Lestat XXII
Durante las dos horas siguientes seguimos explorando el barco. Era de capital importancia que pudiéramos escondernos dentro de él por la noche, hora en que James andaría paseando por las diferentes cubiertas. Teníamos que recorrerlo por ese motivo, aunque debo confesar que, de todos modos, el barco me inspiraba una enorme curiosidad.
Salimos del estrecho Bar de la Reina y regresamos al cuerpo principal del buque, para lo cual tuvimos que pasar frente a numerosas puertas de camarotes antes de llegar al entrepiso circular con su ciudadela de elegantes boutiques. Luego bajamos por una escalera de caracol, cruzamos una amplia pista de baile y arribamos a otros bares y salones, todos alfombrados y con atronadora música electrónica; pasamos por una piscina cubierta alrededor de la cual almorzaban centenares de personas en grandes mesas redondas; salimos a otra piscina, esta vez al aire libre, donde un sinnúmero de viajeros tomaban sol en reposeras, dormitaban o bien leían el diario o pequeños libros encuadernados en rústica.
Pasamos frente a una pequeña biblioteca, llena de silenciosos lectores, y un casino que no iba a abrir mientras el buque no zarpara. Había allí máquinas tragamonedas, apagadas y sombrías, y mesas para jugar al blackjack y a la ruleta.
A continuación, un salón y otro más, uno con ventanas, el otro en la penumbra total, y un hermoso restaurante para pasajeros de mediana categoría al que se accedía por escaleras de caracol. Un tercer salón —también muy atractivo— estaba destinado a viajeros de las cubiertas inferiores. Hacia abajo fuimos, dejando atrás el camarote que era mi escondite secreto. Descubrimos también no uno, sino dos centros de estética corporal, con sus máquinas de ejercicios y salas para limpiar los poros con chorros de vapor.
Encontramos un pequeño hospital, con enfermeras de blanco y minúsculas habitaciones muy iluminadas; en una esquina, un amplio recinto sin ventanas y, en su interior, varias personas trabajando ante computadoras. Había una peluquería y salón de belleza para mujeres, y otro local similar para hombres. También vimos una oficina de turismo y, en otro momento, algo que parecía ser un banco.
Y siempre caminábamos por pasillos angostos que daban la impresión de no tener fin. Nos rodeaban eternamente paredes y techos de un aburrido tono beige. A continuación de una alfombra aparecía otra de distinto color, tan horrible como aquélla; los chillones diseños modernos se juntaban en los lugares de acceso con tanta violencia que daban ganas de reírse. Perdí la cuenta de las numerosas escaleras de peldaños poco profundos y alfombrados. Me costaba distinguir entre un grupo de ascensores y otro. Dondequiera que posaba los ojos veía puertas numeradas de camarotes. Los cuadros de adorno eran insulsos e imposibles de distinguir uno de otro. A cada rato tenía que consultar los diagramas para saber a ciencia cierta dónde había estado y hacia dónde me dirigía, o bien para salir de algún camino circular por el que pasaba por cuarta o quinta vez.
A David todo eso le resultaba sumamente divertido, sobre todo cuando en cada recodo nos encontrábamos con otros pasajeros perdidos. Por lo menos en seis oportunidades ayudamos a personas de mucha edad a encontrar determinado sitio. Y después volvíamos a perdernos otra vez.
Por último, no sé por qué milagro pudimos orientarnos, cruzamos el angosto Bar de la Reina, subimos la secreta Cubierta Insigne y llegamos a nuestros camarotes. Faltaba apenas una hora para el crepúsculo, y las gigantescas máquinas ya se habían puesto en funcionamiento.
No bien me hube cambiado para la noche —con remera blanca y traje de verano—, me encaminé a la terraza para ver salir el humo de la enorme chimenea. Todo el barco había comenzado a vibrar por la potencia de las máquinas. Y la tenue luz caribeña se apagaba tras las sierras lejanas.
Un miedo atroz me atenaceó, como si la vibración de los motores me hubiera apresado las entrañas. Pero no tenía nada que ver con eso. Simplemente pensaba que nunca más iba a volver a ver esa intensa luz natural. En el futuro vería la luz de escasos momentos —el atardecer—, pero nunca un manchón de sol sobre el agua, nunca ese brillo áureo en ventanas distantes ni el cielo azul tan límpido en su última hora, tras las nubes movedizas.
