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La Coctelera

Mi Guarida

25 Mayo 2007

Lestat VIII

A la noche siguiente, me dirigí sin demora a la plaza Jackson. Finalmente se había abatido sobre Nueva Orleáns el tremendo temporal del norte, trayendo consigo un viento helado. Ese tipo de fenómeno puede presentarse en cualquier momento durante los meses de invierno, si bien algunos años no ocurre en absoluto. Yo había pasado por mi departamento para ponerme un sobretodo grueso de lana, feliz de experimentar como antes esa sensación en mi piel recientemente bronceada. Unos pocos turistas desafiaban las inclemencias del tiempo y entraban en los bares y panaderías próximos a la catedral que aún estaban abiertos; el tránsito nocturno era veloz, ruidoso. El viejo y grasiento Café du Monde se encontraba colmado y tenía sus puertas cerradas. A él lo vi de inmediato. Qué suerte. Habían rodeado el perímetro de la plaza con cadenas, como se acostumbra hacer ahora al atardecer —qué fastidio—, y él se hallaba del lado de afuera, frente a la catedral, mirando nervioso a su alrededor. Dispuse de un momento para observarlo antes de que notara mi presencia Era algo más alto que yo —un metro noventa, le calculé, y de excelente contextura, como ya había advertido. No me equivoqué en cuanto a la edad. Ese cuerpo no podía tener más de veinticinco años. Iba vestido con ropa muy cara: impermeable forrado en piel, de muy buen corte, y una gruesa bufanda de cachemira colorada. Noté que, al verme, lo recorría un espasmo, mezcla de ansiedad y satisfacción. Se dibujó en su rostro una horrible sonrisa resplandeciente y, tratando en vano de disimular su pánico, me miró fijo cuando me le acerqué remedando el paso de los humanos.

—Oh, pero parece usted un ángel, señor de Lioncourt —murmuró—. Y qué estupendo el bronceado de su piel. Perdóneme que no se lo haya elogiado antes.

—Conque ha venido, señor James —dije, enarcando las cejas—. ¿Qué me va a proponer? Hable rápido, porque usted no me cae bien.

—No sea descortés, señor de Lioncourt. Sería un lamentable error que me ofendiera; sinceramente se lo digo. —Sí, voz igualita a la de David. De la misma generación, lo más probable. Y sin duda, con un dejo de acento de la India.

—En eso tiene razón —prosiguió—; viví muchos años en la India. Y un tiempo en Australia y en África también.

—Ah, veo que puede leerme los pensamientos con facilidad.

—No con tanta como supone, y ahora quizá no podré hacerlo más.

—Lo voy a matar si no me dice cómo hizo para seguirme y qué es lo que quiere.

—Usted sabe lo que quiero —repuso, soltando una risita poco alegre, ansiosa. Posó sus ojos en mí y luego desvió la mirada. —Ya se lo dije a través de los cuentos, pero no puedo hablar aquí, con tanto frío. Esto es peor que Georgetown, que es donde vivo, dicho sea de paso. Tenía la esperanza de poder escapar de este clima. ¿Por qué me arrastró a Londres y a París en esta época del año? —Más espasmos de risa seca. Evidentemente no podía mirarme más de un minuto sin tener que desviar los ojos como si yo lo encandilara.

—Hacía un frío espantoso en Londres, y yo odio el frío. Aquí estamos cerca del trópico, ¿no? Ah, usted y sus recuerdos sentimentales de la nieve invernal.

Este último comentario me dejó azorado y no lo pude disimular. Tuve un momento de indignación, hasta que conseguí dominarme.

—Vamos al café —le propuse, señalando el viejo mercado francés al otro lado de la plaza. Caminé deprisa por la acera. Estaba tan perplejo y agitado que no quería arriesgarme a pronunciar ni una palabra más. El ambiente del café era ruidoso pero cálido. Entré primero y me encaminé hacia una mesa en el extremo más alejado de la puerta, pedí el famoso café au lait para los dos y me quedé sentado en rígido silencio, algo distraído por el hecho de que la mesa estaba pegajosa. Fascinado, vi que él se estremecía, se quitaba la écharpe con gesto nervioso, volvía a ponérsela, se sacaba los guantes de fino cuero, se los guardaba en el bolsillo, luego volvía a sacárselos, se ponía uno, dejaba el otro sobre la mesa, hasta que por último lo tomó nuevamente y se lo calzó también. Había sin lugar a dudas algo de horrible en ese individuo, algo en el modo en que ese cuerpo espléndido se inflaba con su espíritu tortuoso e inquieto, en sus cínicos ataques de risa. Sin embargo, no podía apartar mis ojos de él. Experimentaba un placer en cierto modo diabólico al observarlo. Y creo que él lo sabía. Detrás de ese rostro bello, perfecto, se ocultaba una inteligencia provocativa. Él me hizo tomar conciencia de lo intolerante que me había vuelto para con los que eran jóvenes de verdad. En eso nos sirvieron el café, y yo rodeé con ambas manos la taza caliente. Dejé que el vapor me subiera a la cara, operación que observó con sus grandes ojos castaños como si fuera él quien estaba fascinado. Trató de mantener mi mirada sin apartar la suya, lo cual le costó bastante. Boca deliciosa, pestañas bonitas, dientes perfectos.

—¿Qué diablos le pasa? —pregunté.

—Usted lo sabe; ya lo adivinó. No me gusta este cuerpo, señor de Lioncourt.

Tendrá que perdonar mi ocasional torpeza. Durante la mayor parte de mi vida he sido un hombre delgado, casi piel y huesos. Nunca tuve buena salud. —Lanzó un suspiro y, por un instante, su rostro juvenil se apesadumbró.

—Pero ese capítulo de mi vida ya está cerrado —agregó con repentino fastidio—. Permítame ir derecho al grano, por respeto a su notable intelecto preternatural y amplia experiencia...

—¡No se burle de mí, sinvergüenza! —musité por lo bajo—. Está jugando conmigo, y yo lo voy a matar despacito. Ya le dije que no me cae bien. Ni siquiera me gusta el título que se adjudica.

Eso lo hizo guardar silencio y serenarse. A lo mejor perdió el temple, o quedó petrificado de terror. Creo que sencillamente dejó de tener tanto miedo y se enojó.

