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La Coctelera

Mi Guarida

30 Mayo 2007

Lestat IX

A la noche siguiente, completada la documentación necesaria para transferir los diez millones de dólares, la envié por mensajero al banco de Washington junto con la tarjeta de fotoidentificación del señor Raglan James, además de una reiteración total de las instrucciones, de mi puño y letra, y la firma de Lestan Gregor, que, por diversas razones, era el mejor nombre para usar en toda esa cuestión. Mi representante en Nueva York también me conocía por otro seudónimo, al que convinimos no hacer figurar en ningún momento de la transacción; por otra parte, si necesitaba ponerme en contacto con él, ese otro nombre, y dos contraseñas nuevas, lo autorizarían para realizar transferencias de dinero, bastando para ello sólo una orden verbal de mi parte. En cuanto al nombre Lestan Gregor, desaparecería por completo de toda documentación no bien los diez millones pasaran a poder del señor James. Los restantes bienes del señor Gregor quedaban transferidos a mi otro nombre, que, dicho sea de paso, era Stanford Wilde. Todos mis representantes están habituados a recibir instrucciones así de insólitas: cesiones de dinero, abandono de identidades, orden de girarme fondos adondequiera que me encuentre, mediante apenas un llamado telefónico. Pero ajusté el sistema. Di contraseñas raras, difíciles de pronunciar. En suma, hice todo lo posible por mejorar la cuestión de la seguridad en torno de mis identidades, como también para dejar totalmente establecidas las condiciones para la transferencia de los diez millones. Desde el mediodía del miércoles el dinero estaría en una cuenta fiduciaria en el banco de Washington, del cual sólo podría retirarlo el señor Raglan James y únicamente entre las diez y las doce del viernes siguiente. El señor James demostraría su identidad si su aspecto coincidía con la foto, además de su huella digital y su firma, antes de que el dinero pasara a su cuenta. A las doce y un minuto toda la transacción quedaría sin efecto y el dinero regresaría a Nueva York. Al señor James debían presentársele las condiciones a más tardar el miércoles por la tarde y se le habría de asegurar que, en caso de cumplirse con todos los requisitos, el dinero le sería transferido según lo pactado.

Me pareció que era un convenio riguroso, pero yo no era ladrón no obstante lo que pensara el señor James. Sabiendo que él sí lo era, revisé varias veces hasta el último detalle, en forma algo compulsiva, para no darle ventaja alguna. Luego me pregunté por qué todavía me estaba engañando con que no iba a realizar el experimento, si ya tenía decidido hacerlo. Entretanto, a cada rato sonaba el teléfono de mi departamento, ya que David trataba desesperadamente de comunicarse conmigo; pero yo me quedé sentado en la oscuridad, sin atender, un tanto fastidiado con los timbrazos, hasta que por fin desconecté el aparato.

Lo que me proponía hacer era despreciable. Ese canalla sin duda usaría mi cuerpo para los crímenes más crueles y abyectos. ¿Y yo iba a permitir que sucedieran sólo para poder ser humano? Era difícil justificarlo desde todo punto de vista. Cada vez que pensaba en la posibilidad de que mis compañeros —cualquiera de ellos— pudieran descubrir la verdad, me estremecía y trataba de pensar en otra cosa. Ojalá estuvieran muy ocupados con sus forzosas actividades en todo el mundo ancho y hostil. Cuánto mejor pensar en toda la propuesta con creciente emoción. Y el señor James sin duda estaba en lo cierto respecto al tema del dinero. Diez millones no significaban absolutamente nada para mí. A través de los siglos amasé una gran fortuna que fui aumentando de diversas maneras, y yo mismo no sabía a cuánto ascendía. Por mucho que entendiera lo distinto que era el mundo para un mortal, aún no comprendía del todo por qué a James le importaba tanto el dinero. Al fin y al cabo, estábamos hablando de una magia potente, de enormes poderes sobrenaturales, de percepciones espirituales potencialmente abrumadoras, de hechos demoníacos, cuando no heroicos. Pero era obvio que lo que el hijo de puta deseaba era dinero. Pese a todo, no tenía otro interés que el dinero. Y quizá fuese mejor así. Pensemos en lo peligroso que podía ser en caso de tener grandes ambiciones. Pero no las tenía. Y yo ansiaba ese cuerpo humano: en definitiva era eso. Lo demás, en el mejor de los casos, eran racionalizaciones. Y a medida que iban pasando las horas, eso era lo que más hacía. Me planteé, por ejemplo, si entregar mi poderoso cuerpo era un acto tan vil. Ese idiota no era capaz de usar el cuerpo humano que tenía. En la mesa del café, durante media hora estuvo hecho un verdadero gentleman, pero, no bien se levantó, arruinó todo con sus gestos poco elegantes. Jamás podría aprovechar mi fortaleza física. Tampoco podría orientar mis facultades telekinésicas por más parapsicólogo que dijera ser. A lo mejor podía usar la telepatía, pero en cuanto a poner en estado hipnótico o hechizar, seguramente no podría siquiera empezar a usar esos dones. Dudo que hubiera logrado desplazarse con velocidad. Por el contrario, iba a ser lento, torpe. Le sería imposible volar y quizá hasta se metería en apuros. Sí, mejor que fuese un maquinador vil y no uno de esos tipos violentos que se creen dioses. Y yo, ¿qué pensaba hacer? ¡La casa en Georgetown, el auto y las demás cosas no me importaban en absoluto! Fui sincero al decírselo. ¡Quería sentirme vivo! Claro que iba a necesitar algo de dinero para bebidas y alimentos, pero ver la luz del día no costaba nada. Más aún, para esa vivencia no hacían falta grandes lujos ni un confort especial. Yo sólo anhelaba la experiencia física y espiritual de ser nuevamente de carne y hueso. ¡Me consideraba totalmente distinto de ese miserable. Pero me quedaba una duda. ¿Y si no bastaban diez millones para que me devolviera mi físico? Tal vez me convenía duplicar el monto. Para alguien tan estrecho de miras como él, una fortuna de veinte millones sería una gran tentación. Y, en el pasado, siempre me había dado buenos resultados duplicar las sumas que cualquiera me cobraba por sus servicios; así, obtenía una lealtad que ni ellos mismos habrían creído posible jamás. Volví a llamar a Nueva York y dupliqué la cifra. Como era de prever, mi agente creyó que me estaba volviendo loco. Usamos las nuevas contraseñas para confirmar la validez de la transacción. Después corté. Ya era hora de conversar con David o ir a Georgetown. Además le había hecho una promesa a David. Me quedé muy quieto, esperando que sonara el teléfono. Cuando sonó, lo atendí.

