Lestat XIII
Sí, ya sé dónde nos encontramos. Desde el principio estuvieron tratando de traerme de vuelta aquí, al pequeño hospital. —Qué aspecto desolado tiene ahora, con sus paredes de barro, sus ventanas con persianas y las camitas atadas unas a otras. Sin embargo, ella estaba ahí en la cama, ¿no? Conozco a la enfermera, sí, y al viejo médico de hombros caídos, y te veo ahí en la cama..., eres tú, la pequeñita de rulos que está acostada sobre la frazada, y ahí está Louis... "Bueno, ¿por qué estoy aquí? Sé que esto es un sueño. No es la muerte. La muerte no tiene una consideración especial por las personas. —¿Estás seguro? —dijo ella. Estaba sentada en la silla de respaldo recto, llevaba el pelo rubio recogido con una cinta azul y chinelas en sus piececitos, Eso quería decir que estaba ahí, en la cama, y en la silla, mi muñequita francesa, mi encanto, con sus pies de empeine alto y sus manos perfectas. —Y tú estás aquí con nosotros, en una cama de una sala de primeros auxilios de Washington. Sabes que estás aquí muriéndote, ¿no? —Hipotermia aguda, muy probablemente neumonía. Pero, ¿cómo sabemos qué infección tiene? Bombardéenlo con antibióticos, imposible darle oxígeno ahora. Si lo enviamos a la Universidad, también van a terminar atendiéndolo en el pasillo. —No dejen que me muera, por favor. Tengo mucho miedo. —Estamos aquí con usted, lo estamos atendiendo. ¿Por qué no nos da su nombre? ¿Tiene algún familiar a quien haya que dar aviso? —Vamos, diles quién eres realmente —me aguijoneó ella con una risita argentina y su voz siempre tan hermosa, tan delicada. Siento sus labios tiernos... mírenlos. Yo solía apretarle el labio inferior con un dedo, a modo de juego, cuando le besaba los párpados y su frente tersa. —¡No te pases de lista, pequeña! —murmuré entre dientes—. Además, ¿quién soy aquí? —No un ser humano, si a eso te refieres. No hay nada que pueda convertirte en humano. —De acuerdo, te doy cinco minutos. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué quieres que diga? ¿Que lamento lo que hice, haberte sacado de esa camita para convertirte en vampiro? ¿Quieres que te diga la verdad más sincera? No sé si me arrepiento. Siento mucho que hayas sufrido. Siento mucho que cualquiera sufra, pero honestamente no puedo asegurar que lamente ese pequeño truco. —¿No tienes ni una pizca de miedo a quedarte solo? —Si la verdad no puede salvarme, nada podrá. —Cómo odiaba el olor a enfermedad que me rodeaba, esos cuerpecitos febriles, húmedos bajo las deslucidas mantas, todo ese sucio hospital de muchas décadas atrás. —Padre mío que estás en el infierno, Lestat sea tu nombre. —¿Y tú? Cuando el sol te quemó entera en el pozo de ventilación del Teatro de los Vampiros, ¿te fuiste al infierno? Risas, risas puras, como monedas relucientes que caen de una cartera. —¡No te lo voy a decir jamás! —Bueno, sé que esto es un sueño, que lo ha sido desde el primer momento. No puede ser que alguien regrese de entre los muertos para decir semejantes banalidades. —Sucede todo el tiempo, Lestat. No te excites tanto. Ahora quiero que me prestes atención. Mira esas camitas, mira a esos niños que sufren. —A ti te rescaté de ahí. —Sí, de la misma manera en que Magnus te sacó de tu vida y te dio a cambio algo maligno y perverso. ¡Me convertiste en asesina! de mis hermanos y hermanas. Todos mis pecados provienen de aquel momento, cuando me levantaste de la cunita. —No, no puedes echarme toda la culpa a mí. No lo voy a permitir. ¿Acaso el padre es autor de los