—De acuerdo —murmuró con tono serio, sin el furor de antes—. Quiero permutar cuerpos con usted. Quiero que me dé el suyo por una semana, y yo me encargaría de darle el mío, un cuerpo joven, que goza de perfecta salud. Es evidente que a usted le gusta mi físico. Puedo mostrarle varios certificados de buena salud, si lo desea. Este cuerpo fue examinado exhaustivamente antes de que me apoderara de él. O de que lo robara. Es muy robusto, como puede apreciar.

—¿Cómo lo hace?

—Lo hacemos juntos, señor de Lioncourt —respondió él, cortés. Su tono se iba volviendo más amable con cada frase que pronunciaba. —Tratándose de un ser como usted, imposible que yo le robe el cuerpo.

—Pero intentó hacerlo, ¿no es así?

Me observó un instante, sin saber muy bien qué responder.

—Bueno, no puede culparme por eso ahora, ¿verdad? —me pidió en tono suplicante—. Como tampoco puedo culparlo yo porque beba sangre. —Sonrió al pronunciar la palabra "sangre". —Pero yo en realidad lo que estaba haciendo era tratar de que me prestara atención, lo cual no es nada fácil. —Parecía pensativo, y muy sincero. —Además, siempre es necesaria la colaboración en algún plano, por oculto que éste pueda ser.

—Sí. Pero, ¿cuál es la mecánica, si no le molesta la palabra? ¿Cómo colaboramos uno con el otro? Sea concreto, porque me resisto a creer que se pueda hacer.

—Vamos, vamos, claro que lo cree —apuntó, calmo, como si fuera un maestro muy paciente. Parecía casi una personificación de David, pero sin el vigor de mi amigo. —¿De qué otra manera podría haberme apoderado de este cuerpo? —Hizo un pequeño gesto ilustrativo y continuó. —Nos reuniremos en el sitio adecuado. Después nos elevaremos y saldremos de nuestros cuerpos, cosa que usted sabe hacer a la perfección y ha descrito con gran elocuencia en sus libros. Después cada uno tomará posesión del cuerpo del otro. No es nada complicado; lo único que se requiere es coraje y un acto de voluntad. —Levantó la taza con mano muy temblorosa y bebió un sorbo de café caliente. —Para usted, la prueba será el coraje, nada más.

—¿Qué será lo que me retenga dentro del nuevo cuerpo?

—Señor de Lioncourt, no habrá nadie allí adentro que quiera desplazarlo. Comprenda, que esto no tiene nada que ver con la posesión. Oh, la posesión es una lucha. Cuando entre en este cuerpo, no encontrará la menor resistencia. Puede permanecer en él hasta que decida retirarse.

—¡Es demasiado enigmático! —expresé, molesto—. Sé que se ha escrito mucho sobre estas cuestiones, pero hay algo que no...

—Déjeme ponerlo en perspectiva —dijo con voz queda y elegante condescendencia—. Estamos hablando de ciencia, pero de una ciencia aún no del todo codificada por los científicos. Lo que tenemos son las memorias de poetas y aventureros de lo oculto, totalmente incapaces de analizar el proceso.

—Exacto. Como usted ha señalado, yo mismo me atreví a salir del cuerpo. Sin embargo, no sé qué es lo que sucede. No entiendo por qué el cuerpo no se muere cuando uno lo abandona.

—El alma tiene más de una parte, igual que el cerebro. Como usted sabrá, un niño puede nacer sin cerebelo y, sin embargo, si tiene lo que se denomina tallo cerebral, el cuerpo puede vivir igualmente.

—Qué idea desagradable.

—Es un caso muy frecuente, se lo aseguro. Quienes a causa de un accidente sufrieron daños cerebrales irreversibles pueden continuar respirando e incluso bostezar en su sopor, mientras les siga el bulbo raquídeo funcionando.

—¿Y usted puede poseer esos cuerpos?

—Oh, no. Para tomar posesión total, necesito que el cerebro esté sano. Deben funcionar a la perfección todas sus neuronas y ser capaces de interrelacionarse dentro de la mente invasora. Fíjese bien, señor de Lioncourt, que cerebro y mente son cosas distintas. Además recuerde que no estamos hablando de posesión sino de algo infinitamente más delicado. Permítame continuar, por favor.

—Adelante.

—Como le iba diciendo, el alma consta de más de una parte, lo mismo que el cerebro. La de mayor tamaño —la identidad, la personalidad, la conciencia si lo desea— es lo que se desprende y viaja pero siempre queda una pequeña parte residual, que es lo que mantiene con vida el cuerpo vacío, por así decirlo, porque, de lo contrario, al quedar vacío se produciría la muerte, sin duda.

—Entiendo. Lo que me está diciendo es que el alma residual da vida al tallo cerebral.

—Sí. Cuando usted salga de su cuerpo, dejará adentro un alma residual. Y cuando entre en éste, encontrará también un alma residual. Lo mismo hallé yo cuando tomé posesión. Y esa alma se enlaza automáticamente con cualquier alma superior, quiere abarcar a esa alma superior. Sin ella, se siente incompleta.

—Y cuando se produce la muerte, ¿ambas almas parten?

—Así es. Ambas, la residual y la mayor, se marchan juntas en violenta evacuación; entonces el cuerpo queda como una cáscara inerte y comienza su descomposición. —Aguardó, mirándome con el mismo aire de infinita paciencia; luego agregó: —Créame que la fuerza de la verdadera muerte es mucho más intensa. No existe el menor peligro en lo que nos proponemos hacer.

—Pero si esa pequeña alma residual es tan perspicaz, ¿por qué no puedo yo, con todos mis poderes, sacar a un mortal de su pellejo y entrar en él?

—Porque el alma mayor trataría de recuperar el cuerpo. Aunque no hubiera una comprensión del proceso, lo intentaría una y otra vez. A las almas no les gusta estar sin cuerpo. Y si bien el alma residual recibe de buen grado al invasor, dentro de ella hay algo que siempre reconoce al alma particular de la cual antes formaba parte Si hubiera una lucha, se inclinaría por esa otra alma Y hasta un alma desconcertada puede realizar un fuerte intento de recobrar su esqueleto humano.

Nada dije, pero por más que sospechaba de él, por más que procuraba estar siempre en guardia, encontraba sentido a sus palabras.