—Gracias a Dios que te encuentro.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Reconocí en el acto el nombre Raglan James, y tenías toda la razón. ¡Ese tipo no está dentro de su cuerpo! La persona de que hablas tiene sesenta y siete años. Nació en la India, se crió en Londres, y estuvo cinco veces preso. Es un ladrón conocido por todos los organismos de seguridad de Europa, un estafador. También tiene notables poderes parapsicológicos, de magia negra... de los más arteros que se conocen.

—Sí, me contó. Consiguió infiltrarse en la orden.

—Así es; fue uno de los errores más grandes que cometimos. Pero ese tipo es capaz de seducir a la Virgen María, de robarle el reloj al mismísimo Dios. Sin embargo, en pocos meses se cavó su propia fosa y ése es el quid de la cuestión. Escúchame bien, Lestat. ¡Los que hacen magia negra o hechicerías siempre se hacen mal a sí mismos! Con esos dones podía habernos tenido engañados toda la vida; ¡en cambio los utilizó para desplumar a los otros miembros y saquear las criptas!

—También me lo contó. En cuanto al asunto de cambiar de cuerpo, ¿puede quedar alguna duda?

—Descríbeme al hombre tal como lo viste.

Así lo hice. Recalqué el dato de la estatura y la contextura robusta. El pelo grueso y brillante, la piel extrañamente tersa y satinada.

Su excepcional belleza.

—En este mismo instante estoy mirando una foto suya.

—A ver, dime —le pedí.

—Estuvo un tiempo recluido en un hospital de Londres para dementes criminales. La madre era anglo-india, lo cual explica su tez excepcional, que aquí también se advierte. El padre era taxista. El tipo mismo trabajaba en un taller donde arreglaban autos sumamente caros. Como actividad secundaria comercializaba drogas para poder comprarse él también esos coches. Un día asesinó a toda su familia —la mujer, dos hijos, el cuñado y la madre—, y luego se entregó a la policía. Se le encontró en la sangre una aterradora mezcla de alucinógenos y gran cantidad de alcohol. Eran las mismas drogas que solía vender a los jóvenes del barrio.

—Trastorno de los sentidos pero nada malo en el cerebro.

—Precisamente, esa furia homicida se la provocaron las drogas, según pudieron comprobar las autoridades. Después del incidente, el hombre no volvió a abrir la boca. Permaneció inmune a todo estímulo hasta tres semanas después de haber sido internado, momento en el cual se escapó misteriosamente, dejando en su habitación a un enfermero asesinado. ¿A que no te imaginas quién era el enfermero?

—James.

—Exacto. En la autopsia se realizó la identificación mediante las huellas digitales, dato que luego fue corroborado por la Interpol y Scotland Yard. James había estado trabajando en el hospital con nombre falso durante un mes, ¡sin duda esperando que arribara tal cuerpo! Después asesinó alegremente su propio cuerpo. Un tipo de acero, el hijo de puta, para haber podido hacer eso.

"Claro que era un cuerpo muy enfermo, se estaba muriendo de cáncer. La autopsia determinó que no habría vivido más de seis meses. Lestat, bien puede ser posible que James haya ayudado a cometer los crímenes mediante los cuales pudo disponer luego del cuerpo del joven. Si no hubiese robado ese físico, habría conseguido otro de manera similar. Y una vez que mató su propio cuerpo, éste se fue a la tumba llevándose consigo todo el prontuario criminal de James.

—¿Por qué me dio su nombre verdadero, David? ¿Por qué me contó que perteneció a la Talamasca?

—Para que yo pudiera confirmar su versión. Todo lo que hace está calculado. Tú no sabes lo astuto que es. ¡Quiere que sepas que puede hacer todo lo que dice! Y que el antiguo dueño de ese cuerpo joven ya no puede causar trastornos.

