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La Coctelera

Categoría: Lestat

Lestat XXXI

Me encontraba sentado en la catedral a oscuras. Aunque la habían cerrado horas antes, pude entrar subrepticiamente por uno de los accesos del frente y anulé las alarmas. Además, dejé la puerta abierta para él.

Cinco noches habían pasado desde mi regreso. El trabajo avanzaba estupendamente en el departamento de la calle Royale y él por supuesto lo sabía, ya que lo había visto parado en el porche de enfrente, mirando hacia arriba; por eso me asomé al balcón apenas un instante, un tiempo que al ojo mortal no le alcanzaba para ver.

Puede decirse que estábamos jugando al gato y el ratón.

Hoy a la noche dejé que me viera cerca del antiguo mercado francés. Y qué susto se llevó al posar sus ojos en mí, al ver a Mojo y comprobar, por el guiño que le hice, que realmente era Lestat a quien veía.

¿Qué pensó en ese instante? ¿Que era Raglan James dentro de mi cuerpo que había venido a aniquilarlo? ¿Que James se estaba haciendo una casa en la calle Royale? No: desde el primer momento supo que era Lestat.

Luego me encaminé lentamente hacia la iglesia, con Mojo siempre a mi lado. Mojo, mi cable a tierra.

Yo quería que me siguiera, pero no iba a darme vuelta para comprobar si venía o no.

Era una noche tibia. La lluvia de un rato antes había oscurecido las paredes rosadas de las casas del viejo barrio francés, había hecho más intenso el marrón de los ladrillos y dejado una fina y brillante pátina sobre baldosas y adoquines. Una noche perfecta para caminar por Nueva Orleáns. Húmedas y fragantes, las flores relucían tras los tapiales de los jardines.

Pero para volver a encontrarme con él, necesitaba el sosiego de la iglesia en penumbras.

Me temblaban un poco las manos, como me sucedía de tanto en tanto desde que había recuperado mi antigua forma. No había una causa física que lo explicara, sino sólo los accesos de enojo que me acometían, seguidos por períodos de satisfacción, y luego un vacío terrible a mi alrededor; por último recobraba una alegría total, aunque frágil, una suerte de barniz superficial. ¿Podía decir que no conocía el estado real de mi espíritu? Recordé cómo la furia incontrolada me llevó a destrozarle la cabeza al cuerpo de David, y no pude sino estremecerme. ¿Aún me afectaba el miedo?

Hmmm. Mira esos dedos bronceados por el sol, con sus uñas lustrosas. Sentí su temblor cuando apoyé las yemas contra mis labios.

Me hallaba sentado varios bancos más atrás del primero, contemplando las estatuas oscuras, los cuadros, los adornos dorados.

Ya era más de medianoche. El ruido de la calle Bourbon era el mismo de siempre. Cuánta carne mortal por allí. Me había alimentado temprano, y volvería a hacerlo después.

Pero los sonidos de la noche eran sedantes. En las callejuelas del barrio francés, en sus pequeños departamentos, en sus tabernas de clima misterioso, en sus elegantes salones de cóctel y sus restaurantes, mortales felices charlaban y reían, besaban y abrazaban.

Me puse cómodo en el banco y hasta estiré los brazos sobre el respaldo como si se tratara de un banco de plaza. Mojo ya se había echado a dormir por ahí cerca, en el pasillo.

Por qué no puedo ser tú, amigo mío, un ser que parece el mismísimo demonio pero de una gran bondad. Oh, sí, bondad. Bondad fue precisamente lo que capté cuando lo abracé y hundí mi cara en su pelo.

En ese instante sentí que él entraba en la iglesia.

Percibí su presencia aunque no pude leerle el más mínimo pensamiento o sentimiento, ni siquiera logré oír sus pasos. No había oído abrirse ni cerrarse la puerta de la calle pero igualmente supe que estaba ahí. Luego vi una sombra por el rabillo del ojo. Llegó y se sentó a mi lado, aunque a una pequeña distancia.

Largo rato permanecimos callados, hasta que por fin él habló.

—Incendiaste mi casa, ¿verdad? —preguntó con voz vibrante.

—¿Acaso me culpas? —repuse con una sonrisa, sin quitar los ojos del altar—. Además, en el momento en que lo hice yo era humano. Fue una debilidad humana. ¿Quieres venir a vivir conmigo?

—¿Eso significa que me perdonaste?

—No; significa que estoy jugando contigo. Quizás hasta te destruya en castigo. Todavía no lo decidí. ¿No te da miedo?

—No. Si tuvieras intención de eliminarme, ya lo habrías hecho.

—No estés tan seguro. No soy el de siempre, y sin embargo lo soy, y luego vuelvo a no serlo.

Largo silencio, sólo quebrado por la pesada respiración de Mojo, que dormía profundamente.

—Me alegro de verte —dijo—. Sabía que ibas a ganar, pero no sabía cómo.

No le respondí porque de pronto sentí que hervía por dentro. ¿Por qué se usaban mis virtudes y defectos contra mí?

Pero, ¿realmente tenía sentido hacer acusaciones, agarrarlo del cuello y sacudirlo, exigirle respuestas? Tal vez lo mejor era no saber.

—Cuéntame qué pasó, Lestat.

—No lo haré. ¿Además, qué es lo que quieres saber?

Nuestras voces apagadas producían suaves ecos en la nave de la iglesia. La luz titilante de las velas bailoteaba sobre los capiteles dorados de las columnas, sobre los rostros de las estatuas. Ah, cómo me gustaba ese silencio y ese frío. Y desde el fondo de mi corazón debía reconocer que estaba muy contento de que él hubiera venido. A veces el amor y el odio sirven exactamente para el mismo propósito.

Giré y lo miré. Él se había puesto de cara a mí, con una rodilla flexionada sobre el banco y un brazo apoyado en el respaldo. Lo vi blanquecino como siempre, como un brillo sagaz en la penumbra.

—Tenías razón en lo del experimento —dije, creo que con voz firme.

—¿A qué te refieres? —Nada de maldad ni desafío en su tono; sólo el sutil deseo de saber. Y qué reconfortante era ver su cara, sentir el tenue olor a polvo de su ropa gastada, el hálito de lluvia aún fresca adherido a su pelo oscuro.

—A lo que me dijiste, mi viejo y querido amigo : que yo en realidad no deseaba ser humano, que no era más que un sueño asentado en la mentira, en la fatua ilusión, en el orgullo.

—Es que no lo entendía. Tampoco lo entiendo ahora.

—Claro que lo entendiste muy bien; siempre lo has hecho. A lo mejor has vivido lo necesario o quizá hayas sido siempre el más fuerte, pero lo cierto es que lo sabías. Yo no quería la debilidad, las limitaciones, no quería las necesidades repugnantes ni la eterna vulnerabilidad; no quería empaparme de sudor ni morirme de frío. No quería la oscuridad enceguecedora, los ruidos que me impedían oír ni la culminación rápida, frenética, de la pasión erótica. No quería las banalidades, la fealdad. No quería el aislamiento, la fatiga constante.

—Eso me lo explicaste antes. Tiene que haber habido algo... aunque sea pequeño... que te gustara.

—¿Qué supones tú?

—La luz solar.

—Exacto. La luz del sol sobre la nieve, sobre el agua... la luz del sol sobre la cara, sobre las manos, descubriendo los pliegues recónditos del mundo entero como si se tratara de una flor, como si todos formáramos parte de un gran organismo anhelante. La luz del sol sobre la nieve...

Me interrumpí. Lo cierto era que no deseaba decírselo; hasta sentía que me había traicionado a mí mismo.

—Hubo otras cosas —proseguí—. Sí, hubo muchas. Sólo un tonto no las habría notado. Alguna noche, cuando de nuevo nos sintamos cómodos como si nada hubiera pasado, te las contaré.

—Pero no te bastaron.

—No. A mí no.

Silencio.

—Quizás esa parte, la del descubrimiento, haya sido lo mejor. Y el hecho de que ya no vivo engañado... Ahora sé que me encanta ser el pequeño diablo que soy.

Me volví y le obsequié la más hermosa y maligna de mis sonrisas.

Pero él era tan listo que no cayó en la trampa. Lanzó un largo suspiro casi silencioso, entornó un instante los párpados y volvió a mirarme.

—Nadie más que tú podría haber ido allí... y regresado.

Quise decirle que no era cierto, pero ¿Quién se habría lanzado a la aventura con semejante grado de audacia? Y cuanto más lo pensaba, más me percataba de algo que ya debería haber descubierto: que yo sabía el riesgo que iba a correr, pero consideré que era el precio. El ser vil me advirtió que era mentiroso y tramposo. Pero yo igualmente me embarqué porque no vi otro camino.

Sin duda, no era eso lo que quería decir Louis con sus palabras, o quizás, en cierto sentido, sí. Era la verdad más profunda.

—¿Sufriste en mi ausencia? —le pregunté, volviendo a posar mis ojos en el altar.

Con la mayor tranquilidad me contestó:

—Fue un infierno.

No le respondí.

—Sufro cada vez que corres esos riesgos, pero eso es una falla mía.

—¿Por qué me amas? —pregunté.

—Eso lo sabes; siempre lo has sabido. Ojalá pudiera ser como tú, vivir la felicidad que vives constantemente.

—Y el sufrimiento... ¿también quieres vivirlo?

—¿Tu sufrimiento? —Sonrió. —Por cierto. Esa clase de dolor, en cualquier momento.

—Hijo de puta presumido, cínico y mentiroso —murmuré, sintiendo que de repente crecía mi indignación, tanto que hasta me subió la sangre a la cara—. ¡Te necesitaba y me volviste la espalda! Me cerraste la puerta en medio de la noche mortal. ¡Me abandonaste!

Se sobresaltó ante mi apasionamiento. Me sobresalté yo también. Pero fue algo sincero, y una vez más empezaron a temblarme las manos, las mismas manos que se descontrolaron y atacaron al falso David, pese a que pude dominar todo el restante poder letal que llevo dentro.

No pronunció ni una palabra. Su rostro registró esos pequeños cambios que produce el shock: el ínfimo temblor de un párpado, la boca que se estira y luego se afloja, una sutil expresión ácida que se borra no bien aparece. Todo el tiempo me sostuvo la mirada, hasta que lentamente la fue desviando.

—Fue David Talbot, tu amigo mortal, quien te ayudó, ¿verdad?

Le contesté que sí sin palabras.

Pero a la sola mención del nombre fue como si me hubieran tocado los nervios con un alambre caliente. Demasiado sufría ya. No pude hablar más sobre David. Tampoco quería hablar de Gretchen. Y de pronto tomé conciencia de que lo que más quería hacer en la vida era darme vuelta, rodearlo con mis brazos y llorar en su hombro como no lo había hecho nunca.

Qué vergüenza. ¡Qué predecible! Qué insípido. Y qué tierno.

No lo hice.

Permanecimos en silencio. La suave cacofonía de la ciudad subió y cayó tras los vitraux que captaban el brillo tenue de los faroles callejeros. Había vuelto a llover, esa lluvia tibia de Nueva Orleáns que permite seguir caminando tranquilamente como si no fuera más que una bruma.

—Quiero que me perdones, Lestat. Quiero que comprendas que no fue por cobardía, no fue flaqueza. Lo que te dije en aquel momento era cierto: no podía hacerlo. ¡No podía arrastrar a alguien a esta vida! Ni aunque ese alguien fuera un mortal contigo en su interior. Sencillamente no podía.

—Ya lo sé.

Traté de poner punto final al asunto, pero no pude. No se calmaba mi ánimo, mi prodigioso temperamento, el mismo que me había llevado a aplastarle la cabeza a David Talbot contra la pared.

Volvió a hablar:

—Cualquier cosa que me digas, me la merezco.

—¡Oh, más que eso! —exclamé—. Pero lo que quiero saber es esto. —Giré para mirarlo a la cara y hablé apretando los dientes. —¿Te habrías negado eternamente? Si los demás —Marius, o quienquiera que se haya enterado— hubieran destruido mi cuerpo dejándome atrapado dentro de ese físico mortal, y yo te hubiera seguido implorando, ¿te habrías negado eternamente? ¿Te habrías mantenido en tus trece?

—No lo sé.

—No me respondas tan deprisa. Busca la verdad en tu interior. Claro que lo sabes. Usa tu asquerosa imaginación. Claro que lo sabes. ¿Me habrías rechazado?

—¡No sé la respuesta!

—¡Te desprecio! —reaccioné con un murmullo áspero—. Tendría que destruirte... terminar eso que empecé cuando te hice. Reducirte a cenizas y zarandearlas entre mis dedos. ¡Sabes que lo podría hacer! ¡Así de fácil! ¡Como chasquear los dedos para los humanos! Quemarte como te quemé la casa. Y nada te podría salvar, nada.

Miré con ojos furibundos los planos agraciados de su rostro imperturbable que resaltaba, con algo de fosforescencia, contra las sombras más oscuras de la iglesia. Qué hermosa la forma de sus ojos, con sus espesas pestañas negras. Qué perfecta la curva de su labio superior.

La furia era un ácido que corroía las mismas venas por las que fluía, que consumía mi sangre preternatural.

Sin embargo, no podía hacerle daño. No podía siquiera concebir la idea de cumplir tan terribles y cobardes amenazas. Jamás podría haberle hecho daño a Claudia. Oh, hacer toda una cuestión por algo sin importancia, sí. Pero pensar en venganza... ¿qué es para mí la venganza repugnante y árida?

—Medítalo —dijo—. ¿Podrías crear otro, después de todo lo que pasó? —Con serenidad ahondó más en el tema: —¿Volverías a ejecutar el Truco Misterioso? Tómate tú el tiempo antes de responder. Busca las verdades en tu interior, como me dijiste a mí. Y cuando las encuentres, no necesitas decírmelas.

Luego se inclinó hacia adelante acortando la distancia entre ambos, y apretó sus labios sedosos contra el costado de mi cara. Mi intención fue retroceder, pero él usó toda su fuerza para sujetarme y yo lo permití, permití ese beso frío, desapasionado, hasta que fue él quien por fin se apartó, como una cantidad de sombras que caen una dentro de la otra. Sólo dejó su mano en mi hombro, y yo seguía con la mirada puesta en el altar.

Al final me levanté sin prisa, pasé a su lado, desperté a Mojo y le hice señas de que me siguiera.

Caminé por el pasillo central en dirección a las puertas del frente. Encontré el rinconcito oscuro donde arden las velas votivas bajo la estatua de la Virgen, un sitio lleno de bella luz titilante.

Me vinieron a la memoria el aroma y el sonido de la selva tropical, la oscuridad impenetrable de esos árboles imponentes. Luego la imagen de la capillita blanca en el claro del bosque con sus puertas abiertas, el sonido fantasmal de la campana en la brisa vagabunda. Y el olor a sangre que partía de las manos heridas de Gretchen.

Tomé la larga mecha que había para encender las velas, la acerqué a una llamita, di vida a otra, amarilla y movediza, que finalmente se estabilizó al tiempo que despedía un fuerte olor a cera quemada.

Estuve a punto de decir: "Por Gretchen", cuando me percaté de que no era por ella que la había encendido. Levanté mi rostro hacia la Virgen. Recordé el crucifijo que había sobre el altar de Gretchen. Una vez más me sentí inundado por la paz de la selva tropical y vi ese pequeño pabellón con cainitas. ¿Por Claudia, mi preciosa Claudia? No, tampoco por ella, por mucho que la amara...

Sabía que esa vela era por mí.

Era por el hombre de pelo castaño que había amado a Gretchen en Georgetown. Era por el triste demonio de ojos azules que fui antes de transformarme en aquel hombre. Era por el muchacho mortal de siglos atrás, que huyó a París con las alhajas de su madre en el bolsillo y sólo la ropa que llevaba puesta. Era por el ser impulsivo y malvado que había sostenido en sus brazos a la Claudia agonizante.

Era por todos esos seres y por el demonio que en esos instantes estaba allí, porque a él le gustaban las velas, y le gustaba crear lumbre a partir de la lumbre. Porque no había un Dios en quien creyera, no había santos ni Reina del Cielo.

Porque pudo dominar su mal genio y no aniquiló al amigo.

Porque estaba solo, pese a lo cercano que pudiera ser ese amigo. También porque le había vuelto la felicidad como si fuera una dolencia que nunca pudo vencer del todo, porque la sonrisa traviesa ya se le dibujaba en los labios, porque el corazón brincaba dentro de su pecho, porque surgía en su interior el deseo de volver a salir, de pasear por las refulgentes calles de la ciudad.

Sí, la velita prodigiosa y minúscula, que aumenta en esa misma cantidad la luz existente en el universo, es por Lestat. Y quedará encendida toda la noche junto a las demás. Continuaría encendida a la mañana siguiente, cuando llegaran los fieles, cuando entrara la luz del sol por esas puertas.

Mantén tu vigilia, pequeña vela, en las tinieblas y a la luz del día.

Por mí, sí.

FIN

Lestat XXX

Debo haber pasado una semana entera recorriendo el mundo. Primero fui a la nevosa Georgetown y busqué a esa muchacha joven, frágil y patética a quien, en mi experiencia de humano, había violado imperdonablemente. Como pájaro exótico me miró, haciendo un esfuerzo por ver bien en la olorosa penumbra del pequeño restaurante de mortales, y no quiso reconocer que había vivido ese episodio con "mi amigo francés"; luego la desconcerté cuando puse en su mano un antiquísimo rosario de brillantes y esmeraldas. "Véndelo, si quieres, chérie", le dije. "Él me pidió que te lo entregara para que lo emplees como quieras. Pero dime una cosa: ¿concebiste un hijo?".

