Lestat XIV
En algún momento empecé a entrar y salir del sueño, tomé conciencia de que íbamos en un auto pequeño, que Mojo venía con nosotros, jadeando al lado de mi oreja, y que recorríamos colinas boscosas cubiertas de nieve. Yo estaba envuelto en una manta y me sentía terriblemente descompuesto por el movimiento del coche. Y además, estaba temblando. Apenas sí recordaba que habíamos ido a la casa de Georgetown, donde encontramos a Mojo aguardando pacientemente. Tuve la vaga certidumbre de que podía morir en ese vehículo si otro nos chocaba. Lo sentí como algo peligroso y real, tan real como el dolor que me oprimía el pecho. YJames me había engañado. Gretchen tenía la mirada fija en el camino sinuoso. El sol formaba una aureola alrededor de su cabeza con todas esos pelitos que escapaban de su grueso rodete y el cabello suavemente ondeado que le crecía desde la sien. Era una hermosa monja, pensé, al tiempo que mis ojos se abrían y cerraban como por propia voluntad. Pero, ¿por qué es tan buena conmigo? ¿Porque es monja? Todo era quietud en nuestro derredor. Había casas entre los árboles, sobre colinas, en pequeños valles, muy cerca unas de otras. Un barrio rico, quizá, con esas mansiones de madera en pequeña escala que a veces prefieren los mortales adinerados en lugar de las residencias palaciegas del siglo pasado. Finalmente, nos internamos por el sendero de acceso próximo a una de tales casas, pasamos por un bosquecillo de árboles pelados y nos detuvimos junto a un pequeño chalet, sin duda una casa para sirvientes o para huéspedes, ubicada a cierta distancia de la residencia principal. Las habitaciones eran acogedoras y estaban caldeadas. Quería tirarme en la cama limpia, pero estaba demasiado sucio e insistí en que se me permitiera bañar este desagradable cuerpo. Gretchen se opuso tenazmente aduciendo que estaba enfermo, que no debía bañarme Pero yo no quise hacerle caso. Encontré el baño y no salí de allí en un rato largo.
Después volví a quedarme dormido, apoyado contra los azulejos mientras Gretchen llenaba la bañera. El vapor me resultó placentero. Alcanzaba a ver a Mojo junto a la cama, esa esfinge lobuna que me observaba por la puerta abierta. ¿Creía ella que Mojo se parecía al diablo? Pese a que me sentía extremadamente débil hablaba con Gretchen, trataba de explicarle cómo fue que llegué a encontrarme en esa situación, por qué tenía que ir a Nueva Orleáns a buscar a Louis para que me brindara la sangre potente. En voz baja, le conté muchas cosas en inglés; usaba el francés sólo cuando, por alguna razón, no me salía la palabra que quería; me explayé sobre la Francia de mi época, sobre la pequeña colonia de Nueva Orleáns donde residí después, sobre lo maravillosa que me parecía la era actual y la decisión que tomé aquella vez de ser músico de rock durante un tiempo, porque creía que, al presentarme como símbolo del mal, podría hacer algún bien. ¿Era humano ese deseo de que me comprendiera, el miedo a morir en sus brazos, a que nadie se enterara jamás de quién había sido yo ni lo que había sucedido? Ah, pero mis compañeros lo sabían, y no habían acudido en mi ayuda. También le hablé de eso. Le describí a los antiguos y su desaprobación. ¿Qué quedó sin contarle? Pero ella tenía que entender, monja exquisita como era, cuánto había querido yo hacer el bien mientras fui cantante de rock.
—Esa es la única manera que tiene el diablo literal de hacer el bien —dije—. Representarse a sí mismo en un escenario para dejar el mal al descubierto. A menos que uno crea que está haciendo el bien cuando está haciendo el mal, pero entonces Dios sería un monstruo, ¿no? El diablo simplemente es parte del plan divino.
Ella daba la impresión de escucharme con atención crítica. Pero no me sorprendió cuando me respondió que el demonio no formaba parte del plan de Dios. Su voz era baja y estaba llena de humildad. A medida que hablaba me iba quitando la ropa húmeda, y no creo que haya querido hablar en absoluto sino que sólo trataba de tranquilizarme. El diablo había sido el más poderoso de los ángeles, dijo, y rechazó a Dios por soberbia. El mal no podía formar parte del plan divino. Cuando le pregunté si conocía todos los argumentos que se oponían a esa teoría, y lo ilógica que era, lo ilógico que era todo el cristianismo, me contestó muy serena que no importaba. Lo importante era hacer el bien. Eso era todo. Muy sencillo.
—Ah, entonces comprende.
—Perfectamente —me dijo. Pero me di cuenta de que no entendía.
