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La Coctelera

Mi Guarida

10 Mayo 2007

Lestat VI



Ante todo,pedir disculpas,por razones ajenas a mi,perdi el articulo de Lestat VI y con el los comentarios, he tenido que volver a colgar el post,Disculpenme por las molestias.

Cuando desperté ya no estaba tan furioso contra el extraño. En realidad, lo que sentía era una gran intriga. Pero luego había caído la noche, y eso a mí me dio ventaja.

Decidí hacer un experimento. Me dirigí a París, para lo cual realicé el cruce a toda velocidad, y solo.

Permítaseme ahora una pequeña digresión para explicar que en los últimos años he evitado París por todos los medios, y lo cierto es que nunca la había visto como ciudad del siglo XX. Las razones quizá sean obvias. Había sufrido mucho allí, en épocas pretéritas, y estaba precavido contra el espectáculo de modernos edificios en torno del cementerio de Pére-Lachaise, o de ruedas mágicas de diversión con luces eléctricas en las Tullerías. Pero, en lo más recóndito, siempre había añorado volver. ¿Cómo podía ser de otra manera?

Y ese pequeño experimento me dio coraje y una excusa perfecta. Redujo el dolor que con toda certeza habrían de producirme mis observaciones, ya que me llevaba un propósito. Pero a los pocos instantes de llegar me percaté de que realmente estaba en París —que esa ciudad no podía ser otra—, y una alegría sobrecogedora me inundó cuando caminé por los amplios bulevares y tuve que pasar por el sitio donde en una época se levantaba el Teatro de los Vampiros.

En efecto, sobrevivían varios teatros de ese período y ahí estaban, imponentes, recargados, convocando aún a sus públicos entre modernos edificios que los rodeaban por todos lados.

Mientras paseaba por los muy iluminados Campos Elíseos —congestionados por automóviles veloces y millares de peatones— comprendí que París no era una ciudad de museo, como Venecia. Era una ciudad viva, como lo fue durante los últimos dos siglos. Una capital. Un sitio todavía moderno, de valientes innovaciones y cambios. Me maravillé ante el austero esplendor del Centro Georges Pompidou, que se eleva, audaz, no lejos de los arcos de Notre Dame. Ah, qué feliz me hacía estar de regreso.

Pero tenía una tarea, ¿no es así?

A nadie le conté, mortal ni inmortal, que estaba allí. No llamé a mi abogado de París, por más que me habría hecho mucha falta. Preferí, por el contrario, obtener una gran suma de dinero de la manera habitual: sacándosela a dos criminales desagradables y opulentos, que fueron mis víctimas en calles oscuras.

Luego enfilé hacia la nevada Place Vendôme, que albergaba los mismos palacios que en mis épocas, y bajo el nombre ficticio de barón Van Kindergarten me oculté en una magnífica suite del Ritz.

Recluido allí durante dos noches, evité la ciudad envuelto en un lujo y esplendor dignos del Versailles de María Antonieta. De hecho, asomaban lágrimas a mis ojos al ver la excesiva ornamentación parisiense que me rodeaba, los fabulosos sillones Luis XVI, la magnífica boiserie repujada de las paredes. Ah, París. ¿En qué otro lugar puede estar la madera pintada como oro y seguir siendo bella?

Tendido en un sofá estilo Directorio, de inmediato me puse a leer los manuscritos de David, interrumpiéndome sólo de tanto en tanto para caminar por las silenciosas habitaciones, o bien para abrir una puerta-ventana y contemplar el jardín trasero del hotel, tan formal, tan callado y orgulloso.

El relato de David me fascinó, a tal punto que pronto me sentí más cerca de él que nunca.

Lo que estaba claro era que en su juventud había sido un hombre de acción y nada más que acción, que sólo tenía contacto con libros que narraban acción, y que su mayor placer había sido siempre la cacería. Mató su primer animal cuando sólo contaba diez años. En los relatos acerca de cómo daba muerte a los tigres de Bengala se advertía el entusiasmo por la persecución misma y los riesgos que debió enfrentar. Como se acercaba mucho a la bestia antes de disparar, más de una vez estuvo a punto de sucumbir él mismo.

Se enamoró del África, como también de la India; cazó elefantes en la época en que nadie soñaba que la especie pudiera correr peligro de extinción. En numerosas oportunidades fue atacado por esas enormes bestias antes de poder derribarlas. Y cuando cazaba leones en la planicie de Serengeti corrió riesgos similares.

Con esfuerzo recorrió arduos senderos de montaña, nadó en ríos inseguros, apoyó la mano sobre la dura piel del cocodrilo, venció su innata repulsión por las serpientes. Le encantaba dormir a la intemperie, hacer anotaciones en su diario a la luz de las velas o las lámparas de aceite, comer sólo la carne de los animales que cazaba, aunque fueran pocos, y desollar a esas fieras sin ayuda.

