Lestat VII
Nueva Orleáns. Arribé a primera hora de la noche puesto que volvía hacia atrás en horario, en sentido inverso a la rotación del mundo. El clima era frío, tonificante, pero no cruel, aunque se avecinaban intensos vientos helados del norte. No había ni una nube en el firmamento, pero sí innumerables estrellas, muy nítidas. De inmediato me dirigí a mi pequeña pent house del barrio francés flue, a pesar de todo su encanto no era demasiado alta ya que se hallaba en un edificio de apenas cuatro plantas, construido mucho antes de la Guerra Civil. Tenía una vista un tanto íntima del río y sus hermosos puentes gemelos y, cuando dejaba las ventanas abiertas, me llegaban los ruidos del colmado Café du Monde y los concurridos negocios y calles de la plaza Jackson. Tenía que encontrarme con el señor Raglan James sólo al día siguiente. Y aunque estaba impaciente por verlo, me resultaba cómodo haber fijado ese día, pues primero quería reunirme con Louis. Pero antes me di el típico lujo mortal de una ducha caliente; luego me puse un sencillo traje de pana negra —atuendo parecido al que había usado en Miami— y un par de botas negras nuevas. Y pese a que estaba cansado —si me hubiese quedado en Europa ya estaría durmiendo dentro de la tierra—, salí a recorrer la ciudad, caminando como un humano. Por motivos que no podía precisar, pasé por el viejo domicilio de la calle Royale donde en una época vivimos Claudia, Louis y yo. En realidad eso lo hacía a menudo, aunque nunca me permitía pensarlo hasta que ya estaba a mitad de camino. En ese simpático departamento tuvimos nuestro reducto durante más de cincuenta años. Un dato que por cierto habrá que tener en cuenta cuando se me juzgue por mis errores, ya sea que me condene yo solo o que lo hagan los demás. Reconozco que Louis y Claudia fueron hechos por y para mí. Sin embargo, nuestra existencia fue extrañamente brillante y placentera hasta que Claudia resolvió que yo debía pagar por mis creaciones con la vida. Las habitaciones en ese entonces estaban colmadas de todos los adornos y lujos de la época. Teníamos un carruaje, una yunta de caballos en los establos contiguos, y los sirvientes vivían en los aposentos del fondo, pasando el patio. Pero los antiguos edificios ya estaban algo deslucidos y últimamente el departamento no estaba habitado por nadie —salvo por espíritus, quizá—; la tienda del subsuelo se había alquilado a un librero que nunca se tomaba el trabajo de quitar el polvo a los libros de la vidriera ni a los de adentro. De vez en cuando él me conseguía tratados sobre la naturaleza del mal, escritos por el historiador Jeffrey Burton Russell, o las maravillosas obras filosóficas de Mircea Eliade, como también ejemplares antiguos de las novelas que más me gustaban. El viejo casualmente estaba ahí adentro, leyendo, y lo observé unos minutos a través del vidrio. Qué distintos eran los ciudadanos de Nueva Orleáns de los del resto de Norteamérica. A ese hombre, ganar dinero le tenía sin cuidado. Me incorporé y miré, allá arriba, las balaustradas de hierro fundido. Me vinieron a la mente los sueños perturbadores, la lámpara de aceite, la voz de Claudia. ¿Por qué me estaba persiguiendo, más implacablemente que nunca? Cerré los ojos y alcancé a oírla de nuevo; su voz me hablaba, pero no percibí la naturaleza de sus palabras. Y de pronto me encontré rememorando una vez más su vida y su muerte. Ya no quedaban ni rastros de la choza donde la encontré por primera vez en los brazos de Louis. En esa casa había estado la peste, por lo que sólo un vampiro se habría atrevido a entrar. Ningún ladrón osó siquiera robar la cadena de oro que la madre llevaba puesta al morir. Y qué avergonzado se sintió Louis de haber elegido como víctima a una niña pequeñita. Pero yo lo comprendí. Tampoco quedaban huellas del viejo hospital a donde posteriormente la llevaron. Qué angosta calle de tierra había atravesado yo con ese cuerpecito tibio en mis brazos, seguido deprisa por Louis, que me suplicaba que le dijera lo que pensaba hacer. Una ráfaga de viento frío me sobresaltó. Alcancé a oír música proveniente de las tabernas de la calle Bourbon, a escasos cien metros de distancia. Y gente que caminaba frente a la catedral... una risa de mujer... la bocina de un auto en la penumbra. El tenue latido electrónico de un teléfono moderno. En el interior de la librería, el viejo estaba moviendo el dial de la radio y pasó del dixieland a la música clásica y por último a una voz plañidera que entonaba poesía con fondo de canciones de un compositor inglés... ¿Qué me llevó a ese antiguo edificio, que se erguía desamparado e indiferente como una lápida de tumba, con sus letras y fechas ya borradas? Después, ya no quise demorar más. Había estado jugando con el entusiasmo loco que me producía lo que acababa de suceder en París y enfilé hacia el sector alto de la ciudad para buscar a Louis y exponerle todo. Una vez más preferí caminar. Preferí sentir la tierra, medirla con mis pies. En mi época —fines del siglo XVIII—, el sector alto de la ciudad no existía como tal sino que era campo abierto. Aún había plantaciones, y era difícil transitar por los caminos pues, además de angostos, estaban cubiertos sólo con conchillas. Hacia fines del siglo XIX, luego de destruido nuestro pequeño refugio y resultar yo con heridas y quebraduras, cuando me marché a París en busca de Claudia y Louis, el sector alto y sus pueblitos ya estaban unidos a la gran ciudad y se habían construido muchas hermosas