Lestat X
—Quiero que me cuente en detalle —dije— cómo lo obligó a salir de su cuerpo y cómo pudo hacerlo entrar en el suyo. Miércoles, por fin. No había pasado ni media hora desde la puesta del sol. Lo sobresalté cuando aparecí por la puerta del fondo. Estábamos en la inmaculada cocina blanca, habitación por cierto desprovista de misterio para una reunión tan esotérica. Una única lamparita en un aplique de cobre iluminaba la mesa con un resplandor rosado, brindando intimidad a la escena. Seguía nevando y en el subsuelo la caldera emitía un rugido continuo. Yo había llevado conmigo al perro, con gran disgusto del dueño de la casa, y luego de tranquilizarlo un poco, el animal se quedó tendido como esfinge egipcia, con las patas delanteras estiradas sobre el piso encerado, mirándonos. De vez en cuando James le lanzaba una miradita nerviosa, y con razón, porque parecía que el perro tenía el demonio adentro y que el demonio conocía toda la historia. Noté a James mucho más relajado que en Nueva Orleáns. Había vuelto a ser el gentleman inglés, lo cual realzaba su cuerpo alto y juvenil. Tenía puesto un suéter gris que se adhería atractivamente a su pecho ancho, y pantalones oscuros. Llevaba anillos de plata en los dedos y, en la muñeca, un reloj ordinario. No me acordaba de esos objetos. James me miraba con expresión chispeante, lo cual me resultaba mucho más fácil de soportar que sus horribles sonrisas iracundas. No podía quitarle los ojos de encima, no podía dejar de mirar ese cuerpo que pronto podría ser mío. Alcancé a oler la sangre dentro del cuerpo, por supuesto, y ello me hizo arder de pasión. Cuanto más lo miraba, más me preguntaba qué sentiría si bebía su sangre y terminaba ahí mismo con el asunto. ¿Trataría él de huir del cuerpo y me dejaría aferrando una mera cáscara con respiración? Lo miré a los ojos, pensé "brujo", y una excitación nada habitual me quitó el hambre. Sin embargo, no sé si lo creía capaz de hacer lo que decía. Pensé que esa noche iba a terminar dándome un gran festín y nada más. Le aclaré la pregunta. —¿Cómo fue que encontró este cuerpo? ¿Cómo consiguió que el alma entrara en el suyo? —Yo había estado buscando un espécimen así; es decir, un hombre que psicológicamente hubiera perdido la voluntad y la capacidad de raciocinio, pero que tuviera sano el cerebro. En esas cuestiones, la telepatía es una gran ayuda, porque sólo mediante ella se podía llegar hasta los restos de inteligencia enterrados aún en su interior. Tuve que convencerlo en el nivel más profundo del inconsciente, por así decirlo, de que acudía en su ayuda, que me constaba que era una buena persona, que estaba de su parte. Y una vez que llegué a ese núcleo rudimentario, fue bastante fácil robarle los recuerdos e instarlo a la obediencia. —Se encogió de hombros. —Pobre tipo. Sus respuestas eran totalmente supersticiosas. Creo que hasta el último momento pensó que yo era su ángel de la guarda. —¿Y lo sedujo para que saliera de su cuerpo? —Sí, eso fue exactamente lo que hice, valiéndome de sugerencias un tanto rebuscadas. Una vez más, mi aliada fue la telepatía, hay que ser vidente para manipular de esa manera a los demás. La primera vez se levantó quizá cuarenta o cincuenta centímetros, pero volvía a caer dentro de la carne. Era más un reflejo que una decisión. Pero tuve paciencia, mucha paciencia. Cuando por fin logré tentarlo para que saliera por espacio de unos segundos, eso me bastó para meterme yo adentro y al mismo tiempo centrar toda mi energía en hacerlo entrar a él en lo que quedaba de mi viejo yo. —Qué hermosa manera de expresarlo. —Bueno, usted sabe que somos cuerpo y alma —aseguró con una sonrisa plácida—. Pero, ¿qué necesidad de hablar de todo esto ahora? Usted sabe salir de su cuerpo, de modo que no le resultará difícil. —Podría llegar a sorprenderlo. ¿Qué pasó cuando él ya estuvo en el cuerpo de usted? ¿Se dio cuenta de lo que había pasado? —En absoluto. Debe comprender que el hombre estaba muy deteriorado psicológicamente. Y por supuesto, era un ignorante. —Además, no le dio tiempo para nada, ¿verdad? Lo mató. —¡Señor de Lioncourt, lo que hice fue un acto de piedad! ¡Qué terrible dejarlo dentro de ese cuerpo, confundido como estaba! Comprenda que él no se iba a recuperar, con independencia del cuerpo que habitara. Había matado a toda su familia, hasta al bebé en su cunita. —¿Usted tomó parte en ese hecho? —¡Qué pobre opinión tiene de mí! No, en absoluto. Yo andaba vigilando los hospitales en busca de un espécimen porque sabía que alguno iba a aparecer. Pero, ¿a qué vienen estas últimas preguntas? ¿Acaso David Talbot no le dijo que en la Talamasca hay numerosos casos de transmutación registrados? David no me lo había dicho, pero no podía culparlo por ello. —¿En todos hubo un asesinato de por medio? —No. Algunos se hicieron a través de un trato como el que convinimos usted y yo. —Estaba pensando... usted y yo somos muy distintos. —Sí, pero no me va a decir que no nos complementamos. Este cuerpo que le ofrezco es muy bello —dijo, poniéndose la mano contra el pecho—. No tanto como el suyo, sin duda, ¡pero muy bueno! Además, es exactamente lo que precisa. En cuanto al suyo, ¿qué más puedo decir? Espero que no haya oído hablar de mí a David Talbot, que ha cometido tantos errores trágicos. —¿A qué se refiere? —Es un esclavo de esa funesta organización —dijo—. Ellos lo dominan. ¡Qué pena que no pude hablar con él al final, porque así se habría convencido de lo que yo podía ofrecerle, lo que podía enseñarle! ¿Le habló de sus aventuras en Río? Sí, una persona excepcional, a la que me habría gustado conocer. Pero le advierto que no conviene cruzarse con él. —¿Cómo se puede impedir que usted me mate no bien intercambiemos nuestros cuerpos? Eso fue lo que hizo con ese individuo al que tentó para que le diera su cuerpo, asestándole un rápido golpe en la cabeza. —Ah, veo que conversó con Talbot —repuso, dispuesto a no dejarse afectar—. ¿O acaso investigó por su cuenta? Veinte millones de dólares me impedirán matarlo. Necesito el cuerpo para ir al banco, no se olvide. Maravilloso de su parte que haya duplicado la suma, pero le aseguro que habría mantenido mi palabra por diez. Ah, usted me ha liberado, señor de Lioncourt. A partir del viernes, a la misma hora en que clavaron a Cristo en la cruz, no voy a tener que robar nunca más. Bebió un sorbo de té. Dejando de lado la fachada que mostraba se iba poniendo cada vez más nervioso. Y algo similar me ocurría a mí. ¿Y si da resultado? —Claro que dará resultado —aseguró con esa manera suya tan intensa—. Y hay otras razones de peso para que no intente hacerle daño. Veámoslas una por una. —De acuerdo. —Bueno, usted podría decidir salir del cuerpo ante una agresión física mía. Ya le expliqué que necesito su colaboración. —¿Y si no me da tiempo? —Eso es una cuestión teórica. Jamás me atreveré a hacerle daño, ya que sus compañeros se enterarían. En la medida en que usted esté aquí, dentro de un cuerpo humano sano, a sus compañeros no se les ocurrirá destruir su cuerpo preternatural por más que sea yo el que esté adentro. Eso no lo harían, ¿no le parece? Pero si lo mato... es decir, si le destrozo la cara o lo que sea sin darle tiempo a desligarse —¡y créame que es una posibilidad, lo sé muy bien!