—La posesión es siempre una lucha sangrienta —reiteró—. Mire lo que pasa con los espíritus malignos, los fantasmas, ese tipo de cosas. A ellos siempre se los erradica, aunque el vencedor nunca sepa qué fue lo que ocurrió. Cuando viene el sacerdote con el incienso y todo ese asunto del agua bendita, apela al alma residual para que expulse al intruso y haga volver a la vieja alma.

—Pero con el enfoque cooperativo, ambas almas tienen cuerpos nuevos.

—Precisamente. Créame; si piensa que puede meterse dentro de un humano sin ayuda mía, bueno, inténtelo y ya va a ver lo que le digo. Jamás podrá experimentar a fondo los cinco sentidos de un mortal mientras adentro se libre una batalla.

Su tono se volvió aún más cauteloso, confidencial.

—Mire este cuerpo de nuevo, señor de Lioncourt —dijo con engañosa dulzura—. Puede ser suyo, absolutamente suyo. —Su pausa de pronto me resultó tan precisa como sus palabras. —Hace un año lo vio por primera vez en Venecia. Durante todo este tiempo, sin interrupción, ha albergado a un intruso. Lo albergará a usted.

—¿De dónde lo sacó?

—Ya le dije que lo robé. Su antiguo dueño murió.

—Quiero datos más concretos.

—¿Le es necesario? No me gusta quedar comprometido.

—No soy un mortal funcionario de la ley, señor James. Soy vampiro. Hábleme con palabras que me resulten comprensibles.

Soltó una risita irónica.

—El cuerpo fue elegido con sumo cuidado —dijo—. A su antiguo dueño ya no le quedaba mente. Oh, no tenía nada de malo en lo orgánico, porque, como le dije, se le habían practicado exámenes exhaustivos. Se había convertido en una especie de gran animal de laboratorio. No se movía nunca. No hablaba. Había perdido irremediablemente la razón, por más que las neuronas sanas continuaran reproduciéndose, como suelen hacer. Logré hacer el cambio por etapas. Expulsarlo a él de su cuerpo fue fácil. Lo que requirió una gran habilidad fue tentarlo para que ingresara en mi antiguo cuerpo y luego dejarlo allí.

—¿Dónde está ahora su viejo cuerpo?

—Señor de Lioncourt, es del todo imposible que la vieja alma venga nunca a golpear las puertas, se lo garantizo.

—Quiero ver una foto de su viejo cuerpo.

—¿Para qué?

—Porque me va a decir cosas sobre su persona, quizá más de lo que me dice con palabras. Se lo exijo; no pienso seguir sin ver una foto.

—¿Ah, no? —Conservaba su sonrisa amable. —¿Y si me levanto y me voy?

—Mataré su espléndido físico nuevo no bien lo intente, y nadie se dará cuenta. Creerán que está borracho, que por eso lo sostengo entre mis brazos. Esas cosas las hago todo el tiempo.

Se quedó callado, pero noté que hacía cálculos febriles. Luego caí en la cuenta de lo mucho que él saboreaba la situación, cómo la había disfrutado desde el principio. Se asemejaba a un gran actor, inmerso por completo en el personaje más importante de su carrera. Me sonrió, asombrosamente seductor; luego se quitó el guante derecho, sacó algo del bolsillo y me lo puso en la mano. Una foto vieja de un hombre delgado, de pelo canoso, ondulado. Le calculé unos cincuenta años. Llevaba una especie de uniforme blanco y corbata negra de moño. En realidad tenía un aspecto agradable, mucho más fino que David aunque con el mismo estilo británico de elegancia, y una linda sonrisa. Estaba apoyado contra una barandilla que parecía de barco. Sí, era un barco.

—Usted sabía que le iba a pedir una foto, ¿no?

—Tarde o temprano...

—¿Cuándo fue tomada?

—No tiene importancia. ¿Para qué diablos lo quiere saber? —Dejó traslucir algo de impaciencia, que de inmediato disimuló. —Fue hace diez años —precisó, bajando un tanto la voz—. ¿Le basta con eso?

—¿Quiere decir que andaría por los..., sesenta y tantos?

—Digamos que sí —aceptó, con una ancha sonrisa.

—¿Cómo hizo para enterarse de esto? ¿Por qué no hubo otros que perfeccionaran la técnica? Me miró de arriba abajo con cierto desagrado y me pareció que podía llegar a perder la compostura. Luego volvió a asumir los modales corteses.

—Muchos lo han hecho —repuso, adoptando un tono confidencial—. Eso se lo podía haber dicho su amigo David Talbot, pero no quiso. Él miente, como todos los brujos de la Talamasca. Son religiosos. Creen que pueden dominar a las personas; usan sus conocimientos para dominar.

—¿Cómo es que los conoce?

—Porque fui miembro de la orden —explicó con picardía, y volvió a sonreír—. Me expulsaron acusándome de utilizar mis poderes en mi propio provecho. ¿Para qué, si no? Por ejemplo usted, señor de Lioncourt, ¿para qué usa sus facultades si no en su propio beneficio?

De modo que Louis había acertado. No respondí. Traté de leerle la mente, pero fue inútil. En cambio, me afectó profundamente su presencia física, el calor que emanaba de él, la fuente cálida de su sangre. Suculento, sería un buen término para calificar su cuerpo, más allá de lo que pudiera opinarse sobre su espíritu. No me agradaba la sensación porque me dieron deseos de matarlo en ese mismo instante.

—Me enteré de lo de usted a través de la Talamasca —prosiguió, retomando el mismo tono confidencial—. Desde luego, yo estaba al tanto de sus pequeñas obras de ficción. Suelo leer ese tipo de literatura. Por eso me valí de los cuentos para comunicarme con usted. Pero fue en los archivos de la Talamasca donde descubrí que sus ficciones no eran tales.

Me indigné con Louis para mis adentros, por haber acertado.

—De acuerdo —dije—. Entiendo todo lo del cerebro dividido y el alma dividida, pero ¿y si después de hacer el cambio usted no quiere devolverme el cuerpo, y yo no tengo fuerza suficiente para recuperarlo? ¿Cómo puedo impedirle que se lo quede para siempre? Permaneció un largo instante en silencio; luego respondió midiendo sus palabras:

—Con un buen soborno.

Ah.

