Lestat IV
Crepúsculo. No quería moverme, ya que el dolor seguía siendo intenso. En el pecho y las piernas la piel empezaba a ponérseme tensa, y el hormigueo constituía apenas una variación del dolor. Ni la sed de sangre, con toda su furia, ni su olor en los sirvientes de la casa lograron que me moviera. Sabía que David estaba ahí, pero no le hablé. Pensé que, si intentaba hablar, me iba a echar a llorar de dolor. Dormí y sé que soñé, pero al despertar no recordaba los sueños. Veía de nuevo la lámpara de aceite y la luz seguía dándome miedo. Lo mismo que la voz de Claudia. En una oportunidad desperté hablándole en la oscuridad. "¿Por qué tú, nada menos? ¿Por qué tú en mis sueños? ¿Dónde está tu puñal ensangrentado?" Agradecí la llegada del alba. A veces, con un gran esfuerzo cerraba deliberadamente la boca para no gritar de dolor. Cuando desperté, la segunda noche, el dolor ya no era tanto. Tenía todo el cuerpo inflamado —lo que los mortales llaman en carne viva—, pero lo más insoportable había pasado. Estaba muy quieto, tendido sobre la piel del tigre, y sentí la habitación fría por demás. Había leños en el hogar de piedra, retirados del frente, bien apoyados contra los ladrillos ennegrecidos del fondo. Todo estaba listo para ser encendido; incluso había un bollo de diario preparado. Hmmm. Alguien se me había acercado peligrosamente mientras dormía. Esperaba de verdad no haber extendido los brazos, como solemos hacer cuando estamos en trance, para sujetar a esa pobre criatura. Cerré los ojos y presté atención a los sonidos. Nieve que caía sobre el techo, nieve que entraba por la chimenea. Volví a abrirlos y noté los trocitos de humedad en los leños. Después me concentré, y la energía brotó de mí en forma de una larga lengua que llegó a tocar los troncos. En el acto se encendieron las llamitas danzarinas. La corteza gruesa de los leños comenzó a calentarse, a ampollarse. La fogata venía en camino. A medida que la luz se hacía más intensa, sentí que un dolor exquisito surgía en mis mejillas y sobre mi frente. Interesante. Me incorporé de rodillas, me levanté. Estaba solo en el cuarto. Miré la lámpara de bronce que había junto al sillón de David. Con una orden mental hice que se encendiera sola. Sobre el sillón había ropa: un pantalón de franela gruesa, una camisa blanca de algodón, una chaqueta algo deforme de vieja lana. Todas las prendas me quedaban un poco grandes, pues habían sido de David. Hasta las pantuflas forradas en piel me iban grandes. Pero yo quería estar vestido. Había también ropa interior de esa que todo el mundo usa en el siglo XX, y un peine. Me tomé mi tiempo para todo, notando tan sólo un ardor al calzarme la ropa sobre la piel. Cuando me peiné, me dolió el cuero cabelludo y opté por sacudirme el pelo hasta quitarle todo el polvo y la arena, que cayeron sobre la gruesa alfombra y desaparecieron discretamente de la vista. Ponerme las pantuflas fue un placer. Lo que quise entonces fue un espejo. Encontré uno en el pasillo, de grueso marco dorado. Por la puerta abierta de la biblioteca llegaba luz suficiente, o sea que pude verme bastante bien. En un primer momento, no pude creer lo que contemplaban mis ojos. Tenía la piel suave, inmaculada como antes, sólo que ahora poseía un tono ámbar, el mismo color del marco del espejo, y un brillo tenue, semejante al de cualquier mortal que pasa una larga temporada en los mares tropicales. Brillaban mis cejas y pestañas, como ocurre siempre con los pelos rubios de esos individuos bronceados, y las pocas arrugas de la cara que el Don Misterioso me dejó se notaban un poquito más marcadas que antes. Me refiero a dos pequeñas comas en las comisuras de los labios, producto de sonreír tanto cuando estaba vivo, unas patas de gallo mínimas, y una o dos arrugas en la frente. Me gustó tenerlas de nuevo, pues hacía mucho que no las veía. Mis manos habían sufrido más. Estaban más oscuras que el rostro y con numerosas arruguitas que les daban un aspecto más humano, lo cual enseguida me hizo pensar en las numerosas arrugas finas que tienen las manos de los mortales. Las uñas aún brillaban de una manera que podía alarmar a los mortales, pero sin duda bastaría con frotármelas un poco con ceniza. Los ojos, desde luego, eran otra cosa. Nunca los había visto tan brillosos e iridiscentes, pero para eso lo único que me hacía falta eran unas gafas apenas ahumadas. Ya no necesitaría la otra