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La Coctelera

Mi Guarida

4 Julio 2007

Lestat XVI

Mediodía. Me había puesto la ropa nueva que compré el último aciago día de mi deambular: pulóver blanco de mangas largas, modernos pantalones de denim desteñidos. Armamos una especie de pic nic frente al fuego crepitante, para lo cual extendimos una frazada sobre la alfombra. Sobre ella nos sentamos a comer juntos el desayuno tardío, mientras Mojo devoraba el suyo en el piso de la cocina. El menú fue una vez más pan francés con manteca, jugo de naranja, huevos duros y fruta cortada, en gruesas rebanadas. Yo me alimentaba con ganas, sin prestar atención a las advertencias de Gretchen de que todavía no estaba curado del todo. Me sentía muy bien, y hasta su pequeño termómetro digital así me lo indicaba. Tenía que viajar a Nueva Orleáns. Si el aeropuerto estaba abierto, tal vez pudiera estar allí al anochecer. Pero no quería dejarla en ese momento. Le pedí vino, Quería hablar. Quería comprenderla, y también tenía miedo de dejarla, de estar solo, sin su compañía. La perspectiva del viaje en avión introdujo en mi alma un temor cobarde. Además, me agradaba estar con ella... Me había estado hablando sobre su vida en las misiones, de lo mucho que le había gustado siempre. Los primeros años los pasó en Perú, y de allí fue al Yucatán. Su último destino había sido en la selva de la Guyana Francesa, un lugar de primitivas tribus indígenas. La misión se llamaba Santa Margarita María y quedaba a seis horas de viaje, subiendo por el río Maroni en canoa a motor, desde la ciudad de St. Laurent. Junto con las otras monjas había reacondicionado la capilla de material, la escuelita pintada de blanco y el hospital. Pero a menudo tenían que dejar la misión e ir a visitar a la gente de las aldeas. Ese trabajo le encantaba, dijo. Me mostró muchas fotos, pequeñas imágenes coloridas de las humildes construcciones de la misión, de ella y sus hermanas, y del sacerdote que iba a oficiar misa. Ninguna de esas monjas usaba hábitos ni velo; llevaban ropa de algodón blanco o color caqui y el pelo suelto (eran verdaderas monjas de trabajo, explicó). Y ahí estaba ella, radiante, feliz, sin esa expresión meditativa que se le notaba ahora. En una de las tomas aparecía rodeada de indios de tez morena, delante de una extraña edificación con complicados grabados en sus paredes. En otra estaba aplicando una inyección a un anciano espectral, y éste sentado en una silla pintada de llamativo color. La vida en esas aldeas selváticas era la misma desde hacía siglos, dijo. Esos pueblos existían desde mucho antes de que los franceses o españoles hubieran puesto un pie sobre Sudamérica. No era fácil conseguir que confiaran en los médicos y los sacerdotes. A ella no le importaba si aprendían o no las oraciones, sino que se preocupaba por las vacunas y por una adecuada higiene de las heridas infectadas. Le preocupaba acomodar huesos quebrados para que esa gente no quedara tullida para siempre. Desde luego, querían que ella regresara. Habían tenido mucha paciencia con su pedido de licencia. La necesitaban. El trabajo la aguardaba. Me mostró el telegrama, que yo ya había visto pegado en la pared del baño.

—Extrañas eso, es evidente —dije. La estaba observando, esperando ver signos de culpa por lo que habíamos hecho juntos. Pero no le vi ninguno. Tampoco se la notaba angustiada por el telegrama.

—Por supuesto, voy a regresar —declaró con sencillez—. Quizá te parezca absurdo, me costó salir de ahí. Pero la cuestión de la castidad se había transformado en una obsesión destructiva.

Cómo no la iba a entender. Me miró con sus ojos grandes, serenos.

—Y ahora ya sabes —dije— que no es importante en absoluto que te acuestes o no con un hombre. ¿No es eso lo que averiguaste?

—Quizá —admitió con una sonrisita. Qué fuerte parecía, sentada allí sobre la manta, las piernas castamente dobladas hacia un lado, el pelo suelto aún, más semejante a un velo de monja ahí en esa habitación que en ninguna de las fotos.

—¿Cómo empezó todo en ti? —quise saber.

—¿Piensas que es importante? No creo que apruebes mi historia si te la cuento.

—Me gustaría conocerla.

Era hija de una pareja católica, la madre maestra y el padre contador en la zona de Bridgeport, Chicago, y desde pequeña demostró talento para el piano. Toda la familia se sacrificó para pagarle las clases con un famoso profesor.

—Ya ves, el renunciamiento —dijo, con la misma sonrisita de antes— desde siempre. Sólo que en ese entonces era por la música, no por la medicina. Pero ya en aquella época era sumamente religiosa, leía las vidas de los santos y soñaba con ser santa, con trabajar en misiones en el extranjero. Le fascinaba principalmente Santa Rosa de Lima, la mística, lo mismo que San Martín de Porres, que había trabajado más en el mundo. Y Santa Rita. Algún día quería dedicarse a los leprosos, encontrar un trabajo que fuera absorbente, heroico. De niña había construido un pequeño oratorio detrás de su casa, donde pasaba horas arrodillada ante un crucifijo esperando que se abrieran en sus manos y sus pies las heridas de Cristo, el estigma.

