hablamos ahora de nuestras películas preferidas? Últimamente no he visto nada del actor holandés Rutger Hauer, y lo extraño. David soltó una risita. —A mí también me gusta mucho —confesó. A las tres y veinticinco, seguíamos conversando pausadamente, cuando de pronto vimos pasar de nuevo al apuesto señor Jason Hamilton. Tan lento, tan soñador, tan predestinado al fracaso. David amagó con levantarse y seguirlo, pero apoyé mi mano sobre la suya. —No hace falta, amigo. Faltan tres horas nada más. A ver, cuéntame la trama de Cuerpo y alma, esa vieja película —¿recuerdas?— que trataba sobre aquel boxeador... ¿no era allí que se mencionaba al tigre de Blake? A las seis y diez, la luz lechosa ya teñía el firmamento. Era el momento exacto en el que yo solía buscar mi lugar de descanso, y me costaba creer que él no hubiera buscado el suyo aún. Teníamos que encontrarlo dentro de su lustroso baúl negro. No lo veíamos desde las cuatro y pico, hora en que se hallaba en la pequeña pista del Club Lido, bailando a su típica manera de borracho con una diminuta mujer canosa de vestido rojo. Nos ubicamos a cierta distancia, fuera del bar, apoyando la espalda contra la pared, y desde allí escuchamos el ritmo ágil de su voz, oh, tan británica. Después nos marchamos deprisa. Se acercaba el momento. Ya no huiríamos más de él. La larga noche estaba a punto de concluir. Varias veces pensé que en pocos minutos podía morir, pero semejante reflexión jamás en la vida me había disuadido de nada. Si hubiera pensado que podía pasarle algo a David, entonces sí, habría perdido el valor. Nunca había visto tan decidido a mi amigo. Acababa de sacar el revólver grande del camarote de la Cubierta Cinco y lo llevaba en el bolsillo del saco. Dejamos abierto el baúl, listo para mí, y en la puerta ya colocado el cartelito de "No molestar" para evitar que acudieran los camareros. También resolvimos que, luego del cambio, yo no debía llevarme el revólver negro pues entonces quedaría en manos de James. No echamos llave a la puerta del pequeño camarote. En realidad las llaves estaban adentro, porque tampoco podía arriesgarme a llevarlas encima. Si algún camarero comedido trababa la puerta por fuera, me obligaría a accionar la cerradura con mi mente, cosa no muy difícil para el viejo Lestat. Lo que sí llevaba en el bolsillo era el pasaporte falso a nombre de Sheridan Blackwood, y dinero suficiente como para que el tonto huyera al lugar del mundo que quisiera. El barco ya estaba entrando en el puerto de Barbados. Dios mediante, no le insumiría mucho tiempo atracar. Tal como esperábamos, no había nadie en el ancho pasillo iluminado de la Cubierta Insigne. Se me ocurrió que el camarero estaba dormitando tras las cortinas de la cocinita. En silencio avanzamos hasta la puerta de la suite Reina Victoria, David colocó la llave y enseguida entramos. El baúl estaba abierto y vacío. Las luces, todas encendidas. El sinvergüenza no había vuelto todavía. Sin articular palabra, fui apagándolas una por una, caminé hasta la puerta que daba a la terraza y descorrí las cortinas. El cielo tenía todavía el color azul de la noche, pero a cada instante se volvía más claro. Una bella y suave luminosidad inundó la habitación, que sin duda le quemaría en los ojos apenas él la viera y le causaría un gran dolor en su piel expuesta. Debía estar por regresar, a menos que tuviese otro escondite que nosotros ignorábamos. Volví a la puerta de entrada y me paré a su izquierda. Allí él no me vería, porque cuando empujara la puerta ella misma me taparía. David había subido los escalones hasta la salita elevada, se hallaba con la espalda hacia la pared de vidrio y de frente a la puerta del camarote, sosteniendo el arma fuertemente con ambas manos. De pronto oí pasos rápidos que se aproximaban. No le hice señas a David porque noté que él también los había oído. Venía casi corriendo. Me sorprendió su audacia. Entonces David levantó el revólver y apuntó a la puerta cuando la llave ya giraba en la cerradura. Se abrió la puerta contra mi cuerpo, y James la cerró de un golpe al tiempo que entraba tambaleándose en la habitación. Con el brazo se tapaba los ojos para protegerse de la luz que entraba por la pared de vidrio, mientras murmuraba una maldición contra los camareros que no habían cerrado las cortinas como les había ordenado. Con su torpeza