Lestat II
Situada en las afueras de Londres, en un inmenso parque de vetustos robles, se encuentra la Casa Matriz de la Talamasca, con sus techos en pendiente y sus jardines cubiertos por una gruesa capa de nieve limpia. Se trata de un hermoso edificio de cuatro plantas, con ventanales divididos y chimeneas que eternamente despiden hilos de humo hacia la noche. Es un sitio de bibliotecas y salas con paredes recubiertas por boiserie, dormitorios de techos artesonados y comedores silenciosos como los de una orden religiosa; sus integrantes son devotos como sacerdotes y monjas y puedan leerle a uno la mente, ver su aura, predecirle el futuro en la palma de la mano y conjeturar quién fue uno en vidas pasadas. ¿Brujos? Bueno, algunos quizá lo sean, pero en general son simples eruditos que dedicaron su vida a estudiar lo oculto en todas sus manifestaciones. Algunos saben más que otros. Algunos creen más que otros. Por ejemplo, hay miembros de esta Casa Matriz —y de otras, ubicadas en Amsterdam, en Roma o en las profundidades de los pantanos de Luisiana— que investigaron a vampiros y lobizones, que padecieron las facultades telequinésicas potencialmente mortíferas de ciertos mortales que saben originar incendios o causar la muerte, que hablaron con fantasmas y recibieron respuestas de ellos, que lucharon contra entes invisibles y ganaron... o perdieron. La orden perdura desde hace más de mil años. En realidad es más antigua, pero sus orígenes están velados por el misterio. O, para ser más concretos, David no me los quiere contar. ¿De dónde saca el dinero la Talamasca? Hay en sus bóvedas una asombrosa cantidad de oro y joyas. Sus inversiones en los grandes bancos europeos son legendarias. Posee propiedades en todas las ciudades donde está radicada, que alcanzarían para mantenerse aunque no dispusiera de ningún otro bien. Y, por último, están los diversos tesoros de archivo —cuadros, estatuas, tapices, muebles y ornamentos antiguos—, todos ellos adquiridos en relación con distintos casos misteriosos y a los cuales no asigna valor monetario alguno, ya que su valor histórico excede con creces cualquier tasación que se pudiera realizar. La biblioteca sola vale un Perú en cualquier moneda terrenal. Hay allí manuscritos en todos los idiomas, algunos provenientes de la famosa biblioteca de Alejandría incendiada siglos atrás, y otros de las bibliotecas de los mártires cátaros, cuya cultura se extinguió. Hay textos del antiguo Egipto, y con tal de poder echarles un vistazo, hay arqueólogos que estarían dispuestos a cometer un asesinato. Hay textos escritos por seres sobrenaturales de varias especies conocidas, incluso vampiros. Hay en esos archivos cartas y documentos redactados por mí. Ninguno de esos tesoros me interesa ni me interesó jamás. Oh, en mis épocas más festivas he jugado con la idea de entrar por la fuerza en esas criptas y recuperar varias reliquias, antes pertenecientes a inmortales que amé. Sé que esos eruditos conservan en sus colecciones objetos que yo mismo abandoné: todo lo que había en ciertas habitaciones de París casi a fines del último siglo, los libros y el mobiliario de mi vieja casa de la arbolada calle de Barrio Jardín, debajo de la cual dormí durante décadas sin prestar atención a quienes caminaban arriba, por los pisos podridos. Sólo Dios sabe qué más han rescatado de las fauces del tiempo, que todo lo consume. Pero ya no me interesaban esas cosas. Por mí, que se quedaran con todo lo que habían salvado. Lo que me interesaba era David, el Superior General, que se hizo amigo mío desde la noche en que, sin la menor cortesía, entré impulsivamente por la ventana de sus aposentos, en un cuarto piso. Qué valiente y sereno estuvo. Y cómo me gustaba mirar a ese hombre alto, su rostro surcado por arrugas, su pelo de un gris acerado. Me pregunté si un hombre joven podría alguna vez poseer tal belleza. Pero el hecho de que me conociera... que supiese lo que yo era, ése fue el mayor encanto que le encontré. Qué pasaría si te convirtiera en uno de los nuestros. Sabes que podría hacerlo... Nunca vaciló en su convicción. "Jamás; ni en mi lecho de muerte aceptaré", dijo. Pero le fascinaba mi mera presencia, cosa que no podía ocultar, si bien logró ocultarme sus pensamientos desde esa primera vez. Tanto es así, que su mente se convirtió en una especie de caja fuerte cuya llave se ha perdido. Por eso me quedé sólo con su expresión facial, radiante y afectuosa, y con su voz suave, culta, capaz de convencer al diablo de que se portara bien. Era ya el amanecer y, cuando iba llegando a la Casa Matriz en medio de la nieve del invierno inglés, me dirigí a las conocidas ventanas de David; pero encontré las habitaciones vacías. Rememoré nuestro último encuentro. ¿Se habría ido de nuevo a Amsterdam? Ese último viaje había sido inesperado, al menos de eso me enteré cuando vine a inquirir por él, antes de que sus astutos compañeros parapsicólogos notaran que yo los espiaba telepáticamente —cosa que hacen con notable eficiencia— y a toda prisa cerraran sus mentes. Al parecer, una diligencia muy importante había requerido la presencia de David en Holanda. La Casa Matriz holandesa era más antigua que la de Londres y sólo el Superior General tenía llave para acceder a algunas de sus bóvedas. A David se le encomendó que localizara un retrato pintado por Rembrandt —uno de los tesoros más valiosos en poder de la orden—, lo hiciera copiar y enviara la copia a su amigo íntimo Aaron Lightner, quien la necesitaba para una importantísima investigación paranormal que se estaba llevando a cabo en los Estados Unidos. Yo había seguido