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La Coctelera

Mi Guarida

1 Mayo 2007

Lestat III

Desierto de Gobi. Eones atrás, en esa era que los hombres denominaron cauria, enormes lagartos murieron por millares en esta insólita zona del mundo. Nadie sabe por qué vinieron aquí ni por qué perecieron. ¿Era un reino de árboles tropicales y pantanos humeantes? No lo sabemos. Ahora lo único que queda es el desierto y millones de fósiles narrándonos un relato fragmentario acerca de reptiles gigantescos que, con toda seguridad, hacían temblar la tierra cada vez que daban un paso.

Por lo tanto, el desierto de Gobi es un inmenso cementerio y el lugar apropiado para que yo mirara el sol de frente. Largo rato estuve tendido en la arena antes del amanecer, poniendo en orden mis últimos pensamientos.

Lo que haría sería ascender hasta el límite mismo de la atmósfera, internarme en el sol naciente, por así decirlo. Después, cuando perdiera el conocimiento, me desplomaría bajo el calor terrible y mi cuerpo se destrozaría contra el suelo del desierto al caer desde semejante altura. Imposible, entonces, que este cuerpo mío cavara bajo la superficie, cosa que sí podría hacer —por propia y maligna volición— en caso de estar entero y sobre un terreno blando.

Además, si la descarga de luz tenía fuerza suficiente como para consumirme con su fuego, es probable que, hallándome desnudo y a tal altura sobre la tierra, yo ya estuviera totalmente muerto antes de que mis restos chocaran contra el duro lecho de arena.

Me pareció una buena idea, en su momento, y creo que nada ni nadie habría podido disuadirme. Sin embargo, me preguntaba si los demás inmortales sabían lo que yo planeaba hacer, y si les preocupaba en lo más mínimo. Por cierto no les envié mensajes de despedida; no dejé escapar imágenes aleatorias de mis intenciones.

Finalmente, la gran tibieza del alba fue cubriendo el desierto. Me puse de rodillas, me quité la ropa y comencé a ascender, sintiendo que ya me ardían los ojos hasta con esa luz tan tenue.

Subí y subí hasta mucho más allá del punto donde la tendencia natural de mi cuerpo habría sido la de no impulsarse más y seguir flotando solo. Al final ya no podía respirar, porque el aire era muy poco denso, y me costaba un enorme esfuerzo mantenerme a semejante altura.

Luego llegó la luz. Tan inmensa, tan cálida y enceguecedora que, más que una visión, lo que colmaba mis ojos parecía un ruido rugiente. Vi todo cubierto por un fuego amarillo y naranja. Lo miré de frente, aunque la sensación fue de que me echaban agua hirviendo en los ojos. ¡Creo que hasta abrí la boca como para tragar ese fuego divino! De pronto el sol era mío. Lo estaba viendo, me estiraba para alcanzarlo. Después, la luz me cubrió como plomo fundido, me paralizó y torturó hasta que no pude resistir más, y mis propios gritos llenaron mis oídos. Aún no desviaba la mirada, ¡aún no caía!

¡Así te desafío, cielo! De pronto no hubo palabras ni pensamientos. Yo me retorcía, nadaba dentro de ello. Y cuando la oscuridad y el frío ya subían para envolverme —no fue nada más que el haber perdido el conocimiento—, comprendí que había empezado a caer.

El sonido era el del aire que pasaba zumbando a mi lado; y tuve la sensación de que las voces de otros me llamaban y, en medio de aquella repulsiva mezcolanza, distinguí una vocecita infantil.

Después, nada...

¿Soñaba, acaso?

Estábamos en un recinto pequeño y cerrado, un hospital con olor a enfermedad y muerte, y yo señalaba la cama. Y sobre la almohada, a la niña que yacía, pequeña, blanca, medio muerta.

Se oyó una risa clara. Sentí olor a lámpara de aceite, ese olor típico del momento en que uno sopla y apaga el pabilo.

—Lestat. —Qué hermosa su vocecita.

Traté de explicar lo del castillo de mi padre, lo de que estaba nevando y que mis perros me esperaban allí. A ese lugar quería ir. De repente alcancé a oír los ladridos lastimeros de los mastines que resonaban por las lomas cubiertas de nieve, y casi pude ver las torres mismas del castillo.

Pero luego ella dijo:

—Todavía no.

