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La Coctelera

Mi Guarida

11 Julio 2007

Lestat XVIII

Por mi reloj pulsera supe que eran las dos. La lluvia había amainado tras los postigos de puertas y ventanas y yo estaba acurrucado en el sillón rojo, disfrutando del fueguito. Pero de nuevo tenía frío y me daban ataques de tos. Seguramente ya llegaría el momento en que no tuviera que preocuparme más por eso.

Le había contado todo, con lujo de detalles.

En un arranque de mortal candidez, describí cada experiencia con todos sus pormenores, desde mis conversaciones con Raglan James hasta la triste despedida de Gretchen. Hablé de mis sueños, de Claudia en el pequeño hospital de antaño, de la conversación que tuvimos en la sala de fantasía del hotel dieciochesco, de la tremenda soledad que sentí al amar a Gretchen porque sabía que en el fondo ella me consideraba loco, que sólo por esa razón me quería. Me tomaba por una especie de idiota bondadoso, nada más.

Listo. Ya estaba. No tenía idea de dónde hallar al James, pero tenía que encontrarlo. Y sólo podría emprender la búsqueda cuando volviera a ser vampiro, cuando este físico alto y poderoso recibiera sangre preternatural.

Si bien quedaría débil porque sólo contaría con la sangre de Louis, de todos modos sería veinte veces más fuerte que en ese momento y tal vez podría requerir la ayuda del resto de los compañeros. Una vez que el cuerpo se transformara, seguramente poseería alguna voz telepática. Podría implorar ayuda a Marius, a Armand e incluso a Gabrielle —ah, sí, mi querida Gabrielle— porque ya no estaría dominada por mí y me podría oír, lo cual, en el designio corriente de las cosas —si es que se podía usar tal palabra—, no podía hacer.

Él seguía sentado a su escritorio como lo estuvo todo el tiempo, sin reparar en las corrientes de aire, por supuesto, ni en la lluvia que golpeteaba contra las maderas de los postigos, escuchando sin abrir la boca todo lo que le decía, observándome con expresión de dolor y desconcierto cuando comencé a pasearme mientras continuaba mi encendido relato.

—No me juzgues por mi estupidez —le rogué. Volví a contarle el tormento que viví en el Gobi, mi extraña conversación con David, la visión de David en el café de París. —Me hallaba en un estado de desesperación. Tú sabes por qué lo hice. No necesito decírtelo. Pero ahora hay que volver atrás.

Ya a esa altura me daban constantes ataques de tos y me sonaba la nariz como loco con esos miserables pañuelitos de papel.

—No sabes lo repugnante que es estar en este cuerpo. Bueno, por favor, hazlo ahora mismo, rápido, lo mejor que puedas. Cien años han pasado desde la última vez que lo llevaste a cabo. Hay que agradecerle a Dios que no se te hayan desvanecido los poderes. Ya estoy listo. No hacen falta preparativos. Cuando recupere mi forma, pienso meterlo a él aquí adentro y quemarlo hasta dejarlo hecho cenizas.

Nada me respondió.

Me levanté y volví a pasearme, esta vez para entrar en calor y porque un miedo horrible se estaba apoderando de mí. Al fin y al cabo estaba por morir, ¿no es así? Y renacer, tal como había ocurrido hacía más de doscientos años. Ah, pero no sentiría dolor. No, nada de dolor... sólo algunos malestares, que no eran nada comparados con la opresión en el pecho que sentía en ese instante, o el frío que me atenaceaba manos y pies.

—Louis, por el amor de Dios, sé rápido —dije. Lo miré. —¿Qué te pasa?

Me respondió con voz baja, insegura.

—No puedo hacerlo.

—¡Qué!

Lo miré tratando de descifrar lo que había querido decir, qué dudas podía tener, qué posible dificultad habría que resolver. Entonces me di cuenta del cambio asombroso que se había operado en su rostro enjuto, perdida ahora toda su tersura y convertido, de hecho, en una perfecta máscara de pesar. Una vez más comprendí que lo estaba viendo como lo veían los humanos. Un tenue brillo rojizo velaba sus ojos verdes. Todo su cuerpo, de apariencia tan fuerte y sólida, temblaba.