crímenes del hijo? Y aunque así fuera, ¿qué? ¿Quién hay allí que lleve la cuenta? ¿No ves que ése es el problema? No hay nadie. —¿Entonces está bien que matemos? —Yo te di vida, Claudia. No fue para siempre, no, pero fue vida, y hasta nuestra vida es mejor que la muerte. —Cómo mientes, Lestat. "Hasta nuestra vida", dices. La verdad es que piensas que nuestra maldita vida es mejor que la vida misma. Reconócelo. Mírate cómo estás ahora en tu cuerpo humano. Cómo lo odiabas. —Es verdad, lo admito. Pero ahora quiero oírte hablar con el corazón, mi preciosa, mi pequeña hechicera. ¿Sinceramente habrías preferido la muerte en vez de la vida que te regalé? Vamos, dime. ¿O acaso esto es un tribunal como el de los humanos, donde el juez puede mentir y los abogados pueden mentir y sólo están obligados a decir la verdad quienes suben al estrado de los testigos? Me miró con aire muy pensativo, mientras una mano regordeta jugueteaba con el bordado de su túnica. Cuando bajó la mirada, la luz brilló primorosamente en sus mejillas, en su boquita oscura. Ah, qué hermosa creación. La muñeca vampiro. —¿Qué sabía yo de opciones? —dijo, mirando al frente con sus ojos grandes, vidriosos y llenos de luz—. No había alcanzado la edad de la razón cuando hiciste tu sucio trabajito; y dicho sea de paso, padre, siempre quise saber una cosa: ¿gozaste cuando me diste a succionar la sangre de tu brazo? —Eso no interesa —murmuré. Aparté mis ojos de ella y los posé en la huerfanita moribunda que había bajo las mantas. Vi a la enfermera de pelo recogido, vestida con harapos, que se desplazaba Inquieta entre las camas. —A los niños mortales se los concibe en un acto de placer —dije, pero no sabía si me estaba escuchando. No quise mirarla. —No puedo mentir. No importa si hay un juez o un jurado. Yo... —No trate de hablar. Le he dado una combinación de drogas que le van a venir bien. La fiebre ya está cediendo. Le estamos curando la congestión pulmonar. —Por favor, no me dejen morir. Todo está sin terminar y es monstruoso. Si existe el infierno voy a ir allí, pero no creo que exista. Si es que existe, debe ser un hospital como éste, sólo que lleno de niños enfermos y moribundos. Pero yo creo que sólo existe la muerte. —¿Un hospital lleno de niños? —Oh, mira cómo ella te sonríe, cómo te apoya la mano sobre la frente. Las mujeres te aman, Lestat. Ella te ama aunque estés dentro de ese cuerpo. Mírala. Cuánto amor. —¿Por qué no habría de preocuparse por mí? ¿Acaso no es enfermera? Y yo soy un moribundo. —Y qué atractivo moribundo. Tendría que haberme imaginado que harías la transmutación sólo si te ofrecían un cuerpo bello. ¡Qué vano y superficial eres! Mira ese rostro. Mucho más apuesto que el tuyo propio. —¡Yo no diría tanto! Me dirigió una sonrisa maliciosa. Su rostro brillaba en la penumbra de la habitación. —No se preocupe, que yo estoy con usted. Me voy a quedar aquí, a su lado, hasta que se mejore. —He visto morir a tantos humanos. Yo les provoqué la muerte. El momento en que la vida se va del cuerpo es tan simple y traicionero. Sencillamente se desliza y se va. —Está diciendo insensateces. —No; estoy diciendo la verdad, y usted lo sabe. No puedo prometer que, si vivo, vaya a reformarme. No lo creo posible. Sin embargo, me muero de miedo ante la idea de morir. No me suelte la mano. —Lestat, ¿por qué estamos aquí? ¿Louis? Levanté la mirada. Estaba parado en la puerta del pequeño hospital, desorientado, con el mismo aspecto que tenía la noche en que lo creé, ya no aquel joven