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La Coctelera

Mi Guarida

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18 Abril 2007

Lestat I

Miami, ¡la ciudad de los vampiros! Esto es South Beach al atardecer, en la lujuriosa tibieza del invierno sin invierno, clara, floreciente y empapada en luz eléctrica, mientras la brisa suave sopla desde el mar plácido, cruza por el margen oscuro de arena color crema y va a enfriar las anchas calles lisas, llenas de felices niños mortales.

Simpático desfile de muchachos elegantes que exhiben sus músculos de culturismo con patética vulgaridad, de mujeres jóvenes orgullosas de sus aerodinámicas y aparentemente asexuadas extremidades en medio del imperioso rugir del tránsito y las voces humanas.

Refaccionadas con modernos tonos pastel, viejas posadas de estuco, antaño mediocres refugios de ancianos, exhibían sus nuevos nombres en elegantes letras de neón. Titilaban las velas en las mesas con manteles blancos de los restaurantes a la calle. Enormes y lustrosos automóviles norteamericanos avanzaban lentamente por la avenida, mientras conductores y pasajeros por igual contemplaban el deslumbrante desfile humano de peatones indolentes que aquí y allá bloqueaban la calzada.

En el lejano horizonte, las grandes nubes blancas eran montañas bajo un cielo sin techo, tachonado de estrellas. Ah, siempre me impresionó ese cielo sureño, lleno de luz celeste y un incansable movimiento amodorrado.

Hacia el norte se elevaban las torres de la nueva Miami Beach en todo su esplendor. Al sur y al oeste, los rascacielos deslumbrantes del centro de la ciudad, con sus autopistas elevadas y sus muelles colmados de cruceros. Pequeñas embarcaciones de recreo se desplazaban raudas por las aguas chispeantes de los innumerables canales urbanos.

En los silenciosos e inmaculados jardines de Coral Gables, numerosos faroles iluminaban las magníficas residencias con sus techos de tejas rojas y sus piscinas de resplandeciente luz turquesa. Los fantasmas se paseaban por las habitaciones inmensas y oscuras del Biltmore. Los imponentes árboles de mangle extendían sus ramas primitivas, cubriendo las calles anchas, bien cuidadas.

En Coconut Grove, el turismo internacional que venía de compras se apiñaba en hoteles lujosos y modernos centros comerciales. Había parejas que se abrazaban en los balcones de edificios con paredes de cristal, siluetas que contemplaban las aguas serenas de la bahía. Los autos avanzaban presurosos por las calles congestionadas, pasando frente a palmeras siempre danzantes, a achaparradas mansiones de cemento, engalanadas con buganvillas rojas y moradas tras finos portones de hierro.

Todo eso es Miami, la ciudad del agua, de la velocidad, de las flores tropicales y los cielos anchurosos. Para ir a Miami, y no a ningún otro lugar, es que de tanto en tanto suelo dejar mi hogar de Nueva Orleáns. Hombres y mujeres de diversas naciones y colores residen en los populosos barrios de Miami. Se oye hablar idish, hebreo, las lenguas de España, de Haití, los dialectos y acentos de América Latina, del sur de este país, del remoto norte. Bajo la superficie lustrosa de Miami se percibe una amenaza, una desesperación, una palpitante codicia; el pulso firme de una gran capital, la energía empeñosa, el peligro constante.

Nunca se pone realmente oscuro, en Miami. Nunca reina un silencio verdadero.

Miami es la ciudad perfecta para el vampiro y siempre encuentro en ella algún mortal homicida, algún sórdido bocado de cardenal que me cede una decena de sus propios asesinatos cuando vacío sus bancos de memoria y chupo su sangre.

Pero ésta es la noche de la caza mayor, la celebración no estacional de Pascua luego de una Cuaresma de hambre: saldré a buscar uno de esos espléndidos trofeos humanos cuyo grotesco modus operandi ocupa páginas enteras en los archivos computarizados de las dependencias encargadas de vigilar el cumplimiento de las leyes mortales, un ser al que un periodismo reverente ungió en su anonimato con el rimbombante nombre de "El estrangulador de los callejones".

¡Esa clase de asesinos me despiertan un apetito especial! Qué suerte para mí que semejante celebridad hubiera aparecido en mi ciudad preferida. Qué suerte que hubiera atacado seis veces en esas mismas calles, matador de viejos y achacosos que han llegado en grandes cantidades a pasar sus últimos días en este clima cálido. Oh, habría atravesado un continente entero para morderlo, pero lo tengo aquí, esperándome. A su macabra historia, analizada por no menos de veinte criminólogos y que con toda facilidad yo robé a través de la computadora que tengo en mi reducto de Nueva Orleáns, he agregado secretamente los elementos fundamentales: su nombre y lugar de residencia mortal. Truco sencillo para un dios tenebroso que puede leer las mentes. Sus propios sueños sangrientos me sirvieron para encontrarlo. Y esta noche será mío el placer de terminar su ilustre carrera en un abrazo cruel, sin una chispa de esclarecimiento moral.

Ah, Miami, lugar ideal para este Drama de la Pasión.

Siempre vuelvo a Miami, del mismo modo que siempre vuelvo a Nueva Orleáns. Y soy el único inmortal que sigue cazando en este glorioso rincón del Jardín Salvaje porque, como ha visto usted, los demás hace ya tiempo que se marcharon del reducto donde nos reuníamos, incapaces de tolerar la compañía unos de otros, y yo la de ellos.

Pero tanto mejor que Miami me quede para mí solo.

En las habitaciones que mantenía en el lujoso hotel Park Central, me paré ante las ventanas que dan al frente, sobre el paseo Ocean, aguzando de tanto en tanto mi oído preternatural para averiguar lo que ocurría en las suites vecinas, donde acaudalados turistas disfrutaban de la mejor de las soledades —intimidad total a pasos de la atestada calle—, mis Campos Elíseos del momento, mi Via Véneto.

Mi estrangulador se hallaba casi listo para salir del reino de sus visiones espasmódicas y fragmentarias e internarse por la tierra de la muerte literal. Ah, llegó la hora de vestirme para el hombre de mis sueños.

Revisando el habitual revoltijo de cajas, cajones, maletas y baúles recién abiertos, elegí un traje de pana gris, viejo preferido mío, sobre todo porque la tela es gruesa y tiene un brillo apenas tenue. No muy adecuado para estas noches cálidas, debo reconocer, pero sucede que no siento el frío ni el calor como los humanos. Además, la chaqueta era ceñida, de solapas angostas; con su cintura entallada, se parecía más a un traje de jinete, o mejor aún, a las levitas de antaño. Los inmortales preferimos siempre la ropa anticuada, la que nos trae a la memoria el siglo en que nacimos a las tinieblas. A veces se puede calcular la verdadera edad de un inmortal con sólo observar el corte de sus prendas.