—No puedo ayudarte, Lestat —repitió, poniendo toda su alma en las palabras—. ¡No puedo!

—¿Qué estás diciendo, por Dios? —clamé—. Yo te hice. ¡Hoy existes gracias a mí! Me amas, tú mismo me lo aseguraste. Claro que me ayudarás.

Me precipité hacia él, apoyé con fuerza las manos sobre el escritorio y lo miré fijo.

—¡Louis, respóndeme! ¿Qué es eso de que no puedes?

—No te culpo por lo que hiciste. Pero, ¿es que no ves lo que pasó, Lestat? Renaciste y ahora eres mortal.

—No es momento para sentimentalismos sobre la transformación. ¡No me contestes con mis mismas palabras! Yo estaba equivocado.

—No, no lo estabas.

—¿Qué quieres decir, Louis? Estamos perdiendo tiempo. ¡Tengo que salir a perseguir a James!

—Los demás se encargarán de él, Lestat. A lo mejor ya lo hicieron.

—¿Qué es eso de que ya lo hicieron?

—¿Crees que no saben lo que pasó? —Estaba profundamente conmovido, pero también furioso. Era notable cómo, al hablar, se le formaban y borraban en la carne las arrugas humanas de la expresión. —¿Cómo va a pasar semejante cosa sin que ellos se enteren? —dijo, casi rogándome que comprendiera—. Dijiste que ese tal Raglan James era un hechicero, pero ningún hechicero puede ocultarse totalmente y no ser descubierto por seres poderosos como Maharet o su hermana, como Khayman y Marius, o incluso Armand. Además, qué torpe: haber asesinado a tu representante de manera tan sangrienta y cruel. —Sacudió la cabeza, y de pronto se apretó los labios. —¡Lestat, lo saben! Tienen que saberlo. Bien podría ser que ya hubieran destruido tu cuerpo.

—Eso no lo harían.

—¿Por qué no? Tú entregaste a ese demonio una máquina de destrucción...

—Pero él no sabía usarla. ¡Eran sólo treinta y seis horas de tiempo mortal! Louis, sea como fuere, tienes que darme la sangre. Sermonéame después. Haz funcionar el Truco Misterioso y ya encontraré las respuestas a todos estos interrogantes. Estamos desperdiciando minutos valiosísimos.

—No, Lestat. El tema de James y lo que hizo con tu cuerpo no nos incumbe. Lo importante es lo que ahora te está pasando a ti, a tu alma, dentro de ese cuerpo.

Está bien. Como quieras. Conviérteme, pues, en vampiro.

—No puedo. O mejor dicho, no lo haré.

No pude resistirme y me abalancé sobre él. Al instante lo tenía aferrado con ambas manos de las solapas de ese saco negro, sucio y raído. Tironeé de la tela, listo para sacarlo del sillón, pero permaneció inamovible mirándome sin hablar, con expresión de tristeza. Enojado pero impotente, lo solté y me quedé parado, tratando de aquietar el desasosiego de mi corazón.

—¡No puedes decirlo en serio! —exclamé, y di un golpe de puño contra el escritorio—. ¿Cómo me lo puedes negar?

—¿Por qué no me dejas quererte bien? —preguntó, con voz transida de emoción y rostro sumamente pesaroso—. No lo haría por grande que fuera tu dolor, por mucho que me lo suplicaras, por impresionante que fuera la letanía de hechos que me presentaras. Me niego, porque de ninguna manera voy a hacer a otro como nosotros. ¡Lo que me has contado no son grandes tragedias! ¡No te están ocurriendo calamidades! —Sacudió la cabeza, como si estuviera tan afectado que no pudiese continuar. Luego dijo: —En eso has triunfado como sólo tú podías hacerlo.

—No, no, tú no entiendes...