Sacudió la cabeza al tiempo que murmuraba un "no". Me dieron ganas de besarla pues volvía a verla hermosa, pero no me atreví, no sólo porque la habría asustado, sino porque el deseo de matarla era demasiado intenso. Cierto instinto feroz puramente masculino me hacía desearla tan sólo porque antes la había deseado de otra manera.

A las pocas horas ya me había marchado del nuevo mundo, y noche tras noche vagabundeé, conseguí presas en los desbordantes arrabales de Asia —en Bangkok, en Hong Kong, en Singapur— y luego en la congelada ciudad de Moscú, como también en Viena y Praga, preciosas ciudades antiguas. Pasé un breve período en París, pero a Londres no fui. Avanzaba al máximo de mi velocidad; me elevaba y zambullía en la penumbra, y a veces bajaba en ciudades que ni sabía cómo se llamaban. Me alimenté sin cesar de malvados, y de vez en cuando, de los locos o los puramente inocentes que caían bajo mi mirada.

Trataba de no matar. Trataba. Salvo cuando la persona me resultaba irresistible, cuando era un delincuente de lo peor. Entonces le provocaba una muerte lenta y salvaje y, transcurrido el momento, quedaba con tanta hambre como antes, y ahí nomás partía a saciarla antes de que saliera el sol.

Jamás me había sentido tan satisfecho con mis poderes. Nunca me había elevado tan por encima de las nubes, ni viajado a tanta velocidad.

Caminé durante horas, mezclado entre los mortales, por las viejas callecitas de Heidelberg, de Lisboa y de Madrid. Pasé por Atenas, El Cairo y Marruecos. Recorrí las costas del Golfo Pérsico, del Mediterráneo y el Adriático.

¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pensaba? Sentía verdadera la tan trillada frase: el mundo era mío.

Y adondequiera que fuese, hacía sentir mi presencia. Dejaba emanar mis pensamientos de mi interior, como si fueran notas interpretadas por una lira.

Aquí está el vampiro Lestat. Aquí viene el vampiro Lestat. Abran paso.

No quería ver a mis compañeros. En realidad no los busqué, no abrí mi mente ni mis oídos para ver si los sentía. No tenía nada que decirles. Sólo quería hacerles saber que había andado por ahí.

En algunos lugares capté los sonidos de algunos compañeros, vagabundos desconocidos, seres de la noche sobrevivientes de la última masacre con los de nuestra especie. A veces era apenas un pantallazo mental de un ser poderoso, que en el acto ocultaba sus pensamientos. En otras ocasiones me llegaban los pasos nítidos de algún monstruo que caminaba por la eternidad sin artificios, sin historia ni propósito. ¡A lo mejor eso siempre va a existir!

Tenía toda la eternidad para encontrarme con tales criaturas, si alguna vez llegaba a necesitarlo. El único nombre que pronunciaban mis labios era el de Louis.

Louis.

A él no pude olvidarlo ni por un instante. Era como si otra persona murmurara todo el tiempo su nombre en mi oído. ¿Qué haría si lo volvía a encontrar? ¿Podría dominar mi reacción? ¿Lo intentaría siquiera?

Por último, me sentí cansado. Tenía la ropa hecha jirones. No podía seguir deambulando más. Quería volver a casa.

 

Lestat XXIX

Dos noches después, regresé a Nueva Orleáns. Había estado paseando por los cayos de Ronda, recorriendo pintorescos pueblitos del sur, caminando horas y horas por las playas, incluso hundiendo mis pies desnudos en la arena blanca.

Por fin estaba de vuelta, y los inevitables vientos se habían llevado el tiempo frío. El aire volvía a ser casi balsámico —mi Nueva Orleáns—, el cielo se veía alto y reluciente por sobre las nubes que corrían veloces.

De inmediato fui a ver a mi inquilina y llamé a Mojo, que estaba durmiendo en el patio de atrás porque el departamento le resultaba muy caluroso. No dio muestras de alegría cuando me vio, pero me reconoció al oír mi voz. No bien pronuncié su nombre ya fue mío una vez más.

Vino a mí, levantó las manazas para apoyarlas en mis hombros y me lamió toda la cara. Restregué mi nariz contra él, lo besé, hundí mi cara en su pelo brilloso. Me impresionó en él lo mismo que le había visto aquella primera noche en Georgetown: su fuerza y su buen temperamento.

¿Existió alguna vez una bestia de aspecto tan aterrador y al mismo tiempo tan dulce y llena de afecto? La combinación me parecía maravillosa. Me arrodillé sobre las viejas baldosas, jugueteé con él poniéndolo patas arriba, hundí mi cabeza en la pelambre de su pecho. Soltó todos esos gruñiditos que emiten los perros cuando lo quieren a uno. Y cuando uno les paga con la misma moneda.

Mi inquilina, la simpática viejita que había presenciado todo desde la puerta de la cocina, lloraba por tener que separarse de Mojo, de manera que en el acto hicimos un trato: ella lo iba a cuidar, y yo iba a entrar por el jardín a buscarlo cada vez que quisiera. Me pareció perfecto, porque no era justo pretender que durmiera conmigo en una cripta; además, yo no necesitaba semejante guardián, ¿verdad?, por atractiva que de vez en cuando me resultara la idea.

Me despedí de la mujer con un beso rápido y cariñoso, no fuera que sintiese la cercanía de un demonio, y me alejé en seguida con Mojo por las hermosas callecitas del barrio francés. Me reía para mis adentros por la forma en que los mortales miraban a Mojo y, aterrados, daban un rodeo para esquivarlo, cuando... ¿adivinen quién era de temer?

La parada siguiente fue en el edificio de la calle Royale donde Claudia, Louis y yo habíamos pasado juntos cincuenta espléndidos y luminosos años de existencia terrena en la primera mitad del viejo siglo, un sitio parcialmente en ruinas, como ya he dicho.

Tenía que encontrarme allí con un muchacho joven, que se había hecho fama convirtiendo lóbregas casas en mansiones palaciegas. Juntos subimos la escalera hasta el derruido departamento.

—Quiero que quede como estaba hace cien años —le expliqué. —Pero le advierto: que no haya nada norteamericano, inglés ni Victoriano. Todo debe ser exclusivamente francés. —Luego fuimos recorriendo pieza por pieza, y él iba anotando en una libreta —aunque casi no podía ver en la penumbra— qué empapelado quería ahí, qué tono de barniz en aquella puerta, qué clase de bergére podía poner en este rincón, qué estilo de alfombra, india o persa, debía adquirir para tal o cual piso.

Qué fiel era mi memoria.

A cada instante lo instaba a escribir todo lo que yo le iba señalando.

—Busque un jarrón griego; no, una reproducción no; debe ser así de alto y tener figuras de bailarines. —Ah, ¿no era la oda de Keats la que me había inspirado para adquirirlo, hace tanto tiempo? ¿Adónde había ido a parar el jarrón? —Esa chimenea de ahí no es la original. Busque un frente de mármol blanco, con tallado de volutas, arqueado sobre el hueco del hogar. Ah, y aquellas otras hay que repararlas para que funcionen a carbón.

"Pienso venirme a vivir no bien usted termine, así que apresúrese. Ah, y algo más: cualquier cosa que encuentre en el edificio, tapada por el yeso, deberá entregármela.

Qué placer estar bajo esos techos altos, y qué felicidad iba a ser cuando las derruidas molduras estuvieran restauradas. Qué libre y tranquilo me sentía. El pasado estaba ahí, pero al mismo tiempo no lo estaba. Ya no había fantasmas susurrando cosas, si es que alguna vez los hubo.

Lentamente describí las arañas que quería. Cuando no me salía el término que necesitaba, dibujaba con palabras ilustraciones de lo que estaba allí antes. Quería poner lámparas de aceite aquí y allá, aunque, desde luego, debería haber electricidad en abundancia. Disimularíamos los televisores dentro de hermosos muebles para no arruinar el efecto. Allí habría un armario para mis videocintas y discos láser. Los teléfonos irían disimulados también.

—¡Ah, y un aparato de fax! ¡Quiero tener una de esas maravillas! Busque la manera de esconderlo. Podría usar ese cuarto como oficina, siempre que quede elegante. No debe quedar nada a la vista que no sea de bronce lustrado, lana fina, buena madera o encaje de seda. Quiero un mural en ese dormitorio. Venga que le muestro. ¿Ve el empapelado? Ese es el mural mismo. Traiga a un fotógrafo para que registre hasta la última pulgada en la placa y después empiece la restauración. Trabaje a conciencia, pero rápido.

Por último, terminamos con el interior oscuro y húmedo y llegó el momento de hablar del jardín trasero con su fuente rota, y sobre cómo restaurar la cocina. Pedí que hubiera buganvilias y coronas de novia —cómo me gustaba esa planta—, y enormes hibiscos, sí, como los que acababa de ver en el Caribe, y campanillas tropicales, por supuesto. Bananeros... póngame también bananeros. Oh, los viejos tapiales se están cayendo. Remiéndelos, apuntálelos. Y en el porche de arriba quiero helechos de todo tipo. Está volviendo a hacer calor, ¿no?, así que van a andar bien.

De nuevo arriba, cruzando el largo hueco marrón de la casa hasta el porche de adelante.

Abrí la puerta-ventana y salí. La madera del piso estaba podrida. La elegante baranda de hierro no estaba tan herrumbrada. El techo habría que rehacerlo, sin duda, pero pronto me podría sentar allí como hacía en los viejos tiempos, a mirar la gente que pasaba por la acera de enfrente.

Desde luego, mis fieles y celosos lectores me encontrarían ahí de vez en cuando. Los lectores de las memorias de Louis, si llegaran a encontrar el departamento donde habíamos vivido, con seguridad reconocerían la casa.

No importa. Lo tomaron por cierto, lo cual es distinto de creer en ello. ¿Y qué era ese otro hombre joven, de tez pálida, que les sonreía desde un balcón alto con los brazos apoyados en la baranda? Yo no debería alimentarme jamás con esos tiernos inocentes aun cuando desnudaran su cuello y me pidieran: "¡Lestat, aquí!" (Esto sucedió, estimado lector, en la plaza Jackson, y más de una vez).

—Debe apresurarse —indiqué al joven, que seguía anotando, tomando medidas, murmurando para sus adentros acerca de telas y colores, y sobresaltándose a cada instante pues de pronto encontraba a Mojo a su lado, frente a él o a sus píes—. Lo quiero terminado antes del verano. —Cuando nos despedimos, se hallaba en un estado de gran agitación. Yo no me fui; me quedé solo, con Mojo, en el vetusto edificio.

La buhardilla. En los viejos tiempos, nunca subía allí. Pero cerca del porche trasero había una antigua escalera oculta que llevaba a la habitación donde en una oportunidad Claudia atravesó mi fina piel blanca con un puñal enorme. Subí, entonces, hasta las habitaciones que había bajo el techo en pendiente. Oh, tenía la altura necesaria como para que pudiera caminar por allí un hombre de un metro ochenta, y las mansardas dejaban entrar la luz de la calle.

Ahí instalaría mi cueva, pensé, dentro de un duro sarcófago con una tapa que ningún mortal podría levantar. No sería difícil construir una pequeña cámara bajo el gablete, e instalarle dos gruesas puertas de bronce que yo mismo diseñaría. Y cuando me levante, bajaré a la casa y la encontraré tal como estaba en aquellas décadas maravillosas, sólo que viviré rodeado de todos los prodigios tecnológicos que me hagan falta. No se rescatará el pasado: será perfectamente eclipsado.

—¿No es así, Claudia? —murmuré. Nadie me respondió. No se oyó el sonido de un clavicordio, ni el canario trinando en su jaula. Pero de nuevo iba a tener pájaros cantores, sí, y la casa se llenaría con la soberbia música de Haydn y Mozart.

¡Oh, mi querida, cuánto me gustaría que estuvieras aquí!

Y mi espíritu siniestro vuelve a alegrarse, porque no sabe sentirse de otro modo durante mucho tiempo, y porque el dolor es un mar oscuro y profundo en el que me ahogaría si no remara arduamente en mi pequeña embarcación, rumbo a un sol que nunca habrá de salir.

Ya era más de medianoche y oía a mi alrededor el tenue canturreo de la ciudad, con un coro de voces entremezcladas, el traqueteo suave de un tren distante, la palpitante sirena de algún barco por el río, el rugir del tránsito por la calle Esplanade.

Entré en la vieja sala y me quedé mirando los parches de luz que entraban por los vidrios de las puertas. Me tendí sobre la madera desnuda y Mojo se echó a mi lado. Y nos quedamos dormidos.

No soñé con ella. Entonces, ¿por qué me puse a llorar suavemente cuando llegó el momento de buscar la seguridad de mi cripta? ¿Y dónde estaba mi Louis, mi traicionero y tozudo Louis? Ah, qué sufrimiento. Y se volvería más intenso cuando pronto volviera a verlo, ¿no?

Sobresaltado, comprobé que Mojo estaba lamiéndome las lágrimas de sangre de las mejillas.

—¡No, eso no debes hacerlo nunca! —dije, y con una mano le apreté la boca—. Nunca; esa sangre, esa sangre maligna, nunca. —Me afectó muchísimo. Y en el acto él me obedeció, se alejó apenas un tanto de mí, con su noble estilo pausado.

¡Qué diabólicos me parecieron sus ojos al contemplarme! ¡Qué decepción! Volví a besarlo debajo de los ojos, la parte más tierna de su cara peluda.

De nuevo pensé en Louis, y el dolor fue como si me hubieran asestado un potente golpe en el pecho.

Mis emociones eran tan amargas, tan fuera de mi control, que me asusté, a tal punto que no pude sentir otra cosa que ese dolor.

Mentalmente fui rememorando a los demás. Evoqué cada rostro como si fuera la bruja de Endor parada junto a la caldera, invocando las imágenes de los muertos.

Observé juntos a Maharet y Mekare, los gemelos pelirrojos, que quizá ni se habrían enterado de mi dilema, tan remotos se hallaban en su gran sabiduría, tan envueltos en preocupaciones inevitables y eternas; evoqué a Eric, Mael y Khayman, que me interesaban poco y nada pese a que voluntariamente se habían negado a acudir en mi ayuda. Nunca los consideré compañeros. Luego vi a Gabrielle, mi querida madre, que sin duda no se enteró del peligro que había corrido y debía andar deambulando por algún lejano continente, cual diosa harapienta que, como siempre, sólo confraternizaba con lo inanimado. Yo no sabía si se seguía alimentando de humanos; me asaltó un leve recuerdo de ella mientras describía el abrazo de no sé qué bestia siniestra de los bosques. ¿Se había vuelto loca mi madre, dondequiera que estuviere? Me parecía que no. Que aún existía, de eso estaba seguro. Que nunca podría encontrarla, de eso no me cabía duda.

A continuación me representé la imagen de Pandora. Pandora, la amante de Marius, quizá había perecido tiempo atrás. Hecha por Marius en la época de los romanos, la última vez que la vi la encontré al borde de la desesperación. Años atrás ella se había marchado de nuestra última cueva sin avisar. Fue la primera en partir.

En cuanto a Santino, el italiano, de él no tenía noticias ni esperaba nada. Era joven. A lo mejor nunca le llegaron mis lamentos. Y si le hubieran llegado, ¿por qué habría de escucharlos?

Luego imaginé a Armand, mi viejo enemigo y amigo Armand. Mi viejo adversario y compañero Armand, el niño angelical que había creado Isla Nocturna, nuestro último reducto.

¿Dónde estaba ahora? ¿Me había dejado ex profeso librado a mis propios recursos? ¿Y por qué no?

Permítaseme regresar a Marius, el gran maestro de antaño, que hace tantos siglos había creado a Armand con amor y ternura; Marius, el verdadero hijo de los dos milenios, que me hizo bajar hasta las profundidades de nuestra historia sin sentido y me ordenó adorar el mausoleo de Los que Deben Ser Conservados.

Los que Deben Ser Conservados. Muertos, idos ya como Claudia. Porque los reyes y reinas que hay entre nosotros pueden perecer al igual que nuestros tiernos vástagos.

Sin embargo, yo sigo adelante. Estoy aquí. Soy fuerte.

¡Y Marius, lo mismo que Louis, había sabido de mi sufrimiento! Se enteró, pero se negó a ayudarme.

Mi indignación se volvió más fuerte, más peligrosa. ¿Estaba Louis por ahí cerca, en esas mismas calles? Apreté los puños para contener la furia, luchando contra su forzosa expresión.

Marius, me diste la espalda, lo cual en realidad no me sorprendió. Siempre fuiste el maestro, el progenitor, el sumo sacerdote. No te desprecio por ello. ¡Pero Louis! ¡Yo no podría negarte nada nunca, y tú me rechazas!

Sabía que no podía quedarme ahí. No confiaba en mí mismo si llegaba a verlo. Todavía no.