—Usted es muy buena conmigo —dije. Le di un beso suave en la mejilla cuando me ayudó a entrar en el agua caliente. Me tendí en la tina, observé cómo me bañaba y noté lo bien que me sentía, cómo me gustaba el agua tibia contra el pecho, el suave roce de la esponja sobre mi piel, quizá lo mejor de todo lo que había soportado hasta ese momento. Pero, ¡qué largo me parecía el cuerpo humano! Qué extrañamente largos los brazos. Me vino a la memoria una imagen de una vieja película, del monstruo Frankenstein caminando con torpeza, agitando las manos como si su lugar no fuese el extremo de esos brazos. Me sentí como ese monstruo. De hecho, decir que como humano me sentía totalmente monstruoso era la pura verdad. Creo que dije algo al respecto. Ella me pidió que me callara. Dijo que mi cuerpo era bello, fuerte y natural. Parecía muy preocupada. Yo me sentí algo avergonzado de que me lavara el pelo y la cara, pero ella dijo que las enfermeras vivían haciendo esas cosas. Me contó que se había pasado la vida cuidando enfermos en misiones en el extranjero, en lugares tan sucios y carentes de todo que, en comparación, hasta el más abarrotado hospital de Washington era un paraíso. Vi que sus ojos recorrían mi cuerpo, que se ruborizaba, y noté la forma en que me miraba, llena de vergüenza y confusión. Qué extrañamente inocente era. Sonreí para mis adentros, pero me dio miedo de que sufriera debido a sus propios deseos camales. Qué broma cruel para ambos que este cuerpo le resultara tentador. Pero no cabía duda de que así era, lo cual, agotado y febril como estaba, me revolvió la sangre, la sangre humana. Oh, ese cuerpo siempre estaba peleando por algo. Apenas sí podía tenerme en pie mientras ella me secaba con un toallón, pero puse toda mi voluntad. Le di un beso en la coronilla; ella alzó la mirada despacito, intrigada, perpleja. Me dieron ganas de volver a besarla, pero no tenía fuerzas. Con sumo cuidado me secó el pelo, y con especial suavidad, la cara. Hacía mucho tiempo que nadie me tocaba de esa manera. Le dije que la amaba por su enorme bondad.
—Odio este cuerpo. Es un infierno estar aquí adentro.
—¿Tan insoportable le resulta ser humano?
—No me haga bromas. Sé que no cree las cosas que le conté.
—Oh, pero nuestras fantasías son como nuestros sueños —dijo, frunciendo el entrecejo—. Tienen un significado.
De pronto me vi reflejado en el espejo del botiquín: un hombre alto, de piel color caramelo y espeso pelo castaño, y a su lado la mujer de huesos grandes y piel suave. Fue tanto el shock, que casi me paraliza el corazón.
—Dios santo, ayúdame —murmuré—. Quiero recuperar mi cuerpo.
—Sentí deseos de llorar. Me hizo recostar en la cama y apoyar la cabeza en las almohadas. La tibieza de la habitación me daba placer. Comenzó a afeitarme, ¡gracias a Dios! Odiaba esa sensación de tener pelo en la cara. Le conté que, cuando morí, estaba bien afeitado como todos los hombres elegantes, y que, luego de hacernos vampiros, nos manteníamos iguales eternamente. Nos volvíamos cada vez más blancos, es verdad, y más fuertes, y el cutis se nos alisaba. Pero el pelo seguía siempre del mismo largo, lo mismo que las uñas y la barba. Además, yo era bastante lampiño por naturaleza.
—¿Fue dolorosa la transformación? —quiso saber.
—Me dolió porque me resistí. No quería que ocurriera. No sabía realmente lo que me estaban haciendo. Tenía la impresión de que una especie de monstruo medieval me había apresado y sacado de la ciudad civilizada. No olvide que en esa época París era una ciudad maravillosamente culta. Ah, si usted fuera allí ahora le parecería salvaje en grado sumo, pero para un terrateniente de un inmundo castillo era muy tentadora con sus teatros, con la ópera y los bailes en la corte. No se imagina. Y después, la tragedia, ese demonio que surgió de la noche y me llevó a su torre. Pero el acto mismo, el Truco Misterioso, no duele; es el éxtasis. Después uno abre los ojos y toda la humanidad le resulta hermosa de un modo que antes no conocía.
Me puse la camisa de dormir que me dio, me metí en la cama y dejé que me subiera las mantas hasta el cuello. Tenía la sensación de estar flotando. A decir verdad, era una de las sensaciones más agradables que experimentaba desde que me había convertido en mortal, algo semejante a la embriaguez. Me tomó el pulso y me tocó la frente. Vi miedo en su rostro, pero me resistía a creerlo. Le comenté que, para mí, como ser malvado que era, el verdadero sufrimiento estaba en que comprendía la bondad y la respetaba. Siempre tuve conciencia. Pero durante toda mi vida, incluso cuando era un muchacho mortal, se me pidió que fuera en contra de mi conciencia si quería obtener cualquier cosa de valor.
—Pero, ¿cómo? ¿A qué se refiere?
Le conté que, de joven, me había escapado con una compañía de actores, cometiendo con ello un evidente pecado de desobediencia.
También forniqué con una de las muchachas del grupo. Sin embargo, en esos días actuar en el teatro del pueblo y hacer el amor parecían cosas de inestimable valor.
—Eso ocurrió cuando estaba vivo, simplemente vivo. ¡Los pecados triviales de un jovencito!