En mi caso, es también una cuestión de textura. ¡El siglo XVIII fue tan lustroso! Todo tiene que tener un poco de brillo. Y esa hermosa chaqueta combinaba a la perfección con los pantalones angostos de pana lisa. En cuanto a la camisa de seda blanca, la tela era tan suave que se podía hacer un bollo con ella y cabía en la palma de la mano. ¿Por qué habría de usar algo distinto, que roce mi piel indestructible y de tan extraña sensibilidad? Después, las botas, muy parecidas a mis excelentes zapatos de este último tiempo. Tienen las suelas inmaculadas, ya que rara vez se asientan sobre la madre tierra.

El pelo me lo dejé suelto, la habitual cabellera espesa y rubia, con rizos hasta los hombros. ¿Qué aspecto tenía para los mortales? En verdad no lo sé. Escondí mis ojos azules, como de costumbre, tras unas gafas oscuras por miedo a que su brillo pudiera hipnotizar accidentalmente —todo un trastorno—, y calcé mis delicadas manos, con sus reveladoras uñas cristalinas, en los consabidos guantes de suave cuero gris.

Ah, un poco de maquillaje marrón para camuflar la piel. Me lo extendí sobre los pómulos y sobre el trocito de cuello y pecho que asomaba.

Inspeccioné en el espejo el producto terminado. Todavía irresistible. Con razón había tenido tanto éxito en mi breve carrera de cantante de rock. Y como vampiro, siempre fui extraordinario. Tengo que agradecer a los dioses no haberme vuelto invisible en mis paseos, un vagabundo que flota más alto que las nubes, liviano como una ceniza al viento. Cuando pensaba en eso me daban ganas de llorar.

La caza mayor siempre me hacía volver al presente. Había que seguirle el rastro, esperarlo, pescarlo justo en el momento en que estaba por dar muerte a su próxima víctima, y matarlo despacito, con dolor, deleitándome con su maldad, observando por la lente inmunda de su alma a todas sus víctimas anteriores...

Quiero que se me comprenda: en esto no hay nada de noble. No creo que con rescatar a un pobre mortal de semejante malvado pueda salvar mi alma. Demasiadas veces he tronchado vidas, a menos que uno suponga que el poder de una buena acción es infinito. No sé si creo o no en eso. Lo que sí creo es esto: la maldad que hay en un solo asesinato ya es infinita, y mi culpa, al igual que mi belleza, eterna. No puedo ser perdonado, porque no hay nadie que me pueda perdonar todo lo que he hecho.

Sin embargo, me agrada salvar de su destino a esos inocentes. Y me gusta dar muerte a los asesinos porque son mis hermanos, somos de la misma especie. ¿Y por qué no habrían de morir en mis brazos ellos, en vez de algún pobre y bondadoso mortal que nunca hizo daño a nadie? Estas son las reglas de mi juego. Las acato porque yo mismo las establecí. Y me prometí a mí mismo que esta vez no iba a dejar los cadáveres tirados por ahí; trataría de hacer lo que siempre me ordenaron que hiciera. Así y todo... me gustaba dejar las sobras para las autoridades. Y después, cuando volvía a Nueva Orleáns, me gustaba encender la computadora y leer el informe completo de la autopsia.

De repente me distraje con el sonido de un patrullero que pasaba lentamente por abajo. Los policías iban hablando del asesino por mí elegido, de que pronto iba a atacar de nuevo, sus estrellas están en la posición correcta, la luna a la altura indicada. Casi con seguridad sería en las calles laterales de South Beach, igual que antes. Pero, ¿quién era? ¿Qué se podía hacer para impedírselo?

Las siete de la tarde. Los numeritos verdes del reloj digital así me lo indicaron, aunque yo ya lo sabía, desde luego. Cerré los ojos, incliné un poco la cabeza hacia un costado, preparándome quizá para sentir todos los efectos de esta facultad mía que tanto despreciaba. Primero me llegaron de nuevo los sonidos amplificados, como si dispusiera de un moderno dispositivo tecnológico. Los débiles ronroneos del mundo se convirtieron en un coro del infierno, lleno de lamentos y risas chillonas, lleno de mentiras, de angustia, de súplicas fortuitas. Me tapé las orejas como si con eso pudiera pararlo, hasta que por fin lo logré.

Poco a poco fui distinguiendo las imágenes borrosas y superpuestas de sus pensamientos, que se elevaban como millares de pájaros aleteando y perdiéndose en el firmamento. ¡Quiero a mi asesino! ¡Quiero verlo a él!

Ahí estaba, en un cuartito mugriento, muy distinto del mío pero a escasos doscientos metros de él, levantándose de la cama. Noté arrugada su ropa ordinaria, y su cara tosca bañada en transpiración. Una mano nerviosa buscó los cigarrillos en el bolsillo de la camisa y luego los dejó, ya olvidados. Se trataba de un hombre robusto, de facciones informes y cierto semblante de preocupación, o de algún oscuro pesar.

No se le ocurrió vestirse de etiqueta para el festín que esperaba con ansias. Y ahora su mente despierta casi había sucumbido bajo la carga de sus sueños horribles y palpitantes. Todo él se estremeció; el pelo negro, grasiento, le cayó sobre la frente, sobre los ojos semejantes a trozos de vidrio negro.

Sin moverme de mi posición en las calladas sombras de mi cuarto, le seguí las huellas. Vi que bajaba una escalera trasera y salía a la luz intensa de la avenida Collins, pasaba frente a polvorientos escaparates y letreros comerciales medio caídos, avanzando siempre hacia el inevitable —y aún no elegido— objeto de su deseo.

¿Y quién podía ser la afortunada dama que anduviera paseando, encaminándose insensata e inexorablemente hacia ese horror en medio de las multitudes monótonas y escasas del anochecer en ese mismo sector deprimente de la ciudad? ¿Llevará en una bolsa un litro de leche y una planta de lechuga? ¿Apurará el paso al ver al homicida a la vuelta de la esquina? ¿Sufrirá añorando la vieja costanera donde quizá viviera tan feliz antes de que los arquitectos y decoradores la obligaran a marcharse a hoteles más lejanos, con grietas y la pintura descascarada?

¿Y qué va a pensar ese asqueroso ángel de la muerte cuando por fin la divise? ¿Será ella quien le traiga a la memoria a la mítica arpía de su niñez, aquella que lo aporreaba hasta dejarlo desmayado y que luego ascendió al panteón de pesadilla de su inconsciente? ¿O acaso es mucho pedir?