Una hora antes del amanecer, llevé de regreso a Mojo a su jardincito, me despedí de él con un beso y partí deprisa hacia los alrededores de la ciudad vieja. Cuando por fin llegué a la zona de los pantanos, elevé los brazos al cielo y ascendí, dejé atrás las nubes, seguí subiendo y subiendo hasta que, mecido por la canción del viento, comencé a revolearme con las corrientes más tenues; la alegría de poder contar con mis dones me embargaba el corazón.

 

Lestat XXVIII

Se trataba de un inmenso hospital adonde se derivaban todos los casos de emergencia, e incluso a esa hora de la noche había un gran movimiento de ambulancias en las diversas entradas, mientras médicos de chaquetilla blanca trabajaban afanosamente con víctimas del tránsito callejero, de infartos, de sangrientas cuchilladas o del consabido revólver.

Pero a David Talbot lo habían llevado lejos de las luces refulgentes y del ruido implacable, al silencioso ámbito de un piso superior que se llamaba, sencillamente, Unidad de Cuidados Intensivos.

—Espérame aquí —le ordené a David, al tiempo que le señalaba una aséptica salita, con lúgubre mobiliario moderno y un puñado de revistas muy gastadas—. No te muevas de aquí.

Reinaba un silencio total en el ancho pasillo. Me encaminé hacia las puertas del fondo.

Apenas un segundo más tarde regresé. David tenía la mirada perdida, sus largas piernas cruzadas por adelante, los brazos una vez más plegados sobre el pecho.

Me miró como si despertara de un sueño.

Yo empecé de nuevo a temblar, y la serena quietud de su rostro sólo empeoró mi miedo y mi terrible remordimiento.

—David Talbot —susurré, luchando por usar palabras sencillas— murió hace media hora.

No demostró reacción alguna, como si yo no hubiese abierto la boca. Lo único que se me ocurrió pensar fue: ¡la decisión la tomé por ti! Hice entrar James en tu mundo aunque me advertiste de los peligros. ¡Y fui yo el que ultimó al otro cuerpo! Sólo Dios sabe lo que vas a pensar cuando tomes conciencia de lo ocurrido. Todavía no te das cuenta.

Lentamente se puso de pie.

—Claro que me doy cuenta —afirmó con voz pausada. Se acercó y me apoyó las manos en los hombros; su manera de actuar era tan parecida a la del antiguo Talbot, que me daba la impresión de estar mirando a dos seres conjugados en uno solo. —Piensa en Fausto, mi estimado amigo. Pero tú no fuiste Mefistófeles, sino sólo Lestat,que reaccionó con furia. ¡Además, ya está hecho!

Se alejó unos pasos, volvió a quedar con la mirada ausente, y en el acto su rostro perdió todo rastro de congoja. Estaba absorto en sus pensamientos, aislado de mí, que seguía todo tembloroso procurando tranquilizarme, tratando de creer que eso era lo que él quería.

Después analicé una vez más la cuestión desde la perspectiva suya. ¿Cómo podía David no querer eso? También llegué a otra conclusión: que había perdido a mi amigo para siempre. Ya nunca más aceptaría estar conmigo. Cualquier asomo de posibilidad había desaparecido, ante ese milagro. No podía ser de otra manera. La idea fue penetrándome callada, profundamente. Volví a pensar en Gretchen, en la expresión de su rostro. Y durante un instante fugaz estuve de nuevo en la habitación con el falso David, que me miraba con sus bellos ojos marrones y me pedía el Don Misterioso.

Un leve sufrimiento me recorrió; luego, lo que empezó como un débil resplandor se convirtió en algo más intenso y luminoso, como si un fuego atroz consumiera mi cuerpo.

No dije nada. Paseé la mirada por las desagradables luces fluorescentes empotradas en el techo de azulejos, por los muebles insulsos, manchados y con hilachas sueltas, por una revista ajada que en su tapa mostraba a un niño sonriente. Lo miré a él. Poco a poco el dolor fue cediendo y se transformó en una molestia sorda. Aguardé. En ese momento no habría podido pronunciar ni una palabra, por ningún motivo.

Al rato de estar cavilando, él dio la impresión de despertar de un hechizo. La gracia felina de sus movimientos volvió a embelesarme como desde el primer momento. Afirmó con voz apagada que debía ver el cadáver, porque eso sin duda se podía hacer.

Le contesté que sí con la cabeza.

Luego metió la mano en el bolsillo y sacó un pasaporte británico —el fraguado, que seguramente había conseguido en Barbados— y se puso a mirarlo como tratando de descifrar un misterio importante. Acto seguido me lo entregó, aunque no me imaginaba para qué. Vi ese rostro apuesto y juvenil, que exhibía todos los atributos de la inteligencia. ¿Por qué me mostraba la foto? Pero en el mismo acto de mirarla vi, bajo la cara nueva, el viejo nombre.

David Talbot.

Había usado su nombre verdadero en el documento falso, como si...

—Sí —explicó—, como si supiera que jamás voy a volver a ser el David Talbot de antes.

Los restos del señor Talbot aún no habían sido llevados a la morgue porque un íntimo amigo suyo de Nueva Orleáns, de nombre Aaron Lightner, estaba por llegar de un momento a otro en su avión particular.

El cuerpo yacía en un cuartito inmaculado. Era un anciano de espesa cabellera gris y parecía dormido, con la cabeza apoyada sobre una almohada y los brazos a los costados. Ya tenía las mejillas un tanto hundidas, lo cual le alargaba la cara; bajo la luz amarilla de la lámpara, la nariz parecía un poco más afilada de lo que era, y además dura, como hecha no de cartílago sino de hueso.

Le habían sacado el traje de hilo; luego lo lavaron y vistieron con una sencilla túnica de algodón. Sobre él extendieron la sobrecama, pero dieron vuelta el borde de la sábana celeste por encima de la manta blanca y estiraron todo muy bien sobre el pecho. Los párpados parecían demasiado amoldados a los ojos, como si la piel ya se estuviera aflojando, e incluso consumiendo. Para los agudos sentidos de un vampiro, ya se percibía la fragancia de la muerte.

Pero eso David no lo iba a saber, como tampoco percibiría ese aroma.

Estaba parado junto a la cama contemplando el cadáver, su propio rostro inerte, con la piel amarillenta y la barba crecida, que le daba un aspecto desprolijo. Con mano insegura tocó su propio pelo canoso, acarició un instante sus ondas. Luego la retiró y se quedó sosegado, mirando simplemente, como si estuviera presentando sus respetos en un sepelio.

—Está muerto —murmuró—. Muerto de verdad. —Lanzó un profundo suspiro y sus ojos recorrieron el techo del cuartito, las paredes, la ventana con sus cortinas cerradas, el aburrido linóleo del piso. —No percibo que haya vida en él ni cerca de él —agregó con el mismo tono apagado.

—No, nada —concordé—. Ya empezó el proceso de descomposición.

—¡Pensé que él iba a estar aquí! —agregó—. Supuse que lo iba a sentir cerca de mí, luchando por volver a meterse adentro.

—A lo mejor está aquí y no puede hacerlo. Qué espeluznante, hasta para él.

—No, aquí no hay nadie —insistió. Luego siguió mirando su antiguo cuerpo como si no pudiera quitarle los ojos de encima.

Pasaban los minutos. Vi algo de tensión en su rostro, su piel tensa que reflejaba alguna emoción y luego volvía a distenderse. ¿Ya se había resignado? Estaba cerrado a mí como nunca, y en ese nuevo cuerpo parecía más desorientado, aunque su espíritu se transparentara con tan fina luz.

Una vez más suspiró, retrocedió un paso y juntos abandonamos la habitación.

En el hall pintado de beige nos detuvimos bajo las luces fluorescentes. Del otro lado del ventanal, protegido con su tela metálica, Miami resplandecía y titilaba; un rumor ahogado llegaba desde la autopista cercana, y la catarata de faros encendidos pasaba rozando a peligrosa distancia hasta donde la ruta giraba y volvía a elevarse sobre sus largas patas de hormigón.

—Como comprenderás, perdiste Talbot Manor —le dije—, porque pertenecía al hombre que murió.

—Sí, ya lo pensé —me respondió, desanimado—. Soy de la clase de ingleses que le da importancia a esas cosas. ¡Pensar que irá a parar a manos de un primo, y éste lo único que va a hacer será ponerla en venta cuanto antes!

—La compro yo y te la vuelvo a dar.

—Tal vez lo haga la orden: en mi testamento los nombro herederos de casi todos mis bienes.

—No estés tan seguro. ¡Puede ser que ni la Talamasca esté preparada para esto! Además, los humanos suelen transformarse en fieras cuando hay dinero de por medio. Llama a mi agente de París. Yo le voy a dejar instrucciones para que te dé absolutamente todo lo que desees. Me voy a encargar de que se te restituya hasta la última libra de tu fortuna, y por cierto la casa. Todo lo que yo pueda dar, es tuyo.

Lo noté algo asombrado, y profundamente conmovido.

No pude menos que preguntarme si yo había llegado a moverme con tanta soltura dentro de ese cuerpo alto y flexible. Mis movimientos por cierto habían sido impulsivos y hasta un tanto violentos. En realidad, había tomado con bastante indiferencia todo ese vigor físico. Él, por el contrario, daba la impresión de haber adquirido un gran conocimiento de cada hueso y tendón.

Mentalmente recreé la imagen del viejo David que caminaba a paso vivo por las calles adoquinadas de Amsterdam, esquivando las bicicletas. Ya en aquel entonces tenía el mismo garbo.

—Lestat, ya no eres responsable por mí. Esto no sucedió porque tú lo causaras.

Qué hondo pesar sentí en ese instante. Pero había palabras que debían ser pronunciadas.

—David —comencé, tratando de no demostrar mi amargura, —yo no habría podido vencerlo si no hubiese sido por ti. En Nueva Orleáns te dije que sería tu esclavo para siempre con tal de que me ayudaras a recuperar mi cuerpo, cosa que hiciste. —Me temblaba la voz. Pero, ¿por qué no decirlo todo? ¿Para qué prolongar el sufrimiento? —Sé que te he perdido para siempre, David. Sé que ahora ya nunca vas a aceptar el Don Misterioso.

—¿Por qué dices que me has perdido, Lestat? —preguntó, con ansiedad en la voz—.—Apretó los labios intentando detener un estallido de afecto. —¿Por qué ese precio, sobre todo ahora que estoy vivo como no lo estaba antes? ¡Dios mío, supongo que comprendes la magnitud de lo que ocurrió! He renacido.

Apoyó la mano en mi hombro; sus dedos intentaron apretar ese cuerpo extraño que apenas sí sintió el roce, o más bien lo sintió de una manera muy distinta, que él nunca iba a conocer.

—Te quiero, amigo mío —musitó con ardor—. Por favor, no me dejes ahora. Esta experiencia nos ha acercado tanto...

—No, David. Estos últimos días nos sentíamos cerca porque los dos éramos mortales. Veíamos el mismo sol y el mismo atardecer, sentíamos la misma atracción de la tierra bajo nuestros pies. Bebíamos juntos y compartíamos el pan, pero ahora todo cambió. Tú tienes tu juventud, sí, y toda la maravilla embriagadora que acompaña al milagro, pero cuando te miro, sigo viendo a la muerte, David. Veo a alguien que camina bajo el sol y la muerte que le pisa los talones. Sé que no puedo ser tu compañero, ni tú el mío. Me produce demasiado dolor.

Agachó la cabeza en silencio, luchando valientemente por dominarse.

—No me dejes aún —pidió—. ¿Quién otro en este mundo puede entender?

De pronto quise suplicarle. Piensa, David: obtener la inmortalidad dentro de ese hermoso cuerpo joven. Quise mencionarle todos los lugares adonde podíamos ir juntos, como inmortales, y los prodigios que podíamos ver. Quise describirle el templo misterioso que había descubierto en las entrañas del bosque tropical, contarle lo que me había parecido recorrer la jungla, intrépido, tener una visión capaz de penetrar hasta en los rincones más recónditos... Oh, estuve a punto de soltar todo ese torrente de palabras, y no hice esfuerzos por disimular ni mis pensamientos ni sentimientos. Sí, claro, has vuelto a ser joven y ahora puedes serlo para siempre. Es el mejor vehículo que nadie pudiera haber ideado para tu viaje a las tinieblas; ¡como si todo esto lo hubieran hecho los espíritus misteriosos para prepararte! Tienes en tus manos belleza y sabiduría. Nuestros dioses realizaron el hechizo. Ven, ven conmigo ahora.

Pero no articulé palabra; no le imploré. De pie allí en el pasillo, me permití aspirar el olor a sangre que emanaba de él, ese aroma que despiden todos los mortales pero que en cada uno es distinto. Cuánto me hizo sufrir reparar en esa nueva vitalidad, ese calor más intenso, y el latir de su corazón, ahora más lento, más seguro, que me llegaba como si el cuerpo me estuviera hablando de una manera en que no podía hablarle a él.

En aquel bar de Nueva Orleáns, yo había aspirado la misma fragancia de vida que ahora despedía este físico, pero no había sido lo mismo. No, en absoluto.

No me costó nada cerrarme a todo eso, y así lo hice. Me recluí en la callada soledad del hombre común. Rehuí su mirada. No quería oír más palabras imperfectas y de disculpa.

—Te veré pronto —dije—. Sé que me vas a necesitar. Precisarás a tu único testigo cuando el horror y el misterio ya sean demasiado. Y yo vendré, pero dame tiempo. Y recuerda: llama a mi agente de París. No confíes en la Talamasca. Supongo que no pensarás dejarles también esta vida, ¿verdad?

Cuando giré para marcharme, oí el ruido lejano de las puertas del ascensor. Había llegado su amigo, un hombrecito menudo, canoso, vestido de traje y chaleco, tal como solía hacerlo David. Qué preocupado se lo veía cuando caminaba hacia nosotros con paso ágil; luego sus ojos se posaron en mí, y disminuyó el ritmo.

Me alejé deprisa, sin dar importancia al hecho de que el hombre me reconoció, supo qué y quién era yo. Tanto mejor, pensé, porque entonces le va a creer a David cuando éste comience su singular relato.

La noche me aguardaba, como siempre. Y mi sed no podía esperar más. Me detuve un instante sintiendo esa sed, ansiando rugir como bestia hambrienta. Sí, otra vez sangre cuando no hay otra cosa, cuando el mundo en toda su belleza parece vacío e insensible, cuando me siento completamente perdido. Quiero a mi vieja amiga la muerte, y la sangre que con ella fluye. Aquí está Lestat, el vampiro, padeciendo sed, y esta noche entre todas las noches, no se le negará.

Sin embargo, cuando enfilaba hacia las sucias callecitas laterales en busca de las víctimas crueles que tanto me gustaban, comprendí que había perdido mi bella ciudad de Miami. Al menos por un tiempito.

Seguí viendo con el ojo de la mente el cuarto del Park Central con sus ventanas abiertas al mar, y al falso David pidiéndome el Don Misterioso. Y a Gretchen. Alguna vez pensaría que en esos momentos no recordaba a Gretchen; recordaría que le conté la historia de Gretchen al hombre que yo suponía era David antes de que ambos subiéramos a ese cuarto, sintiendo que el corazón me daba un vuelco, pensando: ¡Por fin! ¡Por fin!


Amargado, enojado, vacío, no quise volver a ver nunca más los bonitos hoteles de South Beach.

Lestat XXVII

Una silueta oscura había aparecido frente a mí, del otro lado del vidrio. Mis ojos la miraron sin interés, dispuestos a ignorarla —después de todo, ¿qué me importaba que un mortal pretendiera apurarme para cortar?—, pero entonces vi que el que estaba ahí era mi ex cuerpo humano, joven y moreno, el mismo en el cual había habitado el tiempo suficiente como para conocerlo al dedillo. ¡Estaba contemplando la misma cara que apenas dos días antes había visto al mirarme en el espejo! Sólo que ahora era unos cinco centímetros más alto que yo. Estaba contemplando esos ojos tan conocidos.

El cuerpo vestía el mismo traje que le había puesto yo la última vez. Es más, incluso la misma remera blanca. Y una de esas manos se levantó en un gesto, sereno como la expresión del rostro, para darme la orden inconfundible de que cortara.

Dejé el tubo en su soporte.

Con un fluido movimiento, el cuerpo dio la vuelta hasta el frente de la cabina y abrió la puerta. La mano izquierda aferró mi brazo y, con mi total colaboración, me sacó a la acera, al viento suave.

—David —dije—, ¿sabes lo que he hecho?

—Creo que sí —repuso, enarcando las cejas. De la boca joven salía el conocido acento británico. —Vi la ambulancia en el hotel.

—¡Fue un error, David! ¡Un error horrible, espantoso!

—Vamos, vámonos de aquí. —Esa sí, era la voz que yo recordaba, tranquilizadora en extremo, gentil, convincente.

—Pero, David, no entiendes. Tu cuerpo...

—Ven, ya me contarás todo.

—Se está muriendo, David.

—Entonces no es mucho lo que podemos hacer.

Y ante mi total asombro, me rodeó con su brazo, se inclinó hacia mí con su consabido estilo perentorio, y me urgió para que fuera con él hasta la esquina a buscar un taxi.

—No sé en qué hospital —confesé. Seguía temblando como una hoja. No podía aquietar mis manos. Y el hecho de que me mirara con tanto aplomo me conmovió sobremanera, sobre todo cuando de ese rostro bronceado partió la misma voz de siempre.