Quise aferrarme al instante, saborear cada cambio leve, sutil. Y al mismo tiempo no lo quería. Siglos atrás, no había habido un adiós a las horas del día. Aquel último día fatídico, el sol se estaba poniendo, y hasta este momento no se me había ocurrido pensar que no lo vería nunca más. ¡Ni se me había pasado por la mente!
Era lo más lógico que quisiera quedarme ahí, sintiendo su dulce tibieza, disfrutando esos preciados instantes de luz cabal.
Pero en realidad no lo quería. No me importaba. Había visto la luz en momentos más prodigiosos. Aquello iba a terminar, ¿no? Pronto volvería a ser Lestat, el vampiro.
Entré y crucé lentamente el camarote. Me miré en el espejo grande. Ah, ésta iba a ser la noche más larga de mi existencia, pensé; más larga incluso que aquella terrible noche de frío y enfermedad pasada en Georgetown. ¡Ni quería imaginar qué pasaría si algo salía mal!
David me esperaba en el pasillo con traje de hilo blanco, característico en él. Dijo que debíamos salir de ahí antes de que el sol se ocultara bajo las olas. Yo no estaba tan ansioso, porque no me parecía que ese ser chapucero fuera a saltar del baúl y se internara en el ardiente crepúsculo, como tanto me gustaba hacer a mí. Por el contrario, seguro que, por miedo, aguardaría un rato dentro del baúl antes de salir.
¿Qué haría después? ¿Descorrer las cortinas de su terraza, bajar del buque por esa vía para ir a robarle a alguna pobre familia de la costa lejana? Pero como ya había robado en Grenada, a lo mejor tenía pensado descansar.
Imposible saberlo.
Bajamos de nuevo al Bar de la Reina y salimos a la ventosa cubierta. Muchos pasajeros estaban afuera para ver cuando el barco se alejara del puerto. La tripulación se aprontaba. Una gruesa columna de humo gris brotaba de la chimenea, mezclándose con la luz menguante del cielo.
Apoyé los brazos en la borda y dirigí la mirada hacia la curva de tierra. Las olas, siempre cambiantes, captaban y retenían la luz con mil diferentes matices y grados de opacidad. ¡Pero cuánto más variada y translúcida me parecería mañana por la noche! Sin embargo, al contemplarla ahora, se me borró toda idea de futuro. Me abandoné a la majestad pura del mar, a la luz de un rojo ígneo que bañaba y alteraba el azul del cielo infinito.
A mi alrededor, los mortales parecían aplacados. Se conversaba poco. La gente se reunía en la ventosa popa para rendir homenaje a ese instante. La brisa allí era sedosa, fragante. El sol naranja oscuro, simple ojo que parecía espiarnos desde el horizonte, de pronto se hundió, no se lo vio más. Una gloriosa explosión de luz amarilla tiñó el borde inferior de las cuantiosas nubes, mientras un resplandor rosado subía y subía, internándose en los cielos infinitos y brillantes. Y a través de esa sublime niebla de color aparecieron los primeros parpadeos de las estrellas.
El agua se tornó oscura; las olas chocaban con fuerza contra el casco. Me di cuenta de que la nave ya se movía. Y de improviso dejó escapar un potente silbido, un grito que arrancó miedo y excitación de mis entrañas. Tan lento y uniforme era su movimiento, que me vi obligado a no apartar los ojos de la costa para medirlo. Estábamos girando hacia el oeste, internándonos en la luz que moría.
David tenía la mirada vidriosa. Su mano derecha aferraba la baranda. Contemplaba el horizonte, las nubes y, más allá, el rosa intenso del cielo.
Quise decirle algo, algo importante que le transmitiera el profundo amor que me embargaba. De pronto tuve la sensación de que el corazón se me partía, me volví lentamente hacia él y apoyé mi mano izquierda sobre su derecha, apoyada en el parapeto.
—Lo sé —dijo en susurros—. Créeme que lo sé. Pero ahora tienes que ser inteligente. Guárdatelo en tu interior.
Oh, sí, bajar el velo, convertirme en uno de los tantos centenares que están aislados, en silencio. Quedarme solo. Y ése, mi último día de mortal, había tocado a su fin.