Después de morir, cada uno de los pasos que di en la vida fue de sometimiento al pecado, pero a cada instante captaba lo hermoso y lo sensual. Le pregunté cómo podía ser eso. ¡Cuando convertí a Claudia en una niña vampiro, y a Gabrielle, mi madre, en una beldad vampiro, lo hice también buscando un sentimiento intenso! Me pareció irresistible. Y en aquellos momentos no le encontraba sentido a ningún concepto de pecado. Me explayé sobre el tema; volví a mencionar a David y la visión que de Dios y el diablo tuvo en un bar; dije que para él Dios no era perfecto sino que estaba aprendiendo todo el tiempo, que de hecho el diablo aprendió tanto que llegó a despreciar su trabajo y a suplicar que se lo liberara de él. Pero sabía que ya le había contado todo eso en el hospital, cuando ella se quedaba teniéndome la mano. Había momentos en que dejaba de acomodarme las almohadas, de traerme comprimidos y vasos de agua, y se limitaba a mirarme. Qué sereno su rostro, qué enfática su expresión, las pestañas gruesas y oscuras que rodeaban sus ojos claros, su boca grande y suave tan elocuente de bondad.
—Sé que es buena y la amo por eso —dije—. Sin embargo, le daría la Sangre Misteriosa para convertirla en inmortal, para tenerla conmigo en la eternidad porque es tan enigmática conmigo, tan fuerte.
Me rodeaba un manto de silencio, había un rugido ahogado en mis oídos y un velo sobre mis ojos. La observé, inmóvil, mientras levantaba una jeringa, la probaba haciendo salir una gotita de líquido y luego me la clavaba en la carne. Experimenté una tenue sensación de ardor, pero fue muy remota, muy poco importante. Cuando me alcanzó un vaso grande de jugo de naranja, bebí con fruición. Hmmm. Eso sí que me gustó paladear, algo espeso como sangre pero lleno de dulzura, que de una extraña manera me daba la sensación de estar devorando la luz misma.
—Había olvidado estas cosas —confesé—. Qué delicioso; mucho mejor que el vino. Tendría que haberlo bebido antes. Y pensar que podía haberme vuelto sin conocerlo. —Me hundí en las almohadas y contemplé los tirantes del techo en pendiente. Era una habitación chica y bonita muy blanca, muy sencilla, su celda de monja. Nevaba del otro lado de la ventanita. Conté doce pequeños paneles de vidrio.
Entraba y salía del sueño. Tengo un leve recuerdo de que ella trataba de hacerme tomar sopa y yo no podía. Temblaba de la cabeza a los pies y me aterraba que pudieran volverme las pesadillas. No quería que viniera Claudia. La luz de la habitación me quemaba los ojos. Le conté que Claudia me perseguía, le hablé del reducido hospital.
—Lleno de niños —dijo. ¿No había comentado algo sobre eso antes? Qué desconcertada la noté. Me habló suavemente sobre su trabajo en las misiones... con niños, en la selva de Venezuela y en el Perú.
—No hable más —me sugirió. Sabía que la estaba asustando. De nuevo flotaba, entraba y salía de la oscuridad, sentía un paño frío en la frente, volvía a reír por esa sensación de ingravidez. Le dije que con mi cuerpo de siempre podía volar por el aire. Le relaté que me había internado en la luz del sol sobre el desierto de Gobi. De vez en cuando abría sobresaltado los ojos, impresionado por encontrarme ahí, en su pequeña habitación blanca. A la luz bruñida vi un crucifijo con un Cristo sangrante en la pared, y sobre una repisita una estatua de la Virgen María, la conocida imagen de la Intercesora de Todas las Gracias, con la cabeza inclinada y las manos extendidas. Aquella otra, que tenía la herida roja en la frente, ¿era Santa Rita? Oh, viejas creencias... Y pensar que estaban vivas en el corazón de esa mujer. Entrecerré los ojos tratando de leer los títulos más grandes de los libros: Santo Tomás de Aquino, Maritain, Teilhard de Chardin. El enorme esfuerzo que me insumió interpretar esos nombres de filósofos católicos me dejó exhausto. No obstante, leí también otros títulos, ya que mi mente febril era incapaz de descansar. Había libros sobre enfermedades tropicales, enfermedades infantiles, psicología infantil. Sobre la pared, cerca del crucifijo, alcancé a distinguir una foto de varias monjas con sus hábitos, tal vez en alguna ceremonia. No pude darme cuenta de si ella era una de las del grupo, no con esos ojos mortales y en la forma en que me dolían. Llevaban hábitos de falda corta color azul, y velos azules y blancos. Me tenía la mano. Una vez más le dije que debía ir a Nueva Orleáns. Tenía que curarme para encontrar a mi amigo Louis, quien me ayudaría a recuperar mi antiguo cuerpo. Le describí a Louis: le conté que vivía alejado del mundo moderno en una casa diminuta y sin luz, detrás de un ruinoso jardín. Le expliqué que era débil, pero no obstante podía darme su sangre, la cual me permitiría volver a ser vampiro; que luego saldría a cazarJames para que me devolviera mi antigua forma. Le hablé de que Louis era muy débil, de que no me daría mucha fuerza vampírica, pero que jamás podría hallarJames si no contaba con un cuerpo preternatural.
—De modo que, cuando me dé la sangre, este cuerpo morirá. Usted lo está curando para la muerte. —Me había puesto a llorar. Tomé conciencia de que estaba hablando en francés, pero al parecer ella me entendió, porque me dijo en ese mismo idioma que descansara, que estaba delirando.