—Pero David, aún hay ciertos aspectos que me desconciertan. El alma del otro hombre, ¿murió en el cuerpo viejo? ¿Por qué no... salió?

—El pobre diablo no debe ni haber sabido que era posible semejante cosa. Es indudable que James orquestó el cambio. Mira, tengo aquí todo un legajo con testimonios de otros miembros de la orden. Ellos dicen que ese individuo los forzó a salir de sus cuerpos y se apoderó luego de ellos durante breves lapsos. "Esas sensaciones que experimentabas —la vibración, la contracción— las sintieron también ellos. Y hablo de miembros de la Talamasca, toda gente culta. Este mecánico de taller no entendía de esas cosas. "Su experiencia con lo preternatural se limitaba a las drogas, y sólo Dios sabe qué otras ideas andaban rondando por ahí. Además, durante todo el proceso James trató con un hombre en grave estado de shock.

—¿Y si todo fuera una especie de astuta artimaña? —sugerí.

—Descríbeme al James que tú conocías.

—Flaco, casi demacrado, ojos de mirada intensa, pelo canoso, abundante. Aspecto bastante agradable. Recuerdo que tenía una voz hermosa.

—Es él.

—Lestat, esa nota que me enviaste por fax desde París..., no deja dudas. Es la letra de James, es su firma. ¿No ves? ¡Se enteró de que existías a través de la orden! Para mí ése es el aspecto más perturbador: que localizó nuestros archivos.

—Eso me dijo.

—Ingresó en la orden para tener acceso a esos secretos. Entró ilegalmente en nuestro sistema de computación. Quién sabe cuántas cosas habrá descubierto. Pero no pudo resistir la tentación: le robó un reloj pulsera de plata a uno de los miembros y sustrajo un collar de brillantes de las criptas. Tuvo una actitud osada con los demás. Les robó cosas de sus habitaciones. ¡No debes tener más trato con esa persona!

—Me estás hablando como superior general, David.

—¡Lo que está en juego es un cambio de cuerpo, poner todos tus poderes a disposición de ese individuo!

—Lo sé.

—No debes hacerlo. Permíteme hacerte una sugerencia terrible. Si disfrutas quitando la vida, como me has dicho, ¿por qué no asesinas cuanto antes a este sujeto tan nefasto?

—David, hablas por orgullo herido. ¡Y me parece terrible lo que propones!

—No juegues conmigo. No hay tiempo. ¿No te das cuenta de que este personaje es tan taimado que debe estar especulando con tu carácter veleidoso? Te eligió a propósito, tal como eligió al pobre mecánico de Londres. Ha estudiado los datos que hay sobre tu impulsividad, tu audacia. Y puede suponer con fundamento que no vas a hacer caso de mis advertencias.

—Interesante.

—Habla más alto, que no te oigo.

—¿Qué más me puedes decir?

—¿Qué más te hace falta saber?

—Quiero entender esto.

—¿Por qué?

—David, comprendo que el pobre mecánico haya estado confundido, pero, ¿por qué el alma no salió del cuerpo canceroso cuando James le asestó el golpe de gracia en la cabeza?

—Tú mismo lo has dicho, Lestat. Porque el golpe fue en la cabeza. El alma ya se había enredado con el nuevo cerebro. No hubo un momento de claridad o de voluntad en el cual pudiera haber salido en libertad. Hasta en los hechiceros astutos como James, si les produces daños graves en el tejido cerebral, el alma no tiene tiempo de liberarse y se produce la muerte física, que se lleva de este mundo el alma entera. Si decides ultimar a este monstruo, atácalo por sorpresa y destrózale el cráneo como si aplastaras un huevo.

Me reí.

—David, nunca te oí tan exasperado.

—¡Porque te conozco, porque sé que quieres hacer la mutación y no deberías!

—Contéstame unas preguntas más. Quiero analizar todas las posibilidades.

—No.

—La experiencia de estar próximo a la muerte... Me refiero a esa pobre gente que tiene un infarto, atraviesa un túnel, ve una luz y después vuelve a la vida. ¿Qué les pasa a ellos?

—Sólo tengo conjeturas.

—No te creo. —Le conté lo mejor que pude lo que había mencionado James acerca del tallo cerebral y el alma residual. —En las experiencias de acercarse a la muerte, ¿quedó una parte del alma?

—Puede ser, o quizás esos individuos mueren de verdad, cruzan realmente al otro lado; pero el alma íntegra, intacta, es enviada de retomo.

—Sea como fuere, uno no muere por el simple hecho de haber salido de su cuerpo, ¿no? Si en el desierto de Gobi yo hubiera salido de mi cuerpo, no podría haber encontrado el portón de entrada, ¿verdad? El portón no habría estado allí. Sólo se abre para el alma entera.

—Sí; que yo sepa, sí. —No habló durante un instante. —¿Por qué me lo preguntas? —dijo luego—. ¿Todavía sueñas con morir? No lo creo; te veo muy desesperado por vivir.

—Hace dos siglos que estoy muerto, David. ¿Qué me dices de los fantasmas, los espíritus que habitan en la tierra?

