Lestat V
Era exactamente la medianoche cuando llegué a Talbot Manor, la residencia de David. Me dio la impresión de estar viendo el sitio por primera vez. Tuve tiempo para recorrer el laberinto en la nieve, apreciar detenidamente el diseño de los arbustos podados e imaginar cómo sería el jardín en primavera. Un lugar espléndido. Luego reparé en las habitaciones mismas, pequeñas y oscuras, construidas para no dejar pasar el crudo invierno inglés, y en las ventanitas con maineles, muchas de ellas a plena luz en ese momento y sumamente tentadoras en la penumbra nevada. David había terminado de cenar y los sirvientes —un hombre y una mujer— estaban trabajando en la cocina de la planta baja mientras el amo se cambiaba de ropa en su dormitorio del primer piso. Observé cómo se ponía, sobre el pijama, una bata negra larga con solapas de terciopelo del mismo color y lazo a la cintura, lo cual le daba un aspecto clerical por más que el diseño de la tela fuera demasiado rebuscado como para ser una casulla, máxime con el pañuelo blanco de seda calzado en el escote. Después bajó la escalera. Yo entré por mi puerta preferida del fondo del pasillo y, cuando él se agachó para atizar el fuego en la biblioteca, aparecí a su lado. —Ah, volviste —exclamó, tratando de disimular su agrado—. Dios santo, ¡no haces nada de ruido para ir y venir! —Así es. Fastidioso, ¿no? —Miré la Biblia que estaba en la mesita, el ejemplar del "Fausto" y el cuento de Lovecraft aún abrochado pero con sus páginas alisadas. También estaba allí el botellón de whisky y un bonito vaso de cristal de base gruesa. Con los ojos fijos en el cuento, me asaltó el recuerdo del muchacho ansioso. Qué extraña su manera de caminar. Me recorrió un leve estremecimiento al pensar en el hecho de que me hubiera ubicado en tres lugares tan distintos. Lo más probable era que no volviera a verlo nunca más. Aunque, por otra parte... Pero ya habría tiempo para ocuparme de ese pelmazo. Por ahora, en mi mente estaba David en la agradable perspectiva de tener toda la noche para conversar. —¿De dónde sacaste esa ropa tan fina? —Sus ojos me inspeccionaron lentamente y, al parecer, no reparó en la atención que yo prestaba a sus libros. —Oh, por ahí, en una tienda. Nunca le robo la ropa a mis víctimas, si es eso lo que quieres saber. Además, soy adicto a los habitantes de barrios bajos y ellos no visten tan bien. Tomé asiento en el sillón frente al suyo, que ahora supuse era mi sillón. Mullido, de blando cuero, resortes que chirriaban pero muy cómodo, con respaldo alto y anchos apoyabrazos. El sillón de él no hacía juego con el mío, pero también era bueno, aunque un poco más gastado. Se hallaba de pie ante el fuego, todavía observándome. Luego se sentó a su vez. Destapó el botellón de cristal, llenó su vaso y lo levantó a guisa de pequeño brindis. Bebió un largo sorbo e hizo una mínima mueca cuando fue obvio que el líquido le calentó la garganta. De pronto recordé vívidamente esa sensación. Recordé haber estado en el henal de un granero de mis tierras, en Francia, bebiendo coñac de esa misma manera, incluso haciendo el mismo gesto, y a Nicki, mi amiga y amante mortal, arrebatándome la botella de las manos con expresión ávida. —Veo que has vuelto a ser el de siempre —dijo David con repentina calidez, bajando un tanto la voz y sin dejar de mirarme. Se recostó contra el respaldo y colocó el vaso sobre el apoyabrazos derecho de su sillón. Tenía un aspecto señorial, aunque más sereno del que jamás le había visto. Su pelo era ondulado, espeso, y había adquirido una hermosa tonalidad gris. —¿Parezco el de siempre? —Tienes esa expresión de picardía en los ojos —respondió en voz baja, sin dejar de atisbarme—. Veo un amago de sonrisa en tus labios, que no se te va ni cuando hablas. Y la piel... totalmente distinta. Espero que no te duela. ¿Te duele? Hice un ademán como restándole importancia. Alcanzaba a oír los latidos de su corazón, apenas más débiles que en Amsterdam. Y de vez en cuando, irregulares también. —¿Cuánto tiempo te va a durar la piel así de oscura? —Años, tal vez; al menos eso me dijo uno de mis compañeros más antiguos. ¿No mencioné este tema en "La reina de los condenados"? —Pensé en Marius y en lo enojado que estaba conmigo. Cómo iba a criticar lo que hice. —Lo dijo Maharet, tu amiga pelirroja —recordó David—. En tu libro, ella asegura haber hecho exactamente eso sólo para oscurecerse la piel. —Qué coraje —susurré—. Y no crees en su existencia, ¿verdad? Aunque yo esté aquí sentado, frente a ti. —¡Claro que creo en ella! Creo en todo lo que has escrito. ¡Pero te conozco! Dime, ¿qué fue lo que pasó en el desierto? ¿Realmente creíste que te ibas a morir? —No me extraña que hagas esa pregunta, David; y así, a boca de jarro. —Suspiré. —Bueno, no puedo decir que lo haya creído del todo. Probablemente estuviera jugando a uno de mis típicos jueguitos. Juro por Dios que a los demás no les digo mentiras. Pero me miento a mí mismo. No creo que pueda morir ahora, al menos de una manera que yo pudiera planear. Dejó escapar un largo suspiro. —Y dime, David. ¿Por qué no le tienes tú miedo a morir, David? No lo digo para atormentarte con mi ofrecimiento de siempre. En verdad no lo comprendo. No tienes el menor miedo a la muerte, y eso no lo puedo entender. Porque puedes morir, por supuesto. ¿Lo dudaba acaso? No me respondió en el acto. Sin embargo, se lo notaba enormemente estimulado. Casi podía oír cómo le funcionaba el cerebro, aunque por supuesto no le oía los pensamientos. —¿A qué se debe el "Fausto", David? ¿Crees que soy Mefistófeles? ¿Eres tú Fausto? Negó con la cabeza. —Quizá yo sea Fausto —dijo por fin, al tiempo que bebía otro sorbo de whisky—, pero está claro que tú no eres el diablo. —Suspiró. —Te he arruinado la vida, ¿no, David? Lo supe en Amsterdam. Ya no te quedas en la Casa Matriz a menos que sea imprescindible. No te he vuelto loco, pero te he hecho mal, ¿verdad? Otra vez se tomó unos instantes para responder. Me miraba con sus grandes ojos negros, y obviamente analizaba la pregunta desde todos sus ángulos. Las marcadas arrugas de su rostro —en la frente, a los costados de la boca y las patas de gallo— acentuaban su expresión afable, franca. Aquel ser no tenía nada de agrio, pero bajo su fachada escondía cierta infelicidad, mezclada con profundas reflexiones que se remontaban a toda su vida pasada. —Habría ocurrido de todas maneras, Lestat —dijo al