mortal enceguecido de furor, sino el sombrío caballero de ojos serenos y la paciencia infinita de un santo. —Ayúdame a levantarme —dije—. Tengo que sacarla de su camita. Estiró la mano, pero se hallaba muy confundido. ¿No intervino en ese pecado? No, por supuesto que no, porque vivía cometiendo desatinos y sufriendo, expiando su culpa al mismo tiempo que los cometía. Yo era el demonio. Yo era el único que podía levantarla de su camita. Hora de mentirle al médico. —Esa niña que está ahí es mi hija. Seguramente se iba a alegrar de que le quitaran una carga. —Llévesela, señor, y gracias. —Miró agradecido las monedas de oro que le arrojé sobre la cama. Claro que hice eso. Por supuesto que los ayudé. —Sí, gracias. Dios lo bendiga. Seguro que me bendecirá. Siempre lo hace. Yo también lo bendigo. —Ahora duerma. En cuanto se desocupe un cuarto, lo llevaremos; allí estará más cómodo. —¿Por qué somos tantos aquí? Por favor, no me abandone. —No; yo me quedo con usted. Me siento aquí, a su lado. Las ocho. Estaba tendido en la camilla con la aguja pinchada en el brazo y la bolsita plástica de ese líquido que atraía a la luz, pude ver con toda claridad el reloj. Lentamente volví la cabeza. Había allí una mujer. Tenía puesto un abrigo negro que resaltaba contra sus medias blancas y sus zapatos blandos, blancos también. Llevaba el pelo peinado en un grueso rodete y estaba leyendo. Tenía cara ancha, de huesos fuertes, tez clara y grandes ojos castaños. Sus cejas eran oscuras y bien delineadas y, cuando levantó la mirada, me encantó su expresión. Cerró el libro sin hablar y me sonrió. —Ya está mejor —sentenció. Voz modulada, dulce. Un mínimo trazo de sombra azul bajo los ojos. —¿Sí? —El barullo me hacía mal a los oídos. Había demasiadas personas. Puertas que se abrían y cerraban. Se levantó, cruzó el pasillo y tomó mi mano entre las suyas. —Oh, sí, mucho mejor. —¿Entonces voy a vivir? —Sí —respondió, pero no estaba segura. ¿Se propuso demostrarme expresamente que no lo estaba? —No me deje morir dentro de este cuerpo —rogué, humedeciéndome los labios con la lengua. ¡Los sentía tan secos! Dios santo, cómo odiaba ese físico, cómo odiaba la forma en que el pecho subía y bajaba, la voz que me salía, el dolor insoportable detrás de los ojos. —Ya empieza de nuevo —dijo, ensanchando la sonrisa. —Siéntese aquí, conmigo. —Ya lo estoy. Le dije que no me iba a ir. Me quedo aquí, con usted. —Si me ayuda, estará ayudando al demonio. —Ya me lo dijo. —¿Quiere escuchar toda la historia? —Sólo si conserva la calma mientras me la cuenta, si se toma su tiempo. —Qué bonito rostro tiene. ¿Cuál es su nombre? —Gretchen. —Es monja, ¿no? —¿Cómo se dio cuenta? —Me di cuenta. Ante todo, por las manos, por la alianza de plata que usa, por algo de la cara, una expresión resplandeciente... la expresión de los que tienen fe. Y el hecho de que se haya quedado conmigo cuando los demás le decían que siguiera con lo suyo. Yo advierto cuándo una mujer es religiosa. Soy el diablo, y sé cuando estoy contemplando la bondad. ¿Eran lagrimas lo que vi agolparse en sus ojos? —Me está tomando el pelo —dijo con amabilidad—. Tengo una etiquetita aquí, sobre el bolsillo, donde dice que soy monja. Hermana Marguerite. —No la vi, Gretchen. No quería hacerla llorar. —Ya está mejorando. Está mucho mejor. Creo que se va a curar perfectamente. —Soy el diablo, Gretchen. Oh, no el propio Satanás, el Hijo de las Tinieblas, ben Sharar, pero sí malo, muy malo. Un demonio de primera, sin duda. —Está soñando. Es