—Una cuenta bancaria de diez millones de dólares aguardándome para cuando vuelva a poseer mi cuerpo. —Volvió a meter la mano en el bolsillo y extrajo una tarjetita plástica con una pequeña foto de su nueva cara. También había una huella digital además de su nombre, Raglan James, y un domicilio en Washington. —Eso usted seguramente puede arreglarlo. Una fortuna que sólo pueda cobrar la persona que tenga este rostro y esta huella digital. No pensará que voy a despreciar semejante fortuna, ¿verdad? Además, no quiero su físico para siempre. Bastante elocuente ha sido usted al describir sus sufrimientos, su desasosiego, su ruidoso descenso al infierno, etcétera. No. Su cuerpo lo quiero por un breve lapso, nada más. Hay ahí afuera muchos cuerpos esperando que los posea, muchas clases de aventura.

Examiné la tarjetita.

—Diez millones —repetí—. Es una suma abultada.

—No es nada para una persona como usted, que tiene miles de millones ocultos en bancos internacionales bajo todos sus nombres ficticios. Un ser con sus formidables facultades puede adquirir todas las riquezas del mundo. Sólo los vampiros de las películas de segunda deambulan durante toda la eternidad llevando unas vidas paupérrimas como sabemos. Se limpió puntillosamente los labios con un pañuelo de hilo; luego bebió un sorbo de café.

—Quedé sumamente intrigado —continuó— con sus descripciones del vampiro Armand en "La reina de los condenados", cómo usó sus poderes para amasar una fortuna y construir una gran empresa, la Isla de la Noche..., hermoso nombre... Me dejó muy impresionado. —Sonrió un instante y luego prosiguió con la misma amabilidad. —No me costó mucho reunir datos sobre las afirmaciones que usted hace, aunque como ambos sabemos, su misterioso compañero hace tiempo ya que se marchó de la Isla de la Noche y desapareció de los archivos informáticos..., al menos que yo sepa.

No dije nada.

—Además, por lo que le estoy ofreciendo, diez millones es un regalo. ¿Quién otro le ha ofrecido tanto? No existe nadie, en este momento al menos, que pueda brindárselo.

—¿Y si fuera yo el que no quiere volver a lo de antes al concluir la semana? Supongamos que quiera seguir siendo humano siempre.

—Por mí, no hay ningún problema, porque puedo desprenderme de su cuerpo en cualquier momento. Muchos estarían dispuestos a sacármelo de las manos. —Me obsequió una sonrisa respetuosa, de admiración,

—¿Qué va a hacer con mi cuerpo?

—Disfrutarlo, ¡Disfrutar la fortaleza, el poder! Ya he tenido lo que puede ofrecer un cuerpo humano: juventud, belleza, elasticidad. También he estado en un cuerpo de mujer. Dicho sea de paso, no se lo recomiendo. Por eso ahora quiero lo que usted tiene para ofrecer. —Entrecerró los ojos e inclinó la cabeza. —Si hubiera por aquí algún ángel corpóreo, quizá también me le acercaría.

—¿No hay en la Talamasca registros de ángeles?

Vaciló un instante y luego soltó una risita.

—Los ángeles son espíritu puro, señor de Lioncourt, y nosotros estamos hablando de cuerpos, ¿verdad? Me apasionan los placeres de la carne. Y los vampiros son monstruos de carne, ¿no? Medran con la sangre. —Una vez más le noté un brillo especial en los ojos al pronunciar la palabra "sangre".

—¿Qué es lo que persigue realmente? ¿Cuál es su pasión? No puede ser el dinero. ¿Para qué sirve el dinero? ¿Qué puede comprar con él? ¿Experiencias que no ha tenido?

—Sí, podríamos decir que es eso. Experiencias que no he tenido. Obviamente soy un sensual, por así decirlo, pero si quiere que le diga la verdad —y no veo por qué debería haber mentiras entre nosotros—, soy en todo sentido un ladrón. No disfruto algo si no lo he obtenido regateando, engañando a alguien o robándolo. Es mi forma de encontrarle utilidad a todo, podríamos decir, ¡lo que me asemeja a Dios!

Se interrumpió como si se hubiera impresionado tanto con lo que había dicho, que tuvo que recobrar el aliento. Su mirada saltaba de un lado a otro; luego miró la taza de café semivacía y esbozó una sonrisita secreta.

—Me sigue, ¿verdad? Esta ropa la robé. Todo lo que tengo en mi casa de Georgetown, cada mueble, cuadro y objeto de arte es robado. Hasta la casa misma es robada, o digamos que me fue transferida en una maraña de falsas impresiones y falsas esperanzas. Creo que lo llaman estafa. Es todo la misma cosa. —Nuevamente sonrió con aire de orgullo y, al parecer, con tal profundidad de sentimiento que me dejó impresionado. —Todo el dinero que poseo es robado, lo mismo que el auto que conduzco en Georgetown. También los pasajes de avión que usé para perseguirlo a usted por todo el mundo.

No respondí. Qué extraño era, pensé, intrigado y al mismo tiempo repelido por él pese a su simpatía y aparente honestidad. Era un acto estudiado, casi perfecto. Y esa cara cautivante, que con cada nueva revelación parecía más expresiva, más dúctil. Más cosas me faltaba saber.

—¿Cómo consiguió seguirme a todas partes? ¿Cómo sabía dónde encontrarme?

—De dos maneras, para serle sincero. La primera es evidente. Poseo la facultad de abandonar mi cuerpo por períodos breves, durante los cuales puedo buscarlo atravesando enormes distancias. Pero no me gusta ese tipo de viaje incorpóreo. Además, usted no es fácil de encontrar. Se oculta durante largos períodos; después resplandece en una visibilidad total. Y, desde luego, se desplaza sin seguir esquema alguno. A menudo, cuando lo localizo y llevo mi cuerpo hasta el lugar, usted ya se ha marchado. "Después hay otra manera, casi tan mágica como la anterior: los sistemas de informática. Usted usa varios nombres ficticios. Yo ya le descubrí cuatro. A menudo no soy lo suficientemente rápido y no puedo localizarlo a través de la computadora, pero puedo estudiar sus huellas. Y cuando decide volver al punto de partida, sé dónde ubicarlo.

Yo guardaba silencio, maravillándome una vez más de lo mucho que él disfrutaba todo eso.