final—. Existen razones para que ya no sea tan eficiente como Superior General. Habría ocurrido de todas maneras; de eso estoy bastante seguro. —¿Por qué no me lo explicas? Yo creía que estabas en las entrañas mismas de la orden, que eso era tu vida. Sacudió la cabeza. —Siempre fui un candidato improbable para la Talamasca. Alguna vez te dije que pasé mi juventud en la India. Podía haber vivido la vida entera de ese modo. No soy un erudito en el sentido convencional de la palabra; nunca lo fui. Sin embargo, me parezco al Fausto de la obra. Soy viejo y no he descubierto los secretos del universo; en absoluto. Pensé que lo había hecho cuando era joven, la primera vez que tuve... una visión. La primera vez que vi a una bruja, la primera vez que oí la voz de un espíritu, la primera vez que convoqué a un espíritu e hice que me obedeciera, ¡pensé que lo había descubierto! Pero no fue nada. Esas son cosas pedestres... misterios prosaicos. O misterios que de todos modos jamás voy a resolver. Hizo una pausa como si quisiera agregar algo más, algo en particular, pero luego levantó el vaso y bebió casi con gesto distraído, sin la mueca esta vez, porque evidentemente la mueca había sido para el primer trago de la noche. Clavó la mirada en el vaso y acto seguido procedió a llenarlo de nuevo. Me disgustaba no poder leerle los pensamientos, no captar ni la más leve emanación tras sus palabras. —¿Sabes por qué me hice miembro de la Talamasca? No tuvo nada que ver con la erudición. Jamás supuse que me iba a recluir en la Casa Matriz, que iba a manejar papeles, a guardar archivos en la computadora, a enviar faxes a todas partes del mundo. Nada por el estilo. Todo comenzó con otra cacería, una nueva frontera, por así decir, un viaje al lejano Brasil. Fue allí donde descubrí lo oculto en las callecitas sinuosas del viejo Río, que me resultó tan emocionante y peligroso como mis antiguas cacerías del tigre. Eso fue lo que me atrajo: el peligro. Y cómo terminé tan lejos de ello, no lo sé. Yo nada dije, pero si algo me quedó claro fue que conocerme a mí le significó un riesgo. Le gustaba el peligro, sin duda. Me había parecido que él encaraba la relación con la ingenuidad del erudito, pero ahora veía que no. —Sí —aseguró casi al instante, y sus ojos se ensancharon al sonreír—. Exacto. Aunque honestamente no puedo creer que puedas hacerme daño nunca. —No te engañes —rebatí—. Porque es indudable que te ilusionas. Cometes el viejo pecado de creer en lo que ves, y yo no soy lo que ves. —¿Ah, no? —Vamos... tengo aspecto de ángel, pero no lo soy. Las viejas reglas de la naturaleza incluyen a muchas criaturas como yo. Somos bellos como la serpiente de cascabel, o el tigre a rayas, pero también somos asesinos implacables. Te dejas engañar por tus ojos. Pero no quiero pelear contigo. Cuéntame la historia. ¿Qué pasó en Río? Me muero por saberlo. Un dejo de tristeza se apoderó de mí al pronunciar esas palabras. Hubiera querido decirle: si no puedo tenerte como compañero vampiro, permíteme conocerte como mortal. Me colmaba de una emoción casi palpable el estar sentados ahí los dos, tal como estábamos. —De acuerdo —dijo—. Ya expusiste tu idea y me doy por enterado. Sentí, es verdad, la tentación del peligro cuando, años atrás, me acerqué a ti en el auditorio donde cantabas, cuando te vi la primera vez que viniste a mí. Y el hecho de que me tientes con tu ofrecimiento... eso también es peligroso, porque soy humano, como ambos sabemos. Me recosté contra el respaldo, algo más feliz; levanté la pierna y apoyé el talón en el asiento de cuero del viejo sillón. —Me gusta que la gente me tenga un poco de miedo —dije, encogiéndome de hombros—. Pero, ¿qué pasó en Río? —Me topé cara a cara con la religión de los espíritus. El candomblé. ¿Conoces la palabra? Volví a encogerme de hombros. —La oí una o dos veces —expliqué—. Pienso ir allí algún día, quizá pronto. —Imaginé las grandes ciudades de Sudamérica, los bosques, el Amazonas. Sí, me apetecía tal aventura, y la desesperación que me había llevado hasta el Gobi me parecía ya muy lejana. Me alegraba estar vivo aún, y en silencio me negué a sentirme avergonzado. —Ah, si pudiera volver a ver Río —dijo David, más para sí mismo que dirigiéndose a mí—. Por supuesto, Río no es lo que era en aquel entonces. Ahora es un mundo de rascacielos y enormes hoteles de lujo. Pero me encantaría ver de nuevo esa costa en curva, el Cristo en la cima del Corcovado. Creo que no hay geografía más deslumbrante en el mundo entero. ¿Por qué dejé pasar tantos años sin regresar a Río? —¿Acaso no puedes ir cuando te plazca? —Sentí de pronto grandes ansias de protegerlo. —Supongo que esos monjes de Londres no pueden impedirte que vayas. Además, eres el jefe. Rió en un estilo muy caballeresco. —No, no me lo impedirían —dijo—. Es cuestión de tener, o no, los bríos, tanto físicos como mentales. Pero la cuestión no es ésa; sólo quería contarte lo que pasó. O tal vez sí tenga que ver... No lo sé. —¿Cuentas con medios como para viajar a Brasil, si quisieras? —Sí, eso nunca fue problema. En cuestiones de dinero, mi padre fue muy inteligente y, en consecuencia, nunca tuve que preocuparme demasiado. —Si no tuvieras el dinero, yo te lo pondría en las manos. Me obsequió una de sus sonrisas más tolerantes y afables. —Me he puesto viejo —dijo—. Estoy solo y algo tonto, como debe serlo todo hombre con algo de sabiduría. Pero pobre no soy, gracias a Dios. —¿Y bien? ¿Qué pasó en Brasil? ¿Cómo empezó todo? Iba a hablar, pero guardó silencio. —¿De veras piensas quedarte aquí a escucharme? —dijo, después. —Sí —respondí de inmediato—. Por favor. —Comprendí que nada ansiaba tanto en el mundo. No tenía un solo plan ni ambición en el corazón, ni otro pensamiento que no fuera estar allí, con él. Algo tan simple como eso me dejó un poco perplejo. Así y todo lo noté reacio a confiar en mí. Luego se produjo un cambio sutil en él, una especie de relajación, un entregarse, quizá. Hasta que por fin comenzó. —Ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. La India de mi niñez ya no existía. Además, yo anhelaba nuevos horizontes. Entonces organicé con mis amigos una expedición para ir a cazar al Amazonas. Me obsesionaba la perspectiva de la selva amazónica. Queríamos cazar el gran jaguar sudamericano. —Señaló un rincón de la habitación donde, montada sobre un pedestal, se veía una piel moteada de felino en la que yo no había reparado. —No