Lestat XXI
—¡Dios santo, David, míralo! —Acabábamos de bajar del taxi en el concurrido muelle. Pintado de color azul y blanco, el Queen Elizabeth II era tan inmenso que no podía entrar en aquel pequeño puerto. Por eso estaba fondeado a unos dos o tres kilómetros de distancia —me costaba precisarlo—, y se lo veía tan monstruosamente grande que parecía un barco salido de una pesadilla, anclado, inmóvil, en una bahía. Sólo las hileras y más hileras de diminutas ventanitas impedían que pareciese el barco de algún gigante. Con sus reducidas dimensiones, sus colinas verdes y su costa curva, la isla se estiraba hacia la nave como si quisiera achicarla y atraerla, pero en vano. Verlo ahí me produjo una súbita excitación. Jamás había subido a una motonave moderna. Esa parte iba a ser divertida. Mientras mirábamos, enfiló hacia el muelle una lanchita de madera, con el nombre del transatlántico pintado en letras destacadas, que transportaba un cargamento de sus numerosos pasajeros. —Ahí en la proa viene Jake —anunció David—. Ven, vamos al bar. Caminamos sin prisa bajo el sol ardiente, cómodos con nuestras camisas de manga corta y pantalones veraniegos —turistas al fin—, y pasamos por los puestos donde personas de piel oscura vendían conchas marinas, muñequitas de trapo y otros recuerdos. Que bonita era la isla y sus colinas boscosas tachonadas de pequeñas viviendas. Las construcciones más sólidas de la ciudad de St. George se apiñaban en una pendiente escarpada, hacia la izquierda y lejos del puerto. Todo el paisaje poseía un matiz casi italiano, con esas paredes oscuras, rojizas, y los herrumbrados techos de metal corrugado que bajo el sol candente engañaban la vista, pues parecían techos de tejas. Era un precioso lugar para explorar... en otro momento. El interior del lóbrego bar estaba fresco; había unas pocas mesas y sillas pintadas de colores chillones. David pidió botellas de cerveza fría, y al cabo de unos minutos entró Jake —vestido con la misma remera blanca y pantalones cortos— eligiendo adrede una silla desde donde pudiera controlar la puerta abierta. Allá afuera, el mundo parecía hecho de agua brillante. La cerveza tenía sabor a malta y era bastante buena. —Misión cumplida —anunció en voz baja, imperturbable, como si no estuviera con nosotros sino absorto en sus pensamientos. Bebió un sorbo de la botella marrón y luego le pasó a David dos llaves sobre la mesa. —Transporta más de mil pasajeros. Nadie se va a percatar de que el señor Eric Sampson no vuelve a embarcar. El camarote es diminuto, en el sector interior como me pediste, mitad del barco, saliendo del pasillo. Cubierta Cinco, como sabes. —Excelente. Y conseguiste dos juegos de llaves. Muy bien. —El baúl está abierto y la mitad del contenido desparramado por el piso. Los revólveres los puse en el baúl, dentro de dos libros que yo mismo ahuequé. Aquí están los cerrojos. Tendrías que poder colocar en la puerta el más grande, sin demasiada dificultad, pero no sé si les va a caer muy bien a los camareros cuando lo vean. Te deseo la mejor de las suertes una vez más. Ah, te enteraste del robo que hubo esta mañana en las sierras, ¿no? Parece que tenemos un vampiro en Grenada. Tal vez debieras pensar en quedarte aquí, David, ya que tanto te atraen estas cosas. —¿Esta mañana? —A las tres. En la cima de esas colinas. Fue en una casa grande, de propiedad de una australiana. Todos muertos. Un gran estropicio. No se habla de otra cosa en la isla. Bueno, me voy. Sólo después de que Jake se hubo ido, volvió a hablar David. —Esto es malo, Lestat. A las tres de la madrugada estábamos los dos en la playa. Si él percibió aunque sea en mínimo grado nuestra presencia, quizá no esté en el barco. O tal vez se apronte para hacernos frente