—No vamos al hospital —dijo, como si intentara calmar a un niño histérico. Le hizo una seña a un taxi. —Vamos, sube.

Se sentó a mi lado y dio al chofer la dirección del hotel Grand Bay, de Coconut Grove.

Me hallaba todavía en un estado de shock como el que sufren los mortales, cuando entramos al amplio hall de pisos de mármol. En medio de una especie de bruma reparé en el mobiliario suntuoso, en los inmensos jarrones con flores, en los turistas de atuendo elegante que circulaban por allí. Con toda paciencia, el hombre alto de piel morena que antes había albergado a mi antiguo yo me condujo al ascensor, y juntos subimos en silencio hasta el piso alto.

No podía apartar mis ojos de él, pero el corazón seguía latiéndome con fuerza debido a lo sucedido un rato antes. ¡Si hasta sentía aún en la boca el gusto a la sangre del cuerpo herido!

Entramos en una suite amplia, decorada en tonos apagados, con amplios ventanales del piso al techo que daban a la noche, a las iluminadas torres de la apacible Biscayne Bay.

—No entiendes lo que he estado tratando de decirte —sostuve, contento por fin de estar a solas con él. Lo miré ubicarse frente a mí, ante la mesita redonda de madera. —Lo lastimé mucho, David. Presa de furia, lo herí. Lo... aplasté contra la pared.

—Siempre el mismo temperamento, ¿eh, Lestat? —dijo, pero con la voz que uno usa para tranquilizar a un niño sobreexcitado.

Una sonrisa cariñosa encendió el rostro de finas líneas, bellamente cincelado, y la boca ancha, serena: la inconfundible sonrisa de David.

No pude reaccionar. Lentamente bajé los ojos, los aparté de su cara radiante para posarlos en sus hombros recios que en ese momento se apoyaban contra el respaldo de la silla, en toda su figura distendida.

—¡Me hizo creer que eras tú! —clamé, tratando de volver a concentrarme—. Se hizo pasar por ti. Y yo le conté todas mis desventuras. Me prestó atención, me tiró de la lengua. Después pidió el Don Misterioso. Dijo que había cambiado de opinión. ¡Hasta me engatusó para que subiera a las habitaciones y se lo diera! ¡Fue espeluznante, David! Era lo que siempre quise y, sin embargo, ¡había algo raro! Algo de siniestro que él tenía. Hubo ciertos indicios, sí, pero no los vi. Qué tonto he sido.

—Genio y figura —dijo el aplomado joven que tenía delante. Se quitó el saco, lo arrojó sobre un sillón cercano, volvió a sentarse y cruzó los brazos sobre el pecho. La tela de la remera destacaba sus músculos, y el hecho de que fuera blanca hacía resaltar el color intenso de su piel, de un marrón casi dorado.

—Sí, ya sé —agregó, con fluido acento británico—. Es muy chocante. ¡Yo viví la misma experiencia hace unos días en Nueva Orleáns, cuando el único amigo que tengo en el mundo se me presentó dentro de este cuerpo! Te comprendo perfectamente. Y también entiendo, no necesitas repetírmelo, que mi antiguo cuerpo está por morir. Lo que pasa es que no sé qué podemos hacer ninguno de los dos.

—Bueno, lo que no puedes hacer de ninguna manera es acercarte, porque James podría advertir tu presencia y realizar un esfuerzo de concentración para salir de este cuerpo.

—¿Te parece que todavía está adentro? —preguntó, volviendo a enarcar las cejas como hacía siempre David al hablar, inclinando apenas la cabeza hacia adelante y con un asomo de sonrisa en los labios.

¡David tras esa cara! El timbre de su voz era casi exactamente el mismo.

—Ah... qué..., ah, sí, James. ¡Sí, James está en el cuerpo! ¡David, el golpe se lo asesté en la cabeza! ¿Recuerdas aquella vez que hablamos y me dijiste que si quería matarlo tenía que darle un golpe rápido en la cabeza? Quedó tartamudeando... dijo algo sobre la madre. Pidió por ella. No hacía más que repetir: "Díganle que Raglan la necesita." Cuando salí de la habitación seguía dentro de ese cuerpo.

—Entiendo. Eso significa que el cerebro le funciona, pero está muy deteriorado.

—¡Exacto! ¿No ves? Pensó que yo no lo iba a agredir porque el cuerpo donde mora es el tuyo. ¡Se refugió allí! ¡Ah, pero calculó mal! ¡Muy mal! ¡Y querer seducirme para que ejecutara el Truco Misterioso! ¡Qué vanidad! Tendría que haberse dado cuenta. Tendría que haberme confesado su ardid apenas me vio. Maldito sea. David, si no maté tu cuerpo, seguro que le produje daños irreparables.

Se había quedado abstraído, tal como solía hacerlo en medio de una conversación; sus ojos, muy abiertos, miraban a la distancia por los ventanales.

—Tengo que ir al hospital, ¿no te parece? —preguntó en un susurro.

—Por Dios, no. ¿Te arriesgarás a que vuelva a meterte dentro del otro cuerpo justo cuando está por morir? Supongo que no lo dices en serio.

Se puso de pie con movimiento ágil y se aproximó a la ventana. Allí se paró a contemplar la noche, y vi la inconfundible expresión reflexiva de David en el nuevo rostro.

Qué milagro total era ver a ese ser con todo su tino y sabiduría brillando dentro del físico joven. Ver su apacible inteligencia tras los ojos juveniles que me volvían a mirar.

—Me está esperando la muerte, ¿verdad? —preguntó con voz queda.

—Que espere. Fue un accidente, David. No es una muerte inevitable. Por supuesto, existe otra posibilidad, y ambos sabemos cuál es.

—¿Cuál?

—Que vayamos juntos. Buscamos la forma de entrar en la habitación, por ejemplo embrujando a varias personas de rangos diversos del ambiente médico. Tú lo obligas a salir del cuerpo y te metes adentro, y luego yo te doy la sangre. No hay herida ni daño imaginable que no se pueda sanar con una infusión total de sangre.

—No, amigo. Ya deberías saber que no debes ni sugerirlo. No lo puedo hacer.

—Sabía que ibas a contestar eso. Entonces no te acerques al hospital. ¡No hagas nada que pueda hacerlo salir de su embotamiento!

Nos quedamos callados, mirándonos. Rápidamente se me estaba yendo el miedo. Por lo pronto ya no temblaba, y de golpe me di cuenta de que él nunca había sentido temor.

No lo sentía tampoco en ese momento. Ni siquiera se lo notaba triste. Me miraba como pidiéndome sin palabras que comprendiera. O a lo mejor no pensaba en mí en absoluto.

¡Tenía setenta y cuatro años! Y había pasado de un cuerpo lleno de achaques seniles a ese otro físico joven, bello, resistente.

¡En realidad, yo podía no tener ni idea de lo que estaba sintiendo! Para estar ahí adentro, yo había tenido que entregar el cuerpo de un dios. Él, en cambio, entregó el cuerpo de un viejo a un paso de la muerte, vale decir el de un hombre para quien la juventud era una colección de recuerdos dolorosos, un hombre tan conmovido por esos recuerdos que su paz de espíritu se deterioraba rápidamente, amenazando con dejarlo amargado en los pocos años que le quedaban.

¡Y había recuperado la juventud! ¡Podría vivir otra vida entera! Además, ese cuerpo le agradaba, le parecía bello, hasta magnífico. Un cuerpo que había despertado en él deseos carnales.

Y yo había estado llorando por un cuerpo anciano, todo golpeado, que perdía su vida gota a gota en una cama de hospital.

—Sí —dijo—. Pienso que ésa es exactamente la situación. ¡Y sin embargo creo que yo debería ir a ese cuerpo! Sé que es el templo indicado para esta alma. Sé que cada minuto de demora significa un riesgo inimaginable... que el cuerpo muera, que deba quedarme dentro de éste. Pero fui yo el que te trajo aquí. Y aquí es donde pienso permanecer.

Me estremecí todo, y tuve que parpadear como para despertar de un sueño. Por último dejé escapar una risita y lo invité:

—Siéntate, sírvete uno de esos asquerosos whiskies y cuéntame cómo ocurrió todo.

Aún no tenía ánimo para reírse. Parecía desconcertado, o simplemente en un gran estado de apatía al tiempo que me miraba y analizaba el problema desde el interior de ese físico maravilloso.

Permaneció un instante más ante el ventanal, recorriendo con la mirada los altos edificios, tan blancos, de aspecto tan limpio con sus cientos de balconcitos, y luego el agua que se extendía hasta el cielo.

Se dirigió al bar, que estaba en un rincón, sin un dejo de torpeza en el andar; tomó la botella de whisky un vaso, y los trajo a la mesa. Se sirvió una medida doble del brebaje, bebió la mitad, hizo la simpática mueca de siempre pero con ese cutis nuevo, de piel fresca, tal como antes lo hacía con el otro, y por último volvió a posar en mí sus ojos irresistibles.

—Es verdad: lo hizo, tal como dices, para buscar refugio —comenzó—. ¡Yo tendría que haberlo imaginado! Pero no se me ocurrió, maldito sea. Nos dedicamos por entero al problema de la transmutación y nunca pensé que fuera a seducirte para que ejecutaras el Truco Misterioso. ¿Cómo pudo creer que podía engañarte una vez que comenzara a fluir la sangre?

Hice un gesto de desaliento.

—Cuéntame todo —le pedí—. ¿Te obligó a salir de tu cuerpo?

—Totalmente. ¡Y al principio no capté lo que había pasado! ¡No te imaginas el poder que tiene! ¡Por supuesto, está desesperado, como estamos todos! ¡Traté de recuperar mi cuerpo pero me repelió, y luego empezó a dispararte a ti con el revólver!

—¿A mí? ¡A mí no podría haberme hecho daño, David!

—Pero eso yo no lo sabía con certeza. ¿Y si se te hubiera incrustado una bala en el ojo? ¡Pensé en la posibilidad de que un disparo hiciera impacto en tu cuerpo, cosa que le permitiría volver a meterse adentro! Además, no soy un experto en viajes incorpóreos; por cierto, no estoy a la misma altura que él. Me hallaba totalmente dominado por el pánico. Después te fuiste, yo seguía sin poder recuperar mi cuerpo, y para colmo él apuntó con su arma al otro, que estaba tendido en el piso.

"Yo ni sabía si podía tomar posesión de ese cuerpo; jamás lo había hecho. Ni siquiera quise intentar hacerlo cuando tú me lo propusiste. La idea de apoderarme de otro cuerpo me resulta moralmente repulsiva, tanto como quitarle la vida a alguien. Pero él estaba a punto de volarle la tapa de los sesos a ese cuerpo... si es que lograba dominar el arma. ¿Y dónde quedaba yo? ¿Qué me iba a pasar? Ese cuerpo era mi última posibilidad de reingresar en el mundo físico.

"Entré en él tal como te había hecho practicar a ti. Y enseguida conseguí ponerme de pie, de un golpe lo mandé al piso y casi le quito el arma. A esa altura el pasillo de afuera estaba lleno de atemorizados viajeros y miembros del personal. Disparó otra bala cuando yo ya huía por la terraza y me lanzaba a la cubierta inferior.

"Creo que no tomé conciencia de lo sucedido hasta que choqué con la madera del piso. Si hubiera seguido dentro de mi viejo cuerpo, la caída me habría hecho quebrar el tobillo, quizás hasta la pierna. Me apronté para sentir un dolor intolerable, pero me di cuenta de que no me había hecho nada. Me levanté casi sin esfuerzo, recorrí todo el largo de la cubierta y entré en el Bar de la Reina.

"Por supuesto, no debí haber ido allí. Los funcionarios de seguridad pasaban justo en ese momento rumbo a la escalera de la Cubierta Insigne. No tuve dudas de que lo iban a apresar. Y él actuó con tanta torpeza con ese revólver, Lestat. Es como tú dijiste: no sabe moverse dentro de los cuerpos que roba. ¡Sigue siendo siempre el mismo!

Hizo silencio, bebió otro whisky y volvió a llenar el vaso. Yo lo miraba como hechizado, escuchando esa voz, viendo esos modales perentorios unidos a una cara inocente. De hecho, ese físico joven acababa de terminar la última etapa de la adolescencia, pero antes nunca había reparado en ello. Era, en todo sentido, algo recién terminado, como la moneda recién grabada, sin el más mínimo rasponcito por el uso.

—En este cuerpo no te emborrachas tanto, ¿no?

—Es verdad —respondió—. Nada es lo mismo. Nada. Pero déjame seguir. Yo no quería dejarte en el barco. Me ponía loco pensar en tu seguridad. Pero no me quedó más remedio.

—Ya te dije que por mí no te preocuparas. Dios mío, casi las mismas palabras que le dije a él... cuando pensaba que eras tú. Bueno, prosigue. ¿Qué pasó después?

—Volví al hall que hay detrás del Bar de la Reina, desde donde podía ver el interior por la ventanita. Supuse que tendrían que traerlo por ese camino; además, no conocía otro. Y tenía que saber si lo habían detenido. Compréndeme, yo aún no había decidido qué hacer. A los pocos segundos apareció un contingente completo de oficiales, conmigo —David Talbot— en el medio, y rápidamente lo llevaron —a mi antiguo yo— hacia la parte delantera del buque. Oh, lo que fue verlo luchar para conservar la dignidad, cómo les hablaba animadamente, casi con alegría, como si fuera un caballero de gran fortuna e influencia sorprendido en algún asuntito sórdido.

—Me imagino.

—Pero qué es lo que pretende, me decía para mis adentros. No me daba cuenta, por supuesto, de que él pensaba en el futuro, en cómo refugiarse de ti. Luego se me ocurrió que los iba a enviar tras de mi pista. Y que me echaría toda la culpa del incidente, por supuesto.

"En el acto revisé mis bolsillos y encontré el pasaporte a nombre de Sheridan Blackwood, el dinero que habías puesto tú para ayudarlo a huir del barco y la llave de tu camarote. Pensé qué me convenía hacer. Si me iba al camarote, irían allí a buscarme. Él no sabía el nombre que figuraba en el pasaporte, pero los camareros sacarían conclusiones, sin duda.

"Seguía indeciso cuando de pronto oí que mencionaban su nombre por los altoparlantes. Una voz pedía que el señor Raglan James se presentara de inmediato ante cualquier oficial de a bordo. Eso quería decir que me había implicado, creyendo que yo tenía el pasaporte que te había dado a ti. Y no iba a pasar mucho hasta que relacionaran el nombre de Sheridan Blackwood con el asunto. Probablemente James ya estuviera dándoles una descripción física mía.

"No me atreví a bajar a la Cubierta Cinco para constatar si habías logrado llegar sano y salvo a tu escondite, ya que corría el riesgo de conducirlos a ellos hasta ahí. Podía hacer una sola cosa: esconderme en alguna parte hasta que supiera con certeza que él ya no estaba en el buque.

"Lo lógico era que lo detuvieran en Barbados por el asunto del arma. Además, probablemente no supiera qué nombre figuraba en su pasaporte, y las autoridades lo controlarían antes de que él pudiera retirarlo.

"Bajé a la Cubierta Lido, donde la mayoría de les pasajeros estaba desayunando, bebí una taza de café, me quedé en un rincón, y a los pocos minutos comprendí que eso no iba a funcionar. Aparecieron dos oficiales en actitud de estar buscando a alguien, y por poco me descubren. Me puse a hablar con dos mujeres muy amables que tenía al lado, y más o menos logré disimularme en el grupito.

"A los pocos segundos de haberse marchado, pasaron otro anuncio por los parlantes. Esa vez ya dijeron correctamente el nombre. Que el señor Sheridan Blackwood por favor se presentara de inmediato ante cualquier oficial. Entonces tomé conciencia de otra cosa terrible: me hallaba dentro del cuerpo del mecánico londinense que había asesinado a toda su familia y huido de un psiquiátrico. Las huellas digitales de ese cuerpo estarían sin duda archivadas. James era capaz de hacer saber eso a las autoridades. ¡Y justo estábamos por atracar en Barbados británica! Si me detenían, ni la Talamasca iba a poder hacer que liberaran a este cuerpo. Por mucho que temiera dejarte solo, tenía que tratar de desembarcar.

—Tú sabías que yo no iba a tener problemas... Pero, ¿cómo fue que no te detuvieron en la planchada?

—Oh, casi me detienen, pero fue por pura confusión. El puerto de Bridgetown es bastante grande y habíamos atracado como corresponde, contra el muelle, o sea que no hubo necesidad de usar la lanchita. Y como los funcionarios de la aduana demoraron mucho en autorizar el desembarco, había centenares de personas aguardando en los pasillos de la cubierta inferior para bajar a tierra.

"Los funcionarios controlaban las tarjetas de embarque lo mejor que podían, pero yo me mezclé de nuevo con un grupo de señoras inglesas, empecé a hablar en voz muy alta sobre los lugares de interés que hay en Barbados y su clima maravilloso, y así conseguí pasar.

"Bajé directamente al muelle de cemento y de allí al edificio de aduanas. Luego empecé a sentir miedo de que allí me revisaran el pasaporte y no me permitieran seguir.

