Lestat XI
—De acuerdo —dije estúpidamente, sorprendiéndome una vez más ante el sonido bajo y débil de la voz—. Esto ya empezó, así que, a controlarse. —La idea me hizo reír. La peor parte fue la del viento frío. Me castañeteaban los dientes. El dolor punzante en la piel era totalmente distinto del que sentía como vampiro. Era preciso arreglar esa puerta, pero no tenía idea de cómo se hacía. ¿Quedaba algo de puerta? Imposible saberlo, porque era como tratar de ver en medio de una nube de humos tóxicos. Lentamente me puse de pie, y en el acto tomé conciencia del aumento de estatura; me sentí muy inestable. Ya no había en la habitación ni rastros de calor. Es más, la entrada del viento producía ruidos en toda la casa. Con sumo cuidado me encaminé al porche. Mis pies resbalaron hacia la derecha y me arrojaron de nuevo contra el marco de la puerta. Presa del pánico, logré de todos modos asirme de la madera húmeda con esos dedos grandes y temblorosos, lo que impidió que rodara por los escalones. Me esforcé otra vez por ver en la penumbra, pero no pude distinguir nada en absoluto.
—Tranquilízate —me dije, notando que los dedos me transpiraban y se me entumecían al mismo tiempo, y que los pies también me dolían pues se me estaban adormeciendo—. Lo que pasa es que aquí no hay luz artificial, eso es todo —pensé—, y estás mirando con ojos de mortal. ¡Ahora haz algo inteligente! —Y con cuidado, casi resbalando de nuevo, volví a entrar. Alcanzaba a adivinar el tenue contorno de Mojo que me observaba jadeando ruidosamente, y noté un hilito de luz en uno de sus ojos oscuros. Le hablé con dulzura.
—Soy yo, Mojo. ¡Soy yo! —Le acaricié con suavidad el pelo de las orejas. Enfilé hacia la mesa, me desplomé bruscamente en una silla —siempre asombrado por la consistencia de mi nueva carne— y me tapé la boca con la mano. Sucedió de verdad, tonto, me dije. No hay duda. Un hermoso milagro, eso es lo que es. ¡Te liberaste de tu cuerpo preternatural! Eres un ser humano, un hombre. Ahora debes contrarrestar el pánico. ¡Piensa como el héroe que te vanaglorias de ser! Tienes asuntos prácticos que resolver. Te está entrando nieve. Este cuerpo mortal se está congelando, por el amor al cielo. ¡Ocúpate de las cosas como debes! No obstante, lo único que hice fue abrir más los ojos y fijarlos en algo que parecía ser la nieve acumulándose con pequeños cristales chispeantes sobre la superficie blanca de la mesa, en la esperanza de que en cualquier momento la visión fuera más nítida, aunque desde luego no lo iba a ser. Eso era té derramado, ¿no? Y vidrios rotos. No te cortes con los vidrios, ¡porque no vas a cicatrizar! Se me acercó Mojo y me gustó que apoyara su flanco tibio y peludo contra mi pierna temblorosa. Pero, ¿por qué la sensación me resultaba tan lejana, como si tuviera que traspasar varias capas de franela? ¿Por qué no alcanzaba a oler el maravilloso aroma de su pelo? Eso quiere decir que los sentidos son más limitados. Tendría que haberlo supuesto. Bueno, ahora ve y mírate en un espejo. Sí, y cierra todas las puertas, que hace frío.
—Vamos, muchacho —le dije al perro, y salimos de la cocina para entrar en el comedor. Cada paso que daba era lento, pesado y con dedos torpes, muy imprecisos, cerré la puerta. El viento chocó contra ella y se coló por los bordes, pero la puerta resistió. Giré sobre mis talones, perdí un instante el equilibrio pero en el acto me enderecé. ¡No tendría que ser tan difícil habituarme, por Dios! De nuevo me asenté firmemente sobre los pies, bajé la vista para mirarlos y me asombró su tamaño; luego me estudié las manos, también grandes pero de ninguna manera feas. ¡No te dejes dominar por el pánico! El reloj pulsera me resultaba incómodo pero me hacía falta. Está bien: déjatelo puesto. Pero los anillos... Decididamente no quería tenerlos en los dedos. Me picaban. Quise sacármelos, ¡pero no pude! No salían por nada. Dios santo. Bueno, basta. Te vas a volver loco sólo porque no puedes quitártelos. Qué tontería. Tranquilízate. Sabes que existe el jabón... Bueno, enjabónate las manos, esas manazas oscuras, heladas, y los anillos te saldrán enseguida. Crucé los brazos y, al apoyar las manos sobre los costados de mi cuerpo, me sorprendió sobremanera la sensación húmeda de la transpiración humana bajo la camisa —nada que ver con el sudor de la sangre—; inspiré lentamente sin prestar atención a la sensación de que algo fuerte me oprimía el pecho, a la sensación del acto mismo de respirar, y haciendo un esfuerzo me obligué a pasear la vista por el ambiente. No era momento para lanzar un alarido de terror. Estaba muy oscuro. Sólo había una lámpara de pie en un rincón lejano y otra muy pequeña sobre la repisa de la chimenea, ambas encendidas pero de todos modos estaba tremendamente oscuro. Me dio la impresión de hallarme bajo agua, y que el agua era sucia, quizás hasta enturbiada con tinta. Esto es normal; esto es mortal. Así es como ellos ven. Pero qué lóbrego me parecía todo, qué parcial, sin nada de ese característico espacio abierto que tenían las habitaciones donde se desplazan los vampiros. Qué sombrías las sillas y su oscuro fulgor, la mesa apenas visible, la opaca luz dorada que trepaba por los rincones, las molduras de yeso de los techos que se esfumaban entre las sombras, las tinieblas impenetrables, y qué atemorizante la negrura vacía del pasillo. Podía haber algo oculto en esas sombras, una rata, cualquier cosa. Podía haber otro ser humano en ese pasillo. Miré a Mojo y me asombró lo borroso que lo veía, misterioso pero de una manera totalmente distinta. Era eso: las cosas perdían sus contornos en esa suerte de penumbra. Imposible calcular su textura o tamaño total. Ah, pero sobre la chimenea había un espejo. Fui a buscarlo, frustrado por lo mucho que me pesaban las piernas, por el repentino miedo a tropezar y la necesidad de mirarme los pies más de una vez. Coloqué la pequeña lámpara bajo el espejo y luego me miré. Oh, sí. Qué distinto estaba. Desapareció la tensión, el brillo nervioso de los ojos. El que me devolvía la mirada era un hombre joven, con cara de gran susto.
Levanté la mano y me palpé la boca, las cejas, la frente —que era más alta que la mía—, y por último el pelo suave. El rostro me resultó muy agradable, infinitamente más de lo que suponía, por el hecho de ser cuadrado, de no tener arrugas marcadas y ser muy proporcionado, por los ojos de mirada intensa. Pero no me gustó la expresión de miedo que había en ellos. Traté de ver una expresión distinta, de afirmar las facciones desde adentro, de dejarlas que expresaran el asombro. Y no estoy seguro de que en ese momento me sintiera maravillado. Hmmm. No pude ver en esa cara nada que viniera de adentro. Lentamente abrí la boca y hablé. Dije en francés que yo era Lestat de Lioncourt, que me hallaba en el interior de ese cuerpo y que todo estaba bien. ¡El experimento había resultado! Estaba transcurriendo la primera hora de la prueba, el malvado James se había ido y ¡todo había salido bien! En ese momento advertí en los ojos algo de mi antigua ferocidad; y cuando sonreí vi mi propia malicia durante al menos unos segundos antes de que se borrara la sonrisa, dejándome inexpresivo, con cara de asombro. Me volví y miré al perro, que se hallaba a mi lado y levantaba la cabeza para observarme, como era su costumbre, con gran satisfacción.
—¿Cómo sabes que soy yo el que está aquí adentro, y no James? —pregunté. Levantó la cabeza y movió apenas una oreja.