—Esas historias me las tomaba muy en serio. Los santos eran reales para mí. Me atrae la posibilidad del heroísmo.

—Heroísmo —repetí. Mi palabra. Pero qué distinta era la definición que yo le daba. No quise interrumpirla.

—Me daba la impresión de que el piano se oponía a mi espiritualidad. Yo quería renunciar a todo por el prójimo, lo cual incluía renunciar también al piano, especialmente al piano. Eso me entristeció.

Me pareció que no había relatado esa historia a menudo, y hablaba con voz muy apagada.

—Pero, ¿y la felicidad que producías en otros cuando tocabas? —le pregunté—. ¿Eso no valía nada?

—Ahora puedo decir que sí —reconoció bajando aún más la voz. Las palabras le salían con penosa lentitud. —Pero en ese entonces... No estaba segura. No era persona para ese talento. No me molestaba que me escucharan, pero no quería que me vieran. —Se sonrojó al mirarme. —A lo mejor, si hubiera tocado en el coro de una iglesia, o detrás de un biombo, habría sido distinto.

—Entiendo. Hay muchos humanos que sienten lo mismo.

—Pero tú no, ¿verdad?

Le dije que no moviendo la cabeza. Me explicó cuánto había sufrido cuando la hacían vestirse de encaje blanco para tocar delante de público. Lo hacía para complacer a sus padres y maestros. Participar en los certámenes la mortificaba, pero casi sin excepción ganaba. A los dieciséis años su carrera se había convertido en una empresa familiar.

—Pero, la música misma, ¿la disfrutabas?

Lo pensó un momento.

—Me ponía en éxtasis. Cuando tocaba estando sola..., sin nadie que me mirara, me entregaba totalmente. Era casi como estar bajo la influencia de una droga. Algo... casi erótico. A veces las melodías me obsesionaban, me daban vueltas continuamente por la cabeza. Perdía la noción del tiempo cuando estaba al piano. Hasta el día de hoy no puedo escuchar música sin sentirme transportada. Aquí en esta casa no ves radios ni grabadores. No puedo tener esas cosas ni siquiera hoy.

—Pero, ¿por qué te lo niegas? —Miré en derredor. Tampoco había un piano. Sacudió la cabeza como para restarle importancia.

—El efecto es demasiado absorbente, ¿no te das cuenta? Soy capaz de olvidarme de todo. Y cuando me ocurre eso, no consigo hacer nada. Dejo la vida en suspenso, por así decirlo.

—Pero, Gretchen, ¿acaso es verdad? ¡Para algunos de nosotros, esos sentimientos tan intensos son la vida! Nosotros buscamos el éxtasis. En esos momentos..., trascendemos todo el dolor, la mezquindad, la lucha. Así sentía yo cuando estaba vivo. Así siento ahora.

Se quedó cavilante, el rostro sereno, relajado. Cuando habló, lo hizo con convicción.

—Quiero más que eso —dijo—. Quiero algo más palpable y constructivo. Para decirlo de otro modo, no puedo disfrutar ese placer si sé que hay otros que sufren hambre y enfermedades.

—Pero en el mundo siempre habrá padecimientos. Y la gente necesita la música, Gretchen, de la misma manera que necesita el alimento.

—No sé si concuerdo contigo. De hecho, estoy segura de que no. Tengo que dedicar mi vida a aliviar el dolor. Créeme que todos estos argumentos ya los he analizado muchas veces.

—Oh, pero preferir cuidar enfermos antes que la música —dije—. No lo puedo entender. Claro que la labor de la enfermera es loable. —Estaba tan apesadumbrado que me costaba continuar. —¿Cómo fue que tomaste la decisión? ¿No se opuso tu familia?

Siguió contando. Cuando tenía dieciséis años, la madre cayó enferma durante meses y se ignoraba la causa. La madre estaba anémica, vivía con fiebre y llegó un momento en que ya fue obvio que se estaba consumiendo. Se le hicieron estudios, pero los médicos no daban en la tecla. Todos estaban seguros de que iba a morir. El clima de la casa estaba infectado de dolor, incluso de encono.

—Le pedí un milagro a Dios —dijo—. Le prometí que, si salvaba a mi madre, jamás iba a volver a tocar las teclas de un piano. Prometí entrar en un convento apenas me lo permitieran, así podría dedicar mi vida a cuidar enfermos y moribundos.

—Y tu madre se curó.

—Sí. Al cabo de un mes se había recuperado totalmente. En la actualidad vive. Se jubiló y da clases a alumnos particulares... en un barrio de negros de Chicago. Desde entonces nunca tuvo la más mínima enfermedad.