casas de madera, en estilo Victoriano. Algunas de esas casas son inmensas y, a su manera, tan monumentales como las grandiosas residencias en estilo renacimiento, anteriores a la Guerra Civil, que se pueden encontrar en el Barrio Jardín y siempre me recordaron a templos, o como las imponentes residencias del propio barrio francés. Pero gran parte del sector alto, con sus chalecitos de madera al igual que las grandes casas, aún conserva aspecto rural, con enormes robles y magnolias que sobresalen tras los techos por doquier, con calles sin aceras donde las cunetas no son más que zanjas llenas de flores silvestres que brotan a pesar del frío invernal. Incluso las callecitas comerciales —un trecho aquí y allá de edificios contiguos— no se parecen al barrio francés, con sus fachadas de piedra y su sofisticación propia del viejo mundo, sino que hacen acordar de la típica "calle principal" de las aldeas rurales norteamericanas. Es un lugar fantástico para caminar de noche. Se oye allí el trino de los pájaros como no se lo oirá nunca en el Vieux Carré; y sobre los techos de los galpones situados a lo largo del sinuoso río, el crepúsculo dura una eternidad, resplandece entremedio de las gruesas ramas de los árboles. Uno puede encontrar espléndidas mansiones con galerías ruinosas y decoración cursi, casas con torrecillas y gabletes, y algunas con miradores. Hay grandes hamacas tras las barandas recién pintadas de los porches. Hay vallas blancas hechas con estacas puntiagudas, y anchas avenidas de césped bien cortado. Los chalecitos exhiben una variedad infinita. Algunos están bien pintados con colores intensos, según la moda; otros, más maltrechos pero no menos bellos, lucen el hermoso tono gris de la madera flotante, estado al que fácilmente puede llegar cualquier casa en este clima tropical. Aquí y allá se encuentra algún tramo de calle con tan abundante vegetación, que cuesta creer que aún se esté dentro de una ciudad. Arreboleras silvestres y dentelarias azules oscurecen las cercas que delimitan las propiedades. Las ramas de los robles se inclinan de tal manera que obligan a los peatones a agacharse. Aun en sus inviernos más fríos, Nueva Orleáns está siempre verde. La helada no puede matar las camelias, aunque a veces las quema un poco. El jazmín amarillo y la buganvilla púrpura cubren paredes y cercas. En uno de esos trechos de suave penumbra umbría, tras una larga hilera de inmensas magnolias, fue donde Louis armó su hogar secreto. Detrás del portón oxidado, la inmensa mansión victoriana se hallaba desocupada, su pintura amarilla casi totalmente descascarada. Sólo de tanto en tanto Louis la recorría con una vela en la mano. Pero su verdadero lugar de residencia era una cabaña ubicada al fondo —cubierta por montañas de informes enredaderas—, un sitio lleno de libros y objetos diversos que había coleccionado a través de los años. Desde la calle no podían verse sus ventanas; más aún, no creo que nadie supiese siquiera que existía la casa. Los vecinos no podían verla tras los altos muros de ladrillo, la espesura del follaje y las adelfas silvestres que crecían en derredor. Además, no había un sendero marcado en medio del césped alto. Cuando lo divisé, todas las puertas y ventanas de las sencillas habitaciones estaban abiertas. Él se hallaba sentado a su escritorio, leyendo a la luz de una única vela. Lo espié largo rato, cosa que me encantaba hacer. A menudo, cuando salía de caza, lo seguía, simplemente para observar cómo se alimentaba. A Louis el mundo moderno no le interesa para nada; él recorre las calles como un fantasma, sin producir ruido, atraído únicamente por quienes acogen la muerte con beneplácito, o que parecen hacerlo. (No estoy seguro de que nadie pueda acoger nunca la muerte con beneplácito.) Y cuando se alimenta, es algo indoloro, delicado y veloz. Siempre tiene que matar pues no sabe salvar la vida de la víctima. Nunca tuvo la fortaleza necesaria como para beber sólo el "traguito" con que subsisto yo tantas noches, o más bien con que subsistía antes de convertirme en un dios voraz. Su vestimenta es siempre anticuada. Al igual que muchos de nosotros, busca ropa en estilo parecido al que se usaba cuando él era mortal. Las camisas sueltas con puños fruncidos lo fascinan, lo mismo que los pantalones ajustados. Cuando usa abrigo —rara vez— es siempre entallado como los que elijo yo: chaqueta de jinete, muy larga, y amplia al llegar al ruedo. A veces le llevo de regalo ropa de ese tipo, para que no tenga que usar hasta dejarlas hechas harapos las pocas prendas que posee. Alguna vez estuve tentado de acomodarle la casa, colgarle los cuadros, poner bellos adornos, rodearlo del lujo embriagador que yo tenía en el pasado. Él sin duda hubiera querido que lo hiciera, pero nunca lo confesó. Vivía sin electricidad ni calefacción moderna, deambulando en el caos y fingiendo que se sentía plenamente satisfecho. Algunas ventanas de su casa no tenían vidrio, y sólo de tanto en tanto cerraba las anticuadas persianas de tablitas. No parecía importarle si entraba lluvia sobre sus pertenencias, porque no eran realmente pertenencias sino sólo basura amontonada sin orden ni concierto. Repito: creo que quería que yo hiciera algo para solucionárselo. Muy a menudo venía a visitarme a mis aposentos del centro, super calefaccionados y con excelente iluminación. Allí se quedaba, mirando mi pantalla gigante de televisión. A veces traía sus propias películas para pasar en disco o en cinta. "La bella y la