"¡Además, no olvides que no hacía ni una hora que yo estaba dentro de este cuerpo! Cada paso que daba me resultaba extraño. A cada instante me veía las manos y me asustaba... ¿Quién soy?, me preguntaba. Espiaba las caras de la gente y era como estar mirando por dos agujeritos de una pared ciega. ¡No podía imaginar lo que ellos veían!

—No sabes cómo te comprendo.

—Ah, pero la fuerza, Lestat... Eso no puedes saberlo. Fue como si hubiera ingerido un poderosísimo estimulante. Y estos ojos jóvenes, oh, qué lejos ven, con qué claridad.

Asentí.

—Bueno, para serte sincero, en ese momento ya no razonaba bien. El edificio de aduanas estaba repleto. Había varios cruceros fondeados. El Wind Song, el Rotterdam y creo que también el Royal Viking Sun, que amarró justo frente al Queen Elizabeth II. Lo cierto es que había turistas por todas partes, y pronto caí en la cuenta de que les revisaban los pasaportes sólo a quienes regresaban a los barcos.

"Entré en una de esas boutiques... ya sabes cómo son... llenas de mercaderías horribles, y me compré un par de anteojos para sol espejados, como los que usabas tú cuando tenías la piel tan clara, y una camiseta espantosa, con el dibujo de un loro.

"Me saqué la remera y el saco, me puse la camiseta espantosa, los anteojos, y me ubiqué en un lugar desde donde podía ver todo el largo del muelle a través de las puertas abiertas. No sabía qué otra cosa hacer. ¡Me aterraba que pudieran empezar a revisar los camarotes! ¿Qué iban a hacer cuando no pudieran abrir la puertita de la Cubierta Cinco? ¿O si llegaban a encontrar tu cuerpo en el baúl? Pero, por otra parte, ¿cómo iban a poder efectuar ese registro? ¿Y qué podía impulsarlos a hacerlo, puesto que ya tenían al hombre con el arma?

Hizo una nueva pausa para beber otro sorbo de whisky. En su aflicción, al hacer el relato parecía inocente, de una manera que nunca podría haberlo logrado con su antiguo físico.

—Estaba loco, absolutamente loco. Traté de usar mis viejos poderes telepáticos, y me llevó un tiempo descubrirlos. Además, eso tenía más relación con el cuerpo de lo que hubiera pensado.

—No me sorprende.

—Lo único que pude recoger fueron diversas imágenes y pensamientos de los pasajeros que tenía más cerca. No me sirvió de nada. Pero por suerte mis padecimientos terminaron de improviso.

"Hicieron desembarcar a James. Lo acompañaba el mismo contingente de oficiales que lo había rodeado. Deben haberlo considerado el criminal más peligroso del mundo occidental. Y se había quedado con mi equipaje. Ostentaba una magnífica imagen de decoro británico, de dignidad, conversando con una alegre sonrisita, aunque era obvio que los oficiales desconfiaban enormemente y se sintieron muy incómodos cuando tuvieron que acompañarlo a la oficina de migraciones y presentar su pasaporte.

"Me di cuenta de que lo obligaban a abandonar el buque para siempre. Incluso le revisaron el equipaje antes de dejar pasar a todo el grupo.

"Y todo ese tiempo me mantuve pegado a la pared del edificio. Con el saco y la camiseta en el brazo, parecía un vagabundo que miraba con esas gafas espantosas mi noble cuerpo viejo. ¿Qué intenciones tendrá?, pensé. ¿Para qué quiere ese cuerpo? Te repito: no comprendía aún lo astuta que había sido su decisión.

"Salí tras el pequeño batallón. Afuera esperaba un patrullero, donde pusieron todo el equipaje mientras él seguía charlando y estrechando la mano a los oficiales, ahora que no lo habrían de acompañar.

"Me acerqué lo suficiente y pude escucharle profusión de agradecimientos y disculpas, atroces eufemismos, frases vacías y comentarios entusiastas sobre lo mucho que había disfrutado del breve viaje. Parecía gozar lo indecible con toda esa fantochada.

—Sí —convine, con aire lúgubre—. No cabe duda de que es él.

—Después hubo un momento extrañísimo. Cuando le sostenían la puerta del auto para que subiera, se volvió y me miró fijo como si supiera que yo había estado ahí todo el tiempo. Pero lo disimuló con mucha inteligencia paseando la mirada por el gentío que entraba y salía por los enormes portones, me miró de nuevo muy fugazmente y sonrió.

"Sólo cuando el vehículo se marchó, me di cuenta de lo que había pasado. Se había llevado mi viejo cuerpo con toda premeditación, dejándome con este otro, de veintiséis años.

Levantó su vaso una vez más, bebió un sorbo y me observó.

—Puede que hubiera sido imposible realizar la transformación en ese momento —prosiguió—. Sinceramente, no lo sé. Pero lo cierto es que él quería ese cuerpo y que yo quedé ahí, frente al edificio de aduanas, y que ¡había vuelto a ser un hombre joven!

Tenía la mirada clavada en el vaso aunque era evidente que no lo veía; luego volvió a posarla sobre mí.

—Se cumplió lo del "Fausto", Lestat. Había comprado juventud, pero lo raro era que... ¡no había vendido mi alma!

Guardó silencio, meneó un tanto la cabeza, dio la impresión de que estaba por retomar el relato. Por último, dijo:

—¿Me perdonas que te haya abandonado? No tenía forma de volver al barco. Y desde luego, James iba camino a la cárcel, o al menos eso creía yo.

—Claro que te perdono. David, ambos sabíamos que esto podía suceder. ¡Calculamos que te iban a arrestar, y eso hicieron con él! No tiene la menor importancia. ¿Al final qué hiciste? ¿Adónde fuiste?

—A Bridgetown. En realidad no fue ni siquiera una decisión. Se me acercó un taxista negro muy simpático, pensando que yo era pasajero del barco, y efectivamente lo era. Me ofreció hacerme buen precio para dar un paseo por la ciudad. Había vivido muchos años en Inglaterra. Tenía una voz agradable. Creo que ni le contesté. Me limité a afirmar con la cabeza y subí al autito. Recorrimos la isla durante horas. Debe haberme considerado un tipo muy raro.

"Recuerdo que atravesamos unas bellísimas plantaciones de caña de azúcar. Él me contó que el caminito se había construido para carros y caballos. Yo pensaba que probablemente esos campos tenían el mismo aspecto que hace doscientos años. Lestat me lo podrá decir; él debe saberlo, pensaba. Después me miraba las manos, movía un pie, flexionaba los brazos, hacía cualquier movimiento ¡y sentía la fuerza, el vigor de este cuerpo! Entonces empezaba de nuevo a maravillarme y no prestaba atención a la voz del hombre ni a los lugares que íbamos pasando.

"Por último, llegamos a un jardín botánico. El afable conductor estacionó y me invitó a conocerlo. A mí, ¿qué más me daba? Compré la entrada con el dinero que con tanta gentileza habías dejado en los bolsillos para James, entré y me encontré con uno de los lugares más hermosos del mundo.

"Aquello era un sueño, Lestat. Tengo que llevarte a ese lugar, tienes que verlo... tú, que tanto disfrutas de las islas. En realidad, ¡no podía pensar en otra cosa que en ti!

"Y debo explicarte algo. Desde la primera vez que nos vimos, jamás te miré a los ojos ni oí tu voz, jamás pensé siquiera en ti sin sentir pena. Es la pena que se relaciona con la mortalidad, con el hecho de tomar conciencia de la edad que uno tiene, de los propios límites, de todo lo que no volveremos a ser nunca más. ¿Me entiendes?

—Sí. Cuando recorrías el jardín botánico pensabas en mí. Y no sentiste la pena.

—Así es. No la sentí.

Esperé. David bebió con avidez otro sorbo de whisky; luego alejó el vaso. Su cuerpo alto, fornido, reflejaba su elegancia de espíritu, se movía con gestos moderados, y una vez más pude oír el tono llano, mesurado, de su voz.

—Tenemos que ir ahí —dijo—, pararnos en esa colina sobre el mar. ¿Recuerdas el sonido de las ramas de los cocoteros en Grenada, esa especie de crujido que producían al mecerse en el viento? Jamás has oído una música como la que se oye en aquel jardín de Barbados. Y las flores... qué flores alocadas, impetuosas. ¡Es tu Jardín Salvaje, pero al mismo tiempo tan apacible, tan poco peligroso! ¡Vi la gigantesca palmera de los pordioseros, con sus ramas que se trenzan no bien salen del tronco! Y la "tenaza de langosta", una cosa blanda, monstruosa; y las azucenas... ah, tienes que verlas. También debe ser bellísimo a la luz de la luna, bello para tus ojos.

"Por mí, me habría quedado ahí para siempre. Pero un contingente de turistas me sacó de mi ensoñación. ¿Y sabes una cosa? Eran de nuestro barco. Pasajeros del Queen Elizabeth. —Soltó una risa alegre. Todo su cuerpo se estremeció con sus risitas. —Entonces me marché de inmediato.

"Salí, encontré a mi chofer y le pedí que me llevara a la costa oeste de la isla, pasando la zona de los hoteles suntuosos. Muchos ingleses de vacaciones. Lujo, soledad... canchas de golf. Pero después encontré un sitio... un hotel que da al mar y es exactamente lo que siempre anhelo cuando quiero alejarme de Londres, cruzar el mundo y llegar a algún lugar cálido, encantador.

. "Le pedí que subiéramos por ese caminito para ir a mirar. Se trataba de una construcción irregular revestida en yeso, de color rosado, con un precioso comedor techado de paja y abierto al frente, sobre la playa blanca. Mientras paseaba por allí reflexioné sobre todo lo ocurrido, o al menos lo intenté, y resolví quedarme por el momento en ese hotel.

"Le pagué al taxista, lo despedí y me alojé en una pequeña habitación que da al mar. Para llegar a ella tuve que atravesar jardines y entrar en una construcción cuyas puertas daban a un porche cubierto. Desde allí, un senderito bajaba directamente a la playa. No había nada entre mí y el caribe azul más que cocoteros y algunas matas de hibiscos, cubiertas de hermosísimos pimpollos rojos.

"¡Lestat, empecé a preguntarme si no me habría muerto, si todo aquello no sería más que el espejismo que uno ve cuando está por caer el telón!

Le indiqué con un gesto que comprendía.

—Me tiré en la cama y, ¿sabes qué pasó? Me quedé dormido. Me acosté con este cuerpo y me dormí.

—No me extraña —repuse con una sonrisita.

—Bueno, a mí, sinceramente, sí. ¡Pero cómo te encantaría esa habitación! Cuando me desperté a media tarde, lo primero que vi fue el mar.

"¡Luego vino el shock de comprobar que seguía dentro de este cuerpo! Descubrí que en el fondo siempre pensaba que James me iba a encontrar y obligar a salir de él, que iba a terminar vagabundeando, invisible, incapaz de encontrar un físico donde alojarme. Estaba seguro de que iba a ser más o menos así. Hasta se me ocurrió que quedaría suelto, desprendido de mí mismo.

"Sin embargo, ahí estaba yo, y eran más de las tres según este horrible reloj tuyo. Llamé en el acto a Londres. Por supuesto, cuando horas antes James les había hablado haciéndose pasar por mí, le creyeron, y sólo al escuchar atentamente el relato que ellos me hicieron pude atar cabos y saber lo que había pasado: que nuestros abogados se habían dirigido de inmediato a la sede central de la línea naviera Cunard y le allanaron el camino a James, y que él en esos momentos se hallaba viajando rumbo a los Estados Unidos. En realidad, los de la Casa Matriz pensaron que yo hablaba desde el hotel Park Central, de Miami Beach, para avisarles que había llegado bien y recibido los fondos por ellos girados.

—Tendríamos que haber previsto que él iba a pensar en eso.

—¡Sí, claro, y qué suma! Además, se la enviaron en el acto porque David Talbot sigue siendo el Superior General. Bueno, yo escuché pacientemente y luego pedí hablar con mi secretario, un hombre de suma confianza, y le conté más o menos lo que estaba ocurriendo: que un hombre de mi mismo aspecto y capaz de imitar mi voz me estaba personificando. Ese monstruo era Raglan James, y si por casualidad volvía a llamar, no debían decirle que ya estaban al tanto de la verdad sino más bien fingir que hacían todo lo que él les indicaba.

"No creo que exista en el mundo entero otra organización donde se aceptara semejante historia, ni siquiera viniendo del Superior General. Debo decir que, si bien me costó bastante convencerlos, fue mucho más sencillo de lo que podría suponerse. Había muchos detalles mínimos que sólo conocíamos mi secretario y yo, o sea que la identificación no fue problema. No le dije, desde luego, que estoy muy bien resguardado dentro del cuerpo de un hombre de veintiséis años.

"Lo que sí le dije fue que necesitaba de inmediato un pasaporte nuevo. No iba a hacer la prueba de salir de Barbados con el nombre de Sheridan Blackwood estampado sobre mi foto. Mi secretario debía comunicarse con nuestro viejo amigo Jake, de México, y éste me haría saber el nombre de alguien que pudiera realizarme el trabajito en Bridgetown esa misma tarde. También me hacía falta algo de dinero.

"Estaba a punto de cortar cuando mi asistente me contó que el impostor había dejado un mensaje para Lestat de Lioncourt: que debía reunirse cuanto antes con él en el Park Central de Miami. El impostor había dicho que Lestat de Lioncourt iba a llamar para preguntar por el mensaje, que se lo dieran sin falta.

Nuevamente se interrumpió, pero esta vez con un suspiro.

—Sé que yo tendría que haber viajado a Miami; que tendría que haberte advertido que James estaba ahí, pero se me ocurrió cuando recibí esa información. Yo sabía que, si me ponía en movimiento sin demora, podía llegar al Park Central y enfrentarme con él quizá antes que tú.

—Pero no quisiste hacerlo.

—No, no quise.

—Es perfectamente comprensible, David.

—¿Te parece? —Me estudió con la mirada.

—¿A un pequeño demonio como yo se lo preguntas?

Esbozó una pálida sonrisa, volvió a sacudir la cabeza y prosiguió.

—Pasé la noche en Barbados, y medio día de hoy. El pasaporte estuvo listo ayer, de modo que nada me impedía tomar el último vuelo a Miami. Pero no lo hice. Me quedé en ese precioso hotel, cené ahí, paseé por Bridgetown. Y hoy al mediodía me marché.

—Ya te dije que te comprendo.

—¿Sí? ¿Y si el ser vil te hubiera atacado de nuevo?

—¡Imposible! Ambos lo sabemos. Si hubiera podido hacerlo por la fuerza, lo habría logrado también la primera vez. Deja de atormentarte, David. Yo tampoco vine anoche, y eso que pensé que podías necesitarme. Estuve con Gretchen. Bueno, deja de preocuparte por cosas sin importancia. Tú sabes qué es lo que importa: lo que le está pasando a tu antiguo cuerpo en este preciso momento. No has registrado la idea, amigo. ¡Le asesté un golpe de muerte! No, veo que no lo captas. Crees que sí, pero sigues aturdido. Mis palabras deben haber constituido un duro golpe.

Me partió el corazón ver la expresión de dolor de sus ojos, y las arrugas de preocupación en esa piel nueva, tersa. Pero una vez más, esa mezcla de alma antigua y físico joven me pareció tan seductora, que me quedé mirándolo, recordando tal vez la manera en que él me había mirado en Nueva Orleáns y lo impaciente que eso me había puesto a mí.

—Tengo que ir a ese hospital, Lestat. Tengo que ver qué pasó.

—Yo también voy. Puedes acompañarme. Pero en la habitación del hospital entraré nada más que yo. Bueno, ¿dónde está el teléfono? ¡Quiero llamar al Park Central y averiguar adónde llevaron al señor Talbot! Y te repito: es muy probable que me estén buscando, porque el episodio se produjo en mi cuarto. A lo mejor me convendría llamar directamente al hospital.

—¡No! —Me tocó la mano. —No llames. Es preferible ir. Tendríamos que... ver... con nuestros propios ojos. Yo tengo que verlo. Tengo... cierto presentimiento.

—Yo también. —Pero era algo más que un presentimiento. Después de todo, yo había visto a ese viejo de pelo gris acerado sacudirse con silenciosas convulsiones sobre la cama manchada de sangre.

 

Lestat XXVI

Entonces tomé conciencia de cuánto quería hablarle de Gretchen, que ésa era la razón por la que estaba yo ahí, no sólo porque él me preocupara. Me sentí avergonzado, y sin embargo no pude dejar de decírselo. Giré para mirar hacia la playa, con el codo aún apoyado sobre la mesa, y se me nubló la vista, de modo que los colores de la noche me parecieron más luminosos que antes. Le conté que había ido a ver a Gretchen porque se lo había prometido, aunque en lo profundo del corazón tenía la esperanza de poder traerla a mi mundo. Luego le expliqué lo del hospital, lo peculiar que era, el parecido del médico con el otro, el de siglos atrás, el pequeño pabellón mismo, la idea loca de que Claudia se encontraba ahí.

