Lestat V(continuacion)
—¿Quieres hablarme de eso? —preguntó David, gentil. —Cuando tengamos más tiempo, te contaré. —Sobre todo si vuelvo a ver a ese tipo, pensé. ¿Cómo lo hizo? Salí de manera civilizada, haciendo adrede algo de ruido al cerrar la puerta lateral de la casa. Estaba por amanecer cuando llegué a Londres. Y, por primera vez en muchas noches, me alegré de mis inmensos poderes y de la enorme sensación de seguridad que me transmitían. No necesitaba yo ataúdes, sitios oscuros donde esconderme, sino sólo una habitación donde no entraran los rayos del sol. Un elegante hotel con gruesas cortinas me brindaría paz y comodidad. Disponía de algún tiempo para instalarme bajo la cálida luz de la lámpara y comenzar a leer las aventuras de David en Brasil, cosa que ansiaba hacer con suma complacencia. Dada mi ligereza y mi locura, casi no llevaba dinero encima, por lo que tuve que usar todo mi poder de persuasión con los empleados del venerable Claridge para que aceptaran el número de mi tarjeta de crédito pese a no tener ninguna tarjeta para exhibir; y cuando firmé con uno de mis seudónimos preferidos —Sebastian Melmoth—, me acompañaron a una preciosa suite con bellísimos muebles estilo Reina Ana y equipada con todas las comodidades que uno pudiera desear. Coloqué el cortés cartelito impreso de que no me molestaran, avisé también en la mesa de entradas que no quería ser molestado hasta el anochecer y luego trabé todas las puertas desde adentro. Sinceramente, no tenía tiempo para leer. Estaba llegando la mañana tras el cielo gris y la nieve seguía cayendo en copos grandes, húmedos. Corrí todas las cortinas salvo una (para poder contemplar el cielo), y ahí me quedé, esperando el espectáculo de la llegada de la luz y todavía un tanto atemorizado por su furia. El dolor de la piel se me estaba intensificando, debido, más que nada, a ese miedo. El recuerdo de David ocupaba mi mente; de hecho, desde que nos habíamos separado no pude dejar de pensar en él. Seguía oyendo su voz y trataba de imaginar su visión fragmentaria de Dios y del diablo en el café de París. Pero mi posición en cuanto a todo ese tema era sencilla y predecible. Creía que lo de David eran delirios muy reconfortantes. Y pronto él ya no estaría conmigo pues se lo llevaría la muerte. Y de su vida, sólo me iban a quedar esos manuscritos. Ni aun proponiéndomelo, podía creer que él sabría algo más cuando estuviera muerto. No obstante, me asombraba el giro que había tomado la conversación, los bríos de David, las cosas peculiares que habían dicho. Me hallaba muy cómodo con esos pensamientos, contemplando el cielo plomizo y la nieve que se acumulaba abajo, en las aceras, cuando de pronto sufrí un mareo; más aún, un momento de total desorientación, como si estuviera por quedarme dormido. Me resultó muy agradable la sensación de sutil vibración, acompañada por cierta ingravidez, como si en efecto estuviera abandonando la forma física y entrando en mis sueños. Luego vino esa presión que con tanta nitidez experimenté en Miami: se me comprimían las piernas, todo mi cuerpo presionaba hacia adentro, me volvía más estrecho y, de repente, ¡la atemorizante imagen de que se me forzaba a salir por la coronilla! ¿Por qué me pasaba eso? Me estremecí, tal como hice la vez anterior en la playa solitaria de Florida. Y en el acto se disipó la sensación. Volví a ser el de antes, pero quedé con un dejo de fastidio. ¿Pasaba algo malo con mi bella y deforme anatomía? Imposible. No necesitaba que los más antiguos me cerciorasen de esa verdad. No había resuelto aún si debía preocuparme por ello u olvidarlo, o si debía tratar de volver a inducirlo, cuando un golpe en la puerta me hizo olvidar la preocupación. Sumamente enojoso. —Mensaje para usted, señor. El caballero solicitó que se lo entregara en sus propias