Lestat XII
A los pocos instantes de salir de la casa, e internarme en la gloriosa luz del día, supe que esa experiencia iba a valer todas las tribulaciones y el padecidos. Y que un simple resfrío, pese a los síntomas de debilitamiento que producía, no me impediría retozar bajo el sol de la mañana. Nada importó que me estuviera enloqueciendo una gran debilidad física, que al ir caminando con Mojo sintiera el cuerpo como de plomo, que, por más que lo intentara, no lograra dar saltos en el aire, ni que abrir la puerta de la carnicería fuese un esfuerzo sobrehumano; tampoco importó que me estuviera poniendo cada vez peor del resfrío. Una vez que Mojo hubo devorado las sobras que le regaló el carnicero, salimos juntos a deleitamos con la luz y tuve la sensación de que me emborrachaba al ver el sol que caía sobre las ventanas y las calles húmedas, sobre los charcos vidriosos en los lugares donde se había derretido la nieve, sobre los cristales de los escaparates y sobre la gente, los miles y miles de personas felices que alegremente se encaminaban a realizar las tareas de la jornada. Qué distintas eran de las personas de la noche, porque era evidente que se sentían seguras a la luz del día, porque caminaban y hablaban abiertamente, porque encaraban las numerosas transacciones del día, que rara vez se efectúan con tal vigor al caer la noche. ¡Ah, ver a las mamás que, con sus hijitos a la rastra, guardaban la fruta en la bolsa de las compras; observar los enormes y ruidosos camiones de reparto estacionados en las calles fangosas mientras hombres de robusta contextura bajaban la mercadería y la entraban por las puertas de servicio! Ver a hombres sacando la nieve a paladas y limpiando ventanas, ver los bares llenos de seres que consumían con placentera expresión grandes cantidades de café y olorosos desayunos fritos al tiempo que leían el diario, se preocupaban por el tiempo o conversaban sobre el trabajo del día. Fascinante ver grupitos de escolares de uniforme que, desafiando el viento helado, organizaban sus juegos en una cancha de piso duro bañada por el sol. Una gran energía, un gran optimismo unía a todos esos seres, y hasta se lo podía percibir como emanando de los estudiantes que corrían entre los edificios del campus universitario o se reunían a almorzar en cálidos restaurantes. Esos humanos, ante la luz se abrían como flores, apuraban el paso, aceleraban su dicción. Y cuando sentí el calor del sol sobre cara y manos, yo también me abrí como una flor. Sentí, así, la alquimia de ese cuerpo mortal que respondía, con toda su vitalidad, pese a la congestión del resfrío y al molesto dolor de manos y pies congelados. Haciendo caso omiso de la tos, que empeoraba hora a hora, y de la visión que se me nublaba, nuevo y molesto síntoma, caminé con Mojo por la ruidosa calle M y entré en Washington, la capital del país. Paseé por la zona de los monumentos y mausoleos de mármol, vi los enormes edificios y residencias oficiales, recorrí la triste belleza del cementerio de Arlington con sus miles de pequeñas lápidas todas iguales y llegué hasta la polvorienta mansión del gran general confederado Robert E. Lee. A esa altura, ya estaba al borde del delirio y es muy posible que el malestar físico aumentara mi felicidad, puesto que me producía una actitud semejante a la de la persona ebria o drogada. No sé. Lo único cierto es que estaba contento, contentísimo, y que el mundo a la luz del día no era el mundo de la noche. Pese al frío, muchos turistas se habían atrevido a salir como yo a ver esos famosos lugares de interés. Me deleité en silencio con su entusiasmo; comprendí que a ellos, igual que a mí, les afectaban los paisajes abiertos de la ciudad capital, que los alegraba y transformaba ver el cielo tan azul y los numerosos monumentos espectaculares erigidos para celebrar los logros de la humanidad. "¡Soy uno de ellos!", pensé de improviso, ya no Caín buscando eternamente la sangre de su hermano. Miré aturdido en derredor. "¡Soy uno de ustedes!". Largo rato contemplé la ciudad desde las alturas de Arlington, temblando de frío e incluso soltando unas lágrimas