—¡Vamos, basta ya de tanta locura y debilidad! —Enfilé hacia el pasillo oscuro, pero de repente se me dobló la pierna derecha y me deslicé pesadamente; la mano izquierda patinó sobre el piso para amortiguar el impacto; la cabeza chocó contra la chimenea de mármol, y sentí una súbita explosión de dolor cuando el codo golpeó también contra el mármol. Con gran estrépito se me cayeron encima los implementos para el fuego, pero eso no fue nada. El golpe en el codo me había tocado el nervio y el dolor era un fuego que me subía por todo el brazo. Me di vuelta boca abajo y aguardé un momento que me pasara el dolor. Sólo entonces tomé conciencia de que la cabeza me latía por el golpe contra el mármol. Levanté una mano y sentí entre el pelo la humedad de la sangre. ¡Sangre! Ah, qué bueno. A Louis le haría mucha gracia, pensé. Me puse de pie y el dolor se trasladó al costado derecho de la frente, como si fuera un peso que se corría desde adelante. Para afirmarme, me sostuve del borde de la chimenea. Una de las numerosas alfombritas de la habitación yacía en el piso a mis pies. La culpable. La pateé para sacarla del camino, giré sobre mis talones y con sumo cuidado me encaminé al pasillo. Pero, ¿adónde iba? ¿Qué pensaba hacer? La respuesta me llegó de improviso. Tenía la vejiga llena, el malestar era mayor desde el momento de la caída. Tenía que orinar. ¿No había un baño ahí abajo, por alguna parte? Encontré la llave de la luz y encendí la araña del techo. Durante un largo instante contemplé las diminutas lamparitas —alrededor de veinte— y comprendí que eso era bastante luz, con independencia de lo que me pareciera a mí, pero nadie había dicho que no pudiera encender todas las lámparas de la casa. Eso me propuse hacer. Crucé el living, la pequeña biblioteca y el pasillo del fondo, y todas las veces la luz me desilusionaba. No podía desprenderme de la sensación de oscuridad, y lo borroso de las cosas me desorientaba y alarmaba un tanto. Por último subí lenta, cuidadosamente la escalera, temeroso de perder el equilibrio en cualquier momento y tropezar, disgustado con el dolor sordo que sentía en las piernas. Unas piernas tan largas. Miré hacia abajo por el hueco de la escalera y quedé azorado. Aquí uno se puede caer y matar, me dije. Entré en el estrecho baño y en seguida encontré la luz. Tenía que orinar, eso era, cosa que no había hecho en más de doscientos años. Bajé el cierre de mi pantalón moderno y saqué el miembro, que de inmediato me impresionó por su tamaño y flaccidez. El tamaño me pareció bien, por supuesto. ¿Quién no quiere que esos órganos sean grandes? Y estaba circuncidado, lo cual me pareció un detalle simpático. Pero no lo quería tocar porque me repugnaba su flaccidez. Tuve que hacer un esfuerzo para recordar que era mío. ¡Caramba! ¿Y el olor que emanaba de él, que surgía del pelo que lo rodeaba? ¡Eso también es tu cuerpo, muchacho! Ahora hazlo funcionar. Cerré los ojos, y cuando lo apreté —quizá incorrectamente, con demasiada fuerza— brotó de él un gran arco de orina maloliente que no cayó en el inodoro sino que rebotó contra la tabla blanca. Repulsivo. Corregí la puntería y observé con perversa fascinación que luego caía dentro del retrete, que se formaban burbujas en la superficie y que el olor se hacía cada vez más nauseabundo, hasta que ya no pude aguantarlo mas. Por fin la vejiga estaba vacía. Guardé esa cosa blanda y desagradable, subí el cierre y bajé la tapa del inodoro. Accioné la manija y allí marchó la orina, salvo las salpicaduras que quedaron sobre la tabla y en el suelo.
Procuré respirar hondo, pero el feo olor me envolvía. Levanté las manos y noté que también lo tenía en los dedos. Abrí el grifo del lavatorio, tomé el jabón y me puse a trabajar. Pese a que me enjaboné varias veces no podía estar seguro de que me hubieran quedado limpias del todo. La piel era mucho más porosa que mi antigua epidermis sobrenatural; por eso la sentía sucia. Luego empecé a tironear de los anillos. Ni aun con la espuma pude sacármelos. Hice memoria: sí, el hijo de puta los tenía puestos en Nueva Orleáns. Probablemente él tampoco se los podía sacar, ¡y ahora tenía que aguantarlos yo! Ya estaba al borde de mi paciencia, pero nada podía hacer hasta que no encontrara un joyero que me los cortara con una sierrita, unas tenacillas o algún otro instrumento. De sólo pensarlo sentí que los músculos se me ponían tensos y volvían a aflojarse en dolorosos espasmos. Yo mismo me di la orden de dominarme. Me enjuagué las manos una y otra vez —cosa ridícula—, manoteé la toalla y las sequé, nuevamente asqueado por su textura absorbente y por trocitos de suciedad que encontré alrededor de las uñas. Dios santo, ¿por qué ese imbécil no se lavaba bien las manos? Luego me miré en el espejo que cubría la pared del fondo del baño, y lo que vi me desagradó enormemente. Un gran manchón de humedad en los pantalones. ¡Se ve que ese estúpido miembro no estaba seco cuando lo guardé! Bueno, en los viejos tiempos nunca me había preocupado por eso. Pero claro, en ese entonces yo era un mugriento terrateniente que se bañaba en verano, o cuando se le ocurría zambullirse en un arroyo de montaña. ¡De ninguna manera podía andar con esa mancha! Salí del baño, pasé junto al paciente Mojo, le hice apenas una caricia en la cabeza y llegué al dormitorio principal. Abrí el placard, encontré otro pantalón de lana —de mejor calidad aún—, me saqué los zapatos y en el acto me cambié. Y ahora, ¿qué tengo que hacer? Buscar algo para comer, me dije. ¡Entonces comprendí que tenía hambre! Ese era el malestar que había estado sintiendo, junto con el de la vejiga llena, sumado a una sensación general de pesadez desde que comenzó esta pequeña saga. Comer. Pero, ¿sabes lo que pasará si comes? Tendrás que volver a ese baño, o a algún otro, a eliminar la comida digerida. La sola idea casi me da arcadas. De hecho, me dieron tantas náuseas de sólo imaginar que salían excrementos humanos de mi cuerpo, que por un momento pensé que iba a vomitar. Me quedé sentado muy quieto al pie de la moderna cama baja y traté de dominar mis emociones. Procuré hacerme a la idea de que ésos eran los aspectos más simples del ser mortal; no debía permitir que oscurecieran las cuestiones más importantes. También pensé que me estaba comportando como un perfecto cobarde, no como el héroe que decía ser. En realidad, no creo que el mundo me considere un héroe, pero hace mucho tiempo decidí que debía vivir como si lo fuera, que debía atravesar todas las dificultades de mi camino porque son mis inevitables círculos de fuego. De acuerdo, ése era mi pequeño e ignominioso círculo de fuego. Y en el acto debía dejar de ser cobarde. Para cumplir esa prueba debía comer, paladear, sentir, ver. ¡Pero qué tormento iba a ser! Por último, me puse de pie y, dando pasos más largos a causa de mis nuevas piernas, volví al placard; allí comprobé asombrado que no había mucha ropa: dos pantalones de lana, dos chaquetas de lana bastante livianas, ambas nuevas, y no más de tres camisas en un estante. Hmmm. ¿Qué había pasado con lo demás? Abrí el cajón superior de la cómoda. Vacío. Más aún: todos los cajones estaban vacíos, lo mismo que el mueblecito próximo a la cama. ¿Qué podía significar? ¿Que James se había llevado su ropa o la había enviado al lugar al que fue? Pero, ¿por qué? No le iban a ir bien con su nuevo cuerpo y, según me había dicho, se había ocupado de todos esos detalles. Me sentí profundamente perturbado. ¿Significaría que pensaba no regresar más? Qué absurdo. De ningún modo iba a despreciar los veinte millones. ¡Y yo no podía perder mi valioso tiempo de mortal preocupándome por semejante bagatela! Bajé la peligrosa escalera acompañado por Mojo, que se movía lentamente a mi lado. Ya manejaba el nuevo cuerpo sin esfuerzo, pese a lo incómodo y pesado que me resultaba. Abrí el placard del pasillo y vi que quedaba colgado un viejo abrigo, un par de galochas y nada más. Regresé hasta el pequeño escritorio del living porque él me había dicho que ahí iba a encontrar el registro de conductor. Lentamente abrí el primer cajón: vacío. Todo estaba vacío. Ah, pero en uno de los cajones había unos papeles. Algo que ver con esa casa, pero en ninguna parte figuraba el nombre Raglan James. Procuré comprender lo que eran los papeles, pero la jerga oficial me superó. No recibí una impresión inmediata del significado, como me pasaba cuando miraba con mis ojos vampíricos.