producto de la fiebre. —¿Eso sería espléndido? Ayer, parado en la nieve, traté de imaginar precisamente eso: que toda mi vida de maldad no fuera sino el sueño de un mortal. Ojalá, pero no es así, Gretchen. El diablo precisa de usted. El diablo está llorando. Quiere que le tome la mía. No le tiene miedo al demonio, ¿verdad? —Si lo que necesita es un acto de piedad, no. Ahora duérmase. Van a venir a ponerle otra inyección. Yo no me voy. Mire, arrimo la silla a su cama para poder tenerle la mano. —¿Qué estás haciendo, Lestat? Estábamos en nuestra suite del hotel, un lugar mucho mejor que ese apestoso hospital —siempre es mejor una buena habitación de hotel que un apestoso hospital—, y Louis le había chupado la sangre a Claudia. Louis, el pobre indefenso. —Claudia, Claudia, escúchame. Vuelve en ti... Estás enferma, ¿me oyes? Para curarte debes hacer lo que te digo. —Me mordí mi propia muñeca y, cuando comenzó a brotar la sangre, se la puse en los labios. —Muy bien, querida, bebe un poquito más... —Trate de beber un poquito de esto. —Me pasó la mano por detrás del cuello. Ah, qué dolor cuando me levantó la cabeza. —El sabor es tan flojo. No se parece en absoluto al de la sangre. Sus párpados me parecieron tersos sobre sus ojos cabizbajos. Me hizo acordar de una mujer griega pintada por Picasso, por lo sencilla que parecía con sus huesos grandes, fina y fuerte. ¿Alguna vez alguien había besado su boca de monja? —Hay gente muriéndose aquí, ¿no? Por eso están tan colmados los pasillos. Oigo a gente que llora. Se trata de una epidemia, ¿verdad? —Es una época mala —dijo moviendo apenas sus labios virginales—. Pero se va a curar. Yo me quedo aquí. Louis estaba tan enojado. —Pero, ¿por qué, Lestat? Porque ella era hermosa, porque se estaba muriendo, porque quise ver si daba resultado. Porque ella estaba ahí y nadie la quería; entonces la alcé, la tuve en brazos. Porque era algo que yo podía hacer, como la velita de la iglesia que sirve para encender otra sin perder su propia luz. Era mi manera de crear, mi única manera, ¿no lo ves? En un momento dado éramos dos, y al instante éramos tres. Lo vi tan acongojado, de pie ahí con su larga capa negra, y sin embargo él no podía quitarle los ojos de encima a la niña; no podía dejar de mirar sus mejillas de marfil, sus diminutas muñecas. ¡Se imaginan! ¡Una niña vampiro! Una de las nuestras. —Comprendo. ¿Quién habló? Me sobresaltó, pero no era Louis sino David, David, que estaba ahí cerca con su ejemplar de la Biblia. Louis levantó lentamente la mirada. No sabía quién era David. —¿Nos parecemos a Dios cuando creamos algo de la nada, cuando fingimos ser la llamita y producimos otras llamas? David meneó la cabeza. —Craso error —sentenció. —Entonces el mundo también es un error. Ella es nuestra hija... —No soy tu hija. Soy hija de mi mamá. —No, querida, ya no. —Alcé los ojos hacia David. —Bueno, contéstame. —¿Por qué alegas tan altos fines para justificar lo que hiciste? —preguntó, pero era tan compasivo, tan bueno. Louis seguía contemplándola horrorizado, mirando sus piececitos blancos. Piececitos tan seductores. —Entonces resolví hacerlo. No me importó qué haría él con mi cuerpo, con tal de que me pusiera dentro de esta forma humana durante venticuatro horas, ya que eso me permitiría ver la luz del sol, sentir Como sienten los mortales, conocer sus puntos débiles, su dolor. —Al hablar, le apretaba la mano. Ella asintió, volvió a enjugarme la frente, me tomó el pulso con sus dedos firmes y tibios. ...entonces decidí