frente al deslumbrante espectáculo tan ordenado, tan representativo de los principios de la gran Edad de la Razón, deseando que Louis o David estuvieran ahí conmigo sufriendo porque sabía que ambos desaprobarían mi proceder. Pero eso que veía era el verdadero planeta, la tierra viviente nacida del sol del calor, incluso bajo el reluciente manto de nieve invernal. Por último, bajé de la colina; Mojo corría de tanto en tanto por delante de mí, y luego regresaba para acompañarme. Recorrí la ribera del congelado Potomac, maravillándome ante el sol que se reflejaba en el hielo y en la nieve ya en proceso de derretirse. Hasta me encantó observar cómo la nieve se iba convirtiendo en agua. En algún momento de la tarde fui a parar al grandioso mausoleo de Jefferson, un elegante y amplio pabellón griego que tiene grabadas en sus paredes de mármol las palabras más solemnes y conmovedoras que he leído jamás. Mi corazón se henchía al pensar que, durante esas preciadas horas, no me sentí lejos de los sentimientos allí expresados. De hecho, durante ese lapso en que me mezclé con la raza humana, no hubo nada en mí que me diferenciara de los demás. Pero eso era mentira, ¿o no? Llevaba la culpa en mi interior, en la continuidad de mi memoria, en mi espíritu irreductible: Lestat el asesino, Lestat el que rondaba por las noches. Recordé la advertencia de Louis: "¡No puedes convertirte en humano sólo con apoderarte de un cuerpo humano!" Rememoré la expresión trágica, consternada, de su rostro. Pero, ¿y si el vampiro Lestat nunca hubiera existido? ¿Y si hubiese sido sólo una creación literaria, puro invento del hombre en cuyo cuerpo yo ahora moraba? ¡Qué idea maravillosa! Permanecí largo rato en la escalinata del mausoleo, con la cabeza gacha, mientras el viento tironeaba con fuerza de mi ropa. Una mujer amable me dijo que estaba enfermo, que debía abotonarme el abrigo. La miré a los ojos y noté que lo que ella veía era sólo un muchacho. No estaba deslumbrada ni temerosa. No había en mí esa necesidad de tronchar su vida para poder yo disfrutar más de la mía. ¡Pobre mujer de ojos celestes y pelo descolorido! De repente le tomé su mano pequeña y arrugada, se la besé, le dije en francés que la amaba y vi que una sonrisa se dibujaba en su rostro marchito. Qué encantadora me pareció, encantadora como todos los humanos sobre los que alguna vez posé mis ojos vampíricos. La sordidez de la noche anterior se borró en esas horas del día. Creo que todo lo soñado para esa aventura se había cumplido. Pero un invierno riguroso me rodeaba. A pesar de sentirse más animada por el cielo azul, la gente decía que se avecinaba otra tormenta peor aún que la anterior. Las tiendas iban a cerrar temprano, las calles volverían a quedar intransitables y ya se había clausurado el aeropuerto. Varios peatones me advirtieron que me surtiera de velas porque podía cortarse la electricidad. Y un señor mayor, que llevaba un grueso gorro de lana, me reprendió por no llevar puesto nada en la cabeza. Una mujer joven me dijo que parecía enfermo, que me fuera rápido a mi casa. No es más que un resfrío, les contestaba. Con un buen jarabe para la tos se me iba a pasar. Raglan James sabría qué hacer cuando recuperara su cuerpo. Seguramente no le haría demasiada gracia, pero podría consolarse con los veinte millones. Además, todavía me quedaban varias horas como para medicarme con remedios comerciales y descansar. Por el momento, me sentía demasiado incómodo en general como para preocuparme por semejante cosa. Había derrochado demasiado tiempo en esas distracciones triviales. Y desde luego, podía conseguir ayuda para todas las molestias banales de la vida real... Ah, la vida real. Me había olvidado de la hora, y sin duda en la agencia me estaba esperando el dinero. En el reloj de una tienda vi que eran las dos y media. La misma hora marcaba el ordinario reloj pulsera que yo llevaba. Bueno, me quedaban sólo unas trece horas. Trece horas en ese cuerpo espantoso, con la cabeza que me estallaba y con dolor de piernas. Mi felicidad desapareció en un ataque súbito de temor. ¡Pero el día era demasiado bello para arruinarlo