—Quedé desconcertado —murmuré—. Jamás imaginé que Gretchen pudiera rechazarme. ¿Sabes lo que pensé? Ahora me parece una tontería. ¡Que yo le resultaría irresistible! Pensé que las cosas tenían que ser así, que no podían ser de otra manera, que cuando me mirara a los ojos —¡los de ahora, no aquellos ojos mortales!— vería el alma verdadera que ella amó. Nunca pensé que fuera a sentir asco, una repulsión tan total —en lo físico como en lo moral—, que en el mismo instante de comprender lo que somos fuera a echarse atrás tan por completo. ¡No entiendo cómo pude ser tan tonto, por qué todavía insisto con mis ilusiones! ¿Será por vanidad? ¿O acaso estoy loco? A ti nunca te di asco, ¿verdad, David? ¿O en eso también me engaño?

—Eres hermoso —respondió en voz baja, con palabras cargadas de emoción—. Pero también eres monstruoso, y eso fue lo que vio ella. —Qué perturbado lo noté. Jamás lo había visto tan solícito en sus pacientes charlas conmigo. De hecho, parecía sentir el mismo sufrimiento que yo, de una manera aguda y total. —No era una compañera adecuada para ti, ¿no te das cuenta? —agregó serenamente.

—Sí, me doy cuenta, claro que sí. —Apoyé la frente en la mano. Qué pena que no estuviéramos en el silencio de mis habitaciones, pero no quise forzarlo. Volvía a ser mi amigo, como no lo había sido nunca ningún otro ser de la tierra, y me propuse darle el gusto. —Sabes que tú eres el único —exclamé de repente, y a mis propios oídos mi voz sonó discordante, cansada—. El único que no me da vuelta la cara cuando fracaso.

—¿Por qué lo dices?

—Mis compañeros me condenan por mi temperamento, por mi impetuosidad. Lo disfrutan, pero cuando muestro alguna debilidad, me cierran la puerta. —Pensé en el rechazo de Louis, en que muy pronto volvería a verlo, y me inundó una malsana satisfacción. Oh, se iba a sorprender tanto. Luego se apoderó de mí cierto temor. ¿Cómo haría para perdonarlo? ¿Cómo podría dominar mi temperamento y no explotar?

—Nosotros volveríamos superficiales a nuestros héroes —respondió lentamente, casi con pesar—. Los volveríamos frágiles. Son ellos quienes deben recordarnos el verdadero significado de la fortaleza.

—¿Tú crees? —Me di vuelta, crucé los brazos sobre la mesa y clavé la mirada en la fina copa de vino blanco. —¿Soy realmente tan fuerte?

—Sí, claro, siempre lo has sido. Por eso te envidian, te desprecian y se enojan tanto contigo. Pero no hace falta que te diga todas estas cosas. Olvida a esa mujer. Habría sido un error, un error muy grande.

—Hazme ingresar, Lestat —pidió en susurros; luego se hizo hacia atrás, transformado en distinguido caballero inglés que censura sus propias emociones y miró, tras la multitud, el mar lejano.

—¿Lo dices en serio, David? ¿Estás seguro? —Honestamente, no quería preguntarlo. No quería hablar ni una palabra más. Pero, ¿por qué? ¿Qué lo había hecho tomar la decisión? ¿Qué le había producido yo con mi absurda escapada? Si no fuera por él, yo no habría vuelto a ser el vampiro Lestat. Pero qué precio debió haber pagado.

El corazón me latía de emoción. David, David en mis brazos. Su sangre que se mezclaría con la mía, la mía con la de él. Luego iríamos juntos a la orilla del mar, cual misteriosos hermanos inmortales. Me costaba hablar, y hasta pensar.

Me levanté sin mirarlo, crucé el patio, bajé la escalinata. Sabía que él me seguía. Me sentí como Orfeo: bastaría una mirada atrás para que me quedara sin él. Tal vez las luces intensas de algún auto iluminarían de tal manera mi pelo, mis ojos, que de pronto él quedaría paralizado de terror.

Recorrí el camino de regreso, dejé atrás el desfile de mortales con atuendo playero, las mesitas al aire libre de los bares. Fui derecho al Park Central, crucé el hall de pomposa elegancia, y subí a mis habitaciones.

Oí que entraba y cerraba la puerta tras de mí.

Me paré ante los ventanales y de nuevo me puse a mirar el reluciente sol del anochecer. ¡Quieto, corazón mío! No apresures las cosas. Es importante poder dar cada paso con cuidado.

Mira las nubes, cómo corren alejándose del paraíso. Las estrellas, meros puntitos resplandecientes luchando bajo el torrente de la clara luz crepuscular.

Tenía que decirle algunas cosas, explicarle otras. Dado que él iba a conservar eternamente el aspecto que tenía en ese momento, le pregunté si quería realizar algún cambio físico, como por ejemplo, afeitarse mejor, recortarse el pelo.

—Nada de eso me importa —repuso con su típico acento de británico culto—. ¿Qué te pasa? —Muy amable, como si fuese yo el que necesitaba que lo tranquilizaran. —¿No era lo que querías?

—Sí, claro que sí. Pero tú también tienes que estar seguro de quererlo —le contesté, y sólo entonces me volví.

Estaba de pie en las sombras, muy sereno, vestido con su traje de hilo blanco y corbata de seda correctamente anudada. La luz de la calle brillaba sobre sus ojos, y en un momento dado se reflejó sobre el minúsculo alfiler de su corbata.

—No puedo explicarlo —murmuré—. Todo ha sido tan rápido, tan repentino, y justo cuando ya creía que tú no lo deseabas. Tengo miedo por ti, miedo de que cometas un error.

—Yo quiero hacerlo —reconoció, pero qué forzada su voz, qué carente de su habitual matiz lírico—. Lo quiero más de lo que imaginas. Hazlo ahora, por favor. No prolongues mi agonía. Ven a mí. ¿Qué puedo hacer para invitarte, para que estés seguro? He tenido más tiempo que tú para meditarlo. Recuerda cuánto hace que conozco tus secretos, sin excepción.

Qué extraño me pareció su rostro, qué dura su mirada, qué agrio el rictus de su boca.

—David, algo anda mal. Lo sé. Escúchame. Debemos hablarlo. Quizá sea la conversación más importante que tengamos jamás. ¿Qué sucedió como para que tuvieras deseos de hacerlo? ¿Qué fue? ¿El tiempo que estuvimos juntos en la isla? Dímelo, porque tengo que comprenderlo.

—Estás perdiendo tiempo, Lestat.

—Oh, para esto hay que tomarse todo el que sea necesario. Será la última vez que el tiempo importe.

Me acerqué deliberadamente a él para impregnarme de su aroma, para que despertara en mí ese deseo que no reparaba en quién era él ni qué era yo, el apetito voraz que sólo podía saciarse con su muerte.

Retrocedió unos pasos y vi miedo en sus ojos.

—No, no te asustes. ¿Crees que te haría daño? ¡Jamás podría haber derrotado a ese estúpido James, de no haber sido por ti!

Su rostro se puso tieso, los ojos quedaron más pequeños, la boca formó una especie de mueca. Qué horrible lo vi, qué distinto a lo que era siempre. Dios santo, ¿qué es lo que cruzaba por su mente? ¡Esa decisión, ese momento, estaba saliendo todo mal! No había alegría, intimidad. Así no debía ser.

—¡Ábrete a mí! —clamé.

Hizo gestos de negación, y sus ojos volvieron a entrecerrarse.

—¿No se va a producir cuando fluya la sangre? —Qué frágil su voz. —¡Dame una imagen para guardar en mi mente, Lestat! Una imagen que me proteja del miedo.

Yo estaba desconcertado. No sabía qué quería decir.

—¿Te parece que piense en ti, en lo bello que eres —propuso con ternura—, en que vamos a ser compañeros para siempre?

—Piensa en la India. Piensa en el bosque de mangos, en la época en que más feliz has sido...

Quise decir más, quise decir no, en eso no, pero no sabía por qué. Y dentro de mí surgió el hambre, mezclada con una ardiente soledad, y una vez más vi a Gretchen, vi su expresión de horror. Me acerqué más. David, David por fin... ¡Hazlo! y deja ya de hablar, qué importan las imágenes, ¡hazlo! ¿Qué te pasa? ¿Acaso tienes miedo?

Esta vez lo abracé con fuerza.

De nuevo vi miedo en él, fue algo súbito, y por un instante saboreé la exuberante intimidad física, el cuerpo alto y majestuoso entre mis brazos. Mis labios recorrieron su pelo gris oscuro, aspiraron la conocida fragancia, mis dedos sostuvieron su cabeza, la acunaron. Luego, mis dientes quebraron la superficie de su piel incluso antes de que me propusiera hacerlo, y la sangre caliente, salada, fluyó sobre mi lengua, me llenó la boca.

David, David por fin.

Las imágenes me vinieron como una avalancha, los grandes bosques de la India, los elefantes grises que pasaban, las rodillas levantadas torpemente, las gigantescas cabezas que se movían, las orejas muy pequeñas golpeteando como hojas sueltas. La luz del sol que caía sobre el bosque. ¿Dónde está el tigre? Oh, Dios, ¡Lestat, el tigre eres tú! ¡Finalmente se lo hiciste! ¡Con razón no querías que pensara en eso! Tuve una visión fugaz de él observándome en el claro del bosque, el David de años atrás, espléndido, juvenil, sonriente, y de golpe, durante una fracción de segundo, apareció otra figura, la imagen superpuesta de otro hombre, o bien surgiendo desde adentro como una flor que se abre. Era un ser delgado, demacrado, canoso, de ojos sagaces. Y antes de que se esfumara una vez más dentro de la imagen inerte de David, ¡supe que había sido James!

¡El hombre que tenía en mis brazos era James!

Lo eché hacia atrás, y con la mano me limpié la sangre que me chorreaba de los labios.

—¡James! —grité.

Cayó contra el costado de la cama, aturdido, con gotas de sangre en el cuello de la camisa y una mano en alto.

—¡No seas atropellado! —clamó, con la vieja entonación propia, sudoroso su rostro.

—¡Que te pudras en el infierno! —vociferé, mirando esos ojos frenéticos que habitaban en la cara de David.

Me abalancé sobre él, que en la desesperación dejó escapar risas de loco y más palabras, presurosas, farfulladas.

—¡Idiota! ¡Es el cuerpo de Talbot! ¡Cómo vas a hacerle daño al cuerpo de Talbot!

Lamentablemente, fue demasiado tarde. Traté de contenerme, pero lo aferré del cuello y lo arrojé contra la pared.

Horrorizado, vi que se estrellaba contra el yeso. Vi que le salía sangre de la nuca, oí el crujido espantoso de la pared rota y, cuando me estiré para abarajarlo, cayó directamente en mis brazos. Me miró con ojos bovinos, al tiempo que su boca luchaba con frenesí tratando de articular alguna palabra.

—Mira lo que hiciste, imbécil. Mira... lo que...

—¡Quédate dentro de ese cuerpo, monstruo! —dije, apretando los dientes—. ¡Mantenlo con vida!

Boqueaba. Un hilillo de sangre le salía de la nariz y entraba en su boca. Se le dieron vuelta los ojos. Lo sostuve, pero le colgaban los pies, como si estuviera paralítico.

—Idiota, llama a mi madre, llámala... mamá, mamá... Raglan te necesita... No llames a Sarah. No se lo digas a Sarah. Llama a mi madre... —Luego perdió el conocimiento, la cabeza le cayó hacia un lado, y entonces lo tendí sobre la cama.

Me puse frenético. ¡Qué iba a hacer! ¿Podía curarle las heridas con mi sangre? No, el daño era interno, dentro de la cabeza, ¡del cerebro! ¡Dios mío! ¡El cerebro de David!

Manoteé el teléfono, tartamudeé el número de la habitación diciendo que era una emergencia. Había un hombre muy malherido producto de una caída. ¡Había tenido un accidente cerebral! Debían llamar de inmediato una ambulancia.

Corté y volví a donde él estaba. ¡El cuerpo y el rostro de David seguían ahí, inertes! Pestañeó, abrió y cerró la mano izquierda.

—Mamá... —murmuró—. Avísale a mamá. Dile que Raglan la necesita... Mamá.

—Ya viene. ¡Tienes que esperarla! —Suavemente le hice girar la cabeza a un lado. Pero, en verdad, ¿qué importaba? ¡Que saliera de allí si podía! ¡Ese cuerpo no se iba a curar! ¡Ese cuerpo nunca más sería apto para albergar a David! '

¿Y dónde diablos estaba David?

La sangre se desparramaba por toda la sobrecama. Me mordí la muñeca. Dejé caer las gotitas en las mordeduras de su cuello. A lo mejor venía bien ponerle además otras gotitas en los labios. ¡Pero qué podía hacer por el cerebro! Dios mío, por qué lo hice...

—¡Idiota! —murmuró—. Mamá.

Su mano izquierda comenzó a agitarse de lado a lado sobre la cama. Luego vi que todo el brazo se sacudía y, más aún, que también el costado izquierdo de la boca se le iba a un lado una y otra vez. Los ojos miraban hacia arriba con fijeza, y las pupilas dejaron de moverse. Siguió saliéndole sangre de la nariz, entrándole en la boca, ensuciándole los blancos dientes.

—Oh, David, no quise hacerte esto. ¡Dios mío, se va a morir!

Creo que él articuló una vez más la palabra "mamá". Pero ya se oían las sirenas por el bulevar Ocean. Alguien golpeaba la puerta. Me coloqué a un costado cuando la abrieron, de modo que pude huir sin que me vieran. Otros mortales subían presurosos por la escalera. Cuando pasé al lado de ellos, no vieron más que una sombra fugaz. Me detuve un instante en el hall y, aturdido, miré a los empleados que corrían por doquier. El espantoso ulular de la sirena se oía cada vez más fuerte. Giré sobre mis talones y salí a la calle a los tumbos.

—Dios mío, David, ¿qué he hecho?

Una bocina de auto me sobresaltó; luego otra me sacó de mi estupor. Estaba parado en medio del tráfico. Retrocedí y me alejé en dirección a la arena.

De repente se detuvo frente al hotel una ambulancia de grandes dimensiones. Un muchacho robusto bajó del asiento delantero e ingresó en el hall, mientras el otro iba a abrir las puertas de atrás. Alguien gritó algo en el interior del edificio. Vi una silueta arriba, en la ventana de mi habitación.

Me alejé más aún. Las piernas me temblaban como si yo fuera mortal; con las manos me aferraba tontamente la cabeza, mientras contemplaba la tremenda escena a través de los anteojos ahumados, mientras veía congregarse la inevitable multitud, mientras muchos se levantaban de las mesas de restaurantes próximos para dirigirse a la entrada del hotel.

Ya no podía ver nada de manera normal, pero de todos modos reconstruí el espectáculo sacando imágenes de las mentes humanas: la camilla que cruzaba por el hall llevando atado el cuerpo inerte de David, los ayudantes apartando a los curiosos.

Se cerraron las puertas de la ambulancia y la sirena reinició su amenazante ulular. Y partió a toda velocidad, portando el cuerpo dé David quién sabe adónde.

Tenía que hacer algo, pero, ¿qué? ¡Entrar en el hospital y realizar el cambio con ese cuerpo! ¿Qué otra cosa lo puede salvar? ¿Y después tener a James dentro de él? ¿Dónde está David? Dios mío, ayúdame. Pero, ¿por qué habrías de hacerlo?

Por último, entré en acción. Corrí velozmente por la calle aprovechando que los mortales casi no podían verme, encontré una cabina telefónica de vidrio, me metí en ella y cerré la puerta.

Le indiqué a la operadora que quería hablar con Londres, al número de la Talamasca, con cobro revertido. ¿Por qué demoraba tanto? Impaciente, golpeé el vidrio con el puño, sin quitar el auricular de la oreja. Por fin, una de las gentiles voces de la Talamasca aceptó el llamado.

—Escúcheme —dije, deletreando primero mi nombre completo—. Esto quizá le resulte raro, pero es muy importante. El cuerpo de David Talbot acaba de ser llevado de urgencia a un hospital de la ciudad de Miami. ¡Ni siquiera sé a cuál! Pero sé que ese cuerpo está muy malherido y puede morir. Le pido que comprenda que David no se halla dentro de ese cuerpo... ¿Me escucha? Está en otra parte...

Dejé de hablar.

 

Lestat XXV

Debí haberme ido a Miami esa misma noche. David podía necesitarme... Y por supuesto, no tenía ni idea de dónde podría estar James.

Pero no fui capaz —estaba demasiado conmovido—, y antes de la mañana me encontré a gran distancia de la pequeña Guyana Francesa, aunque todavía en la jungla voraz, sediento y sin posibilidades de saciarme.

Una hora antes del amanecer llegué a un antiguo templo —un gran rectángulo de piedra gastada— tan cubierto de enredaderas y otros retorcidos follajes, que quizá resultara invisible hasta para los mortales que acertaran a pasar a escasos centímetros de allí. Pero como no había camino, ni siquiera una senda que atravesara ese sector de la jungla, supuse que hacía siglos que no era transitado por nadie. Ese lugar era mi secreto.

Con excepción de los monos, claro, que se habían despertado con la luz del alba. Una verdadera tribu de ellos había sitiado el tosco edificio en medio de chillidos, reunidos en enjambres por todo el techo plano y los costados en declive. Con desgano y un esbozo de sonrisa en mi rostro los observé retozar. En toda la selva se había iniciado un renacimiento. El coro de los pájaros tenía mucho más volumen que en las horas de penumbra total y, a medida que aclaraba, fui percibiendo en derredor innumerables tonalidades de verde. Anonadado, tomé conciencia de que no iba a ver el sol.