—No pudieron encontrar el portón, por más que se les abrió. O bien ellos se negaron a trasponerlo. Mira, si quieres podemos charlar sobre todas estas cosas alguna noche, paseando por las callecitas de Río o donde te parezca. Lo importante es que me jures que no vas a tener más tratos con ese brujo, si es que no quieres aceptar mi consejo de ultimarlo cuanto antes.

—¿Por qué le tienes tanto miedo?

—Tú no entiendes lo destructivo y depravado que es. ¡No puedes entregar tu cuerpo a semejante individuo! Y eso es lo que pretendes hacer. ¡Si te propusieras poseer un cuerpo mortal durante un tiempo, yo me opondría por ser algo antinatural, diabólico! ¡Pero entregárselo a ese demente! Oh, ¿por qué no vienes a Londres? Quiero convencerte de que no lo hagas. ¡Estás en deuda conmigo!

—David, tú lo investigaste antes de que entrara en la orden, ¿no? ¿Qué clase de hombre es? Es decir, ¿cómo fue que se convirtió en una especie de brujo?

—Nos engañó con complicadas maquinaciones y documentación falsa en una escala difícil de imaginar. Le encantan esas confabulaciones Además es un genio de la informática. La investigación más importante la practicamos después de que se hubo ido.

—¿Y cómo fueron sus comienzos?

—Venía de una familia rica de comerciantes. Hicieron mucho dinero antes de la guerra. La madre era una famosa médium, al parecer honesta y abnegada, que cobraba una suma módica por sus servicios. Todo el mundo la conocía en Londres. Recuerdo haber oído hablar de ella mucho antes de interesarme por estas cosas. La Talamasca confirmó en más de una ocasión que era auténtica, pero ella nunca quiso prestarse para que la estudiaran. Era una mujer frágil, y amaba entrañablemente a su único hijo varón.

—Raglan —acoté.

—Sí. Murió de cáncer con terribles dolores. La hija mujer se hizo costurera y hasta el día de hoy trabaja en Londres, en una tienda para novias. Hace unos trabajos finísimos. Sufrió mucho con la muerte de su problemático hermano, pero también siente alivio. Hablé con ella esta mañana y me contó que el hermano había quedado destruido con la pérdida de la madre, que murió cuando él era muy joven.

—Es comprensible.

—El padre trabajó casi toda su vida en la empresa naviera Cunard, y los últimos años fue camarero de primera clase en el Queen Elizabeth II. Muy orgulloso de su desempeño. Gran escándalo no hace muchos años, cuando, por recomendación del padre, también contrataron a James, y le robó cuatrocientas libras a un pasajero. El padre lo repudió y fue rehabilitado por la Cunard antes de morir. Al hijo, jamás volvió a dirigirle la palabra.

—Ah, la foto en el barco.

—¿Cómo?

—Y cuando ustedes lo echaron, quiso viajar en ese mismo buque de regreso a los Estados Unidos, ¿verdad?

—¿Él te contó eso? Es posible. Yo no me ocupé de los detalles.

—No importa. Continúa. ¿Cómo es que se dedicó a lo oculto?

—Era un hombre muy instruido. Estuvo varios años en Oxford, aunque a veces llevaba una vida paupérrima. Empezó a practicar la labor de médium incluso antes de que muriera la madre. No demostró sus habilidades hasta la década del cincuenta, en París, donde enseguida tuvo muchísimos adeptos a los que timó de las maneras más burdas imaginables, y terminó preso.

"Más o menos lo mismo le pasó después en Oslo. Luego de tener diversos trabajos, incluso algunos muy serviles, fundó una suerte de iglesia espiritista, le robó sus ahorros a una viuda y fue deportado. Después trabajó en Viena como camarero en un hotel de primera, hasta que en cuestión de semanas se convirtió en parapsicólogo de gente rica. También hizo una rápida retirada antes de que lo detuvieran. En Milán le robó miles a un miembro de la antigua aristocracia y tuvo que huir de la ciudad a medianoche. Su nuevo destino fue Berlín, donde lo arrestaron pero consiguió salir; luego regresó a Londres, y allí fue de nuevo a la cárcel.

—Vicisitudes —comenté, recordando su expresión.

—El esquema es siempre el mismo. Tiene un empleo muy subalterno, asciende y llega a vivir con gran lujo, acumula deudas absurdas por la compra de ropa fina, autos, excursiones en jet a todas partes y por último todo se derrumba cuando se descubren sus delitos y traiciones. No puede cortar el ciclo. Siempre termina derrotado.

—Eso parece.

—Lestat, este ser tiene algo de estúpido. Habla ocho idiomas, es capaz de ingresar ilegalmente en cualquier red de informática y de apoderarse del cuerpo de otras personas el tiempo necesario para saquearles las cajas fuertes —¡tiene una obsesión casi erótica con las cajas fuertes!—, pero después les hace trucos tontos a la gente y termina esposado. Los objetos que se llevó de nuestros tesoros eran imposibles de vender, de modo que tuvo que entregarlos por una miseria en el mercado negro. En realidad es un idiota.

Solté una risita contenida.

—Los robos son simbólicos, David. Se trata de un ser dominado por la compulsión y la obsesión. Todo es un juego. Por eso no puede quedarse con lo que roba. Lo que le importa más que nada es el proceso.