Quiero decir que hay asesinos de esa laya que no establecen la menor relación entre símbolo y realidad y no recuerdan nada durante más que unos días. Lo único seguro es que sus víctimas no lo merecen, y que ellos —los asesinos— merecen toparse conmigo.

Ah, pienso arrancarle el corazón sin darle tiempo a que la "liquide", y luego él me dará todo lo que tiene, y lo que es.

Con andar despacioso bajé por la escalera y crucé el elegante hall art déco, esplendoroso como foto de revista. Qué agradable era actuar como un mortal, salir al aire fresco. Enfilé por la acera hacia el norte confundiéndome entre los paseantes de la noche; mis ojos recorrían con aire natural los hoteles recién restaurados y sus barcitos.

Al llegar a la esquina, el gentío ya era más numeroso. Frente a un restaurante al aire libre, gigantescas cámaras de televisión enfocaban sus lentes sobre un trozo de acera iluminado por enormes reflectores de hiriente luz blanca. Unos camiones cerraban el tránsito; los autos se detenían. Se había congregado una multitud de jóvenes y viejos apenas fascinados, ya que los equipos de filmación de películas eran un espectáculo habitual en la zona de South Beach.

Esquivé las luces por miedo al efecto que pudieran producir sobre mi rostro tan sensible. Qué no daría por ser uno de esos seres bronceados que huelen a costosas lociones playeras y andan medio desnudos con sus despreciables harapos de algodón... Volví a dar vuelta la esquina y una vez más busqué a mi presa. Lo vi marchar con la mente tan llena de alucinaciones que apenas sí podía controlar su andar desgarbado.

No quedaba más tiempo.

Con un pequeño ímpetu de velocidad, me subí a los techos bajos. La brisa era más fuerte, más dulzona. Suave el estruendo de las voces animadas, las aburridas canciones de las radios, el sonido del viento mismo.

En medio del silencio percibí su imagen en los ojos indiferentes de quienes pasaban a su lado; vi las fantasías que, una vez más, se hacía de manos marchitas y marchitos pies, de mejillas consumidas y pechos consumidos. Se estaba rompiendo en él la tenue membrana que separa la fantasía de la realidad.

Aterricé en la acera de la avenida Collins tan deprisa, que di la impresión de aparecer allí y nada más. Pero nadie miraba. Fui el árbol proverbial que cae en el bosque deshabitado.

A los pocos minutos iba caminando cómodamente a pocos pasos de él, tal vez con mi aspecto de joven amenazador, atravesando los grupitos de tipos feroces que cerraban el camino; y, persiguiendo a mi víctima, traspuse las puertas de vidrio de una gigantesca farmacia de gélida refrigeración. Ah, qué placer para el ojo esa caverna de techos bajos, llena de todas las clases imaginables de alimentos conservados, artículos de limpieza y atavíos para el pelo, el noventa por ciento de los cuales no existía en manera alguna en el siglo en que nací.

Me refiero a toallitas higiénicas, gotas para los ojos, horquillas plásticas para el pelo, marcadores de fibra, cremas y ungüentos para aplicar hasta en la última zona del cuerpo, líquido lavaplatos en todos los colores del arco iris y tinturas de tonos nunca antes inventados y difíciles de describir. Me imagino a Luis XVI abriendo una bolsita de ruidoso plástico y encontrándose con una de tales maravillas. ¿Qué habría pensado de los vasitos térmicos de material sintético, de las galletitas de chocolate envueltas en papel celofán, de las lapiceras que nunca se quedan sin tinta?

Bueno, ni yo mismo me he habituado del todo a esos objetos, aunque durante dos siglos he visto con mis propios ojos el proceso de la Revolución Industrial. Puedo pasarme horas fascinado dentro de esos negocios.

Pero en esta oportunidad tenía una presa en la mira, ¿no? Más tarde podía dedicarme a Time y Vogue, a las computadoras de bolsillo para traducir, a los relojes que siguen marcando la hora aunque uno esté nadando en el mar.

¿Para qué había entrado él en ese lugar? Las familias cubanas jóvenes no le agradaban. No obstante, se puso a caminar por los angostos y atestados pasillos sin prestar atención a los cientos de rostros oscuros y acentos españoles que lo rodeaban. Salvo yo, nadie reparaba en él ni en sus ojos de bordes rojos que recorrían los colmados estantes.

Dios mío, era un ser inmundo, toda decencia perdida ya en su locura, la tosca cara y el cuello con marcas de suciedad. ¿Me dará gusto? Diablos, ese tipo no es más que una bolsa de sangre. ¿Para qué arriesgarme sin necesidad? Ya no podía matar a niños ni regodearme con prostitutas de la costanera queriendo autoconvencerme de que todo está bien porque, total, ellas han envenenado a más de un marinero. La conciencia me está matando. Y para alguien que es inmortal, eso puede ser una muerte larga e ignominiosa. Sí, miren a ese tipo sucio, a ese apestoso asesino. Los reclusos de una cárcel consiguen mejor comida que eso.

En ese momento, mientras escrutaba su mente como quien corta y abre un melón, comprendí algo: ¡ese tipo no sabe lo que es! ¡Nunca leyó los titulares de los diarios referidos a él! A tal punto, que no recuerda con discernimiento ciertos episodios de su vida; por lo tanto, no podría a conciencia confesar ciertos crímenes que cometió ¡porque no los recuerda! ¡Tampoco sabe que esta noche va a matar! ¡No sabe lo que yo sé!

Ah, tristeza y dolor. Me había tocado la peor carta, sin duda. ¡Dios santo! ¿En qué habré estado pensando para clavarme justo con ése, siendo que el mundo iluminado por las estrellas está lleno de bestias más astutas y perversas? Me dieron ganas de llorar.

Pero entonces llegó el momento de la provocación. Él divisó a la anciana, se fijó en sus arrugados brazos desnudos, en la pequeña giba de su espalda, en sus muslos delgados y temblorosos bajo los pantaloncitos de color pastel. La chillona luz fluorescente permitió ver que la mujer avanzaba con andar pausado, disfrutando del ajetreo de quienes estaban allí, su rostro semioculto bajo una visera de plástico verde, el pelo recogido con horquillas en la nuca.

En su pequeña canasta llevaba una botella de jugo de naranja y un par de chinelas tan blandas que venían dobladas formando un rollito. Con expresión de genuino placer, tomó del estante una novela en edición rústica que ya había leído antes, pero le pasó la mano con ternura, soñando con volver a leerla, algo así como visitar a antiguas amistades. "A Tree Grows in Brooklyn". Sí, a mí también me había encantado.