a David hasta Amsterdam y allí lo espié, prometiéndome para mis adentros no molestarlo, como tantas veces había hecho. Permítaseme relatar ahora esa anécdota. Cuando, al anochecer, salió a caminar con paso ágil, lo seguí desde una distancia prudencial, disfrazando mis pensamientos con la misma habilidad con que él siempre disfrazaba los suyos. Qué imponente su figura bajo los olmos que flanqueaban el canal Singel cada vez que se detenía para admirar las viejas casas holandesas, angostas, de cuatro pisos, con sus altos gabletes y sus ventanas donde no se ponían cortinas, supuestamente para el placer de los paseantes. Casi en el acto, detecté un cambio en él. Llevaba como siempre su bastón, aunque era evidente que todavía no lo necesitaba, y con él se daba golpecitos en el hombro. Pero lo noté caviloso; vi en él una profunda insatisfacción. Y siguió caminando hora tras hora, como si el tiempo no tuviera la menor importancia. Pronto comprendí que iba sumido en sus recuerdos, y de tanto en tanto me las ingeniaba para captar alguna imagen mordaz de su juventud en los trópicos, incluso fogonazos de una jungla lujuriante, tan distinta de esa fría ciudad septentrional donde seguramente nunca hacía calor. Yo aún no había tenido el sueño del tigre. No sabía lo que significaba. Fue exasperante por lo fragmentario. La capacidad de David de mantener ocultos sus pensamientos era sencillamente extraordinaria. Sin embargo, siguió caminando, por momentos como si alguien lo impulsara, y yo lo seguí, sintiéndome extrañamente reconfortado con sólo verlo unas cuadras delante de mí. De no haber sido por las bicicletas que a cada momento pasaban zumbando a su lado, habría parecido un hombre joven. Pero las bicicletas lo sobresaltaban y tenía el típico miedo de los viejos de que alguien los golpee y los haga caer. Miraba con enojo a los jóvenes ciclistas y luego volvía a abstraerse en sus pensamientos. Regresaba a la Casa Matriz inevitablemente cuando ya casi había amanecido. Y luego, con toda seguridad se echaría a dormir la mayor parte del día. Otra noche, David ya estaba caminando cuando me puse a la par de él, y una vez más parecía no tener destino fijo. Paseaba por las calles adoquinadas de Amsterdam mostrando el mismo placer que le producía Venecia; y con razón, porque ambas, ciudades densas y de tonos oscuros, han mantenido un encanto similar pese a sus notables diferencias. El hecho de que la una fuera católica, exuberante y plena de una simpática decadencia, y la otra protestante y por ende limpia y eficiente, de vez en cuando me arrancaba una sonrisa. A la noche siguiente volvió a salir; iba silbando solo mientras cubría los kilómetros a paso vivo y pronto me di cuenta de que estaba esquivando la Casa Matriz. Más aún, parecía ir esquivando todo, y cuando, por casualidad, un viejo amigo suyo —también inglés y miembro de la orden— se encontró inesperadamente con él cerca de una librería, fue evidente, por la conversación, que David venía comportándose de manera extraña desde hacía tiempo. Los británicos son muy corteses para comentar y diagnosticar esas cuestiones. Pero lo que deduje luego de oír semejante despliegue de diplomacia fue que David estaba descuidando sus tareas de Superior General. Se pasaba el día entero fuera de la Casa Matriz; se le recriminaba que, estando en Inglaterra, fuera cada vez más a menudo a su hogar ancestral ubicado en los Cotswolds. ¿Qué sucedía? David restó importancia a esas insinuaciones, como si no le interesara la conversación. Hizo una breve alusión a que la Talamasca podía gobernarse sola durante un siglo, que no necesitaba de un Superior General dado lo muy disciplinados, tradicionalistas y abnegados que eran sus integrantes, y luego partió a recorrer la librería, donde adquirió una traducción al inglés del "Fausto" de Goethe. Después cenó solo en un pequeño restaurante indonesio, pero puso el libro parado ante sus ojos y fue leyendo las páginas a medida que consumía su sabroso banquete. Al verlo ocupado con el cuchillo y el tenedor, yo volví a la librería y compré un ejemplar del mismo título. ¡Qué obra tan extraña! No puedo decir que la haya entendido, ni que sepa por qué la estaba leyendo David. De hecho, me daba miedo que la razón pudiera ser obvia y quizá por eso rechacé la idea en el acto. Sin embargo, me gustó; sobre todo el final, por supuesto, cuando Fausto se va al cielo. No creo que haya ocurrido eso en las leyendas más antiguas. Fausto siempre se iba al infierno. Yo se lo atribuyo al optimismo romántico de Goethe y al hecho de que hubiera sido tan viejo cuando escribió el final. El trabajo de los muy ancianos siempre es vigoroso y fascinante, extremadamente digno de ser analizado, tanto más porque muchos artistas pierden su fibra creativa antes de llegar a la senectud. Al amanecer, cuando David desaparecía dentro de la Casa Matriz, yo deambulaba solo por la ciudad. Quería conocerla porque él la conocía, porque Amsterdam era parte de su vida. Recorrí el inmenso Rijksmuseum, contemplé los cuadros de Rembrandt, pintor que siempre me encantó. Me introduje como un ladrón en la casa de Rembrandt de la calle Jodenbree, convertida ahora en un pequeño mausoleo abierto al público durante el día, y caminé por las callecitas angostas de la ciudad sintiendo el resplandor de antiguas épocas. Amsterdam es un lugar cautivante, poblado de gente joven proveniente de toda la nueva Europa homogeneizada, una ciudad que nunca duerme. Es probable que, de no ser por David, nunca hubiera ido allí. Esa ciudad nunca había gozado de mis preferencias. Ahora, en cambio, me resultaba agradable, ideal