Tenía una leve idea de que, si se incendiaba la casa, iba a morir. Si había algún escape de gas por las rejillas de la calefacción, iba a morir Más aún, podía entrar alguien por la puerta abierta del fondo y matarme Todo tipo de catástrofes podía ocurrir Pero ahí estaba Mojo, ¿no? ¡Y yo me sentía tan, pero tan cansado! Horas más tarde, desperté. Tenía otro ataque de tos y sentía un frío tremendo. Necesitaba un pañuelo, encontré una caja de pañuelitos de papel y me soné la nariz unas cien veces Después, cuando pude volver a respirar, caí otra vez en un extraño agotamiento febril que me dio la sensación engañosa de estar flotando, cuando en realidad me hallaba tendido firmemente sobre la cama. No es más que un resfrío, pensé. No tendría que haber tomado tanto frío. Esto me va a estorbar, pero también es experiencia, experiencia que debo investigar. A la segunda vez que me desperté, el perro estaba parado al lado de la cama lamiéndome la cara. Estiré la mano, sentí su hocico peludo y me reí; luego volví a toser pese al ardor de la garganta y me di cuenta de que había estado haciéndolo largo rato. La luz era muy clara, maravillosamente clara. Gracias a Dios, encontraba por fin una lámpara de luz intensa en ese mundo tenebroso. Me incorporé. Por un momento me sentí tan deslumbrado que no pude darme cuenta cabal de lo que veía. El cielo que se vislumbraba por las ventanas era de un azul perfecto, vibrante, el sol se derramaba sobre los pisos encerados y el mundo : entero parecía glorioso en su luminosidad: las ramas peladas de los árboles con su festón nevado, el techo de enfrente nevado, la habitación misma, llena de blanco y de color lustroso, la luz que se reflejaba desde el espejo, desde el cristal del tocador, desde el picaporte de bronce de la puerta del baño.

—Dios mío, mira, Mojo —susurré. En el acto pateé las mantas, Corrí a la ventana y la levanté hasta arriba. El aire frío era cortante, pero ¿qué importaba? Qué hermoso el color intenso del cielo, las altas nubes blancas que corrían hacia el oeste, el verde vivo del pino de la casa vecina. De pronto eché a llorar sin consuelo, y a padecer con otro acceso de tos.

—Este es el milagro —musité. Mojo me tocó con delicadeza y dejó escapar un gemido agudo. Los dolores y molestias mortales no importaban Esta era la promesa bíblica que durante doscientos años no se había cumplido.