Su poder de descripción no era muy notable. No tenía paciencia con la palabra escrita, especialmente cuando era joven. Sin embargo, en sus memorias se podía sentir el calor de los trópicos, oír el zumbido de los mosquitos. Parecía inconcebible que un hombre como él hubiera disfrutado alguna vez del invernal solaz de Talbot Manor, o de los lujos de las casas matrices de la orden, a las cuales ahora parecía haberse vuelto adicto.

Pero muchos otros caballeros británicos habían tenido alguna vez tales opciones e hicieron lo que consideraron adecuado a su edad y posición social.

En cuanto a la aventura en Brasil, parecía escrita por otro hombre. El vocabulario era igual de escaso y preciso y, por supuesto, se advertía la misma avidez de peligro, pero al manifestarse en él la inclinación hacia lo sobrenatural surgió un individuo mucho más cerebral, más inteligente. En realidad, el léxico mismo cambió, puesto que incorporó muchas palabras desconocidas de origen portugués y africano, para definir conceptos y sensaciones físicas imposibles de describir de otra manera.

Pero el meollo era que David había desarrollado sus notables poderes telepáticos merced a una serie de encuentros aterradores y primitivos con sacerdotisas brasileñas, como también con espíritus, o sea que su cuerpo se convirtió en mero instrumento de sus facultades parapsicológicas. Esta experiencia preparó el camino para el erudito que habría de ser en años posteriores.

Había mucha descripción física en las memorias del Brasil. Se hablaba allí de pequeñas chozas campestres, donde los fieles del candomblé se reunían para encender velas ante estatuas de santos católicos y dioses autóctonos. Se hablaba de tambores y de danzas, y del inevitable trance en que caían algunos miembros del grupo cuando, al convertirse en huéspedes inconscientes de los espíritus, adquirían los atributos de una determinada deidad durante largos lapsos que luego borraban de su memoria.

Pero el acento caía sobre lo invisible, sobre la percepción de una fuerza interior y la lucha contra las fuerzas externas. Ya no existía el joven aventurero que buscaba la verdad puramente en lo físico, en el olor de la bestia, en el sendero de la jungla, en el chasquido de un arma o la caída de una presa.

Cuando se marchó de Río, David era otra persona. Si bien con posterioridad su relato fue pulido —e indudablemente sufrió también correcciones—, incluía de todos modos grandes fragmentos del diario que había escrito en el momento mismo. No cabe duda de que estuvo al borde de la demencia en el sentido convencional. Cuando miraba a su alrededor ya no veía edificios, calles y personas sino espíritus, dioses, poderes invisibles que emanaban de otros, como también diversos niveles de resistencia espiritual, tanto consciente como inconsciente, que ponían los humanos ante todas esas cosas. De hecho, si no se hubiera internado en la selva amazónica, si no se hubiera esforzado por volver a ser el cazador británico, quizá se habría perdido para siempre de su viejo mundo.

Fue, durante meses, un ser demacrado, quemado por el sol, que deambuló por Río en mangas de camisa y pantalones sucios en busca de una experiencia espiritual mayor, un hombre que cortó todo vínculo con sus compatriotas pese a lo mucho que ellos insistían en mantener el contacto. Después se abasteció del atuendo color caqui de rigor, tomó sus armas largas, consiguió los mejores pertrechos británicos para campamento y partió a reivindicarse, para lo cual mató al jaguar moteado y luego lo desolló con su propio puñal.

Realmente no era tan inverosímil que en todos esos años no hubiera regresado a Río de Janeiro, ya que, de haberlo hecho, tal vez nunca habría podido marcharse.

Sin embargo, no le bastaba con ser un adepto del candomblé. Los héroes buscan la aventura, pero la aventura sola no les alcanza.

Cómo aumentó mi cariño por él al enterarme de esas experiencias, y cuánto me entristeció pensar que pasó el resto de su vida en la Talamasca. No me pareció algo digno de él o, más bien, no me pareció que fuese lo mejor para hacerlo feliz, por mucho que dijera que eso era lo que quería. Me dio la impresión de que fue lo peor que pudo hacer.

Y, por supuesto, el hecho de conocerlo más en profundidad me hizo añorarlo más. Una vez más reflexioné que en mi lóbrega juventud preternatural me rodeé de seres que nunca podían haber sido verdaderos compañeros: Gabrielle, que no me necesitaba; Nicolás, que se volvió loco; Louis, que nunca me perdonó por haberlo seducido para entrar en el reino de los inmortales, pese a que él mismo lo quiso.

La única excepción fue Claudia —mi pequeña e intrépida Claudia, compañera de caza y matadora de víctimas fortuitas—, vampira por excelencia. Su fascinante fortaleza fue lo que la indujo a volverse contra su hacedor. Sí, ella fue la única verdaderamente parecida a mí, como se dice en esta era. Quizá sea por eso que en la actualidad su recuerdo me atormenta.

¡Sin duda eso tenía cierta relación con mi amor por David! Y antes no me había dado cuenta. Cuánto lo amaba, y qué profunda la sensación de vacío que experimenté cuando Claudia se volvió contra mí y dejó de ser mi compañera.