Me vino a la memoria lo que había dicho James sobre las sinapsis. Sí, pensaba con más lentitud, y también me costaba leer cada palabra.
Oh, bueno, ¿pero qué importaba? No encontré ningún registro de conductor. Y lo que me hacía falta era dinero. Ah, sí, yo había dejado el dinero sobre la mesa. ¿Y si se había volado al jardín? Volví en el acto a la cocina. Noté el ambiente gélido, y de hecho la mesa y las ollas de cobre estaban cubiertas por una fina capa de escarcha blanca. La billetera no estaba sobre la mesa; tampoco las llaves del auto. Y la luz, desde luego, se había hecho añicos. Me arrodillé a oscuras y comencé a tantear el suelo. Encontré el pasaporte, no así la billetera ni las llaves. Sólo trocitos de vidrio de la lámpara que se me clavaron en las manos y me cortaron en dos sitios. Minúsculas gotitas de sangre sin aroma, sin verdadero sabor. Traté de ver sin sentir. No estaba la billetera. Volví a salir a la escalerita, esta vez con cuidado para no caerme. La billetera no estaba. No pude ver en la profunda nieve del jardín. Ah, pero de nada valía buscarlas, ¿verdad? Tanto la billetera como las llaves eran pesadas, o sea que no podían haberse volado. ¡Se las llevó él! ¡Probablemente hasta regresó para buscarlas! Monstruo depravado... Y cuando tomé conciencia de que el tipo ya estaba dentro de mi potente cuerpo preternatural cuando hizo eso, la furia me paralizó. Bueno, tú imaginabas que podía pasar, ¿no? Coincidía con su naturaleza. Y de nuevo te estás congelando. ¡Tiemblas! Vuelve al comedor y cierra la puerta. Eso hice, pero tuve que esperar a Mojo, que se tomó su tiempo como si no le molestara la nevisca. El comedor se había enfriado, dado que dejé la puerta abierta, y cuando volví a subir a la planta alta comprobé que la temperatura de toda la casa había descendido a causa de mi incursión por la cocina. Tenía que acordarme de cerrar las puertas. Me dirigí a una de las habitaciones en desuso y fui derecho a la chimenea en la que había escondido el dinero. Cuando metí la mano no toqué el sobre que había puesto allí sino una sola hoja de papel. La retiré hecho una furia, e incluso antes de encender la luz alcancé a leer el texto:
Sinceramente debe ser usted un tonto, para suponer que un hombre de mi capacidad no iba a encontrar eso que ocultó. No es preciso ser vampiro para detectar cierta humedad delatora en el piso y la pared. Que tenga una agradable aventura. Lo veo el viernes. ¡Cuídese!
Raglan James.
Tanto me indigné, que por un momento no me pude mover. Estaba que echaba chispas. Tenía los puños crispados. “¡Maldito sinvergüenza!”, me desahogué, con esa voz opaca, débil, detestable. Me encaminé al baño. Desde luego, tampoco estaba el otro dinero detrás del espejo, y sólo encontré otra notita.
¿Qué es la vida humana sin dificultades? Comprenderá usted que no puedo resistirme ante estos pequeños descubrimientos. Es como dejar botellas de vino sueltas cerca de un alcohólico. Lo veo el viernes. Por favor, tenga cuidado al caminar por las aceras congeladas. No quisiera que se quebrase una pierna.
¡No aguanté más y pegué un puñetazo contra el espejo! Oh, bueno. Fue una bendición que no hubiera quedado un enorme boquete en la pared, como habría quedado de haber sido Lestat el vampiro el autor del golpe, sino sólo cristales rotos. ¡Y mala suerte durante siete años! Di media vuelta y bajé de nuevo a la cocina, pero esta vez atranqué la puerta al pasar. Cuando abrí la heladera, ¡no encontré nada! ¡Nada! ¡Ah, demonio, lo que le iba a hacer! ¿Cómo pensó que podía obrar impunemente? ¿Acaso no me cree capaz de regalarle veinte millones y después retorcerle el pescuezo? ¿Cómo se le ocurre? Hmmm. ¿Era difícil entenderlo? James no iba a volver, ¿no es cierto? Por supuesto que no. Regresé al comedor. No había juegos de plata ni de porcelana en la vitrina, pero sin duda los hubo la noche anterior. Salí al pasillo: ni un cuadro en las paredes. Revisé el living. No estaban las telas de Picasso, Jasper Johns, de Kooning ni Warhol. Todo había desaparecido, hasta las fotos de los barcos. Tampoco estaban las esculturas chinas. Las bibliotecas se hallaban casi vacías. De las alfombras quedaban muy pocas: una en el comedor, ¡con la que casi me había matado! Y otra al pie de la escalera ¡Se había llevado todos los objetos de valor de la casa! Si hasta faltaba la mitad de los muebles. ¡El muy hijo de puta no pensaba volver! Jamás tuvo la intención. Me senté en el sillón más próximo a la puerta. Mojo, que me había seguido fielmente, aprovechó la ocasión para tenderse a mis pies. Hundí la mano en su pelambre, le di un suave tironcito, se la alisé y pensé qué gran alivio era tenerlo conmigo.
Desde luego, James había sido un tonto en planear eso. ¿Pensó acaso que no me atrevería a recurrir a mis compañeros? Hmmm. Pedirles ayuda... qué idea grotesca. No hacían falta grandes alardes de imaginación para adivinar lo que me diría Marius si le contaba lo que hice. Lo más probable era que ya lo supiese y estuviera ocultando su desaprobación. En cuanto a lo que opinarían los más viejos, me estremecía de sólo pensarlo. Lo mejor que me podía pasar, desde todo punto de vista, era que el intercambio de cuerpos pasara inadvertido. Eso lo supe desde el principio. Lo más importante era que James no sabía —no podía saberlo— cuánto se iban a enojar los otros conmigo a causa de ese experimento. Y tampoco conocía los límites de las facultades de las que en ese momento disponía. Ah, pero todo eso era prematuro. Robarme el dinero, saquear la casa, no era más que un chiste maligno de James, nada más que eso. No podía dejarme la ropa y el dinero; su mezquindad se lo impedía. Tenía que trampear un poco. Por supuesto que planeaba regresar y cobrar los veinte millones. Además, contaba con que yo no le iba a hacer daño porque seguramente iba a querer repetir el experimento, porque lo valoraría por ser la única persona capaz de hacerlo. Sí, ése era el as que se guardaba en la manga: que yo no iba a perjudicar al único mortal con quien podría intercambiar mi cuerpo cuando quisiera hacerlo de nuevo. ¡Hacerlo de nuevo! Tuve que reírme. Me reí en efecto, y qué sonido extraño me resultó. Cerré fuertemente los ojos y permanecí sentado unos momentos, disgustado con el sudor que se me adhería a las costillas, con la forma en que me dolían el estómago y la cabeza, con la pesadez que sentía en manos y piernas. Y cuando volví a abrirlos, lo único que vi fue ese mundo borroso de colores pálidos y bordes desdibujados... ¿Hacerlo de nuevo? Contrólate, Lestat. Apretaste los dientes Con tanta fuerza, que te lastimaste. ¡Te cortaste la lengua! ¡Te has hecho sangrar la boca! Y la sangre tiene gusto a salmuera, nada más que agua y sal, agua y sal. Por el amor del infierno, ¡domínate! Al cabo de un instante de tranquilidad, me puse de pie y emprendí una búsqueda sistemática del teléfono. No había ni uno en toda la casa. Hermoso. Qué tonto fui en no planificar mejor la experiencia. Me entusiasmé tanto con las consideraciones más amplias de orden espiritual, que no preví nada con sensatez. ¡Tendría que haber tenido una suite en el Willard y el dinero en la caja fuerte del hotel! Debí haber pensado en un auto. A propósito, ¿dónde estaba el auto? Fui al placard de la entrada, encontré el sobretodo, advertí que el forro tenía un desgarrón —quizá por eso no lo había vendido— me lo puse lamentando que no hubiera un par de guantes en los bolsillos y salí por la puerta de atrás, pero no sin antes ocuparme de cerrar fuertemente la del comedor. Le pregunté a Mojo si quería acompañarme o quedarse adentro. Quiso venir, por supuesto. En el senderito había unos treinta centímetros de nieve y cuando llegué a la calle, la capa era más espesa aún. Desde luego, ni señales del Porsche. Ni a la izquierda de los escalones del frente ni en toda la cuadra. Sólo para cerciorarme, me llegué hasta la esquina, di media vuelta y regresé. Tenía los pies congelados, lo mismo que las manos, y me dolía la piel de la cara. Bueno, tendría que caminar, por lo menos hasta que localizara un teléfono público. La nieve soplaba alejándose de mí, lo cual era una bendición, pero lamentablemente no sabía adónde tenía que ir. A Mojo ese clima parecía encantarle, porque avanzaba por delante de mí sin cesar, mientras los minúsculos copitos de nieve caían, brillantes, sobre su pelaje gris. Yo tendría que haber intercambiado el cuerpo con él, pensé. Pero la idea de que estuviera Mojo dentro de mi cuerpo vampírico me dio mucha risa; reí y reí sin parar, di vueltas en círculo y seguí riendo hasta que al final me detuve porque, sinceramente, me moría de frío. La situación era muy graciosa. Ahí estaba yo hecho un ser humano, o sea que había conseguido lo que siempre soñé desde mi muerte, ¡y la experiencia me resultaba espantosa! Sentí una punzada de hambre en mi estómago que aullaba, y luego otra, a las que sólo podía denominar retortijones de hambre.