característica, enfiló hacia los peldaños y se paró en seco al ver que David lo apuntaba desde arriba. —¡Ya! —gritó mi amigo. Me lancé sobre él con todo mi ser; la parte invisible de mí se elevó de mi cuerpo mortal y se precipitó con fuerza incalculable sobre mi antigua forma, pero en el acto fui arrojado hacia atrás. Volví a entrar en el cuerpo mortal, pero lo hice con tanta rapidez que el cuerpo mismo, derrotado, se azotó contra la pared. —¡De nuevo! —gritó David, pero una vez más salí repelido con apabullante rapidez y me costó un esfuerzo volver a dominar las pesadas piernas humanas para quedarme erguido. Vi que sobre mí aparecía mi viejo rostro de vampiro, enrojecidos los ojos azules, entrecerrándose a causa del resplandor cada vez más intenso de la habitación. ¡Oh, yo sabía lo que estaba sufriendo! Conocía ese estado de confusión. El sol quemaba su piel tierna, que nunca había cicatrizado del todo desde la experiencia en el Gobi. Probablemente ya sintiera débiles las piernas con el entumecimiento inevitable del día naciente. —Bien, James, el juego ha terminado —clamó David con evidente furia. ¡Use el cerebro! Al oír la voz de David, el ser se volvió como si se cuadrara; luego se acobardó, siempre protegiéndose los ojos de la luz, cayó sobre la mesita de luz, cuyo material plástico, al deshacerse, produjo un ruido horrible. Cuando se dio cuenta del destrozo que había causado, intentó volver a mirar a David, que daba la espalda al sol. —¿Ahora qué piensa hacer? —exigió saber David—. ¿Adónde puede ir? ¿Dónde puede esconderse? Si nos mata, registrarán este camarote no bien encuentren los cadáveres. Se acabó, amigo mío. Ríndase. James dejó escapar un profundo gruñido y agachó la cabeza como un toro enceguecido que se apresta a lanzarse a la carga. Vi que cerraba los puños y me inundó la desesperación. —Entréguese, James —lo instó David. Aproveché que el individuo soltaba una andanada de insultos para arrojarme nuevamente sobre él, movido no sólo por el coraje y la humana voluntad sino también por el pánico. ¡El primer rayo caliente de sol cruzó por el agua! Dios mío, era ahora o nunca, y no podía darme el lujo de fallar. Lo embestí con fuerza, sentí una sacudida eléctrica paralizante al atravesarlo y luego no pude ver nada más. La sensación era como si una gigantesca aspiradora me chupara, obligándome a bajar y bajar, hundiéndome en las tinieblas mientras gritaba "¡Sí, me meto dentro de él, dentro de mí mismo! ¡Dentro de mi cuerpo, sí!" Quedé, entonces, mirando de frente una llamarada de luz áurea. El dolor en los ojos me resultaba insoportable. Era el calor del Gobi. Era la gran iluminación final del infierno. ¡Pero había conseguido mi propósito! ¡Estaba dentro de mi propio cuerpo! Y esa luminosidad era el sol que salía y escaldaba mis manos y cara maravillosas, preciadas, preternaturales. —¡David, hemos triunfado! —grité, y las palabras me salieron con un extraño volumen. Me levanté de un salto del piso, al que me había caído, en posesión una vez más de la gloriosa fuerza y rapidez de otrora. Enceguecido, corrí hacia la puerta y tuve una última visión fugaz de mi antiguo cuerpo humano cuando, en cuatro patas, trataba de llegar a los escalones. Llegado al pasillo, la habitación virtualmente explotó de luz y calor. No podía quedarme allí ni un minuto más, aunque oí el disparo ensordecedor del potente revólver. —¡Dios te ayude, David! —musité. Al instante me hallaba al pie del primer tramo de escalera. Por suerte la luz del sol no penetraba hasta ese pasaje interior, pero mis piernas ya se estaban debilitando. Cuando se disparó el segundo tiro, yo ya había saltado la baranda de la escalera A y me arrojé hasta la Cubierta Cinco, donde eché a correr. Alcancé a oír un disparo más antes de llegar al reducido camarote, pero, oh, tan débil. La bronceada mano que abrió la puerta casi no pudo hacer girar el picaporte. Ya me enfrentaba de nuevo al peligro de un resfrío, como si estuviera paseando por las nieves de Georgetown. Pero la puerta se abrió y caí de rodillas dentro de la habitación. Aunque me hubiera desplomado, ya estaba a salvo de la luz. Con un último esfuerzo de voluntad cerré la puerta, corrí el baúl hasta su lugar y me derrumbé en su interior. Después, lo único que pude hacer fue estirarme para aferrar la tapa. Sentí que caía y se cerraba, pero ya no pude sentir