manos. Tenía que haber algún error. Sin embargo, abrí la puerta. El joven me entregó un sobre grueso, abultado. Durante un instante sólo atiné a mirarlo. Como me quedaba un billete de una libra —del ladronzuelo al que había dado muerte más temprano—, se lo di y volví a encerrarme. Se trataba del mismo tipo de sobre que me había dado en Miami aquel mortal loco que se me acercó corriendo por la arena. ¡Y la sensación! La misma cosa extraña que había experimentado en el instante en que mis ojos se posaron en aquella criatura. Ah, pero no era posible... Rasgué el sobre con manos repentinamente temblorosas. ¡Era otro cuento corto impreso, recortado de algún libro igual al primero y abrochado de la misma manera, en el ángulo superior izquierdo! Quedé desconcertado. ¿Cómo diablos había hecho ese ser para seguirme? ¡Nadie sabía que me encontraba ahí! ¡Ni siquiera David! Claro que estaba el número de la tarjeta de crédito, pero por Dios, cualquier mortal habría demorado horas en ubicarme por ese medio, suponiendo que fuera posible; que no lo era. ¿Y qué tenía que ver con ello la sensación, esa rara vibración, la presión que parecía sentir dentro mismo de mis extremidades? Pero no había tiempo para analizarlo. ¡Ya era casi de mañana! De inmediato capté el peligro de la situación. ¿Cómo no lo había advertido antes? Ese ser decididamente tenía algún medio para saber dónde estaba yo, ¡incluso dónde elegía ocultarme durante el día! ¡Tenía que abandonar esos aposentos! ¡Qué ultraje! Temblando de indignación, hice un esfuerzo y eché un vistazo al cuento, de unas pocas páginas de largo. El autor era Robert Bloch, y el título, "Los ojos de la momia". Un título ingenioso, pero ¿qué podía significar para mí? Pensé en el de Lovecraft, que era mucho más extenso y, al parecer, totalmente distinto. ¿Qué quería decir todo eso? La aparente idiotez del asunto me enloquecía. Pero ya era muy tarde para seguir cavilando. Recogí los manuscritos de David, dejé las habitaciones, me fui por la salida de incendios y subí al techo. Oteé la noche en todas las direcciones. ¡No pude ver al muy maldito! Suerte para él, porque, si lo veía, lo mataba. Cuando se trata de defender mi refugio, tengo poca paciencia o moderación. Ascendí y recorrí los kilómetros a la mayor velocidad posible. Por último descendí en un bosque cubierto de nieve, lejos de Londres en dirección al norte, y allí cavé mi propia tumba en la tierra congelada como tantas veces había hecho con anterioridad. Me puso furioso tener que hacerlo, realmente furioso. Voy a matar a ese hijo de puta, quienquiera que sea, pensé. ¡Cómo se atreve a acecharme, a darme esos cuentos! Sí, eso voy a hacer: apenas lo agarre, lo mato. Pero luego me acometió el mareo, el embotamiento, y pronto ya nada importó... Una vez más estaba soñando, y ella estaba ahí, encendiendo la lámpara de aceite, diciendo: "Ah, la llama ya no te asusta..." —Te estás burlando de mí —dije, sintiéndome desdichado. Había estado llorando. —Caramba, Lestat, tú sí que te repones rápido de esos ataques cósmicos de desesperanza. Te vi en Londres, bailando bajo los faroles de la calle. ¡Qué barbaridad! Quise protestar, pero como estaba llorando, no me salían las palabras... En un último lapso de conciencia, vi a ese mortal en Venecia... bajo las arcadas de San Marcos, donde por primera vez reparé en él... Vi sus ojos pardos y su boca joven, tersa. ¿Qué quieres?, exigí saber. Ah, lo mismo que tú, pareció responder.















AITOR dijo
Simplemente queria saludarte y decirte que el otro dia estube comiendo en Arrazola, aldea bizkaina situada en las faldas del monte Amboto y donde habita su reina Mari, a la que algunos pastores aseguran haber visto en dias de tormenta, hecha una bola de fuego o atuzandose el pelo junto a su cueva.
Un Saludo
7 Mayo 2007 | 12:37 PM