cuando se ponga el sol. —Esta mañana él estaba demasiado ocupado. Además, si se hubiera percatado de nuestra presencia, nos habría incendiado el cuartito del hotel. Salvo que no sepa hacerlo, pero eso no lo podemos saber. Embarquémonos de una vez, que ya estoy cansado de esperar. Mira, está empezando a llover. Recogimos nuestro equipaje, incluso la monstruosa valija que David había traído de Nueva Orleáns, y nos encaminamos deprisa a la lancha. De pronto apareció una multitud de mortales viejos y endebles —saliendo de taxis, cobertizos y pequeñas tiendas de los alrededores—, por lo que demoramos unos minutos en subir a la inestable lanchita y tomar asiento en el banco de plástico, bajo la lluvia. No bien puso proa hacia el Queen Elizabeth II, experimenté la embriagante emoción de ir navegando en ese mar cálido, en una embarcación tan pequeña. Me encantó el movimiento cuando cobramos velocidad. A David lo vi muy nervioso. Abrió su pasaporte, leyó la información por enésima vez y volvió a guardarlo. Esa mañana, después del desayuno, habíamos estudiado nuestros datos de identidad, pero esperábamos no tener que usar nunca los diversos detalles. Por si hiciera falta, el doctor Stoker, jubilado ya, estaba de vacaciones en el Caribe, pero se hallaba muy preocupado por su querido amigo Jason Hamilton, que viajaba en la suite Reina Victoria. Les haría saber a los camareros de la Cubierta Insigne que estaba ansioso por verlo, pero por favor, que no le transmitieran su preocupación. Yo era simplemente alguien a quien él había conocido la noche anterior en el hotel, con el cual había entablado amistad a raíz de que ambos íbamos a viajar en el mismo buque. No debía haber ninguna otra relación entre nosotros, porque, una vez hecho el cambio, James volvería a este cuerpo y quizá David tuviera que estropearlo de alguna manera si no lo podía dominar. Había más datos, para el caso de que nos interrogaran si se producía algún revuelo. Pero la impresión general era que no se llegaría hasta tal punto. Por último, la lancha se puso a la par del barco y atracó junto a una amplia abertura en el medio mismo del inmenso casco azul. ¡Qué disparate, lo enorme que parecía visto desde ese ángulo! Sinceramente, me dejaba pasmado. Casi no lo advertí cuando entregamos los boletos al tripulante encargado de recogerlos. Alguien se ocuparía de nuestro equipaje. Recibimos indicaciones algo imprecisas sobre cómo llegar a la Cubierta Insigne, y nos internamos por un pasillo interminable, de techo muy bajo e innumerables puertas a ambos lados. A los pocos minutos, nos habíamos perdido. Seguimos caminando hasta que de repente llegamos a un amplio lugar abierto con el piso en desnivel y —nada menos— un gran piano de cola que parecía listo para un concierto. ¡Todo eso en el vientre sin ventanas del barco! —Es el Salón del Medio —me informó David al tiempo que señalaba un gran diagrama en colores del barco que colgaba de la pared—. Ahora ya sé dónde estamos. Sígueme. —Qué absurdo es todo esto —comenté, observando la alfombra de intensos colores, los plásticos y cromados que había por doquier—. Qué espanto me parece ver todo sintético. —Shh, mira que para los ingleses es un gran orgullo; podrías ofender a alguien. Ya no se permite usar madera... por cierta disposición que tiene que ver con los incendios. —Se detuvo ante un ascensor y apretó el botón. —Por aquí vamos a subir a la Cubierta de Botes. ¿No dijo el hombre que buscáramos allí el Bar de la Reina? —No tengo idea —repuse. Subí al ascensor como un zombi. —¡Esto no tiene nombre! —Lestat, las motonaves gigantescas existen desde principios de siglo. Se ve que has estado viviendo en el pasado. En la Cubierta de Botes me encontré con toda una serie de maravillas. Había