—Tengo el mismo gusto que usted para las ciudades —dijo—. Su mismo gusto en cuanto a hoteles: el Hassler en Roma, el Ritz en París, el Stanhope en Nueva York. Y desde luego, el Park Central en Miami, un hotelito muy simpático. No, no se ponga tan desconfiado. No tiene nada de raro perseguir a personas mediante la computadora. No tiene nada de especial sobornar a empleados para que nos muestren un comprobante de tarjeta de crédito o nos revelen datos que no deben dar a conocer. Con los trucos eso se consigue muy bien. No hace falta ser un asesino preternatural para lograrlo. En absoluto.

—¿Roba usted por computadora?

—Cuando puedo —admitió, haciendo una pequeña mueca—. Robo de diversas maneras. Nada me resulta indigno. Pero en modo alguno tengo la capacidad de alzarme con diez millones de dólares. Si la tuviera, no estaría aquí, ¿no le parece? No soy tan inteligente. En dos oportunidades me pescaron y caí preso. Ahí fue donde perfeccioné la forma de viajar fuera del cuerpo, ya que no tenía otra manera —La sonrisa que esbozó fue irónica.

—¿Por qué me cuenta todo esto?

—Porque su amigo David Talbot se lo va a decir, y porque creo que usted y yo deberíamos entendernos. Ya estoy cansado de correr riesgos. La gran razón que me anima es el cuerpo suyo, y los diez millones cuando se lo devuelva.

—Me suena todo tan trivial, tan prosaico.

—¿Diez millones le parecen prosaicos?

—Sí. Cambió un cuerpo viejo por uno nuevo. ¡Volvió a ser joven! Y el próximo paso, si yo acepto, será mi cuerpo, mis poderes. Sin embargo, lo que le importa es el dinero nada más.

—¡Ambas cosas! —protestó, desafiante—. Son cosas muy parecidas. —Con esfuerzo deliberado recobró la compostura. —Usted no se da cuenta porque adquirió al mismo tiempo el dinero y sus facultades. La inmortalidad es un gran féretro lleno de oro y piedras preciosas. ¿No fue así como lo contó? Usted salió de la torre de Magnus convenido en inmortal y con una fortuna. ¿O acaso esa historia es mentira? Aunque usted evidentemente es real, no sé si creer todas las cosas que escribió. Pero tiene que comprender lo que le digo, porque usted también es ladrón.

Mi reacción inmediata fue de indignación. De pronto me resultó mucho más desagradable que al principio, cuando estaba tan nervioso.

—No soy un ladrón —murmuré a media voz.

—Sí lo es. Siempre les roba algo a sus víctimas. Sé que lo hace.

—No, nunca, salvo que... no quede otro remedio.

—Como usted diga. Yo, sin embargo, creo que lo es. —Se inclinó hacia adelante con los ojos nuevamente brillosos y me habló en tono tranquilizador: —Roba la sangre que bebe; eso no lo puede negar.

—¿Cómo fue el incidente que tuvo con la Talamasca?

—Ya le conté que me echaron, acusándome de usar mis dones para obtener información con fines personales. Me acusaron de engaño... y de robo, desde luego. Fueron muy tontos y miopes esos amigos suyos de la Talamasca. Me subestimaron totalmente. Tendrían que haberme valorado. Tendrían que haberme estudiado, haberme implorado que les enseñe lo que sé. "En cambio, me echaron y me pagaron seis meses de indemnización. Una miseria. Y me negaron mi último deseo... un pasaje en primera clase a los Estados Unidos en el Queen Elizabeth II. Habría sido tan sencillo que me lo concedieran. Además, estaban en deuda conmigo por todas las cosas que les revelé. Tendrían que habérmelo dado. —Suspiró, me lanzó una miradita y luego posó sus ojos en el local. —Pequeñas cosas que importan en este mundo. Importan mucho.

No le respondí. Volví a mirar la foto, la imagen que aparecía en la cubierta del barco, pero no estoy seguro de que él se haya dado cuenta. Tenía la mirada perdida en el ruidoso resplandor del local; sus ojos recorrían las paredes, el techo, se posaban en algún turista ocasional, pero no registraban nada.

—Traté de llegar a un acuerdo con ellos —continuó con la misma voz mesurada de antes—. Es decir, les pregunté si querían que les devolviera algunos objetos, que les aclarase ciertos interrogantes... usted sabe. ¡Pero no quisieron entender razones! Además, para ellos el dinero no tiene importancia, lo mismo que para usted. Son tan tacaños que ni siquiera analizaron la posibilidad. Me dieron un pasaje de avión en clase turista y un cheque por seis meses de sueldo. ¡Seis meses! ¡Ah, estoy tan cansado de estas vicisitudes!

—¿Qué le hizo pensar que podía ser más astuto que ellos?

—¡Es que lo fui! —exclamó, con una sonrisita—. No son muy cuidadosos con sus cosas. Usted no se da una idea de la cantidad de pequeños tesoros que les robé. Nunca se lo van a imaginar. Desde luego, el robo más importante fue usted, enterarme de que existía. Oh, descubrir esa cripta llena de reliquias fue pura buena suerte. Quiero que sepa que no me llevé ninguno de sus antiguos bienes: levitas ya podridas de sus placares de Nueva Orleáns, pergaminos con su firma rebuscada... hasta había un relicario con una pintura en miniatura de esa niña detestable...

—Cuide su vocabulario —susurré. Se quedó muy callado.

—Perdone. No quise ofenderlo.

—¿Qué relicario? —quise saber. ¿Se habría percatado de que el corazón me latía con más fuerza? Procuré calmarme, no dejar que me subiera el sentimiento a la cara. Qué sumiso parecía cuando respondió.

—Un relicario de oro con su cadena, que adentro tenía una miniatura ovalada. No quise robarlo, se lo juro. Lo dejé donde estaba. Todavía sigue en la cripta. Pregúntele a su amigo Talbot.

Ordené a mi corazón que se quedara quieto, al tiempo que borraba de mi mente todas las imágenes del relicario.

—Lo cierto es —dije luego— que la Talamasca lo pescó y lo puso de patitas en la calle.

—No veo por qué me sigue ofendiendo —musitó, humilde—.Usted y yo podemos llegar a un acuerdo sin necesidad de ser antipáticos. Lamento haber mencionado lo del relicario...

—Quiero pensar un poco su propuesta —dije.

—Podría ser un error.