— tarde o temprano sus amigos averiguarán que soy un impostor y me ultimarán sin más trámite. Con toda probabilidad percibirían su muerte Cuando ésta se produjera, ¿no cree? —No sé, pero con el tiempo descubrirían todo. —¡Desde luego! —Es fundamental que usted no aparezca por Nueva Orleáns mientras esté dentro de mi cuerpo, que no se acerque a ningún bebedor de sangre, ni siquiera a los más débiles. Debe usar su capacidad para encubrirse, como comprenderá. —Sí, claro. Tenga la seguridad de que he analizado todo. Si se me ocurriera quemar vivo a su bello Louis de Pointe du Lac, los otros se enterarían de inmediato, ¿no es así? Y terminaría siendo yo la róxima hoguera que arda en la noche. No le respondí. Sentí la ira como si fuera un líquido helado que me recorría, de arriba abajo, anulando toda esperanza, todo coraje. ¡Pero yo quería eso! ¡Lo quería y lo tenía al alcance de la mano! —No se complique con esas tonterías —me suplicó. Sus modales eran tan parecidos a los de David Talbot... A lo mejor lo hacía adrede. Tal vez usaba de modelo a David. Sin embargo, me pareció que era más bien una cuestión de educación similar y cierto instinto para la persuasión que ni siquiera David poseía. —No, yo no soy asesino —declaró, con repentina intensidad—. Lo que más importa es lo que se adquiere, y yo deseo rodearme de confort, de belleza, de todo el lujo imaginable, poder irme a vivir donde me agrade. —¿Quiere que le dé instrucciones? —¿Sobre qué? —Sobre qué hacer cuando esté dentro de mi cuerpo. —Ya me ha dado las instrucciones, mi estimado amigo: leí sus libros. —Me obsequió una ancha sonrisa, inclinó levemente la cabeza y me miró como si me estuviera tentando para que me fuera con él a la cama. —También he leído hasta el último documento de los archivos de la Talamasca. —¿Qué clase de documentos? —Descripciones pormenorizadas de la anatomía de los vampiros, los límites obvios que ustedes tienen, ese tipo de cosas. Debería leerlos usted también. Tal vez los tomara a risa. Los artículos más antiguos se escribieron en la época del oscurantismo y dicen tantas tonterías que hasta Aristóteles se habría puesto a llorar. Pero los legajos más recientes son científicos y muy precisos. No me gustaba el giro que iba tomando la conversación. No me gustaba nada de lo que estaba pasando. Tentado estuve de dar todo por terminado en ese momento. Pero de repente supe que iba a llevar a cabo la experiencia. Tuve la certeza. Una extraña serenidad se apoderó de mí. Sí, íbamos a hacerlo en cuestión de minutos. Y daría resultado. Sentí que se me iba el color de la cara: un imperceptible enfriamiento de la piel, que aún me dolía por el suplicio padecido bajo el sol. Dudo que él haya notado el cambio o un endurecimiento en mi expresión, porque siguió hablando como antes. —Las observaciones escritas en la década de 1970, luego de publicado "Entrevista con el vampiro", son muy interesantes. Y los últimos capítulos, inspirados en la rebuscada historia que narró usted sobre la especie... Sí, sé todo lo que hay que saber sobre su cuerpo, quizá hasta más que usted mismo. ¿Sabe lo que pretende la Talamasca? ¡Conseguir una muestra de sus tejidos, de sus células vampíricas! Yo en su lugar no permitiría jamás que obtuvieran un espécimen. Usted no ha tenido el menor cuidado con Talbot. Tal vez él le haya cortado las uñas o algún mechón de pelo cuando lo tuvo durmiendo bajo su techo. Mechón de pelo. ¿No había un mechón rubio en el relicario? ¡Tenía que ser pelo de vampiro! El pelo de Claudia. Me estremecí, me replegué más dentro de mí mismo y no le permití entrar en mi mente. Siglos atrás, hubo una noche fatídica en