allí un enorme teatro y un entrepiso entero de elegantes tiendas. Debajo del entrepiso había una pista de baile, con un pequeño estrado para la orquesta y un sector de mesitas de bar y cómodos sillones de cuero. Los negocios habían cerrado porque el barco estaba en puerto, pero se veía muy bien la mercadería por entremedio de las rejas de protección. En los pequeños escaparates, había expuesta ropa cara, alhajas finas, porcelana, smokings, camisas de pechera almidonada, regalos diversos. Por todos lados se veía pasear a los pasajeros, en su mayoría hombres y mujeres de avanzada edad con breves atuendos playeros, y muchos se habían reunido en el tranquilo salón de abajo, iluminado por el sol. —Vamos a las habitaciones —dijo David, llevándome a la rastra. Al parecer, las suites superiores, hacia donde nos dirigíamos, quedaban un tanto separadas del cuerpo del barco. Tuvimos que entrar en el Bar de la Reina, un local largo y angosto, de agradable mobiliario, reservado con exclusividad para los pasajeros de la cubierta principal, y luego buscar un ascensor casi secreto para llegar a las habitaciones. El bar contaba con grandes ventanales que permitían ver la maravilla del mar azul y el cielo límpido. Ese sector correspondía a la primera clase en el cruce transatlántico, y aunque ahí, en el Caribe, no se le daba tal denominación, lo cierto es que el salón y el restaurante quedaban aislados del resto de ese mundo flotante. Por último, aparecimos en la cubierta superior y entramos en un pasillo de decoración más recargada que los de abajo. Se notaba cierto tono art déco en las lámparas de plástico, en la bella terminación de las puertas. La iluminación también era más generosa y alegre. Un afable camarero —de unos sesenta años— salió de una cocinita y nos orientó para llegar a nuestros camarotes, casi en el final del pasillo. —¿Dónde queda la suite Reina Victoria? —le preguntó David. El camarero le respondió en el acto, con similar acento británico, que quedaba ahí nomás, y hasta le señaló la puerta. Al mirarla, sentí que me erizaba. Yo sabía, sin asomo de duda, que el ser despreciable estaba adentro. ¿Qué necesidad tenía de buscarse un sitio más difícil donde ocultarse? Nadie me lo tenía que decir. En esa suite íbamos a encontrar un baúl grande cerca de la pared. Tomé leve conciencia de que David desplegaba todo su encanto y aplomo con el camarero, para explicarle que él era médico y deseaba echar un vistazo cuanto antes a su querido amigo Jason Hamilton. Pero no quería alarmar al amigo. Claro que no, convino el alegre camarero, quien informó, sin que se lo preguntaran, que el señor Hamilton dormía todo el día. Más aún, en ese preciso momento estaba durmiendo, como lo indicaba el cartelito de "No molestar" colgado del picaporte. Pero, ¿no queríamos ir ya a nuestros cuartos? Casualmente ahí llegaba el equipaje. Los camarotes me sorprendieron. Vi ambos cuando nos abrieron las puertas, antes de entrar en el mío. Una vez más me llamó la atención que sólo hubiera materiales sintéticos, puesto que no tenían la calidez de la madera. Pero las habitaciones eran amplias, evidentemente lujosas, y se conectaban por una puerta para convertirse en una suntuosa suite. En ese momento la puerta estaba cerrada. Ambos cuartos tenían una decoración idéntica, salvo pequeñas diferencias de detalle en el color, y parecían habitaciones de hoteles modernos, con camas bajas de dos plazas, colchas en tonos pastel y cómodas angostas empotradas en las paredes cubiertas de espejos. Estaba el obligado televisor gigantesco y había incluso un pequeño sector para sentarse, con un elegante sofá chico, mesita y sillón tapizado. Sin embargo, la verdadera sorpresa fueron las terrazas. Una gran puerta corrediza