por cobardía! Alejé entonces esa sensación de mi mente. Trozos de poesía acudieron a mi memoria..., y de vez en cuando el tenue recuerdo de mi último invierno mortal, de haber estado de cuclillas frente a la chimenea, en la gran sala de la casa paterna, tratando por todos los medios de calentarme las manos en el fuego que se extinguía. Pero en general pude vivir el momento de un modo muy distinto a como solía hacerlo mi mente maquinadora. Tan fascinado estaba con todo lo que pasaba a mi alrededor, que durante horas no experimenté aflicción ni distracción de tipo alguno. Eso era absolutamente extraordinario. Y, en mi euforia, estaba seguro de poder llevar siempre dentro de mí el recuerdo de esa sencilla jornada. El regreso a pie hasta Georgetown me resultó por momentos una hazaña ímproba. Aun antes de partir del mausoleo de Jefferson, el cielo ya había comenzado a nublarse y rápidamente iba adquiriendo un tinte plomizo. La luz se secaba como si fuera líquida. Sin embargo, me encantaron esas manifestaciones más melancólicas. Me sentía hipnotizado por el espectáculo de los mortales que cerraban sus tiendas, que caminaban presurosos en contra del viento, cargados con bolsas de alimentos, por los faros de los autos que alumbraban su luz intensa, casi festiva, la creciente penumbra. Comprendí que no iba a haber crepúsculo. Oh, qué lástima. Pero como vampiro, muchas veces había contemplado el crepúsculo. Entonces, ¿a qué quejarme? No obstante, durante un momento fugaz lamenté haber pasado esas horas tan valiosas en las garras del crudo invierno. Pero por razones que no acertaba a explicarme, había sido justo lo que quería. Un invierno crudo como los de mi infancia. Crudo como aquel invierno en París, cuando Magnus me llevó a su cueva. Quedé satisfecho, complacido. Cuando llegué a la agencia, hasta yo me di cuenta de que la fiebre me estaba subiendo y debía buscar refugio y alimento. Felizmente había llegado mi dinero. También me habían preparado una nueva tarjeta de crédito a nombre de Lionel Potter, uno de los nombres ficticios que usaba en París, y un talonario de cheques de viajero. Guardé todo en los bolsillos y, ante el horrorizado cajero, metí en los bolsillos también los treinta mil dólares. —¡Mire que alguien lo puede asaltar! —murmuró, inclinándose sobre el mostrador. Agregó algo que no entendí bien acerca de que me convenía llevar el dinero al banco antes del horario de cierre. Después debía dirigirme a una sala de primeros auxilios porque se aproximaba un temporal. Había mucha gente engripada, prácticamente la epidemia de todos los inviernos. Para simplificar, le dije a todo que sí, pero no tenía ni la menor intención de pasar las horas de mortal que me quedaban en manos de los médicos. Además, no hacía falta. Lo único que necesitaba era comida, algo caliente para beber y la paz de una cama blanda de hotel. Entonces podría devolver a James ese cuerpo en condiciones tolerables y regresar tranquilamente al mío. Pero primero tenía que cambiarme de ropa. ¡Eran apenas las tres y cuarto, me quedaban unas doce horas y no aguantaba ni un minuto más esos trapos sucios! Llegué a las distinguidas Galerías Georgetown justo cuando estaban cerrando para que la gente pudiera huir del temporal, pero fui convincente y me permitieron entrar en una elegante casa de ropa, donde en un instante entregué al impaciente empleado una lista de todas las prendas que creía iba a necesitar. Cuando le di la tarjetita plástica, me invadió un enorme mareo. Me causó gracia, porque el hombre ya había perdido toda su impaciencia y trató de venderme bufandas y corbatas varias. Casi no le entendía lo que me decía. Ah, sí, marque todo en la registradora. Todo esto se lo entregaremos al señor James a las tres de la madrugada. Sí, claro, el otro pulóver, y por qué no, la écharpe también. Cuando conseguí escapar con mi cargamento de relucientes cajas y bolsas, me acometió otra oleada de mareos. De hecho, una negrura total comenzaba a rodearme; corría peligro de caer de rodillas y perder el conocimiento ahí nomás, sobre el piso. Una preciosa muchacha vino a rescatarme. "¡Se