la que Gabrielle, mi madre mortal e hija vampírica recién nacida, se cortó el pelo. Pero durante las largas horas del día que transcurrió en el ataúd, le volvía a crecer. Yo no quería recordar los gritos que dio cuando descubrió esos magníficos rizos largos que de nuevo le llegaban a los hombros; no quería pensar en ella ni en lo que podría decirme sobre esto que me proponía hacer. Hacía años que no posaba mis ojos en ella. Podían pasar siglos hasta que volviera a verla. Volví a mirar a James quien, con expresión radiante de esperanza, trataba de parecer sereno. —Olvídese de la Talamasca —murmuré por lo bajo—. ¿Por qué le cuesta tanto estar en ese cuerpo? Se le nota torpe. Sólo se siente cómodo cuando está sentado y puede dejar todo librado a su cara y su voz. —Muy perceptivo —comentó, con inconmovible decoro. —No lo creo. Es muy evidente. —El cuerpo me queda demasiado grande, eso es todo —explicó tranquilo—, Demasiado fornido..., atlético, por así decirlo. Pero para usted es perfecto. Hizo una pausa, miró la taza con aire pensativo y luego posó en mí sus ojos, tan sinceros en apariencia. —Vamos, Lestat —dijo—. ¿Por qué estamos perdiendo el tiempo con esta conversación? Una vez que esté dentro de usted, mi intención no es bailar con el Royal Ballet sino disfrutar la experiencia, hacer cosas nuevas, ver el mundo a través de sus ojos. —Miró brevemente la hora. —Bueno, le ofrecería algo de beber para darle más coraje, pero eso a la larga sería contraproducente, ¿verdad? Ah, antes de que me olvide: el pasaporte. ¿Pudo conseguirlo? ¿Recuerda que le pedí uno? Espero que no lo haya olvidado; desde luego, yo también tengo uno para usted, aunque me imagino que no irá a ninguna parte con este temporal... Dejé mi pasaporte sobre la mesita, él se metió la mano debajo del pulóver, sacó el suyo del bolsillo de la camisa y me lo entregó en la mano. Lo revisé. Era norteamericano, y falso. Incluso la fecha de emisión, de dos años atrás, era falsa. Raglan James. Edad, veintiséis. Foto correcta. Buena foto. El domicilio de Georgetown. ¡Él estaba observando el pasaporte mío, también falso, su piel bronceada! —Se ve que lo hizo confeccionar ex profeso... seguramente anoche mismo. No me tomé el trabajo de contestarle. —Qué inteligente de su parte, y qué buena la foto. —La miró con detenimiento. —Clarence Oddbody. ¿Cómo se le ocurrió semejante nombre? —Es un chiste privado. ¿Qué importa? Lo tendrá únicamente esta noche y mañana a la noche. —Me encogí de hombros. —Es cierto, muy cierto. —Lo espero aquí de regreso el viernes temprano, entre las tres y las cuatro de la madrugada. —Excelente. —Iba ya a guardar el pasaporte, pero se contuvo y soltó una risita áspera. Luego sus ojos me escrutaron con expresión de genuino placer. —¿Está listo? —Todavía no. —Saqué la billetera, la abrí, extraje alrededor de la mitad del dinero que llevaba y se la entregué. —Ah, sí, el dinero para gastos menores. Muy amable en recordarlo. Yo, con la emoción, me estoy olvidando de todos los detalles importantes, lo cual es imperdonable. Y usted, tan caballero... Recogió los billetes y una vez más se contuvo cuando ya estaba por guardárselos en el bolsillo. Volvió a dejarlos sobre la mesa y sonrió. Yo apoyé la mano sobre la billetera. —El resto es para mí —dije—, para después de que hagamos el intercambio. Espero que esté satisfecho con la suma. ¿El ladronzuelo que hay en usted no se sentirá tentado de alzarse con lo que queda? —Haré lo posible por comportarme bien —respondió chispeante—. Ahora bien, ¿quiere que me cambie de ropa? Estas prendas las robé especialmente para usted. —Están bien. —¿Quiere que vacíe mi