—Yo me quedo con usted —dijo lentamente en francés— para protegerlo. Su mano tibia y cariñosa estaba sobre la mía. Con sumo cuidado me retiró el pelo de la frente. Cayó la noche en torno de la casita. Había un fuego encendido en la chimenea, y Gretchen se había tendido a mi lado. Antes se había puesto un camisón largo muy grueso y blanco. Se había soltado el pelo y abrazaba mi cuerpo tembloroso. Me gustaba sentir su pelo contra mi brazo. Me aferré a ella, con miedo de hacerle mal. Una y otra vez me enjugaba la cara con un paño frío. Me obligaba a beber jugo de naranja o agua fría. Pasaban las horas de la noche, y mi miedo iba en aumento.
—No lo dejaré morir —me susurró al oído. Pero noté un miedo que ella no lograba disimular. Me dormí con un sueño liviano, de modo que la habitación retuvo su forma, su luz, su color. Convoqué nuevamente a los otros, imploré a Marius que me ayudara. Empecé a pensar en cosas terribles: que todos estaban ahí como otras tantas estatuillas blancas de la Virgen María y Santa Rita, observándome, negándose a ayudarme. En algún momento de la noche oí voces. Había venido un médico, un hombre joven, de aspecto cansado, piel cetrina y ojos enrojecidos. Una vez más me clavaron una aguja en el brazo. Bebí con ganas cuando me acercaron agua helada. No pude seguir el murmullo del doctor, ni tampoco era la intención que yo escuchase. Pero la cadencia de las voces era serena, tranquilizadora. Pesqué las palabras "epidemia", "nevada" y "condiciones imposibles". Una vez que él se marchó, le rogué a ella que volviera.
—Quiero estar cerca de los latidos de su corazón —dije, cuando se tendió a mi lado. Qué agradable sensación, qué blandos sus brazos robustos, sus senos grandes e informes contra mi pecho, su pierna suave contra la mía. ¿Estaba tan enfermo que no podía sentir miedo?
—Ahora duerma y trate de no preocuparse. —Por fin me invadió un sueño profundo, profundo como la nieve de la calle, como la oscuridad.
—¿No te parece que ya es hora de que te confieses? —preguntó Claudia—. Sabes que estás pendiendo del proverbial hilo. —Se hallaba sentada en mi regazo, mirándome, con las manos apoyadas en mis hombros, su carita a escasos centímetros de la mía. El corazón se me encogió, explotó de dolor, pero no hubo un puñal, sólo esas manitas que me aferraban y el aroma de rosas que subía de su pelo resplandeciente.
—No, no puedo confesarme —le respondí. Cómo me temblaba la voz. —¡Oh Dios, qué pretendes de mí!
—¡No estás arrepentido! ¡Nunca lo estuviste! Dilo. ¡Di la verdad! Te merecías el puñal con que traspasé tu corazón, y tú lo sabes. ¡Siempre lo has sabido!
Dentro de mí algo se quebró cuando la contemplé, cuando miré el rostro delicado dentro de su marco de fino pelo. La alcé y me levanté; luego la puse sobre la silla, ante mí, y caí de rodillas a sus pies.
—Claudia, escúchame. Yo no lo empecé. ¡Yo no hice el mundo! El mal estuvo siempre. Se encontraba en las tinieblas y se apoderó de mí, me hizo parte de él, y yo hice lo que creí que debía. No te rías, por favor; no mires a otro lado. ¡Yo no inventé el mal! ¡No me hice a mí mismo!
Qué perpleja estaba cuando me miraba, me observaba; luego su boquita se distendió y formó una preciosa sonrisa.
—No fue todo angustia —dije, aferrándola de sus pequeños hombros—. No fue un infierno. Dime que no lo fue. Dime que también hubo felicidad. ¿Pueden ser felices los demonios? Dios mío, no comprendo.
—No comprendes, pero siempre haces algo, ¿no?
—Sí, y no lo lamento. No. Lo gritaría desde los techos hasta la cima misma del cielo. ¡Claudia, volvería a hacerlo! —Lancé un gran suspiro y repetí las palabras, con mayor volumen. —¡Volvería a hacerlo!
Silencio en la habitación. Nada alteró su serenidad. ¿Estaba enojada? ¿Sorprendida? Imposible saberlo, mirando esos ojos inexpresivos.
—Eres perverso, padre mío —sentenció en voz baja—. ¿Cómo puedes soportarlo?
David se dio vuelta desde la ventana y se detuvo junto a Claudia. Yo seguía de rodillas, y él me miraba desde arriba.
—Soy el ideal de mi especie —dije—, el vampiro perfecto. Cuando me miras estás mirando al vampiro Lestat. Nadie eclipsa a esta silueta que ves ante ti... ¡nadie! —Lentamente me puse de pie. —No soy el tonto de todos los tiempos, ni un dios encallecido por los milenios. No soy un embustero de capa negra ni un vagabundo acongojado. Tengo conciencia. Sé distinguir el bien del mal. Sé lo que hago y sí, lo hago. Soy el vampiro Lestat. Esta es mi respuesta. Haz con ella lo que quieras.
El alba. Incolora y brillante sobre la nieve. Gretchen dormía, acunándome. No se despertó cuando me incorporé y tomé el vaso de agua. Insípida, pero fresca. Luego abrió los ojos, se enderezó de un salto y el pelo al caer le rodeó la cara, seca y limpia y llena de débil luz. Besé su mejilla tibia y sentí sus dedos en mi cuello; después, sobre mi frente.