de cristal daba a un pequeño porche privado, de un ancho suficiente como para dar cabida a una mesa y sillas. ¡Qué lujo poder salir, pararse junto a la baranda y contemplar la hermosa isla en la bahía! Y desde luego, eso quería decir que la suite Reina Victoria también tenía terraza, por donde debía entrar la resplandeciente luz de la mañana. Tuve que reírme para mis adentros al recordar las viejas motonaves del siglo pasado, con sus diminutos ojos de buey. Y aunque me desagradaban los colores pálidos, desteñidos, de la decoración, y la falta total de revestimientos antiguos, empezaba a comprender porqué a James siempre le había fascinado ese pequeño reino tan especial. Mientras tanto, alcanzaba a oír claramente a David hablando con el camarero; la animada entonación británica parecía agudizarse cada vez que el uno le respondía al otro, hasta que el ritmo de la conversación se volvió tan rápido que me perdí y ya no entendí todo lo que hablaban. Al parecer el tema era el pobre enfermo, y que el doctor Stoker deseaba entrar silenciosamente para controlarlo mientras él dormía, pero el camarero sentía mucho no poder permitirlo. Lo que el doctor quería era conseguir la llave adicional de esa suite y quedarse con ella para poder seguir de cerca la evolución del enfermo... Poco a poco, mientras iba desempacando, caí en la cuenta de que la conversación, con toda su lírica amabilidad, iba a desembocar en un soborno. Por último, David expresó con su tono más cortés que comprendía lo incómodo que se sentía el camarero, por lo cual quería darle dinero para que se pagara una buena cena en el primer puerto que tocaran. Y si las cosas salían mal y el señor Hamilton se fastidiaba, David asumiría toda la culpa, diría que la llave la había sacado él de la cocina para no complicar en absoluto al camarero. Parecía que la batalla estaba ganada, ya que David estaba usando su poder de persuasión casi hipnótico. Sin embargo, el diálogo prosiguió con tonterías tales como que el señor Hamilton estaba muy enfermo, que el doctor Stoker había sido enviado por la familia para que lo cuidara, y que era de suma importancia que pudiera mirarle la piel. Ah, sí, la piel. El camarero entonces debió pensar que se trataba de alguna enfermedad que ponía en peligro la vida y por último confesó que sus compañeros estaban almorzando, que él era el único que quedaba en esa cubierta y que, de acuerdo, aceptaría mirar para otro lado si el doctor le daba la seguridad de que... —Mi estimado amigo, yo me hago responsable de todo. Ah, y tome esto por las molestias que le he causado. Vaya a cenar en algún lugar lindo... No, no proteste. Ahora deje todo en mis manos. A los pocos segundos el pasillo había quedado vacío. Con una sonrisa triunfal, David me hizo señas de que fuera a reunirme con él. Me mostró la llave de la suite Reina Victoria, luego cruzamos el corredor y él la puso en la cerradura. La suite era inmensa, en dos niveles separados por unos cuatro o cinco peldaños alfombrados. La cama se hallaba en el nivel inferior y se la veía muy desordenada; había almohadas metidas entre las sábanas para dar la impresión de que alguien dormía con la cabeza tapada por las mantas. En el nivel superior estaban los sillones y las puertas que daban a la terraza. Las gruesas cortinas estaban corridas, de modo que casi no había luz. Entramos en silencio, encendimos la luz de arriba y cerramos la puerta. Las almohadas dentro de la cama eran un ardid excelente para cualquiera que espiara desde el pasillo, pero si uno se acercaba advertía que no había tal truco sino sólo una cama revuelta. ¿Y dónde se hallaba el demonio? ¿Dónde estaba el baúl? —Ah, ahí, en el extremo de la cama —dije. Lo había confundido con una especie de mesa pues