—¿Por qué?

—¡Corra el riesgo! No se demore. Y tenga presente que, si me hace daño, desperdiciará esta oportunidad para siempre. Yo soy el único que puede brindarle esta experiencia; sin mí, no podrá saber jamás qué se siente siendo de nuevo un ser humano. —Se me acercó, pero tanto que alcancé a sentir su aliento en mi mejilla. —Nunca va a saber lo que es caminar al sol, disfrutar una comida de verdaderos alimentos, hacer el amor con una mujer o un hombre.

—Quiero que salga ya mismo de aquí. Váyase de la ciudad y no regrese nunca. Yo iré a Georgetown a reunirme con usted cuando me sienta preparado. Y por tratarse de la primera vez, el cambio de cuerpo no será por una semana. Será...

—¿Puedo sugerirle dos días?

No le contesté.

—¿Y si empezamos con un día? —propuso—. Si le gusta, después podemos arreglar por un período más largo.

—Un día —dije, y mi voz sonó extraña aún para mis propios oídos—. Un período de veinticuatro horas... por ser la primera vez.

—Un día y dos noches. Le sugiero que sea este mismo miércoles, apenas se ponga el sol. El segundo cambio lo haríamos el viernes, antes del amanecer.

Nada dije.

—Tiene la noche de hoy y la de mañana para prepararse —agregó, queriendo engatusarme—. Después de hacer la mutación, va a tener toda la noche del miércoles y el jueves entero, podría ser hasta... ¿Le parece bien dos horas antes de salir el sol el viernes? Le tiene que resultar cómodo así. —Me observó detenidamente y luego, con una pizca de ansiedad. —Ah, y tráigame uno de sus pasaportes, cualquiera que sea; también una tarjeta de crédito y en los bolsillos, una suma de dinero además de los diez millones. ¿Comprendido?

Seguí sin responder.

—Usted sabe que esto va a andar bien.

Continué callado.

—Créame que todo lo que le dije es verdad. Pregúntele a Talbot. Yo no nací apuesto como me ve ahora. Y este cuerpo está ya mismo, en este instante, a su disposición.

No hablé.

—Venga a verme el miércoles. Se va a alegrar de haberlo hecho.

—Se interrumpió, y sus modales se suavizaron aún más. —Mire... Me da la sensación de que lo conozco —aseguró, su voz apenas un susurro—. ¡Sé lo que quiere! Es espantoso desear algo y no tenerlo. Ah, pero cuando uno después sabe que lo puede conseguir... Lo miré a los ojos. Su rostro atractivo estaba sereno, sin la menor expresión, y los ojos parecían maravillosos por su fragilidad y su precisión. La piel parecía tener elasticidad y pensé que sería sedosa al tacto. Luego me llegó una vez más su voz, una especie de cuchicheo seductor en el cual las palabras trasuntaban un dejo de tristeza.

—Esto es algo que sólo podemos hacer usted y yo —dijo—. En cierto sentido, se trata de un milagro que únicamente usted y yo somos capaces de comprender.

La cara, con su tranquila belleza, me pareció en ese momento monstruosa, lo mismo que la voz, con su timbre encantador, con su elocuencia, con su manera de expresar empatía y hasta afecto, quizá hasta amor. Sentí un deseo imperioso de aferrarlo por el cuello, de sacudirlo hasta que perdiera la compostura y dejara de fingir un sentimiento profundo, pero de ninguna manera lo iba a hacer. Me sentía cautivado por los ojos y la voz. Me estaba dejando hechizar, del mismo modo que antes me había dejado invadir por las sensaciones físicas de agresión. Eso se debía, supuse, a que ese individuo parecía frágil y ridículo y yo, en cambio, estaba seguro de mi propia fortaleza. Pero era mentira. ¡Yo quería hacer el experimento! Quería hacer el cambio. Sólo al rato él desprendió su mirada y la paseó por el local. ¿Estaría esperando su oportunidad? ¿Qué pasaba por su alma artera y totalmente encubierta? ¡Un hombre que podía robar cuerpos, vivir dentro de la carne de otros! Con gestos despaciosos, sacó una lapicera, arrancó una servilletita de papel y escribió el nombre y la dirección de un banco. Me dio el papel y lo guardé en el bolsillo sin abrir la boca.

—Antes de hacer el cambio —me advirtió— le daré mi pasaporte; el que tiene la cara correcta, desde luego. A usted lo dejaré cómodamente instalado en mi casa. Supongo que llevará dinero consigo... siempre lleva. Mi casa le resultará muy acogedora. Georgetown le va a gustar. —Sus palabras me producían una sensación de dedos suaves recorriendo el dorso de mi mano, algo fastidioso y emocionante a la vez. —Es un sitio antiguo, muy civilizado. Por supuesto, allí ahora nieva. Hace mucho frío. Si quisiera hacer el cambio en un lugar más cálido...

—No me molesta la nieve —dije por lo bajo.

—Me imagino. Bueno, de todos modos le dejaré mucha ropa de abrigo —agregó en el mismo tono conciliatorio.

—Ninguno de esos detalles me importa. —Qué tonto era al suponer que me interesaban. El corazón me latía desordenadamente.

—Oh, eso no lo sé. Cuando sea humano tal vez note que empiezan a importarle muchas cosas.

A usted, puede ser, pensé. A mí lo único que me importa es estar en ese cuerpo, sentirme vivo. Rememoré la nevada del último invierno en Auvernia. Vi el sol que caía desde las montañas... Vi al cura del pueblo, temblando en el gran hall en el momento en que se quejaba ante mí de los lobos que bajaban a la aldea por las noches. Por supuesto, me comprometí a darles caza. Era mi obligación. No me molestó que pudiera haberme leído esos pensamientos.

—¿Y no quiere probar la buena comida, un buen vino? ¿Qué me dice de tener relaciones con una mujer, o con un hombre si o prefiere? Para eso necesitará dinero y una casa agradable.

No le respondí. Vi el sol sobre la nieve. Lentamente mis ojos ascendieron hasta el rostro de ese ser. Me llamó la atención lo atractivo que resultaba por el hecho de haber adoptado ese nuevo modo de persuasión, cuánto se parecía a David. Cuando vi que estaba por seguir hablándome de lujos, le hice señas de que callara.