para vampiros a causa de sus nutridas muchedumbres nocturnas, pero, desde luego, era a David a quien quería ver. Comprendí que no podía irme sin cambiar al menos unas palabras con él. Por último, al cabo de una semana de mi arribo lo encontré en el vacío Rijksmuseum poco después del anochecer, sentado en un banco frente al gran cuadro de los Síndicos de la corporación de los pañeros de Amsterdam. ¿Sabía de alguna manera David que yo habría de estar ahí? Imposible; sin embargo, ahí estaba. Y por la conversación que mantuvo con el guardia —que en ese momento se despedía de él— era evidente que su venerable orden de retrógrados entremetidos había colaborado con las artes en gran medida, en las diversas ciudades donde se asentaban. Por eso les resultaba fácil entrar en los museos a contemplar sus tesoros cuando el ingreso al público no estaba permitido. ¡Y pensar que yo tenía que entrar en esos lugares como un malviviente! Cuando llegué adonde estaba mi amigo, reinaba un silencio total en las salas de mármol de altos techos. Lo vi sentado en un banco largo de madera, sosteniendo con aire indiferente el ejemplar del Fausto, ya con las puntas muy dobladas y lleno de señaladores. Tenía la mirada clavada en el cuadro, ese donde aparecen varios holandeses característicos que, reunidos ante una mesa, tratan sin duda sus asuntos comerciales y, al mismo tiempo, observan serenamente al espectador bajo el ala ancha de sus grandes sombreros negros. Esto que digo no es en absoluto el efecto total del cuadro. Los rostros son de una gran belleza, llenos de sabiduría, bondad y una paciencia casi angelical. Casi podría decir que esos personajes se parecen más a ángeles que a hombres del común. Dan la impresión de poseer un gran secreto, y que si todo el mundo lo supiera, no habría más guerras ni maldad sobre la tierra. ¿Cómo fue que esas personas se hicieron miembros de la corporación de pañeros de Amsterdam en los años 1600? Pero me estoy adelantando en el relato... Cuando lentamente salí de las sombras y me acerqué a él, David dio un respingo. Me senté en el banco, a su lado. Mi atuendo era el de un vagabundo, porque en realidad no tenía alojamiento en Amsterdam y el viento me había despeinado. Me quedé muy quieto largo rato, abriendo mi mente con un acto de voluntad semejante a un suspiro humano, y traté de hacerle saber cuánto me preocupaba su bienestar y cómo, por su propio bien, había tratado de dejarlo en paz. El corazón le latía deprisa. Su rostro, cuando me volví para mirarlo, en el acto se llenó de bondad. Extendió la mano derecha y me tomó el brazo. —Me alegro mucho de verte, como siempre. —Oh, pero te he hecho daño. Sé que es así. —No quería decirle que lo había seguido, que había escuchado la conversación con su compañero, ni tampoco mencionar lo que había visto con mis propios ojos. Juré no atormentarlo más con mi eterna pregunta. Y sin embargo, vi la muerte cuando lo miré, quizá más aún a causa de su inteligencia y su jovialidad, a la fuerza de sus ojos. Me dirigió una larga, pensativa mirada; acto seguido retiró su mano y sus ojos volvieron a posarse en el cuadro. —¿Existen vampiros con esas caras? —preguntó, al tiempo que señalaba con un gesto a los hombres que nos observaban desde la tela—. Me refiero a la sabiduría y la comprensión que se advierte en esos rostros, algo más indicativo de inmortalidad que un cuerpo preternatural anatómicamente dependiente de la posibilidad de beber sangre humana. —¿Vampiros con esas caras? —repetí—. David, no seas injusto. Ni siquiera hay hombres con tales caras. Jamás los hubo. Fíjate en cualquiera de las obras de Rembrandt. Es un absurdo suponer que puedan haber existido personas así, y más aún que Amsterdam haya estado lleno de ellas en esa época, que todo hombre o mujer con que se topaba fuera un ángel. No; esos rostros son los del propio Rembrandt; y Rembrandt, por supuesto, es inmortal. David sonrió. —No es verdad lo que dices. Y qué soledad extrema emana de tu persona. ¿No comprendes que no puedo aceptar tu don? Y si lo aceptara, ¿qué pensarías de mí? ¿Seguirías anhelando mi compañía? ¿Anhelaría yo la tuya? Casi no oí esas últimas palabras. Estaba mirando el cuadro, esos hombres que realmente parecían ángeles. Me invadió un enojo sordo y no quise quedarme más ahí. Yo había jurado solemnemente no atacarlo y, a pesar de ello, él se había defendido de mí. No, no debí haber ido. Espiarlo sí, pero no quedarme más de lo debido. Y una vez más hice ademán de irme. Eso lo enfureció. Oí retumbar su voz en el amplio espacio vacío. —¡No es justo que te marches de esta manera! ¡Es decididamente grosero que lo hagas! ¿Es que no tienes honor? ¿Y además del honor has perdido los modales? —De pronto se interrumpió, porque yo no estaba cerca —fue como si me hubiese evaporado—, y quedó hablando solo, en voz alta, en el museo inmenso y frío. Sentí vergüenza, pero me había ofendido mucho, aunque no sé bien por qué. ¿Qué le había hecho a ese ser? ¡Cómo me regañaría Marius por eso! Deambulé por Amsterdam durante horas. Hurté papel de escribir grueso, del tipo pergamino, que es el que más me gusta, y una lapicera automática de punta fina, de ésas que arrojan tinta todo el tiempo; después busqué, en el antiguo barrio de prostitutas y jóvenes drogados, una taberna ruidosa y siniestra donde poder escribir una carta a David, un lugar donde nadie repararía en mí siempre y cuando conservara un jarro de cerveza a mi lado. No sabía lo que iba a ponerle; lo único que quería era pedirle perdón por mi conducta y decirle que algo había afectado mi alma al contemplar el cuadro de Rembrandt; por