te imaginas las ganas que tenía de atraparlo. —Parece que lo conseguiste. —No de inmediato —aclaró con una risita irónica—. Decidimos empezar la expedición pasando primero unas hermosas vacaciones en Río, dos semanas para recorrer la playa de Copacabana y los lugares históricos: monasterios, iglesias, etcétera. Ten en cuenta que en esa época el centro de la ciudad era muy distinto, una conejera de callecitas angostas y maravillosa arquitectura. ¡Yo estaba anhelante, me emocionaba mucho la perspectiva de hacer algo tan insólito! Eso es lo que nos impulsa a los ingleses a ir a los trópicos. Sentimos la necesidad de alejarnos de los cánones sociales, de la tradición... y sumergirnos en alguna cultura al parecer salvaje a la que nunca podemos domesticar ni comprender. A medida que hablaba todo su porte iba cambiando; se lo notaba más vigoroso, le brillaban los ojos y las palabras le fluían más rápidamente con ese marcado acento británico que tanto me gustaba. —Bueno, la ciudad superó todas nuestras expectativas, desde luego, pero mucho más fascinante aún fue su gente. Los brasileños no se parecen a nadie que uno conozca. Para empezar, son bellísimos, y si bien todos coinciden en este punto, nadie sabe el porqué. No; lo digo en serio —aseguró cuando me vio sonreír—. Tal vez sea la mezcla de portugués con africano y el añadido de sangre indígena. No lo sé. Lo cierto es que son muy atractivos y tienen una voz muy sensual. Uno puede enamorarse de esas voces... puedes besar esas voces... Y la música, la bossa nova, es su lenguaje. —Deberías haberte quedado allí. —¡No, no! —protestó, y bebió otro sorbito de whisky—. Bueno, continúo: tuve una relación apasionada con un muchacho de nombre Carlos, ya desde la primera semana. Quedé embelesado. Nos dedicamos a beber y hacer el amor día y noche sin cesar, en mi suite del Palace Hotel. Una verdadera indecencia. —¿Tus amigos te esperaron? —No; me emplazaron: o vienes ya mismo con nosotros o te abandonamos. Pero no tenían inconveniente en que Carlos se incorporara al grupo. —Hizo un ademán.—Eran hombres muy mundanos, desde luego. —Me imagino. —Sin embargo, la decisión de llevar a Carlos fue un tremendo error. Su madre era sacerdotisa del candomblé, cosa de la que yo no tenía ni la más remota idea. Ella no quería que su hijo viajara a la selva amazónica; quería que fuera al colegio. Entonces me hizo perseguir por los espíritus. Hizo una pausa y me miró, quizá para medir mi reacción. —Tiene que haber sido divertido. —Me daban golpes de puño en la oscuridad. ¡Levantaban mi cama y me arrojaban al piso! Cuando me duchaba, hacían girar los grifos y casi me quemaban vivo. Me llenaban la taza de té con orines. Al cabo de siete días ya me estaba volviendo loco. Primero sentí fastidio, luego incredulidad y de ahí pasé al terror. Volaban los platos de la mesa ante mis ojos. Sonaban timbres en mis oídos. Las botellas se caían de los estantes y se hacían añicos. Dondequiera que iba, veía personas de tez oscura que me observaban. —¿Sabías que era esa mujer? —Al principio, no. Pero por último Carlos me confesó todo. Su madre no pensaba levantar la maldición hasta que no me fuera. Bueno, esa misma noche me marché. "Regresé a Londres exhausto y medio loco, pero las cosas no mejoraron, porque los espíritus vinieron conmigo. Y empezaron a producirse los mismos fenómenos aquí, en Talbot Manor. Puertas que se golpeaban, muebles que se movían, timbres que sonaban constantemente en las dependencias de servicio. Ya todos estábamos perdiendo el juicio. Y mi madre —siempre tuvo inclinaciones espiritistas— vivía corriendo de una médium a otra por todo Londres. Fue ella la que llamó a la Talamasca. Yo les conté la historia completa y ellos empezaron a explicarme lo que era el espiritismo y el candomblé. —¿Exorcizaron a los demonios? —No. Pero al cabo de una semana de intensos estudios en la biblioteca de la Casa Matriz y prolongadas entrevistas con los pocos miembros que conocían Río, los pude dominar. Todos quedaron muy sorprendidos. Después, cuando resolví volver a Río, los desconcerté. Me advirtieron que esa sacerdotisa tenía facultades suficientes como para matarme. «Precisamente —les dije—; pretendo tener yo esos mismos dones. Voy a ser su alumno. Quiero que ella me enseñe». Me imploraron que no fuera y les contesté que a la vuelta les iba a presentar un informe escrito. Te imaginarás cómo me sentía. Yo había visto cómo trabajaban esos entes invisibles. Había sentido que me tocaban. Había visto objetos que se lanzaban por los aires. Pensaba que ante mí se abría el gran mundo de lo invisible. Tenía que viajar. Nada me habría podido disuadir. Nada en absoluto. —Entiendo. Fue tan emocionante como una expedición de caza mayor. —Así es. —Sacudió la cabeza. —Qué épocas. Seguramente pensaba que, si no me había matado la guerra, ya nada podría hacerlo. —De pronto se dejó llevar por los recuerdos y no me permitió compartirlos. —¿Te enfrentaste a la mujer? —La enfrenté y la dejé impresionada; después la soborné de mil maneras. Le dije que quería ser su aprendiz; le juré de rodillas que deseaba aprender, que no me iba a ir hasta no haber comprendido el misterio, y aprendido todo lo posible. —Soltó una risita. —Creo que ella nunca había conocido a un antropólogo, ni siquiera aficionado, y se puede decir que yo era eso. Sea como fuere, me quedé un año en Río y créeme que fue el más notable de mi vida. Al final, me marché sólo porque sabía que, si no me iba en ese momento, no me iba más. Habría sido el fin de David Talbot, el inglés. —¿Aprendiste a convocar a los espíritus? Asintió. Una vez más estaba rememorando, viendo imágenes que me estaban vedadas. Lo noté perturbado, tristón. —Escribí un relato completo —dijo finalmente—, que está en los archivos de la Casa Matriz. A lo largo de estos años, muchas, muchísimas personas lo leyeron. —¿Nunca te tentó la posibilidad de publicarlo? —No puedo. Es una exigencia de la Talamasca. Jamás publicamos para afuera. —Temes haber malgastado tu vida, ¿no es así? —No. Sinceramente, no... Aunque es verdad lo que te dije antes. No descubrí los secretos del universo. Jamás avancé más allá del punto al que llegué en el Brasil. Oh, después hubo espeluznantes revelaciones. Recuerdo mi incredulidad de la primera noche, cuando leí los archivos sobre los vampiros; y la sensación extraña que me produjo bajar a las criptas a revisar las pruebas. Pero en