está por desmayar!" A esta altura, ya transpiraba profusamente, y sentía frío pese al ambiente caldeado de la galería. Le expliqué que necesitaba un taxi, pero no pasaba ninguno. Ya era poca la gente que quedaba por las calles y de nuevo había empezado a nevar. Había visto antes, no lejos de allí, un hermoso hotel con el romántico nombre de "Las Cuatro Estaciones" y hacia él me dirigí, para lo cual primero me despedí de la bella criatura y agaché la cabeza para enfrentar el viento feroz. En "Las Cuatro Estaciones" me sentiría a salvo, pensé casi con alegría, encantado de pronunciar en voz alta el significativo nombre. Podría cenar, y no necesitaba volver a esa casa odiosa hasta que no se acercara la hora de devolver el cuerpo. Cuando llegué por fin al lugar, me resultó más que satisfactorio. Dejé un abultado depósito para garantizar que Mojo se comportaría como un caballero educado, lo mismo que yo. La suite era suntuosa, con enormes ventanales que daban al Potomac, alfombras aparentemente interminables, cuartos de baño dignos de un emperador romano, aparatos de televisión y heladeritas disimuladas dentro de hermosos muebles de madera, y numerosos artefactos más. Sin pérdida de tiempo pedí un banquete para mí y para Mojo; luego abrí el barcito, que estaba lleno de caramelos y otras golosinas además de licores, y me serví el mejor whisky. ¡Qué gusto espantoso! ¿Cómo diablos podía David beber eso? La tableta de chocolate estuvo mejor. ¡Fantástica! Me la devoré y después llamé al restaurante para que, al pedido de minutos antes, agregaran todos los postres con chocolate que tuvieran en el menú. Tengo que llamar a David, me dije. Pero me parecía una total imposibilidad levantarme del sillón e ir hasta el escritorio para tomar el teléfono. Además, eran tantas las cosas que deseaba analizar, fijar en la mente. Malditos sean los malestares. Así y todo había quedado una experiencia fabulosa. Incluso me estaba acostumbrando a esas manazas que me llegaban varios centímetros más abajo de donde debían, y a esa piel oscura, porosa. No debía quedarme dormido. Qué desperdicio... Me despertó el timbre. Había pasado una media hora completa de tiempo mortal. Me puse de pie con esfuerzo, como si con cada paso tuviera que levantar ladrillos, y no sé cómo me las ingenié para abrirle a la camarera, una agradable mujer mayor, de pelo amarillo claro, que entró empujando un carrito con mantel, lleno de comida. Le di carne a Mojo —antes había colocado en el piso una toalla de baño a modo de mantel— y él comenzó a comerla con ganas. Al mismo tiempo que comía se tendió, cosa que sólo hacen los perros de gran tamaño y que a Mojo en particular le dio un aspecto mucho más monstruoso: parecía un león que indolentemente mordisquea a un cristiano indefenso al que sostiene entre sus inmensas patas. Sin pérdida de tiempo bebí la sopa caliente, aunque no le sentí mucho el gusto, pero qué podía esperarse con semejante resfrío. El vino era excelente, mucho mejor que el ordinario de la otra noche, y aunque su sabor aún me parecía flojo en comparación con la sangre, bebí dos vasos. Estaba a punto de devorar las pastas, como se les dice aquí, cuando levanté la mirada y noté que la inquieta camarera no se había retirado. —Usted está enfermo —constató—, muy enfermo. —Tonterías, ma chère. Tengo un resfrío mortal, ni más ni menos. —Busqué el fajo de billetes en el bolsillo de la camisa, le di varios de veinte y le pedí que se marchara. Ella se resistía a dejarme. —Está tosiendo mucho. Creo que está enfermo de verdad. Pasó mucho tiempo a la intemperie, ¿verdad? Me quedé mirándola, totalmente desarmado al verla tan solícita, sabiendo que corría verdadero peligro de que, como un tonto, me brotaran las lágrimas. Quería advertirle que yo era un monstruo, que ese cuerpo sencillamente era robado. Qué tierna era, qué cariñosa. —Todos estamos relacionados —le dije—, la humanidad entera. Tenemos que preocuparnos los unos por los otros, ¿no? —Supuse que se iba a horrorizar por tanto sentimentalismo, demostrado con la emoción densa del borracho, y que por ende se marcharía. Pero no fue así. —Claro que