Esos manuscritos me sirvieron también para esclarecer otro punto. David iba a rechazar el Don Misterioso siempre, hasta las últimas consecuencias. Ese hombre no le temía a nada. No le gustaba la muerte, pero no le tenía miedo. Jamás se lo tuvo.

Pero yo no había ido a París sólo para leer sus memorias; tenía otro propósito en mi mente. Abandoné el bendito confinamiento del hotel y salí a deambular lenta, visiblemente.

En la calle Madeleine me compré ropa de categoría, incluso un abrigo cruzado azul marino de cachemira. Luego pasé horas en la margen izquierda recorriendo sus tentadores cafés, rememorando la anécdota de David sobre Dios y el diablo, preguntándome qué habría sido lo que vio. Desde luego, París sería un lugar excelente para Dios y el diablo, pero...

Viajé en subterráneo y me puse a observar los rostros de los pasajeros, tratando de determinar por qué los parisienses eran tan diferentes. ¿Sería su expresión avispada, su vigor, la forma en que eludían la mirada de los demás? No podía precisarlo. Pero eran muy distintos de los norteamericanos —eso había notado yo en todas partes—, y me di cuenta de que los comprendía. Además, me caían bien.

El hecho de que París fuese una ciudad tan opulenta, tan llena de costosos abrigos de piel, alhajas e innumerables boutiques me dejó levemente azorado. Me pareció hasta más rica que las ciudades de los Estados Unidos. No me había resultado menos rica en mis tiempos, quizá, con sus coches de cristal y sus barrenderos uniformados de blanco. Pero también había visto pobres, incluso moribundos, por las calles. Pero ahora yo sólo veía ricos y, por momentos, esa ciudad con sus millones de autos, sus numerosas casas de piedra, sus hoteles y mansiones me parecía inverosímil.

Desde luego, cacé. Me alimenté.

Al día siguiente, a la hora del crepúsculo, me instalé en el piso superior del Pompidou bajo un cielo tan violeta como el de mi querida Nueva Orleáns y vi cómo se encendían todas las luces de la gran ciudad. A lo lejos, la torre Eiffel se elevaba claramente en la divina penumbra.

¡Ah, París! Yo sabía que iba a volver, sí, y pronto. Alguna noche del futuro me fabricaría una cueva en la isla St. Louis, que siempre me encantó. Al diablo con las mansiones de la avenida Foch. Buscaría la casa donde cierta vez Gabrielle y yo hicimos actuar juntos la Magia Misteriosa, donde ella —mi madre— me pidió que la convirtiera en hija mía, y la vida mortal la soltó, dejándola ir como si esa vida fuera una simple mano cuya muñeca yo hubiera aferrado.

Pensé en traer de vuelta a Louis, Louis que tanto había amado esa ciudad antes de perder a Claudia. Sí, debía invitarlo a que volviera a amar París.

Entretanto, caminaría sin prisa hasta el Café de la Paix, en el gran hotel donde Louis y Claudia se habían alojado durante ese año tan trágico del reinado de Napoleón III, y allí, sentado con mi vaso de vino sin tocarlo, haría el esfuerzo de pensar serenamente en todo eso... y en que ya estaba concluido.

Bueno, era evidente que el suplicio del desierto me había fortalecido; sobre eso no cabía duda. Ya me sentía con ganas de que sucediera algo...

...Hasta que por fin, en las primeras horas de la mañana, un tanto melancólico al no ver los viejos edificios de la década de 1780, cuando ya se cernían brumas sobre el río semicongelado y estaba asomado al parapeto de la orilla, muy cerca del puente que lleva a la île de la Cité, divisé a mi hombre.

Primero experimenté la sensación, y esta vez la reconocí en el acto. Fui analizándola a medida que la sentía: el permitirme una leve desorientación sin perder nunca el control; las deliciosas ondas vibratorias y, luego, la intensa constricción, la opresión de mi cuerpo entero —dedos de las manos y de los pies, brazos, piernas, tronco—, igual que antes. Sí, como si mi cuerpo retuviera sus proporciones y al mismo tiempo se volviera cada vez más pequeño, ¡obligándome a salir de ese contorno! En el instante mismo en que ya me parecía imposible permanecer dentro de mí, se despejó mi mente y las sensaciones se terminaron.

Exactamente lo que me había pasado la vez anterior. Me quedé ahí, en el puente, sacando conclusiones, memorizando los pormenores.

Luego reparé en un autito desvencijado que se detuvo en la margen opuesta del río. De él bajó el joven de pelo castaño, con los mismos movimientos torpes. Se enderezó con aire tímido cuan alto era y posó en mí sus ojos vidriosos.

Había dejado el motor en marcha. Al igual que la vez anterior, pude oler su miedo. Evidentemente sabía que yo lo había visto; en eso no podía equivocarme. Supuse que también se habría dado cuenta de que yo llevaba allí dos horas, esperando que me encontrara.