—Sí, claro que sí. ¿Tengo que llevarte frente a un espejo? —Con gestos lentos se puso de pie y me miró fijamente a los ojos—. ¿Debo obligarte a analizar las moralejas del cuento que acabo de oír de tus propios labios? ¡Lestat, has realizado nuestro sueño! ¿Es que no lo ves? Has conseguido renacer como mortal. ¡Un mortal bello y fuerte!

—No. —Di unos pasos atrás haciendo gestos de negación al tiempo que levantaba las manos en ademán suplicante.

—Estás loco. No sabes lo que dices. ¡Odio este cuerpo! Odio ser humano. Si te queda una pizca de compasión, Louis, ¡deja de lado esos delirios y escúchame!

—Ya te oí. Ya lo he oído todo. ¿Por qué no lo crees? Lestat, ganaste. Te has liberado de la pesadilla. Has vuelto a tener vida.

—¡Sufro horrores! Dios mío, ¿qué debo hacer para convencerte?

—Nada. Soy yo quien tiene que convencerte a ti. ¿Cuánto tiempo llevas ya en ese cuerpo? ¿Tres días? ¿Cuatro? Hablas de malestares como si fueran enfermedades de muerte; hablas de límites físicos como si se tratara de perversas restricciones punitivas.

"No obstante, en tus largas lamentaciones tú mismo me has pedido que no te haga caso, que no acceda a tus ruegos. ¿Para qué, si no, me contaste la historia de David Talbot y su obsesión con Dios y el diablo? ¿Para qué me contaste todo lo que te dijo la monja Gretchen? ¿Para qué describiste el pequeño hospital que viste en sueños? Sé que no fue Claudia la que se te apareció. No digo que Dios haya puesto a Gretchen en tu camino, pero sí que te has enamorado de ella. Tú mismo lo reconoces. Esa mujer está esperando que regreses. En definitiva, quizá sea ella quien te guíe para que aprendas a tolerar las molestias y dolores de la vida humana...

—No, Louis. Lo has entendido todo mal. No quiero que ella me guíe. ¡No quiero esta vida mortal!

—¿No te das cuenta de la oportunidad que se te brinda? ¿No adviertes la senda que se abre ante ti y la luz al final del camino?

—Me voy a volver loco si sigues diciendo esas cosas...

—Lestat, ¿qué puede hacer cualquiera de nosotros para redimirse? ¿Y quién era siempre el que se obsesionaba con estos temas? Tú.

—¡No, no! —Levanté los brazos y los crucé repetidas veces, como tratando de detener a ese camión cargado de filosofía insensata que amenazaba atropellarme. —¡No! Te digo que esto es falso. Es la peor de las mentiras.

Me dio la espalda y yo volví a lanzarme sobre él, incapaz de contenerme. Lo habría aferrado por los hombros para sacudirlo, pero, con un gesto demasiado rápido para mi ojo, me empujó hacia atrás y me mandó contra el sillón.

Sorprendido, me doblé el tobillo y caí sobre los almohadones. Con el puño derecho me golpeé la palma de la mano izquierda.

—Ah, no, no. Nada de sermones ahora. —Casi se me saltaban las lágrimas. —Nada de consejos ni perogrulladas.

—Vuelve con ella.

—¡Estás loco!

—Imagínalo —prosiguió, como si yo no hubiera hablado, dándome la espalda, quizá con los ojos fijos en la ventana y voz casi inaudible. Su figura se recortaba contra el plateado continuo de la lluvia. —Renaces después de tantos años de apetitos inhumanos, de siniestro y desalmado succionar. Y en ese hospital de la selva podrás salvar una vida humana por cada una que hayas segado. Oh, no sé qué ángeles de la guarda te protegen. ¿Por qué son tan misericordiosos? Me ruegas que te lleve de nuevo al horror, pero cada palabra tuya realza el esplendor de todo lo que has visto y sufrido.

—¡Desnudo mi alma y la usas contra mí!

—No, Lestat. Trato de hacerte bucear en tu interior. Me estás rogando que te conduzca de vuelta a Gretchen. ¿Seré yo, tal vez, el único ángel de la guarda? ¿Soy el único que puedo confirmar ese destino?

—¡Hijo de puta! Si no me das la sangre...