estaba totalmente cubierto con una tela decorativa. Vi entonces que se trataba de un ropero negro de metal con bordes de bronce, de tamaño suficiente como para albergar a un hombre tendido de lado, con las piernas flexionadas. La gruesa tela que lo envolvía sin duda se mantenía firme sobre la tapa con un poquito de adhesivo. Yo mismo había usado el mismo sistema en el viejo siglo. Todo lo demás estaba inmaculado, aunque los armarios rebosaban literalmente de ropa fina. Revisé rápidamente los cajones de la cómoda pero no encontré documentos importantes. Era evidente que los pocos papeles que necesitaba los llevaba sobre su persona, persona que en esos instantes estaba oculta dentro del baúl. No había joyas ni alhajas escondidas que pudiéramos encontrar. Lo que sí hallamos fue una cantidad de sobres gruesos y grandes, ya franqueados, que el pérfido utilizaba para desprenderse de los tesoros robados. —Cinco casillas de correo —dije, mientras los revisaba. David anotó todos los números en su libretita con tapas de cuero; luego volvió a guardársela en el bolsillo y miró el baúl. Le advertí en susurros que tuviera cuidado, porque aun dormido él podía presentir el peligro. Que ni se le ocurriera tocar la cerradura. David asintió. Se arrodilló en silencio junto al baúl, apoyó suavemente la oreja contra la tapa, y enseguida la retiró con una expresión feroz en el rostro. —Está ahí adentro con seguridad —declaró, sin quitar los ojos del baúl. —¿Qué oíste? —Los latidos de su corazón. Ve y escúchalos tú mismo. Es tu corazón. —Quiero verlo —dije—. Ponte de este lado, para no estorbar. —Creo que no deberías. —Quiero hacerlo. Además, tengo que conocer esa cerradura por si acaso. —Me aproximé al baúl, y no bien vi la cerradura me di cuenta de que nunca había sido usada. O no la podía cerrar telepáticamente o bien nunca se había tomado la molestia. Me paré a un costado, me agaché, tomé la tapa sujetándola por su borde de bronce y la levanté hasta apoyarla contra la pared. Al golpear contra el panel produjo un sonido ahogado, se mantuvo abierta, y yo me di cuenta de que estaba contemplando una suave tela negra plegada de manera tal de ocultar lo que había debajo. Nada se movió bajo la tela. ¡No saltó ninguna mano blanca para agarrarme del cuello! Me paré lo más lejos posible, estiré el brazo, manoteé la tela y la retiré produciendo un gran revoloteo de brillosa seda negra. Mi corazón mortal latía desordenadamente y casi pierdo el equilibrio cuando puse un trecho de distancia entre el baúl y yo. Pero el cuerpo que allí yacía, totalmente visible, con las piernas encogidas tal como había imaginado y los brazos plegados alrededor de las rodillas, no se movió. En realidad, el rostro bronceado parecía el de un maniquí, con los ojos cerrados y el conocido perfil destacado contra el mortuorio acolchado de seda blanca. Mi perfil, mis ojos, mi cuerpo vestido con traje negro de etiqueta —negro vampiro, si se quiere—, con pechera dura y lustrosa corbata negra. Mi pelo, suelto, abundante, dorado bajo la tenue luz. ¡Mi cuerpo! Y yo, de pie ahí dentro del físico mortal y tembloroso, con ese rollo de seda negra que me colgaba de la mano cual capa de torero. —¡deprisa! —murmuró David. En el mismo instante en que esas palabras se formaban en sus labios, advertí que, dentro del baúl, comenzaba a moverse el brazo doblado. El codo se puso rígido. La mano estaba soltando la rodilla que tenía aferrada. De inmediato volví a arrojar la tela sobre el cuerpo y vi que caía de la misma manera informe que antes. Y con un rápido movimiento de mi mano izquierda solté la tapa apoyada en la pared, de modo que se cerró produciendo un ruido sordo. Gracias a Dios, la tela que recubría el baúl no se enganchó sino que quedó bien