bestia" ,una película francesa de Jean Cocteau, le agradaba mucho. También estaba "The Dead", de John Huston, basada en un cuento de James Joyce. Y entiéndaseme, por favor, que esta película no tiene nada que ver con los de mi especie; trata acerca de un grupo muy común de mortales de la Irlanda de principios de siglo, que se reúnen a celebrar una jovial cena de Navidad. Había muchas otras películas que le atraían. Pero esas visitas nunca se producían porque yo las ordenara y nunca duraban demasiado. A menudo él deploraba el "grosero materialismo" en que yo me "regodeaba" y demostraba desprecio por mis almohadones de pana, la gruesa alfombra del piso y el espléndido baño de mármol. Entonces se iba, regresaba a su choza desolada, cubierta de enredaderas. Esa noche lo encontré en su trasnochada gloria, con una mancha de tinta en la mejilla, leyendo un grueso tomo de la biografía de Dickens escrita hace poco por un novelista inglés, mientras pasaba lentamente las páginas, pues no lee con más velocidad que la mayoría de los mortales. De hecho, de todos los que quedamos sobrevivientes, el que se asemeja más a los humanos es él. Y eso es por propia elección. Muchas veces le ofrecí mi sangre más poderosa y siempre la rechazó. El sol del desierto de Gobi lo habría convertido en cenizas. Sus sentidos son vampíricos y bien afinados, pero no como los de un Hijo de los Milenios. No tiene mucha capacidad para leer los pensamientos de otra persona. Cuando pone a algún mortal en trance, siempre es por error. Y, desde luego, no puedo leerle los pensamientos porque yo a él lo creé, y los pensamientos del discípulo y el maestro son siempre cercanos, aunque el porqué ninguno de nosotros lo sabe. Mi sospecha es que conocemos mucho los sentimientos y anhelos del otro; sólo que la amplificación es demasiado estridente como para que pueda aparecer alguna imagen con nitidez. Todo teoría. A lo mejor algún día nos estudian en laboratorios. Si eso ocurre, vamos a implorar por víctimas vivientes a través de las gruesas paredes de vidrio de nuestras cárceles, mientras nos acosan con preguntas y nos extraen muestras de sangre de las venas. Oh, ¿pero cómo hacerle eso a Lestat, que es capaz de reducir a otro a cenizas apenas con un pensamiento enérgico? Louis no oyó que estaba entre el pasto crecido, fuera de la casa. Entré en la habitación creando una enorme sombra indirecta, y ya estaba sentado en mi bergére preferida de pana roja —tiempo atrás la había llevado ahí para que la usara yo— cuando él levantó la mirada. —¡Ah, tú! —dijo en el acto, y cerró el libro. Su rostro, enjuto por naturaleza, de facciones finas —muy delicado pese a su obvia fuerza—, estaba bellamente sonrosado. Eso quería decir que había cazado un rato antes y yo no lo sabía. Durante un momento quedé anonadado. Sin embargo, era emocionante verlo tan revitalizado por el lento latido de la sangre humana. Yo también alcanzaba a olerla, lo cual añadía una extraña dimensión al hecho de estar cerca de él. Su belleza siempre me había enloquecido. Cuando no estoy con él, creo que lo idealizo, pero después, al verlo, de nuevo me siento desarmado. Sin duda fue su hermosura lo que me atrajo durante mis primeras noches en Luisiana, cuando esto era una colonia salvaje y anárquica y él un tonto borracho y temerario que jugaba por dinero y se metía en peleas en las tabernas, que hacía todo lo posible para provocar su propia muerte. Bueno, consiguió más o menos lo que creía desear. En un primer momento no comprendí su expresión de horror al mirarme, ni por qué se levantó de pronto, se acercó a mí, se agachó y me tocó la cara. Entonces recordé: era mi tez bronceada. —¿Qué hiciste? —murmuró. Se arrodilló junto a mi sillón y siguió mirándome, apoyándome levemente la mano sobre el hombro. Hermoso gesto de intimidad, pero yo no iba a reconocerlo. Por eso me quedé sereno en mi sitio. —No es nada; ya pasó. Me fui a un lugar desierto... quería ver lo que ocurría... —¿Querías ver lo que ocurría? —Se puso de pie, dio un paso atrás y me miró indignado. —Querías autodestruirte, ¿verdad? —No, no. Me quedé tendido a la luz un día entero. A la segunda mañana, no sé cómo hice, pero debo haber cavado y me enterré en la arena. Permaneció un largo instante mirándome como si estuviera por reaccionar con desaprobación; luego volvió a su escritorio, se sentó en forma bastante ruidosa tratándose de alguien tan delicado, acomodó las manos sobre el libro cerrado y me miró con expresión perversa y llena de furia. —¿Por qué lo hiciste? —Louis, tengo algo más importante que contarte. No hablemos más de ese asunto. —Hice un ademán señalando mi cara. —Ha sucedido algo notable y tengo que contártelo todo. —Me levanté sin poder contenerme y comencé a pasearme con cuidado para no tropezar con las abominables pilas de basura que había por todas partes, además de sentirme levemente enloquecido por la luz de la vela, no porque no me alcanzara para ver sino porque era tan tenue y a mí me gusta la luz. Le relaté todo: que había visto a ese tal Raglan James en Venecia y en Hong Kong, después en Miami, y cómo él me había enviado el mensaje en Londres y luego me siguió hasta París, tal como supuse que haría. Ahora habíamos quedado en encontrarnos al día siguiente en la plaza. Le expliqué lo de los cuentos y su significación. Mencioné lo que le encontraba de raro al muchacho, le dije que el cuerpo donde ese tipo estaba no era el suyo y que, en mi opinión, era capaz de hacer el cambio. —Estás loco —me dijo. —No