definitiva me pasó lo mismo que con el candomblé: pude llegar hasta un determinado punto y no más. —Créeme que lo sé. David, el mundo tiene que seguir siendo un misterio. Si hay una explicación, no la vamos a encontrar nosotros; de eso estoy seguro. —Es cierto —coincidió, apesadumbrado. —Y pienso que le tienes más miedo a la muerte de lo que admites. Conmigo has asumido una actitud porfiada, de orden moral, y no te culpo. A lo mejor tienes edad y criterio como para saber positivamente que no quieres convertirte en uno de los míos, pero no hables de la muerte como si ella pudiera darte las respuestas. Yo sospecho que la muerte es espantosa. Uno se termina, no hay más vida, ninguna posibilidad de saber más nada. —En eso no estoy de acuerdo, Lestat. Imposible darte la razón. —Estaba mirando nuevamente al tigre; luego dijo: —Alguien creó la simetría perfecta, Lestat. Eso tuvo que hacerlo alguien. El tigre y la C'A2ja... no puede haber sucedido solo. Hice un gesto de negación sin despegar los labios. —Se puso más inteligencia en la creación de ese viejo poema, de la que jamás se haya empleado en la creación del mundo. Cuando hablas así pareces episcopal. Pero entiendo lo que dices. Yo también a veces he pensado igual: tiene que haber algo que lo explique todo. ¡Tiene que haberlo! Faltan tantas piezas del rompecabezas. Cuanto más lo piensas, más tienes la impresión de que los ateos hablan como fanáticos religiosos. Pero yo creo que es una falsa ilusión. Todo es proceso y nada más. —Piezas que faltan, Lestat. ¡Desde luego! Imagina por un instante que yo fabricara un robot, una réplica perfecta de mí mismo. Supón que le diera todas las enciclopedias de información posibles; es decir, que se las programara en su cerebro-computadora. Bueno, sólo sería una cuestión de tiempo, porque en algún momento vendría a preguntarme: "¿Dónde está lo demás, David? ¡Quiero la explicación! ¿Cómo empezó todo? ¿Por qué omitiste explicar la razón de que haya habido un big bang en primer lugar o qué fue lo que ocurrió cuando los minerales y demás compuestos inertes de pronto evolucionaron y se convirtieron en células orgánicas? ¿Cómo se explica la enorme brecha en el registro de los fósiles?". Me reí complacido. —Entonces tendría que confesarle al pobre tipo —prosiguió— que no hay explicación alguna, que no tengo las piezas que faltan. —David, nadie las tiene ni las tendrá. —No estés tan seguro. —Eso es lo que esperas, ¿verdad? ¿Por eso estás leyendo la Biblia? ¿Vuelves a Dios porque no pudiste desentrañar los misterios del universo? —Dios es el secreto oculto del universo —expresó, pensativo, con el rostro muy sereno, casi juvenil. Tenía los ojos clavados en el vaso, admirando quizá la forma en que concentraba la luz sobre el cristal. No sé. Tuve que esperar unos instantes para que continuara. —Creo que la respuesta podría estar en el Génesis —dijo por fin—. Sinceramente lo creo. —Me dejas azorado, David. Hablas de piezas que faltan y mencionas el Génesis, que no es más que un puñado de fragmentos. —Sí, pero fragmentos reveladores que quedaron para nosotros, Lestat. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y sospecho que ésa es la clave. Nadie sabe con certeza lo que eso significa. Los hebreos no creían que Dios fuera un hombre. —¿Por qué supones que puede ser la clave? —Dios es una fuerza creativa, Lestat, y nosotros también. A Adán le ordenó: "Creced y multiplicaos". Eso fue lo que hicieron las primeras células orgánicas: crecieron y se multiplicaron. No cambiaron meramente de forma sino que se reprodujeron. Dios es una fuerza creativa. Él hizo todo el universo partiendo de sí mismo mediante la división celular. Por eso los demonios están tan llenos de envidia... me refiero a los ángeles malos: porque no son fuerzas creativas; no tienen cuerpo ni células; son espíritus. Y presumo que lo que sintieron no fue envidia sino más bien una forma de desconfianza, porque vieron que Dios estaba cometiendo un error al construir otro motor de creatividad —Adán— tan parecido a Él. Quiero decir que los ángeles probablemente pensaron que ya bastante malo era el universo físico, con todas las células que se reproducían, como para que encima tuvieran que aceptar a seres que hablaban y pensaban, que además podían crecer y multiplicarse. Sin duda el experimento los indignó, y ése fue su pecado. —Entonces lo que dices es que Dios no es puro espíritu. —En efecto. Dios tiene cuerpo; siempre lo tuvo. El secreto de las células que se dividen y producen vida reside en el mismo Dios. Y todas las células vivas llevan dentro de sí una minúscula parte del espíritu divino, Lestat: ésa es la pieza que falta, la que produce vida en primer lugar, la que separa a la vida de la no vida. Lo mismo ocurre con tu génesis de vampiro. Dices que el espíritu de Amel —un ente perverso— imbuyó los cuerpos de todos los vampiros... Bueno, de la misma manera los hombres comparten el espíritu de Dios. —Santo cielo. Creo que te estás volviendo loco, David. Los vampiros somos una mutación. —Ah, sí, pero existen en nuestro universo y su mutación refleja la mutación que somos nosotros. Además, hay otros que sustentan la misma teoría. Dios es el fuego y nosotros minúsculas llamitas; y cuando morimos, las llamitas regresan al fuego de Dios. ¡Pero lo importante es comprender que Dios mismo es cuerpo y alma! Absolutamente. "La civilización occidental se ha asentado sobre un trastrocamiento. Pero creo, con toda honestidad, que en nuestras acciones diarias conocemos y honramos la verdad. Sólo al hablar de religión afirmamos que Dios es espíritu puro, que siempre lo fue y siempre lo será, y que la carne es pecado. La verdad está en el Génesis. Y te digo lo que fue el big bang, Lestat: fue el momento en que las células de Dios comenzaron a dividirse. —Es una bella teoría, David. ¿Se sorprendió Dios? —No, pero los ángeles sí. Lo digo en serio. Y ahora te digo la parte supersticiosa: la creencia religiosa de que Dios es perfecto. Obviamente, no lo es. —Qué alivio. Así se explican muchas cosas. —Te estás riendo de mí y no te culpo. Pero es así como dices: eso lo explica todo. Dios cometió muchos, muchísimos errores. ¡Y por cierto Él mismo lo sabe! Yo sospecho que los ángeles trataron de advertírselo. El diablo se convirtió en diablo porque trató de poner sobre aviso a Dios. Dios es amor, sí, pero no estoy seguro de que sea sumamente talentoso. Traté de contener la