máscara (los anteojos totalmente negros) para cubrir la piel blanca. "Oh, dioses, qué maravilloso", pensé, admirando mi imagen. ¡Pareces casi humano! ¡Casi un hombre! Sentía un dolor mortecino en los tejidos quemados pero me gustó, porque lo tomé como algo que me recordaba la forma de mi cuerpo, sus límites humanos. Tuve deseos de gritar; en cambio, oré. Que esto dure, y si no dura, con gusto repetiría todo el proceso. Luego me puse a pensar que en realidad yo no estaba perfeccionando mi aspecto para poder desplazarme mejor entre los hombres, sino destruyéndome. Tenía que estar muriéndome. Y si no me había matado el sol del desierto... si no lo había conseguido tendiéndome todo un día al sol, ni luego con el segundo amanecer... Ah, cobarde, pensé, ¡podrías haber encontrado la forma de mantenerte sobre la superficie y no esconderte, ese segundo día! ¿O no? —Bueno, gracias a Dios elegiste volver. Giré y vi que David se acercaba por el pasillo. Acababa de regresar a casa, pues tenía el abrigo húmedo por la nieve y ni siquiera se había sacado las botas. Se detuvo en seco y me inspeccionó de pies a cabeza, esforzándose por ver en la penumbra. —La ropa está bien —aprobó—. Pareces uno de esos muchachos que hacen surf, esos que viven eternamente en la playa. Sonreí. Extendió un brazo —gesto bastante audaz, pensé—, me tomó de la mano y me condujo a la biblioteca, donde el fuego ya ardía con bríos. Una vez más estudió mi semblante. —Ya no hay dolor —dijo, como si dudara. —Hay sensación, pero no exactamente lo que se dice dolor. Voy a salir un rato. Oh, no te preocupes; regresaré. Me muero de sed. Tengo que cazar. Su rostro palideció, pero no tanto, ya que de todos modos pude ver la sangre de sus mejillas, las venitas de sus ojos. —Bueno, ¿qué pensabas? —dije—. ¿Qué ya no lo iba a hacer más? —No, no, claro. —¿Quieres venir a ver? No dijo nada, pero noté que lo había asustado. —No olvides lo que soy. Cuando me ayudas, estás ayudando al diablo. —Señalé el ejemplar del "Fausto", que seguía sobre la mesa. También estaba ese cuento de Lovecraft. Hmmm. —No es indispensable que quites la vida, para hacerlo, ¿no? —preguntó, serio. Pero qué pregunta grosera. Solté un ruidito desdeñoso. —Me gusta quitar la vida. —Con un ademán señalé al tigre. —Soy cazador, como lo fuiste tú en una época. Me resulta divertido. Me miró un largo rato con la perplejidad pintada en el rostro, y luego asintió lentamente, como con aceptación. Pero lejos estaba de aceptarlo. —Aprovecha para comer, ahora que me voy —le dije—. Me doy cuenta de que tienes hambre y siento el olor a carne que están cocinando en la casa. Y puedes estar seguro de que cenaré antes de volver. —Te has propuesto que te conozca como realmente eres, ¿en?, que no haya el menor error o sentimentalismo. —Exacto. —Estiré los labios y le mostré los colmillos un instante. En realidad son muy pequeños, ínfimos en comparación con los del leopardo y el tigre, cuya compañía buscaba él obviamente por gusto. Pero esa mueca siempre atemoriza a los mortales. Más que atemorizarlos, los espanta. Creo que les produce en el organismo una reacción primitiva de alarma que nada tiene que ver con el coraje racional. Se puso blanco y, sin hacer el menor movimiento, permaneció unos segundos mirándome, hasta que su rostro recobró su expresión de calidez. —Muy bien —dijo—. Voy a estar aquí cuando vuelvas. ¡Y si no vuelves, me pondré furioso! Juro que nunca más te dirigiré la palabra. Si esta noche desapareces, jamás volveré tan siquiera a saludarte. Consideraré que has despreciado mi hospitalidad. ¿Entendido? —¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamé, encogiéndome de hombros, aunque en el fondo me emocionaba que quisiera tenerme allí. Yo no había estado tan seguro. Por otra parte, me había mostrado muy descortés hacia él. —Volveré. Además, quiero saber. —¿Qué? —Por qué no tienes miedo a morir. —Bueno, tú tampoco le tienes miedo, por lo que veo. No respondí. Recordé el sol, la gran bola ígnea que se convertía en tierra y cielo, y me estremecí. Luego vi la lámpara de aceite del sueño. —¿Qué pasa? —quiso saber. —Tengo miedo a morir —repuse, sacudiendo la cabeza para transmitir más énfasis—. Todas mis ilusiones se están haciendo añicos. —¿Es que tienes ilusiones? —preguntó, con sincero asombro. —Por supuesto. Una de ellas era que nadie podía rechazar el Don Misterioso; al menos, no a sabiendas. —Permíteme