Por último se armó de coraje y cruzó el puente en medio de la niebla, imponente con su largo sobretodo y écharpe blanca al cuello; medio caminando y medio corriendo, se detuvo a escasos centímetros de mí, de la fría mirada que yo, acodado en la baranda, le lanzaba. Me arrojó otro sobre y yo le aferré la mano.

—¡No se apresure, señor de Lioncourt! —murmuró con desesperación. Acento británico de clase alta, muy semejante al de David, e imitaba casi a la perfección las sílabas del francés. Estaba poco menos que descompuesto de miedo.

—¿Quién diablos es usted? —exigí saber.

—¡Tengo una cosa que proponerle! Sería muy tonto que no me escuchara. Se trata de algo que usted desea mucho. ¡Y le aseguro que no hay nadie en el mundo que pueda ofrecérsela!

Lo solté, dio un salto atrás y se tambaleó, por lo que estiró una mano para sujetarse de la baranda. ¿Qué tenían de raro sus movimientos? Pese a ser de fuerte contextura se movía como un ser inseguro, cosa que me llamaba mucho la atención.

—¡Explíqueme ya mismo su propuesta! —dije, y alcancé a sentir que, dentro de su pecho, el corazón se le detenía.

—No —se opuso—. Pero hablaremos muy pronto. —Tenía una voz culta, refinada.

Demasiado refinada para esos enormes ojos vidriosos y esa cara juvenil, tersa y robusta. ¿Sería una planta de invernadero, que alcanzó un tamaño prodigioso en compañía de gente mayor, sin haber tenido nunca contacto con personas de su edad?

—¡No se apresure! —volvió a gritar, y salió corriendo; trastabilló y se enderezó, luego su físico alto y torpe entró en el pequeño vehículo, y se marchó en medio de la nieve congelada.

Iba a tanta velocidad cuando desapareció en St. Germain que no pude menos que pensar que se estrellaría.

Miré el sobre; sin duda, otro maldito cuento. Lo abrí enojado, no muy convencido de haber hecho bien en dejarlo ir y al mismo tiempo disfrutando del jueguito, disfrutando incluso la indignación que me daba su astucia y su habilidad para seguirme los pasos.

Comprobé entonces que era un vídeo de una película reciente. El título, "Viceversa". ¿Por qué diablos...? Le di vuelta y leí la tapa. Un filme cómico.

Regresé al hotel y allí encontré esperándome otro paquete. Otro vídeo, titulado "All of Me". Una vez más, la descripción que traía la cubierta de plástico me dio una idea del tema.

Subí a mis habitaciones. ¡No tenía reproductor de vídeo! Ni siquiera en el Ritz. Llamé a David por teléfono pese a que ya era casi el alba.

—¿Por qué no vienes a París? Yo me encargo de organizarte todo. Te espero a cenar, mañana a las ocho en el comedor de la planta baja.

Luego llamé a mi agente mortal, lo levanté de la cama y le di instrucciones para que se ocupara del pasaje de David, de la limosina, la suite y todo lo demás. Tenía que esperarlo con dinero en efectivo, enviarle flores y champaña frío. Después salí a buscar un lugar seguro donde dormir.

Pero una hora más tarde, hallándome en el sótano húmedo de una vieja casa abandonada, me pregunté si ese mortal hijo de puta no me estaría viendo en ese momento, si no sabría dónde dormía yo de día, si no podría hacer entrar la luz del sol para que me afectara, como cualquier vulgar cazador de vampiros de película mala, sin el menor respeto por lo misterioso.

Me oculté en lo más profundo, debajo del sótano. Ningún mortal podría encontrarme ahí sin ayuda. Y si me encontraba, aun dormido yo podría haberlo estrangulado sin enterarme jamás de ello.

—¿Qué conclusión sacas de todo esto? —le pregunté a David. El comedor estaba elegantemente decorado y semivacío. Ahí estaba yo sentado a la luz de las velas, vistiendo traje de etiqueta y camisa de pechera almidonada, con los brazos plegados por delante, disfrutando del hecho de que ahora sólo necesitaba los anteojos de leve tinte violáceo para disimular mis ojos. Qué bien alcanzaba a ver los cortinados y el jardín a oscuras del otro lado de las ventanas.

David comía con placer. Le había encantado la idea de venir a París; le agradó mucho la suite del Place Vendôme, con sus alfombras aterciopeladas y sus muebles dorados a la hoja, y se pasó la tarde entera en el Louvre.

—Comprendes cuál es el tema, ¿no?

—No estoy seguro —respondí—. Veo ciertos elementos comunes, desde luego, pero esos cuentos son totalmente diferentes.

—¿En qué sentido?