risa pero no lo logré del todo. —David, si sigues con estos planteos, te partirá un rayo. —Tonterías. Dios quiere que nosotros lo comprendamos. —No. Eso no lo puedo aceptar. —¿Quiere decir que aceptas todo lo demás? —dijo, con otra risita—. No, hablo muy en serio. La religión es primitiva por las conclusiones ilógicas a que arriba. Imagínate a un Dios perfecto que permite que surja un demonio. No; eso nunca tuvo sentido. "La gran falla de la Biblia es el concepto de que Dios es perfecto. Representa una falta de imaginación por parte de los antiguos eruditos. Y esa falla explica todas las utopías teológicas sobre el bien y el mal con que venimos luchando desde hace siglos. Sin embargo, Dios es bueno, maravillosamente bueno. Sí, Dios es amor, pero ninguna fuerza creativa es perfecta. Eso está claro. —¿Y el diablo? ¿Hay algún planteo nuevo sobre él? Me observó un instante con un dejo de impaciencia. —Eres tan cínico —susurró. —No, no lo soy. De verdad quiero saber. Tengo un interés particular en el diablo, por supuesto. Hablo de él con mucho más asiduidad que de Dios. No entiendo por qué los mortales lo aman tanto; es decir, por qué les encanta la idea de que exista. Es así. —Porque no creen en él. Porque la idea de un diablo totalmente maligno tiene menos sentido aún que la de un Dios perfecto. No se puede creer que durante todo este tiempo el diablo no haya aprendido nada, que todavía quiera seguir siendo diablo. Semejante idea es un agravio a nuestro intelecto. —Entonces, ¿cuál es la verdad que ves tras la mentira? —Que él no es totalmente irredimible. Es tan sólo una parte del plan de Dios, un espíritu con permiso para tentar y poner a prueba a los humanos. El diablo está en contra de los humanos, del experimento en su totalidad. Precisamente ése fue el carácter de la Caída, como lo veo yo. Nunca pensó que la idea fuera a dar resultado. ¡Pero la clave, Lestat, es comprender que Dios es materia! Dios es un ser físico, es el amo de la división celular, y el diablo no quiere permitir una desenfrenada división de las células. Hizo otra de sus pausas enloquecedoras, volvió a abrir los ojos con expresión de asombro y continuó: —Tengo otra teoría respecto del demonio. —Dime. —Que existe más de uno. Y a ninguno le gusta mucho el trabajo. —Eso lo dijo casi en un murmullo. Estaba abstraído, como si quisiera agregar algo más, pero no lo hizo. Yo reaccioné con una risa franca. —Eso sí lo entiendo —dije—. ¿A quién puede gustarle el trabajo de diablo? Y pensar que uno nunca va a poder ganar, sobre todo teniendo en cuenta que el diablo empezó siendo un ángel; y muy inteligente, según dicen. —Exacto. —Me señaló con un dedo. —En cuanto a tu teoría sobre Rembrandt, te digo que, si el diablo tuviera cerebro, debería haber advertido el genio de Rembrandt. —Y la bondad de Fausto. —Ah, sí; me viste leyendo el "Fausto" en Amsterdam, ¿no? Y en consecuencia te compraste un ejemplar. —¿Cómo lo sabes? —Me lo contó al día siguiente el dueño de la librería. Dijo que, segundos después de marcharme yo, entró un francés joven, rubio de aspecto extraño, compró el mismísimo libro y se quedó media hora leyéndolo en la calle, sin moverse. Tenía la piel más blanca que jamás hubiese visto. No podía ser otro que tú, por supuesto. Sacudí la cabeza y sonreí. —Suelo cometer esas torpezas. Me llama la atención que algún científico no me haya cazado aún con una red. —Esto no es chiste, amigo mío. Noches atrás fuiste muy negligente en Miami. Dejaste a dos víctimas sin una gota de sangre. Sus palabras me llenaron de perplejidad y al principio no supe qué decir; después, sólo comenté mi asombro de que la noticia hubiese cruzado hasta este lado del océano y me sumí en la desesperanza. —Los asesinatos raros llegan a los titulares internacionales. Además, la Talamasca recibe informes de todo tipo de cosas. Tenemos gente que, desde el mundo entero, nos manda recortes sobre cualquier aspecto de lo paranormal. "Asesino vampiro ataca dos veces en Miami". Varias personas nos lo enviaron. —Pero realmente no creen que haya sido un vampiro; tú sabes que no lo creen. —No; pero si insistes con lo mismo, van a terminar creyéndolo. Eso era lo que pretendías antes de iniciar tu breve carrera de cantante de rock. Querías hacerles entender. No es algo impensable. ¡Y esa predilección que demuestras por los asesinos múltiples! Estás dejando una pista demasiado clara. Sinceramente, me sorprendió. Para dar caza a los asesinos tuve que ir y venir por los continentes. Nunca pensé que nadie —salvo Marius, desde luego— fuera a relacionar esas muertes tan separadas unas de otras. —¿Cómo fue que lo dedujiste? —Ya te dije que esas historias llegan a nuestras manos. Todo lo que tenga que ver con el satanismo, el vampirismo, el vudú, los lobizones: todo viene a parar a mi escritorio. Gran parte de ese material termina en el cesto de papeles, por supuesto, pero yo me doy cuenta cuando algo es verdad. Y tus homicidios son fáciles de detectar. "Ya hace un tiempo que te dedicas a perseguir asesinos múltiples. No ocultas los cadáveres. El último lo dejaste en un hotel, donde alguien lo encontró apenas una hora después. En cuanto a la anciana, ¡fuiste muy descuidado! El hijo la halló al día siguiente. El forense no encontró heridas en ninguna de las dos víctimas. Eres una celebridad anónima en Miami, que eclipsa hasta la mala fama del pobre muerto del hotel. —No me importa una mierda —reaccioné. Pero vaya si me importaba. Pese a que deploraba mi propia negligencia, no hacía nada para corregirla. Bueno, tenía que proponerme cambiar. Esa misma noche, por ejemplo, ¿había obrado mejor? Me pareció cobarde buscar excusas para justificar ese tipo de cosas. David me observaba atentamente. Si había algo que lo distinguía, era su característica de estar alerta. —No me llamaría la atención —dijo— que te apresaran. Solté una risa despectiva, como descartando esa posibilidad. —Podrían encerrarte en un laboratorio, estudiarte en una jaula de cristal. —Imposible. Pero qué idea interesante. —¡Tenía razón yo! Querías que pasara eso. Me encogí de hombros. —Podría ser divertido por poco tiempo. Pero te aseguro que es absolutamente imposible. La noche de mi única aparición como cantante de rock sucedieron muchas cosas insólitas. Cuando terminó todo, el mundo mortal se limitó a pasar la escoba y no se volvió a hablar más del asunto. En cuanto a la mujer de Miami, fue un percance