—¿Y tú cumpliste la promesa?

Asintió.

—Entré en la orden de las Hermanas Misioneras a los diecisiete, y ellas me hicieron seguir estudios terciarios.

—¿También cumpliste la promesa de no volver a tocar el piano?

—Así es —se limitó a decir, sin manifestar nostalgia ni arrepentimiento alguno. Tampoco parecía ansiosa por contar con mi comprensión o aprobación. En realidad, yo sabía que captaba mi tristeza, y además estaba un poco preocupada por mí.

—¿Fuiste feliz en el convento?

—Oh, sí. ¿No lo ves? Las personas como yo no pueden llevar una vida común. Tengo que hacer algo difícil, tengo que correr riesgos. Entré a esa orden porque tenían misiones en los lugares más remotos y peligrosos de Sudamérica. ¡No te puedo decir lo que me gustaron esas selvas! —Su voz se hizo más baja, casi apremiante.

—No me importan el calor ni los peligros. Hay momentos en que estamos todos sobrepasados de trabajo, con el hospital abarrotado, y tenemos que acostar a los enfermitos afuera, bajo un cobertizo y en hamacas, ¡y yo siento tanta vida interior! No te das una idea. Me interrumpo apenas para secarme el sudor de la cara, lavarme las manos y quizá beber un vaso de agua, pienso: estoy viva, estoy aquí, haciendo cosas importantes.

Nuevamente sonrió.

—Es otro tipo de intensidad —sostuve—, algo totalmente distinto que hacer música. Veo la diferencia fundamental.

Recordé las palabras de David cuando me contó su vida, cómo había buscado la emoción en el peligro. Ella estaba buscando la emoción en el renunciamiento total. Él buscó el peligro de lo oculto en Brasil. Gretchen buscó el duro desafío de restablecer la salud de miles de seres anónimos, eternamente pobres. Eso me perturbó hasta lo más hondo.

—Hay también algo de vanidad en ello, desde luego —reconoció—. La vanidad siempre es enemiga. Eso era lo que más me molestaba de mi... mi castidad: el orgullo con que la vivía. Pero hasta el hecho de volver de este modo a los Estados Unidos constituía un riesgo. Estaba aterrada cuando bajé del avión, cuando me di cuenta de que estaba aquí, en Georgetown, y nada me impediría estar con un hombre si lo deseaba. Creo que fue el miedo lo que me llevó al hospital a trabajar. Dios sabe muy bien que la libertad no es fácil.

—Esa parte la comprendo. Pero, ¿cómo reaccionó tu familia ante tu promesa de renunciar a la música?

—En el primer momento no se enteraron, no se lo conté a nadie. Anuncié mi vocación y me mantuve firme. Hubo muchas recriminaciones. Después de todo, mis hermanos habían tenido que vestirse con ropa de segunda mano para que yo pudiera tomar clases de piano. Pero eso pasa con frecuencia. Ni siquiera en una buena familia católica se recibe con bombos y platillos la noticia de que una hija quiera hacerse monja.

—Sufrieron por el talento que tenías.

—Sí, sí —dijo, enarcando levemente las cejas. Qué sincera y tranquila parecía. No decía nada con dureza, con frialdad. —Pero yo tenía una visión de algo infinitamente más importante que tocar el piano en un concierto o levantarme del taburete para recibir un ramo de rosas. Pasó mucho tiempo hasta que por fin les conté lo de la promesa.

—¿Años?

Asintió sin palabras.

—Lo entendieron —dijo luego—. Vieron el milagro. No podían menos. Les hice notar que me sentía más afortunada que todas las que habían entrado al convento. Había recibido una señal evidente de Dios. Él nos había resuelto los conflictos a todos.

—Crees en eso.

—Sí, lo creo. Pero en cierto sentido no importa que sea cierto o no. Y si hay alguien que debería comprenderlo, eres tú.

—¿Por qué?

—Porque hablas de verdades religiosas e ideas religiosas y sabes que importan aunque sólo sean metáforas. Eso fue lo que te oí cuando delirabas.

Lancé un suspiro.

—¿Nunca te dan ganas de volver a tocar el piano? ¿No quieres... digamos, encontrar un salón vacío, con un gran piano en el escenario, y sentarte a...?

—Claro que sí, pero no lo puedo hacer y no lo haré. —Su sonrisa era verdaderamente hermosa.

—Gretchen, esta historia tiene algo tremendo. ¿Por qué, siendo una chica católica, no podías tomar tu talento musical como un don de Dios, un don que no debía desperdiciarse?

—Yo sabía que me lo mandaba Dios, pero vi una bifurcación en mi camino. Sacrificar el piano fue la oportunidad que Dios me dio de servirlo de una manera especial. Lestat, ¿qué podía significar la música en comparación con el hecho de ayudar a personas, a centenares de personas?

Meneé la cabeza.

—Creo que se puede considerar igualmente importante a la música.

Meditó largo rato antes de responder.