te apresures. —¿Me dices a mí las mismas palabras que él a ti? Destrúyelo. Termina con él. Búscalo esta noche y elimínalo si puedes. —Por el amor de Dios, Louis... —Si ese hombre puede encontrarte a voluntad, Lestat, significa que sabe dónde te entierras. Lo has traído hasta aquí y ahora sabe dónde me entierro yo. ¡Es el peor de los enemigos! Mon Dieu, ¿por qué siempre buscas la adversidad? No hay nada sobre la tierra que pueda destruirte; ni aun los Hijos de los Milenios tienen fuerza para hacerlo. No te destruyó ni el sol del mediodía en el desierto... y provocas al enemigo que tiene poder sobre ti. Un mortal que puede caminar a la luz del día. Un hombre capaz de lograr un dominio total sobre tu persona cuando estás sin una pizca de conciencia o voluntad. No, aniquílalo; es demasiado peligroso. Si lo veo, lo destruyo yo. —Louis, ese hombre puede darme un cuerpo humano. ¿No escuchaste todo lo que dije? —¡Un cuerpo humano! ¡No podemos convertirnos en humanos simplemente apoderándonos de un cuerpo! ¡Tú no eras humano cuando vivías! Naciste monstruo, y lo sabes. Cómo diablos puedes engañarte así. —Si no te callas, voy a llorar. —Llora, que me gustaría verte. He leído mucho sobre tu llanto en tus libros, pero jamás te vi hacerlo personalmente. —Ah, con eso demuestras ser un perfecto embustero —me indigné—. ¡En tus miserables memorias describes mi llanto en una escena que tú y yo sabemos que no existió! —¡Lestat, mata a ese ser! Es una locura que lo dejes acercarse para hablarte. Me sentía aturdido, totalmente aturdido. Volví a desplomarme en el sillón y quedé con la mirada ausente. Afuera, la noche parecía respirar con ritmo suave y encantador; la fragancia de las flores era apenas un toquecito en el aire frío y húmedo. Una tenue incandescencia emanaba del rostro de Louis, de sus manos plegadas sobre el escritorio. Se hallaba envuelto en un manto de silencio, aguardando mi respuesta, supongo, aunque yo no sabía bien por qué. —Nunca esperé esto de ti —reconocí abatido—. Esperaba oír una larga diatriba filosófica, como esas insensateces que escribiste en tus memorias, pero esto... Seguía sentado en silencio, observándome fijo; la luz brilló un instante en sus ojos pensativos. Parecía profundamente atormentado, como si mis palabras lo hubiesen hecho sufrir. Por cierto no lo afectaba mi crítica a su libro, pues era algo que yo vivía haciendo. Eso era una broma. Bueno, una especie de broma. No supe qué decir ni qué hacer. Louis me estaba poniendo nervioso. Cuando habló, lo hizo con voz muy baja. —Tú no quieres realmente ser humano. No me digas que crees eso... —¡Sí, lo creo! —respondí, humillado por la carga de afecto que puse en mis palabras—. ¿Cómo puedes no creerlo tú?—Me levanté y empecé a pasearme de nuevo. Hice un circuito alrededor de la pequeña casa y me interné en el jardín selvático, para lo cual tuve que despejar el camino empujando las enredaderas. Me hallaba en tal estado de desconcierto que ya no podía hablar más con Louis. Pensaba en mi vida de mortal tratando en vano de no convertirla en mito, pero no podía desprenderme de esos recuerdos: la última cacería de lobos, mis perros muriendo en la nieve. París. El teatro del bulevar. Realmente no quieres ser humano. ¿Cómo pudo decir semejante cosa? Me pareció que había transcurrido una eternidad en el jardín hasta que, finalmente, para mejor o para peor, volví a entrar. Louis estaba sentado aún a su escritorio y me miró con desánimo, casi con tristeza. —Mira —le dije—, hay dos cosas que creo. Primero, que ningún mortal puede rechazar el Don Misterioso si en verdad llega a saber lo que es. Y no me hables de que David Talbot sigue negándose, porque David no es un ser común. Segundo, que si se nos diera la oportunidad, todos nosotros querríamos volver a ser humanos. Esos son mis principios. Nada más. Hizo un pequeño ademán de aceptación y se recostó contra el respaldo de su sillón. La madera crujió levemente bajo su peso; luego levantó la mano derecha con gesto lánguido, sin tener conciencia en absoluto de lo seductor que era ese pequeño ademán, y se pasó los dedos por el pelo oscuro, suelto. Me atenaceó entonces el recuerdo de la noche en que le di la sangre, cómo discutió conmigo hasta el último momento para disuadirme, cómo al final se rindió. Yo ya se lo había explicado todo perfectamente, cuando él era todavía un joven hacendado febril y borracho que, en su lecho de enfermo, tenía el rosario enrollado en el poste de la cama. ¡Pero es tan difícil explicar una cosa así! Y él, ¡tan amargo, tan consumido, tan joven!, se convenció de que quería venir conmigo y de que la vida humana ya no le atraía. ¿Qué sabía él en aquel entonces? ¿Había oído alguna vez un poema de Milton, o escuchado una sonata de Mozart? ¿Le decía algo el nombre de Marco Aurelio? Lo más probable es que lo considerara un nombre rebuscado de algún esclavo negro. Oh, aquellos dueños de plantaciones, fanfarrones e indómitos, con sus espadines y sus pistolas incrustadas en plata. Lo que sí apreciaban era el exceso; pensándolo retrospectivamente, eso tengo que reconocérselo. Pero ahora él estaba lejos de aquellos tiempos, ¿no? Era autor de "Entrevista con el vampiro" (habráse visto título más ridículo). Traté de serenarme. Lo amaba tanto que no podía menos que ser paciente y esperar hasta que él volviera a hablar. ¿Acaso no lo había hecho yo de carne y sangre humanas, convirtiéndolo en mi torturador preternatural? —Eso no es tan fácil —dijo, despertándome de mi ensueño. Su voz