Giró en redondo. Su rostro era el de un fantasma; sus ojos, estaban muy abiertos, asquerosamente irreales en su belleza.

—No lo haré ahora, mañana ni nunca. Vuelve con ella, Lestat. Vive la vida mortal.

—¡Cómo te atreves a elegir por mí! —Me puse nuevamente de pie, decidido a terminar con las súplicas y lamentos.

—No vengas a pedírmelo de nuevo; si vienes, te haré daño. Y no deseo hacerlo.

—¡Me has matado! Eso es lo que has hecho. ¡Piensas que creo todas tus mentiras! Me has condenado a este cuerpo doliente y podrido, eso es lo que has hecho. ¿Crees que no sé el odio que sientes? ¿Crees que no me doy cuenta de que buscas desquitarte? Por Dios, di la verdad.

—No, no es verdad. Te quiero. Pero estás ciego de impaciencia, angustiado por dolores poco importantes. Eres tú quien no me perdonará nunca si te robo este destino, pero te llevará un tiempo poder valorar mi gesto.

—No, no, por favor. —Me acerqué a él, pero no ya con indignación. Caminé despacio, hasta que pude apoyar las manos en sus hombros y aspirar la tenue fragancia de polvo y tumba que llevaba adherida a la ropa. Dios santo, ¿era nuestra piel la que atraía tan delicadamente la luz? Y nuestros ojos. Ah, mirarme en sus ojos.

—Louis, quiero que me tomes. Te lo pido por favor. Deja que haga yo las interpretaciones sobre mi relato. Mírame, Louis; tómame. —Sostuve su mano fría, inerte, y la apoyé contra mi cara. —Siente la sangre que hay en mí, siente el calor. Me deseas, Louis, no puedes negarlo. Me deseas, quieres tenerme en tu poder como te tuve yo a ti hace tanto tiempo. Seré tu creación, tu vástago, Louis. Hazlo, por favor. No me obligues a implorártelo de rodillas.

Noté un cambio en él, la repentina expresión depredadora que tiñó sus ojos. Pero, ¿había algo más fuerte que su sed? Su fuerza de voluntad.

—No, Lestat —susurró—. No puedo. Aunque yo esté equivocado y tú no... por más que carezcan de sentido todas tus metáforas, no puedo hacerlo.

Lo tomé en mis brazos, ah, qué frío, qué reacio este monstruo que yo había creado con carne humana. Lo besé en la mejilla, temblando y mis dedos se deslizaron hasta su cuello.

No se alejó. No tuvo valor. Sentí que su pecho se hinchaba contra el mío.

—Hermoso mío, haz lo que te pido —murmuré en su oído—. Lleva este calor a tus venas y devuélveme todo el poder que en una oportunidad te di. —Apreté mis labios contra su boca fría, descolorida. —Bríndame el futuro, Louis. Dame la eternidad. Líbrame de esta cruz.

Vi por el rabillo del ojo que levantaba la mano, y a continuación sentí sus dedos sedosos contra mi mejilla. Me acarició también el cuello.

—No puedo, Lestat.

—Sí, claro que puedes —murmuré besándole la oreja mientras le hablaba, conteniendo las lágrimas, pasándole el brazo por la cintura—. No me abandones en este sufrimiento, por favor.

—No me lo pidas más. De nada vale. Ahora me voy. No volverás a verme nunca más.

—¡Louis! —Lo aferré. —¡No me lo puedes negar!

—Sí que puedo, y lo he hecho.

Noté que se ponía tieso y trataba de apartarse sin herirme. Yo lo aferré con más fuerza aún.

—No me volverás a encontrar aquí. Pero sí sabes dónde encontrarla a ella, que te está esperando. ¿No aprecias tu propia victoria? Has vuelto a ser mortal, y tan joven... Mortal, y tan bello. Mortal, con todo tu conocimiento y tu misma indomable voluntad.

Con firmeza se soltó de mi abrazo, me apartó apretándome las manos mientras lo hacía.

—Adiós, Lestat. Tal vez los demás vayan a buscarte cuando pase el tiempo, cuando crean que ya has pagado lo suficiente.