—Yo no podía continuar. Es posible que haya usado la enfermedad de mi madre... Tenía que ser enfermera. No veía otro camino para mí. La pura verdad es que... no puedo vivir cuando me enfrento con la miseria del mundo. No puedo justificar el confort o el placer cuando hay otra gente que sufre. No sé cómo otros pueden.

—No pensarás que puedes cambiar todo, Gretchen.

—No, pero puedo vivir mi vida produciendo un efecto sobre muchas, muchas vidas individuales. Eso es lo que cuenta.

La historia me afectó tanto, que no pude quedarme ahí sentado. Me levanté para estirar las piernas entumecidas y fui hasta la ventana a mirar el campo de nieve. Me habría sido fácil desechar todo si ella hubiese sido una persona quejosa o minusválida mental, o bien una persona abrumada por los conflictos y la inestabilidad. Pero nada más lejos de la verdad. Gretchen me resultaba casi insondable. Era lo contrario de mí, como tantas décadas atrás lo había sido mi amigo mortal Nicolás. No porque se pareciera a él sino porque en el cinismo de Nicolás, en su eterna rebelión, había cierta renuncia de sí mismo que jamás pude comprender. Mi Nicki, tan lleno de aparente exceso y excentricidad..., que sin embargo disfrutaba con lo que hacía, pero sólo porque causaba escozor a otros. Renunciar a uno mismo: en eso se resumía todo. Me volví. Ella estaba mirándome. Una vez más tuve la sensación de que no le importaba mucho lo que yo dijera. No me pedía comprensión. En cierto sentido, era una de las personas más fuertes que había conocido en mi larga vida. Con razón me sacó del hospital; otra enfermera no habría querido semejante carga.

—Gretchen, ¿nunca temes haber derrochado tu vida? ¿Nunca piensas que el sufrimiento y la enfermedad seguirán existiendo mucho tiempo después de que te vayas de esta tierra, y que tu obra no significará nada en el designio general?

—El designio general es lo que no significa nada. El acto pequeño lo es todo. Por supuesto que el sufrimiento continuará cuando yo ya no esté, pero lo importante es que hice todo lo que pude. Ese es mi triunfo, mi vanidad. Esa es mi vocación y mi pecado de orgullo. Esa es mi clase de heroísmo.

—Pero, chérie, estarías en lo cierto sólo si hubiera alguien que llevara la cuenta, algún Ser Supremo que ratificara tu decisión, si se te recompensara por tus obras o al menos se las defendiera.

—No. Nada más lejos de la verdad —me contradijo, eligiendo con cuidado las palabras—. Piensa un poco: esto que te he dicho evidentemente es nuevo para ti. A lo mejor es un secreto religioso.

—¿Por qué lo dices?

—Muchas noches me quedo despierta pensando que tal vez no exista un Dios personal, que siempre van a existir niños que sufren, como se ve a diario en nuestros hospitales. Pienso en los eternos dilemas, como por ejemplo, por qué Dios permite que un niño sufra. Dostoievski planteó ese interrogante, lo mismo que Albert Camus, el escritor francés. Nosotros mismos lo estamos planteando. Pero en definitiva no importa. Dios puede existir o no, pero la miseria es real, totalmente real e innegable y mi compromiso es para con esa realidad: ése es el nudo de mi fe. ¡Tengo que hacer algo por solucionarla!

—Y cuando te llegue el momento de la muerte, si no existe Dios...

—No importa. Sabré que hice lo que estaba a mi alcance. La hora de mi muerte podría ser este instante. —Se encogió de hombros. —No me haría cambiar mi manera de pensar.

—Por eso es que no sientes culpa de que hayamos tenido relaciones ayer.

Lo pensó.

—¿Culpa? Siento alegría cuando pienso en ello. ¿No te das cuenta de lo que has hecho por mí? —Lentamente sus ojos se llenaron de lágrimas. —Vine aquí a conocerte, a estar contigo. Ahora ya puedo volver a la misión.

Inclinó la cabeza unos instantes hasta que recobró la compostura. Luego levantó la mirada y retomó la palabra.

—Cuando me contabas que a esa niña, Claudia, la habías hecho... cuando hablabas de haber hecho entrar a Gabrielle, tu madre, en tu mundo... dijiste estar buscando algo. ¿Podrías llamarlo trascendencia? Cuando yo trabajo en la misión hasta quedar exhausta, trasciendo. Trasciendo la duda y algo... algo quizá sombrío e irremediable que llevo en mi interior. No sé.

—Sombrío e irremediable, sí; es eso, ¿no? La música no te lo remediaba.

—Sí, lo hacía; pero era falso.

—¿Por qué falso? ¿Por qué dices que era falsa una actividad buena, como tocar el piano?

—Porque no hacía mucho por los otros, por eso.

—Claro que sí. Les daba placer, eso es seguro.

—¿Placer?