vejiga? ¿O prefiere hacerlo usted? —Prefiero hacerlo yo. Asintió. —Estoy con hambre. Pensé que eso a usted le agradaría. Hay un restaurante muy bueno por esta misma calle. Paolo’s. Sirven unos estupendos spaghetti alla carbonara. Puede ir caminando a pesar de la nieve. —Maravilloso. Yo no tengo hambre porque me pareció que así le resultaría más sencillo. Mencionó usted un auto. ¿Dónde está? —Ah, sí, el auto. Saliendo por el frente, a la izquierda de la escalera de entrada. Es un Porsche deportivo color rojo, que supuse le agradaría. Aquí están las llaves. Pero tenga cuidado... —¿Con qué? —Bueno, obviamente con la nieve. A lo mejor ni siquiera consigue moverlo. —Le agradezco la advertencia. —No quiero que se haga daño. Si usted no aparece por aquí el viernes, podría costarme veinte millones. De todos modos, en el escritorio que hay en la sala encontrará el registro de conductor con la foto correcta. ¿Qué pasa? —No se me ocurrió traer ropa para usted. Sólo tengo ésta que llevo puesta. —Oh, no, eso yo ya lo pensé hace mucho, cuando estuve curioseando en su habitación del hotel de Nueva York. Tengo mi guardarropa, no se preocupe, y me agrada ese traje negro de pana. Viste usted muy bien. Siempre vistió con elegancia, ¿no? Pero claro, proviene de una época en que se usaban atuendos tan suntuosos. La actual debe parecerle aburrida. ¿Esos botones son antiguos? Bueno, ya tendré oportunidad de mirarlos con más atención. —¿Adónde piensa ir? —Adonde quiera, desde luego. ¿Está perdiendo el coraje? —No. —¿Sabe conducir autos? —Sí. Pero si no supiera, me arreglaría lo mismo. —¿Le parece? ¿Cree que va a tener su inteligencia sobrenatural cuando esté en este cuerpo? No lo sé. No estoy seguro. A lo mejor las pequeñas sinapsis del cerebro no le funcionan con tanta rapidez. —No sé nada sobre sinapsis. —Está bien. Empecemos, entonces. —Sí, creo que ahora sí. —Dentro de mi pecho, el corazón se me hizo un nudo, pero en el acto James adoptó un tono autoritario. —Escúcheme atentamente —dijo—. Quiero que salga y se eleve de su cuerpo, pero no antes de que yo haya terminado de hablar. Tiene que ascender. Recuerde que ya lo ha hecho antes. Antes de llegar al techo, cuando esté justo encima de nosotros dos, hará el esfuerzo de introducirse en este cuerpo. No debe pensar en ninguna otra cosa. No permita que el miedo lo desconcentre. No se ponga a pensar cómo es que sucede esto. Lo que debe hacer es descender, entrar en este cuerpo y conectarse de inmediato con cada fibra, con cada célula. ¡Represéntese la escena mientras la vive! Imagine que ya está adentro. —Sí, le entiendo. —Como le anticipé, va a encontrar algo invisible, algo que queda del ocupante original, y ese algo anhela sentirse completo de nuevo... con el alma de usted. Le indiqué con un gesto que comprendía. —Quizás experimente diversas sensaciones desagradables —prosiguió—. Cuando entre en este cuerpo, lo notará muy compacto, apretado, pero no titubee. Hágase a la idea de que su espíritu va ingresando en los dedos de ambas manos, en los dedos de los pies. Mire a través de los ojos. Eso es lo mas importante, porque los ojos forman parte del cerebro. Cuando mire por ellos, estará asentándose dentro del cerebro. De allí no se desprenderá, eso es seguro. Una vez que esté adentro, va a hacer falta un gran esfuerzo para sacarlo de allí. —¿Lo veré a usted en espíritu cuando estemos haciendo el cambio? —No. Se podría hacer, pero gran parte de la concentración se apartaría del objetivo inmediato. Usted no necesita ver nada más que este cuerpo; tiene que entrar en él, empezar a moverlo, respirar con él y ver con él, como le dije. —Sí. —Ahora