nada más. Permanecí inmóvil, mientras un áspero suspiro partía de mis labios. —¡Dios te ayude, David! —repetí. ¿Por qué había abierto fuego? ¿Por qué? ¿Y por qué tantos disparos de un arma tan potente? ¿Cómo podía el mundo no oír los tiros de un revólver tan ruidoso? Pero no había fuerza que me permitiera acudir en su ayuda. Se me estaban cerrando los ojos, hasta que por fin quedé flotando en la oscura penumbra de terciopelo que había dejado de habitar desde aquel fatídico encuentro en Georgetown. Todo había terminado, yo era de nuevo el vampiro Lestat, y ninguna otra cosa importaba ya. Ninguna. Creo que mis labios formaron nuevamente la palabra "David", como si fuera una plegaria. No bien me desperté, presentí que David y James no estaban en el barco. No sé muy bien cómo lo sabía, pero lo cierto es que lo sabía. Luego de acomodarme un poco la ropa y disfrutar unos momentos de frívola felicidad al mirarme en el espejo y flexionar mis maravillosos dedos de manos y pies, salí para cerciorarme de que ninguno de los dos estaba en el barco. A James no pensaba encontrarlo, pero a David... ¿qué le había sucedido luego de disparar el revólver? ¡Con seguridad que tres balas tenían que haber matado a James! Y desde luego, todo había ocurrido en mi camarote —de hecho encontré en mi bolsillo mi pasaporte a nombre de Jason Hamilton—, de modo que me encaminé a la Cubierta Insigne con la mayor cautela. Los camareros iban de aquí para allá para entregar bebidas y arreglar las habitaciones de los que ya se habían aventurado a salir por la noche. Utilicé toda mi habilidad para moverme rápidamente entre el pasaje y entrar sin, que me vieran, en la suite Reina Victoria. Se notaba a las claras que ya la habían ordenado. El baúl negro que James usaba de ataúd estaba cerrado y cubierto con la tela alisada. Habían retirado la mesa de luz rota, pero quedó una marca en la pared. No había sangre en la alfombra. Es más, no se veía la menor huella de la horrenda lucha que había tenido lugar. Y a través de los vidrios de la terraza pude advertir que estábamos saliendo del puerto de Barbados bajo un glorioso velo crepuscular, y avanzábamos hacia mar abierto. Me asomé un instante a la terraza, sólo para contemplar la noche infinita y sentir una vez más la alegría de mi vieja visión vampírica. A lo lejos, en la costa, distinguí un millón de minúsculos detalles que jamás habría podido ver un mortal. Tanto me fascinó experimentar la antigua levedad física, la sensación de gracia y destreza, que me dieron ganas de ponerme a bailar. Me habría encantado hacer un zapateo americano en un costado del buque, luego en el otro, todo el tiempo cantando y haciendo chasquear los dedos. Pero no tenía tiempo para esas cosas. Primero debía averiguar qué había pasado con David. Abrí la puerta, crucé el pasillo y rápida, silenciosamente, destrabé la cerradura del camarote de David. Después, con un repentino arranque de velocidad sobrenatural, entré sin que me vieran quienes andaban por allí. Todo había desaparecido. Incluso habían higienizado ya el camarote para un nuevo pasajero. Obviamente habían obligado a David a abandonar el buque. ¡A lo mejor ahora estaba en Barbados! De ser así, lo encontraría enseguida. Pero, ¿y el otro cuarto, el que pertenecía a mi antigua identidad mortal? Abrí la puerta de comunicación sin tocarla, y comprobé que también la habían vaciado y limpiado. Qué hacer. No deseaba permanecer en ese barco más de lo necesario, ya que apenas me descubrieran me convertiría por cierto en el centro de la atención general. La debacle se había producido en mi camarote. Oí el paso fácilmente identificable del camarero que tanto nos había ayudado antes, y abrí la puerta justo cuando él pasaba por allí. Noté que al verme se llenaba de excitación y perplejidad. Le hice señas para que entrara. —¡Señor, lo están buscando! ¡Pensaron que había bajado en Barbados! Debo dar aviso de inmediato a seguridad. —Oh, cuénteme lo que pasó —dije, mirándolo fijo a los ojos. Noté que el hechizo surtía efecto, pues adoptó una actitud de entrega y confianza total. Al amanecer se había producido un desagradable incidente en mi camarote. Un británico de edad avanzada —que, dicho sea de paso, antes había asegurado ser mi médico— efectuó varios disparos, sin que ninguno diera en el blanco, contra un joven asaltante que —declaró— había