—Perdona, elegí un término inadecuado. La vocación te ha hecho olvidar de ti misma. Cuando tocabas el piano, eras tú misma, ¿no lo ves? ¡Eras la Gretchen única! Ese es precisamente el significado de la palabra "virtuoso". Y tú querías perderte, a ti misma.

—Creo que tienes razón. La música no era mi camino.

—Gretchen, me asustas.

—No debería asustarte. No estoy diciendo que el otro camino estuviera equivocado. Si tú hacías el bien con tu música, durante ese breve período como cantante de rock que me contaste, ésa era tu manera de hacer el bien. La mía es otra, nada más.

—No; en ti hay un renunciamiento feroz. Estás hambrienta de amor, del mismo modo que yo por la noche tengo hambre de sangre. Con tu labor de enfermera te estás castigando, niegas tus deseos carnales, tu gusto por la música y por todas las cosas del mundo que son como la música. Eres como un virtuoso, no hay duda; un virtuoso de tu propio sufrimiento.

—Estás equivocado, Lestat —repuso ella con otra sonrisa—. Sabes que no es verdad. Eso es lo que quieres creer de una persona como yo. Escúchame: si todo lo que me has dicho es cierto, a la luz de esa verdad, ¿no es obvio que tu destino era encontrarme?

—¿Cómo es eso?

—Ven, siéntate aquí conmigo y charlemos.

No sé por qué vacilé, qué miedos tenía. Por último, regresé a la frazada y me senté apoyando la espalda contra el costado de la biblioteca con las piernas cruzadas.

—¿No te das cuenta? Yo represento un camino opuesto, un camino que jamás se te ocurrió pensar y que quizá te traería el consuelo que buscas.

—Gretchen, no me irás a decir que crees todo lo que te he dicho sobre mi persona. No espero que lo creas.

—¡Te creo hasta la última palabra! Y no importa la verdad literal. Estás buscando algo que los santos buscaban cuando renunciaban a su vida normal, cuando entraban al servicio de Cristo. Y no importa que no creas en Jesucristo. Lo que importa es que has sufrido mucho en la vida que llevaste hasta ahora, que sufriste al punto de la locura, y que mi opción te ofrece una posibilidad distinta.

—¿Me propones esto a mí?

—Por supuesto. ¿No ves cómo ha sido todo? Entras en este cuerpo, caes en mis manos, me brindas el momento de amor que yo busco. Pero, ¿qué te he dado yo a ti? ¿Qué significo yo para ti?

Levantó la mano para que no la interrumpiera.

—No, no vuelvas a hablarme de grandes designios. No preguntes si existe un Dios literal. Piensa en todo lo que te he dicho. Lo he dicho refiriéndome a mí, pero también a ti. ¿Cuántas vidas quitaste en esa existencia tuya sobrenatural? ¿Cuántas vidas salvé yo —concretamente— en las misiones?

Estuve a punto de negar toda la posibilidad, cuando de pronto se me ocurrió esperar, quedarme callado, reflexionar. Me estremecí de sólo pensar, una vez más, que a lo mejor nunca recuperaría mi cuerpo preternatural y quedaría por siempre aprisionado en esa carne. Si no apresaba al Ladrón de Cuerpos, si no conseguía que mis compañeros me ayudaran, la muerte que dije desear me llegaría a su debido momento. Había retrocedido en el tiempo. ¿Y si había un designio para eso? ¿Y si existía un destino y me pasaba la vida mortal trabajando como lo hacía Gretchen, dedicando la totalidad de mi ser físico y espiritual a los demás? ¿Y si volvía con ella a esa misión de la selva? No como su amante, desde luego. Esas cosas no eran para ella, evidentemente. Pero, ¿y si iba como ayudante o colaborador suyo? ¿Y si enterraba mi vida mortal en ese marco de abnegación? Por supuesto, existía una aptitud más que ella desconocía: la riqueza que yo podía volcar en la misión. Y aunque la fortuna era tan enorme que algunos hombres no podrían haberla calculado, yo sí podía. Podía, en una gran visión incandescente, avizorar sus límites, sus efectos. Poblaciones enteras vestidas y alimentadas, hospitales equipados con todos los medicamentos, escuelas con libros, pizarrones, radios y pianos. Sí, pianos. Oh, era una vieja historia. Un sueño antiguo, muy antiguo. Permanecí en silencio mientras cavilaba. Imaginé cada momento de mi vida mortal, mi posible vida mortal, dedicando mi fortuna a ese sueño. Lo vi como si fueran minúsculos granos deslizándose por el centro de un reloj de arena. Bueno, en ese preciso minuto, mientras estábamos sentados en esa limpia habitación, había gente muriendo de hambre en Oriente, en el África. En todo el mundo morían seres humanos por enfermedades y catástrofes. Las inundaciones arrasaban con sus viviendas, las sequías resecaban sus alimentos y sus esperanzas. Hasta la miseria de un solo país era más de lo que la mente podía soportar, si se la describía aunque fuese sin entrar en detalles. Pero aun si yo invertía en esta empresa todo lo que tenía, ¿qué habría conseguido en el análisis final? ¿Cómo podía saber siquiera que en un pueblito de la jungla era mejor la medicina moderna que la situación de antes? ¿Cómo podía saber si el hecho de brindar educación a un niño de la selva le traería aparejada la felicidad? ¿Cómo podía saber si valía la pena mi renunciamiento en aras de todo eso? ¿Cómo podía hacer para preocuparme por esas cosas? Ese era el horror. No me importaba. Podía, sí, llorar por el individuo que sufría, ¡pero no tenía deseos de sacrificar mi vida por los millones de seres anónimos del mundo! De hecho, tal posibilidad me llenaba de pavor. Era sumamente triste. No me parecía vida. Me parecía, además, lo contrario de la trascendencia. Hice gestos de negación con la cabeza. En voz baja, titubeante, le expliqué por qué me atemorizaba tanto esa posibilidad.