recordarte que tú mismo lo rechazaste, Lestat. —David, yo era un niño y me estaban forzando. Luché casi por instinto. Pero eso no tuvo nada que ver con el hecho de saber. —No te subestimes. Creo que te habrías negado aunque lo hubieras comprendido cabalmente. —Esas son ilusiones tuyas —dije—. Tengo hambre. Apártate de mi camino o te mato. —No te creo. Y más vale que regreses. —Volveré. Esta vez cumpliré la promesa que te hice por carta. Podrás decirme todo lo que quieras. Salí a recorrer las calles apartadas de Londres. Anduve deambulando por la estación Charing Cross en busca de algún malviviente para alimentarme, por más que sus ambiciones subalternas pudieran irritarme. Pero las cosas no resultaron como suponía. Encontré a una anciana que caminaba arrastrando los pies. Vestía un abrigo mugriento y llevaba los pies envueltos en trapos. Estaba loca y calada de frío, y con seguridad iba a morir antes de la mañana. Se había fugado por la puerta del fondo de no sé qué lugar donde la tenían recluida, o al menos eso gritaba a quien quisiera oírla, decidida a no dejarse encerrar nunca más. ¡Fuimos fantásticos amantes! Ella me dio un racimo de recuerdos y ahí estuvimos, bailando juntos por los barrios bajos, ella y yo, teniéndola largamente entre mis brazos. Estaba muy bien alimentada, como muchos pordioseros de este siglo en que tanto abunda la comida en los países occidentales. Y bebí con gran lentitud, saboreando la sangre, sintiendo que recorría toda mi piel quemada. Cuando terminó todo, tomé conciencia de que sentía muchísimo el frío, y que lo había sentido desde el principio. Es decir, estaba percibiendo más nítidamente los cambios de temperatura. Interesante. El viento me golpeaba, cosa que me desagradó. A lo mejor la quemazón me había quitado una capa de piel. No lo sabía. Sentía los pies húmedos, y las manos me dolían tanto que por fuerza tuve que meterlas en los bolsillos. Una vez más volvieron a mi mente los recuerdos del invierno francés de mi último año en casa, del joven lord mortal en una cama de heno y los perros por toda compañía. De pronto, ya no me bastaba con toda la sangre del mundo. Hora de volver a alimentarme, una y otra vez. Fueron todos menesterosos, inducidos a abandonar sus precarias chozas de cartón e internarse en la gélida penumbra, y eran seres condenados, o al menos eso pensé mientras me deleitaba con el festín en medio del rancio hedor a sudores, orín y flema. Pero la sangre era la sangre. Cuando los relojes dieron las diez, seguía aún con apetito y había víctimas en abundancia, pero me cansé y ya no me importó más. Recorrí varias cuadras, llegué al distinguido West End y entré en una pequeña tienda sumida en la oscuridad, colmada de ropa masculina elegante, de buen corte —ah, los tesoros de confección de esta era—, y me equipé con pantalones grises de tweed, un abrigo con cinturón, pulóver grueso de lana y hasta un par de anteojos de vidrio levemente coloreado y fino marco de metal. Y ahí partí, a lanzarme de nuevo a la noche fría con sus remolinos de nieve, cantando solo y arriesgando unos pasitos de zapateo americano bajo un farol de la calle, tal como solía hacerlo para Claudia y... ¡Pum! De pronto apareció un joven bello y feroz, con aliento a vino, un sinvergüenza que me amenazó con un cuchillo, dispuesto a matarme por el dinero que yo no tenía, lo cual me recordó que, por haber robado un guardarropa de finas prendas irlandesas, acababa de convertirme en un vil ladrón. Hmmm. Pero una vez más me dejé llevar en el abrazo estrecho, le quebré las costillas al hijo de puta, lo dejé seco como rata muerta en un altillo de verano, y él cayó azorado, en éxtasis, con una mano aferrando penosamente mi pelo hasta el último momento. Él sí llevaba algún dinero en los bolsillos. Qué suerte. Al dueño de la tienda donde había robado le dejé esa suma, que me pareció más que adecuada cuando hice las cuentas, si bien la aritmética no es mi fuerte, poderes preternaturales o no. También le dejé una notita de agradecimiento; sin firma, desde luego. Por último, cerré la tienda dando varias vueltas telepáticas de llave, y me marché.











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Anyrka dijo
"Le quebré las costillas al hijo de puta"
Una cosa... ¿Se pueden ver en los espejos?? =S
Y no has dicho por qué no murió, por qué no se murió?? Si se quemó y todo. por qué no se murió?
6 Mayo 2007 | 01:03 AM