Mi estupidez en cuanto a ese tema me sorprendió un poco. Cuán cierto es que somos hijos de la costumbre. Ah, ¿pero no era suficiente esa luz temprana? Qué placer volver a estar en mi viejo cuerpo...

...salvo si recordaba la expresión de asco total que puso Gretchen.

Una bruma espesa se elevaba del suelo, captaba esa bellísima iluminación y la difundía hasta las grietas y recodos más minúsculos, debajo de hojas y flores.

Miré en torno y mi tristeza aumentó, o mejor dicho, me sentí en carne viva, como si me hubieran despellejado. La palabra "tristeza" es demasiado suave y dulce. Pensé muchas veces en Gretchen, pero sólo en imágenes sin palabras. Y cuando evocaba a Claudia sentía un embotamiento, un recuerdo silencioso e inexorable de las palabras que le dije en mi sueño febril.

Como una pesadilla, el viejo médico de patillas entrecanas. La niña-muñeca en su sillita. No, ahí no. Ahí no. Ahí no.

¿Y qué importaba si hubiesen estado allí? No importaba en absoluto.

Bajo esas profundas emociones, no me sentía desdichado; y tomar conciencia de ello, saberlo a ciencia cierta fue quizá lo más maravilloso. Oh, sí, volvía a ser el de siempre.

¡Tenía que contarle a David lo de esa selva! David tenía que viajar a Río antes de regresar a Inglaterra. Yo lo acompañaría, quizás.

Quizás.

En el templo encontré dos puertas. La primera estaba trabada con pesadas piedras irregulares, pero la otra no, ya que hacía tiempo que las piedras se habían caído y yacían amontonadas en una pila informe. Trepé por ellas, encontré una empinada escalera por la que bajé, recorrí varios pasajes hasta llegar a recintos donde no entraba la luz. Fue en uno de esos ámbitos, frío, totalmente aislado de los ruidos de la selva, donde me tendí a dormir.

Habitaban allí diminutos seres resbaladizos. Cuando apoyé la cara contra el piso, frío y húmedo, sentí que esas criaturas me caminaban por las yemas de los dedos. Luego el peso sedoso de una serpiente cruzó por mi tobillo. Todo eso me arrancó una sonrisa.

Cómo se habría erizado mi antiguo cuerpo mortal. Pero también es cierto que mis ojos humanos no habrían podido ver dentro de ese lugar recóndito.

De pronto comencé a temblar, a llorar una vez más, muy quedo, pensando en Gretchen. Sabía que jamás volvería a soñar con Claudia.

—¿Qué pretendías de mí? —murmuré—. ¿Sinceramente creías que podía salvar mi alma? —La vi tal como en mi delirio, en ese viejo hospital de Nueva Orleáns donde la tomé de los hombros. ¿O acaso habíamos estado en el viejo hotel? —Te dije que lo volvería a hacer. Te lo advertí.

Algo se había salvado en aquel momento. La siniestra condena de Lestat se había salvado, y se mantendría intacta para siempre.

—Adiós, mis seres queridos —musité.

Después me dormí.

Miami, ah, mi bella metrópolis sureña que yace bajo el cielo brillante del Caribe, ¡digan lo que digan los mapas! El aire me pareció más dulce aún que en las islas y soplaba, suave, sobre las multitudes de rigor del bulevar Ocean.

A medida que trasponía rápidamente el hall art déco del Park Central camino a las habitaciones que allí tengo, iba sacándome la ropa que usé en la selva. Saqué de mi placard una remera blanca, chaqueta color caqui con cinturón, pantalón y un par de finas botas marrones de cuero. Me agradó la sensación de no tener que usar más la ropa del Ladrón de Cuerpos, por bien que me quedara.

Acto seguido llamé a conserjería; me enteré así de que David Talbot se hallaba desde el día anterior en el hotel y en esos momentos me aguardaba no lejos de allí, en el patio delantero del restaurante Bailey.

No tenía ánimo para estar en lugares muy concurridos. Trataría de convencerlo de que volviéramos a mis aposentos. Con toda seguridad él debía estar agotado por todo lo vivido. La mesa y sillones que había frente a las ventanas serían un ambiente ideal para conversar, como ciertamente íbamos a hacer.

Salí a la atestada acera, tomé hacia el norte y divisé Bailey y su inevitable letrero de neón sobre bellos toldos blancos. Ataviadas con manteles rosados y velas, las mesitas ya estaban ocupadas por los primeros contingentes nocturnos. En el rincón más apartado del patio vi la elegante figura de David, vestido con el mismo traje de hilo que había usado en el barco. Aguardaba mi llegada con su habitual expresión alerta.

Pese al alivio que sentí, a propósito lo tomé por sorpresa: me senté con tanta velocidad en la silla de al lado, que lo sobresalté.

—Ah, demonio —susurró. Vi un duro rictus como si realmente estuviera fastidiado en su boca, pero luego sonrió. —Gracias a Dios estás bien.

—¿Te parece?

Cuando apareció el camarero le pedí una copa de vino, para que no siguiera insistiéndome si dejaba pasar el tiempo. A David ya le habían servido una bebida exótica, de aspecto asqueroso.

—¿Qué diablos pasó? —pregunté, acercándome un poco más para poder tapar el ruido del ambiente.

—Fue un caos total. Él trató de atacarme y a mí no me quedó más remedio que usar el arma. Se fugó por la terraza porque yo no pude sostener firmemente el maldito revólver. Era demasiado grande para estas manos viejas. —Suspiró. Se lo veía exhausto, desmejorado. —Después, sólo tuve que comunicarme con la Casa Matriz y pedir que pagaran mi fianza. Llamadas que iban y venían a la sede de Cunard, de Liverpool. —Restó importancia al asunto con un gesto. —Al mediodía abordé un avión para Miami. No quería dejarte desprotegido en el buque, pero no pude hacer otra cosa.

—No corrí el menor peligro. Más bien temía por ti. Te dije que por mí no te preocuparas.

—Sí, eso fue lo que pensé. Los envié tras James, desde luego, con la esperanza de desalojarlo del barco. Era evidente que no podían emprender una búsqueda cuarto por cuarto. Por eso supuse que no te molestarían. Estoy casi seguro de que James bajó a tierra luego del jaleo. De lo contrario, lo habrían aprehendido. Les di una descripción fiel, por supuesto.

Se interrumpió, bebió cautelosamente un trago de su extraña bebida y la dejó.

—Se ve que eso no te gusta —le dije—. ¿Por qué no pediste el horrible whisky de siempre?

—Es la bebida de las islas y tienes razón, no me gusta, pero no importa. ¿Cómo te fue a ti?

No le respondí. Puesto que, desde luego, lo veía con mi antigua capacidad visual, su piel aparecía más translúcida y quedaban en evidencia todos sus pequeños achaques. Sin embargo, poseía ese halo de lo maravilloso que los vampiros ven en todos los mortales.

Lo noté cansado, abrumado por la tensión. Hasta tenía los ojos enrojecidos, y una vez más advertí cierta rigidez en su boca. ¿Lo habría avejentado más el suplicio vivido? No soportaba ver eso en él. Pero, cuando me miró, distinguí preocupación en su rostro.

—Te ha pasado algo malo —dijo, al tiempo que estiraba un brazo y apoyaba una mano sobre la mía. Qué tibia sentí. —Lo noto en tus ojos.

—No quiero hablar aquí. ¿Por qué no vamos a mi habitación del hotel?

—No, prefiero quedarme —me pidió con suavidad—. Estoy muy ansioso después de todo lo que pasó. Sinceramente fue una pesadilla para un hombre de mi edad. Me siento agotado. Supuse que ibas a llegar anoche.

—Perdóname; tendría que haber venido. Me imagino lo difícil que debe resultarte, pese a lo mucho que lo disfrutabas mientras sucedía.

—¿Eso te pareció? —Me dirigió una sonrisita cansada. —Necesito otro trago. ¿Qué dijiste? ¿Whisky?

—¿Qué dije yo? Pensé que era tu bebida preferida.

—De vez en cuando. —Hizo señas al camarero. —A veces me resulta demasiado aburrido. —Preguntó por una única marca, que no tenían; entonces aceptó un Chivas Regal. —Gracias por darme el gusto. Me agrada este lugar, el ambiente agitado, el estar a la intemperie.

Hasta su voz sonaba cansada, carecía de una chispa que le diera vida. No era, en absoluto, el momento para proponerle un viaje a Río. Y la culpa era mía.

—Como gustes —acepté.

—Ahora cuéntame lo que pasó. Veo que lo vives como una gran carga en tu interior.

 

Lestat XXIV

Selva tropical de Sudamérica. Una profunda maraña de bosque y jungla a través de kilómetros y kilómetros de continente; que cubre con su manto laderas de montañas y se congrega en los valles; que sólo se interrumpe para dar paso a ríos rutilantes y lagos resplandecientes; suave, y lozana, y frondosa, y aparentemente inofensiva cuando se la ve desde muy arriba, por entre las nubes.

La penumbra es total cuando uno se detiene sobre la tierra blanda, mojada. Tan altos son los árboles, que el cielo no se ve sobre sus copas. Allí la creación no es nada más que lucha y peligro en medio de esas profundas sombras húmedas. Es el triunfo final del Jardín Salvaje, y jamás los científicos del mundo podrán clasificar todas las especies de mariposas, de leopardos, de peces carnívoros y serpientes gigantes que habitan el lugar.

Pájaros con alas color del cielo estival o del sol ardiente pasan raudos entre las ramas. Chillan los monos al tiempo que estiran sus manecitas inteligentes para aferrarse de enredaderas gruesas como maromas. Mamíferos lustrosos y siniestros, de mil tamaños y formas, se buscan unos a otros sin piedad sobre raíces monstruosas y tubérculos semienterrados, bajo hojas enormes y susurrantes, se trepan por los troncos retorcidos de árboles jóvenes que mueren en la fétida tiniebla, mientras absorben su último alimento del suelo pestilente.

Insensato e infinitamente vigoroso es el ciclo de hambre y saciedad, de muerte violenta y dolorosa. Reptiles de ojos implacables y brillantes como ópalos se alimentan eternamente con el serpenteante universo de insectos duros y crujientes, como lo han hecho desde las épocas en que aún no había criaturas de sangre caliente sobre la tierra. Y los insectos —con alas, con aguijones, colmados de letal veneno, deslumbrantes por su belleza horrenda y atrozmente sagaces— a la larga se hacen un festín con todos.

No hay piedad en ese bosque. No hay misericordia, justicia, veneración por su belleza ni admiración por la hermosura de sus lluvias. Hasta el astuto mono es en el fondo un idiota moral.

Es decir, no había tal cosa hasta que llegó el hombre.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de años atrás ocurrió. La jungla devora los huesos. Calladamente se traga manuscritos sagrados, corroe las piedras más obstinadas del templo. Productos textiles, cestas tejidas, cacharros decorados y hasta adornos de oro terminan disueltos en sus fauces.

Pero los pobladores de cuerpo pequeño y tez oscura están allí desde hace siglos —sobre eso no hay duda—, creando sus frágiles aldeas de chozas construidas con hojas de palmera y humeantes fogones, cazando los animales abundantes y letales con sus toscas lanzas y sus dardos mortíferos. En algunos lugares levantan, como lo han hecho siempre, granjas pequeñas donde cultivan gruesas batatas, enormes paltas, pimientos colorados y maíz. Mucho maíz amarillo, dulce y tierno. Gallinas de reducido tamaño picotean el exterior de las viviendas, hechas con esmero. Amontonados en sus chiqueros, resoplan, cerdos gordos y lustrosos.

¿Son estos humanos, que desde siempre han luchado unos contra otros, lo mejor del Jardín Salvaje? ¿O acaso tan sólo una parte no diferenciada de él, no más compleja que el ciempiés, que el furtivo jaguar de piel arrasada o la silenciosa rana de ojos saltones, tan tóxica que sólo tocar su piel moteada acarrea la muerte?

¿Qué tienen que ver las innúmeras torres de la gran Caracas con ese mundo que se extiende y llega hasta tan cerca de ella? ¿De dónde salió esa metrópolis sudamericana, con sus cielos contaminados y sus arrabales superpoblados en las laderas de las sierras? La belleza es belleza dondequiera se encuentre. Por la noche, hasta esos ranchitos, como les dicen —miles y miles de chozas que cubren las laderas en pendiente, a ambos lados de las modernas autopistas— son hermosos, porque, si bien no tienen agua ni desagües cloacales y allí la gente vive apiñada transgrediendo todo concepto moderno de salud y confort, igualmente ostentan festones de brillantes lucecitas eléctricas.

¡A veces parece que la luz puede transformar cualquier cosa! Que es una innegable e irreductible metáfora de la gracia. Pero la gente de los ranchitos, ¿sabe esto? ¿Lo hacen así porque es más bello? ¿O acaso sólo buscan una iluminación cómoda en sus pequeñas viviendas?

No importa.

No podemos dejar de crear belleza. No podemos detener el mundo.

Miro desde arriba el río que pasa por St. Laurent, una cinta de luz que de tanto en tanto se entrevé en medio de las copas de los árboles, mientras se interna cada vez más en la jungla hasta llegar por fin a la pequeña misión de Santa Margarita María, un puñado de viviendas en un claro a cuyo alrededor aguarda pacientemente la selva. ¿No es bonito ese racimo de edificaciones con techos de lata, con paredes pintadas a la cal y toscas cruces, con ventanitas iluminadas y el sonido de una única radio por la que se oye una melodía de letra india y alegre ritmo de tambores?

Qué hermosos los porches anchos de las casas, donde se ven hamacas, sillas y sillones de madera pintada. Las telas metálicas de las ventanas confieren a las habitaciones una belleza amodorrada al dibujar diminutos enrejados de líneas finas sobre los numerosos colores y formas, con lo cual consiguen acentuarlos, volverlos más visibles y vibrantes, hacer que parezcan más premeditados, como los interiores de una pintura de Edward Hopper o las ilustraciones de un colorido libro de figuras infantiles.

Por supuesto, no hay manera de detener la desenfrenada propagación de la belleza. Eso es cuestión de reglas, de la concordancia, la estética de la composición y el triunfo de lo funcional sobre lo impensado.

¡Pero allí tampoco hay mucho de eso!

Este es el destino de Gretchen, del cual todas las sutilezas del mundo moderno han desaparecido: un laboratorio para un único y reiterativo experimento moral: hacer el bien.

En vano entona la noche su canto de caos, hambre y destrucción alrededor del reducido campamento. Lo que allí importa es el cuidado de un número limitado de humanos que han venido en busca de vacunas y antibióticos, a que se le practiquen cirugías. Como dijo la misma Gretchen, pensar en un panorama más amplio es mentir.

Durante horas me paseé describiendo un gran círculo en medio de la jungla densa, despreocupado, abriéndome paso entre el follaje infranqueable. Trepé por las fantásticas raíces altas de los árboles, me detuve aquí y allá para escuchar el coro profundo y enmarañado de la noche salvaje. Muy tiernas eran las flores húmedas que crecen en las ramas más altas y lujuriantes y dormitan en la promesa de la luz matinal.

Una vez más, no sentí el más mínimo temor ante la fealdad mojada y corrompida del proceso natural. El hedor de la podredumbre en el cenagal. Las cosas resbaladizas no pueden hacerme daño, y por ende no me disgustan. Ah, que venga hacia mí la anaconda; me encantaría sentir ese abrazo estrecho, de rápido movimiento. Cuánto me agradó el grito agudo de los pájaros, cuya intención era sin duda causar terror a un corazón más simple. Qué pena que los pequeños monos de brazos peludos estuvieran durmiendo en ese instante, pues me habría gustado cazarlos, tenerlos un rato conmigo para besarlos en sus frentes fruncidas, en sus parlanchinas bocas sin labios.

Y esos pobres mortales que dormían dentro de las numerosas casuchas, junto a sus campos prolijamente labrados, en la escuela, el hospital y la capilla, parecían un milagro divino de creación hasta en sus detalles más nimios.

Hmmm. Extrañaba a Mojo. ¿Por qué no estaba allí, merodeando conmigo por la selva? Tenía que entrenarlo para que se convirtiera en perro de vampiro. De hecho, lo imaginaba custodiando mi ataúd durante las horas del día, centinela al estilo egipcio, con orden de despedazar a cualquier intruso mortal que lograra descender las escalinatas del santuario.

Pero ya pronto lo iba a ver. El mundo entero esperaba tras esos bosques. Cuando cerraba los ojos y convertía mi cuerpo en agudo receptor, alcanzaba a oír a través de los kilómetros el ruido intenso del tránsito de Caracas, sus voces amplificadas, el pulso de la música en esas cuevas con aire acondicionado hacia donde atraigo a los asesinos, como mariposas a la luz de la vela, para poder alimentarme.

En la selva, en cambio reinaba la paz mientras iban pasando las horas de ronroneante silencio tropical. Un resplandor de lluvia caía desde el cielo nuboso con golpecitos suaves sobre los techos de metal, apisonando el polvo y moteando los escalones ya barridos de la escuela.

Se apagaron las luces en los pequeños dormitorios y en las casitas distantes. Sólo siguió titilando una luminosidad roja en el interior de la capilla a oscuras, con su torre baja y su enorme campana reluciente y silenciosa. Lucecitas amarillas con minúsculas pantallas metálicas alumbraban los senderos despejados, las paredes blanqueadas a la cal.