—Tengo que encontrar Paolo’s. Pero, ¿cómo voy a conseguir que me den comida? Necesito comer, ¿no? No puedo subsistir sin alimento, de lo contrario me debilitaría. Al llegar a la esquina de la avenida Wisconsin vi luces y gente que bajaba por la calle. Ya habían despejado la nieve de la calzada, de modo que estaba abierta al tránsito. Alcancé a distinguir a personas que iban y venían bajo los faroles, pero todo lo veía poco claro, por supuesto. Seguí deprisa a pesar de que los pies se me entumecían de dolor, lo cual no es una contradicción, como bien lo sabe cualquiera que haya caminado en la nieve, hasta que por fin vi la vidriera iluminada de un bar. Martini’s. No había problema. Olvidémonos de Paolo`s. Voy a tener que conformarme con Martini’s. Un auto se había detenido al frente y de él bajó una pareja joven que de inmediato entró en el local. Lentamente me acerqué a la puerta y vi a una muchacha bastante bonita que, de un escritorio de madera, recogía dos menúes para entregarlos a los jóvenes y junto con ellos se internaba en las sombras. Vislumbré velas y manteles a cuadros, y de pronto comprendí que el hedor fétido que impregnaba mi nariz era olor a queso quemado. No me habría gustado ese olor siendo vampiro; no, en absoluto, pero tanto no me habría repugnado. Lo habría tomado como algo que venía de afuera. Pero en ese momento lo relacioné con el hambre que sentía y fue como si me tironeara los músculos desde adentro de la garganta. En realidad, me dio la impresión de que tenía el olor, dentro de las tripas, que era algo más que un simple olor por la fuerza con que me presionaba. Qué curioso. Sí, tengo que advertir todas esas cosas porque eso es estar vivo. La joven había regresado. Vi su perfil suave cuando miró el papel que había sobre su pequeño escritorio y levantó una lapicera para anotar algo. Tenía cabello oscuro, largo y ondulado, y piel muy clara. Me dieron ganas de verla mejor. Traté de percibir su aroma pero no pude. Sólo me llegaba el olor a queso quemado. Abrí la puerta sin prestar atención al mal olor, entré, me planté delante de la muchacha y la bendita tibieza del local me envolvió, con olores y todo. Era muy joven, de facciones pequeñas y angostos ojos negros. Tenía labios grandes, exquisitamente pintados, y cuello largo, de hermosa línea. El cuerpo era típico del siglo XX: puro hueso bajo el vestido.
—Mademoiselle —dije, enfatizando mi acento francés—, tengo mucha hambre y afuera está muy frío. ¿No hay nada que pueda hacer para ganarme un plato de comida? Si quiere le lavo los pisos o las cacerolas, haré lo que haga falta.
Me miró un momento, inexpresiva. Luego se enderezó, se apartó la cabellera, puso los ojos en blanco y volvió a mirarme.
—¡Salga de aquí! —Su voz me pareció metálica, apagada. No lo era, desde luego; era el modo en que oían los mortales. No pude percibir la resonancia que sí captaba un vampiro.
—¿Me da un pedazo de pan? Un solo pedazo. —Los olores a comida, desagradables y todo, me atormentaban. No recordaba bien qué gusto tenía la comida. No podía recordar textura y alimento juntos pero una sensación muy humana se estaba apoderando de mí. Estaba desesperado por comida.
—Voy a llamar a la policía —dijo, temblándole un tanto la voz— si no se va ya mismo de aquí. Traté de leerle los pensamientos. Imposible. Miré en derredor entornando los párpados. Intenté leérselos a los otros humanos. Nada. En ese cuerpo, no tenía la facultad. No, no puede ser. Volví a mirarla. Nada. Ni el menor indicio de sus pensamientos, nada que me indicara qué clase de persona era.
—Ah, bueno —repuse, obsequiándole mi sonrisa más amable, aunque sin tener idea de cómo me salía o cuál podía ser su efecto —Espero que se pudra en el infierno por su falta de caridad. Pero Dios sabe que no me merezco más que esto —Di media vuelta y estaba ya por marcharme cuando me tocó la manga.
—Mire —comenzó estremeciéndose levemente del disgusto—, ¡usted no puede venir aquí y pretender que se le dé de comer!
—La sangre se le había subido a las mejillas, pero no la pude oler. Olí en cambio una especie de perfume almizclado que emanaba de ella, algo que era en parte humano y en parte esencia comercial. De pronto vi dos pezones diminutos que resaltaban en la tela de su vestido. Qué asombroso. Traté de leerle de nuevo los pensamientos. Supuse que podría hacerlo, puesto que se trataba de una facultad innata, pero fue en vano.
—Le advertí que estaba dispuesto a pagarle con trabajo —articulé, procurando no mirarle los pechos—. Haré lo que me pida. Y le ruego me disculpe. No quiero que se pudra en el infierno. Cómo pude decirle algo tan horrible Lo que pasa es que estoy en apuros. Me han pasado muchas cosas. Ese que está ahí afuera es mi perro. ¿Qué le puedo dar de comer?
—¡Ese perro! —Miró a través de la vidriera a Mojo, que estaba sentado en la nieve con aire majestuoso. —No me haga bromas. —Qué voz aguda tenía; sin la menor personalidad. Cuántos ruidos del mismo tipo me llegaban. Metálicos, débiles.
—De veras es mi perro —dije, fingiendo indignación—. Lo quiero mucho.
Se rió.
—¡Ese perro come aquí todas las noches por la puerta de la cocina!
—Ah, fabuloso. Por lo menos uno de los dos se alimenta. Me alegro de oírlo, mademoiselle. Tal vez tendría que ir yo por la puerta de la cocina, o quizá el perro me deje algo. —Soltó una risita falsa. Me estaba observando —eso era evidente—, mirando con interés mi rostro y mi ropa. ¿Qué impresión le habré causado? No lo sé. El sobretodo negro no era una prenda ordinaria, pero tampoco elegante. El pelo castaño de esa cabeza mía estaba lleno de nieve. Era flacucha pero de innegable sensualidad. Nariz muy angosta, ojos muy bien formados, hermosos huesos.
—De acuerdo —aceptó—. Siéntese al mostrador, que le haré servir algo. ¿Qué quiere?
—Lo que sea. Cualquier cosa. Gracias por su amabilidad.