Hechizado, el sujeto se ubicó tras la mujer, pero tan cerca que ella seguramente debió sentir su aliento en la nuca. Con expresión insulsa, tonta, la observó mientras se acercaba a la caja y extraía unos sucios billetes de dólar del escote flojo de su blusa.

Y ahí salieron los dos; él, con el andar laborioso del perro que sigue a una perra en celo; ella, avanzando sin prisa con su bolso gris, esquivando con torpeza las bandas de jóvenes ruidosos y atrevidos que merodeaban por allí. ¿Va hablando sola? Eso parece. No le leí la mente a la viejita, y ella apura cada vez más el paso. Se la leí a la bestia que la persigue, que es del todo incapaz de apreciarla.

Rostros blanquecinos, enfermizos, pasaban por su mente mientras la iba siguiendo. Anhelaba tirarse sobre esa carne anciana; ansiaba tapar con su mano esa boca vieja.

Cuando ella llegó a su edificio de departamentos, construido al parecer de deteriorada pizarra, como todo lo de ese decrépito sector de la ciudad, y flanqueado por unas palmeras maltrechas, el individuo se detuvo vacilante al tiempo que la miraba cruzar el angosto patio de baldosas y subir los polvorientos escalones de cemento verde. Reparó en el número de su puerta en el instante en que ella le quitaba la llave, o mejor dicho siguió avanzando con andar pesado hasta el sitio mismo; luego volvió a apretarse contra la pared, soñando concretamente con matarla dentro de un dormitorio vacío y sin rasgos particulares, apenas un manchón de luz y color.

¡Oh, mírenlo apoyado contra esa pared como si lo hubieran acuchillado, con la cabeza colgándole a un costado! Imposible interesarse por él. ¡Por qué no lo mataré ya mismo!

Pero los minutos seguían pasando, y la noche perdió su incandescencia crepuscular. Las estrellas se volvieron más brillantes aún. La brisa iba y venía.

Esperemos.

A través de los ojos femeninos vi su sala como si realmente pudiera atravesar pisos y paredes con mi vista: limpia, aunque con muebles viejos de horrible enchapado, vencidos, que poco le importaban. Todo estaba lustrado con un líquido aromático de su preferencia. La luz de neón traspasaba las cortinas de dacron, triste e insípida como el patio de abajo. Pero estaba el resplandor reconfortante de las lámparas pequeñas y bien ubicadas. Eso era lo que le importaba.

En un sillón hamaca de madera noble y horrible tapizado a cuadros escoceses, se sentó; serena, figura diminuta pero señorial, con la novela abierta ya en la mano. Qué placer encontrarse de nuevo con Francie Nolan. Sus rodillas flacas apenas sí quedaban ocultas bajo el batón floreado que había sacado del placard, y se había puesto las chinelas azules que parecían medias en sus piececillos deformes. El pelo largo, canoso, lo había peinado en una sola trenza gruesa y elegante.

En la pantalla de su pequeño televisor en blanco y negro, artistas de cine ya muertos discutían sin emitir sonido. Joan Fontaine cree que Cary Grant está por matarla. Y a juzgar por el rostro de Grant, a mí me dio la mismísima impresión. ¿Cómo puede nadie confiar en Cary Grant —me pregunté—, un hombre que parece hecho de madera?

Ella no necesitaba oír las voces pues ya había visto la película unas trece veces, según calculaba. La novela que tenía en la falda la había leído tan sólo dos, por lo cual iba a ser un placer especial volver a tomar contacto con esos párrafos que aún no sabía de memoria.

Desde las sombras del jardín de abajo percibí el concepto que tenía ella de sí misma, cómo se aceptaba sin dramas, sin apegarse al mal gusto que la rodeaba. Sus pocos tesoros cabían en cualquier mueble. El libro y la pantalla iluminada eran más importantes que cualquier otra cosa que poseyera, y bien sabía ella de la espiritualidad que los animaba. Hasta el color de su ropa funcional y sin estilo era algo por lo que no valía la pena preocuparse.

Mi asesino vagabundo estaba al borde de la parálisis, su mente poblada de momentos tan personales que desafiaban toda interpretación.

Di la vuelta al edificio y encontré la escalerita que subía hasta la cocina de la mujer. La cerradura cedió fácilmente cuando se lo ordené, y la puerta se abrió como si yo la hubiera tocado, cosa que no hice.

Sin perder un segundo me introduje en la minúscula habitación con pisos de enchapado plástico. El hedor que salía de la cocinita blanca me resultaba nauseabundo, lo mismo que el olor del jabón en su pegajosa jabonera de cerámica. Pero todo el ambiente me emocionó en el acto. Hermosa vajilla de porcelana china azul y blanca, muy prolijamente ordenada, con los platos a la vista. Oh, los libros de cocina con las puntas dobladas por el uso. Y qué inmaculada la mesa con su hule de amarillo puro, y la hiedra que, en un bol redondo de agua limpia, proyectaba contra el techo un único y trémulo círculo de luz.

Pero lo que llenó mi mente cuando, ahí parado, cerré la puerta empujándola con los dedos, fue notar que ella no temía la muerte mientras leía su novela de Betty Smith echando de tanto en tanto un vistazo a la pantalla. No tenía antena interior con la cual captar la presencia del asesino que, presa de locura, se encontraba en la calle adyacente, ni la del monstruo que en esos momentos deambulaba por su cocina.

Tan absorto estaba el asesino en sus alucinaciones, que no veía a quienes pasaban a su lado. No vio el patrullero policial que rondaba, ni las miradas suspicaces y deliberadamente amenazadoras de los mortales uniformados que sabían de su existencia y que esa noche iba a atacar, pero no su nombre.

Un hilo de saliva le corrió por el mentón sin afeitar. Nada era real para él —la vida que llevaba de día, como tampoco el miedo a que lo descubrieran—; sólo el estremecimiento eléctrico que tales alucinaciones producían en su torso voluminoso, en sus brazos y piernas torpes. De pronto, la mano izquierda le tembló. Además tenía algo en el costado izquierdo de la boca.

¡Cómo lo odié! No quería beber su sangre. No era un asesino con clase. Lo que me enloquecía era la sangre de ella.

Qué pensativa la noté en su callada soledad; qué diminuta, qué satisfecha mientras, con una concentración pura como un haz de luz, leía los párrafos de esa historia que tan bien conocía. Se estaba remontando a la época en que había leído ese libro por primera vez, en un atestado bar de la avenida Lexington, en Nueva York, cuando era una hermosa secretaria de elegante falda roja y camisa blanca con volados y botoncitos de perlas en los puños. Trabajaba en una torre de oficinas, un edificio distinguidísimo, de recargadas puertas de bronce en los ascensores y pisos de mármol amarillo oscuro en los pasillos.