—Consiguió hacerme pasar —dije con voz temblorosa, ronca. Después volví a tenderme sobre la almohada y una vez más sentí lágrimas en mis mejillas. Cerré los ojos y murmuré: —Adiós, Claudia —esperando que no me oyera Gretchen. Cuando volví a abrirlos, me había traído un tazón grande de caldo, que bebí y encontré casi sabroso. Sobre un plato había manzanas y naranjas abiertas, lustrosas. Las comí con ganas, sorprendido por la consistencia de las manzanas y lo fibrosas que eran las naranjas. Luego vino un líquido caliente, mezcla de licor fuerte, miel y limón, y fue tanto lo que me gustó que corrió a prepararme más. Pensé otra vez en cuánto se parecía a las mujeres griegas de Picasso. Sus cejas eran de un marrón oscuro y sus ojos claros, casi verde pálido, lo que confería a su rostro una expresión de abnegación e inocencia. No era joven, y para mí eso también realzaba su belleza. Había en su semblante un no sé qué de entrega y abstracción por la forma en que asentía y decía que estaba mejorando cada vez que se lo preguntaba. Parecía eternamente absorta en sus pensamientos. Un largo instante pasó mirándome como si yo la desconcertara; después, muy despacio, se agachó y apretó sus labios contra los míos. Una vibrante emoción me recorrió el cuerpo. Volví a quedarme dormido. Y no tuve sueños.
Fue como si siempre hubiese sido humano, siempre hubiese estado en ese cuerpo y, ah, tan agradecido por esa cama blanda y limpia. La tarde. Parches de azul tras los árboles. Como en trance, la vi avivar el fuego. Observé el resplandor en sus pies descalzos. Mojo tenía el pelo gris cubierto de un polvillo de nieve mientras comía tranquilamente de un plato que sujetaba entre las patas, mirándome de tanto en tanto. Mi pesado cuerpo humano hervía aún de fiebre, pero menos, mejor, con sus dolores menos pronunciados, ya sin temblar. Oh, ¿por qué ella había hecho todo eso por mí? ¿Por qué? ¿Y qué puedo hacer yo por ella?, pensé. Ya no me asustaba la idea de morir. Pero cuando pensaba en lo que me esperaba —aprehender James— sentía una punzada de pánico. Además, durante una noche más iba a estar tan enfermo que no podría irme de allí. Volvimos a dormitar abrazados, dejando que afuera se oscureciera la luz. El único sonido era la trabajosa respiración de Mojo. El pequeño fuego ardía vivamente. La habitación estaba cálida y silenciosa. El mundo entero parecía hallarse cálido y en silencio. Comenzó a caer la nieve y muy pronto cayó también la despiadada penumbra de la noche. Una oleada de sentimientos protectores cruzó por mi interior cuando miré su rostro dormido, cuando pensé en la mirada abstraída que había visto en sus ojos. Hasta su voz estaba teñida de una profunda melancolía. Algo había en ella que sugería una honda resignación. Pasara lo que pasare, no la iba a abandonar, pensé, hasta que supiera cómo podría retribuirle. Además, ella me agradaba. Me gustaba su tristeza interior, su recóndita calidad humana, la sencillez de sus movimientos y su lenguaje, el candor de sus ojos. Cuando volví a despertar, había venido de nuevo el médico, el mismo muchacho joven de piel cetrina y cara de agotamiento, aunque lo noté más descansado y con su chaqueta blanca ahora muy limpia. Me había puesto en el pecho un pedacito de metal frío, y evidentemente me auscultaba el corazón o algún otro ruidoso órgano interno para obtener alguna información importante. Tenía en las manos unos horribles guantes plásticos y, como si yo no estuviera allí, en voz baja le hablaba a Gretchen sobre los problemas que continuaban en el hospital. Gretchen se había puesto un sencillo vestido azul, parecido a un hábito de monja sólo que más corto, y debajo llevaba medias negras. Su pelo bellamente desordenado, lacio y limpio, me hizo pensar en el heno que la princesa hiló y convirtió en oro en el cuento de Rumpelstiltskin.
Una vez más acudió a mi memoria Gabrielle, mi madre, y el momento fantasmal en que la convertí en vampira, cuando le corté el pelo rubio, que le volvió a crecer en el término de un día mientras ella dormía el sueño de muerte en la cripta, cómo casi se volvió loca cuando lo advirtió. Recuerdo que gritó y gritó hasta que alguien pudo calmarla. No sé por qué me vino ella a la memoria, salvo que fuera porque me encantaba el pelo de Gretchen. No se parecía en nada a Gabrielle. En nada. Por último, el médico terminó de tocarme, apretarme y auscultarme, y salió para conferenciar con ella. Maldito sea mi oído mortal. Pero sabía que estaba casi curado. Y cuando él volvió y se paró junto a la cama y me dijo que ahora iba a estar "bien", que sólo necesitaba descansar unos días más, yo le comenté que todo se lo debía a los cuidados de Gretchen. El hombre reaccionó con un enfático ademán de asentimiento y una serie de murmullos ininteligibles; luego partió, hundiéndose en la nieve. Me llegó el ruido tenue de su auto cuando se alejaba. Me sentía tan despejado y bien que me dieron ganas de llorar. En cambio, bebí más de ese exquisito jugo de naranja y comencé a pensar en cosas... a evocar cosas.