Era otra vez noche cuando desperté, tendido en el suelo desértico. Agitadas por el viento, las dunas me salpicaron su arena suave. Sentía dolor en todo el cuerpo, hasta en las raíces del pelo. Era tal el dolor, que no podía juntar voluntad para moverme.

Durante horas, estuve allí tendido. De tanto en tanto dejaba escapar algún gemido que en nada aliviaba mi sufrimiento. Cuando movía las extremidades, aunque fuera un poquito, sentía la arena como partículas de vidrio filoso clavadas en la espalda, las pantorrillas y los talones.

Pensé en todos aquellos a quienes podía haber llamado para pedir ayuda pero no llamé. Sólo poco a poco fui dándome cuenta de que, si me quedaba ahí, volvería el sol, como era natural, y una vez más me consumiría con su fuego. Y aun así era probable que no muriera.

Tenía que quedarme, ¿no? ¿Acaso era un cobarde, para pensar en buscar refugio?

Pero sólo con mirarme las manos a la luz de las estrellas supe que no iba a morir. Estaba quemado, sí; tenía la piel marrón, arrugada, dolorida, pero lejos estaba de morir.

Por último, rodé y traté de apoyar la cara contra la arena, cosa que no me trajo mucho más alivio que mirar de frente a las estrellas.

Luego sentí que salía el sol. Lloré cuando la gran luz anaranjada se derramó sobre el mundo. El primer dolor lo sentí en la espalda; después pensé que mi cabeza se incendiaba, que iba a explotar, que el fuego consumía mis ojos. Cuando me llegó la penumbra del olvido estaba loco, totalmente loco.

A la noche siguiente desperté y sentí arena en la boca, arena que me cubría en mi dolor. Debido a esa locura, al parecer me había enterrado vivo.

Permanecí en la misma posición durante horas, pensando sólo que ese sufrimiento era más de lo que cualquier criatura podía soportar.

Al final llegué esforzadamente a la superficie, gimoteando como un animal ya que cada gesto era un tirón que intensificaba el dolor; luego me induje a ascender y comencé el lento viaje hacia occidente, internándome en la noche.

Mis poderes no habían disminuido. Ah, sólo la superficie de mi cuerpo había sufrido daños profundos.

El viento era infinitamente más suave que la arena. Sin embargo, trajo su propio tormento, semejante a dedos que acariciaban mi piel quemada, que tiraban de las raíces quemadas de mi pelo, me pinchaba en los párpados quemados, me raspaba en las rodillas quemadas.

Viajé con toda calma durante muchas horas. Me había propuesto llegar una vez más a casa de David, y sentí un instante de alivio esplendoroso cuando descendí en medio de la nieve fría y húmeda.

Estaba por amanecer en Inglaterra.

Entré por la puerta del fondo como la vez anterior; cada paso que daba era un suplicio. Casi a ciegas encontré la biblioteca, entré, me puse de rodillas y, sin prestar atención al dolor, me desplomé sobre el cuero del tigre.

Apoyé la cabeza junto a la del animal y la mejilla contra sus fauces abiertas. ¡Qué piel suave, tupida! Estiré los brazos sobre sus patas y sentí sus garras duras bajo las muñecas. El dolor me acometió en oleadas. La piel era casi sedosa, y fría la habitación en penumbras. En tenues destellos de visiones silenciosas imaginé los bosques de mangles de la India, vi rostros oscuros y me llegaron voces lejanas. Y por un momento vi nítidamente a David cuando joven, tal como lo había visto en el sueño.

Me pareció un milagro ese muchacho viviente, lleno de sangre y tejido, y esas hazañas milagrosas que son los ojos, un corazón que late y cinco dedos en cada mano esbelta.

Me vi a mí mismo caminando por París en los viejos tiempos, cuando yo estaba vivo. Llevaba una capa de pana roja, forrada con la piel de los lobos que había matado en mi nativa Auvernia, sin soñar jamás que hubiera cosas acechando entre las sombras, cosas que podían verlo a uno y enamorarse sólo porque uno era joven, cosas que podían quitamos la vida sólo porque nos amaban y porque uno había matado a una manada entera de lobos...

¡David, el cazador! De chaqueta color caqui con cinturón, y ese rifle magnífico.