eso, en un estilo presuroso, compulsivo, escribí esta suerte de narración: Tienes razón. Te abandoné de manera despreciable. Peor aún, cobarde. Te prometo que, cuando volvamos a encontrarnos, te dejaré decir todo lo que quieras. Tengo una teoría propia sobre Rembrandt. He pasado largas horas estudiando los cuadros suyos que hay en varias partes —en Amsterdam, Chicago, Nueva York o dondequiera que encuentre uno— y creo haberte dicho que no pueden haber existido tantas almas buenas como las obras de Rembrandt nos quieren hacer creer. Esta es mi teoría y, cuando la leas, por favor ten presente que da cabida a todos los elementos involucrados. Y esta característica de darles cabida solía ser la medida de la elegancia de una teoría... antes de que la palabra "ciencia" adquiriera el significado que tiene hoy. Creo que, de joven, Rembrandt vendió su alma al diablo. Fue un acuerdo sencillo. El diablo le prometió convertirlo en el pintor más famoso de su época, y le envió hordas de mortales para sus cuadros. Le concedió fortuna, le dio una hermosa casa en Amsterdam, una mujer y luego una amante, porque sabía que a la larga se iba a quedar con el alma del pintor. Pero el encuentro con el diablo cambió a Rembrandt. Después de ver pruebas tan innegables de la existencia del mal, se obsesionó con la pregunta: "¿Qué es el bien?". Rastreó en el semblante de sus sujetos su divinidad interior y, azorado, creyó ver la chispa de esa divinidad en los hombres más indignos. Fue tal su destreza —compréndeme, por favor, que la destreza no la obtuvo del diablo sino que la tenía de antes—, que no sólo vio esa bondad sino que pudo pintarla; pudo dejar que su conocimiento de ella, su fe en ella, afluyera en toda su obra. Con cada retrato que hacía, iba penetrando más y más hondo en la gracia y bondad del ser humano. Comprendió la capacidad de compasión y sabiduría que habita en toda alma. A medida que continuaba, su destreza iba en aumento; el fogonazo del infinito se volvió cada vez más sutil; su índole, más particular; y más grandiosa, serena y magnífica cada una de sus obras. Ninguno de los rostros que pintó eran de carne y hueso. Eran semblantes espirituales, retratos de lo que hay dentro del cuerpo del hombre o la mujer; visiones de lo que era esa persona en su momento más sublime, en qué estaba destinada a convertirse. Por eso es que los comerciantes de la Corporación de los Pañeros se asemejan a los santos más antiguos y sabios de Dios. Pero en ningún lado se nota tan a las claras esa profundidad espiritual como en sus autorretratos. Y sin duda has de saber que de ellos nos dejó alrededor de ciento veinte. ¿Por qué supones que pintó tantos? Fueron su plegaria a Dios para que reparara en el avance de ese hombre que, por haber observado atentamente a otros como él, había sufrido una transformación religiosa total. "Esta es mi visión", le decía a Dios. Hacia el final de la vida del pintor, el diablo empezó a sospechar. No quería que su esbirro creara obras tan magníficas, tan llenas de amor y bondad. Él creía que los holandeses eran personas materialistas y, por ende, mundanas. Pero en esos cuadros llenos de espléndidos atuendos y costosas pertenencias brillaba la prueba innegable de que el ser humano es completamente distinto de cualquier otro animal del cosmos, que es una mezcla preciada de carne y fuego inmortal. Bueno, Rembrandt sufrió todos los ultrajes que le envió el diablo. Perdió su hermosa casa. Perdió a su amante y, al final, perdió incluso a su hijo. No obstante, siguió pintando sin cesar, sin el menor rastro de amargura o perversidad; y nunca dejó de poner amor en sus obras. Por último, cuando estaba en su lecho de muerte, el diablo revoloteaba feliz a su alrededor, listo para apoderarse del alma de Rembrandt. Pero ángeles y santos imploraron a Dios que interviniera. "¿Quién en el mundo sabe de bondad más que él?", preguntaron, señalando al pintor moribundo. "¿Quién ha mostrado más que este artista? Cuando queremos ver lo divino que hay en el hombre, miramos sus cuadros." Entonces Dios quebró el pacto entre Rembrandt y el diablo. Se llevó para sí el alma del pintor, y el demonio, al que no hacía mucho tiempo Fausto había engañado de igual manera, enloqueció de indignación. Bueno, entonces enterraría la vida de Rembrandt en la oscuridad. Se encargaría de que todas sus pertenencias y constancias escritas fueran devoradas por el flujo del tiempo. Y por supuesto, es por eso que no sabemos casi nada sobre la verdadera vida del artista, ni qué clase de persona era. Pero el diablo no pudo decidir la suerte de los cuadros. Por más que lo intentó, no logró que la gente los quemara, que los arrojara a la basura o los hiciera a un lado demostrando preferencia por pintores más nuevos y de moda. De hecho, ocurrió algo curioso: Rembrandt se convirtió en el más admirado, el mejor pintor de todos los tiempos. Esta es mi teoría sobre él y esos rostros. Ahora bien: si yo fuera mortal, escribiría una novela sobre Rembrandt centrándola en este tema. Pero no soy mortal. No puedo salvar mi alma mediante obras de arte ni obras de bien. Soy una criatura semejante al demonio, con una diferencia: ¡a mí me encantan los cuadros de Rembrandt! Sin embargo, me parte el alma mirarlos. Me entristeció mucho verte ahí, en el museo. Y tenías toda la razón en pensar que no hay vampiros con rostros como los santos de la Corporación de los Pañeros. Por eso te abandoné tan descortésmente. No fue por furia demoníaca; sólo fue por pesar. Una vez más te prometo que, cuando volvamos a encontrarnos, te dejaré decir todo lo que quieras. Anoté al pie de la