Lancé un último lamento mientras procuraba liberar mis manos para sujetarlo, porque sabía lo que él pensaba hacer.

Con un movimiento súbito y misterioso desapareció, y yo quedé tendido en el piso.

La vela estaba apagada, pues había caído sobre el escritorio. La única iluminación era la del fuego mortecino. Y los postigos de la puerta estaban abiertos, y la lluvia caía, fina y silenciosa pero continua. Y me di cuenta de que estaba totalmente solo.

Me había desplomado estirando las manos para amortiguar el golpe. En el momento de levantarme, le grité, rogando que pudiera oírme por lejos que ya estuviera.

—Louis, ayúdame. No quiero estar vivo. ¡No quiero ser mortal! ¡Louis, no me dejes aquí! ¡No quiero esto! ¡No quiero salvar mi alma!

No sé cuántas veces repetí los mismos argumentos. Al rato, quedé tan agotado que no pude continuar; además, el sonido de esa voz mortal y su tono de desesperación herían mis propios oídos.

Me senté en el piso, una pierna doblada bajo mi cuerpo y el codo apoyado sobre la rodilla, y me pasé la mano por el cabello. Mojo se había acercado, temeroso, y se tendió junto a mí. Me agaché y apreté la frente contra su pelo.

El fuego casi se había consumido. La lluvia siseaba, suspiraba, redoblaba sus bríos, pero caía en línea recta desde el cielo, sin una pizca de odioso viento.

Por último, levanté la mirada y contemplé esa habitación lúgubre, con su revoltijo de libros y viejas estatuas, la suciedad por todas partes y las brasas que irradiaban luz desde el hogar. Qué cansado estaba, qué insensibilizado por la furia, qué próximo a la desesperación.

¿Alguna vez había estado tan carente de toda esperanza?

Mis ojos se posaron en la puerta, repararon en la incesante lluvia, en la penumbra amenazadora. Sí, sal e intérnate en la oscuridad con Mojo, y a él seguramente le encantará como le encantó la nieve. Tienes que salir e internarte en ella. Tienes que salir de esta choza y buscar un refugio cómodo donde descansar.

Mi departamento de la azotea... seguramente podrás hallar la forma de entrar en él. Sí, alguna forma. El sol iba a salir al cabo de unas horas, ¿no? Ah, mi preciosa ciudad bajo la tibia luz del sol.

Por Dios, no te pongas de nuevo a llorar. Necesitas descansar y pensar.

Pero antes de irte, ¿por qué no le incendias la casa? No toques la casa grande. Él no la quiere. ¡Quémale la choza!

Me di cuenta de que esbozaba una sonrisa maliciosa aun cuando las lágrimas se agolpaban a mis ojos.

¡Sí, redúcela a cenizas! Se lo merece. Seguro que se llevó sus escritos, sí, claro, ¡pero sus libros se harán humo! Ni más ni menos que lo que se merece.

De inmediato recogí los cuadros —un espléndido Monet, dos pequeños Picasso y una témpera del período medieval, todos en estado de deterioro, desde luego—, corrí a la mansión victoriana y los guardé en un rincón que me pareció seco y seguro.

Luego regresé a la choza, tomé la vela y la acerqué a los restos del fuego. En el acto las cenizas blandas explotaron con chispitas anaranjadas que se adhirieron al pabilo.

—Ah, esto te lo mereces, canalla, traidor. —Presa de furor llevé la llama a los libros que había apilados contra la pared, y con cuidado moví las hojas para que se quemaran. De ahí pasé a un abrigo viejo que había sobre una silla de madera y que ardió como si fuera paja; también a los almohadones de pana roja del que había sido mi sillón. Sí, todo, lo quemo todo.

Pateé una pila de revistas mohosas bajo el escritorio y les prendí fuego. Fui apoyando la llama libro por libro, que luego arrojaba a todos los rincones de la casucha.

Mojo esquivó las pequeñas fogatas, hasta que por último salió a la intemperie y se detuvo a gran distancia, bajo la lluvia. Me miraba por la puerta abierta.