—Pero Lestat, es un juego totalmente destructivo.

—Entiendo, David. Gracias por la información. Te llamo cuanto antes.

—Espera un minuto. No puedes cortarme así, no lo voy a permitir. ¿Es que no te das cuenta de...?

—Claro que sí, David.

—Lestat, hay un dicho muy común en el mundo de lo oculto: lo igual atrae a lo igual. ¿Entiendes lo que significa?

—¿Por qué tengo que saber yo sobre lo oculto, David? Ese es tu campo, no el mío.

—No es momento para ironías.

—Perdón. ¿Qué significa?

—Cuando un hechicero usa sus facultades de manera vil y egoísta, la magia siempre se vuelve contra él.

—Eso es superstición.

—Es un principio tan viejo como la misma magia.

—Él no es mago, David, sino sólo un ser con ciertos poderes parapsicológicos definidos y mensurables. Tiene la facultad de poseer a otras personas. En un caso que conocemos, realmente efectuó ese cambio.

—¡Es la misma cosa! Si se usan esos poderes para tratar de causar daño a otros, el daño se revierte sobre uno.

—David, yo soy la prueba de que ese concepto es falso. Después me vas a explicar la teoría del karma y lentamente me voy a quedar dormido.

—¡James es la quintaesencia del hechicero malvado! Ya derrotó una vez a la muerte a costa de otro ser humano. Hay que detenerlo.

—¿Por qué no trataste de detenerme a mí cuando tuviste la oportunidad? Estuve a tu merced en Talbot Manor. Podías haber encontrado la forma.

—¡No me alejes con tus acusaciones!

—Te amo, David. Te vuelvo a llamar pronto. —Estaba a punto de cortar cuando me acordé de algo. —David, quiero preguntarte otra cosa.

—Sí. ¿Qué? —Qué alivio de que yo no hubiera cortado.

—Ustedes tienen reliquias que eran nuestras... viejas pertenencias guardadas en sus bóvedas.

—Sí. —Incomodidad. También cierta vergüenza, al parecer.

—Un relicario... ¿no has visto un relicario con la imagen de Claudia?

—Creo que sí. Después de que viniste a verme por primera vez, verifiqué el inventario de todos esos objetos, y creo que sí, que había un relicario. Estoy casi seguro. Tendría que habértelo dicho antes, claro.

—No, no importa. ¿Era uno con cadena, de ésos que suelen usar las mujeres?

—Sí. ¿Quieres que te lo busque? Si lo encuentro, te lo doy, por supuesto.

—No, ahora no lo busques. Tal vez más adelante. Adiós, David. Pronto tendrás noticias mías.

Corté y desconecté el teléfono de la pared. Así que había habido un relicario de mujer. Pero, ¿para quién fue hecho? ¿Y por qué aparecía en mis sueños? Claudia no habría llevado puesto su propio retrato. Además, de ser así yo lo recordaría. Cuando traté de evocarlo me inundó una mezcla de tristeza y miedo. Me dio la impresión de hallarme cerca de un lugar oscuro, lleno de muerte. Y como sucede a menudo en mis recuerdos, oí risas. Sólo que esta vez no fue la de Claudia sino la mía. Percibí una sensación de juventud sobrenatural y posibilidades ilimitadas. En una palabra, estaba recordando al vampiro joven que era o en los viejos días del siglo XVIII, antes de que el tiempo hubiera asestado sus golpes. Bueno, ¿qué me importaba ese maldito relicario? A lo mejor tomé la imagen del cerebro de James cuando éste me perseguía. Seguramente él lo usó como arma para tentarme, y la verdad era que yo nunca había visto el relicario. Mejor que hubiera elegido algún otro objeto que en un tiempo me había pertenecido. No, esta última explicación me pareció demasiado fácil, y la imagen era muy vívida. Además, la había visto en sueños antes de que entrara James en mis aventuras. De pronto sentí enojo. En ese momento tenía que pensar en otras cosas, ¿no? Atrás, Claudia. Toma tu relicario, ma chérie, y vete, por favor.