carta el número de mi agente de París junto con el domicilio postal, como hacía siempre que le escribía a David, pero él nunca me contestó. Luego inicié una especie de peregrinaje con el propósito de volver a ver las obras de Rembrandt en las grandes colecciones mundiales. No vi en mis viajes nada que me quitara mi convencimiento acerca de la bondad del pintor. La peregrinación resultó mas bien una penitencia, porque me aferré a mi idea sobre Rembrandt. Pero también renovó mi intención de no molestar a David nunca más. Después tuve el sueño. Tigre, tigre... David en peligro. Desperté sobresaltado en mi sillón, en la pequeña choza de Louis... como si una mano me hubiera sacudido a manera de advertencia. En Inglaterra, la noche casi había terminado. Tenía que apresurarme. Pero por fin encontré a David en una pequeña taberna de un pueblito de los Cotswolds, a la que sólo se puede acceder por un camino angosto y peligroso. Leyendo la mente de quienes lo rodeaban, muy pronto me enteré de que era su pueblo natal, próximo a su antigua heredad, una aldea diminuta con edificación del siglo XVI y una taberna que en la actualidad dependía de la veleidad de los turistas. David la había restaurado de su propio bolsillo visitándola cada vez más a menudo para escapar de la vida en Londres. ¡Un lugar decididamente misterioso! Sin embargo, lo único que hacía David era beber sin mesura su amado whisky escocés y dibujar en servilletitas la figura del diablo. ¿Mefistófeles con su laúd? ¿Satanás con cuernos bailando a la luz de la luna? Seguramente lo que percibí a la distancia fue su abatimiento, o más bien la inquietud de quienes lo observaban. Lo que yo había captado era la imagen de él en la mente de los otros. Sentí deseos de hablarle pero no me atreví por miedo a armar demasiado revuelo en la taberna, donde el preocupado propietario y sus dos robustos sobrinos permanecían despiertos, fumando sus olorosas pipas, sólo como homenaje a la presencia augusta del lord local, ¡que se estaba emborrachando como un beduino! Me quedé más o menos una hora espiando por la ventanita. Después me fui. Ahora, transcurridos muchos, muchos meses, mientras caía la nieve sobre Londres, mientras caía en callados copos sobre la fachada de la Casa Matriz de la Talamasca, lo busqué, sumido en un estado de embotamiento, pensando que si a alguien en el mundo tenía que ver, era él. Espié la mente de todos los miembros, los dormidos y los despiertos. Los despabilé. Los oí prestar atención con la misma claridad que, si al levantarse de la cama, hubiesen encendido la luz. Pero pude averiguar lo que quería antes de que cerraran sus mentes. David se había marchado a la finca de su heredad en los Cotswolds, que quedaba próxima a ese pueblo raro y su extraña taberna. Bueno, podía ubicar la casa, ¿no? Hacia allí partí en su busca. La nieve caía más copiosa mientras me desplazaba a ras del suelo, con frío, enojado, borrado ya todo recuerdo de la sangre que había bebido. Otros sueños acudieron a mi mente, como suele ocurrirme en los inviernos rigurosos: las nieves duras, miserables, de mi infancia humana, las heladas habitaciones de piedra del castillo paterno, el fuego tenue, mis grandes mastines que roncaban a mi lado en la parva de heno, dándome abrigo y calor. A esos perros se los había asesinado durante mi última cacería de lobos. No me gustaba recordarla, pero siempre era placentero pensar que estaba nuevamente ahí —con el aroma puro del fuego suave y de esos poderosos perros tumbados contra mí, y que yo estaba vivo, ¡verdaderamente vivo!— y que la cacería nunca había tenido lugar. Yo nunca había ido a París, nunca seduje a Magnus, ese vampiro poderoso y demente. La pequeña habitación de piedra se hallaba impregnada del agradable olor de los perros y ahora podía dormir al lado de ellos y sentirme seguro. Por último, me aproximé a una pequeña mansión isabelina, una bellísima construcción de piedra con techos de mucha caída, gabletes angostos y ventanas empotradas de gruesos vidrios, mucho más reducida que la Casa Matriz aunque grandiosa en su escala. Sólo algunas ventanas se encontraban iluminadas, y al acercarme vi que se trataba de la biblioteca y que allí estaba David, sentado junto a un fuego chisporroteante. Tenía en la mano su consabido diario íntimo encuadernado en cuero, y estaba escribiendo muy deprisa con una lapicera. No reparaba en absoluto en que alguien lo observaba. De vez en cuando consultaba otro libro forrado en cuero que había a un lado, sobre una mesita. Me resultó fácil darme cuenta de que era la Biblia cristiana, con sus dobles columnas de letras menudas y sus páginas de canto dorado, además de la cinta que obraba de señalador. Con mínimo esfuerzo noté que era el Génesis lo que leía, del que aparentemente tomaba apuntes. También tenía a mano su ejemplar del "Fausto". ¿Qué diablos le interesaba en esos textos? La habitación estaba recubierta de libros. Una única lámpara lo alumbraba por encima del hombro. La biblioteca se parecía a muchas similares de los climas nórdicos: confortable y acogedora, de techos bajos con vigas y cómodos sillones antiguos de cuero. Pero lo que la hacía atípica eran las reliquias de una existencia vivida en otro clima. Estaban ahí los recuerdos de esos años rememorados. Sobre el hogar encendido, la cabeza de un leopardo a motas y, sobre la pared de la derecha, la enorme cabeza negra de un búfalo. Numerosas estatuillas hindúes de bronce estaban diseminadas por doquier, en repisas y mesas, además de pequeñas alfombritas indias sobre la alfombra marrón, delante de la chimenea, la puerta y las ventanas.