—De acuerdo —acepté—. Creo que me verá el miércoles. ¿Digamos una hora después de caer el sol? Ah, y le advierto que esa fortuna de diez millones de dólares estará a su disposición la mañana del viernes sólo por un período de dos horas. Tendrá que ir en persona a retirarla. —Lo toqué con suavidad en el hombro. —A esta persona me refiero.

—Por supuesto. Con todo gusto.

—Además, va a necesitar una contraseña para efectuar la transacción. Esa contraseña la sabrá cuando me devuelva mi cuerpo según lo convenido.

—No, nada de contraseñas. La transferencia de fondos debe estar terminada antes de que cierre el banco, el miércoles por la tarde, para que lo único que tenga que hacer el viernes sea presentarme ante su representante, dejarme tomar las impresiones digitales si usted insiste en ello, y que luego él me pueda firmar la cesión del dinero.

Yo estaba callado, reflexionando.

—Al fin y al cabo, mi apuesto amigo, ¿qué pasa si no le gusta su experiencia de un día como ser humano, si le parece que no valió la pena?

—Sí, va a valer la pena —murmuré, más hablando conmigo mismo que con él.

—Nada de contraseñas —repitió. Lo escruté en silencio. Cuando me sonrió, le noté un aspecto casi inocente y muy juvenil. Dios santo, tuvo que haber sido muy importante para él haber conseguido ese vigor juvenil. No podía ser que no se hubiera deslumbrado, aunque más no fuera durante un rato. Al principio debe haber pensado que había obtenido lo que siempre ambicionó.

—¡Lejos de eso! —exclamó de repente, como si no pudiera impedir que le salieran las palabras de la boca. No pude menos que reírme.

—Le voy a contar un pequeño secreto sobre la juventud —dijo, con súbita sequedad—. Bernard Shaw dijo que la juventud se desperdicia en los jóvenes. ¿Recuerda ese comentario al que siempre le asignó tanto valor?

—Sí.

—Bueno, no es así. Los jóvenes saben lo difícil y terrible que puede ser la juventud. La juventud se desperdicia en todos los demás: ése es el horror. Los jóvenes no tienen autoridad, no tienen respeto.

—Está loco. Creo que ud. no usa bien lo que roba. ¿Como puede no emocionarse ante el vigor? ¿Cómo puede no regocijarse con la belleza que ve reflejada en los ojos de quienes lo miran?

Sacudió la cabeza.

—Eso lo disfrutará usted —repuso—. El cuerpo es joven, tiene toda la juventud que usted siempre quiso. Sin duda se emocionará con el vigor, como dice; se regocijará con esas miradas de aprobación. —Calló. Bebió un último sorbo de café y quedó con la mirada clavada en el pocillo. —Nada de contraseñas —añadió.

—De acuerdo.

—Ah, bueno —dijo, y una sonrisa esplendorosa se pintó en su rostro—. Recuerde que por esta suma yo le ofrecí una semana. Fue usted quien prefirió aceptar un día, no más. Quién sabe, cuando le tome el gustito, querrá prolongarlo más tiempo.

—Quien sabe. —Otra vez me distraje con sólo mirarlo, al ver la mano grande y tibia que en ese momento cubrió con el guante.

—Y si quiere hacer otra mutación, le costará otra suma abultada de dinero —expresó alegremente, todo sonrisas, acomodándose la bufanda dentro de las solapas.

—Sí, claro.

—Para usted el dinero no significa nada, ¿no es así?

—Nada en absoluto. —Qué trágico, pensé, que para él signifique tanto.

—Bueno, ahora me voy. Lo dejo que se vaya preparando. Nos vemos el miércoles, como quedamos.

—No trate de huir de mí —le advertí en voz baja, inclinándome un poco hacia adelante. Luego levanté la mano y le toqué la cara. El gesto evidentemente lo sobresaltó, porque se quedó inmóvil, como un animal que, en el bosque, de pronto percibe que puede haber peligro donde antes no lo había. Pero su expresión siguió siendo calma cuando dejé los dedos apoyados contra su cutis afeitado. Poco a poco fui bajando la mano, y entonces sentí la solidez de su mentón. Dejé la mano en su cuello. También por allí había pasado la afeitadora dejando su huella tenue; la piel era muy firme y emanó de ella un aroma joven en el momento en que brotaron gotas de sudor de su frente y sus labios se plegaban para formar una sonrisa.

—Supongo que habrá disfrutado aunque sea un poco siendo joven —aventuré. Sonrió, como si supiera cuánto podía seducir con esa sonrisa.

—Sueño los sueños de los jóvenes —confesó—, o sea que siempre sueño con ser mayor, más rico, más sensato, más fuerte.

Solté una risita.

—Lo espero el miércoles por la noche —dijo con la misma elocuencia—. De eso puede estar seguro. Venga. Sucederá, se lo prometo. —Inclinándose hacia adelante, susurró: —¡Va a habitar en este físico! —Y una vez más me dirigió una sonrisa cautivante.

—Ya va a ver.

—Quiero que se marche ya mismo de Nueva Orleáns.

—Oh, sí, enseguida —aceptó. Y sin decir media palabra más, se puso de pie alejándose de mí, tratando de disimular su repentino temor. —Tengo listo el pasaje. No me agrada su sucio reducto caribeño. —Lanzó una risita humilde. Luego prosiguió con aire de maestro que amonesta a un alumno. —Hablaremos más cuando usted venga a Georgetown. Y mientras tanto, no trate de espiarme porque me voy a dar cuenta. Tengo una gran capacidad para advertir esas cosas. Hasta la Talamasca se asombró de mis poderes. ¡Tendrían que haberme conservado en su rebaño! ¡Tendrían que haberme estudiado! —Se cortó.

—Lo voy a espiar de todas maneras —dije, imitando su tono de voz bajo y medido—. Y no me importa que se entere.

Volvió a reírse, pero en un tono levemente aplacado; luego con una pequeña inclinación de cabeza, se encaminó deprisa hacia la puerta. Era de nuevo un ser desgarbado y torpe, poseído por un loco entusiasmo. Y qué trágico me pareció, porque ese cuerpo, con otro espíritu en su interior, seguramente podría haberse movido como una gacela. Lo alcancé cuando iba por la acera y casi se muere de espanto.