Lentamente tomé conciencia de que el dolor ya no era tanto. El viejo y querido Lestat, el dios, se curaba con velocidad sobrenatural. El dolor era como un brillo intenso que se asentaba sobre mi cuerpo. Me imaginé a mí mismo despidiendo una luz cálida a toda la habitación.

Percibí el aroma de mortales. Un sirviente había entrado en el cuarto y vuelto rápidamente a salir. Pobre tipo. Me dieron ganas de reírme solo en mi sopor, al pensar en lo que vio: un hombre desnudo, de piel oscura y pelo rubio desordenado, tendido sobre el tigre de David en la habitación a oscuras.

De pronto capté el aroma de David y oí de nuevo el conocido retumbar de sangre en el interior de venas mortales. Sangre. Tenía tanta sed de sangre. Mi piel quemada clamaba por ella, lo mismo que mis ojos ardidos.

Alguien tendió sobre mí una manta suave, que me resultó liviana, fresca. Luego hubo una seguidilla de sonidos. David oscurecía el cuarto corriendo las pesadas cortinas de pana, cosa que no se había molestado en hacer en todo el invierno. Estaba maniobrando con la tela para que no quedara ni una hendija de luz.

—Lestat —susurró—, déjame llevarte al sótano, donde estarás a salvo.

—No importa, David. ¿Puedo permanecer aquí?

—Por supuesto que puedes. —Qué solícito.

—Gracias, David. —Volví a dormirme y vi soplar la nieve por la ventana de mi habitación del castillo, pero luego fue algo totalmente distinto. Vi una vez más la camita de hospital, pero la niña no estaba en ella, y gracias a Dios no se encontraba ahí la enfermera sino que había ido a calmar al que lloraba. Oh, qué sonido tan tremendo. Me parecía espantoso. Me habría gustado estar... ¿dónde? En casa, en pleno invierno francés, desde luego.

Esa vez alguien estaba encendiendo, no apagando, la lámpara de aceite.

—Te dije que no había llegado el momento. —El vestido era de un blanco perfecto. ¡Qué minúsculos los botoncitos de perla! Y qué hermosa la corona de rosas que lleva en la cabeza.

—Pero, ¿por qué? —pregunté.

—¿Qué dijiste? —quiso saber David.

—Hablaba con Claudia —le expliqué. Estaba sentada en el sillón tapizado en petit-point estirando las piernas hacia adelante. ¿Tenía puestos esos escarpines de raso? Le tomé el tobillo y se lo besé, y cuando levanté la mirada vi su mentón y sus pestañas en el momento en que ella echaba la cabeza hacia atrás para reír. Una risa exquisita, ronca.

—Hay otros ahí afuera —me advirtió David.

Abrí los ojos y me dolió, me dolió ver las formas mortecinas de la habitación. Estaba por salir el sol. Sentí las garras del tigre bajo mis dedos. Ah, bestia preciada. Desde la ventana, David espiaba por una rendija abierta entre ambos paños del cortinado.

—Ahí afuera —prosiguió—. Han venido a cerciorarse de que estás bien.

¿Qué les parece?

—¿Quiénes son? —No alcanzaba a oírlos, no quería oírlos. ¿Era Marius? No los más antiguos, con toda seguridad. ¿Por qué habría de importarles semejante cosa?

—No sé —me contestó—. Pero están.

—Ya sabes lo que se suele decir: no les hagas caso y se marcharán. —De todos modos ya era casi el amanecer. Tienen que irse. Y por cierto que no te harán daño, David.

—Lo sé.

—No me leas la mente si no me dejas leer la tuya.

—No te enojes. No entrará nadie en esta habitación a molestarte.

—Sí; puedo ser un peligro aun en reposo... —Quise decir algo más, transmitirle otra advertencia, pero me di cuenta de que David era el único mortal que no precisaba de tal advertencia. Talamasca. Estudiosos de lo paranormal. Él sabía.

—Duerme, ahora.

No pude menos que reírme al oír eso. ¿Qué otra cosa puedo hacer cuando sale el sol? Aun cuando me dé de lleno en la cara. Pero sus palabras fueron firmes, tranquilizadoras.

Pensar que en los viejos tiempos yo siempre tenía el ataúd, y a veces lo lustraba hasta dejar bien brillosa la madera; después lustraba el minúsculo crucifijo que había sobre la tapa y sonreía para mis adentros al pensar en el esmero con que pulía el pequeño cuerpo retorcido de Cristo, el hijo de Dios, asesinado. Me encantaba el forro de raso del cajón. Me encantaba la forma, y el acto crepuscular de elevarme de entre los muertos. Pero ya no más...