fue premeditadamente suave, con un tono casi conciliatorio o suplicante. —No puede ser tan sencillo. Tú no puedes cambiar de cuerpo con un mortal. Para serte sincero, no creo que sea posible, pero aunque lo fuera... No respondí. Tuve deseos de decir: "Pero, ¿y si lo fuera? ¿Si pudiera sentir de nuevo lo que significa estar vivo?". —Además, ¿qué pasaría con tu cuerpo? —prosiguió, conteniendo hábilmente su indignación—. No irás a dejar todos tus poderes a disposición de ese ser, brujo o lo que sea. Nuestros compañeros aseguran que tus poderes son tan inmensos que ni siquiera se atreven a calcularlos. Oh, no. La idea es aterradora. Dime, ¿cómo hace para encontrarte? Eso es lo más importante. —Al contrario, es lo menos importante. Pero es obvio que, si puede hacer un intercambio de cuerpos, puede abandonar el suyo. Puede desplazarse como un espíritu el tiempo necesario para rastrearme y encontrarme. Yo debo resultarle muy visible cuando se halla en ese estado, teniendo en cuenta lo que soy. Eso en sí mismo no es un milagro, si me comprendes. —Lo sé. O al menos de eso me entero por lo que leo y por lo que me dicen. Creo que te has topado con un ser muy peligroso, mucho peor que nosotros. —¿Peor en qué sentido? —¡Es otro intento desesperado de alcanzar la inmortalidad! ¿Acaso crees que ese mortal, quienquiera que sea, planea envejecer dentro de ese o de otro cuerpo y morir? Debo confesar que su razonamiento me llegó. Luego le hablé de la voz de ese hombre, que sonaba culta, de su marcado acento británico, de cómo no parecía la voz de una persona joven. Se estremeció. —Probablemente pertenezca a la Talamasca. Debe ser ahí donde se enteró de tu existencia. —Lo único que tuvo que hacer para saber de mí fue comprar una novela en rústica.. —Sí, pero no para creer, Lestat, no para creer que era cierto. Le conté que había hablado con David y que él había quedado en averiguar si el tipo pertenecía a su orden, pero yo suponía que no. Esos eruditos jamás harían semejante cosa. Además, el tipo tenía algo de siniestro. Los de la Talamasca eran tan rectos que ya aburrían. Pero qué importaba: yo estaba dispuesto a conversar con el hombre para formarme mi propia idea. Lo noté meditabundo una vez más, y muy triste. Mirarlo casi me hacía sufrir. Me dieron ganas de tomarlo por los hombros y sacudirlo, pero con eso sólo iba a conseguir irritarlo más. —Te amo —confesó con voz queda. Yo lo miré azorado. —Vives buscando la manera de triunfar —continuó—. Jamás te rindes. Pero la forma de triunfar no existe. Estamos metidos en el purgatorio, tú y yo. Y encima hay que agradecer que no sea el infierno. —No; eso no lo creo —lo contradije—. Mira, no importa lo que digas ni lo que pueda haber opinado David: voy a hablar con Raglan James. ¡Quiero enterarme de todo y nadie me lo va a impedir! —Ah, de modo que David Talbot también te previno contra ese individuo. —¡No escojas a tus aliados entre mis amigos! —Lestat, si ese humano se me acerca, y si creo que representa un peligro para mí, ten por seguro que lo destruyo. —Sí, claro. Pero él no se te acercaría. Me eligió a mí, y con razón. —Te eligió porque eres despreocupado y ostentoso. No te lo digo para ofenderte, de verdad. Anhelas que te vean, que te rodeen, que te comprendan; te gusta hacer picardías y armar revuelos para ver si baja Dios a salvarte por un pelo. Bueno, Dios no existe. Dios bien podrías ser tú. —Tú y David... la misma cantilena, las mismas admoniciones, aunque él asegura haber visto a Dios y tú no crees que exista. —¿David vio a Dios? —preguntó con acento de respeto. —No, no —murmuré, e hice un gesto desdeñoso—. Pero los dos me regañan de la misma manera. Igual que Marius. —Y por supuesto, tú eliges las voces que te reprenden. Siempre lo has hecho, del mismo modo como eliges a quienes luego se vuelven contra ti y te clavan un puñal en el corazón. Se refería a Claudia, pero no se atrevió a pronunciar su nombre. Yo sabía que, de haberlo querido, podía herirlo lanzándole una maldición, diciéndole cosas como por ejemplo: "¡Tú participaste de aquello! Estabas presente cuando lo hice, ¡y también cuando ella blandió el puñal!". —¡No quiero oírte más, Louis! Vas a pasarte la vida entonando la canción de las limitaciones. Bueno, yo no soy Dios. Y tampoco soy el diablo, aunque a veces finjo serlo. Tampoco soy el artero Yago. No tramo situaciones espeluznantes y perversas. Y no puedo poner freno a mi curiosidad o mi espíritu. Sí, quiero saber si ese hombre es capaz de hacerlo. Quiero saber lo que va a pasar. Y no me daré por vencido. —Y entonarás eternamente la canción de la victoria aunque no exista tal victoria. —Pero es que existe. Tiene que existir. —No. Cuanto más conocimiento adquirimos, más nos damos cuenta de que no existen las victorias. ¿Por qué no podemos recurrir a la naturaleza, hacer lo que se debe hacer para perdurar y nada más? —Esa es la más indigna definición de la naturaleza que he escuchado en mi vida. Fíjate bien, no en la poesía sino en el mundo exterior. ¿Qué ves en la naturaleza? ¿Quién hizo a las arañas que se meten bajo las húmedas maderas de los pisos? ¿Quién creó a las mariposas con sus alas multicolores, que parecen grandes flores malignas en la penumbra? El tiburón del mar, ¿por qué existe? —Me adelanté, apoyé ambas manos en el escritorio y lo miré a la cara— Estaba tan seguro de que ibas a entender esto. Y a propósito, ¡yo no nací monstruo! Cuando nací era un niño mortal, lo mismo que tú. ¡Más fuerte que tú! ¡Con más deseos de vivir