Y el cuero largo y llameante de su tigre de Bengala yacía estirado en el centro mismo de la habitación, la cabeza bien conservada, con los ojos de vidrio y los inmensos colmillos que yo había visto en el sueño con espantosa nitidez. A este último trofeo dirigió de pronto David su atención; después, apartando sus ojos de él con dificultad, siguió escribiendo. Traté de leerle la mente, pero no pude. ¿Para qué me habré tomado el trabajo? Ni el menor indicio de los bosques de mangles donde pudo haber asesinado a semejante bestia. Miró una vez más al tigre, hasta que, olvidando la pluma, quedó abstraído en sus pensamientos. Por supuesto, me reconfortó el sólo mirarlo, como siempre. Divisé en la penumbra varias fotos en sus marcos: tomas de David cuando era joven y muchas que a todas luces le habían sido sacadas en la India, frente a un bello bungalow de anchas galerías y techos altos. Retratos de su madre y su padre. Retratos de él con los animales que había matado. ¿Explicaba eso mi sueño? No presté atención a la nieve que caía a mi alrededor, cubriéndome el pelo y los hombros e incluso los brazos que tenía plegados. Por último, me moví. Quedaba apenas una hora para el amanecer. Di la vuelta por el otro lado de la casa, encontré una puerta en el fondo, ordené al cerrojo que se abriera, y entré en el pequeño vestíbulo de techos bajos. Había allí viejas maderas con capas de laca o aceite. Apoyé las manos sobre los tableros de la puerta y se me presentó la imagen de un gran bosque de robles bañado en luz de sol. Luego, sólo me rodearon las sombras. Me llegó el aroma del fuego lejano. Noté que David estaba parado en la otra punta del pasillo, haciéndome señas de que me acercara. Pero hubo algo en mi aspecto que lo sobresaltó. Claro, yo estaba cubierto de nieve y de una delgada capa de hielo. Entramos juntos en la biblioteca y me ubiqué en el sillón frente a él. Se marchó un instante, y me quedé ahí mirando el fuego, sintiendo que derretía la nievecilla que me cubría. Pensaba yo en el motivo de mi visita y cómo haría para decírselo. Mis manos estaban blancas como blanca era la nieve. Cuando David regresó, traía un toallón tibio que usé para secarme la cara, el pelo y por último las manos. Qué agradable sensación. —Gracias —le dije. —Parecías una estatua. —Sí, ahora tengo ese aspecto, ¿no? Sigo viaje. —No te entiendo. —Se sentó frente a mí. —Explícate. —Me voy a un sitio desértico. Creo haber encontrado la forma de terminar con todo. No es nada sencillo. —¿Por qué quieres hacerlo? —No quiero estar más con vida. Esa parte es fácil. No ansío la muerte, como haces tú; no es eso. Esta noche... —Me interrumpí. Vi la imagen de la anciana en su cama prolija, vestida con su bata floreada contra el nylon acolchado. Después vi al extraño hombre de pelo castaño que me observaba, el que se me acercó en la playa y me dio el cuento que aún llevaba, todo arrugado, dentro del abrigo. Una insensatez. Llegas demasiado tarde, quienquiera que seas. ¿A qué molestarme en explicar? De repente vi a Claudia como si estuviera contemplándome desde otro reino, esperando que yo la viera. Qué ingenioso que nuestras mentes puedan evocar una imagen de apariencia tan real. Bien podía ella estar ahí, junto al escritorio de David, en la penumbra. Claudia, que me había clavado un puñal en el pecho. "Te mandaré a tu ataúd para siempre, padre." Pero también era cierto qué últimamente la veía de continuo, en sueño tras sueño... —No vayas —dijo David. —Llegó la hora —le respondí en un susurro, pensando en forma vaga lo desilusionado que quedaría Marius. ¿Me habría oído David? A lo mejor hablé en voz demasiado baja. Se oyó un crepitar del fuego, algún trozo de madera encendida que se caía o savia húmeda que chisporroteaba dentro del inmenso leño. Volví a ver ese dormitorio frío de mi infancia y de pronto rodeé con mi brazo a uno de los perros enormes, esos perros indolentes y cariñosos. ¡Es terrible ver que un lobo mata a un perro! Debí haber muerto, aquel día. Ni el mejor cazador debería ser capaz de matar a una manada de lobos. Y tal vez fue ése el error cósmico. Mi destino era marcharme, si de hecho existe tal continuidad, y por excederme atraje la atención del diablo. "Asesino de lobos", había dicho el vampiro Magnus con mucho cariño, al tiempo que me llevaba a su cueva. David volvió a hundirse en su sillón; con ademán distraído apoyó un pie sobre el guardafuego y clavó sus ojos en las llamas. Estaba profundamente perturbado, hasta un tanto desequilibrado, aunque lo ocultaba muy bien. —¿No te va a doler? —preguntó, mirándome. Por un momento no supe qué me quería decir. Después recordé. Solté una risita.