terrible. Jamás tendría que haber sucedido... —Me interrumpí. ¿Y los que habían muerto esa misma noche en Londres? —Pero disfrutas matando. Dijiste que era divertido. Sentí un dolor tan grande que me dieron ganas de huir. Pero como había prometido no irme, me quedé mirando el fuego, pensando en el desierto de Gobi, en los huesos de enormes saurios, en cómo la luz había llenado el mundo entero. Pensé en Claudia. Sentí el olor del pabilo de la lámpara. —Lo siento. No quiero ser cruel contigo —dijo. —Bueno, ¿por qué diablos no? No se me ocurre una forma más fina de crueldad. Aparte, yo no soy siempre amable contigo. —¿Qué es lo que quieres realmente? ¿Cuál es tu mayor pasión? Pensé en Marius y en Louis, que muchas veces me habían hecho la misma pregunta. —¿Cómo puedo expiar el acto que cometí? Mi intención era terminar con el asesino. Ese hombre era un tigre antropófago, hermano. Lo aceché. En cambio la anciana... era una niña en el desierto, nada más. Pero, ¿qué importa? —Pensé en los pobres a los que había dado muerte un rato antes, esa misma noche. ¡Semejante carnicería como dejé en los callejones de Londres! —Me gustaría poder recordar que no importa. A ella quise salvarla. Pero, ¿qué tiene de bueno un acto de compasión frente a todo lo que he hecho? Si existe un Dios o un diablo, estoy condenado. ¿Por qué no continúas con tu charla religiosa? Lo raro del caso es que hablar de Dios y el diablo me seda. Cuéntame más sobre el diablo. Es inconstante, ¿no? E inteligente. Debe ser capaz de sentir. ¿Por qué habría de permanecer estático? —Exacto. Ya sabes lo que dice el Libro de Job. —Recuérdamelo. —Bueno, Satanás está en el cielo con Dios. Dios le pregunta: "¿Dónde anduviste?". Y él le responde: "¡Paseando por la tierra!". Se trata de una conversación habitual. Entonces empiezan a discutir sobre Job. Satanás cree que la bondad de Job se basa enteramente en su buena suerte. Y Dios accede a que Satanás atormente a Job. Esta es la imagen más próxima a la verdad que poseemos. Dios no lo sabe todo. El diablo es íntimo amigo suyo. Y toda esta cosa es un experimento. Pero ese Satanás no tiene nada que ver con el diablo tal como lo conocemos ahora en cualquier parte del mundo. —Hablas de esas ideas como si fueran seres reales... —Creo que son reales —sostuvo, y su voz se fue apagando a medida que iba sumiéndose en sus pensamientos. Luego se despabiló. —Quiero contarte una cosa. En realidad, tendría que habértela confesado antes. En cierto sentido, soy supersticioso y religioso como cualquiera. Porque todo esto se asienta en una especie de visión... tú sabes, ese tipo de revelaciones que afectan a nuestro intelecto. —No, no sé. Yo tengo sueños sin revelación. Explícame, por favor. Con la mirada fija en el fuego, se entregó de nuevo a sus cavilaciones. —No me excluyas —le pedí en tono quedo. —Hmmm. Tienes razón. Estaba pensando en cómo relatarlo. Bueno, tú sabes que sigo siendo sacerdote del candomblé. Es decir, puedo convocar a fuerzas invisibles: espíritus fastidiosos o como uno quiera llamarlos..., fantasmas, fenómenos psikinésicos. Eso significa que seguramente tuve siempre una capacidad latente para ver a los espíritus. —Me imagino que sí. —Bueno, en una oportunidad vi algo... inexplicable, antes de haber ido nunca a Brasil. —¿Ah, sí? —Antes de Brasil, yo prácticamente no le había dado importancia. De hecho, me resultaba tan inquietante, tan inexplicable, que para la época en que viajé a Río había logrado borrarlo de mi mente. Ahora, sin embargo, pienso todo el tiempo en ello. No me lo puedo sacar de la cabeza. Por eso es que volví a la Biblia, para ver si allí encuentro la respuesta. —Cuéntame. —Ocurrió antes de la guerra, en París, a donde había ido con mi madre. Estaba sentado en un café sobre la orilla izquierda del Sena. No sé qué café era; sólo recuerdo que era un hermoso día primaveral, una época magnífica para estar en París, como dicen todas las canciones. Estaba bebiendo una cerveza, leyendo los diarios ingleses, cuando de pronto me di cuenta de que, sin querer, oía una conversación. —Una vez más quedó absorto. —Ojalá supiera lo que pasó —confesó en un murmullo. Se inclinó hacia adelante, tomó el atizador y se puso a revolver los leños, con lo cual se elevaron chispas ardientes por los ladrillos oscuros. Me dieron unas ganas intensas de sacudirlo, pero preferí esperar, hasta que por fin prosiguió. —Como te dije, estaba en un café. —Sí. —Y empecé a escuchar una conversación... que no era en inglés ni en francés... hasta que poco a poco tomé conciencia de que no era en ningún idioma, y sin embargo la entendía perfectamente. Dejé el diario y me concentré. Era una especie de discusión. De repente ya no sabía si las voces eran audibles en un sentido convencional. ¡No estaba seguro de que nadie más pudiera oírlas! Levanté la mirada y, sin apresurarme, giré en redondo. "Y ahí estaban... dos seres sentados a una mesa, conversando; por un momento me pareció algo normal: simplemente dos hombres charlando. Volví a mirar el diario y me invadió una sensación de estar nadando. Tuve que anclarme a algo, concentrarme un instante en el diario, en la mesa, para que cesara ese nadar. Entonces regresó el ruido del café como si fuera una orquesta entera. Pero sabía que lo que acababa de ver eran dos seres que no eran humanos. "Me di vuelta de nuevo y me esforcé por prestar atención, por captar lo más posible. Ellos seguían en su lugar y yo comprendí que eran ilusorios. Evidentemente no eran del mismo paño que todo lo demás. ¿Comprendes lo que te digo? Puedo desglosártelo por partes. No estaban iluminados por la misma luz, por ejemplo. Existían en un reino donde la luz provenía de otra fuente. —Como la luz en Rembrandt. —Sí, como eso. Sus rostros eran más tersos que los de los humanos. Toda la visión tenía una textura distinta, uniforme en todos sus detalles. —¿Te vieron ellos a ti? —No. Es decir, no me miraron ni se dieron por enterados de mi presencia. Se miraban uno al otro, siguieron hablando y yo retomé el hilo al instante. Era Dios diciéndole al diablo que debía proseguir con su labor, y el diablo no quería hacerlo. Explicaba que ya llevaba demasiado tiempo trabajando. Lo mismo que le pasaba a él le pasaba a todos los demás. Dios dijo que Él entendía, pero que el diablo debía saber lo importante que él —el diablo— era, que no podía eludir sus obligaciones, que no era tan sencillo. En definitiva, le decía