bien. Una cosa que le dará temor será ver su propio cuerpo inerte, o habitado por mí. No se deje apabullar por esa impresión, para lo cual tendrá que hacer uso de cierta dosis de confianza y humildad. Créame que voy a efectuar la posesión sin dañar su cuerpo, y me marcharé de inmediato para que, cuando me mire, no recuerde constantemente lo que hizo. No volverá a verme hasta el viernes por la mañana como convinimos. Tampoco le hablaré, porque quizá no le guste oír mi voz saliendo de su boca y se distraiga. ¿Me entiende? —¿Qué sonido tendrá su voz? ¿Qué sonido tendrá la mía? Una vez más echó un rápido vistazo a la hora, y luego nuevamente a mí. —Habrá diferencias —respondió—. El tamaño de la laringe es distinto. Este hombre, por ejemplo, le dio a mi voz un tono más grave que yo antes no tenía. Usted conservará su ritmo, su acento, sus pautas lingüísticas, por supuesto, pero el timbre será distinto. Lo miré con atención. —¿Es importante que yo crea que esto se puede realizar? —No —repuso, con una ancha sonrisa—. No va a ser una sesión espiritista. No tiene que atizar el fuego para la médium con su propia fe. Ya lo verá dentro de un instante. ¿Qué más queda por decir? —Algo más tenso, se adelantó en su sillón. De pronto el perro lanzó un gruñido áspero, y yo estiré una mano para tranquilizarlo. —¡Vamos! —me apuró James, su voz un susurro—. ¡Salga ya de su cuerpo! Me eché hacia atrás e hice una seña al perro para que se quedara quieto. Luego me propuse mentalmente elevarme y sentí que una vibración recorría todo mi cuerpo. Después vino la maravillosa sensación de estar elevándome como espíritu ingrávido, libre, mientras aún podía ver mi forma masculina, con sus brazos y piernas extendidos, muy próxima al techo blanco, y cuando miré hacia abajo observé el asombroso espectáculo de mi propio cuerpo sentado todavía en el sillón. ¡Ah, qué gloriosa la sensación, como si pudiera ir a cualquier parte en un instante! Como si no necesitara el cuerpo y mi vínculo con él hubiera sido un engaño desde el momento de nacer. El cuerpo físico de James cayó levemente hacia adelante y sus dedos comenzaron a moverse hacia afuera sobre la mesa blanca. No tenía que distraerme. ¡Lo importante era la mutación! —¡Debo bajar y meterme en ese cuerpo! —expresé en voz alta, pero no hubo una voz audible; después, sin palabras, logré caer verticalmente y fusionarme con esa carne nueva, con esa forma física. Un sonido estentóreo inundó mis oídos; luego experimenté una sensación de constreñimiento, como si todo mi ser se viera forzado a recorrer un tubo angosto y resbaladizo. ¡Dolorosísimo! Ansié la libertad, pero en cambio sentí que iba llenando los brazos y piernas vacíos; sentí el hormigueo y el peso de la carne que me cercaba, y sensaciones similares sobre mi rostro. Con esfuerzo abrí los ojos antes de darme cuenta siquiera de que estaba moviendo los párpados de ese cuerpo mortal, que de hecho estaba parpadeando, mirando la habitación en penumbras con ojos humanos, y vi ante mí mi viejo cuerpo y mi vieja piel bronceada, mis ojos azules que a su vez me miraban a través de los vidrios color violeta. Sentía que me ahogaba —¡tenía que escapar!