—Vine a despedirme de ti, a preguntarte si estás seguro de tu decisión. Me pareció que lo correcto era avisarte que me marchaba, que ésta era tu última oportunidad. Pensé que correspondía. ¿Me comprendes o crees que es sólo un pretexto más? En realidad, no importa. —Como el Magnus de tu historia. Dejarías a tu heredero y luego desaparecerías dentro del fuego. • —No era una simple historia —repuse, sin ganas de ponerme polémico pero preguntándome por qué sonaba como si lo fuera—. Y en efecto, quizá sea así. Sinceramente, no sé. —¿Por qué quieres autodestruirte? —Le noté un tono desesperado. Cómo había herido a ese hombre. Miré el tigre del piso con sus magníficas rayas negras y su piel de un naranja intenso. —Ese era un antropófago, ¿no? Vaciló como si no comprendiera del todo la pregunta; después dio la impresión de despertarse y asintió. —Sí. —Miró primero al tigre, y luego a mí. —No quiero que lo hagas. Déjalo para más adelante, por el amor del cielo. No lo hagas. Y después de todo, ¿por qué precisamente esta noche? Me hizo reír contra mi voluntad. —Esta noche es un buen momento para hacerlo—dije—. No; me voy. —¡De pronto experimenté un enorme júbilo porque me di cuenta de que lo decía en serio! No era sólo una fantasía. De haberlo sido, jamás se lo habría contado. —Se me ocurrió un método. Voy a ascender lo más que pueda antes de que salga el sol por el horizonte. No habrá manera de encontrar refugio. Allí el desierto es muy severo. Y moriré en medio del fuego. No del frío, como había estado en aquella montaña cuando me rodearon los lobos. En calor, como había muerto Claudia. —No, no lo hagas. —Con cuánta convicción lo dijo. Pero de nada valió. —¿Quieres la sangre? —le pregunté—. No insume mucho tiempo y el dolor es mínimo. Confío en que los demás no te agredan. Te haré tan fuerte, que mejor que ni lo intenten. Sinceramente, me estaba pareciendo mucho a Magnus, que me dejó huérfano sin advertirme siquiera que Armand y sus acólitos me iban a perseguir, a maldecir, que querrían tronchar mi vida recién nacida. Magnus sabía que yo iba a vencer. —Lestat, no quiero la sangre, pero quiero que te quedes aquí. Dame nada más que unas pocas noches. En nombre de nuestra amistad, Lestat, quédate ahora conmigo. ¿No puedes concederme esas pocas horas? Después, si todavía deseas hacerlo, no voy a poner reparos. —¿Por qué? Parecía dolido, y demoró unos instantes en responder. —Déjame hablarte, convencerte para que cambies de parecer. —Tú mataste al tigre cuando eras muy joven, ¿no? Fue en la India. —Paseé la vista por los otros trofeos. —Vi al tigre en un sueño. No me respondió. Se lo veía ansioso, perplejo. —Te he hecho daño —proseguí—. Te traje a la memoria recuerdos de tu juventud. Te obligué a tomar conciencia del tiempo, y antes no reparabas en ello. Algo ocurrió en su rostro. Era evidente que mis palabras lo habían ofendido. Sin embargo, negó moviendo la cabeza. —David, ¡toma mi sangre antes de que me vaya! —susurré de pronto, ansioso—. No te queda ni un año. ¡Lo oigo cuando estoy cerca de ti! Alcanzo a percibir la fragilidad de tu corazón. —Eso no lo sabes, amigo —repuso él, paciente—. Quédate aquí conmigo y te contaré lo del tigre, todo lo de aquella época en la India. También fui de cacería al África, y una vez al Amazonas. Grandes aventuras. En aquel entonces, yo no era un erudito mohoso como ahora... —Lo sé. —Sonreí. Jamás me había hablado de esa manera; nunca me ofreció tanto. —Demasiado tarde, David. —Una vez más vi el sueño. Vi la cadenita de oro que David llevaba al cuello. ¿Era esa cadenita lo que atraía al tigre? Parecía una insensatez. Lo que quedaba era la sensación de peligro. Contemplé la piel del animal. Qué expresión maligna la de su cara. —¿Fue divertido matarlo? Dudó; luego se esforzó por contestar. —Era un tigre antropófago y le encantaban los niños. Sí, supongo que me divirtió. Solté una risita. —Bueno, entonces tenemos eso en común, el tigre y yo. Y Claudia está esperándome. —No me irás a decir que crees eso, ¿verdad? —No. Supongo que, si lo creyera, tendría miedo de morir. —Vi a Claudia con total nitidez... un diminuto retrato de porcelana, con pelo áureo, ojos azules. Algo impetuoso y veraz en la expresión pese a los colores dulzones y el marco ovalado. ¿Había poseído yo alguna vez un relicario como ése? Porque era, ciertamente, un relicario. Me estremecí al recordar la textura de su pelo y una vez más me invadió la