—Bueno, en el de Lovecraft, Asenath, una mujer diabólica, cambia de cuerpo con su marido. Sale a recorrer la ciudad usando el cuerpo masculino, mientras él queda en la casa, desdichado y perplejo, dentro del cuerpo de ella. Me pareció muy cómico, muy astuto. Y, por supuesto, Asenath no es Asenath, si mal no recuerdo, sino su padre, que antes había cambiado el cuerpo con ella. Después todo se vuelve muy típico de Lovecraft, con viles demonios semihumanos y cosas por el estilo.

—Quizás ésa sea la parte que no viene al caso. ¿Y el cuento egipcio?

—Otra cosa. Los muertos convertidos en polvo pero que aún poseen vida, tú sabes...

—Sí, pero la trama...

—Bueno, el alma de la momia logra apoderarse del cuerpo de un arqueólogo, y él, pobre diablo, termina dentro del cadáver podrido de una momia...

—¿Sí?

—Dios santo, ahora entiendo lo que dices. ¡Después, la película "Viceversa", que trata sobre las almas de un niño y de un hombre que intercambian los cuerpos! Se arma un lío de todos los demonios hasta que logran hacer el cambio de vuelta. Y la película "All of Me" también trata sobre cambio de cuerpos. Tienes toda la razón. Las cuatro historias giran en torno de lo mismo.

—Exacto.

—Por Dios, David... Ahora lo veo claro. No sé cómo no caí antes. Pero...

—El hombre trata de hacerte creer que sabe algo sobre este asunto de cambiar de cuerpo. Está tratando de tentarte dando a entender que se puede hacer semejante cosa.

—¡Pero claro! Eso explica su forma de moverse, de caminar, de correr.

—¿Qué?

Azorado, antes de responder evoqué unos instantes la imagen de la bestia; traté de recordar su figura desde todos los ángulos que me permitía la memoria. Sí, hasta en Venecia le había notado esa torpeza de movimientos.

—David, él puede hacerlo.

—¡No saques una conclusión tan alocada, Lestat! A lo mejor cree que puede hacerlo; quizá hasta lo intente. Es probable que esté viviendo enteramente en un mundo de delirio...

—No. Esa es su proposición, David, ¡la proposición que, según él, voy a querer oír! ¡Es capaz de cambiar de cuerpo con otras personas!

—No me digas que crees...

—¡Eso es lo que le noto de raro! Desde que lo vi en la playa de Miami he tratado de comprender qué le pasaba. ¡No está dentro de su cuerpo! ¡Por eso no puede usar sus músculos ni su... estatura!

Por eso trastabilla cuando corre. No puede dominar esas piernas largas y fuertes. Santo cielo, ese hombre está ocupando el cuerpo de otro. Y la voz, David... eso yo te lo comenté. No es una voz de muchacho. ¡Así se explica todo! ¿Sabes lo que pienso? Que eligió ese físico en particular porque yo iba a reparar en él. Y te digo algo más: ya trató incluso de hacer conmigo ese truco del cambio y le fracasó.

No pude continuar. Me deslumbraba demasiado la posibilidad.

—¿Cómo es eso de que trató?

Le relaté las sensaciones peculiares, la vibración y la contracción, aquello de que literalmente se me obligaba a abandonar mi yo físico.

No hizo comentarios a mis palabras, pero me di cuenta del efecto que le habían causado. Estaba inmóvil, con los ojos entornados, la mano derecha semicerrada y apoyada cerca de su plato.

—Fue una agresión contra mí, ¿no? Intentó sacarme de mi cuerpo, quizá para introducirse él. Y, desde luego, no lo pudo hacer. Pero, ¿cómo es que se arriesgó a ofenderme mortalmente con su acto?

—¿Te ofendió mortalmente?

—No; sólo me dejó con más curiosidad, ¡una gran curiosidad!

—Ahí tienes la respuesta. Creo que te conoce muy bien.

—¿Qué? —Oí lo que había dicho, pero no pude responderle en el momento pues me puse a evocar las sensaciones. —Ese sentimiento es muy intenso. ¿No ves lo que está haciendo? Me da a entender que puede intercambiar conmigo. Me ofrece esa bella osamenta de mortal.

—Sí —repuso David, sin matices—. Creo que tienes razón.

—¿Por qué, si no, iba a permanecer en ese cuerpo? Es obvio que se halla incómodo en él y quiere cambiar. ¡Me está diciendo que puede hacer el trueque! Por eso corrió el riesgo. Debe saber que a mí me resultaría fácil matarlo, reventarlo como si fuera un insecto. Ni siquiera me agrada su... manera de ser. El cuerpo es excelente. Sí, es eso. Lo puede hacer, David; conoce el modo.

—¡Ni lo pienses! No puedes ponerlo a prueba.

—¿Por qué no? ¿Dices que no se puede hacer, que en ningún archivo de la Talamasca hay constancias de...? David, sé que ese hombre lo hizo. Lo que no pudo es obligarme a mí, pero por cierto que cambió de cuerpo con otro mortal.