intentado matarlo. En realidad, no se había podido localizar al asaltante pero, por la descripción que brindó el caballero inglés, se pudo establecer que el joven había ocupado precisamente el camarote ése donde nos encontrábamos, y que se había embarcado utilizando un nombre falso. Pero lo mismo había hecho el caballero inglés. La confusión de nombres era parte importante del embrollo. El camarero no sabía todo lo sucedido, salvo que habían arrestado al caballero, obligándolo a bajar a tierra. El camarero estaba intrigado. —Creo que fue un alivio para todos que lo hicieran bajar. Pero debemos llamar al jefe de seguridad, señor. Están muy preocupados por usted. Me extraña que no lo hayan detenido cuando volvió a embarcarse en Barbados. Lo han estado buscando el día entero. Yo no estaba muy seguro de querer soportar miradas incisivas por parte de los funcionarios de seguridad, pero el tema quedó rápidamente decidido cuando en la puerta de la suite aparecieron dos hombres de uniforme blanco. Di las gracias al camarero, me acerqué a los dos señores y los invité a pasar, hecho lo cual me ubiqué en la zona más oscura, como era mi costumbre en encuentros de esa naturaleza. Además, les pedí que me disculparan por no encender las lámparas, pero la luz que entraba por la puerta de la terraza era suficiente, expliqué, teniendo en cuenta el mal estado de mi piel enferma. A ambos los noté muy desconfiados, por lo que tuve que volver a utilizar la persuasión de mi hechizo al hablar. —¿Qué pasó con el doctor Alexander Stoker? —pregunté—. Es mi médico personal, y me preocupa su suerte. Fue evidente que el más joven, hombre de rostro muy colorado y acento irlandés, no creyó lo que yo le decía y presintió algo raro en mi forma de hablar y conducirme. Mi única esperanza era poder sumirlo en la confusión para que se quedara callado. Pero el otro, un inglés alto e instruido, fue mucho más fácil de embaucar, y comenzó a contarme todo sin segundas intenciones. Parece ser que el doctor Stoker no era tal, sino un inglés de nombre David Talbot, que se negó a confesar por qué había usado un nombre falso. —¡Imagínese, ese señor Talbot llevaba un arma en el barco! —exclamó el alto, mientras su compañero seguía mirándome con suspicacia—. Claro que esa organización de Londres, la Talamasca o como se llame, pidió muchas disculpas y quiso enmendar todo. Por último, el asunto lo arregló el capitán con unas personas de la oficina central de Cunard. Como el señor Talbot empacó sus cosas y accedió a que se lo acompañara a tomar un avión que partía de inmediato a los Estados Unidos, no se le hizo una denuncia penal. —¿A qué lugar de Estados Unidos? —A Miami, señor. Casualmente yo mismo lo llevé. A toda costa quiso enviarle un mensaje a usted: que se reuniera con él en Miami, a su conveniencia. Creo que en el hotel Park Central... Me repitió varias veces el recado. —Entiendo. ¿Y el hombre que lo atacó, el que lo obligó a disparar su arma? —No lo hemos podido encontrar, señor, aunque es indudable que varias personas lo habían visto antes a bordo ¡acompañado por el señor Talbot! Casualmente aquél era su camarote, y creo que usted estaba ahí conversando con el camarero cuando llegamos. —Todo esto me desconcierta mucho —expresé con mi tono más convincente—. ¿Usted cree que ese muchacho de pelo castaño ya no está a bordo? —Casi podríamos asegurarlo, señor, aunque, por supuesto, es imposible practicar una búsqueda minuciosa en un buque como éste. Las pertenencias de ese señor estaban aún en el camarote cuando lo abrimos. Tuvimos que abrirlo porque el señor Talbot insistía en que había sido atacado por ese joven, ¡y además dijo que este último también viajaba con nombre supuesto! Tenemos su equipaje en custodia, desde luego. Si me acompaña al despacho del capitán, tal vez podría aclararnos... Me apresuré a afirmar que no sabía nada del asunto, pues no había estado en mi cuarto en el momento del hecho. El día anterior había bajado en Grenada, y no me enteré nunca de que se hubiesen embarcado ninguno de esos dos hombres. Y esa mañana había salido a pasear por Barbados, por lo que no supe nada sobre el tiroteo. Pero toda esa conversación mía fue una pantalla para seguir usando con ellos la persuasión, y convencerlos de que debían dejarme solo para yo poder cambiarme y descansar un rato. Cuando cerré la