Oh, pero avanzaba demasiado lentamente. Y Louis tiene un cajón lleno de velas. Cómo pude olvidarlas... maldito sea este cerebro mortal... Las saqué, entonces —eran unas veinte—, encendí directamente la cera sin preocuparme por la mecha y las arrojé sobre el sillón de pana para armar una gran hoguera. Lancé otras sobre las pilas de escombros que quedaban, tiré libros ardiendo contra los postigos húmedos y prendí fuego a los trozos de antiguas cortinas que colgaban aquí y allá de viejos bárrales olvidados. A puntapiés hice agujeros en el yeso podrido y arrojé velas encendidas al enlistonado. Luego prendí fuego a las gastadas alfombras, pero primero las arrugué para permitir que el aire circulara por debajo.

Al cabo de unos minutos el lugar era presa de las llamas, pero lo que ardía con más intensidad eran el sillón rojo y el escritorio. Salí a la lluvia y vi las lengüetas de fuego entremedio de las tablas rotas.

Un humo horrible y denso se elevó cuando las llamas consumieron los postigos húmedos, cuando se las vio salir por las ventanas y achicharrar las enredaderas. ¡Maldita lluvia! Pero en el momento en que la hoguera del escritorio y el sillón se hizo más intensa, ¡toda la choza estalló en llamaradas color naranja! Los postigos volaron a la vez que se abría un enorme boquete en el techo.

—¡Sí, sí, quémate! —grité. La lluvia me caía en la cara, en los párpados. Yo prácticamente daba saltos de alegría. Mojo retrocedió hacia la mansión en sombras, con la cabeza gacha. —¡Quémate, quémate! ¡Louis, ojalá pudiera quemarte a ti también! ¡Cómo me gustaría hacerlo! ¡Ah, si supiera dónde yaces durante el día!

Sin embargo, pese al júbilo me di cuenta de que estaba llorando. Me pasaba el dorso de la mano por la boca y clamaba: "¡Cómo pudiste dejarme así! ¡Cómo pudiste hacerlo! Te maldigo." Hecho un mar de lágrimas, volví a caer de rodillas sobre la tierra mojada.

Me senté apoyándome en los talones, con las manos plegadas ante mí, desdichado, y contemplé la gran hoguera. Algunas luces comenzaron a encenderse en casas distantes. Alcancé a oír el ulular de una sirena a lo lejos. Comprendí que debía irme.

Sin embargo, seguía ahí, como embotado, cuando de pronto Mojo me sobresaltó con uno de sus gruñidos más aterradores. Advertí que se había parado a mi lado, que apretaba su piel húmeda contra mi rostro y tenía la mirada perdida en la casa incendiada.

Me moví para tomarlo del collar cuando comprendí el motivo de su miedo. No se trataba de un humano servicial sino más bien de una silueta blanca y fantasmal, una suerte de espeluznante aparición que había cerca de la casa incendiada, iluminada por el resplandor del fuego.

¡Hasta con mis ojos mortales me di cuenta de que era Marius! También noté la expresión de ira de su rostro. Jamás había visto yo tal reflejo de furia, y no me cupo duda de que eso era precisamente lo que quiso que yo viera.

Abrí los labios, pero la voz había muerto en mi garganta. Lo único que pude hacer fue tenderle los brazos, enviarle desde el corazón un mudo pedido de ayuda, de piedad.

Una vez más el perro lanzó su feroz advertencia y pareció a punto de saltar.

Y mientras yo observaba, indefenso, temblando de pies a cabeza, la figura giró lentamente y, dirigiéndome una última mirada de enojo y desprecio, se marchó.

Sólo entonces reaccioné.

—¡Marius, no me dejes aquí! ¡Ayúdame! —Alcé los brazos al cielo. —Marius —clamé con voz gutural.

Pero era inútil, ya lo sabía.

La lluvia me empapaba el abrigo, se me metía por los zapatos. Tenía el pelo mojado y ya no importaba si había estado llorando, porque el agua había arrastrado mis lágrimas.