Otra vez sonó la vibrante sirena. El barco casi había terminado de dar la media vuelta y avanzaba hacia mar abierto. El cielo se oscurecía deprisa, se acercaba la hora de bajar a alguna de las cubiertas inferiores y de buscar un rinconcito en algún salón ruidoso donde nadie reparara en nosotros.
Eché una última mirada al cielo, noté que había desaparecido toda la luz, total e irremediablemente, y me entró frío en el corazón. Pero yo no podía lamentar la falta de luz; no podía. Lo único que mi alma monstruosa anhelaba era recuperar mis facultades vampíricas. No obstante, la tierra misma parecía exigirme algo mejor: que llorara por aquello a lo que había renunciado.
No pude hacerlo. Sentía tristeza, y me pesaba el fracaso aplastante de mi aventura humana mientras seguía ahí parado sintiendo la brisa tibia.
La mano de David me tironeó suavemente del brazo.
—Sí, entremos —acepté, y le di la espalda al delicado cielo del Caribe. Ya había caído la noche. Y mis pensamientos se hallaban con James, sólo con él.
Oh, cómo deseaba poder verlo levantarse de su escondite de seda. Pero sería demasiado peligroso. No existía ningún sitio desde donde pudiéramos observarlo sin correr riesgos. Lo único que podíamos hacer era ocultarnos.
Con la llegada de la noche, el barco mismo cambió.
Vimos al pasar, en las pequeñas tiendas rutilantes del entrepiso, una actividad ruidosa y febril. Abajo, hombres y mujeres ataviados con telas refulgentes ya iban ocupando sus lugares en el teatro.
En el casino, las máquinas tragamonedas habían cobrado vida con luces centelleantes, y un gentío se agolpaba entorno a la ruleta. Las parejas de ancianos bailaban al ritmo de una música suave y lenta interpretada por una orquesta en el umbrío salón de la Reina.
Una vez que encontramos un rinconcito apropiado en el lóbrego Club Lido, y que pedimos algo de beber, David me ordenó que me quedara ahí mientras él se iba solo a la Cubierta Insigne.
—¿Por qué? ¿Qué es eso de que me quede solo? —reaccioné indignado.
—Si él te llega a ver, te reconoce en el acto —dijo, como restándole importancia, con la actitud de quien le habla a un niño. Luego, calzándose un par de anteojos negros, agregó: —En mí no va a reparar.
—Está bien, jefe —acepté con fastidio. ¡Me molestaba tener que esperar ahí mientras él salía de aventura!
Me volví a echar hacia atrás en el sillón, bebí otro antiséptico sorbo de mi gin tonic y me esforcé por ver en medio de la molesta oscuridad a las parejas jóvenes que se movían contra las luces titilantes de la pista iluminada eléctricamente. El elevado volumen de la música me resultaba insoportable. Pero la vibración sutil del gigantesco paquebote, deliciosa. Ya estábamos avanzando. En realidad, cuando miré más allá de ese pozo de sombras artificiales, a través de una de las numerosas puertas de vidrio, alcancé a ver que el cielo lleno de nubes, luminoso aún por el resplandor del atardecer, pasaba raudo junto a la nave.
Un barco extraordinario, pensé; eso debía admitirlo. A pesar de sus lucecitas chillonas y sus horribles alfombras, no obstante sus techos bajos, opresivos, y los numerosos y aburridos salones, seguía siendo un barco maravilloso.
Me hallaba cavilando al respecto, tratando de no enloquecer de impaciencia —más aún, de verlo todo desde la óptica de James—, cuando me distrajo a lo lejos la aparición de un muchacho rubio, hermosamente bronceado. Llevaba ropa de etiqueta, salvo un incongruente par de anteojos de color violeta. Me quedé un rato contemplando con deleite su apariencia cuando de pronto, horrorizado, caí en la cuenta de que ¡me estaba mirando a mí mismo!
Era James, con su traje negro de etiqueta y camisa almidonada, que escudriñaba el lugar tras unas modernas gafas y lentamente se encaminaba al salón donde yo me encontraba.
El dolor que me oprimía el pecho fue intolerable. En mi ansiedad, comencé a sentir que me temblaban todos los músculos. Levanté la mano para sostenerme la frente e incliné una pizca la cabeza, al tiempo que volvía a mirar hacia la izquierda.