puerta, luego de que se marcharon, supe que se dirigían a la oficina del capitán y que regresarían en cuestión de minutos. En realidad no importaba. David estaba a salvo, pues abandonó el buque y viajó a Miami, donde debía reunirme con él. Eso era lo único que quería saber. Gracias a Dios había podido partir de Barbados enseguida. Porque sólo Dios sabía dónde podía estar James en esos momentos. En cuanto al señor Jason Hamilton, cuyo pasaporte llevaba yo en el bolsillo, todavía le quedaba un ropero lleno de prendas en esa suite, y mi intención era apropiarme rápidamente de algunas. Me saqué el arrugado traje de etiqueta y el resto de mi atuendo para la noche, y me puse pantalón, camisa de algodón y un saco decente de hilo. Llevé conmigo el pasaporte y una considerable suma de dólares norteamericanos que había encontrado en la vieja ropa. Luego volví a salir a la terraza y permanecí inmóvil bajo la caricia de la brisa, mientras mis ojos somnolientos recorrían el mar, de un azul intenso y luminoso. El Queen Elizabeth II avanzaba a los famosos veintiocho nudos, y las olas transparentes se estrellaban contra su proa majestuosa. La isla de Barbados había desaparecido por completo de la vista. Levanté la mirada y contemplé la gran chimenea negra, que por ser tan inmensa parecía la chimenea del propio infierno. Era todo un espectáculo el espeso humo gris que salía de ella, describía un arco y bajaba hasta el nivel mismo del mar empujado por el viento incesante. Volví a mirar el lejano horizonte. Todo el universo estaba impregnado de una luz bella y azulada. Tras una fina bruma que los mortales jamás podrían percibir, vi las minúsculas constelaciones titilantes, como también los planetas luminosos que avanzaban lentamente. Estiré mis extremidades, contento de sentirlas, fascinado con el cosquilleo que me recorría hombros y espalda. Me sacudí entero y me gustó el roce del pelo contra el cuello; después apoyé los brazos sobre la baranda. —Te voy a encontrar, James —murmuré—; de eso no te quepa la menor duda. Pero ahora tengo otras cosas que hacer. En vano podrás seguir tramando pequeños ardides. Luego ascendí despacio, lo más despacio que pude, hasta que estuve muy alto, encima del barco, y lo miré desde arriba. Admiré sus numerosas cubiertas apiladas una sobre la otra, festoneadas por mil y una lucecitas amarillas. Qué festivo se lo veía, qué despreocupado. Valerosamente avanzaba, mudo y poderoso, por el mar ondulante, portando su pequeño reino de seres que bailaban, cenaban y charlaban, de atareados oficiales de seguridad, de presurosos camareros, de cientos y cientos de personas felices que nada sospechaban de que hubiéramos estado allí para perturbarlas con nuestro pequeño drama, ni de que nos hubiéramos ido con la misma rapidez con que llegamos, dejando sólo una mínima secuela de alboroto. Que reine la paz en el Queen Elizabeth II, pensé, y una vez más supe por qué James se había encariñado con esa nave, por qué se escondió en ella, por triste y de mal gusto que fuese. Al fin y al cabo, ¿qué es todo nuestro mundo para las estrellas del firmamento? Qué piensan ellas de nuestro planeta diminuto, me pregunté, un planeta lleno de alocadas yuxtaposiciones, de ocurrencias fortuitas, luchas interminables y delirantes civilizaciones desparramadas sobre su faz, unidas no por voluntad, fe ni ambición comunitaria sino por cierta nebulosa capacidad de sus millones de habitantes de no pensar en las tragedias de la vida y lanzarse una y otra vez a la felicidad, tal como lo hacían los pasajeros de ese barquito, como si la felicidad fuese para todos los seres tan natural como el hambre, el sueño, la necesidad de amor o el miedo al frío. Me elevé cada vez más alto hasta que ya no pude ver la nave. Se interponían nubes entre mí y el mundo de abajo. Y arriba ardían las estrellas en su fría majestuosidad, y por una vez en la vida no las odié. No, no podía odiarlas, no podía odiar nada. Me sentía demasiado lleno de júbilo y de sombrío triunfo amargo. Yo era Lestat, que me desplazaba entre el cielo y el infierno, contento de serlo quizá por vez primera.








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HETERIFLEXIBLE dijo
ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO ....BUENO NO SOY LESTAT PERO ULTIMAMENTE YA CONOSCO ESA SENSACION BESOS .......
8 Septiembre 2007 | 03:59 AM