sí —dijo—. Permítame llamarle a un médico antes de que empeore la tormenta. —No, mi querida; váyase no más. Dirigiéndome una última mirada de preocupación, por fin se retiró. Después de consumir los fideos con salsa de queso —insípidos—, empecé a preguntarme si la mujer no tendría razón. Fui hasta el baño y encendí la luz. El hombre que vi en el espejo tenía, en efecto, un malísimo aspecto con sus ojos inyectados en sangre, el cuerpo que le temblaba y su piel oscura amarillenta, si no directamente pálida. Me palpé la frente, pero ¿de qué me sirvió? No me puedo morir de esto, pensé. Sin embargo, no estaba tan seguro. Recordé la expresión que había visto en la cara de la camarera, la preocupación de las personas que me pararon por la calle. Me dio otro acceso de tos. Algo tengo que hacer, me dije. Pero, ¿qué? ¿Y si los médicos me daban algún sedante fuerte y quedaba tan atontado que no podía regresar a la casa de Georgetown? ¿Y si los medicamentos afectaban mi capacidad de concentración y después no podía realizarse la mutación de cuerpos? Dios santo, ni siquiera había tratado de salir y elevarme de ese cuerpo humano, truco que me salía muy bien en mi otra forma. Tampoco quise intentarlo. ¿Y si no podía volver a entrar? No, mejor esperar a James para tales experimentos, ¡y mientras tanto, no acercarme a médicos ni jeringas! Sonó el timbre. Era la camarera bondadosa que me traía una bolsa llena de remedios: frascos de líquidos rojos y verdes, tubitos plásticos de comprimidos. —Tendría que hacerse ver por un doctor —me aconsejó, mientras depositaba todo en hilera sobre el mármol del baño—. ¿Quiere que le llamemos uno nosotros? —De ninguna manera —respondí, al tiempo que le entregaba más dinero y la acompañaba a la puerta. Pero me pidió que aguardara, y me preguntó si no podía sacar al perro puesto que ya había terminado de comer. Ah, sí, era una muy buena idea. Le puse más billetes en la mano. Luego le dije a Mojo que hiciera todo lo que ella le indicaba. La mujer parecía fascinada con Mojo. Algo dijo acerca de que su cabeza era más grande que la de ella. Regresé al baño y contemplé los medicamentos. ¡Qué desconfianza les tenía! Pero tampoco era muy caballeresco devolverle a James un cuerpo enfermo. ¿Y si después no lo quería? No, difícil. Seguramente se quedaría con los veinte millones, y también con las toses del resfrío. Bebí un trago de repulsivo jarabe verde, luchando por dominar las náuseas; después me trasladé con esfuerzo al living, donde me desplomé ante el escritorio. Allí había papelería del hotel y un bolígrafo que funcionaba bastante bien, de esa manera resbaladiza que tienen los bolígrafos. Me puse a escribir y, aunque noté que me resultaba muy difícil con esos dedos grandes, perseveré lo mismo. Entonces anoté deprisa todo lo que había visto y sentido. Seguí escribiendo pese a que casi no podía sostener la cabeza y me costaba respirar a causa del resfrío. Finalmente, cuando no quedaba más papel y ya ni podía leer mis propios garabatos, metí las hojas en un sobre, le pasé la lengua para cerrarlo y lo dirigí a mi propio nombre, al departamento de Nueva Orleáns; luego me lo guardé en el bolsillo de la camisa, debajo del pulóver, donde no se me iba a perder. Por último me tendí en el piso. El sueño se iba a apoderar de mí, cubriendo muchas de las horas mortales que me restaban, porque ya no me quedaban fuerzas para nada. Pero no me dormí profundamente. Tenía demasiada fiebre, y miedo. Recuerdo que la camarera amable entró con Mojo y volvió a decirme que estaba enfermo. Recuerdo también que entró la empleada de la noche, preocupada como la otra. Y que Mojo se acostó a mi lado, y lo tibiecito que lo sentí cuando me acurruqué contra él, encantado con su olor, con el aroma maravilloso de su pelaje, aunque no fuera una emoción tan fuerte como habría sido en la época en que tenía mi antiguo cuerpo, y por un momento hasta pensé que estaba de vuelta en Francia, en aquellos viejos tiempos. Pero en cierto sentido, la imagen de los viejos tiempos casi había quedado borrada por la nueva experiencia. De vez en cuando abría los ojos, veía una aureola