—, pero al mismo tiempo tomé conciencia de que ¡había entrado! ¡Estaba dentro del otro cuerpo! Se había operado el cambio. No pude dejar de inhalar Una bocanada de aire gruesa, pesada, y al hacerlo moví esa monstruosa osamenta de carne. Luego me di una palmada en el pecho y consternado noté lo sólido que era, al tiempo que oía el paso húmedo de la sangre por el corazón. —Dios santo, estoy adentro —exclamé, luchando por despejar la penumbra que me envolvía, el velo oscuro que me impedía ver con más nitidez la silueta que tenía ante mí y que en ese momento cobró vida. Mi viejo cuerpo pegó un salto y se elevó con los brazos en alto, en ademán de horror. Una de las manos chocó contra la luz del techo e hizo explotar la lamparita, al tiempo que el sillón caía ruidosamente contra el piso. El perro se incorporó y emitió una suerte de aterradora melodía de ladridos guturales. —No, Mojo, no. ¡Siéntate! —me oí clamar con mi gruesa garganta de mortal, tratando aún de ver en las tinieblas pero sin poder hacerlo, y dándome cuenta de que era mi mano la que lo sujetaba del collar y le pegaba un tirón para que no atacara al viejo cuerpo vampírico, cuerpo que a su vez contemplaba al perro con enorme perplejidad, con un brillo feroz en los ojos azules desmesuradamente abiertos, ausentes. —¡Sí, mátelo! —profirió, estentórea, la voz de James saliendo de mi vieja boca preternatural. De inmediato me tapé los oídos con las manos para protegerme del sonido. El perro volvió a adelantarse, y una vez más lo aferré del collar. Me dolieron los dedos al sujetar los eslabones y me llamó la atención la fuerza del animal como asimismo la poca resistencia de mis brazos mortales. ¡Oh, dioses, tenía que hacer funcionar este cuerpo! Él no era más que un perro, ¡y yo, un fornido humano! —¡Basta, Mojo! —le imploré en el momento en que me arrastraba del sillón haciéndome caer de rodillas—. ¡Y usted, váyase de aquí! —me indigné. Me dolían terriblemente las rodillas. La voz me pareció insignificante, opaca. —¡Váyase! —repetí. El ser que yo había sido pasó a mi lado sacudiendo aún los brazos, se estrelló contra la puerta del fondo e hizo astillas los cristales, por lo cual entró una ráfaga de viento frío. El perro estaba enloquecido, y yo ya casi no lo podía dominar. —¡Váyase! —grité una vez más y, consternado, observé que el ser retrocedía y atravesaba la puerta, que despedazaba la madera y lo que quedaba de vidrio, y en el porche se elevaba para internarse en la noche nevada. Lo vi un último instante, repugnante aparición suspendida en el aire sobre los escaloncitos del fondo, mientras la nieve se arremolinaba en derredor. Sacudía sus extremidades rítmicamente, cual nadador en un mar invisible. Sus ojos azules seguían muy abiertos e insensibles, como si la carne pretematural que los rodeaba fuese incapaz de formar una expresión, Y brillantes como dos gemas incandescentes. Su boca —mi vieja boca— se había estirado en una sonrisa insensata. Al instante desapareció. Me quedé sin aliento. La habitación estaba helada a causa del viento que entraba por todos los rincones, haciendo caer las ollas de cobre de su elegante soporte mientras se precipitaba contra la puerta del comedor. Y de pronto el perro se sosegó. Tomé conciencia de que yo estaba en el piso a su lado, que le había pasado el brazo derecho por el cuello y que, con el izquierdo, le rodeaba el pecho peludo. Cada respiración me hacía doler, forzosamente tenía que entornar los párpados para que la nieve traída por el viento no me entrara en los ojos, me sentía atrapado en ese cuerpo extraño relleno con pesos de plomo, y el aire frío eran punzadas que sentía en cara y manos. —Dios santo, Mojo —murmuré en su oreja suave, rosada—. Dios santo, ¡sucedió! Ya soy un hombre mortal.










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jezabel-21 dijo
Humm mi queridisimo Lestat, siendo mortal, no puede ser, aún no me lo creo, qué pasará con su cuerpo, qué hará ese desaprensivo con sus terribles poderes sobrenaturales, Dios santo, no quiero ni imaginarmelo... un beso dulce y sueño eterno.
8 Junio 2007 | 08:02 PM