—¿Qué quiere hacer con mi cuerpo? —le pregunté—. Me refiero a otra cosa además de huir del sol por las mañanas como si fuera un insecto nocturno o una babosa gigante.

—¿Qué le parece? —dijo, asumiendo un aire de caballero inglés y al mismo tiempo con total sinceridad—. Quiero beber sangre. —Abrió mucho los ojos y se me acercó más. —Quiero quitar la vida en el acto de beberla. Ese es el atractivo, ¿no? Lo que a usted más le atrae no es la sangre sino la vida de esas personas. Yo nunca le he robado a nadie nada de valor. —Me dirigió una sonrisa de complicidad. —El cuerpo, sí, pero no la sangre y la vida.

Lo dejé ir, para lo cual hice un ademán visible de echarme hacia atrás, como un momento antes él había hecho conmigo. El corazón me latía con fuerza y temblé de arriba abajo al observar su rostro bello y en apariencia inocente. No se le borró la sonrisa.

—Usted es ladrón por excelencia —me espetó—. ¡Cada vida que quita es robada! Sí, anhelo tener su cuerpo; tengo que vivir esa experiencia. Introducirme en los archivos de vampiros de la Talamasca fue un triunfo, pero poseer su cuerpo, ¡y robar sangre estando en él! ¡Oh, sería todo un logro!

—¡Aléjese de mí! —musité.

—Vamos, vamos, no sea tan quisquilloso. No le gusta cuando otros se lo hacen a usted. Lo considero un ser privilegiado, Lestat de Lioncourt. Encontró lo que buscaba Diógenes: ¡un hombre honesto! —Otra amplia sonrisa y luego una andanada de risas, como si ya no pudiera contenerlas mas. —Lo veo el miércoles. Venga temprano, porque quiero que me quede la mayor cantidad de noche posible. Dio media vuelta y se alejó presuroso. Hizo señas enérgicas a un taxi; luego se lanzó contra el tránsito para introducirse en un coche que acababa de detenerse, obviamente para otra persona. Hubo una pequeña discusión que él ganó de inmediato, por lo que cerró con fuerza la puerta y el vehículo se alejó a toda velocidad. Vi por la ventanilla sucia que me guiñaba un ojo, y saludaba con la mano. Un instante después, él y el auto habían desaparecido. Incapaz de reaccionar, quedé sumido en el desconcierto. Pese al frío nocturno, había mucho movimiento, vocerío de turistas, autos que reducían la velocidad al pasar por la plaza. Sin un designio expreso, sin palabras, traté de pensar en cómo podía ser el paisaje durante el día; traté de imaginar los cielos sobre ese punto de un impreciso tono azul. Después, me subí lentamente el cuello del sobretodo. Horas y horas caminé, sintiendo en mis oídos la voz culta, refinada. Lo que a usted más le atrae no es la sangre sino la vida de esas personas. Yo nunca le he robado a nadie nada de valor. El cuerpo, sí, pero no la sangre y la vida. No me sentía con coraje para enfrentar a Louis. No soportaba la idea de conversar con David. Y si Marius se enteraba de mi proyecto, más me valdría ni empezarlo. ¡Quién sabe lo que Marius podía llegar a hacerme sólo por haber albergado semejante idea! Sin embargo él, con su amplia experiencia, sabría si eso era verdad o fantasía. Oh, dioses, ¿es que nunca quiso hacerlo él mismo? Por último regresé a mi departamento, apagué las luces y me desplomé sobre el muelle sofá de pana que, ubicado frente a la ventana de vidrio, permitía ver allá abajo la ciudad. Tenga presente que, si me hace daño, desperdiciará esta oportunidad para siempre... Sin mí no podrá saber jamás qué se siente siendo de nuevo un ser humano... Nunca va a saber lo que es caminar al sol, disfrutar una comida de verdaderos alimentos, hacer el amor con una mujer o un hombre. Pensé en la facultad de elevarme y abandonar el cuerpo material. No me gustaba ese don, y esa posibilidad de realizar el viaje incorpóreo, como se la llamaba, tampoco me salía espontáneamente. De hecho, podía contar con los dedos de una mano las pocas veces que la había usado. Y con todo lo que padecí en el Gobi, nunca traté de abandonar mi forma material; ni siquiera se me ocurrió elevarme y salir del cuerpo. Es más, la idea de estar desconectado de mi cuerpo, de flotar a la deriva sin poder encontrar la puerta del cielo o del infierno, me resultaba aterradora. Y la evidencia de que esa alma errante no podía trasponer el portal de la muerte a voluntad, se me presentó con toda nitidez desde la primera vez que experimenté con el truco. ¡Pero introducirme en el cuerpo de un mortal! Quedar anclado ahí, caminar, sentir, ver como mortal... Ah, no podía contener la emoción, una emoción que se estaba convirtiendo en puro dolor. Después de hacer la mutación, va a tener toda la noche del miércoles y el jueves entero. El jueves entero, entero... Por último, un rato antes del amanecer, llamé a mi agente de Nueva York. Ese hombre no sabía de la existencia de mi agente de París. Me conocía sólo con dos nombres, y hacía mucho que yo no usaba ninguno de los dos. Era muy improbable que Raglan James conociera esas identidades y sus diversos recursos. Me pareció la ruta más sencilla a seguir.

—Tengo un trabajito que encargarle, algo muy complicado que es preciso realizar de inmediato.

—Sí, señor, como usted diga.

—Le daré el nombre y domicilio de un banco de Washington. Quiero que lo anote...

Tags: cuentos

servido por arrazola67 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

MADOXX

MADOXX dijo

COMO SIEMPRE BUENISIMO............UN POCO TARDADIN PERO VALIO LA PENA.............SALUDOS.............

P.D GRACIAS POR TUS COMENTARIOS EN EL BLOG . CHAO

25 Mayo 2007 | 05:32 PM

rosario

rosario dijo

hola bueno.. es poco.. BUENISIMO.. valla ke sabes divertirte y pasar unos sustos ke yo creo ke para ti pues ya hasta es normal ;)

bueno me gustan siempre tus continuaciones.......

saludos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

25 Mayo 2007 | 07:00 PM

Anyrka

Anyrka dijo

Mmmm... un trabajín, eh? ¡Tanta cosa que hay en tu cabeza!
Muy apropiado y vampirezco, como siempre.
Abrazos!

27 Mayo 2007 | 04:57 AM

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