Me dieron ganas de besar sus remembranzas, el recordado sonido de sus tacos altos cuando golpeteaban contra el mármol, la imagen de su tersa pantorrilla bajo la seda de la media en el momento en que se la calzaba con tanto esmero para no correrla con sus largas uñas, pintadas. Por un instante, vi su pelo rojizo. Vi también su sombrero de ala amarilla, extravagante y potencialmente horrible, aunque encantador.

Esa es sangre que vale la pena reservar. Y me moría de hambre como nunca, en estas últimas décadas. Me había costado un enorme esfuerzo mantener ese ayuno cuaresmal fuera de temporada. Dios mío, ¡cómo ansiaba matarla!

Abajo, en la calle, un ruido a borbotón partió de los labios del asesino estúpido, obtuso, y se abrió paso entre el rumoroso torrente de otros ruidos que llegaban a mis oídos vampíricos.

Por último, la bestia se alejó de la pared a los tumbos. En un momento dado, se inclinó y pareció que iba a caer despatarrado, pero luego avanzó lentamente hacia nosotros, cruzó el patiecito y subió la escalera.

¿Voy a permitir que la asuste? No le veo sentido. ¿Acaso no lo tengo en mi mira? Sin embargo, dejé que introdujera su pequeña herramienta de metal en el orificio redondo del picaporte, le di tiempo para forzar la cerradura. La cadena se desprendió de la madera podrida.

Entró en la habitación y clavó en la mujer su mirada inexpresiva. Aterrada, ella se echó hacia atrás en su sillón, al tiempo que el libro se le caía de la falda.

Ah, pero en ese momento él me vio a mí en la puerta de la cocina, la tenebrosa silueta de un hombre joven vestido de pana gris, con los anteojos levantados, calzados sobre la frente. Yo lo observaba con rostro tan inexpresivo como el suyo. ¿Alcanzó a ver mis ojos iridiscentes, esta piel que parece reluciente marfil y pelo semejante a una sorda explosión de luz blanca?

¿O acaso, desperdiciada toda mi belleza, no fui nada más que un obstáculo entre él y su siniestro objetivo?

Huyó como un tiro. Ya había bajado las escaleras cuando la anciana, profiriendo un grito, se precipitó a cerrar con un golpe la puerta de madera.

Salí a perseguirlo sin preocuparme por tocar tierra firme, pero cuando dio vuelta la esquina dejé que me viera un instante posado bajo un farol de la calle. Tras andar una media cuadra floté hacia él —un borrón para los mortales—, pero no se tomó el trabajo de advertirlo. Entonces me plantifiqué a su lado y oí que lanzaba un gemido en el instante en que echaba a correr.

Seguimos durante varias cuadras con el mismo jueguito. Él corría, se detenía, veía que me tenía detrás. El cuerpo le transpiraba. De hecho, la fina tela sintética de su camisa pronto quedó transparente de sudor y se le pegaba a la carne suave y lampiña del pecho.

Por último, llegó a su decrépito hotel y subió a grandes trancos la escalera. Yo me encontraba en la habitación pequeña del piso superior, cuando él entró. Sin darle tiempo a gritar, lo tomé en mis brazos. El hedor de su pelo sucio entró por mi nariz mezclado con el olor ácido de las fibras químicas de la camisa. Pero ya no me importaba. Lo sentía robusto y tibio en mis brazos, un jugoso capón. Su pecho se hinchaba contra mí; el olor de su sangre inundaba mi cerebro. Sentí cómo palpitaba al recorrer ventrículos, válvulas y vasos penosamente estrechados. La lamí en la carne tierna bajo sus ojos.

Su corazón a punto de estallar, latía trabajosamente. Cuidado, con cuidado para no reventarlo. Dejé que mis dientes se clavaran en la piel húmeda de su cuello. Hmmm. Mi hermano, mi pobre hermano atontado. Pero me resultó sabroso, suculento.

La fuente se abrió; la vida de ese hombre era una cloaca. Todas esas ancianas, esos ancianos. Cadáveres que flotaban en la corriente y chocaron unos contra otros sin sentido en el instante en que él quedó fláccido en mis brazos. No fue divertido. Demasiado fácil. Sin sagacidad, sin malevolencia. Tosco como lagarto me pareció ese hombre, tragando mosca tras mosca. Dios santo, conocer esto es conocer la época en que los reptiles gigantes dominaban la tierra y, durante un millón de años, sólo sus ojos amarillos contemplaron la lluvia o el sol naciente.

No importa. Lo solté y él dio unos tumbos en silencio. Yo nadaba en su sangre de mamífero. Bastante buena. Cerré los ojos y dejé que el líquido caliente penetrara en mi intestino, o lo que sea que haya ahora en este cuerpo blanco y fuerte. ¡Tan exquisitamente torpe! Qué fácil levantarlo del revoltijo de diarios, mientras el pocillo volteado chorreaba su café frío sobre la alfombra de polvoriento color.

Le di un sacudón hacia atrás, tironeándolo del cuello de la camisa. Sus ojos grandes y vacíos se pusieron blancos. Luego, ese matón, ese asesino de viejos y débiles, me tiró ciegamente una patada y su zapato rozó mi pantorrilla. Lo levanté, y lo acerqué de nuevo a mi boca hambrienta, le pasé los dedos por el pelo y lo sentí ponerse rígido como si mis colmillos se hubieran hundido en veneno.

Una vez más, la sangre inundó mi cerebro. Sentí cómo electrizaba las venitas de mi cara. La sentí latir hasta dentro de mis dedos, y una picazón caliente me corrió por la columna. Succioné una y otra vez. Criatura pesada, sustanciosa. Luego volví a soltarlo y, cuando se alejó a los tumbos, fui tras él, lo arrastré por el piso, le di vuelta el rostro hacia mí, lo arrojé hacia adelante, dejé que volviera a forcejear.

Me estaba hablando en algo que debía de ser lenguaje pero no lo era. Trató de empujarme, mas ya no podía ver bien. Y por primera vez lo noté imbuido de una trágica dignidad, de una vaga expresión de furia, ciego como estaba. Me sentí embellecido, envuelto en viejos relatos, en recuerdos de estatuas de yeso y santos anónimos. Sus dedos quisieron clavarse en el empeine de mi zapato. Lo levanté y, cuando esta vez le desgarré el cuello, la herida fue demasiado grande. Ya estaba terminado.