—Siglos atrás, la primera vez que salí al escenario en el pequeño teatro de París —cuando vi las caras felices y oí los aplausos— tuve la sensación de que mi cuerpo y mi alma habían encontrado su destino. Era como si, por fin, hubieran empezado a cumplirse todas las promesas de mi infancia.

"Ah, había otros actores, peores y mejores; otros cantantes, otros payasos; ha habido un millón desde entonces y habrá un millón después de ahora. Pero cada uno de nosotros brilla con su propia energía inimitable; cada uno de nosotros cobra vida en su momento único y deslumbrante; cada uno de nosotros tiene su oportunidad de derrotar a los otros para siempre en la mente del espectador, y ésa es la única clase de logro que puedo entender en forma cabal: la clase de logro en la que el ser —este ser, si lo deseas— es totalmente íntegro y triunfante.

"Sí, pude haber sido un santo, tienes razón, pero tendría que haber encontrado una orden religiosa o llevar un ejército a la batalla. Tendría que haber hecho milagros de tal magnitud como para que el mundo entero cayera de rodillas. Soy yo el que debe atreverse aunque esté equivocado, completamente equivocado. Gretchen, Dios me dio un alma individual y no puedo enterrarla.

Me sorprendió ver que aún me sonreía con dulzura, sin cuestionamientos, y que su rostro seguía lleno de serena perplejidad.

—¿Es mejor reinar en el infierno —preguntó con cuidado— que prestar servicios en el cielo?

—No, no. Yo, si pudiera, haría el cielo y el infierno. Pero debo levantar mi voz, debo brillar. Y debo tratar de obtener el éxtasis que tú te has negado, esa intensidad de la cual huiste. ¡Para mí, eso es trascender! Cuando hice a Gabrielle, por perverso que parezca, sí, eso fue trascender. Fue un acto único, poderoso y espeluznante, que me obligó a usar toda mi audacia y ese don único que poseo. Ellas no morirán, dije, quizá las mismas palabras que usas tú con los niños de las aldeas.

"Pero las pronuncié para introducirlas en mi mundo no natural. El objetivo no era tan sólo salvar, sino convertirlas en lo que era yo: un ser único, terrible. Era conferirles precisamente la individualidad que tanto valoro. Nosotros vamos a vivir, incluso en el estado que se denomina de la muerte viva, vamos a amar, a sentir, a desafiar a quienes nos juzgan y nos destruyen. Esa es mi trascendencia. Y en eso no intervienen para nada el renunciamiento ni la redención.

Oh, qué frustrante era no poder comunicárselo, no poder hacérselo creer en un sentido literal. ¿No ves que he podido sobrevivir a todo lo que me pasó precisamente porque soy lo que soy? Mi fortaleza, mi voluntad, ese no querer entregarme... son los únicos componentes de mi corazón Y mi alma que de verdad puedo identificar. Este ego, si quieres llamarlo así, es mi fuerza. Soy el vampiro Lestat, y nada..., ni siquiera este cuerpo mortal, me va a derrotar.

Me llamó mucho la atención verla asentir, notar su expresión de aceptación total.

—Y si vinieras conmigo, el vampiro Lestat perecería en su propia redención, ¿no es así?

—Sí. Moriría una muerte lenta, horrible, entre pequeñas e ingratas tareas, ocupándose de las hordas interminables de seres anónimos, los eternamente menesterosos.

De pronto sentí tal tristeza, que no pude continuar. Estaba cansado de una manera mortal y desagradable, pues la alquimia de la mente había influido sobre el cuerpo. Pensé en mi sueño y en mis palabras a Claudia, que ahora había vuelto a decir para Gretchen, y me conocí a mí mismo como antes jamás. Encogí las piernas, apoyé sobre ellas los brazos, y la frente sobre los antebrazos.

—No puedo hacerlo —dije por lo bajo—. No puedo enterrarme vivo en el tipo de existencia que llevas tú. ¡Y no quiero —eso es lo tremendo—, no quiero hacerlo! No creo que ello pudiera salvar mi alma. No creo que importara.

Sentí sus manos en mis brazos. Me estaba acariciando de nuevo el pelo, apartándomelo de la frente.