colocada, cubriendo la cerradura intacta. Me alejé, casi descompuesto de miedo y asombro, pero fue un alivio sentir que David me apretaba el brazo. Largo rato nos quedamos ahí en silencio, hasta que tuvimos la certeza de que el cuerpo preternatural descansaba otra vez. Yo ya había conseguido dominarme y pude echar un último vistazo en derredor. Todavía estaba temblando, aunque muy motivado por las tareas que aún faltaban. Pese a los gruesos revestimientos de materiales sintéticos, esos aposentos eran desde todo punto de vista suntuosos y representaban el tipo de lujo y privilegio a los que muy pocos mortales podían acceder. Y él, cómo debía haberlo disfrutado. Tanta ropa fina, de etiqueta... Hasta se había dado el gusto de tener sacos de vestir de pana negra, otros del estilo que es más conocido, e incluso una capa de teatro. Había cantidad de lustrosos zapatos en el piso del placard, y una gran variedad de costosos vinos y licores en el mueble-bar. ¿Invitaba a las mujeres allí, a tomar una copa, mientras él bebía su "traguito"? Miré la amplia pared de vidrio, que llamaba la atención a causa de la franja de luz que se filtraba por los bordes superior e inferior del cortinado. Sólo en ese momento me di cuenta de que ese cuarto miraba al sudeste. David me apretó el brazo. Quería saber si no podíamos marcharnos ya sin peligro. Abandonamos de inmediato la Cubierta Insigne sin toparnos de nuevo con el camarero. David llevaba la llave en el bolsillo. Bajamos a la Cinco, que era la última cubierta de camarotes, aunque no del barco propiamente dicho, y encontramos la pequeña cabina del inexistente Eric Sampson, donde aguardaba otro baúl destinado al cuerpo de arriba cuando volviera a pertenecerme. Se trataba de un ambiente reducido, sin ventanas. Desde luego, tenía el cerrojo habitual pero, ¿y los otros, los que le habíamos pedido a Jake que trajera? Eran demasiado ostensibles para nuestros fines; sin embargo, noté que la puerta quedaría infranqueable con sólo apoyar el baúl contra ella. Eso bastaría para impedir la entrada de algún camarero fastidioso, o de James si se las ingeniaba para andar por ahí luego de realizarse la transformación. De ninguna manera podría empujar la puerta. Es más, si yo calzaba el baúl entre la puerta y el extremo de la litera, nadie podría moverla. Excelente. Esa parte del plan ya estaba lista. Faltaba organizar el regreso desde la suite Reina Victoria hasta esa cubierta, lo cual no sería difícil puesto que en todos los salones, grandes y pequeños, había diagramas del barco. Rápidamente advertí que el mejor camino interno lo brindaba la escalera A, quizá la única que iba desde la cubierta inferior a la nuestra hasta la Cinco sin interrupción. No bien llegamos al pie de esa escalera comprobé que no me costaría nada lanzarme desde el punto más alto utilizando las barandas, continuas y redondeadas. Subí luego a la Cubierta de Deportes para ver cómo llegar a ella desde la nuestra. —Oh, tú puedes ir caminando, mi joven amigo —dijo David—. Yo, los ocho pisos los subo por el ascensor. Cuando volvimos a encontrarnos en la serena luz natural del Bar de la Reina, yo ya tenía calculado el plan completo. Pedimos dos gin tonics —bebida que me resultaba tolerable— y repasamos el proyecto hasta el último detalle. Por la noche nos ocultaríamos hasta la hora en que James decidiera retirarse a pasar el día. Si venía temprano, aguardaríamos hasta el momento crucial antes de abrir el baúl y encararlo. David lo estaría apuntando con el Smith & Wesson mientras ambos intentábamos desalojar su espíritu del cuerpo, momento que yo aprovecharía para meterme adentro. El cálculo del tiempo era fundamental. Él ya estaría sintiendo el peligro de la luz solar; ya sabría que no tenía