—Lestat, cuando sucede eso decimos que hay posesión. ¡Se trata de un accidente parapsicológico! El alma de un muerto se apodera de un cuerpo vivo. Es un espíritu que posee a un ser humano y al que hay que persuadir de que lo abandone. Los seres vivos no andan haciéndolo por ahí ex profeso, concertando acuerdos. No, creo que no es posible. ¡No creo que haya casos semejantes! No... —Se interrumpió, dubitativo.

—Sabes que ha habido casos. Debe haberlos.

—Esto es muy peligroso, Lestat, es un riesgo demasiado grande para cualquier tipo de prueba.

—Mira, si puede ocurrir circunstancialmente también puede ocurrir de esta manera. Si lo puede hacer el alma de un muerto, ¿por qué no un vivo? Yo sé lo que es viajar fuera de mi cuerpo. Tú también lo sabes; lo aprendiste en Brasil y lo describiste con lujo de detalles. Muchos, muchos humanos lo saben. Las religiones antiguas lo practicaban. No es inconcebible que uno pueda regresar a otro cuerpo y tratar de retenerlo mientras el otro trata en vano de recuperarlo.

—Qué idea tan abominable.

Volví a explicarle lo de las sensaciones y lo intensas que habían sido.

—¡David, es posible que haya robado ese físico!

—Sencillamente encantador.

Una vez más recordé la sensación de opresión, la impresión aterradora pero a la vez extrañamente placentera de que mi cuerpo se apretaba y pugnaba por salir a través de mi coronilla. ¡Qué cosa rara! Si ese ser era capaz de hacerme sentir eso, seguro que podía lograr también que un mortal saliera de sí mismo, máxime si ese mortal no tenía ni la más leve idea de lo que estaba pasando.

—Serénate, Lestat —exclamó mi amigo, disgustado, y apoyó el pesado tenedor sobre el plato casi vacío—. Pensémoslo un poco más. A lo mejor se puede hacer ese cambio por unos minutos, ¿pero te imaginas permanecer dentro de ese nuevo cuerpo, funcionando allí día tras día? No. Significaría funcionar también cuando estás dormido, no sólo cuando estás despierto. Estás hablando de algo totalmente distinto y a todas luces riesgoso. Con esto no se puede experimentar. ¿Y si diera resultado?

—Exacto. Si diera resultado, yo podría meterme dentro de ese cuerpo. —Callé un momento. No me atrevía a decirlo, pero al final lo solté: —David, podría volver a ser mortal.

Me quedé sin aliento. Transcurrió un instante de silencio, durante el cual nos miramos con fijeza. La ligera expresión de temor de sus ojos no alcanzó a aplacar mi entusiasmo.

—Yo sabría usar ese cuerpo —proseguí en un susurro—. Sabría cómo utilizar esos músculos, esas piernas largas. Oh, sí, seguramente eligió ese cuerpo porque supuso que me parecería posible, muy posible...

—¡Lestat, no puedes seguir con esto! ¡Esa persona habla de cambiar un cuerpo por otro! ¡No puedes permitirle que se quede con el tuyo! La idea es monstruosa. ¡Ya es bastante con que tú te encuentres dentro de este cuerpo!

Impresionado, hice silencio.

—Mira —prosiguió, tratando de acapararme otra vez—, te pido que me perdones por hablar como superior general de una orden religiosa, ¡pero esto no lo puedes hacer! Por empezar, ¿de dónde sacó él ese cuerpo? ¿Y si lo hubiera robado? ¡No pensarás que un muchacho se lo entregó alegremente, sin protestar! Se trata de un ser siniestro y eso hay que reconocerlo. No puedes entregarle un cuerpo poderoso como el tuyo.

Yo escuché todo, lo comprendí, pero no me convenció.

—Piénsalo, David —dije, sabiendo que mis palabras parecían locas, incoherentes—. Me permitiría ser mortal.

—Te pido por favor que despiertes y me prestes atención. Esto no es una obra cómica ni un cuento gótico de Lovecraft. —Se limpió la boca con la servilleta y, enojado, bebió un sorbo de vino. Luego estiró una mano sobre la mesa y la apoyó sobre mi muñeca.

Tendría que haberle permitido que la levantara y me la sujetara, pero no cedí y al instante se dio cuenta de que querer mover mi mano era como pretender movérsela a una estatua de granito.

—¡No puedes jugar con esto! No puedes correr el riesgo de que dé resultado, porque ese ser malévolo, quienquiera que sea, luego tendrá tu fuerza.

Hice un gesto de negación.

—Entiendo lo que dices, David, pero piensa un poco. ¡Tengo que hablar con él! Tengo que encontrarlo y averiguar si eso se puede hacer. Él no importa; lo importante es el proceso, saber si se puede hacer.

—Te lo suplico: no investigues más. ¡Vas a cometer otro error atroz!

—¿A qué te refieres? —Me costaba prestarle atención. ¿Dónde estaba ahora ese depravado ladino? Pensé en sus ojos, en lo bonitos que serían si no fuese él quien mirara por ellos. Sí, ¡era un hermoso cuerpo para el experimento! ¿De dónde lo habría sacado? Me propuse averiguarlo.