Largo rato permanecí en la penumbra, consciente del tic tac del reloj sobre la repisa del hogar, escuchando el ruido ocasional del tránsito que me llegaba desde la calle. Traté de analizar los reparos que me había puesto David. Traté, pero lo único que pensaba era..., así que James puede hacerlo, hacerlo de veras. Es el hombre canoso de la foto y, efectivamente, realizó el cambio con el mecánico en el hospital de Londres. ¡Se puede hacer! De tanto en tanto aparecía en mi mente la imagen del relicario. Veía la miniatura de Claudia pintada artísticamente al óleo. Pero no despertaba en mí emoción alguna: ni pena, ni enojo, ni dolor. Era James quien me interesaba. ¡James sabe hacerlo! ¡Puedo vivir y respirar dentro de ese cuerpo! Y cuando esa mañana saliera el sol sobre Georgetown, lo vería con esos ojos. Llegué a Washington a la una de la madrugada. Había estado nevando toda la noche; en las calles la nieve formaba grandes pilas limpias, hermosas. También se acumulaba contra las puertas de las casas, y aquí y allá realzaba en blanco las barandas negras de hierro y las salientes profundas de las ventanas. La ciudad estaba inmaculada, encantadora. Las casas eran en su mayoría de madera, en elegante estilo federal, es decir con la línea fina del siglo XVIII, tan propenso al orden y el equilibrio, aunque muchas se habían construido en las primeras décadas del siglo siguiente. Deambulé largo rato por la desierta calle M, con sus numerosas tiendas; luego atravesé el campus silencioso de una universidad cercana y por último las calles del cerro, alegremente iluminadas. La residencia de Raglan James era de las más bellas. De ladrillo y construida con vista a la calle. Tenía una hermosa puerta con gruesa aldaba de bronce y dos alegres faroles a gas. En las ventanas, persianas anticuadas, y en la parte superior de la puerta, un Simpático montante. Las ventanas estaban limpias pese a la nieve de las salientes, y alcancé a ver desde afuera las habitaciones, muy ordenadas. El aspecto del interior era atractivo: muebles tapizados en cuero blanco de extrema severidad moderna, obviamente costosos. Numerosos cuadros en las paredes: Picasso, de Kooning, Jasper Johns, Andy Wartp y mezcladas con esas telas multimillonarias, varias fotos de gran tamaño y caros marcos, con barcos modernos. De hecho, había también en algunas vitrinas varias réplicas de enormes transatlánticos. Los pisos tenían un reluciente plastificado. Por doquier alfombras orientales de diseños geométricos, y los numerosos adornos que había sobre mesitas de cristal y anuarios con incrustaciones eran casi todos de origen chino. Podía definirse el ambiente diciendo que era elegante, caro y sumamente personal. Me pareció que tenía el mismo aspecto que todas las viviendas de los mortales: como una serie de decorados de teatro. Imposible creer que yo pudiera ser mortal y sentirme bien en esa casa, ni siquiera por una hora. En realidad, las pequeñas habitaciones eran tan relucientes que no daban la impresión de estar habitadas. La cocina estaba llena de brillantes ollas de cobre, artefactos negros, armarios sin manijas visibles y platos de cerámica rojo intenso. Pese a la hora que era, James no aparecía por ninguna parte. Entré en la casa. En un segundo piso se hallaba el dormitorio, donde había una moderna cama baja —apenas una armazón de madera con un colchón— cubierta por un acolchado de dibujos geométricos y muchos almohadones blancos, austera y elegante como todo lo demás. El armario estaba atiborrado de ropa cara, como asimismo los cajones de la cómoda china y de otro mueble tallado a mano que había junto a la cama. Otras habitaciones también estaban vacías, pero ninguna con aspecto de descuido. Ni huellas de una computadora. Sin duda debía tenerla en otro sitio. En uno de esos cuartos guardé una suma abultada de dinero para usar después; la escondí dentro de la chimenea del hogar, que no se utilizaba. También escondí algo de dinero en otro baño en desuso, detrás del espejo de la pared. Fueron simples precauciones. Lo cierto es que no tenía idea de cómo era sentirse humano. A lo mejor me sentía desvalido. Lo ignoraba. Hecho eso, me subí al tejado. Alcancé a ver a James al pie del cerro, cargado de paquetes, doblando desde la calle M. Indudablemente había ido a robar, porque no había ningún negocio abierto a esa hora de la noche. Lo perdí de vista cuando inició el ascenso. Pero también apareció otro visitante, sin hacer el menor ruido audible para un mortal. Se trataba de un enorme perro que no sé de dónde salió y se dirigió al patio trasero. Yo había captado su aroma no bien se acercó, pero no lo vi hasta que no subí al techo por el fondo de la casa. Qué raro que no lo hubiera oído antes, porque él debió de haberme olido y haberse dado cuenta instintivamente que yo no era humano; qué raro que no diera la alarma ladrando y gruñendo. Muchas veces, a través de los siglos, los perros me han hecho eso, aunque no siempre. En ocasiones los hipnotizo y quedan a mi merced. Pero yo temía el rechazo instintivo, que siempre me causó una enorme pena. Ese perro no había ladrado ni dado muestras de saber que yo estaba ahí. Miraba fijamente la puerta del fondo de la casa y los cuadrados amarillos de luz que caían sobre la nieve profunda desde la ventanita superior de la puerta. Tuve oportunidad de observarlo en silencio y me pareció uno de los perros más hermosos que jamás hubiera visto. Tenía la piel suave, afelpada, de un precioso tono dorado en algunas partes y pelos negros más largos en el lomo. La forma del animal me recordaba la del lobo, pero era demasiado grande y no tenía nada de furtivo ni taimado para ser lobo. Por el contrario, su porte, parado allí junto a la puerta, me pareció majestuoso. Al observarlo más atentamente vi que se asemejaba a un enorme ovejero alemán, con su característico hocico negro y expresión alerta. Cuando me acerqué al borde del techo y él por fin me miró, me emocionó la inteligencia feroz que vi brillar en sus ojos almendrados. Seguía sin ladrar ni gruñir. Parecía tener una comprensión casi humana. Pero, ¿cómo explicar su silencio? Yo nada había hecho para subyugarlo, para tentarlo ni obnubilar su mente. No. No había en él ni la menor aversión instintiva. Salté y caí a su lado en la nieve, mientras él se limitaba a seguir mirándome con esos ojos expresivos y misteriosos. Era tan inmenso, tan tranquilo y seguro de sí mismo que reí para mis adentros. No aguanté la tentación de acariciar su pelo suave. Inclinó la cabeza a un lado sin dejar de mirarme, gesto que me resultó enternecedor. Después, cuando levantó una enorme pata para acariciar mi sobretodo me maravilló aún más. Era de huesos tan grandes y pesados que me hizo acordar de los que antiguamente fueron mis mastines. Al moverse, tenía como ellos la misma gracia lenta. Le tendí los brazos para estrecharlo, admirando su fuerza y su pesadez; él se paró sobre las patas traseras, apoyó sus manazas en mis hombros y me pasó por la cara su lengua de color jamón. Eso me produjo una felicidad maravillosa que casi me hace llorar, y a continuación reír vertiginosamente. Froté mi nariz contra su cuerpo, lo abracé, lo acaricié encantado por su pelo sedoso, le di besos en el hocico negro hasta que por fin lo miré a los ojos. Esto es lo que vio Caperucita Roja —pensé— cuando se presentó ante el lobo, ataviado con el camisón y la gorra de dormir de la abuelita. Me causaba mucha gracia la expresión extraordinaria y penetrante de su cara oscura.