—Tengo que dejarlo solo un ratito para ir a comprar algunos alimentos.
—Sí, y eso lo pago yo —dije. Apoyé mi mano en su muñeca. Aunque la voz aún me salía ronca y débil, le conté lo del hotel, que todavía estaba mi dinero allí, dentro del sobretodo. Iba a alcanzar para pagarle la atención y la comida y le pedí que fuera a buscarlo. La llave tenía que estar en mi ropa, le expliqué. Ella había colgado todo en perchas y, efectivamente, la llave estaba en el bolsillo de la camisa.
—¿Ve? Todo lo que le dije es verdad.
Me sonrió con calidez. Dijo que iría al hotel a buscar el dinero si le prometía que me iba a callar. No era conveniente dejar dinero tirado por cualquier parte, ni siquiera en un hotel elegante. Quise contestarle, pero estaba muy adormilado. Después, por la ventanita la vi marcharse, cruzar la nieve hacia su auto. Vi que subía. Qué figura fuerte, robusta, pero con piel clara y una suavidad que la volvía encantadora para mirar, y hermosa para abrazar. Sin embargo me dio miedo que me dejara. Cuando volví a abrir los ojos estaba parada con mi sobretodo en el brazo. El dinero era mucho, dijo, y lo trajo todo. Jamás había visto tanto todo junto, en fajos. Qué persona rara era yo. En total eran unos veintiocho mil dólares. Había cerrado mi cuenta en el hotel.
Ellos preguntaron por mí. Me habían visto huir en medio de la nieve. Le hicieron firmar recibo por todo. El papelito me lo dio, como si fuera importante. Tenía mis otras pertenencias, la ropa que había comprado, que seguía en sus bolsas y cajas. Quise darle las gracias pero, ¿dónde estaban las palabras? Le agradecería cuando volviera a mi propio cuerpo. Después de guardar todas las prendas, preparó una cena simple de caldo, pan y manteca. Comimos juntos, con una botella de vino de la que bebí una cantidad muy superior a la que ella consideraba sensata. Debo decir que ese pan, manteca y vino fueron la mejor comida humana que había probado hasta ese momento, y se lo comenté. Le pedí por favor más vino, porque esa borrachera era absolutamente sublime.
—¿Por qué me trajo aquí? —le pregunté. Se sentó en el borde de la cama de frente al fuego, sin mirarme, y jugueteó con su pelo. Empezó a explicarme de nuevo lo de la epidemia y el hospital repleto.
—No. ¿Por qué lo hizo? Había otras personas allí.
—Porque usted no se parece a nadie que yo conozca. Me hace acordar a un cuento que leí alguna vez..., sobre un ángel obligado a bajar a la tierra dentro de un cuerpo humano.
Con súbito dolor recordé lo que Raglan James me había dicho de que yo parecía un ángel. Pensé en mi otro cuerpo, poderoso, que deambulaba por el mundo bajo su odioso dominio. Lanzó un suspiro y me miró. Estaba intrigada.
—Cuando termine esto, vendré a verla con mi cuerpo verdadero. Me descubriré ante usted. Quizá le interese comprobar que no la engañé. Y como es una mujer tan fuerte, sospecho que la verdad no le hará daño.
—¿La verdad?
Le expliqué que, cuando nos descubríamos ante algunos mortales, a menudo los volvíamos locos, porque éramos seres antinaturales y no conocíamos la existencia de Dios o del diablo. En suma, éramos como una visión religiosa sin revelación. Una experiencia mística pero sin un núcleo de verdad. Evidentemente quedó subyugada. Una luz sutil entró en sus ojos. Me pidió que le explicara cómo fue que aparecí en mi otra forma. Le describí cómo me había hecho vampiro a los veinte años. Yo era alto para aquella época, rubio, de ojos claros. Le conté de nuevo que me había quemado la piel en el Gobi. Temía queJames planeara quedarse con mi cuerpo para siempre, seguramente se había marchado a alguna parte, ocultándose del resto de la tribu, y estaba tratando de perfeccionar el uso de mis poderes. Me pidió que le contara cómo era volar.
—Se parece más a flotar. Uno simplemente asciende a voluntad, se autoimpulsa en una dirección o en otra. Es un desafío a la gravedad que no se parece al vuelo de los seres naturales. Da miedo. Es la más atemorizante de nuestras facultades; creo que nos hace más daño que ninguna otra, nos llena de desesperanza, pues es la prueba definitiva de que no somos humanos. Tenemos miedo de que algún día nos vayamos de la tierra y nunca más volvamos a tocarla.
Imaginé a James usando ese don. Yo lo había visto usarlo.
—No sé cómo cometí la tontería de permitirle llevarse un cuerpo tan potente como el mío. Me encegueció el deseo de ser humano.
Ella me miraba, con las manos entrelazadas y una gran serenidad en sus grandes ojos.
—¿Usted cree en Dios? —le pregunté, y señalé el crucifijo de la pared—. ¿Cree en esos filósofos católicos, los de los libros de la biblioteca?
Lo pensó un largo instante.