que tú! Eso que dijiste fue cruel. —Lo sé. A veces me asustas tanto, que te ataco con palos y piedras. Es una tontería. Me alegro de verte, aunque no me atrevo a reconocerlo. ¡Me estremezco de sólo pensar que pudieras haber puesto fin a tu vida en el desierto! ¡No soporto la idea de la existencia sin ti! ¡Me pones furioso! ¿Por qué no te ríes de mí? No sería la primera vez. Me enderecé, le di la espalda y me puse a contemplar el césped mecido suavemente por la brisa del río, los retoños de la enredadera que cubrían como un velo el hueco de la puerta. —No me río. Pero esto lo voy a llevar adelante; de nada vale que te mienta. Dios santo, ¿es que no lo ves? Si llego a estar en un cuerpo humano aunque más no sea cinco minutos, ¿de qué no podría enterarme? —De acuerdo —aceptó, desalentado—. Espero que descubras que el hombre te sedujo con una sarta de mentiras, que lo único que desea es la Sangre Misteriosa y que lo envíes directamente al infierno. Permíteme advertirte una vez más: si lo veo, si me llega a amenazar, te juro que lo mato. Yo no tengo tu fuerza. Dependo de la posibilidad de mantenerme anónimo. Mis pequeñas memorias, como tú las llamas, parecían tan alejadas del mundo moderno que nadie las tomó en serio. —No le permitiré que te haga daño, Louis. —Giré y le dirigí una mirada aviesa. —Jamás habría permitido que nadie te hiciera daño. Dicho lo cual, me marché. Por supuesto, eso fue una acusación, y antes de dar media vuelta e irme, vi con placer que le había clavado un dardo. La noche en que Claudia se rebeló contra mí, él se había quedado ahí, cual impotente testigo, reprobatorio pero sin intervenir, ni siquiera cuando lo llamé. Luego alzó lo que supuso era mi cuerpo sin vida y lo arrojó al pantano. Oh, vástagos ingenuos, pensar que podían eliminarme tan fácilmente. Pero, ¿para qué recordarlo ahora? En ese entonces él me amaba, con independencia de que lo supiera o no. En cuanto a mi amor por él y por esa niña enojada e infeliz, jamás tuve la menor duda. Él se condolió de mí; eso tengo que reconocérselo. ¡Pero es tan bueno para condolerse! Usa el infortunio como otros usan el terciopelo; el sufrimiento lo favorece como la luz de las velas; las lágrimas le sientan como alhajas. Bueno, conmigo no da resultado ninguna de esas tonterías. Regresé a mi morada de la azotea, encendí todas mis bellas lámparas eléctricas y me quedé durante dos horas regodeándome con el grosero materialismo. Miré un desfile interminable de imágenes de vídeo en la pantalla gigante y por último dormí un rato en mi mullido sofá antes de salir a cazar. Me sentía cansado, fuera de mi horario. Y con sed también. Reinaba el silencio allende las luces del barrio francés y los rascacielos del centro de la ciudad, eternamente iluminados. Nueva Orleáns cae en sombras muy rápido, tanto en las calles rurales que ya he descrito como entre las viejas casas y edificios de ladrillos del centro. Recorrí esas zonas comerciales desiertas, con sus fábricas y galpones cerrados, sus desoladas casitas de madera, y llegué hasta un lugar maravilloso próximo al río que quizá no tenga significado alguno para nadie, salvo para mí. Se trata de los terrenos aledaños a los muelles, bajo los enormes pilotes de las autopistas que llevan hasta dos altos puentes de río que para mí, desde el primer instante en que los contemplé, fueron siempre los Portales del Sur. Debo confesar que el mundo oficial ha puesto otro nombre a esos puentes, mucho menos simpático. Pero yo presto escasa atención al mundo oficial. Para mí siempre serán los Portales del Sur y, cada vez que regreso a esta ciudad, salgo enseguida a caminar, llego hasta ellos, y me embeleso con el parpadeo de sus miles de lucecitas. Quiero dejar bien en claro que no se trata de finas creaciones estéticas como el puente de Brooklyn, que incitó el amor del poeta Hart Crane. Tampoco tienen la solemne grandiosidad del Golden Gate de San Francisco. No obstante ello, son puentes, y todos los puentes me resultan hermosos, estimulantes para mi pensamiento; y cuando están totalmente iluminados como ésos, sus innumerables vigas y varillas adquieren una suerte de mística grandiosa.. Quiero agregar aquí que el mismo milagro de luz se produce en la negra campiña nocturna del sur, con sus inmensas refinerías de petróleo y sus usinas eléctricas que se alzan con llamativo esplendor desde la tierra plana e invisible. Y éstas tienen además la gloria de sus chimeneas y sus llamas eternamente encendidas. La Torre Eiffel no es ahora un simple andamiaje de hierro sino una escultura de deslumbrante luz eléctrica. Pero volviendo a Nueva Orleáns, me puse a recorrer ese páramo ribereño, flanqueado por chozas ordinarias de un lado, por galpones abandonados del otro, y en el extremo norte por los maravillosos depósitos de maquinarias en desuso y sus cercos de alambre cubiertos por las infaltables enredaderas en flor. Oh, campos del pensamiento y campos de la desesperanza. Me encantaba caminar por ahí, sobre la tierra yerma y blanda, en medio de las malezas altas y los trozos de vidrio roto, para escuchar el pulso débil del río aunque no pudiera verlo, para contemplar el lejano resplandor rosado del centro de la ciudad. Ese lugar horrible, atroz y olvidado, esa enorme brecha en medio de pintorescos edificios viejos, donde sólo de tanto en tanto aparecía un auto, en las calles desiertas y supuestamente peligrosas, me pareció la esencia del mundo moderno. No quiero olvidarme mencionar que esa zona, pese a los tenebrosos