—¿Es que no sabes lo que soy? —pregunté. Después, cuando volvió a quedar en majestuosa posición de sentado y me miró casi obediente, pensé que ese perro era un presagio. No; "presagio" no es la palabra adecuada. Fue, sencillamente, algo que me hizo pensar en lo que estaba por hacer, por qué quería hacerlo, y lo poco que me importaban los riesgos implícitos. Pasaba el tiempo y yo seguía ahí parado, acariciándolo. Era un jardín pequeño; la nieve había empezado a caer de nuevo, se hacía más profunda a nuestro alrededor y el dolor frío que sentía en mi piel se volvía también más profundo. Los árboles eran siluetas desnudas, negras, en la callada tormenta. Si es que había césped o flores, por supuesto no se veían; pero varias estatuas de cemento y unos arbustos densos —ahora sólo ramitas peladas y nieve— marcaban un claro diseño rectangular dentro del todo. Debo haber pasado quizá tres minutos con el perro hasta que descubrí con la mano la chapita plateada que le colgaba del collar y la levanté para acercarla a la luz. Mojo. Yo conocía esa palabra. Mojo. Tenía que ver con el vudú, con los amuletos y los hechizos. El mojo era un hechizo bueno, protector. Como nombre de perro me pareció adecuado; más aún, estupendo, y cuando lo llamé Mojo se excitó y volvió a acariciarme con su pata ansiosa.

—Así que te llamas Mojo, ¿eh? —repetí—. Hermoso nombre.

—Lo besé y sentí el roce de su nariz. Sin embargo, en la chapita había algo más escrito: la dirección de esa casa. De improviso, el perro se puso tenso; lenta, elegantemente, se levantó y quedó en posición de alerta. Vi que estaba llegando James. Oí el ruido de sus pasos en la nieve. Oí su llave en la cerradura. Percibí que de pronto él se percataba de que me tenía cerca. El perro dejó escapar un gruñido feroz y se encaminó a la puerta del fondo con movimientos pausados. Luego llegó el ruido de la madera del piso que crujía bajo los pies pesados de James. El perro lanzó un ladrido de irritación. James abrió la puerta, posó sobre mí su mirada loca, sonrió y luego arrojó un objeto duro al animal, pero éste lo esquivó con facilidad.

—¡Me alegro de verlo! Pero vino antes de tiempo. —dijo. No le respondí. Como el perro le gruñía con la misma expresión amenazadora, tuvo que volver a prestarle atención, con gran fastidio de su parte.

—¡Sáqueselo de encima! —exclamó, furioso—. ¡Mátelo!

—¿A mí me habla? —dije. Volví a apoyar la mano sobre la cabeza del animal, lo acaricié, le susurré que se quedara quieto, y él reaccionó acercándoseme más, frotando su cuerpo contra mí, hasta que por último se sentó a mi lado. James observó la escena nervioso, temblando de frío. De pronto se levantó el cuello para defenderse del viento y plegó los brazos. La nieve, como polvo blanco, se le adhería a las cejas marrones, al pelo.

—Es de la casa, ¿no es cierto? —dije, frío—. Esta casa, que usted robó. Me observó sin disimular su odio y luego esbozó una de sus típicas sonrisas siniestras. Deseé en verdad que volviera a comportarse como caballero inglés. Me hacía tanto más fácil todo... Pensé fugazmente que era una deshonestidad tener que tratar con él. Me pregunté si a Saul le habría resultado tan desagradable la Bruja de Endor. Pero el cuerpo, ah, el cuerpo, qué espléndido era. Ni siquiera en su resentimiento, con los ojos posados en el perro, él podía afear del todo la belleza de ese físico.

—Bueno, parece que también se robó al perro —dije.

—Me lo voy a sacar de encima —murmuró, mirándolo de nuevo con un desprecio feroz—. ¿Y usted? ¿En qué quedó? No va a tener toda la vida para decidirse. No me ha dado una respuesta concreta. Quiero que me conteste ya mismo.