—No de la manera en que me lo pregunta.
Sonreí.
—¿Cómo, entonces?
—He llevado una vida sacrificada desde que tengo memoria. En eso creo. Creo que debo hacer todo lo que esté a mi alcance para aliviar el sufrimiento. Eso es lo único que puedo hacer, y es algo inmenso. Se trata de un gran don, como el suyo de volar.
Me desconcertó. Nunca había pensado que el trabajo de enfermera tuviera que ver con poder alguno. Pero la entendí perfectamente.
—Tratar de conocer a Dios puede tomarse como un pecado de orgullo, o una falla de la imaginación —dijo—. Pero cuando vemos el sufrimiento, todos sabemos lo que es. Conocemos el hambre, la privación. Yo trato de aliviar esos males. Ese es el meollo de mi fe. Pero para responderle con sinceridad..., sí, creo en Dios y en Jesucristo. Igual que usted.
—No, yo no creo.
—Cuando estaba con fiebre hablaba sobre Dios y el diablo como nunca oí hablar a nadie.
—Hablaba de aburridos argumentos teológicos.
—No; decía que no eran pertinentes.
—¿De veras?
—Sí. Usted, cuando ve el bien, sabe reconocerlo. Al menos eso dijo. Yo también. Dedico mi vida a tratar de hacerlo.
Suspiré.
—Comprendo. Dígame, ¿me habría muerto si no me sacaba del hospital?
—Puede ser. Sinceramente no lo sé.
Me daba mucho placer el solo hecho de mirarla. Su rostro era amplio, de pocos contornos y sin nada de belleza elegante ni aristocrática. Pero belleza tenía en abundancia. Y los años habían sido generosos con ella. No estaba desgastada por las preocupaciones. Presentí que anidaba en su interior una tierna sensualidad, sensualidad en la que ella no confiaba, como tampoco alimentaba.
—Explíquemelo de nuevo. ¿Dijo que quería ser cantante de rock para hacer el bien? ¿Pretendía ser bueno convirtiéndose en símbolo del mal? Cuénteme un poco más sobre eso.
Le conté, claro. Le dije cómo lo había hecho, que reuní a una pequeña banda, "La noche de Satanás", y convertí a sus integrantes en profesionales. Le dije que fracasé, que hubo conflictos entre los de mi especie, que yo mismo había sido retirado por la fuerza y toda la debacle había sucedido sin desgarrarse la tela racional del mundo mortal. Me había visto forzado a volver a la invisibilidad.
—No hay lugar para nosotros sobre la tierra. Tal vez antes lo hubo, no sé. El hecho de que existamos no es ninguna justificación. Los cazadores erradicaron a los lobos del mundo. Pensé que, si daba a conocer nuestra existencia, los cazadores nos erradicarían también a nosotros. Nadie cree en nosotros. Y así debe ser. Quizá sea necesario que muramos en la desesperanza, que nos esfumemos del mundo muy lentamente, sin producir sonido alguno. "Sólo que no puedo soportarlo. No soporto estar callado y no ser nada, quitar la vida con placer, verme rodeado por todas partes por las creaciones y los logros de los mortales y no poder ser uno de ellos, sino ser Caín. El solitario Caín. Ese es el mundo para mí, lo que los mortales hacen y han hecho. No es en absoluto el grandioso mundo natural. Si fuera el mundo natural, quizá, siendo inmortal, lo habría pasado mejor de lo que lo pasé. Son las proezas de los mortales. Los cuadros de Rembrandt, los mausoleos en la ciudad capital bajo la nieve, las grandes catedrales. Y nosotros estamos eternamente alejados de esas cosas —y con toda razón—, aunque las vemos con nuestros ojos de vampiros.
—¿Por qué intercambió su cuerpo con un humano?
—Para poder caminar al sol durante un día. Para pensar, respirar y sentir como mortal. Tal vez para poner a prueba una creencia.
—¿Cuál?
—Que lo único que queremos es volver a ser mortales, que lamentamos haber renunciado a ello, que no valía la pena perder nuestra alma humana para alcanzar la inmortalidad. Pero ahora sé que estaba equivocado.
De repente pensé en Claudia. Recordé las pesadillas. Un enorme sosiego se apoderó de mí. Cuando volví a hablar, fue un callado acto de voluntad.
—Prefiero toda la vida ser vampiro. No me gusta ser mortal. No me agrada sentirme débil, enfermo, frágil ni sentir dolor. Es horrible. Quiero recuperar cuanto antes mi cuerpo.
La noté un tanto espantada.
—A pesar de que cuando está en el otro cuerpo mata y bebe sangre; aunque lo odia y se odia a sí mismo.
—No lo odio. Tampoco me odio a mí mismo. ¿No ve? Esa es la contradicción. Jamás me odié.
—Usted me dijo que era el diablo, que cuando yo lo ayudaba estaba ayudando al demonio. No diría esas cosas si no lo odiara.
No le respondí.