Se apagaron las luces en la primera de las construcciones del hospital, donde Gretchen trabajaba sola.

De vez en cuando alcanzaba a ver su perfil contra las ventanas. Vi que estaba del lado de adentro de la puerta, que llevaba el pelo recogido en la nuca y se sentaba unos instantes a un escritorio para escribir unas notas inclinando la cabeza.

Por último me aproximé en silencio a la puerta, entré en la oficina reducida, desordenada, iluminada por una única lámpara, y enfilé hacia la entrada del pabellón.

¡Hospital de niños! Ubicadas en dos hileras, las camas eran diminutas, sencillas, toscas. ¿Estaba viendo visiones en esa semipenumbra profunda? ¿O es que las camas estaban hechas de madera ordinaria, atadas en las uniones, y tenían mosquiteros? Y sobre la mesa descolorida, ¿no había un resto de vela en un platito?

De pronto me sentí mareado; me abandonó la gran claridad de la visión. ¡Este hospital, no! Parpadeé, tratando de separar los elementos eternos de aquellos que tenían sentido. ¡Bolsitas plásticas de suero endovenoso que brillaban colgadas de sus soportes junto a las camas, ingrávidos tubos de nylon que descendían hasta las agujas clavadas en bracitos delgados, frágiles!

Eso no era Nueva Orleáns. ¡No era aquel pequeño hospital! ¡Y sin embargo, miren las paredes! ¿No son de piedra? Me enjugué la pátina de sudor sanguinolento de la frente y miré la mancha que quedó en el pañuelo. La que estaba allá, en la camita del fondo, ¿no era una niñita rubia? Una vez más me dominaron las náuseas. Me pareció oír una risa aguda, burlona pero llena de felicidad. No, no, debía ser un pájaro afuera, en la gran penumbra. No había una mujer de edad, de batón casero hasta los tobillos y pañoleta alrededor de los hombros. Hacía siglos que no existía más; había desaparecido junto con aquel edificio pequeño.

Pero la criatura gemía; la luz brillaba sobre su cabecita. Vi su mano regordeta contra la manta. Traté de aclarar nuevamente mi visión. Una sombra larga cayó en el piso, a mi lado. Sí, miren el indicador de apnea con sus diminutos números luminosos y los botiquines de remedios con puertitas de vidrio. No aquel hospital, sino éste.

¿Así que has venido a buscarme, papá? Cierto que dijiste que lo volverías a hacer.

—No, ¡no le voy a hacer daño! No quiero hacerle daño. —¿Estaba yo susurrando en voz alta?

La vi a lo lejos, al final de la angosta habitación, sentadita en su silla alta. Zarandeaba los pies y los bucles le llegaban hasta las mangas abullonadas.

¡Has venido a buscarla! ¡Sabes que es así!

—Shh, va a despertar a los niños. Váyase. ¡Está loco!

—¿Señor? ¿Qué desea?

Levanté la mirada y vi al médico que tenía ante mis ojos, un hombre de edad, de patillas descoloridas y minúsculos anteojitos. ¡No, ese doctor no! ¿De dónde había salido? Le miré la cartela del nombre. Estábamos en la Guyana Francesa; por eso él hablaba en francés. Y no hay una niña sentada en una sillita alta, al final del pabellón.

—Ver a Gretchen. La hermana Marguerite. —Me había parecido verla ahí adentro, a través de las ventanas. Sabía que estaba ahí.

Ruidos apagados en el extremo más distante de la sala. Él no puede oírlos, pero yo sí. Gretchen viene para acá. De pronto percibí su aroma, mezclado con el de los niños y el del anciano.

Pero ni siquiera con esos ojos míos pude ver en semejante penumbra. ¿De dónde venía la luz de este lugar? Ella acababa de apagar la lamparita del fondo; recorrió la sala entera, fue dejando atrás cama tras cama, con andar rápido y la cabeza agachada. El médico hizo un gesto de cansancio y se alejó.

No le mires las patillas desteñidas, los anteojitos ni la giba de su espalda redondeada. Ya le viste el cartelito plástico con el nombre. ¡No es un fantasma!

La puerta con tela metálica golpeó suavemente detrás del hombre, cuando él ya se alejaba.

Gretchen se hallaba parada en la leve penumbra. Qué hermoso el pelo ondulado, que llevaba hacia atrás de la tersa frente, y sus grandes ojos de mirada firme. Me vio los zapatos antes de verme a mí. De pronto, tomó conciencia del extraño, de su silueta blanquecina, callada —no dejé escapar ni un suspiro— en la quietud total de la noche, en un lugar al que no pertenecía.

El médico se había esfumado. Parecían habérselo tragado las sombras, pero sin duda andaba por ahí afuera, en las tinieblas.

Yo estaba parado contra la luz que venía de la oficina. Me abrumaba el olor femenino, en el que se mezclaba la sangre con el perfume limpio de un ser vivo. Dios mío, verla con esa visión, ver la belleza resplandeciente de sus mejillas. Pero yo tapaba la luz, ¿verdad?, porque la puerta era muy pequeña. ¿Veía ella mis facciones con suficiente nitidez? ¿Notaba el color fantasmal de mis ojos?

—¿Quién es usted? —Fue un susurro bajo, cauteloso. Estaba lejos de mí, desamparada, contemplándome con expresión recelosa.

—Gretchen, soy Lestat. Vine a verte, como te prometí.

Nada se agitó en el pabellón largo y angosto. Las camitas parecían congeladas tras el tul de los mosquiteros. Empero, la luz se movía en las rutilantes bolsitas de líquido, a la manera de infinitas lamparitas plateadas cuando brillan en la penumbra opaca. Alcancé a oír la respiración leve, regular, de los cuerpos dormidos. Y un sonido ahogado, rítmico, como el de un niño que juega a golpetear una y otra vez la pata de una silla con el taco del zapato.

Gretchen alzó lentamente su mano derecha y con instintivo aire protector la apoyó sobre su pecho, bajo el cuello. Se le aceleró el pulso. Noté que sus dedos se cerraban como aferrando un relicario, y luego vi la luz que se reflejaba en la delgada cadenita de oro.

—¿Qué es eso que llevas al cuello?

—¿Quién es usted? —volvió a preguntar con labios temblorosos. Su murmullo puede decirse que tocó fondo. La luz tenue de la oficina, a mis espaldas, resaltaba en sus ojos. Me miró la cara, las manos.

—Soy yo, Gretchen. No te haré daño. Ni se me ocurriría hacerte el menor daño. Vine porque te lo había prometido.

—No... no le creo. —Retrocedió unos pasos; sus suelas de goma apenas rasparon el piso de madera.

—No me tengas miedo, Gretchen. Quería que supieras que es verdad todo lo que te dije. —Hablaba yo con suma suavidad. ¿Ella me estaría oyendo?

Me di cuenta de que trataba de aclarar su vista, como segundos antes yo también había tenido que hacerlo. El corazón le latía con fuerza, los senos se le movían delicadamente bajo la rígida tela de algodón mientras la exquisita sangre subía de pronto a su rostro.

—Estoy aquí, Gretchen. Vine a darte las gracias. Toma, esto es para la misión.

Como un estúpido metí la mano en el bolsillo, saqué un montón de billetes y se los tendí. Mis dedos temblaban; los de ella también. El dinero parecía sucio y absurdo, como una pila de basura.

—Tómalo, Gretchen; servirá para los niños. —Me di vuelta y otra vez vi la vela... ¡la misma vela! ¿Por qué ésa? Dejé el dinero a su lado y oí crujir las maderas del piso bajo mi peso cuando me adelanté hasta la mesita.

Cuando me volví para mirarla, ella se me acercó, temerosa, con los ojos muy abiertos.

—¿Quién es usted? —murmuró por tercera vez. Qué grandes su ojos, qué oscuras sus pupilas cuando recorrieron mi figura como dedos que se retiran de algo que los puede quemar. —¡Le pido que me diga la verdad!

—Lestat, a quien curaste en tu propia casa, Gretchen. He podido recuperar mi forma verdadera, y vine porque te lo había prometido.

Ya me estaba resultando arduo soportar el resurgimiento de mi vieja ira, a medida que en ella se intensificaba el miedo, que sus hombros se ponían rígidos, que sus brazos se juntaban y la mano que aferraba la cadenita del cuello comenzaba a temblar.

—No le creo —me espetó con el mismo susurro estrangulado, echándose atrás con todo el cuerpo aunque, en realidad, no se había movido ni un paso.

—No, Gretchen. No me mires con desprecio. ¿Qué te hice para que me mires así? Conoces mi voz. Sabes lo que hiciste por mí. Vine a darte las gracias.

—¡Mentiroso!

—Eso no es cierto. Vine porque... porque quería verte de nuevo.

Dios santo, ¿se me estaban escapando unas lágrimas? ¿Eran ahora mis emociones tan volátiles como mi poder? Y ella vería surcar por mi rostro las lágrimas de sangre, lo cual la atemorizaría más aún. No me atreví a mirarla a los ojos.

Me di vuelta y contemplé la velita. Dirigí mi voluntad al pabilo y comprobé que la llama, una lengüita amarilla, aumentaba de tamaño. Mon Dieu, el mismo juego de sombras en la pared. Ella contuvo el aliento al mirarla; luego me miró de nuevo a mí, al tiempo que aumentaba la iluminación que nos rodeaba, y por vez primera pudo ver clara e inconfundiblemente los ojos que estaban fijos sobre ella, el marco de pelo del rostro que la miraba, las uñas brillosas de mis manos, los dientes blancos, visibles apenas, quizá, entre mis labios entreabiertos.

—Gretchen, no me tengas miedo. En nombre de la verdad, mírame. Me hiciste prometer que iba a venir. No te mentí, Gretchen. Tú me salvaste. Estoy aquí, y no existe Dios, me dijiste. Viniendo de cualquier otra persona no me habría importado, pero tú misma lo dijiste.

Se llevó las manos a los labios, en el mismo instante retrocedió, y a la luz de la vela pude ver entonces que lo que colgaba de la cadenita era una cruz de oro. ¡Oh, Dios, gracias por ser una cruz y no un relicario! Retrocedió de nuevo, al parecer sin poder evitar un movimiento impulsivo.

Sus palabras fueron un susurro vacilante.

—¡Aléjate de mí, espíritu maligno! ¡Sal de esta casa de Dios!

—¡No te voy a hacer daño!

—¡Aléjate de estos pequeños!

—Gretchen, no voy a hacer ningún mal a los niños.

—En nombre de Dios, aléjate de mí... Vete. —Con la mano derecha volvió a aferrar la cruz y la levantó en dirección a mí, con el rostro encendido, los labios húmedos, flojos y temblorosos en su histeria, sus ojos privados de razón cuando volvió a hablar. Advertí que se trataba de un crucifijo con el diminuto cuerpo retorcido del Cristo muerto.

—Sal de esta casa, que está protegida por Dios. Él vela por estos niños. Vete.

—En nombre de la verdad, Gretchen —respondí en voz baja como la de ella, preñada de sentimiento como era la suya también. —¡Me acosté contigo! Y vine.

—¡Mentiroso! —sentenció—. ¡Mentiroso! —Su cuerpo se estremecía con tanto ímpetu, que parecía a punto de perder el equilibrio y caer.

—No, es verdad, totalmente verdad. Gretchen, no voy a hacer nada de malo a los niños. No te haré daño a ti.

Un instante más y seguramente iba a perder la razón por completo, lanzaría alaridos de impotencia, y la noche toda la oiría. Todos los habitantes del complejo saldrían a atenderla, aunándose tal vez en el mismo grito.

Pero permaneció ahí, temblando con todo el cuerpo, y de su boca abierta sólo escapó un llanto seco.

—Me voy, Gretchen. Te dejo, si eso es lo que quieres. ¡Pero he cumplido mi promesa! ¿Hay algo más que pueda hacer?

De una de las camitas partió un rezongo, luego, un quejido de la otra, y ella miró ansiosa hacia uno y otro lado.

Echó a correr y atravesó la pequeña oficina, mientras a su paso salieron volando unos papeles del escritorio. Cuando se internó en la noche, la puerta de tela metálica golpeó tras ella.

Oí sus sollozos lejanos y, aturdido, giré en redondo.

Vi caer la lluvia en callada llovizna. Vi que, del otro lado del claro, Gretchen corría hacia las puertas de la capilla.

Te dije que le ibas a hacer daño.

Di media vuelta y recorrí todo el pabellón con la mirada.

—No estás aquí. ¡Ya he terminado contigo! —musité.

A la luz de la vela vi con toda claridad a la niña pese a que permanecía en el otro extremo de la sala. Seguía zarandeando la pierna, golpeando con el taco la pata de la silla.

—Vete —dije lo más suavemente que pude—. Todo ha terminado.

En efecto, me caían lágrimas, lágrimas de sangre por la cara. ¿Las habría visto Gretchen?

—Vete —repetí—. Todo acabó, y yo también me voy.

Me pareció que sonreía, pero no sonreía. Su rostro se convirtió en la imagen de la inocencia, la cara del relicario del sueño. Y en la quietud, mientras yo me quedaba paralizado mirándola, toda la imagen se mantuvo en su totalidad, pero dejó de moverse. Luego se disolvió.

Y sólo vi una silla vacía.

Muy despacio, me volví hacia la puerta. Una vez más me enjugué las lágrimas, con desagrado, y guardé el pañuelo.

Las moscas zumbaban contra la tela metálica de la puerta. Qué clara era la lluvia, que seguía cayendo, persistente. Luego llegó el suave ruido del chaparrón más intenso, como si el cielo hubiera abierto lentamente la boca para suspirar. De algo me olvidaba. ¿Qué era? Ah, la vela; de apagar la vela, no fuera que provocara un incendio e hiciera daño a esos chiquitos.

Y fíjate allá en el fondo, la niñita rubia bajo la carpa de oxígeno, la envoltura de plástico crujiente lanzando destellos como si estuviera hecha con trocitos de luz. ¿Cómo pudiste ser tan tonto y encender una llama en esa habitación?

Apagué la luz haciendo chasquear los dedos. Saqué todo lo que tenía en los bolsillos y dejé ahí los billetes arrugados y sucios, cientos y más cientos de dólares, e incluso algunas monedas.

Después me marché, pasé muy despacio ante las puertas abiertas de la capilla. En medio de la lluvia que arreciaba oí sus rezos, sus murmullos rápidos, la vi arrodillada ante el altar; y tras sus brazos extendidos en cruz, divisé el fuego enrojecido de una vela que titilaba.

Sentí deseos de irme. En lo más profundo de mi alma herida, me dio la sensación de que era eso lo que quería. Pero, una vez más, algo me retuvo. Había percibido el inconfundible aroma de la sangre.

Provenía de la capilla, y no era la sangre que corría por las venas de Gretchen, sino sangre que manaba de una nueva herida.

Me acerqué más, tratando de no hacer ni el menor ruido, hasta que quedé junto a la puerta del templo. El olor se volvió más intenso. Entonces vi la sangre que le goteaba de sus manos extendidas. La vi en el piso, corriendo en delgados hilos que partían de sus pies.

—Líbrame del mal, oh Dios, llévame contigo, Sagrado Corazón de Jesús, estréchame en tus brazos...

No me vio ni oyó aproximarme. Un suave brillo afluyó a sus mejillas, brillo hecho de la luz palpitante de la vela y el resplandor que provenía de su interior, el gran arrobamiento que en ese instante la embargaba, separándola de todo el entorno, incluso de la silueta oscura que había a su lado.

Miré el altar. Vi en lo alto el enorme crucifijo y, debajo, el brillante sagrario y la vela encendida en su vasito rojo, lo cual indicaba que allí estaba el Santísimo Sacramento. Una ráfaga de aire entró por las puertas abiertas, llegó hasta la campanilla y le arrancó un leve tañido, apenas audible por sobre el sonido de la brisa misma.

Volví a mirar a Gretchen, su rostro erguido, los ojos entrecerrados, la boca muy laxa pese a que aún desgranaba palabras.

—Jesucristo, mi amado Jesucristo, tómame en tus brazos.

Y en medio de la bruma de mis lágrimas, vi la sangre roja, espesa, que fluía copiosa de sus palmas abiertas.

En el complejo se oyeron voces sosegadas. Puertas que se abrían y cerraban. Ruido de gente que corría sobre la tierra. Cuando giré, vi siluetas oscuras reunidas en la entrada, un racimo de ansiosas figuras femeninas. Oí una palabra susurrada en francés, que quería decir "desconocido". Y luego un grito ahogado:

—¡El demonio!

Por el pasillo central enfilé hacia ellos, obligándolos quizás a dispersarse, por más que en ningún momento los toqué ni los miré; pasé rápidamente a su lado y salí a la lluvia.

Luego me detuve y giré en redondo. Ella seguía de rodillas y los demás la rodeaban. Hubo exclamaciones reverentes de "¡Milagro!" y "¡Estigma!". Todos se hacían la señal de la cruz y caían de hinojos mientras, como en trance, Gretchen continuaba articulando monótonas plegarias.

—Y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios, y el Verbo se hizo carne.

—Adiós, Gretchen —murmuré. Después ingresé, libre y solo, en el tibio abrazo de la noche salvaje.

 

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