sensación de que la tenía muy cerca. Si giraba la cabeza quizá la viera entre las sombras, con la mano apoyada sobre el respaldo de mi sillón. Me di vuelta, pero no estaba. Iba a perder el temple si no me marchaba de inmediato. —¡Lestat! —exclamó David en tono imperioso. Me estaba escrutando, pensando con desesperación qué otra cosa podía decir. Señaló mi abrigo. —¿Qué llevas en el bolsillo? ¿Una nota que escribiste? ¿Piensas dejármela? ¿Me permites leerla ahora? —Ah, este extraño cuentito. Toma, puedes quedártelo. Te lo lego. Debería estar en una biblioteca, calzado tal vez en alguno de esos estantes. —Saqué el sobre doblado y lo miré. —Sí, lo leí. Es bastante divertido. —Se lo arrojé a la falda. —Me lo dio un mortal muy tonto , una pobre alma trasnochada que sabía quién era yo y tuvo coraje apenas para dejarlo caer a mis pies. —Explícame eso —dijo David, y abrió las hojas—. ¿Por qué lo llevas contigo? Dios santo... Lovecraft. —Sacudió levemente la cabeza. —Te lo acabo de explicar. De nada vale, David. No voy a cambiar de idea. Me voy. Además, la historia es intrascendente. Un pobre tonto... Ese hombre tenía ojos tan extraños, tan brillantes. ¿Qué tuvo de raro la forma en que vino corriendo hacia mí por la arena, o la torpeza con que huyó dominado por el pánico? ¡Sus modales habían dado a entender tal importancia! Ah, pero eso era absurdo. No me importaba, sabía que no me importaba. Yo sabía lo que quería hacer. —¡Lestat, quédate! Me prometiste que la próxima vez que nos encontráramos ibas a permitirme decir todo lo que quisiera. Eso me dijiste por carta, ¿recuerdas? No te retractarás de tu palabra, ¿verdad? —Voy a retractarme, David. Y tendrás que disculparme, porque me voy. Tal vez no haya cielo ni infierno y te vea del otro lado. —¿Y qué pasará si existen ambos? —Has estado leyendo demasiado la Biblia. Lee el cuento de Lovecraft. —Volví a soltar una risita y le señalé las hojas que tenía en la mano. —Será lo mejor para la paz de tu espíritu. Y no toques el "Fausto", por el amor de Dios. ¿Sinceramente crees que al final vendrán ángeles a llevarnos? Bueno, a mí no. ¿A ti sí? —No te vayas —repitió, con una voz tan tenue y suplicante que me quitó el aliento. Pero ya me estaba yendo. Apenas si lo oí cuando gritó: —Lestat, te necesito. Eres el único amigo que tengo. ¡Qué palabras trágicas! Me dieron ganas de decirle que lo lamentaba, que lamentaba todo, pero ya era tarde. Además, creo que él lo sabía. Me lancé hacia arriba en la fría oscuridad, desplazándome entre la nieve que caía. La vida entera me parecía insoportable, tanto en su horror como en su esplendor. Abajo, la casita parecía cálida; su luz se derramaba sobre el suelo blanco y de su chimenea partía un hilito de humo azul. Pensé en David, que de nuevo recorrería solo las calles de Amsterdam, pero después evoqué los retratos de Rembrandt. Entonces volví a ver la cara de mi amigo junto al fuego de la biblioteca. Parecía un hombre pintado por Rembrandt. Desde que lo conocí tuvo siempre ese aspecto. ¿Y qué aspecto teníamos nosotros, congelados para siempre con la forma que teníamos cuando la Sangre Misteriosa entró en nuestras venas? Claudia fue durante décadas esa niña pintada en porcelana. Y yo me asemejaba a una de las estatuas de Miguel Ángel, puesto que me volví blanco como el mármol. E igual de frío. Yo sabía que iba a cumplir mi palabra. Pero hay una mentira terrible en todo esto. En realidad, ya no creía que el sol pudiera matarme. Pero lo mismo me propuse intentarlo.










Ofelia Balderas Gallegos. dijo
Hola Luis, buen fin de semana ???, bueno mira ojalá te des tiempo de leer en mi blog de psicología mi articulo de ¿cuándo cambiar de psicólogo?, esta en:
http://myblog.es/psicologaobalderas ahí trato el tema que tu mencionas.
A mi me gusta tratar de cumplir con la demanda de la gente, y si alguien llego a mi otro blog con la búsqueda de el look de una psicóloga yo cumplo en lo que pueda realizar, a mi me divirtió mucho hacer este articulo y me de hecho me gusta.
Por supuesto en gustos se rompen géneros y yo expuse como siempre mi opinión, debo decirte que no entiendo mucho tu comentario, por eso te recomiendo leas mi otro blog.
Los puntos importantes que recalco es la no extravagancia ni los excesos porque no son recomendables, por lo demás no impongo ningún estilo, ni he dicho que lo mas importante sea como este "enfundada" (como dices tu).
Saludos.
28 Abril 2007 | 05:41 AM