EL CUERPO Y LA SANGRE.
El cuerpo y la sangre son las dos especies en las que en la liturgia católica es encarnado Dios. A través de ella, el pan y el vino se hacen cuerpo, y a la vez esta materia transustanciada se hace cuerpo divino. La idea de transustanciación asociada a una presencia corporal de lo divino aparece también en otras religiones. Así, en el contexto del consumo ritual (sacramental) de hongos alucinógenos en Mesoamérica se llama a estos “carne de los dioses”(teonanácatl))
Quizá en estricto rigor habría que decir “la carne y la sangre”, para no excluir a esta última de la corporalidad. Sin embargo, no faltan razones simbólicas, y tal vez teológicas, para considerar a la sangre como algo más que mera corporeidad. Así, en las religiones semíticas existe la prohibición de consumir la sangre junto a la carne, prescribiéndose el desangrado de los animales destinados a la alimentación humana. “ ...Por eso mando a los israelitas: no comeréis la sangre de ninguna carne, pues la vida de toda carne es su sangre...” (Levítico, 17, 14) )
En su trabajo sobre la novela “Drácula” , de Bram Stoker, Mihai Marinescu dice que “ si beber la sangre de Jesús es vivir en Él, beber la sangre de Drácula es morir con él. Por la Eucaristía el hombre vive y resurge en Cristo, mientras que por la sangre el vampiro asegura su perpetuidad en la muerte ” (1) Debe tomarse en cuenta que esta afirmación de Marinescu se realiza en el contexto de una visión general sobre la novela de Stoker en la cual ésta es leída o interpretada en su conjunto como una inversión de símbolos tradicionales, varios de ellos presentes en el folklore rumano. Desde luego, el tema de la sangre es relevante como pocos en el texto del escritor irlandés. Por lo demás, no me parece descabellado pensar que el propio Stoker hubiese suscrito esta visión del vampirismo en tanto inversión, puesto que él mismo parece manifestarla en sus propios términos. “...un nuevo orden de la vida, cuya senda debe conducir a la Muerte, no a la Vida “ .(2) Así se refiere, por ejemplo, al conato de expansión vampírica llevada a cabo por el conde Drácula en Inglaterra. Lo que este pretende establecer es un contraorden. Una vez más, una inversión. O, como dice Marinescu, una parodia.
En tanto parodia paradójica del orden de la vida, el vampirismo, en especial aquel que se pone en escena en la novela de Stoker, parece subvertir e invertir el simbolismo teológico asociado a la sangre vivificante.
El cuerpo humano, en tanto privilegiada creación divina, es sujeto de una larga tradición teológica que se remonta al relato bíblico del Génesis, en el cual es formado del barro de la tierra e insuflado de vida por el soplo de Dios mismo, y se continúa en el Nuevo Testamento por vía de la encarnación y el sacrificio del Hijo, que así es llamado el Hijo del Hombre.
El cuerpo es definido teológicamente como “templo del Espíritu Santo”, y su carácter sacro se confirma al ser elegido como morada temporal y terrena de Dios mismo en la encarnación.
De aquí que se pueda considerar la fábula del “Frankenstein” de Mary Shelley como relato de una parodia de la creación. La criatura manufacturada por el doctor Víctor Frankenstein se constituiría como simulacro de Adán.
Víctor Frankenstein, que no es Dios, actúa entonces como “mono de Dios”. Su creación es parodia en el orden de la naturaleza, así como en el “Drácula” de Stoker se constituye una parodia de lo sobrenatural. Lo parodiado en “Frankenstein” es la mortalidad, al ser manufacturada la carne mortal. En “Drácula” es la inmortalidad, y el objeto y a la vez vehículo de la parodia es la sangre vivificante.
La existencia mortal lamentable del monstruo de Frankenstein (lamentada en primer lugar por él mismo) encuentra su eco en la inmortalidad lamentable del vampiro, parodia de la vida eterna.
El materialismo explícito de la novela de Mary Shelley (que ha hecho que un escritor de “ficción científica” como Brian W. Aldiss la considere la “opera prima” de la ciencia ficción) sitúa a la criatura como monstruo de la modernidad, como ícono de la desacralización del cuerpo, que no es mas “cuerpo de Dios”, sino mera agregación de partes.
El sobrenaturalismo de “Drácula” es, por el contrario, “ no el triunfo de la materia o de la carne, sino el reverso del espíritu”, como podríamos decir parafraseando a Henri Michaux.
Los curiosos filmes de bajo presupuesto “Blood for Dracula” y “Flesh for Frankenstein ”, de Morrisey y Margheritti en dirección conjunta, parecen dar(se) cuenta, en estos títulos, que el tema de Drácula es la sangre, y la carne el del doctor y su criatura.
Si Drácula, como dice Rosemary Jackson, “ es una ausencia presente, una sustancia irreal ” (3), el monstruo de Frankenstein, por el contrario, es demasiado presente, si por presente se ha de entender lo material. En este sentido, su presencia es asimilable a la del cadáver, al que Fernando Savater llama “el bulto de la muerte” en un artículo sobre Poe. (4) Dicha presencia no es, en rigor, fantástica, ya que no califica como escándalo en las coordenadas del mundo que nos sustenta. Sólo que la misma entronización del modelo de materialismo post-cartesiano, del cual somos herederos y del que la historia de “Frankenstein” es un emblema, es (d)enunciada, desde la obra de Mary Shelley, como irrupción fantástica en el imperio de un cosmos que aún reservaba su lugar al espíritu.











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