alrededor de la lámpara encendida, veía las ventanas negras que reflejaban el mobiliario, e imaginaba que oía nevar afuera. En algún momento me puse de pie, enfilé hacia el baño, me golpeé fuertemente la cabeza contra el marco de la puerta y caí de rodillas. ¡Dios mío, cuántos tormentos! ¿Cómo los soportan los mortales? ¿Cómo pude soportarlos yo alguna vez? Qué dolor. Como si se desparramara líquido bajo mi piel. Pero peores calamidades me aguardaban. De puro desesperado tuve que usar el baño y limpiarme cuidadosamente después. ¡Qué desagradable! Y lavarme las manos. Temblando de repugnancia, debí lavarme las manos una y otra vez. Cuando descubrí que la cara de ese cuerpo se había cubierto con una sombra gruesa de áspera barba, me reí. Qué costra tenía sobre el labio superior, el mentón y bajando hasta el cuello de la camisa. ¿Qué aspecto me daba? De loco; de menesteroso. Pero no podía afeitarme todo ese pelo. No tenía navaja y, además, seguro que si lo hacía me cortaba el cuello. Qué sucia la camisa. Me había olvidado de ponerme la ropa que compré, pero ¿no era tarde ya para eso? Aturdido, vi que mi reloj marcaba las dos. Dios santo, casi la hora en que debía efectuarse la transformación. —Ven, Mojo —dije, y bajamos por la escalera en vez de usar el ascensor, lo cual no fue una gran hazaña puesto que estábamos apenas en el primer piso. Cruzamos el hall casi desierto y salimos a la noche. Había nieve amontonada por todas partes. Las calles estaban realmente intransitables y hubo momentos en que volví a caerme de rodillas, los brazos hundiéndoseme en la nieve, y Mojo que me lamía la cara como tratando de darme calor. Pero seguí adelante, subí la loma no sé en qué estado físico y mental, hasta que por fin doblé la esquina y vi a lo lejos las luces de la casa. La cocina en penumbras estaba llena de nieve suave, profunda. Me pareció sencillo atravesarla, hasta que me di cuenta de que por debajo de todo había una capa congelada, muy resbaladiza, resto de la tormenta de la víspera. Así y todo logré llegar al living y me tiré tiritando en el suelo. Sólo entonces tomé conciencia de que me había olvidado el sobretodo y el dinero guardado en sus bolsillos. Me quedaban apenas unos billetes en la camisa. Pero no importaba. Pronto llegaría james. ¡Recuperaría mi vieja forma, todos mis poderes! Después, qué placentero sería rememorar la vivencia, sano y salvo en mi reducto de Nueva Orleáns, cuando el frío y la enfermedad ya no significaran nada para mí, cuando no existieran ya los dolores, cuando volviera a ser el vampiro Lestat que vuela sobre los techos, que tiende las manos hacia las estrellas lejanas. El lugar me pareció muy frío comparado con el hotel. Me di vuelta una vez, divisé el pequeño hogar y traté de encender los leños con la mente. Después me reí al recordar que todavía no era Lestat, que pronto arribaría James. —Mojo, no soporto este cuerpo ni un instante más —le confesé en susurros. El perro se había sentado ante la ventana del frente y miraba la noche jadeando, empañando el vidrio con su aliento. Traté de permanecer despierto pero no pude. Cuanto más frío sentía, más me envolvía la somnolencia. Y entonces se apoderó de mí un pensamiento aterrador: ¿y si, en el momento indicado, no lograba salir de ese cuerpo y elevarme? Si no podía encender fuego, si no podía leer las mentes, si no podía... Medio dominado por el sopor, traté de realizar el pequeño truco psíquico. Dejé hundir mi mente casi hasta el borde de los sueños. Sentí la deliciosa vibración que a menudo precede la ascensión del espíritu. Pero no sucedió nada fuera de lo habitual. Lo intenté una vez más. "Sube", dije. Traté de imaginar la forma etérea de mí mismo que se liberaba y elevaba hasta el techo. No tuve suerte. Imposible; como si quisiera que me creciesen alas de plumas. Y estaba tan agotado y dolorido. De hecho, estaba amarrado a esas piernas inservibles, a ese pecho que me dolía, imposibilitado de respirar sin esfuerzo. Pero pronto estaría allí James, el hechicero, el que conocía el truco. Sí. Ansioso por recibir los veinte millones, James dirigiría toda la operación Cuando