que debía ser fuerte, todo dicho en tono muy amistoso. —¿Qué aspecto tenían? —Esa es la peor parte: no sé. En ese momento yo vi dos figuras grandes, decididamente masculinas, o que asumían forma masculina, por así decirlo, de agradable apariencia; en absoluto monstruosos ni fuera de lo común. No me di cuenta de que faltaran detalles, como por ejemplo color del pelo, facciones, esas cosas. Las dos siluetas parecían completas. Pero cuando después quise reconstruir el episodio, ¡no me acordaba de las particularidades! No creo que la ilusión fuera tan completa. Creo que me dejó satisfecho, pero esa sensación provino de algo distinto. —¿De qué? —Del contenido, de la significación, desde luego. —Ellos no te vieron, no supieron que estabas ahí. —Mi querido amigo, tienen que haber sabido que estaba. Tienen que haberlo sabido. ¡Seguramente lo hacían para mí! ¿Cómo, si no, se me permitió verlo? —No sé, David. A lo mejor no tenían la intención de que los vieras. Tal vez algunas personas pueden ver, y otras no. O quizá fuera un rasgón en la otra trama, la trama de todo lo demás que había en el café. —Podría ser, pero me temo que no fue eso. Me temo que la intención haya sido que los viera, producir un efecto en mí. Y ése es el horror, Lestat: que no me produjo un buen efecto. —No te hizo cambiar de vida. —Oh, no, en absoluto. Más aún: a los dos días ya dudaba hasta de haberlos visto. Cada vez que se lo contaba a alguien, cada vez que me decían "David, estás chiflado", el episodio se volvía más impreciso y dudoso. No; nunca obré en consecuencia. —Pero, ¿qué podías haber hecho? ¿Qué puede hacer una persona que ha tenido una revelación, salvo llevar una buena vida? Me imagino, David, que se lo habrás contado a tus compañeros de la Talamasca. —Sí, sí, se lo conté. Pero eso fue mucho más tarde, después de lo de Brasil, cuando presenté mis memorias como debe hacer todo buen integrante. Desde luego, relaté la historia completa tal como ocurrió. —¿Y qué te dijeron? —Lestat, la Talamasca nunca dice mucho sobre nada; eso hay que saberlo. "Nosotros observamos y estamos siempre alertas." A decir verdad, no era una visión que muchos de mis compañeros quisieran escuchar. En Brasil, si hablas de espíritus enseguida tienes público. Pero menciona al Dios cristiano y al diablo... En cierto modo, la Talamasca está regida por prejuicios y hasta por modas, como cualquier institución. La historia provocó cierta perplejidad. No recuerdo mucho más. Pero, ¿qué se puede esperar de caballeros que han visto lobizones, que han sido seducidos por vampiros, que lucharon contra brujas y hablaron con fantasmas? —Pero Dios y el diablo —dije, riendo— son las estrellas del elenco. ¿No será que tus compañeros te envidiaron más de lo que supones? —No; no lo tomaron en serio —dijo, aceptando mi humorada con una risita—. Para serte franco, me llama la atención que tú lo hayas tomado tan al pie de la letra. De pronto se levantó agitado, se encaminó a la ventana, descorrió la cortina y trató de mirar afuera, a la noche cubierta de nieve. —David, esas apariciones... ¿qué crees que pretendían de ti? —No lo sé —reconoció con voz de desaliento—. A eso quiero llegar. Ya tengo setenta y cuatro años, y no lo sé. Voy a morirme sin saberlo. Y si no puedo esclarecerme, que así sea. Eso en sí mismo es una respuesta, con independencia de que tome suficiente conciencia de ello o no. —Ven aquí y siéntate, por favor. Me gusta verte la cara cuando hablas. Obedeció casi automáticamente. Se sentó y volvió a tomar el vaso vacío, al tiempo que sus ojos se posaban en el fuego una vez más. —¿Qué opinas, Lestat? De verdad, en tu interior. ¿Existe un Dios o un diablo? Dime con sinceridad lo que piensas. Me tomé un largo rato para responder. —Honestamente, creo que Dios existe. No me gusta decirlo, pero lo creo. Y es probable que exista también alguna forma de diablo. Reconozco que hay piezas que faltan, como hemos dicho. Y podría ser que en ese café de París hubieras visto al Ser Supremo y a su adversario. Pero el hecho de que nunca podamos descifrar el misterio es parte del juego enloquecedor de ambos. ¿Buscas una explicación posible de su conducta, saber por qué te permitieron vislumbrar algo? ¡Querían que tuvieras una reacción de tipo religioso! Juegan con nosotros de esa manera. Lanzan visiones, milagros, trocitos de revelación divina; entonces nosotros nos llenamos de fervor y fundamos una iglesia. Todo es parte de su juego, de su charla interminable. ¿Y sabes una cosa? Creo que la visión que tienes tú de ellos —la de un Dios imperfecto y un diablo que está aprendiendo— es una interpretación tan buena como cualquier otra. Creo que has dado en la tecla. Me miraba con gran atención, pero no respondió. —No —continué—. La intención no es que conozcamos las respuestas, que sepamos si nuestras almas viajan de un cuerpo a otro, y a otro más a través de la reencarnación. Nunca vamos a saber si Dios hizo el mundo, si es Alá, Yahvé, Siva o Cristo. Él siembra dudas de la misma manera como siembra revelaciones. Nosotros somos sus tontos. Seguía sin abrir la boca. —Abandona la Talamasca, David. Vete a Brasil antes de que seas demasiado viejo. Regresa a la India. Ve a todos los sitios que quieres conocer. —Sí, tal vez debiera hacerlo —repuso suavemente—. Y ellos se ocuparán de todo por mí. El consejo ya se ha reunido para tratar el tema de mis recientes ausencias de la Casa Matriz. Me jubilarán con una buena suma, desde luego. —¿Ellos saben que me has visto? —Oh, sí. Eso es parte del problema, porque me prohibieron tomar contacto contigo. Lo cual es muy divertido, realmente, puesto que están ansiosos por verte ellos mismos. Saben cuándo andas por la Casa Matriz, desde luego. —Ya sé que se dan cuenta. ¿Qué es eso de que te prohibieron el contacto? —Oh, la admonición de rigor —respondió, con los ojos aún posados en los leños—. Todo muy medieval y basado en una antigua directiva: "No debes alentar a ese ser; no debes entablar ni prolongar la conversación con él. Si insiste en sus visitas, harás lo posible por llevarlo a un sitio muy poblado, porque sabido es que a esas criaturas no les gusta atacar si están rodeadas de mortales. Y nunca jamás tratarás de sonsacarle secretos, ni creerás por un instante que cualquier emoción revelada por él sea genuina, porque saben fingir con singular astucia y se sabe de casos en que, por razones imposibles de analizar, han llevado a