—Crees que me has vencido —murmuré. ¿Qué necesidad había de llamarlo a los gritos? —Crees haber emitido tu juicio y que con eso se termina todo. Sí, piensas que es tan sencillo. Bueno, estás equivocado. Nunca seré vengado por lo de hoy. Pero me verás de nuevo. Ya me verás.

Agaché la cabeza.

La noche se llenó de voces mortales, de pasos que corrían. Un potente ruido de motor se detuvo en la esquina lejana. Tuve que hacer un esfuerzo para poner en movimiento estas miserables piernas humanas.

Le hice señas a Mojo de que me siguiera. Dejamos atrás las ruinas de la casita, que seguían ardiendo alegremente; saltamos un tapial bajo, cruzamos por un callejón cubierto de malezas y huimos.

Sólo más tarde me puse a pensar que probablemente estuvimos a punto de que nos pescaran: el pirómano y su temible perro.

Pero, ¿eso qué importaba? Louis me había echado, lo mismo que Marius... Marius, que podía encontrar mi cuerpo preternatural antes que yo y destruirlo en el acto. Marius, que quizá ya lo hubiera aniquilado para dejarme eternamente anclado en este esqueleto mortal.

Ah, si en mi juventud mortal alguna vez había padecido tal desdicha, no lo recordaba. Y aunque la hubiese sufrido, de poco consuelo me servía. ¡Mi miedo era inenarrable! No lo podía vencer con la razón. Daba vueltas y más vueltas con mis esperanzas y mis planes ineficaces.

"Tengo que encontrar a James. Tengo que encontrarlo, y tú debes darme tiempo, Marius. Si no me ayudas, al menos concédeme eso."

Lo repetía una y otra vez como el Ave María del rosario, mientras marchaba con dificultad bajo la lluvia inclemente.

Una o dos veces hasta grité mis plegarias en la oscuridad, parado bajo un viejo roble que chorreaba, tratando de ver la luz que llegaba a través del cielo húmedo.

¿Quién en el mundo podía ayudarme?

Mi única esperanza era David, aunque vaya uno a saber qué podía hacer para ayudarme. ¡David! ¿Y si también él me daba la espalda?

Tags: cuentos

servido por arrazola67 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

xikita

xikita dijo

yo creo q el en reaidad quere irse con ella xo le da miedo....su amigo a exo bien enno convertirlo...al final se dara cuienta dq sera mas feliz con ella en el campamento

12 Julio 2007 | 10:28 AM

jezabel-21

jezabel-21 dijo

Ummm, lestat cada vez más hundido, cómo volverá a ser el que era, o quizas nunca lo hará, espero ansiosa la próxima lectura. un beso dulce y rojo.

12 Julio 2007 | 08:13 PM

del-amor-y-otros-cantares

del-amor-y-otros-cantares dijo

Uy qué historia más escalofriante..Creo que la he empezado por la mitad..Deberé leer los primeros capítulos..Pero no de noche..ja,ja,ja,..Besitos..Denise

12 Julio 2007 | 09:19 PM

eudoxia

eudoxia dijo

bonitos pasatiempos ..... escalofriante? si .... pero como siempre ya estamos acostumbrados... un beso....

13 Julio 2007 | 10:48 PM

lamatare

lamatare dijo

Escalofrios ....eso he sentido .....

Un beso!!

14 Julio 2007 | 12:56 PM

oncedeenero

oncedeenero dijo

Luis.... por Dios!!!!!!!!!!!!! no tenes derecho a someterlo a Lestat a semejante sufrimiento....Si ya había tomado el sendero de casi humano..., (bah, supongo que ser vampiro debe ser terible)...llevalo a ser completamente HOMBRE... y enamorado_entregado a los sentimientos....
Está en el momento justo, en la encrucijada que lo puede levar a seguir vagando por los siglos... o vivir en la felicidad que ser HUMANO supone...

Dale, Luis, por favorrrrrrrrrrrrrrrrrr

(entre vos y yo, este Lestat me cautiva, peor por favor, que él no lo sepa)

Besito TRANSPARENTE

16 Julio 2007 | 08:13 AM

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