—David, te dejo.

—¡No, tú no te vas! ¡Si no te quedas donde estás, te juro que te hago perseguir por una legión de los espíritus más malignos con que tuve trato en Río de Janeiro! Ahora escúchame.

Me reí.

—No levantes la voz o nos echan del Ritz —le pedí.

—Bueno, hagamos un trato. Yo vuelvo a Londres, enciendo la computadora y busco todos los casos de mutación de cuerpos que figuren en nuestros archivos. Vaya uno a saber con qué me voy a encontrar. Lestat, puede ocurrir que él esté dentro de ese cuerpo, que el cuerpo se le esté deteriorando y él no pueda salir ni detener el deterioro. ¿No pensaste en esa posibilidad?

—No se está deteriorando; en tal caso, yo habría percibido el olor. Ese cuerpo no tiene nada de malo.

—Salvo que quizá se lo haya robado a su legítimo propietario y el pobre diablo ahora anda a los tumbos en el del otro, y no tenemos ni el menor indicio.

—Tranquilízate, David, por favor. Tú regresas a Londres y te pones a investigar en los archivos. Yo empiezo a buscar a este hijo de puta porque quiero ver lo que me dice. ¡No te preocupes! No voy a seguir adelante sin consultarte. Y si decido...

—¡No decidirás nada! Por lo menos, sin haber hablado conmigo.

—De acuerdo.

—¿Me lo prometes?

—Sí, por mi honor de asesino sanguinario.

—Dame un número telefónico en Nueva Orleáns.

Lo miré un instante sin pestañear.

—Está bien. No lo he hecho nunca, pero aquí lo tienes. —Le di el número de mis aposentos en el barrio francés. —¿No lo vas a anotar?

—Ya lo memoricé.

—¡Entonces hasta luego!

Me levanté de la mesa y, pese a mi excitación, traté de caminar como un humano. Oh, poder moverse como un humano, estar dentro de un cuerpo humano... ¡Ver el sol, ver de veras ese círculo brillante en un cielo azul!

—Ah, David, casi me olvidaba. Ya está todo pagado. Llama a mi representante; él se ocupará de tu vuelo...

—Eso no me preocupa. Escúchame, Lestat: quiero que ya mismo me digas cuándo vamos a reunirnos para seguir hablando de esto. Si te esfumas, jamás te...

Yo seguía de pie y le sonreí. Me di cuenta de que lo estaba hechizando. Por supuesto que no me iba a amenazar con no dirigirme más la palabra. Qué absurdo.

—Errores atroces —dije, sin poder abandonar la sonrisa—. Claro que los cometo, ¿verdad?

—¿Qué te dirán... los otros... tu bienamado Marius, los mayores, si haces semejante cosa?

—Quizá te dieran una sorpresa, David. A lo mejor lo que más desean es volver a ser humanos. Tal vez sea eso lo que todos deseamos: tener otra oportunidad. —Pensé en Louis, que estaba en su casa de Nueva Orleáns. Dios santo, ¿qué pensaría cuando se lo contase?

David murmuró algo por lo bajo, impaciente e irritado, pero con expresión de afecto y preocupación.

Hice ademán de mandarle un pequeño beso y me marché.

Había pasado escasamente una hora cuando tomé conciencia de que no podría encontrar al depravado ladino. Si se hallaba en París, estaría escondido de modo de no dejarme captar ni el menor indicio de su presencia. Y tampoco capté una imagen de él en la mente de otros.

Eso no quería decir que no estuviera en la ciudad. La telepatía tiene mucho de azar y París era una ciudad inmensa, rebosante de personas provenientes de todos los países.

Por último, regresé al hotel y me enteré de que David ya había partido, dejándome sus diversos números telefónicos para comunicarme por fax, por computadora o por línea común.

"Por favor, llámame mañana a la noche", me escribió, "porque para ese entonces ya tendré noticias."

Subí a prepararme para regresar. No veía la hora de encontrarme de nuevo con ese loco mortal. Y Louis... Tenía que contárselo todo a él. Desde luego, no lo creería posible; eso iba a ser lo primero que diría. Pero sentiría la tentación. Sí, claro que sí.

No hacía ni un minuto que estaba en la habitación tratando de decidir si tenía que llevarme alguna cosa de allí —ah, sí, los manuscritos de David— cuando en la mesita de luz vi un sobre liso, apoyado contra un enorme florero. Decía "Conde van Kindergarten", escrito con trazos firmes, masculinos.

Apenas lo vi supe que era una nota de él. El mensaje estaba escrito a mano, con la misma letra firme, rebuscada.


No se apresure. Y tampoco le haga caso a ese tonto amigo suyo de la Talamasca. Nos vemos mañana a la noche en Nueva Orleáns. No me defraude. Plaza Jackson. Allí nos pondremos de acuerdo para elaborar una pequeña alquimia propia. Creo que comprenderá lo que está en juego.