Realmente estaba saliendo el sol, el sol del frío invierno inglés. Lo sentía con certeza, y de pronto me dio miedo. Sentí la luz que avanzaba a hurtadillas fuera de la casa y golpeaba contra las ventanas. Pero de este lado de las cortinas reinaba la oscuridad.

Vi que la llamita en la lámpara de aceite subía. Me asusté, sólo porque sentía tantos dolores y porque eso era una llama. Los deditos femeninos sobre la llave dorada, y ese anillo que le regalé, con un pequeño brillante engarzado en perlas. ¿Y el relicario? ¿Debo preguntarle por él? Claudia, ¿alguna vez hubo un relicario de oro?

La llama crecía, crecía. Otra vez el olor. Su manita con hoyuelos. Todo a lo largo del departamento de la calle Royale se podía percibir el aroma del aceite. Ah, el viejo empapelado de la pared, los bellos muebles hechos a mano, Louis sentado a su escritorio, escribiendo... Y el olor áspero de la tinta negra, el rasgueo de la pluma...

La pequeña mano femenina, tan deliciosamente fría, tocaba mi mejilla y sentí esa emoción incierta que me recorre cuando alguno de los demás me toca, nuestra piel.

—¿Por qué habría de querer nadie que yo viviera? —pregunté. Al menos eso fue lo que empecé a preguntar... porque después me desvanecí.

Tags: cuentos

servido por arrazola67 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

bree

bree dijo

Vengo a saludarte...mi queridísimo Vampiro...
besitos vampíricos...

1 Mayo 2007 | 09:46 AM

ofelia balderas.

ofelia balderas. dijo

HOLA!, ESPERO QUE ESTOS DIAS DESCANSARAS MUY AGUSTO, BUEN INICIO DE SEMANA.
=)

2 Mayo 2007 | 02:02 AM

oncedeenero

oncedeenero dijo

bello el cuento!!!!!!!!!!!!! y que lindo leerte, Luis... ¿como estas????
Besito TRANSPARENTE

2 Mayo 2007 | 06:10 AM

bree

bree dijo

Vengo a felicitarte...hoy es San Felipe..que pases un estupendo día...
besitos vampíricos lleeeeenos de colores

3 Mayo 2007 | 09:49 AM

mamutica

mamutica dijo

Hola Mi Niño Felipito!!!! Hmmm sabes, cuando lei lo que dejaste de comentario me dio un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y permaneció allí por algunos segundos más de lo común y terminó en mis ojos en un amago de lágrima... pero sentí que era muy bueno, tanto para mi como para ti ... es bonito cuando lo que de la vida aprendes puedes compartirlo con otros y pueda funcionar...
Pues no le falles a Felipito, hazle regalos, de esos sencillos como comer un helado (te digo esto porque eso es lo que mas le gusta a Mildrecita jeje) correr en el parque, jugar con otros niños... cualquier cosa nene que te haga sentir bien ... y seras feliz porque tu niño estará contento !!!!! gracias por tomar en cuenta mis consejos y permitir que funcionara!
Me alegro mucho que hayas hablado con mami...siempre, siempre es muy gratificante, no importa cuanto haya pasado o acontecido y que lejos estemos...siempre es gratificante volver al regazo de mamá y con esa llamada volviste a hacerlo...que bello niño Dios te bendiga !!!!!!

4 Mayo 2007 | 05:44 PM

charami

charami dijo

hola espero estes bien estaba leyendo tus historias y me dio un pokito de mello asi ke me voy espero te encuen3 bien

saludos !!!!!!!!!!!!!!!!!
te espero por mi blog otraves vale

5 Mayo 2007 | 12:03 AM

Delfina

Delfina dijo

Felipito!!!!!!!! Aun estoy estremecida!!!!Te escribo palabras al ritmo de mi corazon,palabras que no pueden reflejar tu inmensidad,vacias pero llenas de fascinacion...te regalo palabras de amor que matan mi voluntad.......Sigue asi!!!!!!....Besis....

5 Mayo 2007 | 06:51 AM

heteroflexible

heteroflexible dijo

EXELENTE ...............VOY POR LO QUE ME FALTA.......................SALUDOS

5 Mayo 2007 | 09:32 PM

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