—Te comprendo —dijo—, pese a que estás equivocado.

Solté una risita en el momento en que alcé la mirada hacia ella. Tomé una servilleta, me la pasé por los ojos, me soné la nariz.

—Pero no he conmovido tu fe, ¿no?

—No. —Esta vez su sonrisa fue distinta, más cálida, radiante.

—Me serviste para confirmarla —aseguró en un murmullo—. Qué raro eres, y qué gran milagro que te hayas cruzado conmigo. Casi me atrevo a creer que tu opción es la más adecuada para ti. ¿Quién otro podría ser tú? Nadie.

Me eché hacia atrás y bebí un sorbito de vino. Se había puesto tibio por el fuego, pero seguía siendo sabroso y envió una oleada de placer a mis piernas indolentes. Bebí otro sorbo, dejé el vaso y la miré.

—Quiero hacerte una pregunta, y que me la respondas de corazón. Si gano la batalla y recupero mi cuerpo, ¿quieres que venga a verte? ¿Quieres que te demuestre que todo lo que te dije es verdad? Piénsalo bien antes de responder.

"Yo quiero hacerlo, sinceramente te lo digo. Pero no sé si es lo que más te conviene. Tu vida es casi perfecta. Nuestro pequeño episodio carnal no podría alejarte de esa vida. Tenía razón, ¿no?, cuando te dije que ahora sabes que el placer erótico no es importante para ti, que pronto, si no de inmediato, regresarás a tu trabajo en la selva.

—Es verdad. Pero hay algo más que también deberías saber. Esta mañana hubo un momento en que pensé que podía abandonarlo todo... sólo para quedarme contigo.

—No, tú no puedes haber pensado eso, Gretchen.

—Sí, yo. Me sentí inundada por esa sensación, tal como antes me ocurría con la música. Y aun ahora, si me dijeras "Ven conmigo", tal vez iría. Si ese mundo tuyo existe realmente... —Se interrumpió para encogerse de hombros. Se retiró el pelo y lo alisó detrás del hombro. —La castidad significa no enamorarse —añadió, centrando la mirada en mí—. Podría enamorarme de ti. Sé que podría. —Luego agregó en voz baja, turbada: —Podrías convertirte en mi dios, lo sé.

Eso me asustó, y al mismo tiempo me produjo un desvergonzado placer, un triste orgullo. Traté de no ceder a la excitación física que me iba invadiendo. Al fin y al cabo, ella no sabía lo que estaba diciendo No podía saberlo. Pero había algo muy convincente en su voz, en sus modales.

—Me vuelvo —anunció con la misma voz, llena de certidumbre y humildad— Tal vez me vaya dentro de unos días. Pero si ganas tu batalla, si recuperas tu antigua forma, por el amor de Dios sí, quiero que vengas a verme. ¡Quiero saber!

No le respondí. Estaba demasiado desconcertado, y luego expresé ese desconcierto.

—Cuando vaya a verte y te revele mi verdadera personalidad, quizá te desilusiones horriblemente.

—¿Por qué?

—Me consideras un ser humano sublime por el contenido espiritual de todo lo que te he dicho. Me ves como si fuera una especie de loco bendito que revela verdades con error como podría hacerlo un místico. Pero no soy humano. Y cuando lo sepas, quizá me aborrezcas.

—No. Nunca podría aborrecerte. Y en cuanto a que todo lo que has dicho fuera verdad, eso sería un milagro.

—Quién sabe, Gretchen, quién sabe. Pero recuerda lo que dije. Somos una visión sin revelación. Somos un milagro sin significación. ¿Sinceramente quieres esa cruz junto con tantas otras?

No me contestó, pues estaba sopesando mis palabras. Yo no imaginaba qué podían significar para ella. Estiré la mano, ella me la tomó y apretó con suavidad mis dedos entre los suyos, sin apartar los ojos de mí.

—No existe Dios, ¿no, Gretchen?

—No, no existe —murmuró.

Me dieron ganas de reír y de llorar. Volví a apoyar la espalda, reí suavemente para mis adentros y la miré, miré su figura de estatua, el brillo de fuego en sus ojos castaños.

—No sabes cuánto has hecho por mí —dijo—. No sabes cuánto ha significado. Ahora estoy lista para regresar.

Asentí sin despegar los labios.

—Entonces, mi hermosa, no importa si volvemos a la cama, ¿verdad? Ciertamente, creo que debemos hacerlo.

—Sí, yo también lo creo —me respondió.

Casi había oscurecido cuando me levanté, llevé el teléfono con su largo cable hasta el pequeño cuarto de baño y me encerré para llamar a mi agente de Nueva York. Una vez más sonó y sonó. Ya me iba a dar por vencido e intentar comunicarme con mi representante de París, cuando alguien atendió y me contó lenta, dificultosamente, que mi agente ya no vivía. Había sufrido una muerte violenta unos días atrás, en su oficina de la avenida Madison. Se decía que el móvil del crimen fue el robo, pues desaparecieron todos sus archivos y su computadora. Quedé tan anonadado que no pude articular respuesta alguna. Por último, reuní algo de valor como para formular unas preguntas. El crimen había ocurrido el miércoles a eso de las ocho de la noche. Nadie conocía la magnitud del daño causado por el robo de los archivos. Y lamentablemente el hombre había sufrido.