La muerte llegó como una trompada en las vísceras. Sentí náuseas un instante y luego, sencillamente, el calor, la abundancia, el brillo puro de la sangre viviente, con esa última vibración de conciencia que latía en todas mis extremidades.

Me desplomé sobre su cama inmunda. No sé cuánto tiempo estuve ahí tendido.

Clavé la mirada en el techo bajo. Después, cuando me rodearon los olores agrios y mohosos de la habitación, más el hedor de su cuerpo, me levanté y salí tambaleándome, una silueta desgarbada como ciertamente había sido él, estupidizándome en esos gestos mortales, en la furia y el odio, en el silencio, porque no quería ser el ingrávido, el alado, el viajero de la noche. Quería ser humano, sentirme humano, y su sangre me recorría entero. Y nada era suficiente. ¡Ni por asomo!

¿Dónde quedaron todas mis promesas? Las palmeras maltrechas se sacuden contra las paredes de estuco.

—Ah, veo que está de vuelta —me dijo ella.

Qué voz profunda, fuerte, sin vacilaciones, tenía. Se hallaba de pie ante el feo sillón hamaca a cuadros, con sus gastados apoyabrazos, observándome tras unos anteojos con marco de metal, sosteniendo aún la novela en su mano. Su boca era pequeña, informe, y dejaba entrever dientes amarillentos, horrible contraste con la misteriosa personalidad de su voz, que no conocía endeblez alguna.

Por el amor de Dios, ¿en qué pensaba al sonreírme? ¿Por qué no se pone a rezar?

—Sabía que iba a venir. —Se quitó las gafas y vi sus ojos vidriosos. ¿Qué estaba viendo? ¿Qué le hacía ver yo? Y yo, que sé manejar a la perfección todos esos elementos, quedé tan desconcertado que me dieron ganas de llorar. —Sí, lo sabía.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo supo? —susurré al tiempo que me acercaba, disfrutando la estrechez de la pequeña habitación.

Extendí mis brazos con estos dedos monstruosos, demasiado blancos para ser humanos pero fuertes como para arrancarle la cabeza, y tanteé su garganta diminuta. Olor a perfume Chantilly... o algún otro aroma de farmacia.

—Sí —dijo en tono ligero pero decidido—. Lo supe en todo momento.

—Bésame, entonces. Ámame.

Qué apasionada era, y qué minúsculos sus hombros, qué espléndidos en ese angostamiento final, flor de tonos amarillentos pero llena de fragancia aún, venas de un azul claro bajo su piel fláccida, párpados perfectamente moldeados a sus ojos cuando los cerró, piel que se deslizaba sobre los huesos de su cráneo.

—Llévame al cielo —dijo. Del corazón, le salió la voz.

—No puedo. Ojalá pudiera —le ronroneaba yo en el oído.

La estreché en mis brazos. Froté la nariz contra el nido suave de su pelo canoso. Sentí en el rostro sus dedos como hojas secas, y un estremecimiento frío me recorrió. Ella también temblaba. ¡Ah, cosita tierna y gastada; ah, criatura reducida a pensamiento y voluntad con un cuerpo insustancial como frágil llama! Sólo un "traguito", Lestat, nada más.

Pero era demasiado tarde y lo supe cuando el primer borbotón chocó contra mi lengua. La estaba desangrando. Seguramente mis gemidos la habían asustado, pero ya no podía oír... Una vez que esto empieza, ellos nunca oyen los sonidos verdaderos.

Perdóname.

¡Oh, querida!

Estábamos cayendo juntos sobre la alfombra, amantes en un parche de flores descoloridas. Vi allí el libro caído, y el dibujo de la tapa, pero todo me pareció irreal. La abracé con mucho cuidado, por miedo a que se quebrara. Pero me sentía como una cáscara vacía. La muerte llegaba deprisa, como si la viejecita misma viniera caminando hacia mí por un pasillo ancho, en algún lugar sumamente particular y elegantísimo de Nueva York; incluso aquí arriba se alcanza a oír el tránsito, y el ruido sordo de alguna puerta que se cierra de golpe en la escalera, al final del pasillo.

—Buenas noches, querido —murmuró ella.

¿Estoy oyendo cosas? ¿Cómo podía aún articular palabras?

Te quiero.

—Yo también te quiero, mi amor.

Ella estaba parada en el vestíbulo. Su pelo era rojizo y sus bonitos rulos le caían hasta los hombros. Sonreía. Sus tacos eran los que habían hecho ese ruido seco y tentador sobre el mármol, pero ahora, mientras los pliegues de su falda de lana aún se movían, sólo había silencio. Me miraba con una expresión muy extraña e inteligente. Levantó un revólver pequeño y me apuntó.

¿Qué diablos haces?

Está muerta. El disparo fue tan fuerte que en un determinado momento no pude oír nada más que un zumbido. Me hallaba tendido en el piso con la mirada inexpresiva clavada en el techo, sintiendo olor a pólvora en un pasillo de Nueva York.

Pero estábamos en Miami. El reloj de la anciana hacía tictac sobre la mesa. Desde el recalentado corazón del televisor me llegó la vocecita de Cary Grana confesándole a Joan Fontaine que la amaba. Y Joan Fontaine se ponía tan contenta... porque antes había creído que pensaba matarla.

Yo también.


SOUTH BEACH. Nuevamente recorrí la franja de neón, sólo que esta vez me alejé de las calles concurridas y llegué hasta la arena, hasta el mar.

Y así seguí hasta que ya no hubo nadie cerca, ni siquiera los que van a pasear a la playa o los nadadores noctámbulos. Sólo la arena, donde la brisa ya había limpiado todas las pisadas del día y el gran mar nocturno color gris, que vomitaba su oleaje interminable sobre la paciente costa. Qué altos los cielos visibles, cuán llenos de nubes veloces y estrellas lejanas, recatadas.

¿Qué había hecho yo? Había matado a la víctima del asesino; había quitado la vida a la persona que debía salvar. Volví donde ella estaba, me acosté con ella, la tomé, y ella disparó el tiro invisible demasiado tarde.

Y de nuevo me acometía la sed.

Más tarde, la tendí en su cama prolija, sobre el acolchado de nylon; plegué sus brazos y le cerré los ojos.

Dios mío, ayúdame. ¿Dónde están mis santos anónimos? ¿Dónde están los ángeles con sus alas de plumas para transportarme al infierno? Cuando efectivamente vienen, ¿son ellos lo último que uno ve? Cuando nos sumergimos en el lago de fuego, ¿todavía podemos verlos ascender al cielo? ¿Se puede pretender una última visión de sus trompetas de oro, de sus rostros que miran hacia arriba y reflejan el brillo del rostro de Dios?