posibilidades de permanecer dentro del cuerpo vampírico. Pero no debíamos darle la oportunidad de causarnos daño. En caso de que el primer ataque fracasara, le mostraríamos lo insegura que era su posición. Si trataba de eliminar a cualquiera de los dos, bastarían nuestros alaridos para que de inmediato alguien acudiera en nuestra ayuda. Y si quedaba un cadáver, se lo dejaría en el camarote de James. Además, con el tiempo tan contado, ¿adónde podría ir el propio James? Probablemente no supiera cuánto tiempo podía permanecer consciente, puesto que ya estaría saliendo el sol. Me atrevería a afirmar que nunca se había extendido hasta la hora límite, como más de una vez lo hice yo. Dada su confusión, un segundo ataque daría resultado con toda seguridad. Y mientras David siguiera apuntándole al cuerpo mortal de James con el revólver grande, yo cruzaría —con velocidad sobrenatural— el pasillo de la Cubierta Insigne, bajaría por la escalera interna hasta la cubierta de abajo, la recorrería entera, atravesaría el pasillito y saldría a uno más ancho que hay detrás del Bar de la Reina; allí encontraría el inicio de la escalera A y me lanzaría ocho Pisos abajo hasta la Cubierta Cinco. Al llegar, correría por el pasillo, entraría en el camarote pequeño y atrancaría la puerta. El próximo paso sería empujar el baúl hasta calzarlo entre la cama y la puerta, meterme adentro y bajar la tapa. Aun cuando me topara con una horda de mortales que me obstaculizaran el camino no demoraría más que unos segundos, y la mayor parte de ese tiempo me hallaría a salvo en el interior del barco, aislado de la luz del sol. James —de nuevo dentro de este físico, y sin duda furioso— no tendría la menor idea de mi paradero. Por más que redujera a David, no podría localizar mi camarote sin practicar una búsqueda minuciosa, cosa que no estaría en condiciones de realizar. Además, David dirigiría a los guardias de seguridad contra él, acusándolo de todo tipo de sórdidos crímenes. Por supuesto, mi amigo no tenía intenciones de dejarse reducir. Seguiría apuntando a James con el Smith & Wesson hasta que el barco atracara en Barbados, momento en el cual lo acompañaría hasta la planchada y lo invitaría a bajar a tierra. Luego controlaría que no se le ocurriera regresar. Al atardecer yo me levantaría del baúl para reunirme con David, y juntos disfrutaríamos del viaje hasta el puerto siguiente. David se echó hacia atrás en su sillón, al tiempo que apuraba el resto de su gin tonic. Era evidente que estaba analizando el plan. —Te darás cuenta, por supuesto, de que no puedo matar a ese individuo —dijo—. Tenga yo un revólver o no. —Bueno, claro, no puedes hacerlo a bordo —respondí— porque se oiría el disparo. —¿Y si él se da cuenta y trata de desarmarme? —Se hallaría en la misma situación. Supongo que será inteligente y lo sabrá. —Estoy dispuesto a dispararle si no me queda más remedio. Ese será el pensamiento que me leerá con sus dones parapsicológicos. Si tengo que hacerlo, lo voy a hacer y después formularía las debidas acusaciones, como por ejemplo que lo encontré robando en tu camarote, que yo estaba ahí esperándote cuando él entró. —¿Y si hiciéramos la transmutación antes del amanecer, así me queda tiempo para arrojarlo al mar? —No conviene. Hay pasajeros y oficiales por todas partes. Seguramente alguien lo vería, gritaría "Hombre al agua" y se armaría un gran revuelo. —También puedo partirle el cráneo. —Entonces yo tendría que esconder el cadáver. No; esperemos que el monstruo se dé cuenta de su buena suerte y baje a tierra de buena gana. No quiero verme obligado a... No me atrae la idea de... —Lo sé, lo sé, pero podrías limitarte a meterlo en el baúl. Total, nadie lo encontraría. —Lestat, no quiero asustarte, ¡pero