—Vaya a su banco mañana por la mañana —dije—. Lo veo después de caer el sol. Ah, pero hay una condición más.

—¿Cuál? —exclamó apretando los dientes.

—Déle de comer al animal. Consígale carne. Luego emprendí la retirada con tanta velocidad que él no alcanzó a advertirlo, y al volver la mirada y notar que Mojo me observaba en medio de la oscuridad nevada, no pude menos que sonreír pensando que, pese a lo rápido que había sido el movimiento, el perro pudo verlo. El ultimo sonido que oí fue a James lanzando improperios sin la menor elegancia en el momento en que cerraba la puerta. Una hora más tarde estaba tendido en la penumbra, a la espera del sol, rememorando una vez más mi juventud en Francia, los perros tendidos a mi lado, la última cacería con los dos enormes mastines que avanzaban lentamente entre la nieve profunda. Y el rostro del vampiro espiándome desde las tinieblas en París, llamándome con veneración "asesino de lobos" antes de clavarme los colmillos en el cuello.

Mojo. Un presagio. Metemos la mano en algo que es un caos, tomamos algún pequeño objeto que brilla, nos aferramos a él y nos convencemos de que tiene un significado, de que el mundo es bueno y nosotros no somos malos, y que al final todos vamos a volver a nuestras casas. Mañana a la noche —pensé—. Si ese hijo de puta me mintió, le parto el pecho, le arranco el corazón y se lo doy a comer a ese hermoso perro. Pase lo que pase, voy a quedarme con ese animal. Y así fue. Pero antes de que avance más en la historia, permítaseme agregar algo sobre el perro. En este libro, él no va a hacer nada. No va a salvar a un bebé que se está ahogando ni va a entrar en un edificio en llamas para despertar a sus moradores de su sueño casi fatal. No está poseído por un espíritu maligno ni es un perro vampiro. Aparece en el relato sencillamente porque lo encontré en la nieve, detrás de esa casa de Georgetown, y me encariñé con él, y desde el primer momento él también dio la impresión de quererme. Todo se ajustó a las ciegas e implacables leyes en las que creo: las leyes de la naturaleza, como dicen los hombres; o las leyes del Jardín Salvaje, como las llamo yo. Mojo amaba mi fortaleza; yo amaba su hermosura. Y ninguna otra cosa importaba en absoluto.

Tags: cuentos

servido por arrazola67 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

charami

charami dijo

hola kerido vampirito espero ke estes bien..... te la estas pasando bien ya me di cuenta siempre siguiendo tus escritos..... saludos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

30 Mayo 2007 | 11:24 PM

MADOXX

MADOXX dijo

HOLA LO QUE MAS ME GUSTO FUE LO DE LA TRANSFERENCIA BANCARIA ............JIJIJIIJ
BUENO YA ENSERIO MUY BUENA TU HISTORIA COMO SIEMPRE ....
GRACIAS POR TUS COMENTARIOS Y QUE BUENO QUE TE GUSTO LA DEL ATARDECER DE LOS MIL DEMONIOS ......BUENO SALUDOS CUIDATE

31 Mayo 2007 | 01:02 AM

Anyrka

Anyrka dijo

AH! tengo ganas de desenrrollar esta historia. No sé cómo explicarlo. Como que quiero que pase alguna cosa así, bien decisiva. MAS
Gracias por tus comentarios. ¡Qué vampiro más tierno!
Abrazos!

31 Mayo 2007 | 09:14 PM

jezabel-21

jezabel-21 dijo

un hermoso relato, me encanta como describes las cosas, es precioso, estoy deseando leer lo que escribes para anyrka, heteroflexible y para mí. jjeeje

1 Junio 2007 | 12:54 PM

Ofelia  Balderas Gallegos.

Ofelia Balderas Gallegos. dijo

Hola, gracias por la visita!, buen fin de semana.
Y gracias por el consejo.
=)

1 Junio 2007 | 06:49 PM

altariel

altariel dijo

HOLA VAMPI...espero que no me muerdas..te lei por ahí,en casa de Daniela,descubriendo que "tu pais de origen" es EL MISMO MIO...
Ya ves...yo vivo en España hace quince años,me fui por lo que tu sabes,pero sigo llevando a esa isla maldita-bendita en mi corazón de Sirena de Klimt (es que aqui en Internet todos somos lo que realmente SOMOS,verdad?)

Te invito a mi Casita...
Ah,Anne Rice es una de mis Escritoras...,aunque a veces me produce un raro escalofrio,sobre todo en la noche...si la casa esta a solas...y el viento mueve alguna cortina..uuuyy..dónde me he metido?...

Chao,y un gusto,Vampi.......

2 Junio 2007 | 08:17 AM

altariel

altariel dijo

POR CIERTO ERES UN GRAN ESCRITOR...

BESITO

2 Junio 2007 | 08:26 AM

charami

charami dijo

hola espero estes bien.. ya listo con el siguiente post ke nos hace falta leer lo ke as hecho (y sabes ke me refiero al meme ke no has cumplido de mamutica) bueno

saludos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

2 Junio 2007 | 05:45 PM

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