¡Pero cómo no iba a divisarme con esos poderosos ojos preternaturales! La oscuridad no era un obstáculo para él. Con seguridad percibiría el aroma a miedo que emanaba de mí, ya que en ese momento estaba transpirando.
Pero no me vio. De hecho, se había sentado en el bar dándome la espalda y movió la cabeza a la derecha. Yo sólo alcanzaba a verle la línea de la mejilla y la mandíbula. Cuando vi que adoptaba un aire de tranquilidad total, noté también que estaba posando, con el codo izquierdo apoyado sobre la madera lustrada, la rodilla derecha apenas flexionada, y el taco calzado en el apoyapiés de bronce de su banqueta alta.
Movía levemente la cabeza siguiendo el ritmo de la música. Y emanaba de él un gran orgullo, la satisfacción genuina de ser lo que era y estar donde estaba.
Respiré hondo. Del otro lado del amplio salón, lejos de él, vi que la figura inconfundible de David se detenía un instante en la puerta abierta y luego seguía su camino. Gracias a Dios había divisado al monstruo, que a todo el mundo debía parecerle ya tan absolutamente normal como a mí (salvo por su llamativa belleza).
Cuando volví a sentir miedo, me obligué a imaginar un empleo que no tenía, una ciudad en la que nunca había vivido. Pensé en una novia de nombre Bárbara, bellísima y cautivante, y en una pelea entre nosotros que desde luego nunca tuvo lugar. Llené mi mente con tales imágenes y un millón de cosas más: peces tropicales que algún día me gustaría tener en una pecera, decidir si me convenía, o no, ir a ver el espectáculo del teatro.
El ser no se percató de mí; casi diría que no reparaba en nadie. Había algo casi conmovedor en su forma de sentarse, con el rostro algo levantado, al parecer disfrutando de ese pequeño salón oscuro, común y por cierto que bastante feo.
Le encanta, me dije. Estos salones públicos, con su plástico y su oropel, representan el pináculo de la elegancia y le fascina la sola idea de estar aquí. Ni siquiera desea que se fijen en él. No repara en nadie que pudiera prestarle atención. Es un pequeño mundo en sí mismo, del mismo modo que lo es este barco, que avanza raudamente por cálidos mares.
Pese a mi miedo, aquello me pareció de pronto algo conmovedor y trágico. Y me pregunté si yo no habría dado también una impresión de fracaso a los demás cuando tenía esa otra forma. ¿No me veían los otros como un ser igualmente triste?
Temblando con todo el cuerpo, tomé el vaso y apuré la bebida como si fuera remedio. Me oculté de nuevo tras las imágenes fabricadas, las usé para disfrazar mi temor y hasta me puse a tararear un poco al compás de la música, mientras observaba con aire casi ausente el juego de las luces coloreadas sobre esa hermosa cabellera rubia.
De repente se bajó de la banqueta y, enfilando hacia la izquierda, atravesó muy despacito el oscuro bar, pasó a mi lado sin verme y se encaminó hacia las luces más intensas que rodeaban la piscina techada. Levantaba el mentón y daba pasos lentos y prudentes como queriendo hacer ver que le costaban, y giraba la cabeza a diestra y siniestra mientras observaba el espacio que iba atravesando. Después, de la misma manera cautelosa —más indicativa de debilidad que de fuerza— empujó la puerta de vidrio que comunicaba con la cubierta y se sumergió en la noche.
¡Yo tenía que seguirlo! Sabía que no debía, pero sin darme cuenta ya me había levantado, la cabeza llena de la misma nube de falsa identidad, y lo seguí, eso sí, me detuve del lado de adentro de la puerta. Alcancé a verlo muy lejos, en el extremo mismo de la cubierta,, con los brazos apoyados en la barandilla mientras el viento impetuoso le desordenaba el pelo. Estaba mirando el firmamento y una vez más se lo notaba lleno de orgullo y satisfacción, feliz con el viento y la oscuridad, quizás, y meciéndose levemente como suelen hacerlo los músicos ciegos cuando interpretan su música, como si apreciara cada instante que transcurría dentro de ese cuerpo, lleno de simple y puro regocijo.