hay razones de peso para que no intentemos darle muerte! Él mismo te las explicó, ¿recuerdas? Amenázalo, y saldrá de ese cuerpo para atacarte de nuevo. De hecho, no le estaríamos dejando otra salida, y por otra parte, prolongaríamos la batalla parapsicológica en el peor momento. No es inconcebible pensar que pudiera seguirte a la Cubierta Cinco y procurara volver a entrar en el cuerpo. Desde luego, sería una tontería que lo hiciera si no tiene un lugar donde ocultarse... pero supongamos que cuenta con un escondite sustituto. Piénsalo. —En eso quizá tengas razón. —Tampoco conocemos el alcance de sus poderes paranormales. Y no olvides que su especialidad es precisamente ésa No, no intentes ahogarlo ni matarlo a golpes. Déjalo que vuelva a entrar en ese cuerpo mortal, y yo lo mantendré encañonado hasta que hayas tenido tiempo de desaparecer del panorama. Luego él y yo vamos a conversar sobre el futuro. —Entiendo lo que quieres decir. —Después, si no tengo más remedio que matarlo de un tiro, lo mato. Luego lo meto en el baúl y confío en que nadie oiga el disparo. Quién te dice... A lo mejor no lo oyen. —Dios mío, ¿te das cuenta de que voy a dejarte solo con ese monstruo, David? ¿Por qué no lo atacamos juntos apenas se ponga el sol? —De ninguna manera. ¡Eso implicaría una lucha sin cuartel! Y él puede aferrarse denodadamente al cuerpo, salir volando y dejarnos a bordo de este barco, que estará navegando la noche entera. Ya lo tengo todo pensado, Lestat. Cada parte del plan es fundamental. Tenemos que encararlo en su momento más débil, poco antes del amanecer, y aprovechar cuando el buque esté por atracar, porque él va a estar muy contento de poder desembarcar. Confía en que voy a poder ocuparme de él. ¡No sabes cuánto lo odio! Si lo supieras, tal vez no te preocuparías tanto. —Ten por seguro que cuando lo encuentre, lo mato. —Razón de más para que prefiera bajar a tierra. Va a querer sacarte ventaja y yo, además, le aconsejaré que huya deprisa. —La caza mayor. Me va a encantar. Lo encontraré aunque se oculte en otro cuerpo. Qué hermoso juego va a ser. David permaneció un momento en silencio. —Lestat, existe otra posibilidad, por supuesto... —¿Cuál? No te entiendo. Desvió la mirada como tratando de elegir las palabras más adecuadas. Luego me miró a los ojos. —Podríamos destruir a ese ser, ya lo sabes. —David, ¿estás loco...? —Entre los dos podríamos hacerlo. Hay formas. Antes de ponerse el sol podríamos aniquilarlo, y tú quedarías... —¡No sigas! —me irrité. Pero al ver su semblante triste, su inquietud, su evidente confusión moral, lancé un suspiro y proseguí en un tono más calmo. —David, soy el vampiro Lestat. Ese cuerpo al que te refieres es el mío, y vamos a recuperarlo. No me respondió de inmediato. Luego asintió con energía y musitó: —Sí, correcto. Hicimos una pausa, que yo aproveché para repasar cada paso del plan. Cuando volví a mirarlo, lo noté tan pensativo como antes; más aún, muy absorto. —Creo que todo va a salir bien —sostuvo—, máxime cuando recuerdo las descripciones que me diste de él en ese cuerpo. Dijiste que se sentía incómodo, torpe. Y, por supuesto, no debemos olvidarnos de la clase de ser humano que es: su verdadera edad, su antiguo modus operandi, por así decirlo. Hmmm. No me va a quitar el revólver. Sí, pienso que todo saldrá como lo planeamos. —Lo mismo digo. —Y tomando en cuenta todos los factores —agregó—, ¡es la única oportunidad que tenemos!










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oncedeenero dijo
guau,,,,,, que suspenso....
Este LESTAST...quiere ctuar como vampiro, pero piensa como humano...
Luis...¿que estás pensando que va a hacer???
Este capítulo...me en can tó...
Besito, Luis...pero TRANSPARENTE, si?
7 Agosto 2007 | 04:55 AM