¿Qué sé yo del cielo?

Largo rato permanecí allí, contemplando el lejano paisaje nocturno de nubes puras; luego, de nuevo las luces de los hoteles flamantes, los destellos de faros de autos.

Parado en la acera remota, un mortal solitario miraba en dirección a mí; pero quizá no advirtió mi presencia, figura minúscula al borde del inmenso mar. A lo mejor sólo miraba hacia el mar tal como lo había hecho yo, como si la costa fuera milagrosa, como si el agua pudiera purificar nuestras almas.

Hubo una época en que el mundo era sólo mar. ¡Cien millones de años, llovió! Pero ahora el cosmos está infestado de monstruos.

Seguía estando allí el mortal solitario que miraba. Y poco a poco fui tomando conciencia de que, desde el otro extremo de la playa vacía y su tenue oscuridad, sus ojos se clavaban con fijeza en los míos. Sí, me miraba.

No lo pensé conscientemente; o sea que lo miraba sólo porque no me tomaba el trabajo de darme vuelta hacia otro lado. Pero luego experimenté una sensación extraña, desconocida hasta ese momento.

Cuando comenzó, sentí un leve vahído, seguido de un hormigueo que me cruzaba el tronco y, luego, las extremidades. Tuve la impresión de que las piernas se me volvían más estrechas, más angostas, que lentamente iban presionando su sustancia interior. De hecho, fue muy vivida la sensación de que las piernas me apretaban y podían terminar saliéndoseme. Y eso me maravilló; le encontré algo en cierto modo fascinante, máxime para un ser tan frío e indiferente a toda sensación como soy yo. Me resultó irresistible, tal como me es irresistible beber sangre, si bien no era algo tan visceral.

Además, no bien lo analicé noté que ya se me había ido.

Me estremecí. ¿Habría sido todo producto de mi imaginación? Seguía contemplando al distante mortal, un pobre tipo que me devolvía la mirada sin sospechar siquiera quién ni qué era yo.

Había una sonrisa en su cara joven, insegura y llena de insensata perplejidad. Y poco a poco fui dándome cuenta de que ya había visto antes ese rostro. Pero me sorprendió advertir que él me reconocía, como también su extraña actitud de expectativa. De pronto levantó la mano derecha y me hizo señas.

Desconcertante.

Pero yo conocía a ese mortal. No, más preciso sería decir que más de una vez lo había vislumbrado. Luego, con total nitidez, me vinieron los únicos recuerdos ciertos.

En Venecia, revoloteando por el borde de la plaza San Marcos, y meses después en Hong Kong, cerca del mercado nocturno. Y en ambas oportunidades yo había reparado expresamente en él porque antes él había reparado en mí. Sí, ahí estaba el mismo cuerpo alto, fornido, el pelo castaño igual de grueso y ondulado.

No era posible. ¿O tendría que decir probable? ¡Porque allí estaba!

Una vez más hizo ademán de saludarme y luego, muy deprisa, torpemente, vino corriendo hacia mí. Se me acercaba cada vez más con su andar desgarbado, mientras yo lo miraba con obstinado asombro.

Le leí la mente. Nada. Trabada por completo. Sólo su rostro sonriente se volvía cada vez más claro, puesto que iba entrando en el resplandor luminoso del mar. El aroma de su pelo y el de su sangre me inundaron. Sí, estaba aterrorizado, y al mismo tiempo con una enorme excitación. Muy tentador me resultó de pronto... otra víctima que casi se arrojaba ella sola en mis brazos.

Brillaban sus grandes ojos pardos. Y qué dientes brillantes, también.

Se detuvo un metro antes de llegar, con el corazón que le latía desordenadamente, y me tendió un sobre grueso y arrugado con su mano temblorosa.

Yo seguí mirándolo sin transmitir nada, ni orgullo herido ni respeto por la increíble hazaña de que me hubiera encontrado ahí, de que tuviera el coraje. Confieso que, a esa altura, ya tenía hambre de nuevo como para alzarlo en el acto y volver a alimentarme sin pensarlo dos veces. Ya no razonaba más. Sólo veía sangre.

Como si se hubiera percatado, como si lo hubiera percibido con toda claridad, se puso tieso, me lanzó una mirada de indignación, arrojó el sobre a mis pies y huyó a los brincos por la arena suelta. Daba la impresión de que las piernas podían caérsele, y de hecho casi se desploma en el momento en que giró sobre sus talones y echó a correr.

La sed se me aplacó un tanto. Tal vez yo no razonaba, pero titubeé, y para eso hace falta pensar. ¿Quién era ese hijo de puta audaz?

Procuré leerle de nuevo la mente, sin éxito. Muy raro, en verdad. Pero hay mortales que se ocultan naturalmente, aunque no tengan la menor sospecha de que pueda haber otro espiándoles los pensamientos.

Siguió corriendo con desesperación, de manera poco agraciada, y desapareció en la penumbra de una calle lateral, siempre alejándose de mí.

Pasaron unos instantes.

Ya no podía captar más su aroma; salvo el del sobre, que había quedado donde él lo tiró.

¿Qué podía significar ese episodio? Él sabía con certeza quién era yo, sin lugar a dudas. Lo de Venecia y lo de Hong Kong no había sido coincidencia y me lo demostraba al menos con su repentino temor. Pero tuve que sonreír al pensar en su valentía. Qué increíble, ponerse a seguir a alguien como yo.

¿Se trataba de algún fanático enajenado, que venía a golpear las puertas del templo en la esperanza de que yo le diera la Sangre Misteriosa sólo por compasión o como premio por su temeridad? Todo eso me produjo una repentina sensación de enojo, pero luego ya no me importó.

Al recoger el sobre noté que venía en blanco y sin cerrar. Adentro encontré, aunque parezca mentira, un cuento corto, tal vez recortado de un libro en edición rústica.

Eran varias hojas abrochadas en el ángulo superior izquierdo, y no traían ni una notita personal. El autor del cuento era un ser encantador de nombre Howard P. Lovecraft a quien yo conocía muy bien, escritor de textos sobrenaturales y macabros. Más aún, conocía también el cuento y nunca podría olvidar su título: "The Thing on the Doorstep". Me dieron ganas de reír.

"The Thing on the Doorstep". Sonreí. Sí, recordaba aquella trama ingeniosa, divertida.

Pero, ¿por qué ese extraño mortal me daba semejante cuento? Ridículo. Entonces volví a enojarme, o al menos a enojarme todo lo que me lo permitió la tristeza.

Guardé con gesto distraído el sobre en el bolsillo y me quedé pensando. Sí, el tipo decididamente se había ido. Ya ni siquiera podía recoger una imagen suya tomándola de otra persona.