—De nada. Tome asiento. —Abrió la puerta y le gritó al perro:
—Ve por la puerta del fondo —acompañando la palabra con un gesto. Mojo se quedó sentado donde estaba, paciente montaña de piel. Yo entonces salí al viento helado y le indiqué que fuera por la puerta de la cocina. Con un ademán le señalé el callejón lateral. Me miró un largo instante; luego se levantó, se encaminó hacia el callejón y desapareció. Volví a entrar, por segunda vez agradecido de poder guarecerme del frío, aunque tenía los zapatos llenos de nieve derretida. Me interné en la penumbra del restaurante, tropecé contra una banqueta de madera que no había visto, casi me caigo y por último me senté en esa misma banqueta. Ya me habían preparado un lugar en el mostrador, con un individual azul y pesados cubiertos de acero. El olor a queso era asfixiante. Había otros olores: fritura de cebolla, ajo, grasa quemada. Todo repugnante. La banqueta me resultaba por demás incómoda. El borde redondo del asiento se me incrustaba en las piernas, y me seguía molestando no ver bien en la oscuridad. El restaurante parecía muy largo, como si tuviera varias habitaciones más en hilera. Pero no alcanzaba a ver hasta el fondo. Oía ruidos atemorizantes, como de grandes ollas que chocaban contra algo de metal, y todo eso me hacía mal a los oídos o, mejor dicho, me desagradaba. La muchacha apareció sonriente, trayendo un vaso grande de vino tinto. El olor era agrio y potencialmente nauseabundo. Le di las gracias. Luego tomé el vaso y bebí un sorbo grande. Retuve el vino un instante antes de tragarlo, y en el acto me ahogué. No entendí lo que pasó, si había tragado mal, si el vino me irritaba la garganta por algún motivo, o qué. Sólo sé que me dio un acceso de tos y tuve que manotear la servilleta —de tela— para taparme la boca. Una parte del vino me subió a la nariz. En cuanto al gusto lo noté débil, ácido. Una frustración total. Cerré los ojos y apoyé la cabeza sobre la mano izquierda, la misma mano que sostenía fuertemente la servilleta.
—Por qué no prueba de nuevo —me invitó ella. Abrí los ojos y vi que tenía una enorme jarra y me estaba llenando otra vez el vaso.
—Bueno, gracias. —Tenía una sed enorme, que el mero sabor del vino no había hecho sino incrementar. Pero esta vez no iba a tragar tan de golpe. Levanté el vaso, tomé un sorbo pequeño, traté de paladearlo aunque parecía no haber nada que paladear, y por último lo tragué. Muy livianito, totalmente distinto del trago suculento de sangre. Tengo que tomarle la mano. Apuré el resto. Luego tomé la jarra, volví a llenarlo, y eso también lo bebí. Hubo un momento en que sentí sólo frustración. Después fui sintiéndome mareado. Ya va a venir la comida, pensé. Ah, ahí llega... una bandejita de palitos de pan, o al menos eso parecen ser. Levanté uno, lo olí con cuidado para cerciorarme de que fuera pan, le di un mordisco y en el acto desapareció. Fue como comer arena. Igual que la arena del desierto de Gobi que me entraba en la boca. Arena.
—¿Cómo comen esto los mortales? —pregunté.
—Más despacio —respondió la mujer hermosa, y soltó una risita—. ¿No eres mortal? ¿De qué planeta vienes?
—De Venus, el planeta del amor.
Me observaba sin disimulo, y sus mejillas volvieron a adquirir un leve rubor.
—Bueno, ¿por qué no te quedas por aquí hasta que termine mi turno? Después puedes acompañarme a casa.
—Con mucho gusto —acepté. Luego tomé conciencia de lo que eso podía significar para mí, y me produjo un efecto extraño. Tal vez podría acostarme con ella. Oh, sí, era decididamente una posibilidad porque la noté dispuesta. Mis ojos descendieron hasta sus pequeños pezones, que me tentaban al sobresalir bajo la seda negra de su vestido. Sí, acostarme con ella. Y qué suave era la piel de su cuello. El miembro se me excitó entre las piernas. Menos mal, algo que me funciona, me dije. Pero qué rara esa sensación local, ese endurecimiento e hinchazón, la forma insólita en que consumía todos mis pensamientos. La sed de sangre nunca era local. Dejé vagar la mirada. Ni siquiera bajé la vista cuando me sirvieron el plato de spaghetti al tuco. La fuerte fragancia me llegó a la nariz: queso derretido, carne quemada. Y grasa. Bájate, le dije al miembro. Todavía no es hora de eso. Por último dirigí la mirada al plato. El hambre me oprimía como si alguien me hubiera agarrado los intestinos con ambas manos y me los estuviera retorciendo. ¿Recordaba esa sensación? Sabe Dios que en mi época de mortal había pasado hambre. El hambre era como la vida misma. Pero el recuerdo me pareció lejano, muy poco importante. Lentamente tomé el tenedor, que en aquel entonces jamás usaba porque no teníamos —sólo cuchillos y cucharas en nuestro tosco mundo—, introduje los dientes bajo la maraña de fideos húmedos y alcé una pila que me llevé a la boca. Supe que estaban demasiado calientes antes de que me tocaran la lengua, pero no me detuve con la necesaria rapidez. Me quemé mucho y dejé caer el tenedor. Eso sí que fue idiotez pura, pensé, y ya debe ser mi décimo acto de idiotez pura. ¿Qué debo hacer para encarar las cosas de forma mas inteligente, con más paciencia y serenidad? Me eché hacia atrás en la incómoda banqueta, lo más que se podía hacer sin caerme al piso, e intenté pensar. Estaba tratando de dominar mi nuevo cuerpo, que me resultaba débil y con sensaciones desconocidas —un frío doloroso en los pies, por ejemplo; pies mojados en medio de una corriente de aire cercana al piso—, y era comprensible que cometiera errores tan tontos. Tendría que haber traído las galochas. Tendría que haber buscado un teléfono antes de ir allí, para llamar a París y hablar con mi representante. No razonaba; tercamente me comportaba como si fuera vampiro, y no lo era. Sin duda, la temperatura de la comida no me habría quemado cuando era vampiro. Pero en ese momento no lo era. Por eso debía haber llevado las galochas. ¡Piensa! Qué diferente de lo que había supuesto me estaba resultando la experiencia. Oh, dioses. ¡Ahí estaba yo, hablando de pensar, cuando lo que había creído era que iba a disfrutar! Creí que iba a sumergirme en sensaciones, recuerdos, descubrimientos; ¡y lo único que podía pensar era en cómo frenarme! A decir verdad, había imaginado diversos placeres: comer, beber, acostarme con una mujer, después con un hombre. Pero de lo vivido hasta ese momento, nada me resultaba muy placentero. Bueno, la culpa de esa situación tan lamentable era sólo mía, pero podía revertirla. Me limpié la boca con la servilleta, hecha de áspera tela sintética, no más absorbente que un trozo de hule; luego tomé el vaso y volví a apurar el vino. Una sensación de náusea me recorrió. Se me cerró la garganta, y acto seguido me sentí mareado. Dios santo, ¿tres vasos y ya me embriagaba? Levanté de nuevo el tenedor. Como los pegajosos fideos ya estaban más fríos, cargué el tenedor y me lo llevé a la boca. ¡Casi me ahogo una vez más! Se me cerró la garganta, como si quisiera impedir que el menjunje me asfixiara. Tuve que parar, respirar lentamente por la nariz, convencerme de que eso no era veneno, de que yo ya no era vampiro, y por último masticar con cuidado para no morderme la lengua. Pero como me la había mordido un rato antes, empezó a dolerme el trocito de carne lastimado. El dolor me resultó mucho más perceptible que la comida. No obstante, seguí masticando los spaghetti y me puse a pensar que no tenían mucho sabor, que estaban agrios y salados, que la consistencia era espantosa, y cuando comía volví a sentir la tirantez, el nudo en la boca del estómago. Ahora bien, si fuera Louis el que pasaba por eso... si tú fueras el vampiro presumido de siempre y estuvieras sentado frente a él, observándolo, lo criticarías por todo lo que estuvo haciendo y pensando, lo condenarías por su timidez, por estar desaprovechando la experiencia, por no percibir las cosas. Levanté una vez más el tenedor. Mastiqué otro bocado y lo tragué. Bueno, ahí noté algo de gusto. No era, eso sí, el sabor punzante y delicioso de la sangre, sino algo mucho más suave, más granulado, más gomoso. Bueno, otro bocado más. Esto te puede llegar a gustar. También puede ser que la comida no sea muy buena. Otro bocado.
—Eh, no te apures tanto —me dijo la mujer hermosa. Estaba apoyándose contra mí, pero no pude sentir su sabrosa dulzura a través del sobretodo. Me volví, la miré de nuevo a los ojos y me maravillé de sus pestañas largas y curvas, de lo tierna que parecía su boca cuando sonreía. —Te vas a atragantar.