Atentamente,

Raglan James


"Raglan James", murmuré en voz alta. Raglan James. No me gustaba el nombre porque se parecía a él.

Marqué el número de la conserjería.

—Ese sistema de fax que acaba de inventarse —dije en francés—, ¿lo tienen ya aquí? Explíquemelo, por favor.

Tal como suponía, a través de una línea telefónica se podía enviar desde el hotel un facsímil completo de esta notita hasta el aparato que tenía David en Londres. Entonces mi amigo no sólo recibiría la información sino también la caligrafía, si es que podía servirle de algo.

Recogí los manuscritos, pasé por la oficina con la nota de Raglan James, la hice enviar por fax, volví a guardármela y por último me dirigí a Notre Dame porque quería despedirme de París con una plegaria.

Me sentía loco, totalmente loco. ¡Cuándo había experimentado semejante grado de felicidad! En la penumbra de la catedral —cerrada en ese momento por la hora que era— recordé la primera vez que había estado allí, muchas décadas atrás. En ese entonces no existía la gran plaza frente al atrio; sólo la pequeña Place de Gréve rodeada de edificios maltrechos; tampoco existían los grandes bulevares como los que hay actualmente en París, sino sólo calles anchas de tierra, que nos parecían majestuosas.

Pensé en aquellos cielos azules, en cómo era la sensación de tener hambre, mucha hambre de pan y de carne, recordé cómo era querer embriagarme con un buen vino. Pensé en Nicolás, mi amigo mortal a quien tanto amé, y en lo fría que era antes nuestra piecita del desván. ¡Nicki y yo discutiendo como habíamos discutido David y yo! Oh, sí.

Tenía la impresión de que mi prolongada existencia había sido una pesadilla desde aquella época, una pesadilla llena de gigantes, de monstruos y de horribles máscaras tras las cuales se escondían seres que me amenazaban en la oscuridad eterna. Noté que temblaba. Estaba llorando. Ser humano, pensé. Volver a ser humano. Creo que pronuncié en voz alta las palabras.

De pronto, el susurro de una risa me sobresaltó. Era una niña pequeña en medio de la penumbra.

Me volví. Estaba casi seguro de haberla visto: una silueta diminuta que avanzaba a toda velocidad por un pasillo, hacia un altar lateral, y después desaparecía de la vista. Sus pisadas habían sido apenas audibles. Pero seguramente debía tratarse de un error. No había olor, no había una verdadera presencia. Era una ilusión.

Sin embargo, exclamé:

—¡Claudia!


Y mi voz rebotó en una suerte de áspero eco. No había nadie allí, desde luego.

Recordé las palabras de David: "¡Vas a cometer otro error atroz!".

Sí, no voy a negar que he cometido errores atroces, terribles. Volví a sentir el clima de mis sueños recientes, pero no en profundidad; sólo me quedaba una vaga sensación de estar con ella. La imagen de una lámpara de aceite y ella riéndose de mí.

Rememoré una vez más cómo se la había ejecutado: el pozo de ventilación con paredes de ladrillo, el sol que se acercaba, lo pequeña que era ella; luego se mezcló también el recuerdo del sufrimiento en el desierto de Gobi y ya no pude soportarlo más. Advertí que, con mis brazos, estrechaba mi propio pecho, que temblaba, que mi cuerpo estaba rígido como si padeciera el tormento de un shock eléctrico. Oh, pero ella no debe haber sufrido. Seguramente fue una muerte instantánea por tratarse de una niña tan pequeña y tierna. Polvo eres...

La angustia fue total. No eran esas épocas las que quería recordar, pese a que un rato antes me había demorado en el Café de la Paix, y pese a que creía haberme vuelto muy fuerte. Lo que añoraba era el París mío, el París anterior al Teatro de los Vampiros, cuando yo era inocente y tenía vida.

Permanecí unos minutos más entre las sombras, contemplando simplemente las grandes arcadas. Qué iglesia majestuosa era, incluso ahora, con el ruido de fondo de los autos. Se parecía a un bosque de piedra.

Le tiré un beso, tal como había hecho con David. Y partí a emprender el largo regreso a casa.

Tags: cuentos

servido por arrazola67 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

madoxx

madoxx dijo

ya decia yo que estaba rraro esto jijiji pero ya me actualise........
y como siempre me gusto mmmmmmm que mas sigue????????
P.D apurate a escribir porque creo que tus lectores estamos muy pegados a la historia jijijijij saludos...........

oye ¿porque sigue verdad?

10 Mayo 2007 | 07:25 PM

Anyrka

Anyrka dijo

Y como yo soy media bruja, INTUÍ que algo asi iba a ocurrir, por eso no comenté nada.

No, no... la verdad esk lo leí cuando lo publicaste, pero no tuve tiempo de escribir ningún comentario.
De todos modos, no pidas discuuuulpas. ¡Que nadie nos quita lo leido!

11 Mayo 2007 | 06:18 AM

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