senderos que a ella conducían, en realidad nunca estaba del todo oscura. Un torrente de iluminación pareja llegaba desde los faroles de las autopistas, como también de las escasas luces de la calle, y todo creaba un aspecto lóbrego constante, de origen al parecer desconocido. Dan ganas de ir ahí corriendo, ¿no es cierto? ¿No se muere usted por ir a merodear en medio de esa mugre? Ahora, en serio, es divinamente triste estar ahí parado, ser una silueta diminuta dentro del cosmos que se estremece al oír los ruidos apagados de la ciudad, las imponentes máquinas que gimen en lejanos complejos industriales, el rugido de ocasionales camiones sobre nuestras cabezas. A pocos pasos del lugar había unos edificios de viviendas abandonados. En sus habitaciones convertidas en basurales encontré a dos asesinos, embotadas de narcóticos sus mentes, con quienes me alimenté lenta y calladamente dejándolos sin conocimiento pero con vida. Retorné al campo vacío y solitario y me puse a recorrerlo con las manos en los bolsillos, pateando las latas que encontraba a mi paso. Durante largo rato di vueltas bajo las autopistas propiamente dichas; luego pegué un salto y me marché por el brazo norte del portón más cercano. Qué profundo y turbio mi río. El aire estaba fresco sobre las aguas y, pese a la deprimente niebla que lo cubría, alcanzaba a ver profusión de estrellas crueles y diminutas. Largo rato permanecí cavilando acerca de todo lo que me había dicho Louis y todo lo que David me había dicho, pero aún seguía entusiasmado con la idea de encontrarme a la noche siguiente con Raglan James. Por último, me aburrí hasta del hermoso río. Revisé mentalmente la ciudad en busca del loco espía mortal, pero no lo pude hallar. Exploré el sector alto de la ciudad y tampoco lo encontré. Pero no estaba del todo seguro. Cuando ya terminaba la noche regresé a la casa de Louis —ahora vacía y a oscuras— y paseé por las callejuelas buscando de tanto en tanto al mortal espía, siempre en guardia. Con seguridad Louis estaba a salvo en su refugio secreto, oculto dentro del ataúd donde se escondía todos los días antes del amanecer. Luego volví caminando al campo una vez más, cantando solo, y pensé que los Portales del Sur, con todas esas luces, me recordaban aquellos bonitos vapores del siglo XVIII que parecían enormes tortas de bodas flotantes, adornadas con velitas. ¿Es esto una metáfora mixta? No me interesa. Mentalmente oía la música de los vapores. Traté de imaginar el siglo venidero, con qué formas nos recibiría, cómo combinaría la fealdad y la belleza con la nueva violencia, tal como lo hacía cada siglo. Contemplé los pilotes de las autopistas, gráciles arcos elevados de acero y hormigón, pulidos como esculturas, sencillos y monstruosos, hojas de pasto incoloro suavemente doblegadas. Hasta que por fin llegó el tren, traqueteando por la lejana vía delante de los galpones, con su tediosa sarta de vagones sucios, odioso, perturbador, enviando con el chillido de su silbato señales de peligro a mi alma demasiado humana. Cuando terminó de retumbar el último traqueteo, la noche replicó con total vacuidad. No había autos visibles que se desplazaran sobre los puentes y una niebla espesa avanzaba silenciosa todo a lo ancho del río, ocultando las estrellas esfumadas. Una vez más me encontré llorando. Pensaba en Louis, en sus advertencias. Pero, ¿qué podía hacer? Yo no sabía lo que era la resignación; jamás lo iba a saber. Si el miserable de Raglan James no aparecía a la noche siguiente, lo buscaría por el mundo entero. No quería hablar más con David; no quería oír sus consejos, no podía escucharlo. Sabía que debía seguir adelante con esto. Continué con la mirada clavada en los Portales del Sur. No podía sacarme de la mente la belleza de sus luces titilantes. Me dieron ganas de ver una iglesia con velas, montones de velas encendidas como las que había visto en Notre Dame. Y elevarse, cual plegarias, el humo de los pabilos. Una hora aún para el amanecer. Tiempo suficiente. Lentamente me encaminé al centro de la ciudad. La catedral de San Luis había estado cerrada toda la noche, pero esas cerraduras no eran nada para mí. Me paré a la entrada misma de la iglesia y clavé los ojos en una hilera de velas encendidas que había bajo la estatua de la Virgen. Antes de encenderlas, los fieles dejaban su óbolo en una alcancía de cobre. Velas de vigilia, les decían. A menudo me sentaba en la plaza al anochecer y escuchaba el ir y venir de esas personas. Me gustaba el olor a cera; me gustaba la iglesita en penumbras que parecía no haber cambiado un ápice en mas de un siglo. Respiré hondo; luego metí la mano en el bolsillo, saqué un par de arrugados billetes de dólar y los introduje en la ranura. Tomé una mecha larga, la acerqué a una llama ya encendida, la llevé a una vela nueva y observé cómo la lengüita se ponía anaranjada, luminosa. Qué milagro, pensé, que una sola llamita pudiera hacer tantas más. Una llamita podía prender fuego al mundo entero. Con ese simple gesto yo acababa de aumentar la cantidad total de luz en el universo, ¿o no? Notable milagro, para el cual no habrá nunca explicación, nunca una charla de Dios y el diablo en un café de París. Sin embargo, las alocadas teorías de David me tranquilizaban cuando las rememoraba. «Creced y multiplicaos», dijo el Señor, Yahvé; de la carne de los dos, multitudes de descendientes, como nace un gran fuego a partir de dos pequeñas llamas... De pronto se produjo un ruido nítido, que resonó por la