Ah, qué pena que no hubiera venido a tentarme alguna otra noche en que no tuviera el alma fatigada, en que pudiera haberle demostrado algo de interés, tanto como para poder averiguar qué había detrás de todo eso.

Pero ya tenía la impresión de que habían transcurrido eones desde que él llegó y se fue. La noche estaba vacía, salvo por el rugido de la gran ciudad y el estrépito apagado del mar. Hasta las nubes habían raleado y desaparecido. El cielo parecía infinito e inquietantemente sereno.

Levanté mis ojos hacia las duras estrellas brillantes y dejé que el ruido sordo del oleaje me envolviera. Dirigí una última mirada de desconsuelo en dirección a las luces de Miami, la ciudad que tanto amaba.

Luego me elevé, con la misma sencillez con que ascienden los pensamientos, tan deprisa que ningún mortal pudo haber visto esa figura que subía cada vez más alto, que atravesaba el viento ensordecedor, hasta que la gran extensión de la ciudad fue sólo una galaxia distante que lentamente desapareció de la vista.

Qué frío era ese viento alto que no conoce de estaciones... En mi interior, la sangre ya estaba deglutida como si nunca hubiera existido su dulce tibieza, y pronto manos y cara quedaron enfundados en un frío sólido. Y esa funda se internó bajo mi atuendo frágil hasta cubrir toda mi piel.

Pero no me hacía doler. O digamos que no me causaba demasiado dolor.

Mejor dicho, que anuló toda sensación de comodidad. Era algo lúgubre, deprimente, la ausencia de todo lo que hace valiosa la existencia: las llamaradas de tibieza de fuegos y caricias, de besos y peleas, de amor y ansias de sangre.

Oh, los dioses aztecas tienen que haber sido voraces vampiros, para poder convencer a los pobres diablos humanos de que el universo habría de terminar si no corría sangre. Me imagino a mí mismo dirigiéndolo todo desde uno de esos altares, haciendo chasquear los dedos para que me trajeran otro, y otro más, apretando esos corazones chorreantes de sangre fresca y llevándomelos a los labios como racimos de uvas.

Giré, di vueltas con el viento, descendí uno que otro metro, luego volví a ascender. Jugaba a estirar los brazos, después los dejaba caer a los costados. Me puse boca arriba como un nadador seguro y volví a contemplar las estrellas ciegas e indiferentes.

Utilizando sólo el pensamiento me impulsé hacia el este. La noche aún se extendía sobre la ciudad de Londres, si bien los relojes marcaban ya el inicio del amanecer. Londres.

Había tiempo para despedirme de David Talbot, mi amigo mortal.

Varios meses habían pasado desde nuestro último encuentro en Amsterdam y yo me había marchado con actitud algo grosera, avergonzado por eso y por causarle tantas molestias. Desde entonces, lo espié, pero no lo estorbé. Y sabía que ahora debía ir a verlo cualquiera fuese mi estado de ánimo. Sin lugar a dudas él querría que yo fuera. Era lo que correspondía, lo más adecuado.

Pensé un momento en mi amado Louis. Seguramente se encontraba en su ruinosa casita con jardín de Nueva Orleáns, leyendo a la luz de la luna como hacía siempre, o rindiéndose a una titilante vela si la noche era oscura y nublada. Pero ya era demasiado tarde para despedirme de él... Si algún ser de los nuestros lo podía entender, era Louis, me dije. Aunque quizá lo contrario estuviera más cerca de la verdad...

Hacia Londres me dirigí.


Tags: cuentos

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6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

charami

charami dijo

QUE HISTORIA DEVERDAD IMPACTANTE Y MUY MISTERIOSA Y BUENA ADEMAS YA ME HACIA FALTA LEER ALGO DE GOTICO BUENO MUY LINDO ESCRITO ESPERO SIGAS PUBLICANDO ESTA MUY BUENO TE IMPACTA NO HE DESIRTE QUE HUBO OCACIONES EN LAS QUE ME DIO MELLITO JEJE :) PERO ESTA BUENA ..... SI ME UBIERA PASADO A MI SEGURO ME MUERO DESDE MIS SUEÑOS..... JEJEJE...... BUENO SALUDOS Y QUE ESTES BIEN!!!!!!!!!

19 Abril 2007 | 01:54 AM

oncedeenero

oncedeenero dijo

Ay.... es la primera vez que un vampiro me despierta ternura.... No deja de ser romántico, tan detallista, tan auto-culpable... Vampiromayor... me encantóooooooooooooo

Besitos...(anque no flores [ya sabemos que a los vampis no les gustan las flores])

20 Abril 2007 | 04:07 AM

bree

bree dijo

Me encantaría conocer Miami...y ya que vas hacia Londres...pues podrías pasarte por España...
Me gusta la historía...escribes muy bien...mi queridísimo Luis Felipe...
Besitos vampíricos...

20 Abril 2007 | 12:36 PM

mcmahon

mcmahon dijo

Munchisimas gracias por subirme la moral y la autoestima. Creo que es una pena que te cierren un blog. Si me cerraran el mio me sentiria fatal.
tu tanbien escribes muy bien me encanta tu manera de describir los sitios.
Miami tiene que ser preciosa en españa tenemos una pero seguro que la tuja esta mas bien.
Saludos te segire legendo y gracias.

20 Abril 2007 | 06:30 PM

loboazul

loboazul dijo

Hola amigo, aquí estoy devolviendo la visita, esta interesantisimo tu blog
sobre tus sugerencias gracias, no entendí bien lo del embed, pero ajuste el vídeo y quedo barbaro, sobre el fondo te doy la luz, como decimos en el terruño http://www.freecodesource.com/ , en layouts te dan los códigos gratis, escoge el que te guste y pegalo en "sobre mi", lo que si te van a poner la publicidad donde les plasca, pero vale la pena, tratare de mejorar el color de las letras, gracias y te sigo visitando

24 Abril 2007 | 06:53 PM

loboazul

loboazul dijo

Gracias nuevamente, como veras ya cambie el fondo de mi blog, de todas formas toda sugerencia es bienvenida con agrado.

Te he estado leyendo, me gusta la técnica descriptiva que empleas, yo por lo general escribo historias cortas basadas en la ficción, con alguna enseñanza de fondo o jugando a provocar emociones encontradas, eso si antes de publicar en cualquier pagina, inscribo todo en Derecho de Autor, es aconsejable y tu trabajo es bien bueno.

De Paisano a Paisano, cuida tu trabajo, un abrazo.

GLP.

27 Abril 2007 | 09:18 AM

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