—Sí; tengo mucha hambre —le expliqué—. No lo vayas a tomar como ingratitud pero, ¿no tendrías algo que no fuera un mazacote coagulado como esto? Algo con más consistencia, como carne, por ejemplo...
Se rió.
—Eres un hombre muy extraño. ¿De dónde vienes?
—De Francia, zona de campo.
—Bueno, te traeré otra cosa.
No bien se hubo marchado bebí otro vaso de vino. Decididamente me estaba mareando, pero también sentía una tibieza interior que no me desagradaba. De repente me dieron ganas de reír y me di cuenta de que estaba por lo menos algo ebrio, al fin. Decidí observar a los otros seres humanos que había en el Salón. Qué raro eso de no poder percibir sus aromas ni oírles los pensamientos. Ni siquiera oía bien sus voces, sino apenas ruidos mezclados. Y muy extraño sentir frío y calor al mismo tiempo, la cabeza afectada por el aire excesivamente caldeado y los pies helados por la corriente de aire cercana al piso. La joven puse ante mí un plato de carne (ternera, la llamé). Tomé un trocito, lo cual pareció impresionarla —tendría que haber usado cuchillo y tenedor—, lo mordí y me resultó bastante insípido, como los fideos. Pero reconozco que era mejor, y mastiqué con gusto.
—Gracias, has sido muy amable conmigo. Eres un encanto, y te pido que me perdones por la forma en que te hablé hace un rato. De verdad lo digo.
Me dejó unos instantes para ir a cobrarle a una pareja que se retiraba y yo seguí con mi comida, mi primera comida de arena, goma, pedacitos de cuero y sal. Me reí para mis adentros. Más vino, pensé; es como no beber nada, pero algo de efecto me produce. Después de llevarse el plato me trajo otra jarra de vino. Y yo seguí ahí, con las medias y los zapatos húmedos, fríos, incómodo en la banqueta de madera, esforzándome por ver en la penumbra, cada vez más borracho, hasta que por fin ella estuvo lista para partir. En ese momento no me sentía más cómodo que cuando empezó todo. Y apenas me levanté me percaté de que casi no podía caminar. No tenía sensibilidad en las piernas, a tal punto que miré hacia abajo para cerciorarme de que estaban en su lugar. A la mujer bonita le pareció muy divertido; a mí no tanto. Me ayudó a andar por la acera nevada, se dirigía a Mojo llamándolo “Perro” con gran respeto, y me aseguró que vivía a “unos pasitos” de ahí. Lo único bueno era que el frío ya no me molestaba tanto. Me costaba mantener el equilibrio. Las piernas me resultaban de plomo. Hasta los objetos más iluminados me parecían fuera de foco. Me dolía la cabeza. Estaba seguro de que me iba a caer. Es más, el miedo a caerme se estaba convirtiendo en pánico. Pero felizmente llegamos a su puerta y subimos una escalera alfombrada, esfuerzo que me agotó tanto que me dejó con el corazón agitado y la cara bañada en transpiración. ¡No veía casi nada! Era una locura. La oí poner la llave en la cerradura. Me agredió otro hedor insoportable. El tétrico departamentito parecía una madriguera de cartón y madera terciada, con sus paredes cubiertas de afiches anodinos. Pero, ¿a qué se debía el olor? De repente comprendí que provenía de los gatos, a los que les permitía hacer sus necesidades en una caja de tierra, ya llena de excrementos, que había en el piso de un bañito, y pensé que se acababa todo, ¡que me iba a morir! Permanecí inmóvil, haciendo esfuerzos por no vomitar. Sentí de nuevo un dolor sordo en el estómago, pero esta vez no era hambre, y me daba la impresión de que el cinturón me apretaba enormemente. Cuando el malestar se intensificó, me di cuenta de que debía abocarme a una tarea similar a la que ya habían efectuado los gatos. Tenía que hacerlo en ese instante o pasar vergüenza. Y había que entrar en ese mismo recinto. El corazón se me subió a la garganta.
—¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?
—¿Puedo usar ese cuarto? —pregunté, señalando la puerta abierta.
—Por supuesto. Entra nomás. Pasaron diez minutos, tal vez más, hasta que salí. Sentía tal desagrado por el simple proceso de la evacuación —el olor, la sensación de hacerlo, el espectáculo— que no podía hablar. Pero ya había terminado. Sólo me quedaba la borrachera, la desdorosa experiencia de querer apagar la luz y errarle al interruptor, de querer tomar el picaporte y que mi mano —esa manaza inmensa— no lo hallara. Encontré el dormitorio, muy caliente, abundante en muebles modernos de laminado ordinario, sin un estilo en particular. La muchacha estaba toda desnuda, sentada en el costado de la cama. Traté de verla con claridad pese a que una lámpara próxima distorsionaba la luz. Pero su rostro era una mezcla de sombras feas, y su piel parecía amarillenta. La rodeaba el olor rancio de la cama. La única conclusión que pude sacar fue que era tremendamente delgada, como es habitual en las mujeres de esta época; las costillas se le traslucían en la piel blancuzca, sus pechos eran insólitamente pequeños, con pezones diminutos, y las caderas no existían. Parecía un espectro. Y sin embargo, ahí estaba sonriendo, como si eso fuera normal, con su hermoso pelo ondulado que le caía por la espalda, ocultando la tenue sombra de su pubis bajo una mano fláccida. Bueno, era obvio cuál iba a ser la maravillosa experiencia humana que estaba a punto de ocurrir. Pero no sentía nada por esa mujer, nada. Le sonreí y comencé a desvestirme. Apenas me quité el sobretodo sentí frío. ¿Es que ella no lo sentía? Luego me saqué el suéter, y en el acto me horrorizó el olor de mi propia transpiración. Santo Dios, ¿así era todo, antes? Y tan limpio que me había parecido ese cuerpo. Ella no dio muestras de notarlo y mentalmente se lo agradecí. Me saqué la camisa, los zapatos, las medias y el calzoncillo. Seguía teniendo los pies fríos. De hecho, tenía frío y estaba desnudo, muy desnudo y no sabía si me gustaba. De pronto me vi en el espejo de la cómoda y advertí que el miembro, por supuesto, estaba dormido. Ella tampoco pareció sorprenderse.
—Ven aquí —me invitó—. Siéntate. La obedecí temblando de arriba abajo. Después tosí. Al principio fue un espasmo que me tomó por sorpresa. Luego fue un ataque de toses incontrolables, y al final tan violentas que me dejaron un gran dolor en las costillas.
—Perdón.
—Me encanta tu acento francés —murmuró, al tiempo que me acariciaba el pelo y me pasaba las uñas por la mejilla. Esa sensación sí que fue agradable. Incliné la cabeza y la besé en la garganta, y eso también fue lindo. No tan emocionante como aferrar a una víctima, pero lindo igual. Traté de recordar lo que sentía hace doscientos años, cuando era el terror de las chicas del pueblo. ¡Siempre se presentaba algún granjero a las puertas del castillo, me echaba maldiciones y me amenazaba con el puño en alto, asegurándome que si su hija quedaba embarazada tendría que hacerme responsable! En ese momento todo me parecía divertidísimo. Y las chicas, ay, qué encantadoras.
—¿Te pasa algo?
—No, nada. —La besé nuevamente en el cuello. También le sentí olor a transpiración, y no me gustó. Pero, ¿por qué? Esos olores no eran tan penetrantes como me resultaban antes, en mi antiguo cuerpo. Pero tenían que ver con algo de ese nuevo cuerpo: ésa era la parte desagradable. No podía protegerme de ellos y parecían ser capaces de invadirme y contaminarme. Por ejemplo, el sudor de su cuello ahora lo sentía en mis labios. Me di cuenta de lo que era, le sentí el gusto y me dieron ganas de alejarme de ella. Oh, pero era una locura. Esa mujer era un ser humano, lo mismo que yo. Gracias a Dios todo terminaría el viernes. ¡Pero qué derecho tenía yo de agradecer a Dios! Los bultitos tibios de sus pezones rozaron mi pecho, y la carne que había tras ellos me pareció esponjosa, tierna. Le pasé un brazo para rodear su espalda menuda.
—Estás caliente. Creo que tienes fiebre —me dijo al oído, y me besó en el cuello de la misma manera como lo había hecho yo.
—No, estoy bien —aseguré, aunque no tenía ni idea de si era cierto o no.