volví a abrir los ojos vi la luz del día. Me senté en el acto y miré hacia adelante. No podía haber error. El sol estaba alto en los cielos, y el aluvión de luz que derramaba entraba por las ventanas y caía sobre el piso encerado. Desde afuera me llegaban los ruidos del tránsito. —Dios mío —musité en inglés, porque Mon Dieu no significa la misma cosa—. Dios mío, Dios mío, Dios mío. Volví a acostarme, tan azorado que no podía pensar con coherencia ni saber si lo que sentía era furia o un ciego temor. Después levanté lentamente el brazo para ver la hora. Once y cuarenta y siete de la mañana. En menos de quince minutos la fortuna de veinte millones de dólares, que retenía un banco del centro, volvería una vez más a Lestan Gregor, mi propio seudónimo, el ser que había quedado abandonado dentro de ese cuerpo por Raglan James, quien obviamente no había regresado esa madrugada a la casa para efectuar el intercambio convenido. Y ahora, habiendo perdido esa inmensa fortuna, seguramente ya no volvería nunca más. —Oh Dios, ayúdame —imploré en voz alta; de inmediato me vino flema a la garganta y las toses fueron como puñaladas en mi pecho—. Yo lo sabía. Lo sabía. —Qué tonto había sido. Qué tonto. ¡Maldito sinvergüenza, deleznable hijo de puta, me la vas a pagar! ¡Cómo te atreves a hacerme esto! ¡Y este cuerpo! Este cuerpo que me dejaste, que es lo único que tengo para ir a buscarte, está realmente enfermo. Cuando logré salir a la calle, ya eran las doce en punto. Pero, ¿qué importaba? No me acordaba del nombre ni la dirección del banco. Tampoco podría haber dado una buena razón para presentarme allí, de todos modos. ¿Por qué habría de reclamar veinte millones que cuarenta y cinco segundos después volverían igualmente a mí? ¿Adónde iba a llevar esa masa temblorosa de carne? ¿Al hotel, a retirar la ropa y el dinero? ¿Al hospital, para que me administraran los medicamentos que tanta falta me hacían? ¿A Nueva Orleáns, a ver a Louis para que me ayudara, Louis que quizá fuera el único capaz de ayudarme? ¿Cómo iba a localizar a ese miserable si no contaba con la colaboración de Louis? ¿Y qué haría Louis cuando me acercara a él? ¿Cómo me juzgaría cuando le contara lo que había hecho? Me estaba cayendo. Había perdido el equilibrio. Traté de asirme de la baranda de hierro pero ya era tarde. Un hombre corría hacia mí. El dolor hizo explosión en mi cabeza cuando golpeé contra el escalón. Cerré los ojos y apreté los dientes para no gritar. Volví a abrirlos y vi sobre mí un plácido cielo azul. —Llame a una ambulancia —le dijo el hombre a otro que había a su lado. Eran sólo formas sin rasgos contra el cielo resplandeciente, el cielo claro, saludable. —¡No! —intenté gritar, pero me salió apenas un áspero murmullo—. ¡Tengo que llegar a Nueva Orleáns! —Con un torrente de palabras traté de explicar lo del hotel, el dinero, la ropa, que por favor alguien me ayudara, que llamaran un taxi, tenía que viajar de inmediato de Georgetown a Nueva Orleáns. Luego me quedé tendido en la nieve, callado, y pensé qué bonito era ese cielo con sus nubes blancas, e incluso esas sombras oscuras que me rodeaban, esas personas que intercambiaban susurros furtivos que no alcanzaba a oír. Y Mojo que ladraba y ladraba sin cesar. Traté de hablarle pero no pude, no pude decirle siquiera que no se preocupara, que todo iba a salir bien. Se acercó una niñita. Distinguí su pelo largo, sus manguitas abullonadas y un trozo de cinta que se agitaba al viento. Me miraba desde arriba como los demás; su rostro era todo sombras y, tras ella, el cielo brillaba peligrosamente. —¡Por Dios, Claudia, hazte a un lado que me tapas el sol! —clamé. —Quédese quieto, señor, que ya lo vienen a llevar. —No se mueva, amigo. ¿Adónde se había ido ella? Cerré los ojos y traté de oír el ruido de sus pasos en la acera. ¿Qué era esa risa que percibía? La ambulancia. Máscara de oxígeno. Aguja. Entonces comprendí. ¡Iba a morir dentro de ese cuerpo y sería tan sencillo! Estaba por morir, como millones de otros mortales. Ah, ésa era la causa de todo, el motivo por el cual el Ladrón de Cuerpos, el Ángel de la Muerte había ido a verme, dándome