mortales a la locura. Esa suerte han corrido notables investigadores y pobres inocentes con quienes los vampiros establecen contacto. Debes informar al consejo, sin la menor dilación, de todo encuentro, avistamiento, etcétera". —¿Realmente lo sabes de memoria? —Yo mismo lo redacté —reconoció con una sonrisa—. A través de los años he impartido la directiva a muchos otros miembros. —Seguro que saben de mi presencia aquí, ahora. —No, claro que no. Hace tiempo ya que dejé de informar nuestros encuentros. —Volvió a sumirse en sus pensamientos. —¿Buscas a Dios? —preguntó luego. —Por cierto que no —respondí—. Es una gran pérdida de tiempo, aun cuando uno tenga siglos para derrochar. Ya no emprendo más esas búsquedas. Miro el mundo que me rodea para encontrar las verdades, verdades encerradas en lo físico y lo estético, verdades que puedo abrazar plenamente. La visión que tuviste me interesa porque es tuya, porque me la relataste y porque te quiero mucho, pero nada más. Volvió a echarse hacia atrás, con la mirada perdida en la penumbra. —No va a importar, David. Va a llegar un momento en que morirás, y yo también, con toda probabilidad. Su sonrisa volvió a ser cálida, como si sólo pudiera aceptar eso como una suerte de broma. Se produjo un largo silencio, que él aprovechó para servirse más whisky y beberlo con más lentitud que antes. No estaba ni siquiera un poco ebrio, porque expresamente se proponía no llegar hasta ese punto. Cuando yo era mortal, siempre bebía para emborracharme. Pero en ese entonces yo era muy joven y muy pobre, castillo o no castillo, y la mayoría de las bebidas eran malas. —Tú buscas a Dios —sentenció, haciendo gestos de afirmación con la cabeza. —Maldito si es así. Lo dices por tu propia experiencia, pero sabes perfectamente bien que no soy el muchacho que ves aquí. —Ah, es verdad que no debo olvidarme de eso. Pero nunca toleraste la maldad. Si es verdad aunque más no fuera la mitad de lo que escribiste en tus libros, es evidente que siempre te asqueó todo lo relacionado con el mal. Darías cualquier cosa por descubrir lo que Dios quiere de ti, y cumplir sus designios. —Te estás poniendo chocho, David. Redacta tu testamento. —Oh, qué cruel —se quejó con su sonrisa franca. Estuve a punto de decirle algo más, pero me distraje al oír ciertos sonidos en mi mente. Un auto que pasaba a marcha lenta por un camino angosto de la lejana aldea, en medio de una nieve enceguecedora. Efectué una exploración mental pero no encontré nada, sólo más nieve que caía y el auto que avanzaba con dificultad. Pobre mortal, tener que atravesar el campo a las cuatro de la madrugada. —Ya es muy tarde —dije—, y tengo que irme. No quiero pasar otra noche aquí, aunque estuviste sumamente amable. Esto no tiene nada que ver con que alguien esté enterado. Es sólo que prefiero... —Te entiendo. ¿Cuándo volveré a verte? —Tal vez antes de lo que crees. Dime, David, la otra noche, cuando me fui como un atolondrado a asarme en el Gobi, ¿por qué dijiste que yo era tu único amigo? —Lo eres. Permanecimos unos instantes en silencio. —Tú también eres mi único amigo, David. —¿Adónde vas ahora? —No sé. Quizá vuelva a Londres. Te voy a avisar cuando cruce de nuevo el Atlántico. ¿De acuerdo? —Sí, avísame. No... no creas nunca que no quiero verte; no vuelvas a abandonarme más. —Si creyera ser una buena influencia para ti, si pensara que te conviene dejar la orden y volver a viajar... —Claro que me conviene. Mi lugar ya no está en la Talamasca. Ni siquiera estoy seguro de seguir confiando en la institución... ni de creer en sus objetivos. Yo deseaba decirle mucho más; cuánto lo quería, que nunca olvidaría cómo me protegió cuando busqué refugio bajo su techo, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me pidiera, lo que fuese. Pero me pareció inútil. No sé si me habría creído, ni qué valor habrían tenido mis palabras. Yo aún estaba convencido de que no le convenía verme. Y a él no le quedaba mucho en esta vida. —Todo eso lo sé —dijo quedamente, obsequiándome de nuevo su sonrisa. —David, ¿tienes aquí una copia del informe que presentaste sobre tus aventuras en Brasil? ¿Puedo leerlo? Se levantó y caminó hasta una biblioteca con puertas de vidrio. Revisó unos instantes la gran cantidad de material que allí guardaba y retiró dos gruesas carpetas de cuero. —Aquí está mi vida en Brasil, lo que escribí posteriormente en la selva usando una destartalada máquina de escribir portátil, sobre una mesita de campamento, antes de volver a Inglaterra. Salí a cazar un jaguar, desde luego. Tuve que hacerlo. Pero la cacería no fue nada en comparación con las experiencias que viví en Río; no fue absolutamente nada. Ese fue el momento crítico. Creo que el hecho mismo de redactar esto fue un intento de volver a convertirme en un inglés, de poner distancia con la gente del candomblé, con el tipo de vida que había llevado con ellos. El informe que presenté a la Talamasca se basó en este material. Lo recibí agradecido. —Y esto —agregó, refiriéndose a la otra carpeta— es un breve resumen de mis días en África y la India. —También me gustaría leerlo. —Son en su mayor parte viejas historias de cacerías. Era muy joven cuando las escribí. ¡No hablo más que de armas y es pura acción! Fue antes de la guerra. Recibí también la segunda carpeta. Luego me puse de pie en un estilo muy caballeresco. —Me pasé la noche entera hablando yo —dijo de pronto—; muy desatento de mi parte. A lo mejor tú tenías cosas que contar. —No, ninguna. Fue exactamente lo que yo quería. —Le tendí la mano y él me la tomó. Asombrosa la sensación de su roce contra mi carne quemada. —Lestat... ese cuento de Lovecraft... ¿lo quieres o prefieres que te lo guarde? —Ah... es una historia bastante interesante... quiero decir, la forma como llegó a mis manos. Cuando me lo entregó, lo guardé dentro del abrigo. A lo mejor volvía a leerlo. Recobré la curiosidad y junto con ella una suerte de recelo temeroso. Venecia, Hong Kong, Miami. ¡Cómo había hecho ese insólito mortal para localizarme en los tres lugares, y cómo consi












8 may 2007 | 10:23 PM
sorry me terde en leerlo . jijiji muy bien voy por el otro saludos
13 may 2009 | 05:04 PM
Exelente relato.. que bueno que puedas agregar partes del lirbo, sin contar que lestat es uno de los mejores vampiros..
PeRO TB AMO A MARIUS, EN SANGRE Y ORO LO DESCRIBE IGUAL..
muy lindo tu lugar. esta web
Un saludo..
podrimos contactarnos tb..