¡Qué difícil labor! De repente, su mano tocó mi miembro, desatando una inmediata estimulación. El miembro se alargó y endureció. La sensación, si bien localizada, me excitó. Cuando volví a mirar sus pechos, y el triangulito de pelo entre sus piernas, el miembro se volvió más duro aún. Sí, recuerdo muy bien todo eso. Mis ojos tienen relación con ello, y ahora ninguna otra cosa importa. Hmmm. Lo que debes hacer es tenderla sobre la cama.
—¡Epa! —murmuró—. ¡Qué pedazo de artefacto!
—¿Te parece? —Bajé la mirada. Esa cosa monstruosa estaba al doble de su tamaño. Me pareció groseramente desproporcionada con respecto a todo lo demás. —Sí, tienes razón. Tendría que haberme imaginado que James lo iba a constatar primero.
—¿Quién es James?
—No, nada —farfullé. Tomé su rostro para volverlo hacia mí y besé sus labios finos, húmedos. Ella abrió la boca buscando mi lengua. Eso me agradó, pese al mal gusto que le sentí. No me importó. Luego se me cruzó por la mente la idea de la sangre, de beber su sangre. ¿Dónde estaba esa sensación intensa que experimentaba al acercarme a la víctima, el momento antes de clavarle los dientes en la piel, de sentir fluir la sangre en mi lengua? No, no iba a ser tan fácil, ni tan ardiente. Será más bien una sensación entre las piernas y más parecida a un estremecimiento; pero qué estremecimiento, tengo que reconocerlo. El sólo hecho de pensar en sangre aumentó mi pasión y la empujé bruscamente al lecho. Quería acabar; nada me importaba más que acabar.
—Espera un momento —me pidió.
—¿Esperar qué? —Me subí sobre ella, la besé de nuevo, hundí más la lengua en su boca. Nada de sangre. Ah, qué blanca. No hay sangre. Mi miembro se introdujo entre sus muslos calientes, y en ese momento casi me sale el chorro. Pero todavía faltaba.
—¡Dije que esperaras! —gritó, con las mejillas coloradas—. Tienes que ponerte un preservativo.
—¿Qué diablos dices? —murmuré. Entendía el significado de las palabras pero no les encontraba sentido Estiré la mano hacia abajo y palpé la abertura húmeda, jugosa, que me pareció deliciosamente pequeña. Me gritó que la soltara y me empujó con ambas manos. Estaba enrojecida, hermosa por la indignación, y cuando me quiso apartar con la rodilla, me dejé caer sobre ella. La penetré con el miembro y sentí esa carne tierna, caliente y estrecha que me envolvía, que me dejaba sin aliento.
—¡No! ¡Basta! ¡Te dije que no! —vociferaba. Pero no podía parar. Cómo diablos se le ocurría pensar que era momento para hablar de esas cosas, me dije medio enloquecido hasta que, en un momento de espasmódico entusiasmo, acabé. ¡Brotó rugiente semen del miembro! Un momento antes, había sido la eternidad, y al siguiente ya : había terminado todo, como si no hubiera empezado nunca. Quedé tendido encima de ella, exhausto, por supuesto empapado en sudor, levemente disgustado por lo pegajoso que había sido todo y por sus alaridos de terror.
Por último me di vuelta y quedé boca arriba. Me dolía la cabeza y todos los aromas espantosos de la habitación se intensificaron: un olor a sucio proveniente de la cama misma, con su colchón hundido, apelotonado; el olor fétido de los gatos. Ella saltó de la cama. Parecía haberse vuelto loca. Temblorosa, gimoteando, manoteó una manta de un sillón para taparse y comenzó a gritarme que me fuera, que me fuera, que me fuera.
—Pero, ¿qué es lo que te pasa? —quise saber. Me lanzó una andanada de maldiciones modernas.
—¡Estúpido, hijo de puta, idiota, sinvergüenza! —Cosas por el estilo. Dijo que podía haberle contagiado alguna enfermedad, y hasta mencionó varias. También podía haberla dejado embarazada, o sea que era un imbécil, un delincuente, y debía marcharme en ese mismo momento de ahí. Mejor que me fuera, dijo, porque si no, llamaba a la policía. Sentí una oleada de somnolencia. Traté de ver bien a la muchacha pese a la oscuridad. Luego me acometieron unas náuseas más fuertes que antes. Procuré dominarlas y sólo mediante un enérgico acto de voluntad conseguí no vomitar. Por último, me incorporé y me puse de pie. La miré mientras ella se dedicaba a gritarme, a llorar, y de pronto comprendí que estaba sufriendo mucho, que realmente le había hecho doler y de hecho tenía un feo magullón en la cara. Muy lentamente capté lo que había pasado. Ella pretendía que me pusiera un profiláctico y yo la tomé por la fuerza, por lo cual no disfrutó nada: sólo tuvo miedo. Recordé su imagen en el momento de mi clímax, recordé cómo se resistía, y llegué a la conclusión de que para ella era inconcebible que yo hubiera disfrutado la lucha, su indignación y sus protestas, que me hubiera complacido dominarla. Pero de alguna manera común y mezquina, creo que gocé. Todo el asunto me resultó deprimente, me llenó de desesperanza. ¡El placer mismo no había sido nada! Esto no lo soporto ni un minuto más, pensé. Si hubiera podido llamar a James le habría ofrecido otra fortuna sólo para que regresara de inmediato. Llamar a James... Me había olvidado por completo de buscar un teléfono.
—Escúchame, ma chère —dije—, lo siento muchísimo. Todo salió mal, lo sé. Perdóname.
Hizo ademán de darme un sopapo, pero le sujeté la muñeca fácilmente y la obligué a bajar la mano, lastimándola un poco.
—Ya mismo te marchas o llamo a la policía.
—¡Te comprendo. Fue una torpeza de mi parte. Estuve muy mal. ¡Mucho peor que mal! —me espetó, con voz áspera.
Y esa vez sí me dio la bofetada. No tuve suficiente rapidez y quedé azorado por la fuerza del impacto, por la forma en que me ardió. Me pasé la mano por el lugar golpeado de la cara. Qué dolor molesto, injuriante.
—¡Te vas! —me gritó. Me vestí, pero fue como levantar bolsas de ladrillos. Una vergüenza sorda se apoderó de mí, una sensación de ineptitud, de malestar ante el menor gesto que hacía o la menor palabra que se me ocurría pronunciar; tanto, que sólo quería que me tragara la tierra. Por último, ya todo correctamente cerrado y abotonado, volví a calzarme las medias mojadas, los zapatos delgados, y estuve listo para partir. Ella sentada en la cama. Los huesos de la espalda le asomaban bajo la carne blanca y el pelo le caía en montoncitos gruesos sobre la manta que mantenía apretada contra el pecho. Qué frágil parecía..., qué penosamente fea y repugnante. Traté de verla como si fuese Lestat, pero no pude. Esa mujer me parecía una cosa trivial, inútil, ni siquiera interesante. Me sentí un tanto horrorizado. ¿Habría sido lo mismo en la aldea de mi niñez? Quise hacer memoria, recordar a esas chicas —muertas ya hace siglos—, pero no pude ver sus rostros. Lo que recordaba era felicidad, picardía, una gran exuberancia que durante períodos intermitentes me había hecho olvidar las privaciones y desesperanza de mi vida. ¿Qué significaba aquello en ese preciso momento? ¿Cómo era posible que toda la experiencia me hubiera resultado tan desagradable, al parecer tan inútil? De haber sido yo, esa mujer me habría parecido fascinante como puede serlo un insecto; hasta sus habitaciones pequeñas me habrían parecido peculiares aun en sus peores detalles. Ah, cuánto afecto me despertaba siempre el triste hábitat de los pequeños mortales. ¿Pero por qué era así? ¡Y esa pobre mujer me habría parecido hermosa sencillamente porque estaba viva! No habría sido ensuciado por ella ni aunque la hubiera usado durante una hora para alimentarme. En ese momento, en cambio, me sentía inmundo por haber estado con ella y sucio por haberla tratado con crueldad. ¡No me extrañaba el miedo que ella le tenía a la enfermedad! ¡Yo también me sentía contaminado! Pero, ¿dónde residía la perspectiva de la verdad?
—Lo siento muchísimo —volví a decir—. Tienes que creerme. No era eso lo que quería. En realidad, no sé lo que quería.