De nuevo me inundó la sensación de que lo reconocía. ¿Les habría parecido yo el mismo tonto inservible a quienes me habían conocido y condenado? Oh, qué ser lamentable, haber pasado su vida preternatural en este sitio tan artificioso, con sus pasajeros viejos y tristes, en camarotes de chillona elegancia, aislados del gran universo de verdaderos esplendores que yacía más allá.
Sólo al cabo de un largo rato inclinó en tanto la cabeza y recorrió con su mano derecha la solapa de su saco, tranquilo, complacido como gato que lame su propio pelo. ¡Con cuánto cariño acariciaba ese trozo de tela sin importancia! Gesto que, más que ningún otro de los suyos, transmitía con absoluta elocuencia la totalidad de la tragedia.
Después miró a derecha e izquierda, y al ver sólo a dos personas que, a lo lejos, escudriñaban en otra dirección, ¡de pronto se elevó por los aires y desapareció!
Desde luego, no es que hubiera desaparecido, sino simplemente que iba desplazándose por los aires. Y yo me quedé temblando tras la puerta de vidrio, observando el lugar que había quedado vacío, sintiendo el sudor que me corría por la cara y la espalda. David me susurró algo al oído.
—Ven, amigo; vamos a cenar al restaurante de la Reina.
Giré y vi la expresión forzada de su rostro. Por supuesto, James todavía estaba a una distancia desde la que podía oírnos, captar cualquier cosa fuera de lo común sin tener siquiera que proponérselo deliberadamente.
—Sí, el restaurante de la Reina —dije, haciendo esfuerzos para no pensar en lo que anoche nos había dicho Jake, en el sentido de que el tipo tenía que presentarse a una comida en ese mismo lugar—. No tengo mucha hambre, pero es aburrido quedarse aquí, ¿verdad?
David temblaba igual que yo. Pero también se le notaba un gran entusiasmo.
—Te cuento —me dijo, siguiendo con el mismo tono falso mientras volvíamos a cruzar el salón rumbo a la escalera—. Están todos de rigurosa etiqueta, pero a nosotros tienen que servirnos igual porque acabamos de embarcamos.
—No me importa ni aunque estén todos desnudos. Va a ser una noche infernal.
El famoso restaurante de primera clase era un poco más tranquilo y civilizado que los otros recintos que habíamos pasado. Estaba todo puesto con tapizados blancos y laca negra, y me pareció muy agradable el caudal de cálida luz. La decoración me pareció algo fría, la misma impresión que me causaba todo lo del barco; sin embargo no se podía decir que fuese fea. Y la comida era excelente.
Pasados veinticinco minutos desde que el pájaro levantara vuelo, me atreví a deslizar varios comentarios.
—¡No puede usar ni el diez por ciento de su fuerza porque le aterra!
—Estoy de acuerdo. Está tan asustado que hasta camina como si estuviera ebrio.
—En efecto; tú lo has dicho. No estaba ni a tres metros de mí, David, y no se percató de mi presencia.
—Lo sé, créeme que lo sé. Ay, Lestat, cuántas cosas no te he enseñado. Hace un momento te estaba observando, aterrado de que se te ocurriera practicar alguna picardía telekinésica, viendo que yo no te había dado instrucciones para defenderte de él.
—David, si de verdad él quisiera usar sus facultades, yo no podría hacer nada para impedírselo. Pero ya ves que no las sabe usar. Y si lo hubiera intentado, yo me habría cerrado por instinto, porque precisamente eso es lo que me estuviste haciendo practicar.
—Es verdad. Todo es cuestión de usar las mismas estratagemas que sabías y comprendías cuando te hallabas dentro de la otra forma. Anoche me dio la sensación de que tus mayores éxitos los lograste cuando te olvidabas de que eras mortal y volvías a comportarte como antes.
—Puede ser, pero te confieso que no lo sé. ¡Lo que fue verlo dentro de mi cuerpo!
—Shh, termina tu última comida y no levantes la voz.
—Mi última comida. —Contuve una risita. —Me voy a dar un festín con él cuando lo agarre. —Luego callé, porque tomé la desagradable conciencia de que estaba hablando de mi propia carne. Miré la mano larga, de piel morena, que sostenía el cuchillo de plata. ¿Sentía yo el menor afecto por ese cuerpo? No. Quería recuperar el mío, y no soportaba la idea de que debería esperar unas ocho horas para que volviera a ser mío.








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