los medios que yo había buscado con mentiras y autoengaño. Estaba por morir. ¡Pero no quería morir! —Por favor, Dios, así no, no en este cuerpo. —Cerré los ojos mientras murmuraba —Todavía no. ¡Por favor, no quiero morir! No me dejes morir. —Estaba llorando, deshecho, lleno de miedo. Señor Dios, si alguna vez se me hubiera revelado un esquema más perfecto... a mí, el monstruo pusilánime que se internó en el Gobi, no para buscar el fuego del cielo sino por orgullo, por orgullo. Cerré con fuerza los ojos. Sentía que las lágrimas rodaban por mis mejillas. —No me dejes morir. Por favor, no me dejes morir. No ahora ni así. ¡No en este cuerpo! ¡Ayúdame! Una manecita me tocó, tratando de buscar la mía. Me la apretó firme, tierna, tibia. Y tan suave, tan pequeña. Y tú sabes de quien es esa mano, lo sabes pero tienes tanto miedo que no abres los ojos. Si ella está aquí quiere decir que te estás muriendo. No puedo abrir los ojos. Tengo miedo, mucho miedo. Lloro y me estremezco. Apreté con tanta fuerza su manecita que seguramente le hice daño, pero no me decidía a abrir los ojos. Louis, ella está aquí. Vino a buscarme. Ayúdame, Louis, por favor. No puedo mirarla. No la voy a mirar. ¡No puedo soltar su mano! ¿Y dónde estás tú? Dormido dentro de la tierra, bajo ese descuidado jardín tuyo, con el sol que baña tus flores, dormido hasta que vuelva la noche. —Marius, ayúdame. Pandora, donde quiera que estés, ayúdame. Khayman, ven a ayudarme. Armand, olvidemos los rencores. ¡Te necesito! Jesse, no dejes que me suceda esto. Oh, el penoso murmullo de la plegaria de un demonio tapada por el ulular de la sirena. No abras los ojos. No la mires. Si la miras, se acabó. ¿Pediste ayuda en los últimos momentos, Claudia? ¿Tenías miedo? ¿Viste la luz como si fuera el fuego del infierno que llenaba el pozo de la ventilación, o acaso fue la luz hermosa la que inundó el mundo entero con amor? Estábamos los dos juntos en el cementerio, en la noche tibia y fragante, tachonada de estrellas lejanas, bañada en suave luz púrpura. Sí, los numerosos colores de la penumbra. Mira su piel brillante de mujer, el oscuro magullón de sus labios femeninos, el color intenso de sus ojos. Sostenía su ramo de crisantemos amarillos y blancos. Jamás olvidaré ese aroma. —¿Mi madre está enterrada aquí? —No lo sé, petite chérie. Nunca supe su nombre, siquiera. —La madre ya estaba podrida, apestaba cuando la vi; las hormigas le caminaban por los ojos, le entraban por la boca. —Tendrías que haber averiguado cómo se llamaba. Tendrías que haberlo hecho por mí. Me gustaría saber dónde la sepultaron. —Eso ocurrió hace medio siglo, querida. Ódiame por las cosas mas importantes. Ódiame, si lo deseas, porque no yaces ahora a su lado. ¿Te daría tibieza si estuvieras allí con ella? La sangre es tibia, querida. Ven conmigo, bebe sangre, como tú y yo sabemos hacerlo, podemos hacerlo juntos hasta el fin del mundo. —Para todo tienes una respuesta. —Qué fría su sonrisa. En estas sombras uno casi puede ver a la mujer que hay en ella, la mujer que desafía a la estampa permanente de dulzura infantil, con la inevitable invitación a besar, a abrazar, a amar. —Nosotros somos la muerte, ma chérie; la muerte es la respuesta final —La tomé en mis brazos, la apreté contra mí, besé, besé y besé su piel de vampiro. —Después de eso ya no hay preguntas. Su mano me tocó la frente. La ambulancia corría como si la persiguiera la sirena, como si la sirena fuese la fuerza que la impelía La mano rozó mis párpados. ¡No te voy a mirar! Oh, por favor, ayúdenme, la monótona plegaria del demonio a sus secuaces a medida que se hunde cada vez más, rumbo al infierno.










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oncedeenero dijo
Lestat no merece sufrir tanto..., Nadie merece el dolor... y andar vagando por elmundo, aunque sea vampiro y tenga costumbres tenebrosas...
Si no fuera porque es una historia (bellísima, eso es cierto) podría decir sin ruborizarme que me llenó los ojos de agua.
Holita Luis... un besito TRANSPARENTE....y cuando Lestat le deje tiempo libre... TRANSPARENCIAS sigue abierta....
14 Junio 2007 | 02:24 PM