—Estás loco —musitó amargamente, sin levantar la mirada.
—Una de estas noches vendré a verte y te traeré un regalo, algo muy hermoso que realmente desees. Así tal vez me perdones.
No me respondió.
—Dime algo que de verdad desees. No importa lo que cueste. ¿Qué cosa te gustaría tener y no puedes?
Alzó la vista con aire hosco. Tenía la cara abotagada, enrojecida; luego se limpió la nariz con el dorso de la mano.
—Ya sabes lo que quería —expresó con voz agria, desagradable, casi asexuada.
—No, no lo sé. Dímelo.
Su rostro estaba tan desfigurado, y la voz me sonó tan rara, que me asustó. Aún me sentía aturdido por el vino, pero mi mente no se había alterado con la embriaguez. Me resultaba muy placentero eso de que el cuerpo estuviera ebrio pero yo no.
—¿Quién eres? —preguntó. Se la veía inflexible y amarga. —Eres alguien importante, ¿no? No un simple... —Su voz se fue apagando.
—Si te lo cuento no lo creerías. Giró más la cabeza y me observó como si de pronto empezara a comprender todo. No supe qué pasaba por su mente. Sólo sabía que le tenía lástima y que ella no me gustaba. No me gustaba ese cuartito sucio con sus techos bajos, la cama fea, la alfombra color tostado, la luz mortecina y la apestosa caja de los gatos en el baño.
—Te voy a tener presente —dije, sintiéndome desdichado pero con ternura—. Pienso darte una sorpresa. Voy a traerte algo maravilloso, algo que nunca podrás comprarte. Un regalo como de otro mundo. Pero ahora tengo que dejarte.
—Sí, mejor que te vayas.
Me volví para hacer precisamente eso. Pensé en el frío que hacía afuera, en Mojo que me esperaba en el pasillo, en la casa con la puerta de atrás arrancada de sus bisagras, en que no tenía dinero ni teléfono. Ah, el teléfono. Ella sí tenía. Se lo había visto sobre el tocador. Cuando me encaminé hacia el aparato, me gritó y me arrojó algo; un zapato, creo. Me dio en el hombro pero no me dolió. Levanté el tubo, marqué los dos ceros de larga distancia y pedí hablar con mi agente de Nueva York con cobro revertido. Sonó muchas veces. No había nadie. Ni siquiera estaba puesto el contestador automático. Qué raro, y qué gran inconveniente. Por el espejo alcancé a ver que ella me miraba en silencio, furiosa, envuelta en la manta que le quedaba como un vestido moderno. Una situación patética, hasta el último detalle. Llamé a París. Una vez más sonó incansablemente, hasta que por fin me llegó la conocida voz de mi agente, a quien saqué del sueño. Le informé en francés que me encontraba en Georgetown, que necesitaba veinte mil dólares..., no, mejor que me enviara treinta, y de inmediato. Me explicó que en París estaba amaneciendo. Tendría que esperar que abrieran los bancos, pero en cuanto pudiera me remitiría el dinero. Quizá fuera el mediodía en Georgetown cuando lo recibiera. Memoricé el nombre de la agencia donde debía ir a retirarlo y le imploré que no se demorara, que no me fuera a fallar pues se trataba de una emergencia, me encontraba sin un centavo y debía atender obligaciones. Me aseguró que iba a obrar con la mayor celeridad. Entonces corté. Ella me miraba fijamente. No creo que haya entendido la conversación, porque no hablaba francés.
—Te voy a recordar —dije—. Perdóname, por favor. Ahora me voy. Demasiados trastornos te he causado ya.
No me contestó. Me quedé mirándola, tratando de entender todo por última vez, de saber por qué ella me parecía tan tosca y carente de atractivo. ¿Desde qué perspectiva solía mirar las cosas antes, puesto que la vida me parecía tan bella y todas sus criaturas variaciones sobre el mismo magnífico tema? —Adiós, ma chère —la saludé—. Lo siento mucho, muchísimo.
Mojo me esperaba pacientemente afuera. Pasé a su lado e hice chasquear los dedos para indicarle que me siguiera, cosa que hizo. Y ahí nomás bajamos la escalerita y nos internamos en la noche helada. Pese a las ráfagas de viento que se colaban en la cocina y lograban introducirse hasta el comedor, las demás habitaciones de la casa estaban aceptablemente caldeadas. De unas rejillitas que había en los pisos salían corrientes de aire tibio. Qué amable, James, en no haber apagado la calefacción, pensé. Pero su intención es marcharse no bien reciba los veinte millones, de modo que la cuenta nunca se pagará. Subí a la planta alta, crucé el dormitorio principal y entré en el baño, un ambiente agradable con cerámicas blancas, elegantes espejos, y la casilla de la ducha cerrada con puertas de reluciente vidrio. Probé el agua: chorro rotundo, caliente. Una delicia. Me quité la ropa húmeda y olorosa, coloqué las medias cerca de la calefacción Y doblé el suéter porque era el único que tenía. Luego me instalé largo rato bajo la ducha. Apoyé la cabeza contra la cerámica y hasta puede ser que me haya quedado dormido de pie. Pero después empecé a llorar y casi al mismo tiempo, a toser. Sentí un ardor intenso en el pecho, y la misma picazón dentro de la nariz. Por último salí, me sequé y volví a mirar ese cuerpo en el espejo. No le encontré falla alguna. Los brazos eran robustos pero de músculos planos, lo mismo que el pecho. Las piernas, bien formadas. La cara era realmente bella —la tez oscura casi perfecta—, aunque en su estructura ya no quedaba nada infantil, como en mi propia cara. Era una cara de hombre, rectangular, un poco dura pero bella, muy bella, quizá debido a los ojos grandes. También la noté un poco áspera. Me estaba creciendo la barba. Debía afeitarme. Qué molestia.
—Esta vivencia tendría que resultarte espléndida —pronuncié en voz alta—. Tienes el cuerpo de un hombre de veintiséis años en perfecto estado. Pero hasta ahora todo fue un suplicio. Has cometido un error tras otro. ¿Cómo es que no puedes hacer frente al desafío? ¿Dónde quedaron tu fortaleza y tu fuerza de voluntad?
Me sentía helado. Mojo se había dormido al pie de la cama. Voy a hacer eso, pensé; dormir. Dormir como mortal y, cuando me despierte, ya entrará la luz del día en la habitación. Aunque esté nublado será algo maravilloso. Será de día. Podrás ver el mundo de día como lo has añorado todos estos años. No des importancia a esta lucha abismal, a estas trivialidades, al miedo. Pero una horrible sospecha se apoderó de mí. ¿Acaso mi vida mortal había sido otra cosa que lucha abismal, trivialidades y miedo? ¿No era de esa misma manera para la mayoría de los humanos? ¿No era ése el mensaje de innumerables escritores y poetas modernos: que malgastábamos la vida en vanas preocupaciones? ¿No era todo eso un pésimo lugar común? Me sentí sumamente conmovido. Traté de argumentar conmigo mismo una vez más, como lo había hecho todo el tiempo. Pero, ¿de qué servía? ¡Estar dentro de ese lerdo cuerpo humano me hacía sentir muy mal! Era espantoso no tener mis dones sobrenaturales. Y el mundo, si se lo miraba bien, era sucio, desprolijo, lleno de accidentes. Y ni siquiera podía ver la mayor parte de él. ¿Qué mundo? ¡Ah, pero mañana! Oh Dios, otro pésimo lugar común. Me reí solo, y al instante me dio un acceso de tos. Esa vez el dolor fue en el cuello y muy intenso, y me saltaron lágrimas. Me conviene dormir, descansar, prepararme bien para mi único y preciado día. Apagué la lámpara y abrí la cama. Por suerte estaba limpia. Apoyé la cabeza sobre la almohada de plumas, encogí las piernas hasta acercar las rodillas al pecho, me tapé hasta el mentón y me puse a dormir.








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rosario dijo
bueo espero estes biuen y disfrutes tu vidacomo mortal ke de seguro te sera dificil vivir pero creeme es muy bueno ser mortal... un gran saludo.....
y muchos vesos grandiosos y pues me da gusto ke seas humano otra ves lo ke no me da mucho gusto es tu suerte :(
bueno pues ke puedo yo desirte....
saludos!!!!!!!!!!!!
10 Junio 2007 | 05:11 PM