hacerlo, sin más. Sí, sé que me equivoqué, que fue un error cederle todas mis facultades, pero usted se imagina... y ahora no puedo morir en este cuerpo. Mis compañeros no deben ni saber qué fue de mí. Si lo supieran, vendrían... —Los demás vampiros —murmuró. —Sí. —Entonces le conté todo lo de ellos, le hablé de cómo había buscado a los otros largo tiempo atrás, pensando que, si conocía la historia de las cosas, eso aclararía el misterio... Le hablé y le hablé, le expliqué lo que éramos, mi viaje a través de los siglos, después la tentación que fue la música de rock, perfecto teatro para mí, lo que quise hacer, le mencioné a David, a Dios y el diablo en el bar de París, David junto al fuego del hogar con la Biblia en la mano asegurando que Dios no es perfecto. A veces mantenía los ojos cerrados, a veces los abría, y todo el tiempo ella me sostenía la mano. Entraba y salía gente. Los médicos discutían. Una mujer lloraba. Afuera volvía a haber luz. La vi cuando se abrió la puerta y una ráfaga de aire cruel se precipitó por el pasillo. "¿Cómo vamos a bañar a todos estos pacientes?", preguntó una enfermera. "A esa mujer habría que aislarla. Llama al doctor y dile que tenemos un caso de meningitis en el piso." —De nuevo es de mañana, ¿verdad? Debe estar muy cansada... ha estado conmigo toda la tarde y la noche. Tengo mucho miedo, pero también sé que usted se tiene que ir. Estaban trayendo más enfermos. El médico se le acercó para avisarle que debían devolver todas esas camillas, de modo que sus cabezas se recortaban contra la pared. También le aconsejó que se fuera a su casa, que le convenía descansar. Además, habían entrado de servicio varias enfermeras más. ¿Estaba llorando yo? La agujita del brazo me hacía doler; qué seca tenía la garganta... y los labios. —No podemos siquiera dar entrada oficial a todos esos enfermos. —¿Me oye, Gretchen? —le pregunté—. ¿Entendió lo que le estuve contando? —No hace más que preguntármelo y todas las veces le he dicho que sí, que le entiendo. Le presto atención. No lo voy a dejar. —Dulce Gretchen. Hermana Gretchen. —Quiero sacarlo de aquí y llevármelo. —¿Qué dijo? —Llevármelo a mi casa. Ahora está mucho mejor, le bajó bastante la fiebre. Pero si se queda en este lugar... —Confusión en su rostro. Volvió a acercarme el vaso y bebí varios sorbos. —Comprendo. Sí, lléveme, por favor. —Traté de incorporarme. —Tengo miedo de quedarme. —Todavía no —dijo, instándome a volver a tenderme en la camilla. Luego me quitó la cinta adhesiva del brazo y extrajo la perversa aguja. ¡Dios santo, tenía ganas de orinar! ¿Es que no terminarían nunca esas repugnantes necesidades físicas? ¿Qué demonios era la condición de mortales? Cagar, mear, comer, ¡y de nuevo todo el ciclo! ¿Vale la pena pasar por esto sólo para poder ver la luz del sol? No era suficiente con estar muriéndome. Además, tenía que orinar, pero no soportaba la idea de tener que usar nuevamente ese frasco, aunque casi ni recordaba cómo era. —¿Por qué no me tiene miedo, hermana? ¿No cree que estoy loco? —Hace daño a la gente solamente cuando es vampiro —dijo con sencillez—, cuando está en su verdadero cuerpo, ¿no es así? —Sí, es cierto. Pero usted es como Claudia. No le tiene miedo a nada. —La estás tomando por tonta —dijo Claudia—. Vas a hacerle daño a ella también. —Tonterías. Ella no lo cree —repuse. Me senté en el diván de la sala del hotelito, examiné la habitación sintiéndome muy cómodo con esos viejos muebles dorados. El siglo XVIII, mi siglo. El siglo del