—Es una situación muy, muy penosa —dijo la voz—. Si usted se encontrara en Nueva York no podría no enterarse porque se publicó en todos los diarios. Se lo llamó un asesinato vampírico, ya que el cadáver quedó sin una gota de sangre.

Corté, y durante un largo momento permanecí en rígido silencio. Luego llamé a París, y al cabo de una breve demora atendió mi representante. Gracias a Dios que lo había llamado, dijo, y también me pidió que me identificara. Las contraseñas no le bastaron. Le propuse entonces mencionar conversaciones que habíamos tenido en el pasado, y aceptó. Hable, me dijo. En el acto le recité una letanía de secretos que sólo él y yo conocíamos, y noté con qué alivio se quitaba un gran peso de encima. Me contó que habían estado pasando cosas muy raras. En dos oportunidades lo llamó una persona que dijo ser yo pero evidentemente no lo era. Ese individuo conocía dos de las contraseñas que habíamos usado en el pasado y brindó una explicación complicada acerca de por qué no conocía las últimas. Entretanto, habían ingresado electrónicamente varias órdenes para la transferencia de fondos, pero en todos los casos las contraseñas fueron incorrectas. Aunque no del todo. De hecho, todo parecía indicar que esa persona estaba a punto de descifrar nuestro sistema.

—Además señor, le diré lo más sencillo: ¡ese hombre no habla el mismo francés que usted! No lo tome a mal, pero el francés que usted habla es... ¿cómo decirlo?..., desusado. Emplea palabras antiguas, y ordena las frases de una manera que no es la habitual. Yo me doy cuenta cuándo es usted.

—Lo comprendo —dije—. Ahora escúcheme bien lo que voy a decirle: no hable más con esa persona, porque sabe leer la mente y está tratando de arrancarle telepáticamente las contraseñas. Usted y yo vamos a idear otro sistema. Quiero que ahora me haga una transferencia... a mi banco de Nueva Orleáns. Pero después, todo lo demás quedará inmovilizado. Y cuando yo vuelva a llamarlo, utilizaré tres palabras anticuadas. No se las digo ya... pero serán palabras que alguna vez me oyó usar, y las reconocerá.

Desde luego, eso era riesgoso. ¡Pero ese hombre me conocía! Luego le aseguré que el ladrón de que hablábamos era sumamente peligroso. Y que, como había atacado a mi representante de Nueva York, él debía utilizar todo medio posible de protección personal. Yo iba a pagar todo..., la cantidad necesaria de custodios las veinticuatro horas del día. Preferible pecar por exceso.

—Muy pronto va a volver a tener noticias mías. Recuerde que serán palabras anticuadas. Usted se va a dar cuenta cuando sea yo el que hable.

Corté. Temblaba de indignación. ¡Ah, ese monstruo! No contento con apoderarse del cuerpo del dios, también tenía que saquear los almacenes del dios. ¡Sinvergüenza! ¡Y yo había sido tan tonto, que no pensé que pudiera pasar eso!

—Es que eres humano —me dije—. ¡Eres un humano idiota! —No quería ni pensar en las acusaciones que me haría Louis antes de acceder a ayudarme. ¿Y si Marius se había enterado? Oh, era demasiado terrible para imaginarlo siquiera. Debía ponerme cuanto antes en contacto con Louis. Tenía que conseguir una valija y dirigirme al aeropuerto. Mojo sin duda debería viajar en una jaula especial, que también había que conseguir. Mi despedida de Gretchen no sería el adiós prolongado y bello que había imaginado. Pero seguramente me iba a entender. Estaban pasando muchas cosas en el complejo mundo alucinatorio de su misterioso amante. Era hora de separarnos.

Tags: cuentos

servido por arrazola67 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jezabel-21

jezabel-21 dijo

Humm precioso por un momento creí que Lestat dejaría de ser un Dios para convertirse en humano y católico, pero no, aún no. un beso rojo

4 Julio 2007 | 02:29 PM

HETEROFLEXIBLE

HETEROFLEXIBLE dijo

como siempre jenial.......y estoy deacuerdo con jetzabel lestat ...humano y catolico ?????? creo que no ........enfin ....
cuidate y besos.................
P.D.. ya no te alejes tanto se te extraña .....

4 Julio 2007 | 02:37 PM

xikita

xikita dijo

ummm yo tambien pense q se enamoraba d ella y dejaba todo xo ..tienen aun asuntos pendientes...lo hara cuando los resuelva?? se ira ella con el o volvera a suu misiones'??'estoy impaciente!!!

4 Julio 2007 | 06:09 PM

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