—Mi mayor pecado —dije luego— ha sido siempre que me divierto mucho conmigo mismo. Siempre siento culpa, aversión moral hacia mí mismo, pero así y todo lo paso bien. Soy fuerte; soy una criatura de grandes pasiones y muy voluntariosa. Precisamente ése es el núcleo del dilema que se me presenta: ¿cómo puedo disfrutar tanto siendo vampiro, si es algo malo? Ah, es una vieja historia. Los hombres lo resuelven cuando van a la guerra. Se convencen de que existe una causa. Luego experimentan la emoción de matar, como si fueran meras bestias. Y las bestias la conocen, claro que sí. Los lobos la conocen. Conocen la fascinación pura de despedazar a su presa. Yo la conozco.
Durante largo rato pareció perdida en sus pensamientos. Estiré un brazo y le toqué la mano.
—Venga, acuéstese y duerma. Acuéstese de nuevo a mi lado. No le haré daño. No puedo. Estoy demasiado enfermo. —Solté una risita. —Usted es muy hermosa —dije—. Jamás se me ocurriría hacerle daño. Sólo quiero tenerla cerca. Está volviendo la noche y quiero que se tienda aquí al lado.
—Todo lo que dice lo dice en serio, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Se da cuenta de que es como un niño? Tiene una gran sencillez. La sencillez de un santo.
Me reí.
—Mi querida Gretchen, me esta entendiendo mal en algo muy importante... aunque a lo mejor no. Si yo creyera en Dios, si creyera en la salvación, supongo que tendría que ser un santo.
Reflexionó largo rato; luego me contó en voz baja que hacía apenas un mes había tomado licencia en las misiones del extranjero. Vino de Guyana Francesa a Georgetown a estudiar en la universidad, y en el hospital sólo trabajaba de voluntaria.
—¿Sabe la verdadera razón por la cual pedí licencia?
—No. Dígamela.
—Quería conocer a un hombre, la tibieza de estar cerca de un hombre. Quería saber cómo era, una sola vez. Tengo cuarenta años y nunca estuve con un hombre. Usted habló de aversión moral; ésas fueron las palabras que usó. Yo sentía aversión por mi virginidad, por la perfección absoluta de la castidad. Con independencia de lo que creo, me parecía algo cobarde.
—Le entiendo. Seguramente hacer el bien en las misiones a la larga no tiene nada que ver con la castidad.
—Por el contrario, están muy relacionados, pero porque el trabajo intenso es posible sólo si uno tiene la mente puesta en una sola cosa y no está casado con nadie, salvo con Cristo.
Admití saber lo que me quería decir.
—Pero si el renunciamiento se convierte en un obstáculo para el trabajo —dije—, es mejor conocer el amor de un hombre, ¿verdad?
—Eso es lo que pensé. Sí. Vivir la experiencia y luego regresar al trabajo de Dios.
—Exacto.
Con voz soñolienta agregó:
—He estado buscando al hombre. Por el momento.
—Entonces ésa es la respuesta a por qué me trajo aquí.
—Tal vez. Dios sabe muy bien que todos los demás me causaban mucho miedo. A usted no le tengo miedo. —Me miró como sorprendida de sus propias palabras.
—Venga, acuéstese y duerma. Ya voy a tener tiempo de curarme, y usted de estar segura de lo que desea. Jamás se me ocurriría forzarla, hacerle nada que pudiera ser cruel.
—Pero, ¿por qué, si es el diablo, habla con tanta bondad?
—Ya le dije: ése es el misterio. O bien es la respuesta, una cosa o la otra. Venga, acuéstese a mi lado.
Cerré los ojos. La sentí meterse bajo las mantas, la presión tibia de su cuerpo contra el mío, su brazo que me cruzaba el pecho.
—¿Sabes una cosa? Este aspecto de ser humano es placentero.
Estaba medio dormido cuando la oí susurrar:
—Creo conocer la razón por la cual tú pediste licencia —dijo— Quizá no la sepas.
—Me imagino que no me crees —murmuré. Las palabras me iban saliendo lentamente. Qué hermoso fue volver a rodearla con mi brazo, colocar su cabeza contra mi cuello. Le besé el pelo, encantado con esa suave elasticidad sobre mis labios.
—Hay una razón secreta para que hayas bajado a la tierra y entrado en el cuerpo de un humano. La misma razón por la cual lo hizo Jesucristo.
—¿Cuál?
—La redención.
—Ah, ser salvado. Eso sí que sería lindo, ¿no?
Quise decir algo más, lo imposible que era pensar siquiera en semejante cosa, pero me estaba deslizando hacia el sueño. Y supe que no me iba a encontrar con Claudia. Quizá después de todo no hubiera sido un sueño sino sólo un recuerdo. Yo estaba con David en el Rijksmuseum, contemplando el gran cuadro de Rembrandt. Ser salvado. Qué idea, qué idea atractiva, estrafalaria e imposible... Qué estupendo haber encontrado a la única mortal sobre la faz de la tierra que creyera seriamente en semejante cosa. Y Claudia ya no se reía. Porque estaba muerta.









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Anyrka dijo
La idea de Dios de nuevo, eh?
Me llama la atencion lo de la monja, o sea... tengo curiosidad con lo que pasara.
Me gusta ir descubriendo la "moralidad" del vampiro, aunque... descubriendo, porque no la entiendo bien.
Y... me fue sorprendente que esté decidido a volver a su condicion; que prefiera la inmortalidad a las cosas que está experimentando ahora.
Espero el proximo capitulo =)
Un abrazo!
15 Junio 2007 | 06:22 PM