pícaro y del hombre racional. Mi época más perfecta. Flores en petit-point. Brocato. Espadas doradas y risas de borrachos abajo, en la calle. David estaba de pie junto a la ventana, mirando por sobre los techos bajos de la ciudad colonial. ¿Alguna vez había estado en este siglo? —¡No, nunca! —exclamó azorado—. Todas las superficies están trabajadas a mano; todas las medidas son irregulares. Qué tenue el asidero que tienen las cosas creadas sobre la naturaleza, como Si ese asidero pudiera volver fácilmente a la tierra. —Vete, David —dijo Louis—. Tu lugar no está aquí. Nosotros tenemos que quedarnos. Nada podemos hacer. —Eso sí que es melodramático —opinó Claudia. Tenía puesto el sucio camisón del hospital. Bueno, eso yo lo solucionaría pronto. Saquearía las tiendas para conseguirle cintas y encajes. Le compraría sedas, pulseritas de plata y anillos de perlas. La rodeé con mi brazo. —Oh, qué hermoso oír que alguien dice la verdad —sostuve un pelo tan fino, que ahora será fino para siempre. Intenté volver a incorporarme pero me pareció imposible. Por el pasillo estaban entrando deprisa a un paciente de emergencia, con dos enfermeras a cada lado; alguien golpeó la camilla y la vibración la sentí dentro de mí. Luego hubo silencio, y las manos del reloj avanzaron dando un saltito. El hombre que tenía al lado se quejó y volvió la cabeza. Le vi un enorme vendaje blanco sobre los ojos. Qué desnuda me pareció su boca. —Tenemos que confinar a estas personas —dijo una voz. —Vamos, lo llevo a casa. ¿Y Mojo? ¿Qué había pasado con Mojo? ¿Y si vinieron a reclamarlo? Este era un siglo en que se encarcelaba a los perros sólo por ser perros. Tuve que explicárselo a Gretchen. Ella me estaba incorporando, o tratando de hacerlo, pasándome el brazo bajo los hombros. Mojo ladrando en la casa de Georgetown. ¿Estaría allá, encerrado? Louis estaba triste. —Hay una peste en la ciudad —dijo. —Pero eso a ti no te puede hacer daño, David —repuse. —Tienes razón. Pero hay otras cosas... Claudia se rió. —¿Sabes una cosa? Está enamorada de ti. —Te habrías muerto por la peste —le dije. —A lo mejor no me había llegado la hora. —¿Crees que cada cual tiene su hora? —No, en realidad no —me respondió—. Quizá lo más fácil fue echarte la culpa de todo. Confieso que nunca supe la diferencia entre lo bueno y lo malo. —Tuviste tiempo de aprenderlo —le dije. —También tú, mucho más del que jamás tuve yo. —Gracias a Dios que me lleva —murmuré. Estaba de pie. —Tengo miedo, lisa y llanamente miedo. —Una carga menos para el hospital —dijo Claudia con una risa tintineante, mientras sus piececitos se balanceaban sobre el borde de la silla. De nuevo tenía puesto el vestido de los bordados. Ahora sí estaba mejor de aspecto. —Gretchen la hermosa —dije—. Se le arrebolan las mejillas cuando se lo digo. Sonrió al calzar mi brazo izquierdo sobre su hombro mientras con el suyo derecho me sostenía de la cintura. —Yo lo cuidaré —me susurró al oído—. No es muy lejos. Junto a su automóvil, bajo el viento inclemente, tuve que sostener aquel apestoso miembro, y observé cómo el amarillo arco de pis producía vapor cuando caía sobre la nieve ya blanda. —Dios santo —dije—. ¡Me causa una sensación casi agradable! ¿Qué es el ser humano que puede encontrar placer en cosas tan inmundas?








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charami dijo
hola...espero estes bien...... asepta la ayuda d el ke t ayuda.... y ayuda a kien no t pide ayuda..... ok
saludos!!!!!!!!!!!!!!!!!
14 Junio 2007 | 09:59 PM