iglesia como si fuera un paso marcado ex profeso. Quedé petrificado, sorprendido de no haberme dado cuenta antes de que allí había alguien. Entonces recordé Notre Dame y los pasos infantiles sobre el piso de Piedra. Un repentino temor me invadió. Ella estaba ahí, ¿verdad? Si me daba vuelta a mirar, esta vez la vería con la capotita puesta, quizá, con los bucles desordenados por el viento y las manos enfundadas en mitones de lana, y ella me miraría con esos ojazos. Pelo dorado y hermosos ojos. De nuevo el sonido. ¡Cómo odiaba ese miedo! Me volví y divisé la silueta inconfundible de Louis que emergía de entre las sombras. Sólo Louis. La luz de las velas lentamente me fue revelando su rostro plácido y algo demacrado. Llevaba puesto un detestable saco sucio y abierta la gastada camisa, y parecía tener algo de frío. Se acercó sin prisa y me aferró con fuerza del hombro. —Te va a volver a pasar algo espantoso —dijo, al tiempo que la luz de las velas jugueteaba primorosamente en sus ojos verde oscuro—. Vas a hacer todo lo posible; lo sé. —Voy a triunfar —respondí con una risita incierta, un tanto aturdido por la alegría de verlo. Luego me encogí de hombros—. ¿Acaso no lo sabes todavía? Siempre gano. Pero me llamaba la atención que me hubiera hallado ahí, que hubiera venido tan cerca del amanecer. Y aún me encontraba temblando a causa de mis locas imaginaciones de que ella hubiera vuelto, como había vuelto en mis sueños, y yo hubiera querido saber por qué. De repente me preocupé por él; lo vi tan frágil con su piel blanca y sus manos largas y delicadas. Empero, alcancé a percibir la aplomada fortaleza que emanaba de él, como siempre lo hice, la fuerza del reflexivo que nada hace por impulso, la persona que ve desde todos los ángulos, que elige con cuidado sus palabras. El que nunca juega con el sol naciente. Se alejó de mí bruscamente y en silencio salió por la puerta. Fui tras él, pero no cerré la puerta al salir, lo cual me pareció imperdonable porque nunca hay que perturbar la paz de las iglesias. Lo observé alejarse en la mañana fría y negra, por la acera de los departamentos Pontalba, al otro lado de la plaza. Iba deprisa, con su estilo etéreo, dando pasos largos, leves. La luz, gris y letal, se acercaba tiñendo las vidrieras con un resplandor apagado. Yo podría soportarlo una media hora más, tal vez. Él no. Tomé conciencia de que no sabía dónde estaba escondido su ataúd, ni la distancia que debía recorrer para llegar hasta él. No tenía ni la más leve idea. Antes de llegar a la esquina más próxima al río, se volvió. Me envió un pequeño saludo con la mano y noté en ese gesto más cariño que en todo lo que me había dicho antes. Regresé para cerrar la iglesia.












16 may 2007 | 03:22 AM
Ay, amigo, no sé qué le pasa a la coctelera conmigo pero me pone de mal humor.
No me aparecen las actualizaciones de mis amigos, no sé por qué!!!
Me parecía raro k no escribieras nada y decidí entrar directamente a tu blog y ¡he allí! una nueva publicacion que no me aparecía en mi pagina!!!
Pucha, por qué pasa eso?? =(!
La historia: intrigante, como siempre. más.
16 may 2007 | 02:16 PM
Te echaba de menos lestat, te espero dnd siempre...
16 may 2007 | 07:08 PM
MUY BUENA LA HISTORIA SALUDOS
16 may 2007 | 09:00 PM
Anoche mande una ..cosa a la coctelera. Kizas se soluciono elproblema, ahora debo irme rápido, no alcanzo a ver mucho.
No he borrado comentarios intencionalmente, aunque kizas tuve un problema y ahi comentí alguna tontería y borré algo.
No volverá a suceder.
Te leo!
16 may 2007 | 10:41 PM
CIELOS.........YA PUDE LEER COMPLETA LA HISTORIA ESTA MUY BUENA ..FIJATE QUE HAY MUCHOS PROBLEMAS EN LOS BLOGS ALGO PASA Y BUENO NIMODO YA CHEQUE TUS COMETARIOS EN HETEROFLEXIBLE GRACIAS Y AHI PONGO LO QUE PASO PORQUE SE REPITIERON TANTO LAS HISTORIAS SORRY BUENO TE DEJO HAY QUE TRABAJAR SALUDITOS..........................
17 may 2007 | 12:28 AM
valla lios pero en fin.. sabes eh pasado recorriendo calles y visitando sitios de atlixco y pues me paresio aver visto algo aterrante aunke no me da mucho eso pero la verdad yo no se por ke me pasa a mi siempre tengo ke ver cosas si a mi ni me gusta ver cosas... bueno en fin era noche y la noche siempre atrapa las cosas raras :).... en fin saludos!!!!!!!!!!!!!!!
19 may 2007 | 02:02 AM
pasate por mi blog vampirito bueno
saludos!!!!!!!!!!!!!!
22 may 2007 | 10:50 AM
Hola Vampiro, si no te importa me encantaría publicar un relato que trata de un vampiro como tú, y un hospital, .... me gustaría que lo leyeras cuando lo publique, y me des tu opinió. un besito en tus labios rojos
22 may 2007 | 08:20 PM
Hola, pues lo de las licencias tu eliges los terminos, tendrias que ver cuales eliges, pero no la verdad no se que se hace en esos casos.
Bueno vengo de pasadista a saludarte, buen dia.
=)
22 may 2007 | 10:00 PM
GRACIAS POR TUS COMENTARIOS Y TUS PALABRAS LA COCTELERA SIGUE MAL .....ADEMAS NO HAS PUBLICADO VERDAD ????? EN FIN SALUDOS ..............................
25 may 2007 | 03:19 AM
Espero que encuentre el ataud prontito...buenísima historía...y eso que las historias de vampiros no me hacen mucha gracia...
Besitos vampiricos de miles de colores...
25 may 2007 | 04:07 PM
hola ke tal ke nueva travesura andas asiendo eh??
buenoi te dejo un saludo y ke estes bien
saludos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
2 dic 2010 | 11:28 AM
colega es una pelicula conpleta esta muy bien escrita te felicito en mi blog tengo dos historias similares por si las quieres leer cuidate tio